Hola chicas

Me alegra que les gustara el fic, Lamento informar que este es el ultimo capitulo, pero no la ultima adaptación, pronto subiré una nueva así que estén pendiente.

Gracias a cada una por sus comentarios, las que solo lo pusieron en favoritos o lo leen sin notificar nada también muchas gracias por leerlo.

Recuerden que este fic es una adaptación por tanto nada me pertenece sino a Anne McAllister

La portada de esta historia la hizo una de las diseñadoras de Ffadition Paola Vanessa Valbuena Gonzalez

Y mi beta es Eliana Sepúlveda

Nessa


Capítulo 10

El sol en la cara la despertó. Bella parpadeó, sintiéndose momentáneamente desorientada. Y luego encantada al recordar que se hallaba en la cama de Edward.

Si hacer el amor seis años atrás había sido como un sueño, hacerlo la noche anterior había sido mucho mejor.

Hacía seis años habían pasado una noche de belleza desesperada, ajena al mundo real.

Pero la noche anterior había sido de júbilo, de ternura, de pasión, la culminación después de compartir sus vidas durante semanas.

Había sido perfecto.

Alargó la mano y tocó el algodón suave; lo sintió fresco, lo que le indicó que Edward llevaba ausente un rato.

No recordaba su marcha. Ni su beso. ¿Lo habría soñado?

No importaba. Habría más.

Una vida entera.

En mitad de la noche él le había preguntado qué había sucedido. ¿Qué había cambiado, por qué ese momento?

—La casa del árbol —le había respondido—. Tienes todo esto y, sin embargo, la hiciste para nosotros. Un hogar.

No creyó que pudieran casarse en esa casa. Los condes, incluso los informales como Edward, verían aquello demasiado inusual.

Pero tendrían que hablarlo. Él le había vuelto a pedir que se caBellan. Quizá se lo pidiera allí.

O tal vez en esa ocasión se lo pidiera ella. Un hombre no tenía por qué tomar siempre la iniciativa. Ya lo había hecho una vez. Quizá fuera su turno en ese momento.

Si estuviera en ese instante allí, se lo pediría. ¿Dónde se encontraba?

Se dio la vuelta y miró el reloj. ¿Las diez? ¡Santo cielo!

Saltó de la cama, se puso la ropa del día anterior y fue a su habitación con la esperanza de que Thony no la viera.

Pero no la vio nadie. Sin duda todos se habían levantado hacía rato. Se cepilló el pelo. Ya se ducharía más tarde.

El día anterior le había contado a Edward que Thony y ella iban a limpiar el viejo gallinero.

—Huevos frescos de corral para nuestros huéspedes —había dicho.

—Más proyectos —Edward había movido la cabeza.

—Sí.

Además, era divertido realizar trabajos físicos. De modo que necesitaría una ducha después de limpiar el gallinero.

Se calzó los zapatos y bajó a la carrera.

La cocina estaba vacía. Sorprendentemente, no había ningún plato sucio. Por lo general, Daisy dejaba los platos del desayuno en el fregadero mientras limpiaba algún ala de la casa. Ese día estaba impecable.

Mientras se preguntaba dónde podían estar todos, le llegó la voz de Thony desde el salón rosa.

¿El salón rosa?

Y además hablaba con voz excitada, pero no podía oír qué decía. Ni imaginaba con quién hablaba.

Nunca lo había llevado a ese salón. Era el lugar más formal de todo el castillo, reservado para ocasiones especiales.

¡Edward no había podido dejar que Thony fuera solo! No, el pequeño debía de estar hablando con alguien.

Giró el pomo y empujó la puerta.

Y encontró el salón lleno. Todos giraron para mirarla. Jazz se mostró encantado. Thony feliz. Edward… incómodo.

Y las otras dos personas, mujeres ambas, la miraron como si ya hubiera limpiado el gallinero antes de entrar.

La mayor, una mujer elegante de unos sesenta años, tenía pómulos marcados y cejas enarcadas, con un cabello gris peinado de forma casual. Bien podría haber llevado la palabra condesa marcada en la frente.

