Albert cogió una silla de la mesa de al lado y Candy se apartó un poco para hacerle sitio. Llevaba otra camisa vaporosa, esa vez de piezas con estampados transparen tes de diferentes colores. Estaba guapa, ardiente y más deseable de lo que podía haber imaginado.

A su lado, Tony se encogió de hombros y le lanzó una mirada de disculpa.

—Tony dijo que ibas a trabajar hasta tarde —co mentó Candy cuando Albert se sentó.

—Mentí.

Candy se movió un poco más y Albert notó un ligero perfume a lavanda y se sintió mareado.

—Bueno, al menos eres sincero con tu insince ridad.

—Me educaron para ser encantador, no sincero —di jo y se relajó al ver que ella sonreía.

—¿Has visto En el bosque? Es mi musical favorito de Sondheim.

—El mío también —dijo albert mirándola a la cara—. A Tony le gusta Sweeney Todd y a Stear Un domingo en el parque con George, pero...

—¿Lo dices en serio? —preguntó Candy moviendo las pestañas de sus verdes ojos— ¿Sois todos fans de Sondheim?

—En la universidad compartimos habitación con un tipo al que le gustaba el teatro —«qué guapa estás», pensó.

—¿Había un cuarto compañero? —Preguntó y des pués cerró los ojos—. Claro, era Emilio, trabajabais en su restaurante.

—No, era de su abuelo. El suyo lo abrió hace un par de años.

—Y no se come el mundo. Por eso he traído a Elisa. Me costó toda la noche convencerla, pero creo que le gusta.

—Estupendo —dijo Albert que no sabía de qué hablaba ni le importaba. Estaba demasiado bien a su lado como para encima pedirle que le explicara nada.

—Elisa resuelve problemas. Busca negocios que necesitan ayuda y... les echa una mano.

—Y se anuncia así —dijo Albert sin darle importancia.

—No. Los elige. Hay un montón de sitios que ne cesitan un empujoncito para seguir funcionando, Elisa consigue un trabajo y se lo da. No es a largo plazo, en cuanto las cosas van bien se va, pero durante el año que permanece es mágica. Algo así como tú con las mujeres.

—¡Eh! —protestó Albert, pero vio que Emilio le hacía señas desde la cocina y se calló—. Ahora vuelvo.

—Ahí fuera hay una mujer, la pelirroja que está con Tony —dijo Emilio tirando de él para que entrara—. Acaba de decirme que está pensando en trabajar aquí. ¿Sufre alucinaciones?

—En absoluto. Tony la conoce mejor que yo, pero si quieres que te dé mi opinión, yo la contrataría. No te va a hacer ningún mal y Candy asegura que es un genio en todo lo que hace.

—¿Y qué hace?

—No estoy seguro —titubeó Albert mirando a través de la ventana redonda para ver a Candy—. Me baso en lo que dice Candy

—Bueno, de ella me fío.

—Yo también —aseguró Albert siguiendo a Emilio hasta la mesa justo a tiempo para oír que Candy decía:

—Acabo de enterarme de que estos chicos son fans de Sondheim.

—¿Qué? —dijo Elisa volviéndose hacia Tony.

—¿No puedo tener distintas facetas? —inquirió éste.

—Gracias a Emilio —continuó Candy—. Al que menciono porque quiero oír su voz.

—¿Eh? —protestó éste.

—No te resistas —le pidió Albert sentándose de nuevo al lado de Candy—. Siempre consigue lo que quiere.

—Me gusta la canción Momentos —dijo Candy miran do a Emilio—. O En el bosque, que es muy alegre.

—No, Sweeny Todd —pidió Tony. Cantó la primera estrofa con un tono increíblemente bajo, Stear se le unió en la siguiente y cantaron hasta que Emilio se dio por vencido y les ayudó a acabar «the demon barber o I Fleet... Street», mientras Albert observaba cómo sonreía Candy y pensaba: «Bésame».

—Seguramente no es lo mejor que se puede cantar en un restaurante —comentó albert cuando Candy acabó de aplaudir y Emilio hizo una mueca.

—¿Tú no cantas?

—Sólo en la ducha —contestó imaginándosela en la ducha.

—Miedica —dijo Tony rompiendo el encanto—. Claro que sabe cantar, lo que pasa es que es un cobarde.

—Pero tú no —intervino Elisa volviéndose hacia Tony—. Tienes múltiples talentos. ¿Cómo no me había dado cuenta?

—¿Qué más sabe hacer? —preguntó Paty y Tony sonrió.

—Tiene talentos de los que hablaremos más tarde. Emilio, la pasta es excelente. Este sitio debería estar lle no todas las noches.

—De lo que te tienes que encargar tú. Sálvalo, lo quiero mucho —le pidió Candy.

—Deja que vea primero la cocina.

Se levantó, pasó al lado de Emilio y empujó las puertas batientes.

—¿Va a...?

—Es la mejor camarera que tendrás jamás y te trae rá clientes. Está estudiando la cocina. Si le parece acep table, se quedará contigo.

Emilio se fue a proteger su cocina y Albert le sirvió más vino a Candy

—Tómate esto. Quiero hablarte de algo y necesito que estés un poco bebida.

—Suelo perder el encanto —dijo cogiendo el va so—. Mira, he estado pensando en la bola de nieve, en el cine y en todo lo demás y quiero pedirte perdón por llamarte demonio. Han sido coincidencias.

—Ya, Tony cree que se debe a la teoría del caos.

