Capítulo 10. Resoluciones

Al día siguiente, pero muy lejos de donde Fenghuang estaba, en un campo cubierto de hierba, un panda se limpió el sudor del rostro. Pensó que el sol del mediodía se había ensañado con su cabeza. Alzó la mirada, se acomodó su capa verde, y su pantalón café. Suspiró por el cansancio. Había caminado por dos días sin descanso, así que en ese momento caminaba lentamente, casi contando cada paso. Un viejo antílope que estaba a su lado le dijo con preocupación y una expresión de severidad:

—Sé que estás ansioso por ver a tu hijo, pero debes descansar; ya no tienes las fuerzas que tenías cuando Shen atacó nuestra aldea.

—Ojalá no fuera así —contestó el panda decepcionado de sí mismo—. Los días se han ido tan rápido desde que supe que vive. Vive. Cuando lo digo siento que sueño, pero mi desgastado cuerpo me devuelve a la realidad. Tienes razón, amigo mío, ansío verlo, y fuerzo mi cuerpo a seguir adelante, a pesar de que él insiste en caer tembloroso y adolorido.

Dio un paso más, pero cayó de rodillas. Contrajo el rostro en una mezcla entre enojo y dolor. El antílope corrió y lo levantó del suelo.

—Él me necesita, tengo que llegar lo más pronto posible —dijo el panda frustrado.

—Descansa. No podrás ayudarle en el estado en el que te encuentras ahora ―dijo el antílope con una expresión de seguridad y tranquilidad.

El panda dejó de resistirse porque entendió que su viejo amigo tenía razón. Se sentó en la hierba, y cuando sintió el alivio de sus piernas al tener reposo, dio un suspiro y dijo al antílope:

—Está bien, descansaremos unas horas aquí.

Dicho esto, los otros diez pandas que los acompañaban también se sentaron en el suelo. Unos dieron profundos respiros de alivio, otros se acostaron y estiraron para relajar sus músculos, y otros sacaron platos y comida, empezaron a repartir, y luego comieron con avidez.

Unas horas más tarde, cuando recogían todo para continuar su viaje, vieron correr hacia ellos a dos rinocerontes protegidos por armaduras y armados con mazos. Al llegar les dijeron a los viajeros:

—Hola, ¿han visto a dos tigres?

Todos se miraron unos a otros con expresiones de no saber nada, pero el panda que encabezaba el viaje se levantó, y dijo a los rinocerontes:

—Hace muchos años que no vemos a ningún tigre en persona —el panda reflejó tanta sinceridad y convicción, que los rinocerontes no cuestionaron tan sorprendente afirmación.

—Bueno, si los ven tengan cuidado, son peligrosos —dijo uno de los rinocerontes fingiendo que le daba igual algo tan extraño. Luego siguieron corriendo hacia delante, dejando pensativos a los viajeros.

Realmente no habían visto a ningún tigre desde la tigresa que se refugió con ellos por algún tiempo. Era la única de esa especie que habían conocido de cerca. Aprendieron mucho de ella, ya que poseía una gran sabiduría y gentileza. La admiraron por su fuerza y valor. Les sufrieron mucho cuando falleció, ya que llegaron a quererla mucho.

En poco tiempo todos estaban cabizbajos y pensativos, formando un ambiente triste, como si el caluroso día hubiera sido enfriado por la niebla.

—Hay que continuar —ordenó el panda que los lideraba con un tono de voz desanimado, pero no tanto como para que los demás se dieran cuenta.

"***"

Ese mismo día, en la noche, Tigresa se dirigía hacia su cuarto en el palacio de Kaishan después de haber hablado con Po. En ese momento lo que pasaba por su mente era la misión, en cómo tenderle una trampa a Fenghuang, o atraparla si llegaba al palacio. Entonces vio algo que la inquietó, más allá del Lago de la Paz Infinita, en el espeso bosque. Alguien saltó de un árbol a otro, pero solo su sombra se vislumbró por la distancia. Tigresa analizó rápidamente y sacó la conclusión de que era un mono o un felino. Se acercó cautelosamente, escondiéndose tras los árboles, aunque no podía ocultar sus ojos, que resplandecían con una tenue luz propia. La sombra saltó de nuevo, pero esta vez pudo ver que era un tigre, o más bien tigresa, porque su silueta era muy delgada y estilizada para ser un macho. Las pupilas de Tigresa se dilataron, y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Nunca había visto a otro tigre. Incluso le había pasado por la mente que era la única tigresa de China, pero ahí se destruyó esa idea.

