Tangerines at 5 pm

Disclaimer: Los personajes pertenecen a S. Meyer. Únicamente me adjudico la historia.

Beteado por Lucero Silvero (beta FFTH)

ACLARACIONES IMPORTANTES:

Los fármacos mencionados en esta historia (Clonazepam, Sertralina y Zolpidem) deben ser usados exclusivamente bajo prescripción y vigilancia médica y no puede repetirse sin nueva receta médica.

Además, esta historia está libre de contenido pedófilo. La palabra correcta empleada es "Efebofilia" también conocida como la atracción erótica y sexual por menores púberes y pospúberes, usualmente en el rango de edad desde los 13 a los 17 años.

Dedicado a cada una de las personas que inspiraron esta historia con sus múltiples experiencias y a cualquiera que haya sido diagnosticado con un Trastorno Obsesivo Compulsivo.


Hannah es el resultado de un gran error en la vida de su madre, Irene Armstrong. No fue una noche de copas, sino de un irreprochable enamoramiento juvenil hacia un jugador de fútbol de melena seductora. Sucedió lo que siempre sucede; condones defectuosos, mal uso de anticonceptivos, Coitus Interruptus, lo que sea.

Como era de esperarse, Hannah creció sin un padre pero jamás sintió su ausencia porque un nuevo hombre irrumpiría en la vida de Irene. Un hombre bueno, leal y sobretodo, servicial que cumpliría con el rol de padre, logrando que la pequeña Hannah viva los primeros diez años de su vida creyendo que ha crecido en una familia normal.

Los padres siempre se aseguran que ese tipo de secretos permanezcan encerrados en una bóveda donde sus pequeños no puedan acceder fácilmente, no hasta sino los dieciocho años, porque esa parece ser una edad coherente. ¿No?

Pero los adultos cometen errores bastantes obvios: los niños no pueden saberlo, pero entre ellos pueden. Y tarde o temprano, a alguno de ellos se les termina por escapar el secreto. ¿El resultado? Un niño contándoselo a otro, sin las debidas explicaciones, ni el tacto adecuado.

Todo se vuelve extraño y difuso para Hannah. ¿Cómo es posible que ese hombre no sea su padre? ¿Quién es entonces y por qué no vive con su madre?

Hannah recibe las explicaciones necesarias acorde a su edad y de un día para el otro, descubre que cuenta con dos abuelos más a los que jamás conocerá.

No obstante, Hannah goza de una buena adolescencia. Notas altas, belleza, carisma y un increíble talento para la danza artística. Nada parecía detenerla.

En un mundo tan pequeño, las casualidades parecen inexistentes. A lo lejos, una mujer decide capturar cada uno de los logros de Hannah en fotografías instantáneas. Es la hermana de su verdadero padre, es decir, su verdadera tía, que resultó trabajar como maestra en la misma escuela donde Hannah estudia.

A la edad de quince años, la familia de Hannah llama a Irene para comentarles que su abuelo no cuenta con mucho tiempo de vida y su último deseo es conocer a la pequeña Hannah de la que tanto se han privado. Irene acepta pero con estrictas condiciones: Hannah puede conocer a sus abuelos, pero no frecuentarlos diariamente.

Ella los conoce. Son tan cándidos que terminan siendo de su agrado. Incluso a escondidas lograba visitarlos. Pero llega el día en que las advertencias de su madre se hacen realidad, una llamada que cambiaría la vida de Hannah:

"No la vuelvas a traer aquí. Su padre ha dicho que si vuelve a aparecer, ni él, ni su esposa, ni nuestros nietos, pisarán el suelo de nuestra casa. No queremos saber nada más de ella. ¡Que no vuelva a insistir!"

El mundo de Hannah se rompería en mil pedazos, y se convertiría en el inicio de una mala racha: trastornos, depresión, alucinaciones… todos preguntaban por su salud y nadie sabía cuál era el motivo exacto de su malestar psicológico.

Aunque ella deseaba salir adelante con esa sonrisa optimista que le caracterizaba, no siempre lo lograba. El día en que tocó fondo, recostada en la cama sin ánimos para levantarse, un compañero de clase decidió irrumpir en la residencia alegando ser su amigo. Pero eso era mentira. Hannah jamás compartió más de cinco palabras con él.

El muchacho levantó a rastras a Hannah y la metió debajo de la ducha. La bañó, la secó, la obligó a levantarse y la acompañó a clases, para nunca más dejarla ir. ¿Cómo es posible que un muchacho haga tanto por una chica dañada como Hannah? La respuesta la tienen ambos, porque Hannah se enamoró profundamente hasta el punto de luchar todos los días para ser una mejor persona, y retribuirle todo el amor y el cuidado a este muchacho.

Gina es la primera niña de un matrimonio común y corriente. La hermana mayor de dos pequeños y su modelo a seguir. Pero su vida cambia el día en que descubre que aquél que se dice llamar su padre, no lo es en realidad. Él decidió enamorar a su madre para hacerse cargo de aquella pequeña sin que lo notara. No fue una sorpresa para la familia. Gina posee una piel más oscura que el resto de sus parientes y por eso su madre creyó conveniente darle una explicación lógica ante semejante detalle.

Pero Gina se sintió engañada y traicionada por su propia madre. ¿Por qué esperar diez años para decírselo? ¿Por qué no crecer sabiendo que aquél hombre no era su padre?

La adolescencia fue una etapa rebelde para Gina, quien decidió abandonar su casa para convivir con sus abuelos el tiempo suficiente para llamarles "padre" y "madre". La familia entera estaba destrozada y separada. Pero Gina así lo prefería.

Con el paso de los años, Gina comenzó a sentir empatía por su tía, la hermana de su madre. Una mujer glamorosa, exitosa y divorciada, con cuatro hijos a los que Gina identificó como sus nuevos hermanos. Fue un golpe duro para todos cuando Gina se autoproclamó hija de su tía, conviviendo bajo el amparo de su techo y su dinero.

