Disclaimer: Todos los personajes de Crepúsculo y su saga le pertenecen a Stephenie Meyer. Las situaciones y creaciones que no reconozcan son míos.


Presencia / Greendoe

Capítulo nueve

COMUNICACIÓN

Edward observó fijamente a Bella por lo que pareció una eternidad. Había puesto a prueba su habilidad para manejar sin mucha concentración tantas veces esa noche, que comenzaría a confiar más en su capacidad en el futuro, pero ese fue uno de la docena de pensamientos aleatorios que pasó por su cabeza en el instante. Desconocía qué expresión mantenía en su rostro, pero supuso que debía ser bastante intensa a juzgar por la forma asustada y nerviosa con que Bella sostuvo su mirada. Cerró los ojos bruscamente y devolvió toda su atención a la carretera iluminada que se esparcía hacia adelante con familiaridad, permitiéndole estar pendiente de cada movimiento que se llevaba a cabo en el asiento del lado.

— ¿Edward, qué pasa? – preguntó Bella. No hacía falta conocerla para notar el nerviosismo en su voz, eran las señales básicas en cualquier persona.

— Nada – susurró, evitando a toda costa mirarla.

— ¿No vas… a contarme? – murmuró ella, sin convicción. Sonaba abochornada.

Edward la vigiló por el rabillo del ojo y notó la gama de emociones que cruzaron por su rostro en ese momento. Había perplejidad, nerviosismo, incredulidad, tristeza y, por sobre todo, mucha decepción. El rechazo se hacía patente en los ojos de Bella, quien de seguro había asumido una lógica negativa en la actitud de Edward. La muchacha desvió la mirada hacia sus manos sin saber muy bien qué hacer o decir, y aquello disparó la única seguridad: jamás dejaría que Bella se sintiera mal por su culpa. Edward compuso un rostro falso e impasible antes de volverse a mirarla con presunta tranquilidad.

— Lo siento – se disculpó con voz ronca – Me distraje.

— No es necesario que me cuentes si no quieres – se apresuró a decir Bella, componiendo una sonrisa débil que hizo a Edward sentir la sangre fluyendo hacia sus mejillas y concentrarse en la parte alta de sus pómulos.

— No… no es eso – balbuceó – De verdad no es nada interesante.

— Tengo curiosidad – aseguró ella, y sus ojos, grandes, cálidos y profundamente ingenuos, parecieron incitar a Edward a tirar toda su moral, modales y buen comportamiento por la borda para acercarse y hacer algo. Tocar su mejilla, su mano, lo que fuera.

— ¿Qué quieres saber? – preguntó, moderándose.

— ¿Cómo empezaste a tocar, quizás?

Edward agradeció que se acabaran de internar por completo en la carretera y las luces de la ciudad dejaran de alumbrarlo constantemente, pues tuvo la facilidad de esconder las emociones que de forma inevitable cruzaron su atormentado rostro. Aquella era una de las tantas preguntas fundamentales para Edward cuando conocía a una persona, esa y otras de calibre similar. No las preguntas de forma principal, sino la reacción y el interés que pudieran mostrar al escuchar su respuesta.

Le había pasado tantas veces cuando era pequeño que ya sonaba a chiste malo. Solía creer que el piano, y con él todo lo que rodeaba al instrumento, era lo más maravilloso que existía. Mientras los niños de su edad incursionaban con horribles chillidos en las canciones de los programas infantiles de la televisión, él destrozaba la octava sinfonía de Beethoven con su aguda voz carente de hormonas, y, en un principio, le parecía raro que no hubiera otros que hicieran lo mismo. Recordaba con especial claridad su primera semana en Forks al regresar del conservatorio, y las numerosas miradas extrañas que al menos una docena de niños, los valientes que se atrevían a hablar con los nuevos alumnos, le habían dedicado al saber que había pasado años de su infancia aprendiendo a tocar el piano.

No podía acordarse de una decepción más grande que saber que los otros no sabían lo mismo que él, pero tampoco lo había mantenido sin dormir por las noches. Al menos no hasta que había dado con Bella. Había sido por ella que había deseado ser normal, y ella la que ahora parecía interesada.

De momento, al menos. Todos perdían el interés luego. Suspiró imperceptiblemente y pasó su nerviosa mano por sus cabellos.