La otra mujer era más joven y de expresión más gentil, con una boca dulce en forma de arco y cabello rubio ondulado. Lucía un traje pantalón hecho a medida y perlas.

«Oh, cielos», pensó Bella.

Se encogió para sus adentros ante la idea de conocer a su futura suegra mientras iba vestida para limpiar el gallinero. Pero, al mismo tiempo, sabía lo que diría su madre.

«A menos que hayas hecho algo malo, no tienes nada por lo que disculparte».

De modo que hizo lo que Renné habría hecho.

—Buenos días —dijo con toda la alegría que fue capaz de mostrar.

Edward dejó su taza de té y se puso de pie de inmediato, sonriéndole.

—Ah, buenos días —dio un paso hacia ella, pero se detuvo de golpe, sus pasos frenados por la mesa del té, la silla de su madre y la de la otra mujer.

Ninguna de las dos parecía inclinada a moverse.

Titubeó, luego centró su atención en la condesa.

—Madre, quisiera presentarte a Bella…

Y ésta preparó su mejor sonrisa.

Pero Edward calló. Tenía la boca abierta, como si fuera a terminar, pero no lo hizo.

Por fortuna, Thony lo dijo por él. Se levantó de donde estaba jugando con un camión en el suelo y corrió hacia ella para abrazarle las caderas.

—¡Mi mamá! —anunció orgulloso.

Y al sentir su cuerpo pequeño y sólido contra el de ella sintió un inmenso alivio.

—Ah, sí, tu madre —murmuró la condesa. La observó por encima de la taza de té—. Ya veo.

Y Bella no tuvo ninguna duda de que lo que veía la condesa no la hacía nada feliz.

Una parte de ella quiso dar media vuelta y huir.

Pero la parte que era hija de Renné y Lew Swan plantó los pies con firmeza y no se movió.

Edward finalmente encontró su voz, incluso parecida a su voz de conde, y logró concluir la frase iniciada.

—Te presentó a Bella Swan —dijo—. Mi madre, la condesa de Dunmorey.

Pero, ¿dónde estaba su apoyo? ¿Su declaración? ¿Su amor?

¿Era ése el mismo hombre que la noche anterior le había hecho el amor con tanta ternura y pasión? ¿El hombre que le había construido una casa en el árbol? ¿Que les había fabricado un hogar?

En ese instante parecía irritado, abochornado e indispuesto.

«Bienvenido al club», pensó ella indignada.

—Señorita Swan —la condesa inclinó la cabeza y le dedicó una sonrisa fría.

Bella también sonrió, esperando que pareciera un gesto más auténtico. Aunque ni se le pasó por la cabeza inclinarse, respondió con cortesía.

—Es un placer conocerla, milady.

—Bella es quien tuvo la idea para el centro de retiro del que te estaba hablando —intervino Edward y le dedicó una sonrisa, aunque seguía atrapado en el otro extremo del salón. La condesa no cedía un centímetro—. Y los recorridos por los jardines —añadió—. Y ha estado ayudando a rehabilitar las habitaciones.

—También se le ocurrió lo de los paseos en pony —intervino Jazz, dedicándole un guiño de complicidad—. Tiene muchas ideas.

—Y ha estado realizando mucho trabajo manual —prosiguió Edward.

La condesa volvió a mirarla.

—Ha estado muy ocupada. Desde luego, ha llevado a cabo muchos cambios por aquí.

Bella ya no esperaba aprobación, pero sí que la condesa dejara de hablar de ella como si no se hallara presente.

Aunque lo mismo hacía Edward.

—Ella redactó el plan que llevamos al banco. Monaghan quedó impresionado. La última vez que fui allí dijo que deberíamos nombrarla directora financiera —la sonrisa que le dedicó a Bella la invitaba a compartir el triunfo.

Pero Bella no se sentía tan triunfadora. Lo miró fijamente. ¿Directora financiera?

—Es increíble lo mucho que ha contribuido —concluyó Edward—. No lo habríamos conseguido sin ella.

Pasado. Como si su trabajo ya hubiera acabado.

—Santo cielo —intervino la condesa. Luego, al fin le habló a Bella directamente—: Parece haber sido todo un activo para la propiedad.