Las reuniones familiares se volvieron terriblemente incómodas. Gina abandonó a su familia llenando su corazón de resentimiento al descubrir que su tía podía darle una vida llena de lujos y provechos, facilitación en sus estudios, un nuevo círculo social que le permitiría emprender cada uno de sus proyectos con orgullo. Pero hasta el día de hoy, Gina saluda a su familia como si fuesen parientes lejanos, porque es así como los ve.

No existe una conexión entre Hannah y Gina más que la similitud en sus historias. Y sin embargo, ¿cómo pueden ambas historias tener diferentes desenlaces? ¿Es porque Hannah encontró al amor de su vida y Gina todavía no? De ser así… ¿por qué Gina todavía no lo ha hecho? ¿Por qué Hannah mantiene una relación estrecha con su madre y Gina decide ignorarla en cada ocasión?

¿Cómo es que dos personas pueden vivir la misma situación y desarrollar desenlaces tan opuestos?

Licenciada: Esme A. Platt de Cullen.

Paciente: Isabella Marie Swan.

-Sesión nro. 14-

—¿Y cuál es el motivo por el que me cuentas esta historia? ¿Quiénes son "Hannah" y "Gina" en tu vida?

—Mis primas —responde Bella con casualidad—. Hannah proviene de la familia de mi madre. Gina proviene de la familia de mi padre. Nunca hablo con ellas. —Entonces, lo recuerda—. ¡Oh! Sí, bueno… he hablado un par de veces con Hannah. Es increíblemente simpática.

—¿Y Gina? —Esme espera a que le dé una razón válida para ese relato.

—No mucho. Mi hermana detesta a Gina. Solían ser mejores amigas… hasta que empezó a vivir con mi tía. Al parecer, los lujos la hicieron precavida y algo arpía. —Bella se acomoda mejor en el asiento—. Verá… Hannah y Gina son el ejemplo perfecto para retratar ambas familias.

Esme asiente y lo anota.

—¿Has traído lo que te pedí?

—Sí. —Bella saca de su pequeña mochila una hoja de papel donde ha armado un cuadro genealógico—. Oh, y disculpe la letra. Lo hice rápidamente. Puedo hacerle otra más prolija…

—Esto estará bien. No te preocupes.

Esme lo revisa. Por un lado, es extenso. Decide leerlo con paciencia.

—Tu madre tiene muchos hermanos, ¿no? —Se da cuenta enseguida—. Serán… ¿nueve…?

—Diez. Diez hermanos —contesta Bella.

Esme asiente varias veces y reposa el papel en el escritorio.

—A juzgar por tu relato, la familia de tu madre es mucho más unida y cándida que la de tu padre, ¿verdad?

—Prácticamente. Mi padre no se lleva bien con sus dos hermanas.

La licenciada decide anotar aquello. Es importante.

—¿Qué tanto frecuentas a tus familiares?

Bella se muerde el labio.

—No mucho. En realidad, nada. Cero.

—¿Cero? —Esme arquea una ceja.

—Así es. Solía hacerlo cuando era pequeña, pero la familia de mi madre… bueno, son gente agradable, pero sus hijos se la pasan en asuntos turbios.

—¿Asuntos turbios?

—Ya sabe. Alcohol, drogas. Ninguno de ellos estudia.

—Oh.

—Mi padre no se lleva bien con sus hermanas porque una de ellas es una ricachona presumida y la otra, ya sabe, la madre de Gina, es increíblemente infantil y manipuladora. No lo digo por mí, lo digo porque esa es la opinión que tiene mi familia sobre ellos.

Al menos se da cuenta que sus familiares no influyen demasiado en sus problemas con la ansiedad.

—Bueno, dejaremos eso a un lado. Quiero que nos concentremos en tu familia núcleo. Ahora… he notado que has agregado una persona más en tu círculo, pero no se encuentra unida a la línea de hermandad, sino que se encuentra directamente unida a Emmett… ¿Quién es "Rosalie"?

—Es mi cuñada —dice Bella con una gran sonrisa—. La amo. Es como una hermana protectora. Lleva cinco años con mi hermano y aunque él no habla mucho de eso, sé que planea casarse con ella tarde o temprano.

Interesante. Anota aquél dato en sus notas.

—Muy bien… Dime, si tuvieras que señalar a una sola persona en la familia que logre acrecentar tu ansiedad por diversos motivos… ¿a quién de los cuatro señalarías?

Bella frunce los labios y pone una mirada abatida. Sabe exactamente el nombre de aquél miembro de su familia.

- Tres meses atrás –

La cuestión con Jacob Black es que ninguna situación embarazosa logrará destruir su amistad con Bella Swan. Incluso después de haber rechazado su invitación a una cita, ella lo acompaña a cualquier actividad que necesite hacer.

Después de una parada por la dulcería, decide acompañarle hasta el taller para darle una checada a la motocicleta que dejó en reparación.

Jacob pasa inadvertido frente a sus ojos, pero se da cuenta de la cantidad de muchachos reunidos en la tienda de gasolina frente al taller. Todos tienen su misma edad. Reconoce a algunos compañeros de clases. Están riéndose a carcajadas y dándose empujones entre ellos. Algunos la observan fijamente, pues es la única jovencita en pantalones cortos en el taller. La única mujer, en realidad.

Bella bufa en su interior y pretende ignorarlos. Pero la paciencia no es su mejor aliada en estos últimos días.

En cuanto Jacob se distrae, se marcha hacia una de las casetas del taller.

Mientras Edward termina de revisar las cadenas de una bicicleta, irrumpe en la habitación y su corazón brinca de un golpe.

Bella cierra la puerta, extiende sus brazos y proclama:

—¡Soy una golfa!

Edward parpadea atónito. ¿Qué hace allí?

—El motivo por el que no puedo enamorarme de un chico de mi edad es porque son todos imbéciles. Son patanes inservibles que lo único que hacen es hablar acerca de quién la tiene más grande. ¿Para qué? Ni siquiera saben cómo ponerla. Tienen esa cosa colgando entre las piernas, caminando como idiotas, pensando "oh, ¿por dónde la meto?" Lo cual no tiene sentido, porque les dices "acabo de cambiarme las pantaletas" y terminan diciendo "¡Nunca antes me sucedió, te lo juro, nena!"

