Marinette estaba perdida, nada parecía tener sentido. ¡¿Cómo había pasado ese desastre en sólo un mes?! ¡Un mes! Un mes que se quedó en coma por sus cinco minutos de sentirse "la gran heroína" y ahora tenía secuelas físicas, mentales y gracias a dos chicos ahora, emocionales.
Bajó a comer tal como lo había pedido su madre, lo cual es mucho decir pues, sólo jugó con el contenido del plato, meciéndolo con la cuchara de un lado al otro del recipiente. Sabine le pregunto por si le había pasado algo en la escuela. La pelinegra quería gritar sobre el beso que le dio Adrien, lo que sentía por Claude, las dudas que inundaban su mente, y ahora las intenciones del modelo para con ella…
—Nada, no pasó nada interesante, mamá. —Comentó con una sonrisa forzada.
—¿Segura cariño? —El instinto materno de Sabine era suficiente para saber que ese "nada" significaba problemas. —Apenas si probaste tu sopa.
—Tengo dolor de cabeza, creo que será mejor recostarme un rato. —Lo mejor era huir, lo mejor era callar, lo mejor era no pensar en nada.
—Tienes razón, dormita un poco. —Sabine retiro el plato y lo cubrió con un poco de película estirable para después guardarlo en el frigorífico. —Cuando despiertes tendrás más apetito, no puedes malpasarte Mari, apenas te estas recuperando. —La mujer tomó con fuerza la mano de Marinette, quien quería gritar todo lo que le pasaba sin embargo, ya había preocupado en demasía a las personas que la rodeaban: sus amigos, compañeros, profesores, familia. Al menos por ellos debía guardar un poco la compostura y decirles que estaba bien.
—Lo sé mamá, soy la primera en querer volver a la normalidad, quiero regresar a mi rutina. —Sentía que las lágrimas querían salir de sus orbes. —Quiero mi vida de vuelta.
—Mi amor. —Sabine abrazó a su hija con fuerza, sabía que había algo más que la estaba rompiendo ese día. —Lo que sea que te pase, sólo dilo, hablar hace que los problemas sean más llevaderos.
—Estoy cansada, mamá. —Marinette exhaló para ocultar su sentir tras una fuerte respiración. No se refería al día que había tenido, hablaba sobre todo lo ocurrido. —Me voy a mi alcoba.
La joven rompió con el abrazo y subió a las escaleras. Necesitaba un momento, sólo un momento en que sus pensamientos se acallaran, quería ese instante de hacía unos meses cuando la sonrisa de Adrien era suficiente para emocionarla y ya. Cuando patrullar era común, cuando un akuma era algo emocionante y no un desencadenante del miedo.
Tikki sabía que su portadora no estaba bien, la recibió en su habitación un poco más recogida, pues la kwami se puso a limpiar para que Marinette se sintiera cómoda.
Marinette ingresó a la habitación y notó que Tikki había movido el enorme florero, eso le debió costar mucho trabajo, quizá lo había hecho para que no pensara en las palabras de su emisor más, era inútil.
Se sentó en el diván, estiró las piernas y se quedó contemplando a la nada. Su vida se había vuelto un rompecabezas y las piezas no encajaban. No sabía qué imagen se formaría. La kwami se acercó y acarició la cabeza de su portadora. La conexión que compartían le hacía saber todo el embrollo en el que se perdía.
—¿Crees que debería decirle a Alya sobre el beso? —Preguntó después de un largo rato.
—No, no es sensato. Ella quiere lanzarte a los brazos de Claude y si se lo dices, confrontara a Adrien y no creo que sea la mejor decisión. —Afirmó Tikki.
—Ahora no sé lo que siento por ambos. —Se recargó en el respaldo del diván y alzó la vista al techo.
Primero, debía ser objetiva. Adrien era un chico atractivo, dulce y se comportaba como un caballero, le atrajo porque se parecía a los protagonistas de sus libros favoritos. Sin embargo, nunca hablo bien con él, con trabajos cruzaban palabras y eso no bastaba para enamorarse de alguien. Quería un noviazgo como en los libros, lleno de cariño, de cosas en común, y tal vez por eso se acercaba a Claude.
