Los personajes fueron creados por Thomas Astruc. No me pertenecen en lo absoluto.
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Capítulo diez: "Vacaciones de verano"
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Para Nathanaël y Marinette; las vacaciones de verano comenzaron mucho antes, a diferencia de sus compañeros. No sufrieron el estrés por los exámenes finales ni la ausencia de horas de sueño. El ocio les vino bien después de tanto trabajo y el cuerpo se recuperó relativamente rápido, sobre todo para Marinette; tenía los dedos acalambrados de tanto coser, cortar tela y medir. Todavía le costaba poder describir la sensación que sintió cuando fueron escogidos como la mejor exposición de los monumentos históricos, con el corazón engullido por la alegría y los nervios, había abrazado a Nathanaël con tanta fuerza que llegó a estrangularlo. Él había correspondido al gesto, atolondrado, sin creer lo que ocurría. Ya, para la tarde, Marinette lo invitó a tomar unos helados para celebrar, pero Nathanaël ya tenía compromisos. Ella no pudo evitar sentirse decepcionada y triste por eso, con la sonrisa deshaciéndose lentamente en su rostro, mientras oía las disculpas de él, lo vio irse. El pelirrojo se perdió entre el gentío y ella, concibió, con cierto regusto amargo al verlo alejarse, que ya no se verían todos los días. Desde que salieron de clases, ambos no se volvieron a hablar, ni siquiera por mensajes.
Marinette se preguntó la razón de ello y miraba su celular, tirada en la cama, en busca de un mensaje del pelirrojo, algún: "Buenos días, ¿cómo has estado?, ¿has salido?"
Decidió, debido a ese "mutismo", tomar la iniciativa y hablarle, pero el chico no le respondió.
«Ay, no...», un suspiró salió de su boca, al ver en la pantalla el desalentador fruto de su pequeña iniciativa, horas y días después.
Lo que menos quería ahora era que su amistad se fuera por un barranco, con todo lo que ella se había esforzado, por conocerlo y entenderlo, aunque fuese un poco. Pasó una semana y Nathanaël no dio señales de vida, finalmente, con una sensación que la joven no pudo identificar, decidió no volver hablarle.
—¿Y qué harás con tu entrada al parque?
Marinette y Alya caminaban hacia el centro comercial, la morena necesitaba comprarse un traje de baño antes de irse a los campos de Loira donde iría con su familia.
Oh, ¡si todos tenían panoramas menos ella!
Marinette hizo un puchero, cruzándose de brazos.
—No lo sé, pensaba ir contigo, pero ya tienes planes —le espetó, mirándola con resentimiento. Alya soltó una risita nerviosa, levantando y enseñando las palmas de sus manos, demostrando su inocencia.
—Lo siento, Marinette, pero prometo acompañarte durante el resto de vacaciones, cuando llegue, ¿sí?
La joven de coletas suspiró, este era el último día de Alya en París. Después se quedaría relativamente sola, sin panoramas, sin charlas triviales, sin verano con sensaciones juveniles.
¿Estaría siendo muy dramática?
—¿Por qué no vas con Nathanaël? Él tiene una entrada también.
Marinette no pudo contener el extraño sentimiento que le produjo, en el pecho, oír su nombre. Se sentía bastante traicionada por el artista, ¿cómo podía ser tan desconsiderado? Ignorarla de esa manera no iba con él... Se preguntó si Nathanaël ya no estaba interesado en hablarle, probablemente, la importancia de su amistad no fue lo suficientemente significativa para él, dándole fin con la exposición de los castillos. Reprimió una exhalación de la pura pena y desilusión. Él no era así... ¿verdad?
—No ha respondido mis mensajes —Marinette agachó la cabeza, rendida—. Estas vacaciones no serán muy productivas.
—¡No digas eso! —repuso, Alya, intentando animarla—. Sé muy bien que este verano te traerá sorpresas, ¡te lo aseguro! Solo debes tener paciencia.