—Y Paty que es un cuento de hadas —dijo to mando un sorbo.

—¿Cuento de hadas? —preguntó Albert, que se había vuelto a perder.

—Ya sabes, eres un príncipe, está predestinado, seremos felices siempre. No te preocupes, para todo lo de más es muy sensata —aseguró sonriendo—. La cuestión es que si nos atenemos al plan, todo irá bien.

—Muy bien. El plan —miró sus suaves y gruesos la bios curvados en aquella reconfortante sonrisa y empezó a sentir vértigo una vez más. «Bésame», pensó—. Creo que deberíamos empezar a salir. ¿Quieres ir al cine?

—¿Has oído algo de lo que he dicho? —preguntó Candy parpadeando y dejando el vaso en la mesa.

—Todo han sido coincidencias, debemos atenernos al plan. No va a funcionar conmigo.

—¿Por qué no?

—Porque si no salimos, el universo me va a destrozar.

—¿Qué?

—El universo, el destino, la teoría del caos, el cuento de hadas, el espíritu de Elvis. No sé lo que es, pero no voy a resistirme más —se acercó un poco más a ella y sintió un débil perfume a lavanda otra vez mientras Candy lo miraba como si estuviese loco—. Me odias, tienes gustos caros, eres patológica con la comida y tu mejor amiga me matará cualquier día, pero no me importa. Voy a darle una opor tunidad. ¿Todavía quiere tu madre que vaya a la cena? Iré.

—¿Porqué, si soy tan horrible?

Albert sonrió a su hermosa cara.

—Porque eres inteligente, amable y divertida y mi sobrino está loco por ti y llevas unos zapatos muy bonitos y pareces un ángel depravado —«porque me voy a vol ver loco si no te toco», pensó.

—¡Aja! Y por eso vas a cenar en casa de mis padres mañana por la noche, ¿para que mi madre se dé cuenta de que eres inofensivo?

—¿Mañana? —preguntó intentando no parecer sorprendido—. Estupendo, nos lo quitaremos de en medio enseguida. Mañana por la noche. ¿Y esta noche...?

—¿Lo de salir? No, te has librado de lo de mi ma dre, no hace falta que vayas a la cena. Pero si quieres salir como amigos podemos ir al cine. A las diez echan Amor en Hawai.

—Imagino que no es obscena.

—Es de Elvis. No tienes por qué venir.

—Sí que iré, y a casa de tus padres también.

—No lo entiendo —se extrañó Candy y Albert le cogió la mano, feliz de poder sentirla otra vez.

—Ven conmigo Candy, yo te lo explicaré.

La sacó de la silla y la llevó hasta la puerta. Una vez fuera se inclinó hacia ella con el corazón desbocado y la besó sin ningún tipo de reservas. El acostumbrado arrebato fue inmediato y cálido como siempre, aún más, ya que Candy no se resistía y también se sintió cómodo porque ella era feliz en sus brazos, contra su boca. Cuando Candy le puso las manos en la nuca, él la besó con más fuerza, perdiéndose en ella sin poder evitarlo y sin intentar sal varse. Albert notó que se apretaba contra él y su boca perfecta se abría mientras su lujurioso cuerpo se pegaba más y pasaron los años y vio el paraíso y una vocecita en su interior le dijo: «ES ELLA, IDIOTA». Entonces algo le golpeó con fuerza en el brazo y los separó del beso.

—¡ Qué demonios...! —empezó a decir todavía aga rrado a ella, hasta que vio a Elisa en la acera con el bolso en la mano—. Si Paty tiene razón, un duende te pega rá un tiro en la rodilla en cualquier momento.

—¡Elisa! —exclamó Candy apartándose ligeramente de él y Albert sintió frío por su ausencia y la retuvo.

—No le he dado en la cabeza —replicó ésta.

—Olvídala. ¿Quieres saber porqué? Yo te lo diré. Porque esto es mucho más grande que nosotros y yo, por una vez en la vida, no voy a luchar contra ello —Candy abrió la boca para decir algo, pero Albert continuó—: Y tú también lo quieres así.

—Sí, ahora dime que la conoces —le espetó Elisa mirando a Candy con el entrecejo fruncido.

—Sí que la conozco, aunque no tanto como preten do conocerla. Y sí, me preocupo por ella. Mucho. Y no sé nada más, pero lo averiguaré. ¿Te parece bien?

—Sí, pero recuerda que te estaré vigilando —le ad virtió Elisa.

—Muy bien —dijo Albert más aliviado. La parte «co mo amigos» no le satisfacía, pero la aceptaba, cortejar mujeres no se le daba mal. «Ahora vamos a jugar mi juego», pensó mirando a Candy con cariño.

—No me mires así —le pidió ésta antes de volverse hacia Elisa—. íbamos a ver la película de las diez, como amigos. ¿Quieres venir?

—Sí. ¿Tony? Nos vamos al cine a las diez —le in formó cuando éste salió del restaurante para buscarla.

—Es Amor en Hawai —añadió Albert.

—Supongo que no es obscena.

—Es de Elvis.

—¿Porqué?

—Porque ahora me toca a mí insinuarme—asegu ró Albert mirando a Candy

—¡Eh!—protestó ésta.

—Bueno, ¡qué narices!, vamos—dijo Tony.

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Candy estrenó su sábado llamando a su madre para decirle que Albert cenaría con ellos esa noche.

—Así comprobaremos qué tipo de persona es —di jo Pony con un tono de voz que no auguraba nada bueno para él.