Era mayor y maduro, algo que rara vez va de la mano, quizá el pasado trágico por la muerte de su mamá lo hizo tomar las riendas de su hogar pues, aunque Marinette fuera fan de Albert Bourgeois o de H.A. Langley, como quisiera llamarlo, el hombre se había volcado en la literatura como una forma de mantener vivo el recuerdo de su esposa, dejando a un lado lo demás.
Adrien… Claude. Dos personas distintas y con sentimientos distintos que se revolvían en su interior. A veces creía que con Claude había una amistad aunque por unos segundos se imaginaba rebasar esa delgada línea de la friendzone, aunque, la nota de Adrien complicaba las cosas.
¿Ella debía ceder sólo porque él estaba enamorado de ella?
No, eso sería cruel.
Sería como una forma de agradecerle por fijarse en ella mientras sus pensamientos volteaban a ver a Claude.
Y por último ambos chicos tenían rencillas, quizá por el esgrima, quizá por ella, el fin es que ambos querían pelear y al parecer ella estaba a la mitad de aquello. ¿Por qué ser adolescente debía ser tan difícil?
Cerró los ojos, el silencio la envolvió, la pesadez en sus párpados era fuerte y poco a poco la conexión con el mundo fue cerrándose hasta que se quedó dormida.
"Debes despertar, por favor, no me hagas esto".
Otra vez esa voz que en las penumbras le rogaba que no se fuera.
"Despierta, aún tengo muchas cosas por decirte."
Ahora su voz era más nítida, pero no se formaba una imagen de él. Su voz desesperada que le pedía quedarse le daba ternura y quería abrir los ojos para ver quién era.
"Te prometo que si lo haces haré que te enamores de mí, te prometo ser el hombre que tú necesitas".
Eso era nuevo, sus memorias estaban regresando o sólo era un sueño. ¿De quién era esa voz? No era Claude, no sonaba como él. ¿Quién? ¡Maldición! La pesadez no la soltaba, debía hacerlo, debía extender su mano para tomar a ése que tanto le rogaba.
"Por favor, por favor. ¡Abre los ojos y sólo mírame!".
Extendió la mano con todas las fuerzas que tuvo que reunir, sintió como sujetó algo, ahora sólo debía despertar.
—¡Marinette!
Ella abrió los ojos rápidamente y la luz de su alcoba la cegó de inmediato, cerró los parpados por reflejo y volteó el rostro, tratando de recuperarse, soltando lo que tenía en la mano.
—¿Estas bien? Tu mamá me dijo que no te sentías bien pero, vine a dejarte algo.
—¿Quién? —Aún estaba adormilada y no reaccionaba bien.
—Soy Claude. —El castaño, se sentó a su lado acariciando su cabeza. —Creo que tenías una pesadilla, te quejabas entre sueños e incluso jalaste mi camisa.
Ahora recordaba, no era una pesadilla pero sus problemas en la realidad convertían su vida en una.
—Ya, no pasa nada. —Claude colocó su mano en el hombro de la joven como un gesto para calmarla. —No debes alterarte, el más mínimo cambio te hará tener una crisis.
—¿Qué haces aquí? —Marinette se acomodó en el diván tratando de sentarse. —No deberías preocuparte tanto por mí, creo que sólo te traigo problemas.
—Mari, eso es imposible y no me traes problemas, aunque no te niego que mi preocupación comenzó desde que cancelaste todo pero, supuse que querías un poco de espacio. Papá te envió un regalito así que aproveché para venir a dejártelo, no quería interrumpir tu sueño pero, me alegro de haberlo hecho.
La voz no era de Claude pero, él era el único en la habitación. Él la había rescatado ¿quién demonios era la otra persona? Estaba harta, fastidiada de todo, ya no quería más.
—¿Qué hora es?
—Son casi las nueve, creo que tomaste una siesta muy larga. —Sonrió el chico, levantándose y dirigiéndose al escritorio.
—Eso explica porque tengo tanta hambre. —comentó, tomando su estómago, el cual gruñía como si tuviera un monstruo en él. Sí, su madre tenía razón.