Siguió a la sombra corriendo en cuatro patas, hasta que se detuvo en un claro. Entonces pensó que era una trampa, y allí estaba expuesta, así que retrocedió para esconderse, pero la sombra estaba en pie, a diez metros de distancia. Entonces Tigresa corrió hacia ella, pero ésta saltó al árbol más cercano, y desapareció entre las tinieblas. Cuando Tigresa llegó a donde estaba la sombra, vio que había dejado un pergamino, así que se detuvo y lo tomó. Levantó la cabeza, y vio que la felina se había ido. Solo había venido a dejar ese mensaje.

Lo abrió lentamente y quedó helada con lo que vio: un dibujo de ella, con un tigre a la derecha y una tigresa a la izquierda. Eran algo cuadrados y desproporcionados, así que dedujo que fue hecho por una niña muy pequeña. Se reconoció a sí misma por la ropa, y la mancha en forma de diamante redondeado en su frente. La hoja estaba enmarcada con el mismo diseño dorado que decoraba su blusa roja. Entonces recordó algo que la dejó aún más impactada: ella lo había dibujado.

A la mañana siguiente, el sonido de un gong resonó por todo el palacio. Todos se levantaron rápidamente, a como estaban acostumbrados, y se arreglaron para el desayuno. Unos minutos después Po y los Cinco Furiosos estaban reunidos en el corredor que delimitaba la casa de huéspedes. Cuando Po salió, lo primero que hizo fue buscar a Tigresa con la mirada, y al poco rato dio con ella. Se veía diferente: de vez en cuando su mirada se perdía, y bajaba un poco la cabeza, como si le preocupara algo. Recordó lo que pasó la noche anterior, así que le dio pena acercarse a ella. Ansiaba ayudarle en lo que sea que le tuviera en ese estado, pero se sentía detenido por la muralla que se había formado entre ellos. Sin querer le había revelado lo que sentía, y no fue correspondido. Pensaba que la relación entre ellos no solo había cambiado, se había estropeado, y todo por su culpa. "¡Torpe, no tenías que verla a los ojos!", se decía una y otra vez, aunque después pensó en ¿cómo una mirada podía revelar tanto?; no le parecía que eso tuviera sentido, aún con lo que sucedió.

―Ya empieza a aburrirme todo esto del lugar mágico y hermoso ―dijo Mono a Mantis después de un sonoro bostezo, mientras se recostaba en una columna.

―Sí ―dijo Mantis desde el suelo, en el mismo tono―, no es divertido. Este lugar necesita una buena dosis de acción ―sonrió―. Mientras cuidamos el palacio, podemos encontrar algo divertido qué hacer ―concluyó esperando que Mono diera una idea.

―Sí ―dijo el simio, también esperando a que su amigo continuara, pero pasaban los segundos y Mantis no decía nada más.

―¿Tantos años y todavía soy yo el de las ideas? Me decepcionas, amigo ―dijo Mono burlándose―. Esta vez no diré nada hasta que tú sugieras algo.

Mono siguió mostrando una amplia sonrisa, y dejó pensando a Mantis. El pequeño se frotó su prominente barbilla con la pinza derecha, como si eso le ayudara a formar una idea. Un minuto después ya la tenía. Llamó a Grulla con una sonrisa que convenció al ave de que lo llamaban a un juego. Luego se subió a su hombro y le dijo algo al oído. Esa mañana Grulla estaba de muy buen humor, porque apenas se levantó (antes que todos) preguntó al primer criado que vio, cómo estaba Víbora. Éste le respondió que ese mismo día iba a ser dada de alta. En el momento en que preguntó se imaginó que todavía dormía, porque era muy temprano, así que se propuso visitarla después del desayuno.

