CAPÍTULO 10
Thiago llegó el primero porque yo le hice venir pronto. No quería ver a Arrechavaleta a solas.
Había decidido preparar espaguetis con gambas y había comprado gambas extra para aperitivo. Las comimos de pie en la cocina mojándolas en salsa de cóctel, ocultándoselas a Alai. Le encantan y, si hubiera sabido lo que hacíamos, no nos habría dejado ni una para los dos.
—¿Dónde se ha metido? —preguntó Thiago.
—Se está preparando.
—¿Durante veinte minutos? No ha salido de su cuarto desde que he llegado.
Aquello no era normal, teniendo en cuenta que adoraba a Thiago y casi nunca se perdía un momento de estar con él.
—También tenía muchos deberes —dije.
Thiago hizo una mueca.
—Ella jamás confiesa tener muchos deberes. Se propone algo.
Me indignó un poco que él hubiera pensado eso y yo no. Después de todo, es mi hija. Dejé mi vaso de vino en la encimera y fui al cuarto de Alai.
Cuando me asomé, estaba trabajando en su mesa.
—Es verdad que tienes muchos deberes —comenté.
—Ya te lo he dicho.
Tranquilizada, volví a la cocina. Antes de que llegara, llamó Arrechavaleta a la puerta. Aparecía casi media hora antes de lo previsto, sin duda con intención de pillarme a solas. Me sentí muy lista por haberme anticipado.
—Hola —dije con calma.
Él me tendió un ramo de rosas.
—Para la anfitriona —dijo.
Yo retrocedí deprisa, pero recordé lo que había dicho Thiago de seguirle la corriente y acepté las flores.
—Son muy bonitas. Entra —me hice a un lado—. Thiago ya está aquí.
Vi que fruncía el ceño y comprendí que no se me daba muy bien aquello de aplacarlo. Lo intenté de nuevo.
—Thiago, mira lo que me ha traído Simón —dije con dulzura cuando entré en la cocina. Le enseñé las flores.
Pero aunque lo de seguirle la corriente a Simón había sido idea suya, no pareció nada complacido.
—Estupendo —dijo.
—Tengo que buscar dónde ponerlas —volví a salir de la cocina.
—¿Tienes todavía el jarrón Cloisonne que te regalé por nuestro aniversario? —preguntó Arrechavaleta.
—¿Qué aniversario? —la voz de Thiago me siguió hasta el armario del pasillo donde guardo los jarrones—. Nunca estuvisteis casados.
—Eso no importa —oí decir a Arrechavaleta.
Encontré el jarrón, metí las rosas en él y volví a la cocina.
—Lo has conservado —dijo Simón, claramente complacido.
—¿Por qué rayos has hecho eso? —quiso saber Thiago.
—Es bonito —expliqué—. Y conociendo a Simón, sé que costó mucho dinero. No podía tirarlo a la basura —vi la expresión de Arrechavaleta—, aunque nunca pensé hacerlo —me apresuré a añadir.
—Es hora de cenar —anunció Thiago.
Lo miré fijamente.
—No, no lo es. Ni siquiera he empezado a hacer la pasta. Y la ensalada no está aliñada.
—Puedes hacerlo mientras Arrechavaleta y yo negociamos la situación.
—Antes me gustaría ver a mi hija —declaró Arrechavaleta.
Mi hija. Aquellas palabras sonaban casi vulgares en su boca. Tuve que hacer un gran esfuerzo para asentir con la cabeza y llamar a Alai.
Su voz sonó muy educada.
—Ya voy, mamá.
Intercambié una mirada con Thiago. Empezaba a pensar que él tenía razón después de todo. Alai era hermosa, lista, exuberante, pero desde luego no era dulce y educada. Se proponía algo.
Cinco segundos más tarde sabía lo que era. Salió del dormitorio con una rodillera que yo me había visto obligada a llevar durante seis semanas el año anterior, después de que me fracturara la rótula en una caída. A pesar de que el velero era ajustable, le quedaba grande y le resbalaba por la pantorrilla. Había sacado los vaqueros y la camiseta del sábado de la cesta de la ropa sucia y desprendía un olor a ropa húmeda. Llevaba su pelo castaño casi de punta, sin duda porque había usado mi laca en abundancia. Y se había extendido mi sombra de ojos beige por la cara de modo que pareciera sucia.
Me quedé sin habla y ella entró en la cocina cojeando. Tenía que haber planeado aquello durante horas y, sin embargo, parecía muy normal cuando yo me asomé a su habitación unos minutos antes.
Arrechavaleta la miró fijamente. Thiago fue el primero en recuperarse del espectáculo.