Ella no supo si tener esperanzas o no; cuando se lo proponía, Alya se volvía demasiado optimista, incluso más que ella misma. Alya se fue a la mañana siguiente. Marinette le deseó unas lindas vacaciones junto a su familia por mensajes antes de recibir corazones y una disculpa como respuesta. Marinette miró el cielo esclarecido tímidamente por los débiles rayos del sol, a través de la buhardilla, hundiéndose en las densas aguas de sus pensamientos. Tikki seguía durmiendo y sus padres no abrían la pastelería aún; tenía buenas expectativas de este verano, pero con la ida de su mejor amiga, esa visión inicial ya no estaba tan deslumbrante y cercana a realizarse. Había una extraña sensación en su corazón que le amargaba un poco los días, como de costumbre, lo atribuyó porque no veía a Adrien como siempre. Y, en gran parte, se debía por eso.
El rubio la había felicitado cuando salió ganadora y, antes de irse, le dijo que se veía muy bonita con el traje. Sin quererlo, le dijo lo que Nathanaël no pudo, a causa de su dificultad para encontrar las palabras. La muchacha perdió la voz y no pudo siquiera articular un "gracias" de la felicidad que bullía en su pecho. Estuvo saltando de la alegría como una chiquilla enamorada camino a casa.
Los días pasaron lentos, calurosos y agobiantes. Marinette se perdía horas enteras observando en su celular las publicaciones de sus amigos, todos ellos con sus respectivas familias de viaje. La que ostentaba más lujo era Chloé, por supuesto; la última foto que había subido a la red había sido en Bali.
«Es una creída», se dijo, muerta de la envidia, apretando su celular. Decidió no ver más cómo otros se entretenían y buscó su propia diversión.
Sus panoramas no eran tan malos, ¿verdad? Paseaba junto a Manon por los parques de París, iban a la Torre Eiffel y jugaban a adivinar de qué país eran los extranjeros que invadían la ciudad por montones, comían masas dulces bajo la sombra de un árbol, leían revistas de moda, bebiendo té floral. Alimentaban a las palomas con migas de pan y se maravillaban de los artistas ambulantes que danzaban elegantemente, haciendo todo tipo de piruetas, por las calles concurridas de la ciudad. Manon ya había crecido y Marinette podía comentarle cosas que la muchachita lograba asimilar con facilidad dado su edad.
Ella aclaraba a todos que "era una niña grande," y que ya era capaz de guardar secretos sin ponerse nerviosa. Marinette la veía cada día un poquito más independiente. No podía evitar que su sentimiento maternal no aflorara con ella, estaba tan acostumbrada a cuidar de Manon, que un fin de semana sin sus risitas estridentes, sus pucheros fingidos y sus muecas burlonas, sería complicado sobrepasar.
—¿Te parece lindo este vestido?
La niña estaba intruseando en un enorme baúl que Marinette tenía en un rincón de su cuarto. Había una infinidad de objetos viejos que despertaron la curiosidad de la menor.
—¿Lo quieres para una cita con tu novio? —cuestionó inocente.
—Eh, no, no tengo novio —contestó Marinette, mirando la revista y pasando a la página siguiente. Era impresionante lo perspicaz que se había vuelto Manon.
—Yo pensaba que sí.
La joven parpadeó, perpleja.
—Esas fotografías que tienes allí, ¿acaso no son del chico que te gusta?
La cara colorada de Marinette le reveló todo a Manon y se largó a reír estrepitosamente. Su risa coreada secretamente por las carcajadas alejadas de Tikki. Marinette bufó, no le agradaba ser objeto de burlas. Ahora entendía a Nathanaël.
—¡No te rías, Manon! —rezongó la otra, avergonzada—. O puedes olvidar de dejarte algo de mi baúl.
—Oh, no te enojes —pidió, Manon; haciendo un puchero, mientras seguía escarbando en las cosas de su cuidadora—. Mamá dice que, si te gusta un chico, tienes que decírselo, ¿sabes? O se te olvidará.
—¿Olvidar?
Marinette de pronto pareció más interesada en las palabras de una niña de nueve años; intrigada por conocer la perspectiva de un niño sobre el enamoramiento. Sabía que Manon no comprendería jamás los pensamientos de los mayores por su corta edad y conversar de sus inseguridades probablemente la confundiría. Pero estaba tan aburrida, Alya se había ido y Nathanaël tampoco parecía motivado por responder sus mensajes, se sentía ligeramente abandonada por sus amigos. Estaba al tanto que Tikki la sermonearía de lo lindo si le conversaba de sus inquietudes amorosas otra vez.
Suspiró.
Manon se convirtió en su compañera de vacaciones de verano sin querer.