—He disfrutado de la oportunidad —respondió con cortesía y a cambio recibió otra sonrisa gélida.

—Espero que Edward recordara ponerla en nómina.

—Bella no es una empleada, madre —respondió Edward con sequedad.

La condesa pareció momentáneamente desconcertada por su vehemencia. Pero luego simplemente asintió y mostró una leve sonrisa.

—Claro que no, querido. Es la madre de tu… hijo.

Bella comenzó a sentir que hervía por dentro. Esperó que Edward dijera algo, ¡cualquier cosa!, que dejara clara la posición que ocupaba allí.

Pero él sólo asintió con sequedad.

—Es la madre de mi hijo —corroboró con firmeza.

No dijo que era la mujer con la que había pasado la noche, no le dijo a su madre que era la mujer a la que amaba, la mujer con la que esperaba casarse.

Bella comprendió que tal vez ello se debía a que no era lo que él quería hacer.

Ni siquiera se lo había dicho a ella.

Sintió un puño helado en su estómago. Se sintió desorientada, mareada. Dudando de todo lo que había creído esa mañana al levantarse.

Quizá fuera lo bastante buena como para ser su directora financiera, su compañera de cama, la madre de su hijo, pero una vez que Dunmorey empezaba a florecer otra vez, tal vez se había dado cuenta de que no daba la talla.

Dios sabía que era verdad.

El día anterior se había sentido completamente fuera de lugar tomando el té con las señoras.

—Espero que comparta sus planes financieros con Alice —dijo la condesa en ese momento.

—¿Abigail?

La condesa le dedicó una sonrisa mucho más cálida a la joven sentada en el sillón rosa.

—Abigail acaba de terminar un master en economía. Estoy segura de que será de gran ayuda.

«¿Para qué?».

¿Es que la condesa planeaba lo que su comentario daba a entender, instalar a Alice como señora del castillo?

¿Como esposa de Edward?

¿Qué pensaba éste al respecto?

En ese instante comprendió que tal vez le pareciera una buena idea. Desde luego, Alice estaba mejor preparada que ella para tratar con toda la pompa y circunspección que acarreaba el título de condesa de Dunmorey.

Si Dunmorey iba a ser un éxito, una esposa como Alice era exactamente lo que necesitaba.

—¿Té? —ofreció la condesa.

Bella asintió y lo aceptó, aunque habría preferido un whisky solo. Todo era tan «civilizado».

Pero sólo en el exterior.

—Me quedé muy sorprendida al conocer a Thony cuando llegué esta mañana.

—¿Sí? —comentó Bella. ¿Por qué Edward no le había hablado de su hijo, igual que a Jazz? Le lanzó una mirada de acusación.

Él la recibió con una de disculpa.

—He ido a visitar a mi hermana a Australia —indicó la Condesa—. Gloria y yo vivimos tan alejadas que ya apenas nos vemos. Cada pocos años voy allí a pasar unos meses o ella viene aquí.

—Qué agradable —murmuró Bella.

—Lo fue. Fue una visita preciosa. Claro que no tenía idea de lo que pasaba… —la condesa miró alrededor y calló.

No necesitaba acabar la frase. La madre de Edward no había estado al corriente de lo que pasaba allí y era evidente que le desagradaba lo que había encontrado.

—Claro que en otro sentido, fue un viaje afortunado —continuó la condesa—. Tuve la gran fortuna de encontrarme con una antigua amiga del colegio. Y Letty me ha prestado a su hija más maravillosa —otra sonrisa cariñosa hacia la mujer joven—. Alice me recuerda a mí misma a su edad.

Bella logró una sonrisa educada. Jazz pareció atragantarse detrás de su mano. ¿Era una risa? De algún modo, a ella no le pareció gracioso.

—Abigail es una pianista incluso más consumada que yo —continuó la mujer mayor.

—Simplemente disfruto —indicó Alice con un encogimiento de hombros tímido y una sonrisa sincera.

—¿Usted toca, señorita Swan? —inquirió la condesa.