—Te va a encantar. Es muy guapo y todo un triun fador.

—Seguramente de los que piensa que él es un ocho y tú un cuatro. Los hombres son superficiales y traicio neros. Ponte algo que te haga delgada.

—Es un diez, madre y no estoy delgada.

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Después de aquello, ir a ver el béisbol le pareció un gran progreso, al menos hasta que llegó al parque.

—No te separes de mí —le pidió a Elisa—. Paty siempre se va con Stear, pero tú te quedas a mi lado para poder soltarme puyas si empiezo a hacer el tonto con Albert.

—No hay suficientes en todo el mundo —replicó Elisa, pero la siguió a las gradas de todas formas.

—¡Candy! —gritó Harry cuando la vio llegar y ésta se detuvo y sonrió mientras él se acercaba corriendo.

—Hola. ¿Qué tal? —le preguntó cuando se detuvo derrapando.

—Bien. Gracias por venir —contestó moviendo la cabeza. Después miró al suelo y exclamó—: ¡Ostras! ¡Qué zapatos más chulis!

—Gracias —dijo Candy mientras Harry se inclinaba para ver mejor el pez azul de plástico que había en la puntera de sus sandalias—. Te pareces mucho a tu tío.

—Harrison, tu instinto te lleva por buen camino —dijo Albert detrás de él y Candy dio un respingo—. Las mujeres son más importantes que el béisbol, pero mue ve el culo y vuelve al terreno de juego —Candy se volvió, Albert le sonrió con el rostro relajado y su corazón volvió a desbocarse —Candy, te están saliendo pecas en la nariz.

—Ya —dijo ésta tocándosela e intentando no fijarse en el cariño que había en su voz—. Es por culpa de estos sábados por la mañana. Nunca me pongo al sol y por eso siempre me olvido de la crema protectora.

—A mí me gustan —aseguró Albert y a Candy se le ace leró el pulso.

—A mí también —dijo Harry.

—Pues a mí no —replicó Candy intentando contro larse—. Pero me salen porque me olvido de...

—Problema resuelto —aseguró Albert poniéndole la gorra que llevaba y esbozando una sonrisa aún más gran de—. Te queda muy bien. Cuando quieras puedes jugar en mi equipo.

—¡Calla ya! —exclamó ajustándosela para que no le aplastara los rizos. Estaba caliente y mantuvo la mano un momento en ella para sentirlo. «Eres despreciable», se dijo a sí misma.

—¡Harry! —gritó alguien, y cuando Candy se volvió vio a Karen, que se acercaba a ellos vestida con un ondulante vestido rosa sonriendo al niño—. ¿Qué tal, colega?

—Hola —saludo éste frunciendo el entrecejo.

—Hola Karen —dijo Candy haciendo un esfuerzo por no odiarla—. Nos vamos a buscar un buen asiento. Dales una buena —le pidió a Harry—. Gracias por la gorra, seguro que me queda de muerte —dijo evitando mirar a Albert a los ojos.

—No —la contradijo Albert dándole un golpecito en la visera—. Pareces un marimacho angelical. Ojalá estuviera aquí Shanna.

Candy sonrió muy a su pesar, sintiéndose elogiada.

—¡Eh! Aquí se viene a jugar al béisbol —gritó Tony, y Albert se llevó a Harry hacia el campo.

—¿Qué tal lo he hecho? —preguntó Candy a Elisa.

—Tan bien como podría esperarse, dadas las circunstancias.

—¿Hacer qué? —quiso saber Karen.

—Estoy practicando cómo mostrarme relajada.

—¡Ah! Bien hecho, pues.

Candy siguió a Elisa y a KAren hasta donde estaba sentada Paty y vio cómo machacaban al equipo de Harry en las tres primeras entradas, al mismo tiempo que intentaba no mirar a Albert. Cuando éste levantó la vista y sus miradas se cruzaron, sonrió y Candy pensó: «¡Por Dios, Candice!» y se volvió hacia Elisa para di simular.

—Tony debe de estar a punto de que le dé una apoplejía.

—No, sólo lo hace por divertirse —contestó Elisa—. Les grita para que lo hagan mejor, pero no le importa per der. Dice que juegan para practicar.

—¿Sí? No sabía que tuviera tantas facetas.

—Unas tres. Me equivoqué al pensar que era tonto, la verdad es que es bastante listo. Es muy majo.

—¿Nada más?

—Sí, nada más. No es ÉL. Por cierto, bonita gorra, Estadísticas. A lo mejor te compra un refresco después del partido.

—Estábamos simplemente... —quiso excusarse Candy meneando la cabeza.

—Es el cuento de hadas. Te está conquistando —in tervino Paty.

—¿Qué? ¿Un cuento de hadas? —preguntó Paty.

—Sí, Candy y Albert son como un cuento de hadas. Ella es la chica que no lleva la vida que merece y su hada ma drina le ha enviado un príncipe para que la rescate.

—¿Un hada madrina? —se extrañó Candy.

—Elisa, te eligió a Albert

—¡Un momento! —exclamó Elisa—. No tengo na da que ver con Albert Andrew.

—Esto sí que tiene gracia. Lo elegiste y me enviaste a él para que lo conociera —dijo Candy echándose a reír.

—Un cuento de hadas —repitió Karen, que no estaba segura de si hablaban en serio.

—Albert te ha dado la gorra porque eso forma parte de su cometido.