Él no puede evitar reírse.

—Son orangutanes en celo. Tienen esa cosa parada todo el tiempo. No pueden pensar con claridad. Por eso es que no puedo fijarme en ellos. Al comienzo creí que era lesbiana, pero no me gustan los coños. Son aburridos. Prefiero las pollas. Aparentemente, las pollas de hombres mayores. No lo entiendo.

Edward no sabe cómo responder. A ella nunca le han gustado los chicos de su edad.

—Mírame —pide parándose derecha—. Tengo la piel blanca, lo cual significa que mis pezones y mi coño son rosados. Nunca me crece vello corporal. Mis ojos son raros. Tengo un culo decente. Uno pequeño, pero bien formado. Está bien. Mi cabello es insoportablemente largo, y en el verano resulta una molestia. No me gusta el alcohol, jamás he tenido un novio y no me agrada utilizar a los muchachos para sentirme bien conmigo misma. Dime… ¿es eso lo que me hace especial? ¿Únicamente esto? ¿Los hombres me miran por estas superficialidades?

Edward ladea una sonrisa y se acerca a ella para acariciar su cabello.

—Eres… distinta.

—Lo sé.

—Eres una chica preciosa, y cuando empiezas a hablar, luces más hermosa aún.

Hay un brillo distinto en sus ojos a la hora de decir que es preciosa. Bella queda encandilada ante su voz.

—Son jóvenes y pretenciosos. Cuando llegas a mi edad, te das cuenta que la apariencia no es suficiente.

Por eso le gustan los hombres adultos. Por eso prefiere a Edward. Él la escucha. Él puede ver más allá de su físico. La hace sentir atractiva.

Bella se da cuenta que está usando una camiseta blanca ligeramente manchada por aceite para motor. Esta se adhiere perfectamente a su torso. Se acerca lentamente hacia él.

—Hoy… es tu cumpleaños, ¿no? —susurra mordiéndose el labio juguetonamente. Su mano se desliza por encima de su vientre, descendiendo lentamente hasta…

Él reprime un jadeo. Su mandíbula se tensa.

—Si fuera un poco más alta, te daría un beso ahora —dice ella.

Se muere de la ternura al verla parándose en puntitas. Es tan preciosa. Tan linda.

—Si fueras un llavero, te cargaría conmigo todo el día —jura solemne, acariciando uno de los mechones de su cabello.

Su risita coqueta es canto para sus oídos. Se acerca a él para encontrarse a pocos milímetros. No lo besa. Le habla:

—Dime, ¿qué planes tienes para el día de hoy, cumpleañero?

Bella ya le ha desprendido el cinturón y su mano se encuentra por encima de su polla. Está caliente.

—Tengo que buscar a Micah de la escuela… visitar a mis padres… una reunión en la noche… uhm…—Jadea su respuesta, cerrando los ojos y dejándose llevar por el placer que siente ahora que Bella ha comenzado a masturbarlo.

—Sigue hablando —pide ella con una voz cargada de erotismo mientras se agacha lentamente para posicionar su rostro frente a la cintura de él.

Edward respira hondo. Es la primera vez que ella le hace un oral.

Dice un par de incoherencias mientras la observa: de rodillas, ha tomado su miembro desde la base. Su pequeña y tierna lengua lame la punta como si fuese un helado. Bella lo mira a los ojos mientras reparte suaves y dulces besos por toda la longitud, y no tarda en llevárselo a la boca con lentitud. Sin presión.

Desea mirarla con plenitud: los mismos labios que desea probar una y otra vez están rodeando su miembro. Su boca es húmeda y caliente, casi como tan perfecta como su coño. Es inevitable mover las caderas hacia su dirección. Una de sus manos acaricia su vientre bajo, mientras que la otra masajea uno de sus testículos.

Esta chica sabe lo que hace, lo aprendió de alguien más. Y eso le molesta.

En un momento de distracción, dirige su cabeza hacia la pequeña ventana de la caseta solamente para verificar que nadie intente ingresar allí.Pero su peor pesadilla se hace realidad: a pocos metros, Heidi saluda a uno de sus compañeros de trabajo.

—¡Mierda, mi esposa!

Bella abre los ojos atónita y se aleja de él, ofendida.

—¿Qué? —Piensa que ha fantaseado accidentalmente con ella.

—¡Mi esposa! ¡Heidi está afuera a punto de entrar! —Con rapidez, intenta acomodarse el cinturón de sus pantalones.

Bella se levanta para acomodar sus ropas, aunque no tiene mucho por hacer.

—T-Tienes que irte, ahora —le pide un Edward alterado y frustrado.

—¿Y salir sospechosamente de la caseta? No, me quedaré aquí. —Cruza sus brazos—. Si tiene una pregunta, la responderé.

Edward no está convencido con esa respuesta. A decir verdad, se asusta. ¿Qué es lo que planea hacer? Ella no es capaz de revelar el secreto, ¿o sí?

—Bella, compórtate —amenaza con una ceja alzada.

Ella le saca la lengua infantilmente. Él recuerda que la última vez estuvo encima de su polla. Oh, señor.

Alguien golpea la puerta. La voz de Heidi pregunta si puede ingresar, aunque ya lo ha hecho a medias. Se sorprende al encontrar a Bella. Ésta le sonríe.

—Hola, señora Masen. Estaba acompañando a Jacob cuando recordé que era el cumpleaños del señor Masen, así que vine a saludarlo.

"¿Qué hacía con Jacob?" Ella era buena mintiendo.

—Oh, eso es muy considerado de tu parte, Bella…—Como siempre, Heidi se traga la imagen de niña buena de Bella.

—Sí, en fin. —Encoge sus hombros—. Los dejo a solas. Que pase un buen día, señor Masen.

Agita su mano infantilmente y él no puede dejar de pensar lo adorable que es.