— Mi abuelo materno tocaba el piano – murmuró con voz sombría, después de respirar profundamente y botar todo el aire de sus pulmones – No lo recuerdo mucho, pero él fue quien me enseñó las primeras notas y plantó la curiosidad por la música. Aprendí de forma autodidacta con bastante éxito hasta los seis años, cuando una amiga de mi madre les comentó a mis padres del internado en la Filarmónica Juvenil de Chicago y yo presioné para ir – observó con ansiedad a Bella y añadió – No es más que eso.

Acababa de resumir su vida con una notable capacidad de síntesis. Básicamente, había omitido los períodos en que había sido capaz de quedarse siete horas en el piano componiendo, así como su nula capacidad para formar relaciones interpersonales y su escaso interés por los pasatiempos normales de los adolescentes. Aquello no le interesaba a Bella, y de cualquier forma, ella le había preguntado sobre sus inicios en el piano, no los bizarros detalles que ello había generado en el resto de su vida desde entonces. Así que podía omitir lo que él considerara innecesario, o raro.

— Te pareces mucho a tu abuelo – dijo entonces Bella. Aquello tomó tan por sorpresa a Edward que logró hacerla sonreír satisfecha al notarlo – Emmett me ha mostrado cada una de las miles de fotografías que tiene tu madre, y me acuerdo de una del matrimonio de tus abuelos. Tú te le pareces mucho, aunque tienes esa misma cosa del doctor Cullen…

— ¿Qué cosa? – Edward frunció el ceño extrañado, pero Bella se sonrojó furiosamente y desvió la mirada.

— No es nada – aseguró sin convicción, y se quedó callada de manera tan rotunda que él no quiso presionarla para evitar que volviera la incomodidad que habían logrado quebrar. Se sentía demasiado bien estar en su coche con ella para dejarlo ir ya.

— ¿Cómo te hiciste amiga de Alice, Bella? – preguntó en cambio, después de unos segundos de silencio en los que buscó alguna pregunta alternativa que la hiciera hablar. Recordaba vagamente haberse preguntado cómo era que Alice y ella eran tan cercanas.

Bella observó la carretera con una nostálgica y contemplativa sonrisa formándose en los labios. La mención de Alice había traído a su rostro las facciones de una madre al hablar de su hija, aunque había un toque exasperado demasiado grande que no encajaba en ese lazo familiar. Ese pequeño tono con el que hablaban todos los que se referían a Alice alguna vez, y que probablemente él también usaría si se lo preguntaran. Ese que estaba relacionado con el carácter extrovertido y chispeante de la chica.

Bella le sonrió ampliamente antes de ponerse a hablar.

— Fue cuando tenía cinco y vivía en Phoenix con mi madre – su voz profunda y tranquila llenó el coche, y Edward aprovechó para observarla a cabalidad, sin perderse ningún detalle – Los Brandon se acababan de mudar a una casa vecina a la nuestra, y no pasaron más de dos semanas cuando la madre de Alice y la mía se hicieron amigas – Una pequeña arruga apareció entre medio de sus cejas – Alice, así como la conoces, siempre ha sido igual de… de…

— ¿Loquita? – ayudó Edward, y Bella rió entre dientes.

— Iba a decir extrovertida – dijo con ojos risueños, pero sonrió culpable – Aunque supongo que eso le queda bien.

— Lo lamento, continúa.

Aunque su sonrisa indicara radicalmente lo contrario, Edward había sido educado para disculparse cuando hacia esa clase de cosas. Escuchar el sonido de la risa de Bella era algo demasiado surrealista como para preocuparse de los modales, demasiado valioso y escaso de acuerdo a las oportunidades que se le ponían enfrente, que eran y serían pocas. Y aun así, Bella le sonrió sinceramente, sin parecer molesta por su interrupción.

— Nuestras madres nos inscribieron juntas en una escuela de ballet – explicó, y una sonrisa forzada apareció en su rostro al tiempo que fruncía el ceño. No parecía ser un recuerdo muy feliz – Alice lo hacía de forma estupenda, por supuesto. La ponían en todas las presentaciones en primera fila, tenía solos… se le daba en verdad muy bien.

Vaciló un momento para, presumiblemente, reordenar sus ideas y continuar.

— Yo tuve un mes de clases e hice lo imposible para que me sacaran, pero mi madre era de la idea de que todo lo que a otros niños le gustaba también debía gustarme a mí, así que no me escuchó – sonrió – Alice y yo nunca nos habíamos llevado, ni bien ni mal. A decir verdad, me daba un poco de miedo su forma de ser, pero convenció a nuestras madres de que el ballet era una idiotez solo para que yo fuera feliz y abandonara el asunto. Nunca podré agradecerle lo suficiente, somos amigas desde entonces.