—No, se la ha dado porque la está cortejando —la contradijo Karen con cierta brusquedad—. Es parte de la fase de atracción.

—La fase de atracción —repitió Elisa.

—No se siente atraído... —empezó a decir Candy.

—En el amor adulto hay cuatro fases: asunción, atracción, encaprichamiento y compromiso.

—Yo diría que la forma en que la mira es encaprichamiento —comentó Elisa.

—¿Perdona? —inquirió Candy mirando a su mejor amiga, la traidora.

—Es el cuento de hadas—insistió Paty.

—Es atracción —dijo Karen con voz apagada.

—Es amor, una reacción caprichosa. Teoría del caos —pontificó Elisa.

—¡Eh! Ha sido un detalle de un amigo porque no quiero tener pecas. No todo responde a una teoría —la cortó Candy

—El cuento de hadas no lo es. Aunque no creas en ellos, te está sucediendo a ti, y a mí —dijo Paty sonriéndoles a todas, demasiado feliz como para ser petulante.

—¿Qué tal está Stear? —preguntó Candy, con ganas de que fuera otra persona el tema de conversación.

—Para mí es ÉL. Dentro de un par de semanas me pedirá en matrimonio y le diré que sí. Le he dicho a mi madre que prepare la boda para agosto.

—¿Te ha dicho que se va a declarar? —preguntó KAren, y cuando Paty la miró sorprendida, añadió—: Estoy escribiendo un libro sobre el tema. Ya sé que no es de mi incumbencia, pero me interesa mucho.

—Bueno, no me lo ha dicho, pero lo sé.

Candy intentó dar la impresión de que la apoyaba, pero el silencio que siguió a continuación debió insinuar cierto escepticismo, porque Paty se volvió hacia el te rreno de juego y llamó a Stear.

—Cariño, ¿vas a pedirme que me case contigo? —le preguntó cuando llegó corriendo.

—Sí, no quería meterte prisa, así que pensaba espe rar hasta que lleváramos un mes saliendo. Sólo faltan on ce días.

—Me parece muy sensato. Y para que lo sepas, te diré que sí.

—Eso me tranquiliza mucho —dijo soltando un suspiro. Se inclinó hacia ella, la besó y volvió al terreno de juego.

—Eso ha sido o muy dulce o muy molesto —co mentó Elisa.

—Ha sido muy dulce —aseguró Candy intentando imaginarse a Albert diciéndolo. «Deja de pensar en él», se ordenó—. Y molesto.

—Ya te lo he dicho. Es el cuento de hadas. Has de creer.

—Pensamiento positivo —dijo Karen asintiendo con la cabeza—. Hay pruebas. ¿Puedo hacerte una entre vista para mi libro? Tu historia me parece fascinante. Ha béis pasado a la fase encaprichamiento muy rápido.

—Sí, pero no es encaprichamiento. Es amor verda dero, como el de Albert y Candy

—¿Queréis dejarlo ya? —les pidió Candy

—Sí, claro —le dijo Karen a Paty sin ningún convencimiento y siguieron hablando.

Candy inspiró profundamente y se volvió hacia Elisa

—Karen parece maja —comentó con la esperanza de mantener una conversación en la que no apareciera Albert.

—Lo es, pero creo que quiere volver con Albert

Candy se dio por vencida y miró hacia el terreno de jue go. Albert hablaba con alguien en la tercera base. Estaba serio y el niño asentía con la cabeza, pendiente de todas sus palabras. «¡Qué encantador! —pensó y después rectificó—. No, es un canalla». Aunque esa forma de pensar ya no sur tía efecto, la verdad era que no había funcionado nunca.

—¿Salís esta noche? —le preguntó Elisa.

—Sí, pero sólo como amigos. Me va a hacer un favor. Vamos a ir a casa de mi madre para que deje de pensar que es un vil seductor.

—No creo que eso la tranquilice nada.

—¿Por qué no? A Elvis le cae bien y tiene muy buen ojo.

—¿Elvis? —preguntó Elisa un tanto preocupada.

—El gato. Le he puesto ese nombre.

—Menos mal. Creía que te habías vuelto majara del todo.

—Eh, que no soy yo la que cree en cuentos de ha das, ni en la teoría del caos.

—O en el programa de cuatro pasos para alcanzar el amor —dijo Elisa indicando con la cabeza hacia Karen, que esperaba a que Paty acabara de contarle la teoría del amor de cuento de hadas.

—Todo eso es basura. No hace falta una teoría, solo hay que ser práctico, saber lo que quieres que tenga un hombre y después encontrar uno que posea todas esas cosas. Trazar un plan y ajustarte a él. Y no desviarte —dijo mirando hacia donde estaba Albert

—O podrías enamorarte perdidamente —finalizó Elisa poniendo cara de circunstancias.

—Ya. Eso es como decir que puedes caerte de un edificio. No te dolerá hasta que aterrices.

—Sólo quería decir...

—No —dijo Candy al tiempo que varias personas se volvían para mirarla—. Hay que ser sensato. No se trata de canciones de amor bobaliconas y besos sentimentaloides, es peligroso. Hay gente que muere por ello. Que muere de amor. Se desencadenan guerras. Se derrumban imperios.

—Esto... Candy...

—Puede arruinarte la vida —dijo cerrando los ojos para no mirar a Albert—. Por eso sólo quiero ser amiga de Albert y nada más. Tendría que estar loca para pensar que podría haber algo permanente con él. Ser masoquista, suicida y autoengañarme.