Bella sale de la caseta frustrada, mojada y enojada. No quiere odiar a Heidi Masen porque no se lo merece, pero se está convirtiendo en un verdadero obstáculo para sus encuentros con Edward. Lo que más le fastidia es saber que ellos disfrutarán su merecida noche de sexo por su cumpleaños.

Bufa. Ella podría darle una mejor noche que su esposa. Pero de nuevo, está siendo infantil. No quiere tener resentimiento porque al final, ella es la que se está comportando como una golfa.

Jacob la ve acercarse y le pregunta dónde andaba. Ella pasa de largo y responde:

—Después hablamos, Jake. ¿Sí?

Y se marcha hacia su casa.

.

El problema con las obsesiones es que no puedes eliminarlas por completo. Si no las tratas correctamente, terminarás suplantando una por otra. Por eso, cada vez que Bella decide saltearse un gajo de mandarina, no puede parar de tocar las paredes de todas las habitaciones cada vez que ingresa en ellas. Es lo mismo de siempre: números pares en días pares. Números impares en días impares. Es frustrante y repetitivo.

Muchas veces compara sus propias obsesiones con un monstruo peludo y azul. Puede ver claramente sus colmillos y su sonrisa maliciosa. Lo tiene detrás de la espalda, pegado a ella. Cada vez que intenta deshacerse de él, se aferra con mucha más fuerza. A veces se da cuenta que este monstruo desaparece en cuanto se le ignora. Es como si se alimentara de su propio miedo. Mientras haya indiferencia, se ausenta hasta que se le vuelve a prestar atención. El problema radica en que ignorarlo es básicamente la cura para la enfermedad. ¿Cómo logras hacerlo? ¿Cómo logras ignorar un miedo de un día para el otro?

Ese mismo monstruo obliga a Bella a darse atracones cada vez que siente ansiedad. En su mente, si lleva el estómago lleno, la ansiedad desaparece. No existe mucha diferencia porque Bella posee un cuerpo proporcionalmente pequeño y gracias a su metabolismo, no engorda demasiado. Pero como toda adolescente, no le gusta que le llamen la atención acerca de cuánto come y cuánto no, porque aunque no esté preocupada por su peso, recuerda constantemente el motivo de sus atracones y siente vergüenza.

La frustración que carga debido a la presencia inoportuna de Heidi Masen y a la idea de que Edward prefiera la compañía de su esposa que la de ella, le provoca una sensación famélica. A ella no le molesta realmente. En realidad, Bella ama comer lo que sea. Para ella, no hay nada más hermoso que comer con hambre.

Cuando llega a casa y se encuentra sola, decide ir a la cocina para cocinarse dos hamburguesas. Su madre le compró un paquete de patatas fritas la noche anterior. Un poco de refresco y será un buen almuerzo como para olvidar los disgustos de esa mañana.

Se sienta en el living y con los pies encima de la pequeña mesa de café, devora su almuerzo. En cuanto termina, sonríe internamente. Ha sido una increíble comida.

Lo bueno de tener un día libre es que tiene tiempo para relajarse y leer algún libro. No es del tipo de chica que los adora, pero puede leer uno de vez en cuando.

Mientras ingresa a la biblioteca de su dormitorio para buscar algo, escucha a Alice llegar a casa. Se saludan desde lejos mientras ella menciona el hecho de estar muerta de hambre.

Bella vuelve al living con su libro mientras Alice revisa cada rincón del refrigerador y algo no cierra:

—Bella, ¿dónde están las hamburguesas que mamá dejó para mí?

¡Auch! Eso no suena nada bien.

—¿Hamburguesas? Me dejó dos hamburguesas a mí.

Alice frunce el ceño.

—No. Te dejó salchichas. A mí me dejó hamburguesas… —Entonces, se da cuenta—. Oh, por Dios. ¿Te las comiste? ¿A las dos?

Bella intenta responder una disculpa, pero Alice desaparece del living para volver a la cocina y revisar la bolsa de papas fritas: no está.

—¿Te comiste la bolsa también? ¿Dos hamburguesas y la bolsa entera? ¿Cuál es tu jodido problema? ¡¿Por qué comes tanto?! ¡Se suponía que debíamos compartirlo!

La discusión estalla. Lo cierto es que Alice ha vuelto de mucho malhumor al igual que su hermana y el hambre termina por sacar lo peor en las personas. Pero Bella se muestra doblemente ofendida porque sabe que es muy probable que su ansiedad y sus atracones terminen por hacerla subir de peso. No le molesta ese hecho mismo, pero que su propia hermana le recrimine la forma en que debe comer, es simplemente molesto y doloroso. Puede esperar la crueldad de las personas de afuera, pero… ¿su propia familia? ¿Juzgándote lo que come y en cuánta cantidad? Es una horrenda sensación de culpa y vergüenza.

Bella termina abandonando la escena repentinamente y se encierra en la habitación de sus padres. La cama es ancha y cómoda. No desea ir a la misma habitación que comparte con Alice.

Se cubre con la almohada y comienza a llorar en silencio. Desea poder gritar y golpear cualquier cosa, pero en vez de eso, rasguña la almohada. ¿Cuál es el jodido problema con que coma un poco más de lo normal? Ni siquiera le importa su apariencia. ¡A quién más podría importarle!

Bella se da cuenta que posee una gran autoestima, pero este tipo de cosas la pone en duda: un gran insulto como ese, puede llevar a cualquier chica a sentirse culpable por lo que ha comido y a considerarse una gorda insufrible. Pero ella no siente exactamente esa sensación. ¿Qué es lo que siente? Tampoco se siente orgullosa por el atracón que ha tenido.

Al cabo de quince minutos, la puerta del dormitorio se abre y escucha la voz de Alice:

—Bella, yo… no quería decir lo que dije. No lo tomes en serio, no pienso que eres una gorda. Se me pasó la mano… es que… he tenido un pésimo día y… realmente quería comer esas papas fritas.

Su hermana menor, que acostumbra a aceptar las disculpas rápidamente, suelta un simple:

—Está bien. No pasa nada.