—Tu alcoba siempre luce tan alegre con los ramos de flores pero, me da pena ver como se marchitan. —Claude tomó un pequeño paquete del escritorio y aprovechó para olfatear uno de los ramos. —Ese en especial, tiene un mensaje bastante revelador.
Señaló al arreglo floral que Adrien le había enviado esa tarde. Lo que hizo recordarle que Adrien se había declarado como el autor de todos los mensajes, ese detalle lo ignoró.
—Te están pidiendo que le permitas amarte. Esa es una fuerte declaración. —expresó el castaño.
—¿En serio? Yo sólo vi unas flores lindas, me las mandaron del hospital, al parecer ser cliente frecuente tiene sus ventajas. —Mentir sería lo más fácil, meter a colación a Adrien sería peor.
—Desventajas que las personas ignoren la floriografía. ¡Tan rico y bello que es ese idioma! ¡Tantos sentimientos que puedes evocar con una flor! —sonrió el chico un poco relajado al saber que eran de parte del hospital.
Marinette sonrió tímidamente, tratando de llevar otro tema. El regalo de Albert eran unas trufas de chocolate, lucían bastante costosas y tenían una pequeña nota donde agradecía sus comentarios en uno de los escritos que le había mostrado, además que tenía una invitación a comer para ese fin de semana.
—Oye ¿Estos diseños son nuevos? —cuestionó el castaño al ver el bloc de dibujos que yacía en el buró. —están basados en cada ramo ¿no es así?
—Sip, no puedo creer que te hayas dado cuenta. —sonrió la joven.
—¿Sabes algo del concurso de Agreste Design?
—Ni una sola palabra. Aunque, supongo que mandarán algún correo diciendo que me rechazaron. —Marinette se levantó y dobló la frazada que supuso, Tikki le había puesto.
—Más confianza mi ojitos de cielo, por favor. —Ese era el nuevo apelativo con el cual Claude llamaba a Marinette. En sus propias palabras, quería darle un nombre con el cual ella sólo le respondiera a él. —Tienes talento y has estudiado mucho, confía más en tus habilidades. Sé que eres buena pero si no te lo empiezas a creer será un poco difícil que los demás lo vean.
—La confianza es mala, suele convertirse en arrogancia y la arrogancia puede traer consecuencias irreversibles. —Ella lo sabía, lo experimentaba cada día. Al ser una chica introvertida que había sido bendecida por los Miraculous pasó a tener una confianza avasallante que se malogro hasta llegar a ser una arrogancia insufrible con la cual hería no sólo a su compañero de batallas, sino a las personas que se suponía debía proteger.
—Todo depende de un equilibrio. —Claude le guiñó un ojo y le brindó una sonrisa suave. —Siempre debes buscar un equilibrio. Últimamente has estado un poco distraída y quizá hasta me has evitado. Sé que las cosas no van bien, recuerda que lo que sea que te ocurra, me interesa. Tú me interesas y me preocupo por ti, así que abre un poco tu corazón para conmigo. Me gustaría participar un poco.
El rubor en las mejillas de Marinette no se hizo esperar. Eran demasiadas cosas por ese día y no parecía terminar. ¿Qué planeaban esos dos chicos al hacer que su corazón latiera tan indiscriminadamente? Por la mañana Adrien la besa de una manera más que pasional y en la noche Claude le dice palabras dulces que abrigan su corazón.
—Perdón por eso, creo que rebase un poco la línea. —Sonrió tímidamente el castaño, rascándose la cabeza. —Deberías merendar algo y luego descansar un poco, ya casi no te ves pálida. Un poco más de tiempo y apuesto que tus crisis también pasaran.
La joven le regresó la sonrisa y aceptó la propuesta de comer el fin de semana con ellos. Claude se despidió de ella, era un poco tarde y aún tenía algunas cosas que hacer. Marinette lo llevó hasta la entrada y observó cómo se perdía al final de la calle. No le gustaba mentir por convivir, más era lo que había. Fue a la cocina y tomó el plato de sopa que había dejado su madre en el frigorífico, lo metió al microondas, tanto pensar y sufrir le dio hambre.
Ya no le daría más vueltas al asunto.