—Vaya...

—Ése es mi plan. Y voy a atenerme a él.

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—El tío Albert dice que si vienes a comer —le comu nicó Harry cuando acabó el partido.

—Bueno... —contestó, y pensó: «Albert, cabrón explotador de sobrinos». Con todo, comer con él no po día ser muy malo. No pasaba nada por comer con un amigo, con su sobrino de carabina.

—¡Aja! —exclamó Elisa a pesar de que Candy no había dicho nada.

Candy le pidió a Albert que los llevara a un restaurante retro, en el que ella y Harry imitaron a Elvis durante to da la comida. Una nueva experiencia para éste, al que habían educado con Chopin. A Albert no pareció importarle.

—Hasta mañana, Candy —se despidió Harry cuando la dejaron en casa.

—Sí, en la cena de la abuelita —dijo Candy.

—Harrison, si mañana llamas a la abuela así te daré cincuenta pavos —le propuso Albert al ver la cara de extrañeza que había puesto.

—No creo que lo haga —contestó éste y Candy salió del coche pensando que al día siguiente iba a entender muchas cosas de Albert Andrew, siempre que sobreviviera a la cena con sus padres.

—Quédate la gorra, Candy —le dijo Albert cuando ésta intentó devolvérsela por la ventana—. Te queda muy bien. Te recogeré a las ocho.

Después desapareció y Candy se sintió ridículamente feliz, lo que no podía ser bueno.

«Estás hecha un lío», se dijo y fue a prepararse para la cena con su madre.

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Aquella noche, Albert pasó a buscarla en su viejo Mercedes. Cuando llegó, estaba sentada en el último escalón, vestida con un sencillo vestido negro, que se había subido hasta las rodillas. Parecía una monja excéntrica.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó al salir del coche.

—Vas a tener que aguantar a mis padres y no me parecía justo hacerte subir todas las escaleras.

—No me importa hacerlo si arriba estás tú —miró sus pies. Llevaba unos sencillos zapatos negros sin tacón, que no dejaban ver los dedos—. ¿Por qué te has puesto unos zapatos tan feos?

—No lo son. Son clásicos, como tu coche, que es muy bonito, pero no imaginaba que tuvieras uno.

—Un regalo de licenciatura. A coche regalado no le mires el capó. Entra Candy, que vamos a llegar tarde —le pidió abriendo la puerta.

—¿Por el máster en administración de empresas? —preguntó una vez sentada en el asiento del acompa ñante.

—¿Qué?

—El coche. Que si fue un regalo por licenciarte. A mí me regalaron un maletín, sólo estaba intentando ver las cosas en su justa medida.

—No, fue al acabar el bachillerato.

—¿Sí? ¿Y qué te dieron al licenciarte? ¿Un yate?

—Un puesto en la empresa de mi padre.

—Pero...

—Rechacé el regalo. ¿Qué tal Elvis?

—Muy sano —contestó con tono de estar desconcertada—. Lo he llevado al veterinario y me ha dicho que está bien. Lo que no deja de ser raro.

—Como muchas cosas en mi vida últimamente. Por cierto, ¿hay algo de tu familia que deba saber antes de ir a esta cena?

—No tienes por qué venir.

—Candice, voy a ir. Prepárame antes de conocer los, ¿quieres?

—La verdad es que no hay nada que saber. Mi ma dre siempre es muy educada y mi padre no habla nada, a menos que metas el dedo en la llaga. Procura no ha cerlo.

—Vale. ¿Me haces un listado de llagas?

—Fraude en seguros, jóvenes que quieren quitarle su puesto de trabajo, música posterior a mil novecientos setenta y sexo con sus hijas.

—Sexo con sus hijas —repitió.

—Sí, mi padre supondrá que intentas seducirme.

—Tu padre tiene buen ojo para la gente. ¿Qué me dices de tu madre?

—Bueno, en otras circunstancias te estudiaría como potencial hijo político. En los postres te haría un test.

—¿Escrito u oral?

—Oral.

—Estupendo, en oral soy muy bueno —se queda ron en silencio hasta que añadió—: No me refería a eso.

—No pasa nada. No habrá test. Mi madre tiene otras cosas en mente ahora.

—¿Alguna otra cuestión que deba saber de ella?

—Sí, pero todas tienen relación conmigo.

—No me importa. Hazme el listado también.

—Comer hidratos de carbono, llevar ropa interior blanca de algodón, no perder peso, no seguir con mi ex, al que ella adoraba. Pero no creo que nada de eso salga en la conversación.

—Mi madre también adora a mi ex. Creo que por pereza, para no tener que aprenderse otro nombre. ¿Quién más habrá?

—Mi hermana Annie. Con ella no tienes que preocuparte. Ahora está desquiciada porque se casa la semana que viene, pero es maja. Si las cosas se ponen feas siem pre puede sentarte a mirarla, es muy guapa.

—Me alegro de saberlo. Tu madre, tu padre, Annie, tú y yo. Un grupito muy íntimo.

—Y Archi —añadió Candy intentando que su voz no sonara apagada—. El novio de mi hermana.

—Ya. ¿El que tenía mala memoria? ¿Qué tal va?

—Algo no va bien. No sé lo que es, pero no colabo ra. No es mal tipo, excepto por haber dejado a Salida, con todo el derecho del mundo. Además adora a Annie, así que no sé lo que puede ser. A ver qué te parece a ti.

—¿A mí?