Alice asiente sabiendo que las palabras la han herido por completo. Se dio cuenta en seguida que no estuvo bien tratarla de esa forma, porque ni ella sería capaz de lidiar con semejantes palabras.

Durante ese corto tiempo donde Bella termina de llorar y descansar un poco, se da cuenta —otra vez— que ella y su hermana son similares: carácter fuerte y pedante. Alice tira más del lado de Charlie, Bella del lado de Renée. Bajo su propia perspectiva —una no muy objetiva que digamos—, siente que tiene mucha más paciencia que Alice. Pero su hermana siempre le dice que no es así, que en realidad explota por cualquier cosa.

Y en parte, tiene razón. Si hay algo que Bella no soporta es la siguiente situación:

Pararse frente a la pared. Observar una mancha gris.

Una persona se acerca y señala la mancha gris. Dice: "¡Mira! ¡La mancha gris!"

Ante esta situación, Bella termina reaccionando con un odio irracional y una simple respuesta: "Ya sé. Ya lo vi. No soy tonta."

Quizás la otra persona no deseaba hacerla sentir así, simplemente quería compartir un rato con ella. Pero otra de sus frustraciones es la repetición de palabras.

¿Y no es eso algo contradictorio? ¿No es Bella una persona que comete actos repetitivos? ¿Rituales repetitivos?

Al cabo de unas horas, se despierta de su siesta y no se siente tan mal. Tal vez un poco culpable por haber comido demasiado, pero… ¿qué puede hacer? Es fácil retribuir la culpa a la ansiedad misma, a su enfermedad. Es probable que esa sea la causante, pero al fin y al cabo, Bella ama comer. Y no dejará de satisfacer sus apetitos por un simple regaño. Claro que no.

Cuando su madre llega del trabajo, aparece en su dormitorio y saluda a su hija.

—Bella, recuerda que tienes turno con el dentista en media hora. Alice te acompañará.

¿Eh?

—¿Ella? ¿Por qué?

—Porque ambas tienen turno ahora. Rápido, ve a cambiarte.

Es una de las pocas veces en que se le presenta una situación tan incómoda. Acaba de tener una fuerte y poco común discusión con su hermana, y ahora debe pasar tiempo con ella. ¿Por qué?

Bueno, acostumbran a tener ese tipo de discusiones, pero es la primera vez que Alice se disculpa en seguida y Bella aprecia eso. Pero también se da cuenta que ha sido más ruda y cruel que de costumbre. ¿Cuál es el motivo de su ira?

Ambas se alistan y se marchan hacia el consultorio odontológico sin decir ni una sola palabra.

La más pequeña se dedica a observar a la mayor mientras caminan: Alice es bonita. Su cabello le queda bien, pero sobretodo, tiene curvas. Una silueta delgada. Pero se siente amargada. No porque ella tenga una buena figura tiene derecho a criticar a Bella. Ella palpa su estómago y la nota más hinchado. Sí, definitivamente terminará engordando. Oh, bien.

Pero en un momento, cuando deben pasar por una vidriera, Alice mira disimuladamente su reflejo en ella, y se acomoda un mechón de su cabello y sus ojos van rápidamente hacia su abdomen. Está corroborando si aquella blusa la hace ver un poco más gorda de lo normal.

Bella frunce el ceño. ¿Gordura? ¿Dónde? Ella tiene un abdomen plano. ¿Qué rayos se está mirando?

Y es entonces cuando encuentra una gran diferencia entre ambas: La baja autoestima de Alice. Tiene una visión muy errada de su propia realidad. En muchas ocasiones descubrió que aquellos que se burlan o reclaman algo ajeno, lo hacen por su poca conformidad propia. La única respuesta para que una chica delgada se burle de la gordura de otra, es por inseguridad. Porque teme convertirse en eso, o porque se siente amenazada ya que está frente a una chica que demuestra que no tiene problema alguno con su talla corporal.

Siente pena por ella. Siempre le ha molestado esa clase de persona que necesita observarse frente al espejo cada vez que pasa por cualquier vidriera. Demuestra claramente que está preocupada por su apariencia.

Pero más que nada, se da cuenta que ella ha sido lo suficientemente fuerte para comprender más o menos por qué su hermana le ha hecho ese reclamo y para aceptarlo. No le gusta sentir pena, pero… ¿qué más puede hacer? No es su culpa que Bella se sienta más conforme con su cuerpo que ella. En realidad, es lamentable.

Además, Alice quedaría destrozada si alguien le llama "gorda". Bella, en cambio, lo celebra con otra hamburguesa en la mano.

.

Un par de días después, mientras barre un rincón, ve a Heidi Masen ingresando a la tienda.

Alza la vista rápidamente hacia el estacionamiento. ¡Es la camioneta de Edward!

—Señora Masen, ¿cómo se encuentra? —La señora Woodgate saluda a la mujer mientras atiende en la caja. Normalmente lo hace cuando le pide a Bella que limpie un poco el lugar.

—Espléndida. —Sonríe cándida—. ¿Cómo se encuentra usted?

"Espléndida", ¿quién diablos contesta así?

Bueno, es oficial: ha empezado a experimentar un odio irracional por la mujer de Edward Masen.

Se acerca a aquél sector donde se encuentra mientras termina de barrer. Observa detenidamente las compras que Heidi Masen procede a hacer.

Hay una en especial que ha despertado su atención: dos pequeños paquetes plateados que ha sacado de la pequeña góndola frente a la caja registradora.

Eso le viene como un baldazo de agua fría. Heidi Masen está comprando condones.

En un acto impulsivo, Bella sale de la tienda con la escoba y sin disimulo, se acerca a Edward Masen que ya se encuentra fuera de la camioneta, revisando una de las llantas.

Bella empuja su brazo, alarmándolo.

—¡Te las follas! —gruñe en voz baja.

Élla mira atento.

—¿Qué?

—¡Te follas a tu esposa!

Edward no comprende el reclamo. Frunce el ceño.

—¿Sí…?