—Alai —dijo con desaprobación—. ¿Has vuelto a salir a jugar al fútbol? Ya sabes que es peligroso con tu pierna.
Yo clavé los ojos en él. ¿Le iba a seguir la corriente?
Mi hija bajó la vista al suelo.
—Lo siento —murmuró—. Yo sólo quiero ser como los niños normales.
Arrechavaleta al fin recuperó la voz.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¿Qué es esto? —me miró escandalizado—. Nunca me has dicho que era... —le fallaron las palabras y se interrumpió.
—Coja —terminó Alai por él.
—Si consigues la custodia —dijo Thiago— tendrás que tenerlo en cuenta y adaptar tu casa.
Yo me llevé las manos a los oídos.
—¡Basta ya! —grité. Las dos personas a las que más quería en el mundo habían perdido el juicio—. Ve a lavarte la cara y cepillarte el pelo —le dije a Alai.
Ella me miró con aire de sufrimiento.
—Puede que tarde bastante con esta pierna. Tendré que volver a recorrer todo el pasillo.
—Te esperaremos para cenar —le prometió Thiago.
—Confío en que sí —se alejó cojeando con un suspiro.
—¡Eres...! —señalé a Thiago y levanté la voz.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó Arrechavaleta.
Yo me volví a mirarlo.
—Piénsalo bien. Tú no tienes nada de tonto. Alai intenta convencerte de que... de que está coja para que no quieras llevártela, para que no la separes de mí.
Pareció escandalizado y disgustado. Luego hizo algo que hacía muy poco. Soltó una carcajada. Se rió tanto que tuvo que sentarse a la mesa de la cocina.
—Esa niña es genial —dijo al fin.
—No se te ocurra decirle eso —le advertí—. Esto es un desastre —me senté también y lo miré—. ¿No podrías desaparecer otra vez?
—La verdad es que lo estoy pasando bien.
Thiago lanzó un gruñido y yo levanté la vista hacia él. Miraba fijamente a Arrechavaleta y volví a pensar que estaba celoso. Había ayudado a Alai como si los dos tuvieran un secreto, una relación especial que Arrechavaleta jamás podría esperar conseguir. Y era cierto. De pronto comprendí que también estaba celoso por ella. Por mucho que aquella cena hubiera sido idea suya, Arrechavaleta se había metido en su territorio.
Entonces volvió Alai. Se había lavado la cara y cepillado el pelo, pero llevaba todavía la rodillera.
—Se acabó el juego —le dije—. Quítate eso.
—¡Mamá! No puedo andar sin ella.
—Tiene razón, Alai —intervino Thiago—. El señor Arrechavaleta sabe lo que te propones.
La vi volverse despacio a mirar a Arrechavaleta.
—No quiero ir a vivir contigo —declaró.
Yo me sentí orgullosa de ella.
Arrechavaleta se inclinó hacia delante, apoyó los codos en las rodillas, la barbilla en las manos y la miró a los ojos.
—¿Por qué no? Ni siquiera me conoces.
Alai levantó la barbilla.
—Ese es el problema.
Arrechavaleta pareció pensar en aquello.
—Sí, creo que eso lo comprendo.
—No voy a dejar a mi madre. Tú no puedes obligarme.
—¿Pero puedo venir a verte de vez en cuando para que puedas llegar a conocerme?
Mi hija se cruzó de brazos.
—Lo pensaré. No me importaría tener un padre, pero no quiero dejar a mi mamá.
Arrechavaleta al fin levantó la vista hacia Thiago.
—Hablemos ahora —dijo.
Entraron en la sala de estar y yo me quedé en la cocina, puse agua a hervir para la pasta y sofreí las gambas con mantequilla, ajo y orégano.
Diez minutos después, llamaba a todos a cenar.
—Están deliciosos —dijo Arrechavaleta poco después.
—Siempre que está muy nerviosa o cansada para cocinar, prepara esto — informó Alai.
Yo no podía comer; no podía tragar. Lo intenté dos veces y el esfuerzo me hizo sentir náuseas. Dejé que Thiago llevara la conversación, pero él tampoco parecía muy cómodo y se mostraba decididamente lacónico.
A las ocho y media, envié a Alai a la cama. Protestó un poco, pero se notaba que estaba cansada. La situación también la había agotado; después de todo, acababa de conocer a su padre. Sabía que ése sería el tema de conversación entre nosotras durante días.
Cuando estuvo arropada y viendo Disney Channel en la televisión, volví a la sala y ofrecí una copa a Arrechavaleta.
Por desgracia, él aceptó.
—No tengo gran cosa —advertí, con la esperanza de que cambiara de idea—. Sólo el vino que ha quedado de la cena y algo de Chambord.