— ¿Por qué tenías tanto odio a esas clases? – preguntó Edward con perplejidad.

Bella se quedó callada y apretó los labios mientras sus mejillas dejaban andar a sus anchas un fuerte sonrojo. Edward alzó las cejas expectantes.

— Dímelo – rogó, aunque sonó como un mandato.

— ¿No me has visto en la escuela? – preguntó de forma tímida ella.

Edward creyó por un momento que se estaba burlando de él, aunque luego lo descartó porque Bella era demasiado amable para hacer eso. No obstante, tenía que reconocer que le hacía gracia de una manera profunda, negra y retorcida que ella, de todas las personas, le preguntara algo como eso. ¿Si la había visto alguna vez en la escuela? Él era, con seguridad, la persona más al corriente de cada uno de los movimientos de Bella Swan en el instituto, y le avergonzaba decir que también fuera de ella, de todo Forks. Él era quien la seguía con la mirada a todas partes, quien sabía la ruta que tomaba para llegar a su casa, y las cosas que hacía normalmente dentro de esta. Edward era el que se había enamorado de ella en base a miradas de reojo y espionajes miserables en su casa.

Y sin embargo, no tenía idea de a qué se refería Bella. No quería reírse en frente de ella, pero en realidad no le importaba mucho. La realidad de una conversación agradable y relajada era todo lo que necesitaba para sentirse, sino feliz, tranquilo y en paz. Lo único por lo que se torturaba, y sabía que más tarde lamentaría muchísimo no haber tenido mejores reflejos para evitarlo, era que gracias a esa conversación se estaba dando cuenta de que Bella era mejor que lo que la gente decía, y mucho más noble que lo que él mismo había podido advertir.

Bella era buena. Suspiró cansado al advertirlo.

— ¿Qué es lo que debería haber visto? – preguntó, y nuevamente su voz sonó demandante.

— Bueno, soy básicamente un desastre con dos pies izquierdos – dijo Bella, tan mortificada por su confesión que hizo a Edward reír entre dientes.

— Creo haberte visto tropezar un par de veces – mintió él, recordando la infinidad de ocasiones en que había sentido el impulso de ir a ayudarla cuando se caía, el mismo número en que se había reprimido.

— Soy peligrosamente torpe – masculló Bella.

Peligrosamente interesante, pensó Edward, degustando la forma adorable en que Bella acababa de reconocer su pésimo equilibrio. Su cuerpo reaccionaba de forma adolescente hacia ella, dominado por las hormonas. Ya fuera un minuto relajado por la suavidad de sus palabras, o al otro tenso por sus enloquecedores y arrebatados sonrojos, siempre reaccionaba. No era mejor que Mike Newton, aquel quisquilloso y molesto chico a quien había visto pulular cerca de Bella desde hacía un año, más o menos, y que solía hacerla hablar los minutos previos al inicio de las clases de biología. Si bien quería a Bella de una forma que le aterraba, en el fondo era un simple chico tratando de lidiar con lo que le había tocado.

Edward esbozó una sonrisa vaga y Bella se puso a observar el oscuro paisaje de la carretera a través de la ventanilla. Desde ahí, él era incapaz de verle el rostro, y de pronto deseó que no se hubieran quedado en el más absoluto silencio. Quizá fuera percepción suya, o lo importante que significaba todo eso para Edward, pero sintió que el aire había comenzado a ponerse más denso dentro de la cabina, y que algo, fuera una especie de energía o corriente eléctrica, fluía entre el cuerpo de Bella y el suyo propio.

Seguro de cometer alguna tontería si no hacía algo pronto, Edward estiró su mano y colocó de manera torpe los controles de la música a un volumen lo bastante fuerte como para distraerlo, y no lo suficiente como para molestar la tranquilidad. Al instante en que sonó la primera pista, Bella, que se había estado mirando las manos con el ceño fruncido, se giró bruscamente para observar el reproductor y luego a Edward. Sorprendida, una sonrisa de oreja a oreja se extendió por sus pálidas mejillas.

Él se obligó a canalizar sus deseos mientras ella miraba maravillada el equipo. Pasaban entonces junto a la carretera que llevaba a La Push.

— ¿Qué pasa? – preguntó nervioso, y Bella alzó el rostro con rapidez. Había un brillo extraño en sus ojos.

— ¿Te gusta esta música?