Tenía cosas más complicadas por hacer, cómo patrullar junto a su compañero. Hawkmoth había estado relativamente calmado, eso quería decir que podría estar planeando algo más. Debía ser cuidadosa, porque volver a ser Marinette incluía ser Ladybug. Apenas había soportado mantener su transformación, así que aún tenía un largo camino que recorrer para regresar a la cotidianidad.
Después de comer, regresó a su alcoba. Era hora de ser Ladybug.
Despertó a su kwami. Su habitación se cubrió de destellos rosas y una figura femenina entallada en un traje rojo con motas negras salió por la ventana con rumbo incierto.
Debía estar tranquila, encontrar su centro, ya no era Marinette, sólo Ladybug. Saltó entre los edificios, usó su yoyo para deslizarse entre las farolas de la ciudad. Requería de un tiempo a solas, así que no llamó a Chat Noir. Subió hasta la Torre Eiffel, sentir la brisa helada en sus mejillas. Todo era mejor cuando tenía un objetivo por cumplir.
Supervisó rincón a rincón la ciudad y cerca de las tres de la mañana sus pendientes comenzaron a sonar. Había logrado mantenerse transformada casi toda la noche, era un triunfo contra todo. Regresó sobre sus pies, con rumbo a su hogar. No tenía ni la más remota idea de qué acontecería al día siguiente, pero viviría un paso a la vez,
Apenas si había dormitado un par de horas, cuando el despertador sonó de una manera brutal esperando a que el sonido tan molesto animara a la chica al mundo de los vivos. Aunque la verdad es que deslizó el botón de apagar y escondió su teléfono entre las almohadas.
—Marinette, debes despertar. —Musitó la criatura rojiza que saltaba en el estómago de la chica.—Por eso te dije anoche que no te excedieras o no ibas a querer despertar.
—No, Tikki. No quiero ir a la escuela.
Tras levantarse, se dio una ducha rápida y aun con el cabello húmedo, sin atar, salió con dirección a la escuela apenas mordisqueando un bollo con crema untada. Sin embargo, cuando llegó al colegio aún era temprano. Al parecer se le había olvidado que programó mal la alarma. Estaba por regresar a su casa a desayunar, pero ya estaba en el salón así que pensó en dejar su mochila. Y ahí estaba otro ramillete, menos estridente pero igual de lindo: media docena de tulipanes estaban en su mesa de trabajo. Atados con un listón blanco y envueltos en celofán transparente.
—Es raro que estés aquí tan temprano.
El estómago de la azabache se anudó al escuchar la voz. No quería darse la vuelta y toparse con él. Había huido de cualquier pensamiento durante la noche más, no tenía un plan para cuando el momento llegara.
—Espero que no te hayas asustado por —la voz a las espaldas de la chica sonaba nerviosa, por lo que hizo una pausa. —tu sabes, la nota y lo demás.
—Adrien, mi mamá me contó sobre el hospital. —Era lo mejor que él estuviera enterado, así hablarían del mismo tema, sin tapujos y esperaba, sin secretos.
—¡¿Qué?! —gritó sorprendido el chico. —Le rogué a la señora Sabine que no te dijera nada.
El modelo, día tras día que visitó el hospital le suplicaba a la madre de Marinette que no le dijera nada, cuando despertara. El día anterior, cuando fue a dejar el ramo, volvió a pedirle que no dijera nada, que inventara que algún mensajero lo envió. Si, la nota sería de él pero, no era necesario que ella se enterara que las dejaba personalmente.
—¿Es cierto? ¿A-ayudaste con el tema del hospital?
Marinette giró pausadamente para ver al modelo. El rubio estaba en el marco de la puerta esquivando la mirada de la ojiazul. Aún no había preparado su discurso para ella, le sobraban las palabras y cada una se agolpaba sin forma en sus labios. Quería que se enterara de su autoría en los mensajes diarios con los ramos pero, en cuanto el tema del hospital; no había hecho un plan.
—¿Cuál será la reacción ante la respuesta?
La mirada esmeralda de Adrien se negaba a ver a Marinette, la ferocidad que había mostrado el día anterior mientras la besaba, se desvaneció al tomar el tema de su época convaleciente.