—Tienes una botella de whisky justo ahí —Arrechavaleta señaló el estante de la cadena de música, donde estaba el Glenlivet.
—Eso es mío —gruñó Thiago.
—¡Ah! —Arrechavaleta esperó que le ofreciera. Thiago no lo hizo. Se había visto obligado a compartirnos a mi hija y a mí, pero no estaba dispuesto a ceder con su Glenlivet.
—En ese caso, tomaré Chambord —declaró Arrechavaleta.
Serví para todos. Thiago tuvo al menos la elegancia de no beber del whisky que no tenía intención de compartir. Nos sentamos en la sala de estar.
—¿Cómo van las negociaciones? —pregunté yo—. ¿Habéis acordado algo?
—Por el momento algunas visitas —respondió Thiago—, aquí y contigo presente, para que Alai empiece a conocerlo.
Sentía que algo se marchitaba y moría en mi interior.
—No lo hemos limitado sólo a esta casa —se apresuró a decir Arrechavaleta.
Thiago se encogió de hombros.
—¿Adonde más, entonces? —pregunté yo recelosa.
—Vosotras dos podéis venir a mi casa —señaló.
—Yo no quiero... —me interrumpí antes de terminar y me recordé que debía aplacarlo—... molestarte. Es pequeña y a veces es muy activa. Podría romper algo en tu casa —él tenía muchas antigüedades caras.
—Es un riesgo que estoy dispuesto a correr —declaró él.
Entonces pensé que, si conseguía la custodia, tendría que hacerlo.
—¿Y a cambio estás dispuesto a retirar la petición? —pregunté.
—No, por supuesto que no. Pero tu abogado ha conseguido retrasarla treinta días.
Miré a Thiago sorprendida. ¿Inchaustin había firmado ya el cambio de condado?
—¿Cuándo es la nueva fecha? —pregunté.
—El tres de junio.
Días antes de la elección. Si conseguíamos un aplazamiento más, la elección habría pasado y a Arrechavaleta ya no le importaría Alai.
Lo miré. Tenía que decirle algo.
—No puedes hacerle este daño a Alai sólo por el bien de tu carrera —le dije—. ¿De verdad piensas sacarla del único hogar que ha conocido después de que ella te haya dicho que no quiere dejarme?
—No hay ningún juez en este país que no te concediera varios días a la semana con ella si ganara yo —repuso él—Sólo la compartiríamos, como teníamos que haber hecho desde el principio.
En aquel momento lo odié.
—Tú no la querías —le recordé en voz baja, ya que no quería que la niña lo oyera—. Firmaste un papel en el que me la entregabas para no tener que pagar pensión alimenticia.
—Firmé un papel porque tú me lo pediste — corrigió él—. Y porque no me gusta discutir. Ahora quiero ser su padre.
Thiago hizo un sonido raro. Yo no le hice caso y me centré en Arrechavaleta. Abrí la boca, pero me di cuenta de que no había nada más que pudiera decirle. Él se iría de allí con derechos de visita y yo no había ganado nada aquella noche.
Cuando se fue, ataqué a Thiago.
—¿Eso te parece justo? —pregunté.
Él se quitó los zapatos, puso los pies en la mesita de café y empezó a buscar el mando.
—Todo forma parte de seguirle la corriente.
—Yo no quiero seguirle la corriente. Y esta noche no me ha servido de nada.
—Ha consentido el cambio de condado. Por eso ha ido tan rápido.
—Pero eso no lo perjudica en nada. La nueva fecha es una semana antes de las elecciones —había salido ya alguna noticia en los periódicos y yo sabía que las filtraba el agente de prensa de Arrechavaleta.
—Ha renunciado a las ventajas de sus relaciones políticas en este condado —señaló Thiago—. Y al peso que tiene su familia aquí.
—Somos nosotros los que tenemos relaciones en los juzgados de familia —discutí yo.
—No te muestras muy razonable, Mar.
—Si me muestro.
Thiago apretó la mandíbula.
—Es mejor que esté contento de momento.
—Has sido tú el que se ha mostrado desagradable con él.
Thiago apartó la vista de la televisión y me miró.
—¿Por qué he sido desagradable?
—No has querido compartir tu whisky.
—Yo no comparto mi whisky con gente que no me gusta.
—Tenías celos —dije yo.
Enarcó las cejas.
—¿Cómo dices?
Yo saqué la barbilla en un gesto de desafío.
—Ya me has oído.
—Pero creo que no te he oído bien. Porque me ha parecido que decías que estaba celoso.
—Llevas todo el día como un perro rabioso.
—¿Y cómo lo sabes si no he estado contigo en todo el día?