Su respuesta es clara: "Por supuesto que sí, niña. Es mi esposa. Claro que se la meto todas las noches. Dormimos en la misma cama. ¿Recuerdas?"

Bella se siente inútil. Y muy tonta.

Rápidamente, se marcha hacia otro punto, dándole la espalda. Se sienta en un pequeño banco y abraza sus rodillas. ¡Qué vergonzoso!

Edward suelta un largo suspiro y se da cuenta que puede ser ofensivo para ella. Claro, es una chica que no acostumbra a estas cosas, ni mucho menos él. Entiende que si él se entera que ella se está acostando con otro, le molestaría un poco. Pero… sinceramente, ¿qué diablos puede hacer? Es su esposa.

No obstante, se acerca hacia ella para sentarse a su lado aprovechando que su esposa sigue tachando la larga lista de compras que necesita, en un completo silencio.

—Oye…

—Ya sé, ya sé. —Chasquea la lengua y se pone histérica. Odia cuando le repiten algo que ya sabe—. No me hagas caso.

Ojalá pudiera reclamarle algo, pero no hay nada.

Sin embargo, algo es claro en este asunto: Si Edward Masen se encontrara completamente satisfecho con su vida sexual, no recurriría a Bella Swan.

Él la mira a los ojos con dulzura y despeina su melena.

—¿En qué te andas metiendo, pequeña? —pregunta porque hace rato que no la veía.

Bella se pone a la defensiva.

—No lo sé, viejo.

Él siente la misma sensación, pero se ríe, lo cual hace que Bella se dé cuenta que está siendo infantil.

—Perdón, estoy muy irritable. No he tenido buenos días últimamente…

—¿Qué te ocurre? ¿Tu familia está en orden?

Eso es lo que le gusta de Edward Masen: es un hombre que ve y sabe. Le conoce lo suficiente como para saber que si tiene algún problema, es referente a su familia. Es casi imposible no sentir tanta atracción por él.

—No, y no creo que lo esté en mucho tiempo, pero está bien. —Mira hacia el suelo—. Es que… no lo sé, pienso que debería distraerme un rato.

—No deberías pasar tanto tiempo encerrada en tu casa. Te sofocarás. —Él está de acuerdo en eso.

—Lo dices como si fuera fácil. No tengo mucha vida social.

Y es que sería más fácil si Bella no sintiera tanto desprecio por los chicos de su edad. Pero para ser honestos, eso le gusta a Edward.

—¿Y tus amigas? Siempre te veo con dos chicas más. Una pelirroja y otra de baja estatura. ¿No?

De nuevo… es difícil ejercer autocontrol contra Edward Masen.

—Somos amigas, pero a veces se distraen en sus propios asuntos. Quizás por eso nos llevamos tan bien, porque las tres somos igualmente cerradas.

No hay mucho qué decir. Tal vez sí, pero no cuenta con el tiempo suficiente para analizar el caso.

—Bueno… si hay algo que pueda hacer, ya sabes…

Bella gira su cabeza hacia él. Lo mira fijamente.

—Me siento muy… caliente, últimamente.

Oh, señor.

—¿Sí? —Edward se sonroja.

—Sep. Tengo muchas ganas de follar.

—¿Follar?

—Sí, duro.

—Oh, cielos. —La mira fijamente.

—Sumamente duro.

—¿Qué tan duro? —Es puro morbo. Se encuentra excitado.

—Muy duro. Contra algo. Mientras golpean mi trasero.

Edward se queda mudo.

—¿Quieres que te follen contra algo mientras te golpean el trasero?

—Mejor dicho, quiero que me follen contra algo, en posición de cuatro para que la cadera golpeé mi trasero.

Jesucristo redentor.

—¿Quieres portarte muy mal, no?

—Sí. Y quiero que me aten. Que me castiguen. Que azoten mis pezones y sujeten mis muñecas. Y me prohíban hablar. Quiero que me traten muy mal, Edward.

No sabe si está soñando o realmente le está pidiendo algo así.

—Ya veo… ¿algo más?

Bella asiente y se acerca peligrosamente a él:

—Quiero hacerlo en un lugar público y gritar por osadía. Quiero sentir el miedo de ser atrapada. Quiero… quiero sentirme expuesta, saber que muchas personas podrían verme desnuda, gimiendo de placer.

Edward cierra los ojos y decide controlar sus pensamientos, porque ya es suficiente con tener una erección bajo de sus pantalones en pleno estacionamiento.

—Pero, ¿sabes qué es lo que más quiero?

Niega.

—Quiero que lo hagas tú, Edward. Quiero ser tuya… y que cumplas tus más sucias y retorcidas fantasías conmigo.

Oh. Dios. Santo.

Gira su cabeza hacia atrás para descubrir que su esposa está a punto de salir de la tienda. Respira hondo y se coloca las manos en los bolsillos para disimular su erección. Se levanta.

Antes de marcharse, le dice:

—Dile a tus padres que irás a dormir en la casa de una amiga esta noche.

Bella se paraliza por completo. Él recuerda una última cosa:

—Y no vuelvas a robar condones de la tienda. Yo me encargaré de eso.

.

Cuando Bella se encuentra desesperadamente aburrida o nerviosa, narra sus propias situaciones como si fuese un libro:

«Edward conduce a mi lado y no me dirige la palabra. Parece estar enojado. »

A veces, incluso, lo hace en inglés:

«Why he doesn't look at me? He can't be mad with me… right? I didn't do anything wrong… or did I?» (*)

Al comienzo, creyó que irían al mismo hotel de la primera vez. Pero Edward parece haber cambiado de opción. No le sorprende, un hombre precavido como él es capaz de mantener su seguridad. Pero eso resulta confuso. En los últimos diez minutos del recorrido, no ha visto ni una sola casa. Es un descampado o al menos eso parece debido a la oscuridad de la noche. La luna es la única luz por allí.

Edward detiene la camioneta en medio de la ruta. Bella frunce el ceño. ¿Por qué lo hizo? A lo lejos, puede observar un par de casas, pero…

—Bájate —ordena a modo de reclamo, estoicamente.