Bella pensó que era asombroso cómo una mujer podía ser tan grosera al tiempo que se mostraba perfectamente cortés. Renné estaría partiéndose de risa con Jazz. Bella sintió que en su interior se asentaba parte de la dureza de su madre.

—No —respondió con alegría—. No poseo ningún talento musical.

—Bella hace otras muchas cosas —saltó Edward en su defensa.

Pero ella ya se había hartado.

No iba a dejar que perdiera el tiempo tratando de impresionar a su madre. Era evidente la opinión que ésta ya se había formado. Y si lo único que podía hacer Edward era recitar las cosas que ella era capaz de hacer, estaba claro que se hallaba fuera de lugar.

—Pero mi hermano Jack toca el mirlitón —continuó animada—. Y mi hermana Lizzie la tabla de lavar. Y mi otra hermana. Daisy, las cucharas.

—¿Tabla de lavar? ¿Cucharas? —repitió la condesa.

Incluso Edward parpadeó al oírla. Jazz bufó. La condesa, al tiempo que desconcertada, dio la impresión de sentirse más justificada por momentos.

—Que… fascinante. Estoy segura de que anhela verlos.

—Sí —confirmó Bella con absoluta sinceridad.

—Claro. Por lo que Thony me ha contado, ha estado fuera un tiempo. ¿Cuánto planea quedarse?

—Para siempre —respondió sin rodeos Edward mientras Bella decía—: Nos vamos por la mañana.

Edward dejó la taza de té en la repisa.

—¿Qué?

La miró aturdido. Pero nada más decir las palabras Bella supo que eran las adecuadas. Se había dejado llevar por una fantasía si había creído que podría vivir con personas como la madre de Edward.

—Llevamos aquí seis semanas. Es más que suficiente.

«Desde luego», le confirmó la expresión de la condesa.

La de Edward era de furia.

—No —afirmó.

—Edward, no puedes controlar a todo el mundo —reprendió su madre.

Le lanzó una mirada irritada. Pero a Bella le preocupaba más que Thony la observaba consternado.

—¿Nos vamos a casa? ¿Mañana?

—Hemos estado de vacaciones, Thony —comenzó con su tono más suave—. Vinimos a visitar a tu papá, no a vivir con él.

—Pero…

—Cuando regresemos a casa, volverás a ver a Annie y a Braden. Y a los tíos Rosalie y Emmett. Y a los abuelos. Eso te gustará. Podrás contarles todo sobre el castillo.

—¿Y sobre la casa en el árbol?

Las palabras le causaron una punzada de dolor.

—Y sobre la casa en el árbol.

A Thony le temblaron los labios.

—Pero acabamos de hacerla. Quiero quedarme en ella. Quiero…

—¿Una casa en el árbol? —la condesa abrió mucho los ojos. Miró del pequeño a Edward—. ¿Has construido una casa en un árbol? El conde no permite…

—Madre —cortó Edward—, yo soy el conde.

Y en el silencio conmocionado que siguió, Bella recogió el camión de Thony.

—Vamos —dijo—. Limpiaremos el gallinero. Luego tenemos que preparar las maletas.

—Pero…

—Ha sido un placer conocerlas —dijo con educación, mirando a la condesa y a Abigail—. Buenos días.

Edward abrió la puerta sin llamar.

—Vete —le dijo ella.

—No, no me iré. Y tú tampoco.

Pero ella tenía dos maletas sobre la cama que iba llenando con ropa que sacaba de las cómodas.

—Por supuesto que sí —repuso sin volverse ni mirarlo.

—No seas tan obstinada. Todo ha sido un malentendido —explicó—. Mi madre no comprendía lo nuestro.

—¡Porque tú no te molestaste en contárselo! —continuó con la ropa.

Edward la sacó de la maleta y volvió a meterla en la cómoda.

—¡No sabía que venía! Apareció en mitad del desayuno. Ella y esa… esa…

—¿Candidata nupcial? —sugirió con dulzura.

—No fue idea mía. Creía estar ayudándome.

—Quizá así sea.

—No seas tonta.

—Quizá no se hubiera molestado si le hubieras contado que estabas… comprometido.

—Pero no lo estaba, ¿verdad? Tú me habías dado una negativa.