—Lo poco que te he visto estabas rabioso —insistí yo.
—¿Quieres enfurecerme? —preguntó él.
—Sí —saqué aún más la barbilla.
—Pues funciona.
—Me alegro.
—¿Por qué?
—No lo sé —confesé. Eso es lo que pasa cuando te peleas con un amante que además es tu mejor amigo. Es difícil mentir
Thiago se levantó y buscó sus zapatos.
—Ya me voy —me miró con fiereza y me apuntó con el dedo— Y los celos no entran en nuestro trato.
—En ese caso, creo que has violado tus reglas.
—A mí me da igual si quieres pedirle que vuelva y acostarte con él. Es asunto tuyo.
Aquello me llegó al corazón. Creo que hasta di un respingo de dolor.
—Puede que lo haga.
—Pues muy bien —se acercó a la puerta— Mira, el propósito de nuestro acuerdo es evitar escenas como ésta.
Salió con un portazo y yo sentí deseos de gritar.
Me senté en el sofá y hundí la cabeza en las manos. Odiaba profundamente a Arrechavaleta y creía que todo aquello era culpa suya.
Aunque la verdad era que yo quería algo más de Thiago de lo que obtenía y que eso empezaba a afectarme. De no ser por eso, habría podido afrontar mejor todo lo demás.
Acababa de confesarme aquello cuando la puerta se abrió de nuevo.
— ¡No estoy celoso! —gritó.
Y toda la tensión y la angustia desaparecieron de pronto.
—De acuerdo —repuse con educación.
—¿Por qué iba a estarlo?
—Por nada.
—Es evidente que algo te lo ha hecho pensar.
—Me ha confundido eso del whisky —repuse.
—Esta noche estás muy rara —dijo él—. ¿Qué te pasa?
—Que me estresa ser amable con Arrechavaleta. ¿Puedo irme a la cama? —no era tarde, pero estaba agotada.
Thiago cerró la puerta y se acercó a mí. Me besó con fuerza, como castigándome, y eso confirmó mi impresión sobre sus celos. Estaba marcando su territorio. Y mi corazón se hinchió de gozo.
Le devolví el beso con todas mis fuerzas. Yo le había abierto la puerta y él se había abierto paso hasta el núcleo de mi universo.
Le agarré las muñecas y empecé a echarme hacia atrás sin soltarlo, llevándolo conmigo. Cuando llegamos al pasillo, aparté mis labios de los suyos y le besé el cuello. Le solté también las muñecas y empecé a abrirle la camisa.
—¿Qué haces? —preguntó con voz ronca.
—Creo que es evidente.
—Alai está en casa.
—Duerme como un tronco.
Entramos en mi dormitorio conmigo andando todavía de espaldas. Cerró la puerta con el pie y tiró del dobladillo de mi camiseta. Se detuvo y se volvió a cerrar la puerta con llave.
Me tomó en brazos y me depositó en la cama. Se dejó caer encima de mí y sus caricias se volvieron frenéticas, pero a mí no me importó, porque las mías también lo eran.
Me besó los pechos. Olvidó su ritmo, su rutina. No procedió con el orden habitual. Su boca estaba en todas partes, como si me reclamara, me marcara con ella. Yo me arqueaba contra él y creo que lo empujé de espaldas y me senté a horcajadas antes de que estuviera preparado para ello. Creo que le habría gustado tener tiempo de cubrir cada trozo de mi piel con su boca.
A mí también me habría hecho feliz, pero el deseo era más fuerte que yo. Lo tomé en mi interior y él se entregó a mí sin protestar.
Cuando terminamos, me dejé caer agotada encima de él. Estábamos piel contra piel y sentía los latidos de su corazón.
La realidad era que violábamos continuamente nuestras reglas y eso me asustaba. Porque sabía que, con o sin la llegada de la mujer ideal, violar las reglas era algo que podía ahuyentar a Thiago para siempre.
Esto...¿Hola? Ojala siga alguien vivo por aquí porque esta vez tengo escusa razonable. Mi ordenador murió hace algo mas de dos meses y aunque he cogido el portátil de mi padre, de vez en cuando, no podía subir por razones lógicas. Pero ahora,tengo ordenador nuevo y todos mis documentos salvados :) Así que nadie impedirá que termine por fin la novela.
¿Que os pareció el capitulo? A mi me encanta. Adoro ver a Thiago celoso,es tan mono...Ya estoy terminando el siguiente capitulo así que mañana lo tendréis por aquí. Obvio, si recibo mucho comentarios hoy pues tal vez lo deje hoy mismo. No es chantaje eh? Jaja Gracias por esos lindo comentarios pidiéndome que siguiera.
Feliz Navidad!