Ella se asusta. Edward está molesto y no entiende por qué. No planea moverse hasta saber la razón.

Él la mira fijamente. Es una mirada de frialdad y firmeza. Se paraliza por completo.

—No me hagas repetirte las cosas dos veces. ¡Bájate de la maldita camioneta, ahora!

Bella pega un salto y rápidamente sale de la camioneta. Edward jamás le gritaría de esa forma. ¿Qué le ocurre?

"¿No planea dejarme aquí, o sí?"

—Frente a la camioneta. —Usa un tono exigente. Bella obedece, ligeramente confundida.

Se para frente a la camioneta. Frunce el ceño. No debería quedarse callada.

—¿Edward, qué…?

Edward empuja su cuerpo contra la camioneta, dejándola en cuatro.

—¿Qué caraj…? —titubea sorprendida. Suelta un fuerte gemido en cuanto él desprende sus pequeños pantalones y los baja de un tirón junto a sus bragas.

Bella Swan permanece completamente desnuda desde la cintura para abajo. ¡En medio de la ruta!

—¡E-Edward! ¡¿Q-Qué haces…?! —Jadea tratando de levantarse los pantalones, pero él lleva sus manos hacia su espalda y las oprime firmemente para que no se mueva.

Siente su cuerpo encima del suyo. Sus labios se encuentran a pocos centímetros de su oído.

—Estamos en medio de una ruta transitable a un radio de treinta metros hasta la casa más cercana. Ellos me conocen. Ellos te conocen. Y son capaces de ver lo que estamos por hacer a través de sus ventanas. No quiero que grites, ni hagas ruidos, ni me dirijas la palabra a menos que te lo ordene. Y bajo ninguna circunstancia te vas a correr antes que yo. ¿Me has oído, pequeña golfa?

Conforme escucha aquella amenaza, sonríe en su interior y reprime una gran carcajada de júbilo. Es exactamente lo que ella estaba pidiendo en un principio y él se lo está concediendo. Ella le importa.

Pero hay algo que no cambia: es el hecho de encontrarse casi desnuda en medio de una vía pública. A oscuras, claro. Pero hay vecinos que podrían identificarlos. Esto es algo serio.

—P-Pero estoy desnuda, podrían verm…

Posesivamente, clava sus uñas sobre la piel de su trasero. Bella se vuelve a paralizar.

—Si vuelves a hablar, te quitaré toda la ropa. —Es un tono de voz muy ácido, filoso. Jamás le había escuchado de esa forma, ni siquiera cuando debía reprender a Micah. Le gusta mucho.

Bella se sostiene firmemente del capó en cuanto escucha la bragueta de Edward bajándose. Su corazón empieza a latir con ahínco. ¿Y si alguien los ve? ¿Y si realmente se mete en un lío?

Cierra los ojos y se muerde el labio para recibir el miembro de Edward. Pero, oh, sorpresa, decide introducirse en ella de una sola estocada.

Sin medida, pega un gritito. Como castigo, Edward tira de uno de sus mechones con insistencia. No le ha gustado para nada. Pero frustración es frustración. Mientras la tenga molesta, será suficiente para gozar.

Edward arremete sin ataduras, penetrándola como si se encontraran en una habitación aislada. Pero diablos, no. Se encuentran en medio de la ruta. Jamás ha sentido su corazón latir con esta velocidad, con esta fuerza… descubre que en verdad está asustada y por eso quiere obtener su orgasmo más pronto que nunca.

Él se encarga de que sus caderas golpeen firmemente su trasero, tal y como se lo había pedido. En seguida se da cuenta que pese a todo, la situación le excita muchísimo. Con cada estocada, siente la adrenalina y el placer del momento.

Comienza a sentir aquella familiar presión en su vientre bajo. Edward gruñe.

—No. No lo harás. No vas a correrte aún, Bella.

¿Cómo pudo darse cuenta? Pero Bella no puede controlarlo. Es como si deseara ir al baño. Las estocadas no ayudan en lo absoluto. Es como si ahora aumentara la velocidad para provocarla. Muerde su labio con mucha fuerza para callar sus gemidos y se deja entregar por el placer.

Por un momento, piensa que no hay problema con eso, que ha sido una advertencia a modo de juego. Pero claro que no. Edward iba en serio. Se molesta por haber desobedecido sus palabras y comienza a azotar su culo.

—¡Ah! ¡Ah! ¡Edward!

—¡Señor Masen! —le corrige.

"Uh, ¿ahora desea ser llamado así?"

—¡Señor Masen, pare! —En cuanto lo dice, se da cuentade la diferencia. Oh, cielos. Es mucho más excitante recordar que es un adulto y ella una jovencita.

Deja de azotarla y continúa embistiéndola. Ahora, decide posicionar una de sus piernas por encima de su hombro para lograr un mejor ángulo de penetración.

"Santo Cristo". Puede entrar de lleno. Jamás le ha sentido tan pegado a su cuerpo. Puede sentir hasta sus testículos golpeando su trasero.

Ese es el momento en el que Bella se siente una completa golfa. Aprovecha la postura para levantarse la blusa y enseñarle sus pechos al señor Masen.

Sonríe con malicia. Su mandíbula está tensa. Bella literalmente jadea de la emoción que siente.

—Así me gusta. —Se acerca más hacia ella, jadeante—. Eres una puta golfa, ¿lo sabes? En cuanto tuviste el atrevimiento de pedirme esas cosas, me di cuenta lo sucia que eres. Finges ser inocente, pero mira cómo te retuerces de placer por mi polla. ¿Es grande, no? ¿Ah?

Embiste adentrándose con más fuerza, alcanzando su máxima capacidad. Bella chilla.

—¡Sí! E-Es grande…

—Mucho más grande que la de cualquier chico con el que has estado, ¿no es cierto?

Uf, definitivamente sí.

—Sí, sí, sí.

—Intenta que algún chico de tu edad logre follarte de esta forma. Porque así es como folla un hombre. ¿Quieres que te folle en serio? ¿Lo quieres?