— Sí, ¿qué tiene de raro? – Edward la observó perplejo y ella sacudió la cabeza con una sonrisa.

— Es solo que no esperaba que escucharas estas cosas también – dijo, y luego puso los ojos en blanco – A mi mejor amigo, por ejemplo, le carga. Dice que únicamente utilizan el bajo y que le falta más batería.

— No son de gusto masivo, puede sonar un poco deprimente después de dos canciones – consideró Edward. La muchacha rió entre dientes.

— A Jake le cargan las cosas deprimentes – murmuró en voz baja para sí misma.

Edward se heló al instante en que Bella dijo aquel nombre. No se equivocaba, su mente no podía estar jugando con él de esa manera solo para hacerlo sufrir. Recordaba a la perfección aquella tarde en el estacionamiento del instituto, se acordaba de cada detalle, de cada momento, y en especial de la sensación abrasadora y mezquina de los celos consumiéndolo al ver a ese muchacho de La Push sacando una sonrisa de Bella.

Era su mejor amigo. No importaba que él estuviera esperando el menor descuido para ser algo más, pero para Bella era, no solo su amigo, sino el favorito. Había una diferencia importante para él en eso, o por lo menos en la forma en que ella lo había dicho. No hablaba como si fuera la persona en quien depositaba sus anhelos románticos, era pura hermandad destilando por cada poro de su cuerpo. Era familia, la misma sonrisa dulce que había esbozado al hablar de Alice, o que pondría al mencionar a su padre.

Su propia sonrisa, una enorme y plácida, se extendió por el rostro de Edward, pero se negó a decirle nada a la muchachita curiosa que estaba a su lado. Solo se quedó así, sonriendo, porque Bella podía seguir perteneciéndole en sus fantasías. No se sintió un pecador por desear algo ajeno en ese momento, solo preso del absurdo primer amor.

— ¿Edward? ¿De verdad estás bien? – preguntó Bella, observándolo con el ceño fruncido.

— Sí – murmuró él, y soltó una risotada jubilosa – Estoy más que bien.

Bella le devolvió una sonrisa poco convincente, como insegura de su estado mental. Sonrió de forma leve y se mordió el labio inferior como si quisiera decir algo, pero procedió a entrelazar sus manos sobre su estómago con parsimonia.

— Esto es muy diferente – comentó finalmente.

— ¿Diferente…? – Edward le prestó absoluta atención.

— Sí – dijo Bella, que lo miró vagamente – Hemos sido compañeros por varios años, e incluso yo soy amiga de tu hermano, pero nunca habíamos hablado – sonrió – Es raro, siempre te he visto como un…

No terminó lo que fuera que quisiera decir. Se quedó callada de forma abrupta y un leve sonrojo apareció en sus mejillas por lo que parecía la décima vez en la noche. Definitivamente, estaba poniéndolo a prueba, sobre todo porque Edward no solía tener mucha paciencia cuando no sabía qué pasaba. Y no sucedía a menudo, gracias a su habilidad para intuir el rumbo de los pensamientos de la gente, pero con Bella parecía ser diferente. Todo era diferente.

Como todo lo que la rodeaba a ella. Diferente, particular.

— ¿Qué? – tanteó Edward, y un perverso sentido del humor contra sí mismo se apoderó de él – ¿Me veías como el huraño y antisocial de la escuela?

El tono desenfadado y divertido con que dijo todo eso no tenía nada que ver con lo que en realidad estaba sintiendo, por supuesto. Se preocupó de que pareciera natural y relajado ante los ojos ignorantes de Bella, mientras había una parte suya que esperaba que ella le dijera lo que cualquiera diría. Que sí, que en verdad era un huraño y que nunca había entendido muy bien su conducta.

Y nuevamente, ella le sorprendió utilizando las mismas palabras que había utilizado varios minutos atrás.

— Iba a decir misterio, en realidad – Edward alzó las cejas incrédulo y Bella se encogió de hombros con sencillez – Para mí siempre has sido un misterio.

— No hay nada misterioso en mí – dijo de inmediato, alejando el sentimiento cálido que se había alojado en su interior al oír aquello.

— Eso no puedes decirlo tú – contraatacó Bella.

Volvió a mirar por la ventanilla y observó con cuidado la avenida que atravesaba Forks. Luego, apuntó con la mano a una calle que se les acercaba a un par de metros, y que Edward reconoció como una de las tantas por las que se podía llegar a la casa del Jefe de Policía. Ella se giró para hablarle.