—Sip, olvidar.
—Eso no tiene mucho sentido, Manon, los sentimientos no se olvidan —rió la mayor, como la voz de la experiencia.
—Por supuesto que sí —gruñó la niña, mirándola con la nariz arrugada, tenía una caja musical en las manos—. ¿Está averiada?
Marinette asintió y la niña la tiró lejos, la muchacha se abalanzó al suelo para alcanzarla antes de que se estrellara contra el piso. Cuando sostuvo la cajita entre sus manos, se incorporó dándole a la menor una mirada asesina, recordando que seguía teniendo poco cuidado con las cosas ajenas. Volvió a dejar la cajita en el baúl, mientras la susodicha continuó con su búsqueda como si nada.
—Como decía, mi mami dice que sí se olvidan o, más bien, se desgastan —Manon levantó su dedo índice como si diera una lección, repitiendo las palabras de su progenitora—. Los sentimientos se cultivan, ¿sabes? Como las plantas, debes alimentarlas. Éstas se mantienen si las cuidas y reciben todo lo necesario, abono, luz y agua. Mamá dice que con los sentimientos pasa lo mismo, van creciendo y conservándose si tienen algo con qué alimentarse.
Marinette tenía los ojos bien abiertos, ¿desde cuándo Manon sabía el significado del amor y su naturaleza bidireccional?
—Y eso quiere decir…
—Quiere decir que si no confiesas tu amor —prosiguió Manon—. Te olvidarás de él en caso de que otro chico se muestre más amable y cariñoso contigo, porque esperas mucho del que quieres y, si este no te trata con la misma delicadeza del que está verdaderamente interesado de ti; te será sencillo olvidarlo. Porque ese chico está alimentando tu corazón.
Esa aseveración la dejaba como susceptible a cualquier muestra de afecto. Marinette se quedó muda por un segundo, asimilando la información.
—Adrien es amable conmigo —defiende Marinette, casi de inmediato, casi por inercia—. Y atento.
Marinette ignoró lo profundo del consejo. También lo sencillo de él.
Se había equivocado al pensar que una niña iba dar una respuesta a sus sentimientos. Tuvo el impulso de confesar también que Adrien la defendía de las acusaciones y bromas de Chloé, pero ya no estaba segura si podía presumir aquello, no después de haber estado de parte de la rubia cuando destruyó la maqueta.
La niña se encogió de hombros como si poco le importara, sin detener su búsqueda.
—Eso depende de ti... ¡Ah! ¡Quiero esto, quiero esto!
Manon sacó un muñeco de trapo sucio y maltratado, pese a eso, sus fuertes costuras seguían en su lugar, revelando lo cuidadosa que había sido la dueña al zurcirlo. Era Chat Noir.
—¿Puedo quedármelo?
Marinette asintió sin entusiasmo, bajando la mirada hacia la revista, leyendo y no a la vez las últimas tendencias que se usarían en verano, las palabras de la niña le hicieron ruido en la cabeza y se sentía demasiado confundida de repente. Manon fue revisando el fondo del baúl y encontró un segundo muñeco, sacándolo apenas pudo tomarlo, se lo enseñó a la joven con una alegría enorme, moviéndolo frente a ella.
—¿Y este?
—Sólo uno, Manon —dijo, sin ver el muñeco.
—Oh, pero si ya no los usas.
La joven levantó la cabeza y vio que se trataba del muñeco Evillustrator. Sonrió débilmente al recordarlo; últimamente estaba susceptible a cualquier cosa que le recordara a Nathanaël.
—Ese no, este es mío —dice Marinette con una sonrisa, tomándolo entre sus manos y colocándolo en su regazo. Fue quitándole el polvo con golpecitos suaves y cariñosos.
—Eres una niña grande, ya no juegas con muñecos —repuso, Manon—. No es justo
—Claro que lo es, te di a Chat, no pidas más.
Manon infló las mejillas un buen rato.
—Si quieres puedo ayudarte a lavarlo.
La morena sonrió de oreja a oreja, repentinamente entusiasmada.
—Tomaré eso como un sí —rió Marinette, poniéndose de pie y dejando la revista a un lado. Manon la siguió hasta el baño, donde bañarían a ambos muñecos.
Marinette se preguntó que estaría haciendo Nathanaël.