―Cuenta conmigo ―dijo el ave, que a las palabras de Mantis asintió con una sonrisa.

―Juguemos a las escondidas... ―empezó a decir Mantis a Mono, pero éste lo interrumpió.

―¿Eso es todo lo que se te ocurrió? ―dijo Mono soltando una carcajada.

―No me dejaste acabar ―dijo Mantis entrecerrando los ojos para mostrar que estaba molesto, aunque luego el gesto se volvió suspicaz, como un niño travieso―, un requisito para jugar es habernos frotado con ortigas.

―¡Estás loco!

―Está bien, entiendo que no te atrevas ―dijo Mantis con una mirada desafiante.

―¿Por qué quieres que hagamos eso? ―refutó Mono alterado.

―Porque así es más difícil esconderse ―sonrió―, pero aún no he dicho todas las reglas. Grulla nos buscará, y atrapará para evitar que consigamos una bandera que esconderá en el centro del bosque ―miró hacia el bosque más allá del Lago de la Paz Infinita.

―Bien. Todavía no me gusta la parte de las ortigas, pero jugaré de todos modos ―dijo Mono con una sonrisa menos entusiasta, aunque prefería jugar eso a no hacer nada divertido.

―La recompensa para el ganador será 50 yuanes ―continuó diciendo Mantis.

―Que sean 100 ―dijo Mono sacando a la luz su lado competitivo.

―Hecho ―acordó Mantis.

Luego fueron con Grulla, que había visto ortigas escondidas en el fondo del jardín que estaba a la derecha del pasillo que atravesaron cuando llegaron al palacio.

Tigresa y Po habían quedado solos, pero no querían hablarse. Sus pensamientos se arremolinaban en sus mentes. Él la miró con un gesto ligeramente triste, que solo expresaba una pequeña parte de lo que oprimía su pecho. Temía que ella al no quererlo se alejara de él, y así la perdería definitivamente. Pero en ese momento se le ocurrió una forma de que eso no pasara, y se propuso hacérsela saber antes de que empeorara la situación. Ella le correspondió con un gesto similar, aunque contrario a él, no podía atribuirlo a un solo sentimiento. En el momento en que lo miró, pensó en el deseo de que él no se sintiera apenado por lo que había pasado, para así poder contarle lo que le había sucedido la noche anterior. Él era el amigo al que le tenía más confianza, y solo con él quería conversar de ese asunto, pero no podía. No obstante, no quería que ese silencio se alargara, así que se decidió a hablarle.

―Buenos días, maestra Tigresa, Guerrero Dragón ―saludó Jing con simpatía e inocencia, porque salió de su habitación y saludó de inmediato, sin percatarse de que había interrumpido a ambos maestros.

―Buenos días, maestra Jing ―respondió Po con una reverencia, un poco desubicado por el imprevisto.

Tigresa dijo lo mismo que él y también se inclinó a saludar a la oveja.

―Mmm creo que estamos siendo muy formales ―sonrió―, mejor solo díganme Jing.

Tigresa asintió con una ligera sonrisa, y Po sonrió y dijo:

―Está bien, Jing.

La oveja volvió a sonreír. Le parecía muy agradable la idea de ser amiga de maestros de renombre como ellos.

―Y ¿dónde están los maestros Grulla, Mono y Mantis?

―Los escuché decir que jugarían a las escondidas ―respondió Tigresa de manera indiferente, porque pensaba que jugar era una pérdida de tiempo que se podría aprovechar entrenando.

―¿Y no los acompañaron? ―dijo Jing sin quitar su sonrisa.

Po no supo responder. Pudo haberlos acompañado, pero pensaba hablar con Tigresa, mas no iba a decir esa idea en voz alta, así que solo se tocó los dedos sobre su panza, y miró el suelo.