— Puedes tomar por aquí para llegar a mi casa – dijo.

— Lo sé – respondió él con naturalidad.

— ¿Sabes dónde vivo? – preguntó sorprendida.

— Emmett me lo dijo – mintió descaradamente Edward.

— Oh – Bella parpadeó – Claro.

Edward comenzó a acortar camino y reprimió un suspiro al asumir la inevitable separación que se le avecinaba. Él ya lo sabía, claro. Siempre había sido consciente de que si se arriesgaba a acercarse a Bella, alejarse de ella sería mucho más complicado, y le dolería física y emocionalmente. No obstante, había una remota sensación de satisfacción personal dentro de todo aquello: las cosas habían ido mucho mejor de lo que él alguna vez había creído, y Bella parecía comportarse sincera y natural alrededor. Aparcó frente a la casa del Jefe Swan con la sensación de que debía esconderse, pero asumió que, por esta vez, podía estar ahí de forma legal. La luz de la salita estaba prendida, como siempre, y Bella se volvió con una pequeña sonrisa en el rostro. Solo para él.

— Gracias por traerme – murmuró ella – No tenías por qué.

— Mi consciencia estará más tranquila – bromeó Edward, devolviéndole el gesto. No era necesario agregar que jamás se habría perdido esa oportunidad.

— Como sea, gracias de cualquier modo. Supongo que mañana nos vemos.

Comenzó a acercarse al rostro de Edward con la tranquilidad de alguien que va a despedirse de un conocido. Él, sin embargo, se puso rígido y su respiración se entrecortó a medida que ella se adelantaba. Sus labios se volvieron tensos, su pulso se aceleró, sus manos se volvieron fuertes puños sobre su regazo y su manzana de Adán bajó y subió con velocidad. Su corazón se disparó cuando Bella besó su mejilla de la manera más casta y enloquecedora justo antes de salir del coche y despedirse de forma vaga con la mano. Edward la observó caminar por el sendero que seguía hasta la puerta de su casa y desaparecer finalmente tras esta.

Se quedó ahí el tiempo suficiente como para que una vecina huraña saliera a observarlo con aprehensión. Tanteó en busca de las llaves e hizo contacto aun con la mirada perdida, y, con un último vistazo adormilado, emprendió el camino hacia su casa. Después de un minuto de conducción, soltó una risa nerviosa y paseó sus endebles dedos por su cabello por octava vez en la noche.

La mejilla derecha aun le ardía dos horas después.


¡Hola a todos por ahí! Bien, ahora sí que me han dejado mal. ¡Me dejaron 22 comentarios! Y ahora viene el "en realidad no es tanto, ¿sabes?", pero yo jamás había recibido tantos por un solo y miserable capítulo. Como sea, gracias.

Ahora bien, los anónimos... A Robsten, gracias por comentar, me alegro que te guste el asunto, por supuesto; a eclipse, que en realidad me dejó una pregunta que sonó a amenaza y a fastidio, pero gracias de verdad. La razón por la que aun no están juntos y no se declaran su amor todavía vendrá pronto, espero; a lala... ¡ah, sí! Tu eras la de la pregunta, jajaja. Pues veamos, citandote para que los que lean no se pierdan "¿Edward en algún otro momento volverá a tener fantasías sexuales con Bella?". Mi respuesta sería creo que no, a lo mejor lo cambio, no lo sé. De cualquier manera lo otro fue muy suave y si sigo algo parecido a eso sería como un abordaje al tema de la sexualidad en adolescentes (como protagonistas un par que creo que puedes adivinar), lo que es parte de lo que pienso para la historia. Nada explícito (lo lamento!), porque es del punto de vista de la mente de un adolescente (y caballero, además, como es Edward) y no piensa en el asunto con claridad o experiencia, solo descubre (valee... me fui en una explicación muuuy larga); A Carol Cullen, también (espero que recuperes tu contraseña), no hay nada que agradecer. Gracias a ti; A Nanako, como siempre, agradecerte; A Antonietica, espero que puedas con el fic, de verdad (me reí mucho con tu comentario); Y a Annie- Neko san, que creo que nunca había aparecido por aquí, gracias por la dedicación de dejar el comentario.

Al resto ya me pondré a saludarlas por la forma habitual. Tardo pero llego. Y, en mi defensa, puedo decir que me demoré con este capítulo porque me puse a escribir el final de la historia. Soy un poco idiota, pero así soy. Nos vemos, GreenDoe.