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Nadja y su esposo se fueron de vacaciones con Manon a Italia. Marinette tenía dos conclusiones de aquello; la primera era que su compañera de verano se había ido y no tendría con quien "distraerse". La segunda era que, si bien no se había muerto de aburrimiento gracias a Manon, ahora sí iba a morirse derretida por el calor, sola y aburrida.
Era un espectáculo desalentador. Echó de menos la presencia de la pequeña, sus comparaciones extrañas entre el amor y las plantas, su gusto excesivo por el helado de frambuesa y los interminables juegos con los muñecos de trapo.
—Dejadme morir, Tikki —su voz, precariamente actuada para demostrar desesperación y agonía, hizo reír al kwami.
—Ay, Mari, no seáis melodramática.
—Papá hizo galletas con mermeladas, aquí tienes —dejó un plato sobre su escritorio, alejándose hacia el balcón. Tikki fue al encuentro de su comida.
—Ñam, ñam, ¡qué delicia! —festejó Tikki. Marinette levantó sus labios, enternecida.
La joven se sentó en un banquito, ya en el balcón, y miró hacia el cielo arrebolado, la explosión de rojos y naranjas, entrelazados a los débiles violetas, acariciaron la punta de su nariz. La invadió una nostalgia aguda, acompañada de una extraña sensación en el pecho. Puso una mano sobre el esternón, últimamente había mucha actividad allí, en esa parte de su cuerpo. Sentía aquella pena más seguido.
—¿Crees que estoy enferma, Tikki?
—Por supuesto que no. Es normal que una mujer se sienta así a veces.
La muchacha no dijo nada, con la mano aún puesta sobre el pecho, apretó la zona en donde estaría el corazón. Se preguntó si pronto llegaría su menstruación, no encontraba otra explicación que fuese certera para los cambios emocionales tan abruptos, hondos y persistentes.
—Iré a recorrer la ciudad en bici, ¿me acompañas?
—¡Claro! —el ánimo de Tikki le robó una sonrisa.
Marinette pedaleó con todas sus fuerzas por las calles empinadas y se dejó caer con velocidad en las bajadas, gritando de la emoción y sintiendo el viento acariciar su rostro. En un par de avenidas el cabello de Marinette ya estaba desordenado y a medio soltar, su respiración agitada y hambrienta, capaz de comerse una rosca rusa completa. Fue a contemplar la Torre Eiffel iluminada, fundida en el atardecer, con Tikki recostada en su hombro; las parejas rodeaban al símbolo de París tomadas de las manos, algunas danzaban y otras se tomaban fotografías.
Volvió a casa alrededor de las ocho, un poco antes de que su padre cerrara la pastelería. Cuando entró, avisando su llegada con el tintinar de la campanilla, descubrió una silueta conocida en la sala de ventas, miraba con curiosidad las galletas del mostrador.
La muchacha se quedó parada en la entrada, creyendo que no era él.
—¿N-Nathanaël?
El chico se giró sobre sus talones con sorpresa al oír la voz conocida.
Y sonrió.
—Marinette.
Nathanaël siempre le sonreía al verla. Marinette aún no ser percataba de eso, lo atribuía como un hábito, no como un caso especial destinado para ella.
—¿Q-qué estás haciendo aquí? —pregunta la joven, por puro impulso, casi lo veía como un fantasma porque no había hecho acto de presencia en un mes completo, ¡desde que salieron de vacaciones! ¡Ni hablar de sus mensajes no respondidos!
—Eh… —el pelirrojo se llevó una mano al cuello—. Vine a hacer un pedido a tu padre…
Justo en ese entonces, apareció la madre de Marinette secándose las manos con un paño para atender al cliente recién llegado.
—Hola, ¿en qué puedo servirte? —Sabine vio a su hija un poco más allá—. ¿Marinette? ¿Por qué no entras?
—Hola, mamá, yo atenderé a Nathanaël… —dijo la muchacha antes que el susodicho pudiera responder, dejó la bicicleta junto a la entrada y caminó hacia ella.
—Oh, está bien… —Sabine quería saber por qué, miró al chiquillo que recién había entrado y luego a su hija, intrigada por saber. Notó a Marinette un poco molesta, pero no dio cometarios sobre aquello. Le entregó un delantal a la joven y se despidió de Nathanaël antes de volver a lo que hacía.