―Eso es una pérdida de tiempo ―contestó Tigresa con seriedad.

―Ya veo ―dijo Jing en el mismo tono. Se acercó a la barandilla, y asentó los brazos en ella―. Y ¿qué te ha parecido el palacio? ―dijo a la maestra mirándola a los ojos con un atisbo de intriga.

―Es muy diferente al Palacio de Jade ―dijo Tigresa. Luego cruzó los brazos y miró hacia el lago.

Jing también dirigió sus ojos hacia allá. Desde que vio a Tigresa por primera vez tuvo muchas dudas. Ahora resolvería una de ellas.

―¿Es la primera vez que visitas este palacio?

―Sí...―contestó Tigresa con aire despreocupado―...aunque...―siguió diciendo un poco confundida―los bosques que lo rodean me parecen familiares, como si los hubiera visto antes.

Jing no podía creerlo. "Es ella, no tengo la menor duda, pero no recuerda nada, es increíble" ―pensó con gran asombro, que procuraba no expresar―. "Por un lado me parece bien así, por otro lado no me parece justo. De cualquier modo no quiero ser yo quien la corrija". Titubeó por un instante, así que quiso cerrar el tema.

―Esa es una sensación extraña que todos sentimos alguna vez ―pero a veces Jing hablaba de más―, no necesariamente es por un recuerdo ―se puso nerviosa al darse cuenta de lo que dijo, y rápidamente acabó la frase―, casi siempre no es por nada en especial ―en vez de cerrar el tema lo alargó más, y Tigresa frunció el ceño, y parecía dispuesta a preguntar, así que buscó y encontró su escapatoria definitiva ― ¡oh! Mira, ahí viene Dan, ya es hora de que vayamos a desayunar ―sonrió aliviada, sin notar que los nervios se habían plasmado en su lenguaje corporal―. Me encanta la comida que preparan aquí, siempre hay algo nuevo ―al notar que Tigresa perdió el interés en esto último se alegró mucho, y buscó a Po con la mirada―, estoy segura de que a Po le encantará. ¿Pero, dónde está? ―concluyó con esa dulzura especial que tienen los adultos con los jóvenes entusiastas. Un gesto alegre de interrogación fue la respuesta de ella a su misma pregunta, al darse cuenta de lo que el panda estuvo haciendo mientras habló con Tigresa.

El aludido había pasado el rato entreteniéndose con unas lianas que colgaban de unos árboles que estaban cerca del lago. Los movimientos alejados del suelo, y las caídas "heroicas" habían alegrado su humor. Una de las experiencias más agradables para él era practicar kung fu mientras se divertía. Sin embargo, cuando Jing lo vio, estaba enredado en las lianas.

―Jing, ¿podrías ayudarme a bajar...por favor? ―dijo Po retorciéndose para tratar de salir, pero solo se enredaba más.

Jing volviendo a esbozar su sonrisa sacó la vara Bo de su espalda, dio un tirón hacia el suelo a una liana que con el brazo no hubiera podido alcanzar, y Po cayó de trasero.

―Gracias ―dijo apenado mientras se levantaba y sacudía su pantalón. Entonces Dan llegó hasta ellos, y les dijo:

―Buenos días, maestros, ya todo está preparado para el desayuno. El gobernador y su hijo les esperan.

Tigresa, al ver al ganso se acercó y se unió a ellos en su camino al comedor. Después Mono, Mantis y Grulla se unieron al grupo, agitados, y alegres, pero no sudorosos. Hacía falta más que un juego para hacerlos sudar, aunque de vez en cuando se rascaban en diferentes partes del cuerpo cada vez; consecuencia con la que tendrían que lidiar hasta que se dieran un baño, después de desayunar.

En el comedor estaban el gobernador y su hijo sentados en el mismo lugar del día anterior. Lung sonrió al ver a Tigresa, lo que sorprendió a Fai, ya que casi nunca sonreía. Aunque ayer también lo hizo, hasta ese día lo notó. Po frunció el ceño al recordar que tendría que aguantar las indirectas del puma hacia Tigresa, y que por educación no podría evitarlo.