—¡Pues no debería haber cambiado de parecer! Y vuelvo a cambiar de idea ahora mismo.

—Bella…

—No, cometí un error. Parece que en lo referente a ti, he cometido muchos. Aunque pensé que esta vez podría funcionar, debería…

—¡Maldita sea, funcionará! Mi madre ya conoce la verdad. Sabe que te amo. Sabe que tú y yo…

—… que somos demasiado diferentes. ¡Este no es mi sitio!

—¡Por supuesto que lo es! —le quitó el último montón de ropa de la mano antes de que pudiera guardarlo—. ¿Quién le ha vuelto a dar vida a estas viejas piedras? ¿Quién consiguió que el banco se pusiera de nuestro lado? ¿Quién organizó los paseos? ¿Quién puso las flores en los jarrones?

—Estoy segura de que Alice podrá poner flores.

—¡No quiero a Alice! ¡Te quiero a ti!

—A mí no puedes tenerme —le quitó la ropa.

—Bella…

Ella movió la cabeza, con fuego en los ojos.

—No impediré que veas a Thony. Ya arreglaremos visitas. Puede venir los veranos o algo así. Y… —se encogió de hombros —ya lo arreglaremos.

—Cásate conmigo, Bella, y no tendremos que arreglarlo.

—No.

—Me amas.

—Puede que te amara. De acuerdo, puede que te ame. Pero no voy a tolerar esto. No pienso vivir en un sitio en el que jamás estoy a la altura.

—¿Qué? ¿Quién ha dicho…?

—Nadie ha tenido que decirlo. Lo he sentido. Igual que tú lo sentiste. Deberías entenderlo. Tu padre y tú… no querías estar siempre fallando, ¿verdad?

Tuvo que concederle que había ido a la yugular.

—No —respondió al final—. No quería.

Bella se volvió a encoger de hombros.

—Ya está, entonces. Quieres demostrar que él se equivocaba. No te culpo. Y tu madre tiene razón. No me necesitas. Necesitas a alguien que pueda encajar aquí. Que esté como en casa. Alice.

—¡No quiero a Alice, maldita sea!

—Me marcho por la mañana, Edward. Y no hay nada que puedas decir o hacer para detenerme.

—Bella…

—Si quieres, puedes llevarnos al aeropuerto. Si no, llamaré un taxi.

—¡No vas a llamar ningún condenado taxi!

Decir que Thony no estaba contento era un eufemismo. No quería despedirse de Jazz. No quería dejar a los caballos. Se le humedecían los ojos al pensar en dejar a O'Mally.

Fueron a la granja a despedirse de Sam y Phil . Los tres niños patearon piedras y murmuraron entre sí, luego se dieron un apretón afectuoso en el brazo. Después lo llevó a los establos para despedirse de los caballos.

—Jazz me iba a dejar montar a Tip Top —musitó Thony.

—Podrás montarlo cuando vengas de visita.

—No quiero venir de visita. Quiero vivir aquí.

Y ella también, pero nunca funcionaría.

—No siempre conseguimos lo que queremos —afirmó con su voz de Renné.

Él le lanzó una mirada odiosa y siguió pateando piedras de camino a casa.

Al entrar en el castillo, todo estaba en silencio. Por lo general se reunían en el salón amarillo por la noche para charlar, reír y jugar con Thony mientras repasaban los proyectos del día siguiente.

Esa noche, el salón estaba en silencio. Había luz en el despacho de Edward, pero de su interior no salía ningún sonido.

—Quiero ver a papá —dijo Thony antes de correr a la puerta.

—Quizá esté ocupado —advirtió Bella.

Pero el pequeño empujó la puerta. Y Edward, sentado a su escritorio con papeles delante, alzó la vista y el rostro se le iluminó al ver a su hijo.

—¡Papá!

Abrió los brazos y el pequeño corrió hacia ellos. En el pasillo, Bella no se movió. Tenía un nudo en la garganta que apenas le permitía tragar saliva.

—Bella…

Se dio la vuelta.

—Tienes este tiempo con él. Acuéstalo. Necesitamos salir a las nueve. Te veré entonces.

Y subió las escaleras sin mirar atrás.