—Y cuéntame… —empieza ella, cerrando la puerta detrás de sí, que daba hacia la panadería, para tener privacidad
No supo por qué, pero el ambiente se puso incómodo y Marinette se insultó por su estupidez. Amarrándose el delantal a su cintura, puso sus brazos en jarras dispuesta más a oír explicaciones que atender al cliente.
—…. ¿cómo has estado?
Nathanaël se apartó el cabello que cubría sus ojos con un movimiento de cabeza.
—Yo bien, ¿y tú?
«¿Por qué no se acerca?,»se pregunta, Marinette, malhumorada, tras el mostrador.
Ella se quedó callada, mirándolo. Nathanaël sintió el sudor frío caer por su espalda, el escrutinio de la mujer era poderoso.
—Acércate, ¿qué te pasa?
—Siento que me echarás la bronca encima —responde.
—No estoy enojada, sí es lo que piensas...
—Tu cara dice lo contrario —ríe Nathanaël, al verla en jarras y con el ceño fruncido. Metió sus manos en los bolsillos de sus pantalones, sonriente.
Ella bajó los brazos, a cada lado de su cuerpo, apretando sus labios. Había echado un poco de menos la forma en cómo solía Nathanaël responder, reírse y mofarse con simpleza. Infló sus mejillas, cual niña privada de un capricho.
—¡Pues sí! —contestó ella—. ¡Sí estoy enojada! Pero más que eso, dolida.
—Lo siento, Marinette, estuve fuera de la ciudad, la cobertura no era buena para responder tus mensajes —se adelantó él, sabiendo la causa. Se acercó, quedando del otro lado del mostrador. Marinette lo miró a los ojos, en silencio. El chico sacó el móvil del bolsillo trasero de sus tejanos y fue tocando la pantalla táctil, enseñando los mensajes—. Gracias por tenerme presente, te debo unos helados —sonrió, tímidamente, ocultando sus ojos tras el flequillo, pero sin dejar de mirarla.
—¿Y por qué no me lo dijiste? —quiso saber la muchacha, ya tranquila—. ¿Y te fuiste exactamente el día después de salir de vacaciones?
Nathanaël asintió.
Ahora entendía todo.
Tikki estaba escuchando la conversación por el pequeño huequito que Marinette le dejaba para que pudiera respirar en su bolso. No esperaba una reacción así de parte de Marinette hacia Nathanaël. Tan exigente y mandona.
—Mi abuela ya se había ido a su granja a pasar el verano con toda la familia. Sólo estaban esperándome a mí y, como fuimos ganadores en la exposición, pudimos partir antes de lo esperado…
Marinette se sentó en el banquito que dejaban tras el mostrador, apoyando ambos codos en el mesón, entrelazando los dedos de sus manos.
—Perdóname por actuar así, creí que ya no querías... —se interrumpió al percatarse de lo que diría, abrió un poquito sus ojos y fingió una tos seca; ¿estaba a punto de decirle que lo había echado un poco de menos? —. ¿Y? ¿Disfrutaste? ¿Hiciste cosas divertidas?
Cambió el tema de conversación, hacia uno más trivial, como de costumbre. Marinette se dio la vuelta hacia las repisas altas, ubicadas a su espalda, en busca del álbum que su padre solía mostrar a los clientes para guiarlos en la elección idónea del diseño del pastel.
Marinette sabía que Nathanaël no era un mentiroso, se fiaba de sus palabras. Se alegró de que fuera esa la razón de su ausencia y no el querer evitarla.
—No pude dibujar en esos días —se lamentó Nath, ella sonrió sin querer, esa simple frase decía que el aficionado artista se había aburrido entre el alboroto familiar—. Estuvo toda la familia de mi madre...
—Oh, así es más divertido —rió Marinette, ya alejada del mal humor, todavía de espaldas a él, husmeando entre las cosas—. ¿Tu abuela?
—En casa, me ha preguntado por ti hoy.
—Al menos ella sí se acuerda de mí —espetó la joven con saña, dejando con estrépito el libro sobre el mesón. Nathanaël se encogió en su puesto, recibiendo la indirecta.
—Ya dije que lo siento...
—¿Qué quieres pedir? —le murmuró Marinette, bajando la voz y abriendo el libro de fotos. Dándose cuenta que estaba montando un espectáculo, temió que algún cliente entrara en pleno dramatismo.