―Buenos días, maestros ―dijo Fai Wu cordialmente―, espero que les hayan gustado sus habitaciones, y hayan tenido una noche tranquila.

―Gracias, señor Gobernador, así fue, no tenemos ninguna queja ―explicó Grulla. Los demás Furiosos y el Guerrero dragón asintieron.

―Bien ―cambió su gesto simpático por uno más serio―. Después de desayunar nos reuniremos en el salón del trono para tratar los asuntos que les han traído acá ―dijo mirando a los maestros del Palacio de Jade.

Jing no sabía nada del tema, así que estaba muy interesada. A Lung solo le importaba encontrar el modo de hablarle a Tigresa para empezar a conocerla. Grulla parecía estar interesado en lo que decía el Gobernador, pero en realidad contaba los minutos para ir a ver a Víbora. Po estaba concentrado en la comida, en Lung y en Tigresa, aunque el suculento olor y exótico sabor de la comida estaba ganando protagonismo en su mente y sus sentidos. Mono presumía a Mantis las monedas que había ganado en el juego, y el pequeño le miraba con desdén mientras se rascaba de vez en cuando, pensando en que tenía que hallar el modo de vengarse del tramposo simio.

De ese modo transcurrió el desayuno. Antes de ir al salón del trono pasaron por la enfermería para que Víbora los acompañara.

―¡Buenos días! ―les dijo ella con una gran sonrisa cuando todos entraron por la puerta.

―Hola Víbora, te ves muy bien ―le dijo Po abrazándola.

―Sí, estás radiante ―dijo Mono igual de feliz que todos.

―Gracias ―respondió Víbora mientras abrazaba a todos, menos al Gobernador, Lung y Jing, a quienes dedicó una sonrisa y un gesto de agradecimiento con la cabeza―. Yo desde ayer quería salir de aquí, pero el doctor no me dejó ―dijo en tono infantil.

―Él sabía que era lo mejor para ti ―dijo Grulla con un cariño que después le dio vergüenza expresar, porque fue bastante evidente. En ese instante bajó el rostro lo suficiente para que el sombrero lo cubriera, aunque no alcanzó a ocultar su sonrisa. Víbora estuvo pendiente de cada momento, y también sonrió con cariño.

―Lamento interrumpir este momento tan agradable para todos, pero hay asuntos importantes que tenemos que tratar ―dijo Fai Wu con un poco de incomodidad.

―Vamos ―dijo Tigresa dirigiendo la mirada a cada uno hasta terminar en Po. No tuvo que decir o hacer nada más para hacerlos actuar. Todos sin excepción la siguieron, y ella a su vez fue tras Fai Wu, hasta el salón del trono.

Ya en el salón, Fai se sentó en el trono con Lung a su derecha. Los demás se quedaron a unos cuatro metros frente a ellos. Tigresa y Mono se pararon a la derecha de Po, y Mantis, Grulla y Víbora a la izquierda. A unos tres metros de Víbora se ubicó Jing, un poco delante de ellos.

―Dan, puedes retirarte ―ordenó Fai al ganso, que de inmediato salió y cerró las puertas.

―Ahora bien ―empezó a decir Fai―, según me informó el maestro Grulla, el maestro Shifu, director del Palacio de Jade, los ha enviado a capturar a Fenghuang, para evitar que robe el medallón de Shianxi.

―Sí, señor ―dijo Tigresa con la seriedad que exigía la situación.

―Al maestro Shifu no lo conozco, pero sí al maestro Oogway, su tutor. Él nos visitó tres veces. La última vez fue cuando Shifu te adoptó, Tigresa ―dijo Fai mirándola. Ella frunció el ceño y sintió ganas de preguntar al respecto, pero esa no era la ocasión adecuada.

―Sobre la ayuda que nos ofrecen, la aceptaremos gustosamente, aunque, con todo respeto, no la consideramos necesaria ―continuó diciendo Fai cautelosamente. Él era solo un diplomático, así que no quería maestros de kung fu en su contra―, el medallón está muy bien resguardado, y Fenghuang nunca lo podrá encontrar, y aunque supiera donde está, no podría superar a nuestros guardias entrenados y trampas estratégicamente colocadas.