—Tienes buen ojo para la gente. Eres intuitivo. Es tudia a Archi.

—Hay pocas posibilidades de que durante la cena me entere de lo que pasa —dijo en el momento en el que sonaba el móvil de Candy.

—Tienes un teléfono negro. Me mentiste la prime ra noche, Candy.

—Algo que ya sabías —replicó antes de contes tar—. ¿Hola? ¿Qué? —escuchó un momento—. ¡Por Dios, Anne! ¡Es sábado por la noche! No sé dónde... Es pera un momento —se volvió hacia Albert—. Archi había prometido llevar el vino.

—Déjame adivinar.

—No tendrás una botella o dos en tu apartamento, ¿verdad?

—Emilio's —dijo haciendo un giro con el coche.

—Albert lo arreglará —dijo Candy al teléfono con un deje de orgullo en la voz que hizo que Albert sonriera—. Eres un ángel.

—Gracias. Ahora dime algo desagradable. Me estás confundiendo.

Pararon a recoger el vino y cuando Albert volvió a entrar en el coche, Candy se fijó en las etiquetas de las bo tellas.

—Son muy caras, ¿verdad?

—No, no mucho. Unos cuarenta pavos cada una.

—Así aprenderá el idiota de Archi.

Diez minutos más tarde, tras seguir las indicaciones de Candy, Albert aparcó delante de una casa grande y nueva.

—Si quieres, aún estás a tiempo de no entrar. Déja me aquí y ya les diré...

—No. Espera un momento —le pidió mientras sa lía para ir hacia la otra puerta del vehículo.

—¿Dónde? —preguntó accionando el tirador.

—No puedes bajar de un coche sin ayuda —dijo ofreciéndole la mano y tirando de ella hasta que estu vo de pie. Acabaron más cerca el uno del otro de lo que había planeado, algo que no le molestó en absolu to—. Que salgas sin mi ayuda me hace parecer débil e incapaz —dijo observando sus rizos agitados por la brisa.

—Sí, seguro... —al retirarse para que Albert cerrara la puerta vio una figura que se apartaba de una venta na—. Bueno, al menos has ganado puntos con mi ma dre. Te ha estado observando.

—Estupendo, ahora lo único que nos hace falta es sobrevivir a la cena.

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El padre de Candy los recibió en el vestíbulo. Era un hombre torpe y lento con una buena mata de pelo rubio y espesas cejas canas, que debería haberse mostrado cordial y hospitalario, pero en vez de eso dio la impre sión de ser un perro pastor paranoico convencido de que sus ovejas conspiraban contra él.

—Papá, éste es Albert Andrew. Albert, mi padre, George White

—Encantado de conocerte, Albert —lo saludó Geor ge con voz ronca y firme, como para desmentir cualquier señal de que no se alegraba de verlo, aunque sus ojos le preguntaron: «¿Qué intenciones tienes?».

—Encantado de estar aquí, señor —mintió Albert y Candy le dio un golpe en la espalda, más reconfortante de lo que podría haber imaginado.

—Llegas tarde —le reprochó George a su hija—. Ya hemos tomado el cóctel.

—Disculpe —dijo Albert.

—No tienes porque disculparte. Ha sido por mi culpa. Hemos tenido que volver para ir a buscar algo.

—Bueno, entrad ya —les invitó. Candy suspiró y se dirigió hacia el cuarto de estar y Albert la siguió para cono cer al dragón que tenía por madre.

La casa era monumental, obra sin lugar a dudas de un decorador, y la madre de Candy, de pie en su perfecto cuarto de estar, no desentonaba: ambas eran un producto de diseñador y no tenían ninguna calidez. La casa, al menos, tenía algún color, pero la madre era pequeña, delgada, morena, vestía de negro e iba acicalada a más no poder, justo lo contrario que Candy.

—Ésta es mi madre, Pony —la presentó prácticamente gorjeando—. Madre, él es Albert Andrew

—Bienvenido, Albert —dijo ésta con voz que po dría haberlo ultracongelado al instante.

—¿Qué he hecho? —le preguntó a Candy cuando su madre se volvió para hablar con George.

—Me besaste en el parque encima de una mesa de picnic —le susurró ésta.

—¿Y cómo lo saben?

—Archi nos delató. También les habló de tu pasado de conquistas abandonadas.

—Y voy y le traigo el vino.

—Ahí está. Archi, te presento a Albert Andrew

Archi era joven y afable, pulido en colegios privados y ejercitado en el gimnasio hasta que su exterior relucie se. Sonrió hasta que se dio cuenta de a quién le estaba estrechando la mano.

—¡Ah! —exclamó.

Albert esperó a que dijera algo, pero aquello fue todo.

—El vino está en el asiento delantero del coche —le informó.

—Gracias, tío —dijo Archi suspirando aliviado y dándole una palmadita en el brazo—. Ahora mismo vuelvo —avisó con voz ligeramente elevada—. Me he dejado el vino en el coche.

—Y ésta es mi hermana —le presentó Candy con tono cariñoso. Albert vio una versión más joven y dulce del dragón. Era esbelta, morena y encantadora, sin duda la princesita de la familia. Sonrió al ver a Candy, le dio la bienve nida con más calidez que el resto de los presentes juntos y le preguntó por su equipo de béisbol.

—Maja chica —le comentó a Candy cuando su her mana fue a buscar al amnésico con el que se iba a casar.

—¿Chica?

—Guapa, pero no es como tú.