Nathanaël se inclinó hacia ella, sus caras quedando cerca, él bajó la cabeza, mirando las fotografías encuadernadas ordenadamente. Marinette reparó en un detalle, la piel de las manos de Nathanaël ya no estaba tan pálida como en primavera.
Curvó su boca, divertida, intentando imaginar la causa de aquello, probablemente el chico, en su desesperado deseo por estar en un lugar tranquilo para dibujar, había acudido a hacerlo bajo los inclementes rayos del sol y su piel se bronceó. Sintió unos dedos tocando su mano y ella dio un respingo, atraída a la realidad.
—La siguiente... —dijo él.
—¿Eh?
Él soltó una simple carcajada, retirando con cuidado la mano de Marinette del álbum, para continuar él viendo las fotografías.
—Oh. Era eso.
—¿Estás en la luna? —preguntó él.
—No, solo pensaba —dice ella, sin saber que, su respuesta significaba lo mismo. Los labios de Nathanaël se elevaron, Marinette seguía en la luna. Siempre estaba en la luna.
Continuaron viendo las imágenes, mientras Nathanaël las pasaba en silencio. Hablaron sobre los colores, los detalles, las flores de azúcar que adornaban al pastel y el grosor del mazapán o el del fondant. Marinette notó que a Nathanaël le gustaba el color azul.
—¿Es para tu abuela?
El chico afirmó con la cabeza, viendo las fotografías restantes. El padre de Marinette poseía un talento extraordinario para los detalles.
—Estará de cumpleaños en una semana y estoy encargado de hacer la fiesta.
—¡Eso es genial! —lo felicitó Marinette, aplaudiendo, Nathanaël se sonrojó un poco.
—No, para mí no lo es. No sé nada de fiestas, ni de la decoración, la música, la comida o las bebidas… Vendrá la familia y no sé si seré capaz de satisfacer todas las necesidades de mis tíos y primos.
Marinette le dio palmaditas en la cabeza, calmándolo como toda una madre.
—Tranquilo, tu madre es decoradora de jardines, ¿no?
—Ella está encargada de los regalos —respondió Nathanaël, suspirando, ya dejando de mirar el álbum y concentrándose en ella—. Debe cuidar a mi abuela también, no podrá ayudarme.
—Pues…
Sobrevino un silencio y Nathanaël hizo sonar la garganta porque Marinette mantenía la mano sobre su cabeza. La chica la retiró lentamente, pensativa. Se observaron un rato como si buscaran la solución. en los ojos del otro.
—Tienes que cuidar los colores de la decoración, debe estar alineada con los que tendrá el pastel, para que no se pierda la armonía. Si quieres… —se puso un poco colorada, jugando con sus manos—. Yo puedo ayudarte, hacemos un buen equipo, ¿no?
Los labios de Nathanaël se ladearon en una sonrisa, Marinette supo leer el significado de ese mínimo movimiento en seguida.
—Tomaré eso como un: "gracias, Marinette, eres increíble".
Nathanaël rió con aplomo y ella se unió a su risa.
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Como lo prometido es deuda, he aquí, el capítulo en una semana. No se acostumbren xD Volveremos a las actualizaciones normales.
¿Y...?
Este fue más cortito, lamento eso. Como ven, empezamos las vacaciones de veraaaano! Pobre Marinette, se vio bien aburrida, pero ahora las cosas se pusieron más interesantes 7u7. Por favor, díganme qué les pareció el capi. Sobretodo las broncas de Marinette JAJA.
¡El próximo es mucho más largo! El triple.
Muchas gracias por leer, agregar a favoritos y comentar. Son personas muy lindas, de veritas. Responderé a los rv durante el día, me encuentro con un sueño atroz ahora XD
Gracias a VarelaDCampbell, Paula Azul y Marhaya, por sus palabritas, que me hicieron sonrojar uvu *les da abrazos*
Nos vemos.
Abrazos y besos.
Cualquier crítica es bienvenida, en caso de algunos errores que encuentren, por favor háganmelo saber para arreglarlos. ¡Su opinión importa, mucho!
PD: ¿qué les pareció a Nathanaël bronceado? XD No sé si han notado, él es un chico bronceado en los días de sol, y paliducho los nublados jaja