A las nueve menos cinco, los dos se encontraban en el recibidor de la entrada con el equipaje. O'Mally estaba con ellos con aspecto triste. Thony tenía un aspecto desdichado. Jazz había ido a darles un abrazo a ambos.

—Volverás —le dijo a Thony—. O quizá yo vaya a verte.

Por primera vez Thony mostró cierto entusiasmo.

—¿Cuándo?

Era evidente que Jazz no había esperado verse en ese aprieto, pero pensó un momento y dijo:

—Podría ir en agosto.

—¿Cuánto falta para eso? —quiso saber Thony.

—Dos meses.

El pequeño suspiró por lo largo que le pareció.

—Y tal vez podrías llevar a O'Mally.

—Tal vez.

Se movió incómodo de un pie a otro, como si quisiera marcharse y no supiera cómo.

—Estoy segura de que tienes cosas que hacer —dijo Bella. Él asintió. Ella miró el reloj—. O tal vez tú podrías llevarnos al aeropuerto. Si Edward no se da prisa.

Comenzaban a agruparse unas nubes oscuras que amenazaban lluvia. Entonces les llevaría más tiempo llegar al aeropuerto.

—Vendrá —dijo Jazz.

Pero ya eran las nueve y ni rastro de Edward.

—¿Cuánto tardaría en presentarse un taxi? —quiso saber ella.

—Vendrá —repitió Jazz.

Bella movió un pie y miró otra vez la hora. ¿No les haría perder el avión adrede?

Entonces, vio su coche subiendo por el sendero. Aparcó cerca de ellos y bajó. Parecía decidido y serio.

—Al fin —dijo ella.

Tampoco sonreía. Pensó que tal vez jamás volviera a sonreír.

Slan leat —dijo Jazz—. Adiós.

—Adiós, Jazz —luego se volvió hacia su hijo—. Sube al coche, Thony.

Se lanzó hacia O'Mally y abrazó al perro con fuerza.

Bella no pudo mirar.

—Nuestras maletas están en la entrada —le dijo a Edward—. Iré a buscarlas.

Pero él abrió el maletero, giró en redondo y entró en el castillo. Segundos más tarde, regresó con las maletas de Thony y las metió en el coche.

—Thony. Al coche. Ya.

Otro abrazo a O'Mally. Bella no soportó la idea de tener que separarlo a la fuerza del perro.

Edward regresó con sus maletas y las colocó junto a las del pequeño. Luego volvió a la casa.

—¡Thony!

A regañadientes se alejó del perro y subió al asiento de atrás.

Edward volvió con dos maletas más y las metió en el maletero, giró y fue de nuevo al castillo.

Bella frunció el ceño. Miró en el maletero, luego el reloj, después esperó hasta que él salió con otras dos maletas.

—No son mías —señaló las dos últimas que él había guardado—. Y desde luego ésas tampoco —con la cabeza indicó las que portaba en ese instante.

—Lo sé —pasó junto a ella y las acomodó en el maletero con las demás, luego lo cerró—. Son mías.

—¿Qué? —no creyó entender lo que había oído.

—He dicho que son mías. Me voy contigo.

—¡Qué! —debió de haber gritado, porque Thony se puso a estudiarlos desde la ventanilla trasera.

—He dicho que me voy contigo. A Montana. A Elmer. Al infierno… no me importa adonde.

Bella se sintió débil. Ya no lo comprendía.

—No puedes.

—Claro que puedo. Puedo hacer lo que me apetezca —volvió a hablar con su voz de conde. Pero luego añadió—: Lo he dejado todo. He escrito una carta. He abdicado. Dimitido. Como te apetezca llamarlo. No me quieres debido al título de conde, entonces yo tampoco quiero ese condenado honor.

—¡No seas ridículo! Claro que lo quieres. Quieres demostrar…

—Se acabó lo de demostrar. No tengo que vivir mi vida tratando de demostrar que mi padre se equivocaba. Yo sé que se equivocaba. Sé que soy bastante bueno. Y no necesito ser conde para demostrarlo. Sólo necesito ser el mejor hombre que pueda ser —la miró con todo el corazón volcado en la mirada—. Y lo soy cuando estoy contigo.