Ella ya había tomado una decisión: si fuera positiva, no se lanzaría a sus brazos sólo por agradecimiento, no era justo para ambos; si llegara a ser negativa, un peso se quitaría de sus hombros aunque, ahora yacería en su corazón. Su madre pensaba que Adrien había sido una clase de "buen compañero" por las flores y la factura del hospital, si él lo negaba, quería decir que la idea de su madre era errónea y sería algo triste. Aunque ese peso, ¿sólo era por eso? No se sentiría un poco defraudada.
—Sí, yo…—El rubio exhaló lentamente. —Yo, pagué el hospital. El pago que tus padres hicieron, les será reembolsado paulatinamente, le pedí a tu médico total hermetismo de este tema. No lo hice para que quedaras en deuda conmigo, eso sería patético. Lo hice porque. —se rascó con desesperación la nuca, quizá buscando el freno a sus palabras. —porque no sabía cómo aliviar el dolor de tus padres. Verlos tan desesperados por ti y yo… tan inútil. Quería que se relajaran, que se enfocaran sólo en ti, día a día visitaba el hospital para que alguien me dijera que mejoraste y habías despertado. —Adrien dejó su mochila sobre la mesa, se movió unos pasos para quedar en la base de la escalinata, un peldaño superior estaba la joven pelinegra con mirada atónita, sus delicadas manos trataban de ocultar el sonoro latir en su corazón de no hacer eso, Adrien la escucharía. —Ese mes fue el más horrible de mi vida, el más doloroso, sentía como si mis extremidades ardían ante la incertidumbre de tu bienestar, ahí fue cuando me decidí, ahí, en ese momento, me repetí que no perdería más tiempo, porque le prometía a la chica; cuya falta de sonrisa en mi vida hacia que mi corazón se detuviera. Ella se enamoraría de mí, porque yo sería lo que ella necesitaba. Marinette, me gustas, de verdad que me gustas mucho. Ardo en celos cada que tus preciosos ojos no se dirigen a mí, cada que ese bello cielo me es negado. No te pido nada, porque no lo merezco, trabajaré duro por ti, por tu favor, por tu corazón.
El modelo estiró la mano, en una dulce invitación para la aspirante a diseñadora quien estaba sin palabras, cualquier frase salida de su boca no haría justicia a la declaración escuchada. Marinette posó, con duda y temor su mano sobra la palma de Adrien; un gesto era más claro que una torpe frase enredada.
Al sentir la calidez de la ojiazul, Adrien no pudo hacer más que sonreír. Dio un paso hacia adelante, para colocarse en el mismo escalafón que ella, quien retrocedió por inercia.
—Si hay algo por lo que me arrepiento. —comentó el joven.
—¿Qué? —interrumpió Marinette.
—Que mis actos, no suelen ir acorde a mis palabras.
Depositó un beso en los nudillos de ella, entrelazó sus dedos, antes de halar su mano hacía él. Tras una sonrisa coqueta. La besó.
Desbordante pasión era la que envolvió a Marinette, forzó el agarre de la mano que yacía entre los dedos de él, con la mano libre enredó sus dedos entre la cabellera dorada del modelo quien correspondió abrazándola.
Jadeos entrecortados interrumpían el silencio del aula. Marinette se dejaba guiar por cada movimiento dado por Adrien, permitiéndole el avance paulatino.
Todo esto está mal, —pensó la ojiazul. —Esto no debe estar pasando. —Adrien soltó la mano que aun unía sus dedos para tomarla con ambos brazos por la cintura y atraerla hacia él. —No puedo estar haciendo esto cuando en mi mente no dejó de pensar en Claude.
En cuanto Adrien la besaba, ella se hundía en pensamientos sobre el castaño. Era un juego cruel para ambos chicos. Besándose con uno mientras pensaba en otro, sin embargo, no quería detenerse. Ese ligero momento de placer era lo único que la había relajado tras semanas de angustia y desesperación.
—Me odio, me odio por hacer esto.
En cuestiones del corazón, todo apuntaba a que la joven heroína tenía batallas perdidas ante el latir dividido por dos caballeros.