¡Dios!

—¡Sí, por favor!

Edward alza ambas piernas y las posiciona encima de su pecho. No hay forma de que alcance mayor penetración que en esta posición. Y Bella puede sentirlo. Pega un grito, sin importar la localización en la que se encuentran.

Embiste fuerte, duro, firme.

—Quiero que esta noche te duermas recordando este momento. Recordando lo que se siente ser follada por un hombre de verdad y que cada vez que alguien lo intente, recuerdes que nadie podrá hacerlo mejor que yo, ¿me has entendido?

¡No le queda nada!

—¡Maldita sea, sí! —exclama y en una sola embestida, Edward se corre al mismo tiempo que ella.

Suelta un jadeo ronco, uno que jamás ha escuchado en un hombre porque, para ser honesta, es la primera vez que alguien la folla de esta manera tan… salvaje. Él permanece quieto encima de ella, experimentando uno de los mejores orgasmos que ha tenido en un buen par de años. Uno que creía imposible de volver a sentir. Ha sido putamente bueno.

Edward respira hondo y se deja caer encima de ella, saliéndose del personaje autoritario.

Bella todavía sigue avergonzada.

—E-Edward, a-alguien puede vernos y…

—Shh —dice él con tranquilidad, mirándola con dulzura—. No hay nadie aquí. Esas casas están abandonadas.

¡Oh!

—¿Me…? —Sí, le mintió.

—¿Creías en verdad que iba a ponernos en semejante peligro? —Se ríe seductoramente, a pocos centímetros de su rostro.

El corazón de Bella late como nunca antes ha latido por un hombre.

Vuelve a jadear mientras apoya su rostro encima de sus pechos desnudos.

—Vaca sagrada, Bella… hacía tanto que no me corría de esa forma…

Siente un temblor en su vientre. Sus mejillas se han teñido de un suave rosáceo.

En vez de responder algo —si es que se puede encontrar palabras precisas—, Bella decide plantarle un suave beso casto en la sien de Edward.

Encuentra este tacto sumamente tierno. Se miran por unos segundos y él se acerca para besarla. Siempre tienen un sabor dulce y cálido. Ella enreda sus brazos en torno a su cuello y él la levanta para sentarla en el capó.

—Vístete. ¿Quieres que te ayude a limpiar? —pregunta observando su intimidad. Tiene una sonrisa hermosa; él es muy protector con ella. Y así es muy fácil ganarse su corazón.

—No, estoy bien.

Se acomodan sus ropas e ingresan nuevamente al interior de la camioneta.

—Oye… ¿tienes que… irte o algo así? —pregunta Bella con un ligero tono decepcionado.

Él la mira sonriente y frunce el ceño volviendo hacia la ruta.

—Dime, ¿qué fue lo último que te dije esta mañana?

—¿No robar condones?

Se ríe.

—Antes de eso.

—Que le avisara a mis padres que no volvería temprano esta noche.

—Bueno, ahí lo tienes.

¡Santos cielos!

—¿O sea que te vas a quedar un rato más? —Parece niña en una juguetería.

Él ladea una sonrisa torcida. Asiente.

Bella celebra y se acerca para volver a abrazar su cuello y plantarle un beso en la comisura de sus labios. Ese simple gesto hace que Edward sienta ganas de comerla a besos. Le encanta sentir sus brazos encima. Bella parece algo fría y difícil. Mientras más cándida se muestre ante él, más piensa en el efecto que tiene sobre ella. Siempre es buena señal que una chica dura se vuelva frágil contigo.

De nuevo en su asiento, Bella recuerda que ha incumplido un regla.

—Te debo un regalo de cumpleaños.

—Oh, por favor. —Bufa despreocupadamente—. Después de esto, no puedo pedir más.

Pero Bella quiere más. Y sabe que él también.

—¿Sabes? Como que se me olvidó escucharte…

Edward la mira confundido y ella muestra un pequeño paquete plateado entre sus dedos.

Le dijo específicamente que no volviera a robarlos de la tienda, pero… eso no importa ahora. Cuentan con otro más.

Bella vuelve a acercarse hacia él y le susurra al oído:

—Detén el auto.

No duda ni un segundo en hacerlo.

—Te veo atrás —dice por último antes de besar sus labios rápidamente y marcharse hacia el asiento de atrás ágilmente.

La sonrisa de Edward es principalmente la de un pervertido. Sale del asiento del piloto e ingresa hacia el asiento de atrás, donde cuentan con un poco más de espacio.

Bella se ha quitado los pantalones que parecen ser su único atuendo difícil. No lleva bragas encima. Le pide a Edward que se recueste para posicionarse encima de él.

En un movimiento sensual, se quita la blusa y el sostén para quedar completamente desnuda frente a él. Ladea su cabeza hacia un costado, dejando que sus largos cabellos cubran sus pechos.

Edward siente que se encuentra frente a un precioso ángel al que desea pervertir.

Ella quita su cinturón y baja sus pantalones lo necesario para colocarle el preservativo. Ya habían tenido suficiente con una ronda veloz, ahora es tiempo para tomarlo con calma… pues, contaban con gran parte de la noche.

—No te corras tan pronto… es el último que queda —advierte ella con su típica voz coqueta que vuelve loco a Edward.

—Sé que existen muchas otras formas de pasar un buen rato, Bella —le recuerda atentamente.

Ella se echa a reír y se desliza lentamente hacia su miembro.

A lo lejos de aquél descampado, se puede ver una gran camioneta moviéndose de un lado para el otro. Completamente inadvertida.


Traducción: "¿Por qué no me mira? Él no puede estar molesto conmigo… ¿verdad? No he hecho nada malo… ¿o sí?"


NOTA DE AUTOR:

Nunca le encuentren el sentido al comportamiento de Bella, porque es contradictoria as fuck.

El hecho de incluir lemmon en esta historia es porque prácticamente todas las relaciones lolita se desarrollan en un plano sexual.

Tengan una buena navidad :) x