Y entonces, no supo si se puso a llover o si eran lágrimas que caían por sus mejillas.

Sólo supo que estuvo a punto de derribarlo cuando se arrojó a sus brazos.

—¡Oh, Edward!

Y él la abrazó como si fuera lo único que pudiera salvarlo.

—Bella —musitó con voz quebrada, luego esperanzada—. ¿Bella?

—Estoy aquí —susurró—. Y no me voy a ninguna parte.

La besó entonces… y ella le devolvió el beso. Y entonces sí llovió. Primero unas simples gotas, luego con fuerza.

No les importó. No lo notaron.

Hasta que una voz infantil les preguntó:

—¿Eso significa que no nos vamos?

La madre de Edward se hallaba en la entrada cuando regresaron a la casa. Miró a la pareja empapada, con los brazos a la cintura del otro, y sonrió.

—El deber de una madre es velar por el futuro y la felicidad de su hijo —anunció la condesa—. Siendo la madre de Thony, sin duda puedes comprenderlo.

Bella asintió. Era verdad.

—No te conocía. Mi hijo… —lo miró con desconsuelo —cree que las conversaciones cara a cara son esenciales para dar noticias importantes. Y no creía que debía hacerlo delante de una desconocida. Alice—explicó—. Una joven adorable, pero evidentemente no para él.

—Sólo hay una mujer para mí —afirmó él.

—Eso veo —con una sonrisa auténtica, extendió una mano hacia Bella—. Llevó a Alice al aeropuerto esta mañana. Por eso llegó tarde.

Bella se sentía aturdida por el desarrollo de los acontecimientos. Pero tomó la mano de la condesa y la encontró cálida y suave, pero con callos en los dedos. La madre de Edward sonrió ante su sorpresa.

—Yo también puedo ensuciarme las manos —explicó—. Trabajo en los jardines. Tal vez pueda ayudarte con algunas de tus excursiones… si Edward te ha convencido para quedarte.

—No voy a quedarme —expuso Edward con firmeza—. Te lo he dicho. Si no dejan que Jazz asuma el título, entonces al cuerno con él…

—¡No digas eso! —interrumpió Bella con vehemencia—. No lo digas. Y no puedes renunciar.

—He de hacerlo. O lo haré. Yo…

—No. No quiero que lo hagas.

La miró fijamente y movió la cabeza.

—Pero tú no querías…

—No quería casarme con un hombre que sólo creía que era la madre de Thony y una buena directora financiera. Quería que me quisieras.

—¡Siempre te he querido! Dios mío, Bella. ¿Qué te llamo? A stór. Mi corazón. No estoy vivo sin ti. El maldito condado…

—Es parte de lo que eres. Y amo al hombre que eres. Y podemos volver a Elmer de vez en cuando. Adoro Elmer. Pero a ti te adoro más.

—¡Yo también! —aseveró Thony.

Exhibía una sonrisa de oreja a oreja y tenía un brazo alrededor de un feliz O'Mally.

Se casaron en Elmer en agosto.

Y en ese momento Bella estaba en la cama con el hombre de sus sueños mientras la recepción aún continuaba en el ayuntamiento de la ciudad.

Edward no podía creer que al fin hubiera podido ponerle el anillo en el dedo. Era como si hubiera necesitado un montón de años. Bueno, en un sentido así era. Thony tenía seis años.

La puso boca arriba y comenzó a darle besos por todas partes. Bella se retorció y rió entre dientes, y luego, cuando su boca comenzó a obrar magia en ella, arqueó la espalda y lo aferró por los hombros.

—¡Edward!

—¿Mmm? —siguió besándola. Provocándola. Tentándola. Probándola.

—Ahhh.

Hizo que la penetrara y sintió la plenitud que únicamente alcanzaba con Edward.

—Mmmm —y él empezó a moverse.

El ritmo se incrementó cuando también ella se movió, atrapada con él, disfrutándolo, cobijándolo, fragmentándolo. Y juntos, los dos se convirtieron en uno.

—Te amaré siempre, a stór —sonrió él sobre sus labios.

Fin