―Es que usted no la conoce ―refutó Po―, sabe técnicas secretas de kung fu, técnicas avanzadas combinadas con magia. Es muy poderosa, pero nosotros ya la hemos vencido antes. Con todo respeto, sus guardias no podrían con ella.

―No subestime nuestra capacidad para defendernos, Guerrero Dragón―dijo Fai con un acento frío―. Por generaciones el medallón ha sido resguardado en este lugar. Nadie ha podido robarlo, y ese búho no será la excepción. En parejas, ustedes acompañarán a los guardias de los alrededores en sus rondas diurnas y nocturnas, para que puedan detectar cualquier anomalía y colaborar en la resolución de los problemas que sucedan hasta que Fenghuang sea capturada y devuelta a la prisión. Eso es todo, pueden retirarse.

Lung se le acercó a su padre y le dijo algo en voz baja, pero Fai le contestó de mal modo:

―No irás con ellos, te quedarás a entrenar con Jing ―Lung empezó a hacer caras de desagrado―, sin excusas ni negativas. Ve, ya es hora de que inicie tu entrenamiento de hoy.

Mencionar eso le recordó a Fai algo que había pensado con anterioridad.

―Maestros, esperen―dijo Fai cuando ya ellos estaban a la puerta―, ustedes son los mejores maestros de kung fu del Valle de la Paz, ¿no es así? Y ya que mi hijo está siendo entrenado en dicho arte marcial, y ustedes tendrán tiempo libre cuando no hagan sus rondas, he pensado que pueden complementar su entrenamiento con sus habilidades. Así Lung estará mejor preparado.

―Por mí está bien ―dijo Po de inmediato, con una sonrisa que se podría interpretar como maligna. Mono, Mantis, Grulla y Víbora se miraron entre sí antes de aceptar. Eran maestros, pero casi no les gustaba dar clases. Tigresa era reacia a la idea. No le gustaba nada tener que pasar tiempo con ese chico que estaba tan interesado en ella, así que iba a negarse, pero Po le dirigió la mirada. Él asintió con una pequeña sonrisa de esas que fortalecen a cualquiera que se encuentre desanimado. Eso le dio confianza a Tigresa para aceptar.

―Yo también lo haré ―dijo Tigresa al Gobernador.

―Y yo ―dijo Víbora, animada por la seguridad de su amiga.

―También nosotros ―dijo Grulla, apoyado por el "sí" de Mono y Mantis.

"Lo mejor hubiera sido que solo me entrenara Tigresa" ―pensó Lung con un fastidio que se reflejaba convincentemente en su rostro―, "ahora todos, sobre todo ese panda panzón, me harán añicos. Por culpa de las estúpidas ideas de mi padre terminaré hecho polvo".

Continuará...


Notas:

Mmm me ha quedado largo este capítulo...bueno es que es una ocasión especial, es el ¡capítulo 10! ya saben, como una década xD No sé. Va dedicado a Llink, porque gracias a su motivación es que me decidí a reescribir este fic, y llegar hasta donde está ahora.

Y sí, geraldCullenBlack, supongo que zarandearme no me matará jeje, pero igual no lo hagas, me darán náuseas xD

Y Escarcha 13, gracias por dejarme vivir (me tardaré más en actualizar para vivir más tiempo) jaja mentiras.

Y little tigress, gracias por el review también. Lo de los tigres lo llegarás a saber, me comprometo a ello.

Muchas gracias a todos. Por cierto, lo del juego de captura la bandera o escondidas (al final supongo que es una mezcla de ambos jeje) no lo incluí en el cap porque me gustaría saber cómo se imaginaron que fue. Yo me lo imaginé de un modo, pero no lo puse porque quise dejar volar su imaginación, y conocer su punto de vista.

Bueno me voy, hasta el próximo capítulo :)