—No eres el primero que se da cuenta. Mira, no dejes que te depriman mis padres. Son... —su voz se fue apagan do mientras pensaba en una palabra que los definiera.

—¿Majos? —apuntó Albert antes de que Pony re clamara a Candy cuando Archi apareció con las botellas.

Cuando volvió al cabo de unos minutos, llevaba los rizos sujetos con peinetas. Pasaron al comedor.

—¿Qué te has hecho en el pelo? —le preguntó Albert al oído cuando se sentaron.

—No realza mi cara redonda si lo llevo suelto. No soy tan tonta.

—A mí me gustaba.

—A mí también —dijo Candy y entonces comenzó la cena.

—¿A qué te dedicas, Albert? —le preguntó George una vez acabaron la sopa, animada con una conversación trivial, y les sirvieron el lomo.

—Doy seminarios de formación empresarial —con testó mirando con recelo a Pony, que lo había estado observando durante el primer plato. No podía asegura que tuviera fruncido el entrecejo, porque no tenía la fren te arrugada, pero no tenía una expresión cálida.

—Así que eres profesor. ¿Se gana dinero con eso?

—¡Papá! —exclamó Candy.

—Lo suficiente —contestó Albert distraído, porque Candy había comenzado a darle discretos golpecitos en la espalda. Estaba agradecido por su apoyo, pero era algo demasiado bueno como para disfrutarlo delante de su padre.

—¿Con qué empresa trabajas?

—Andrew, Brown y Cornwell —le informó, y después sonrió a la madre de Candy—. Esta carne es exquisita.

—Gracias —dijo Pony White, nada apaciguada.

—Andrew. Así que trabajas para tu padre. No te ha costado mucho encontrar trabajo, ¿verdad? —dijo George.

—No, el jefe soy yo. La empresa es mía.

—Me gustaría saber el tanto por ciento de hijas que vuelven a casa de sus padres después de que éstos hayan aco sado a sus invitados —comentó Candy mirando a su padre.

—¿La heredaste?

—La fundé yo.

—Supongo que el porcentaje será muy bajo —con tinuó Candy.

—Pero te financió tu padre.

—No, quería que trabajara con él, así que tuve que recurrir a alguien que no fuera de la familia para conse guir el capital.

—¡Por Dios, papá! ¡Ya basta! —exclamó Candy qui tando la mano de la espalda de Albert—. Vamos a hablar de otra cosa. Tengo un gato.

—Así que es una empresa nueva. El treinta y tres por ciento fracasa en los cuatro primeros años.

—Es una especie de gato mutante —añadió Candy.

—Hace diez años sí que era nueva. Ahora funciona.

—Molesta a mis amigos. Estoy pensando en llamar lo George —amenazó Candy.

—Candice —la reprendió su madre—. ¡Compórtate!

—¿Un poco de pan? —ofreció Candy poniendo la cestilla debajo de la nariz de Albert.

—Sí, gracias —cogió un panecillo y le devolvió la cestilla. Candy cogió uno también.

—¡Candy! —exclamó su madre.

—Vale —accedió ésta y volvió a dejarlo.

—Así que tienes negocio propio —comentó George con escepticismo.

—Sí. ¿Por qué no puedes comer pan? —le pregun tó a Candy.

—Ya te lo dije, tengo que meterme en un vestido. No pasa nada, ya comeré pan en julio.

—Candy será dama de honor de Annie la semana que viene y no queremos que esté demasiado gorda —expli có Pony (si yo tuviera una madre asi ya la hubiera desconodido de verdad)

—Ya lo estoy —admitió Candy.

—Deberías venir, Albert —le invitó Annie, que no había probado el pan, la mantequilla ni la carne, aunque le había dado un buen tute al vaso de agua—. A la boda, y al ensayo de la cena. Candy necesita un acompañante.

—¿Qué clientes tienes? —le preguntó George an tes de que pudiera aceptar la invitación.

—¿Cuánto tiempo lleváis saliendo? —quiso saber Pony

—¿Tienes familia? —le preguntó Candy tirándole de la manga.

—Sí —contestó con cierta reserva.

—¿Son igual de horrorosos?

—¡Candice! —exclamó Pony con tono amena zador.

—Bueno, al menos me dejan comer pan —dijo albert sin quitarle la vista a Pony—. Aparte de eso, sí.

—¿Perdona? —intervino George.

—No me importa que me interroguen sobre cómo me gano la vida. Su hija me ha traído a esta casa y le concedo la importancia que merece. Tampoco me im porta que su mujer me pregunte por mi vida privada. Pero Candy es una mujer fabulosa y durante toda la cena o no le han hecho ningún caso o la han importunado con un estúpido vestido. Y que conste que no estoy de acuerdo con que esté demasiado gorda para el vestido. Es el vestido el que es demasiado pequeño. Ella es per fecta —puso mantequilla en un trozo de pan y se lo pa só—. Come.

Candy parpadeó y lo cogió.

—No he estado casado ni comprometido y mi últi ma relación acabó hace dos meses. Conocí a su hija hace tres semanas —le informó a Pony. Después se volvió hacia George—. La empresa tiene saldo positivo desde hace tiempo. Si quiere comprobarlo puedo darle refe rencias. Si la relación con su hija llega a ser seria podré mantenerla.

—¡Eh! Puedo mantenerme yo sólita —protestó con el trozo de pan todavía en la mano.

—Ya lo sé, pero tu padre quiere saber si yo puedo hacerlo. Come —Candy mordió el pan y Albert miró al resto de los comensales—. ¿Hay alguien que quiera saber algo más?

annie levantó la mano.

—¿Sí?

—¿Vas a acompañar a Candy a la boda?

Candy intentó tragar.

—No me lo ha pedido. ¿Quieres ir a la boda de tu hermana conmigo?

Candy se atragantó y Albert le dio una palmadita en la espalda.

—Por supuesto que quiere —aseguró Pony son riendo por primera vez en la velada—. Estaremos encan tados de que vengas. Al ensayo de la cena también.

—Estupendo —dijo Albert, notando que había he cho algún progreso, mientras Candy respiraba con difi cultad.

—El vino es excelente —le comentó George.

—Gracias, esto... gracias a Archi. Sabe de vinos.

—Ya —dijo George mirando a Archi, que le sonrió débilmente.

—¿Tienes un gato? —preguntó Pony a su hija, y la velada transcurrió mientras le soltaba una arenga so bre gatos, George hacía preguntas sobre el negocio de los seminarios, Archi miraba con el entrecejo fruncido, Annie sonreía y a Albert le dolía la cabeza. Había pasado noches peores, pero no muchas.

—Lo siento —le dijo Candy en voz tan baja que casi no la oyó.

—¿Porqué? Lo estoy pasando de maravilla.

Tras los postres, que sólo comieron los hombres, Candy se llevó a Annie al vestíbulo.

—¿Te has vuelto loca? ¿Por qué le has pedido a ese hombre que venga a la boda?

—¿Porqué no? Necesitas un acompañante y es encantador. No veo el problema.

—Eso es porque no conoces su pasado.

—Bueno, al menos ahora tienes pareja. Creo que ha sido buena idea.

—No vuelvas a hacer una cosa así nunca más. Jamás —le amenazó pinchándole con un dedo.

—Muy bien. A pesar de todo tienes un acompañan te muy sexy.

Su sexy acompañante apareció en el vestíbulo, dijo adiós amablemente a los padres, bajó con ella las escaleras, le abrió la puerta del coche, se sentó en el asiento del conductor y le quitó las peinetas del pelo.

—Son horribles, Candy —dijo tirándolas por la ventanilla.

—Ya, gracias —dijo intentando no sentirse rescatada.

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Al día siguiente, Candy se vistió con mucho cuidado para la cena con los Andrew. Volvió a sacar el vestido negro, limpió los zapatos negros planos e intentó ali sarse el pelo. La llamada de Pony no la ayudó nada.

—Cariño, Albert es encantador.

—Gracias, madre —dijo Candy preparándose para lo que viniera a continuación.

—Papá ha comprobado su situación financiera y es solvente.

—¿Un sábado por la noche? ¿Y cómo lo ha hecho?

—Ya conoces a tu padre —contestó en un tono que Candy desearía que no tuviera—. Y parece que le gustas mucho. Lo del pan y la mantequilla ha sido muy dulce. No volverás a comerlo, por supuesto, pero...

—Un hombre que te alimenta es bueno.

—Pues no lo pierdas. Me enfadé mucho cuando cortaste con Terry. No dejes escapar a Albert también.

—Madre, no lo quiero —mintió.

—Pues claro que lo quieres. Tendréis unos hijos preciosos.

—Tampoco los quiero. Cambiando de tema: estoy pensando en dejar mi trabajo y hacerme cocinera.

—No seas ridicula, cariño. ¿Tú rodeada de comida? Explotarías como un globo.

—Muchas gracias, madre. Tengo que dejarte.

—¿Dónde vas?

—A cenar con los padres de Albert.

—Qué encantador. ¿Quiénes son?

—William y Rosmary Andrew. No creo que...

—¿Vas a cenar con Rosmary Andrew?

—Sí, pero porque parió a mi acompañante, sino no lo haría.

—Candy, Rosmary Andrew es muy importante en la Liga Urbana —aseguró con voz cargada de respeto.

—Pues lo siento mucho —dijo Candy, que era la pri mera vez que oía decir a su madre la palabra «importan te» con aprobación.

—Nada de hidratos de carbono, querida. Y cuéntamelo todo cuando vuelvas a casa.

—¡Dios mío! —exclamó antes de colgar y volver a sus problemas con el pelo.

Cuando Albert llamó a la puerta, ella y Elvis estaban contemplando una cinta para el pelo con cierto recelo.

—¿Qué te parece? —le preguntó a Albert al abrir la puerta.

—No, por Dios —dijo agachándose para acariciar al gato, que ronroneaba a sus pies—. Mírate, parece que vayas a un duelo.

—No intentes convencerme para que me cambie de vestido.

—Al menos, déjame los pies. ¿Por qué no te pones los de los lazos negros, los que llevabas la primera noche?

—¡Albert!

—No es mucho pedir —dijo sonriendo apoyado en el quicio—. Ve a cambiarte de zapatos Candy y después nos enfrentaremos juntos a los dragones.

—La táctica del encanto no funciona conmigo —di jo sonriéndole muy a su pesar, antes de ir a cambiarse de zapatos.

Continuara…..

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A todas muchas gracias por leer me encanto el comentario de Blackcat2010 donde dices que ni cociéndote la boca se puede uno poner delgado de verdad me encanto ese cometario y Nandumbu si recibo tu cometario gracias a todas me encanta leer sus comentarios cuando llegan a mi bandeja de entrada me hacen mi dia besos y mil abrazos