Bueno, mis queridísimos lectores, aquí el décimo capítulo. Espero les agrade, como podrán ver es un poco más largo que el anterior.
Espero les guste y lo comenten. Si algo les desagrada háganme saber, se los ruego.
Bueno, pues las cosas se ponen complicadas para Riza. Hay decisiones que son muy difíciles de tomar.
DISFRÚTENLO.
10. Decisiones.
Respiró hondo, mirando la puerta con recelo y sintiendo como el corazón le latía violentamente, amenazando con salírsele del pecho.
Aquella mañana vestía impecable, como siempre, sólo que, a diferencia del día anterior, había dejado su rebelde cabellera azabache alborotada, como de costumbre.
Suspiró, observando su reloj.
Eran las ocho de la mañana. Tal vez demasiado temprano, lo sabía, pero lo cierto era que no había podido aguardar un minuto más. Se sentía inquieto, intranquilo e incómodo.
Pensó en lo poco que había dormido la noche anterior. No podía culparse, desde luego. Apenas cerraba los ojos y escuchaba sus propias palabras hundiéndose en el alma de ella e impulsándola a abandonarlo. O la vocecita infantil y encantadora de Elizabeth, explicándole cómo su padre no tenía tiempo para ella.
Un idiota. Así se sentía Roy Mustang. Como un idiota que lo había arruinado todo, que no había sido capaz de ver lo qué estaba pasando y que había perdido cuatro valiosos años de su vida amargándose en lugar de estar donde debía estar.
Enseguida escuchó como Black Hayate olisqueaba detrás de la puerta, como hacía siempre, desde tantos años atrás, cuando el alquimista se presentaba frente a la puerta de su subordinada sin ninguna razón, intentando pasar desapercibido hasta que el can lo delataba, justo como ahora.
Roy maldijo para sus adentros cuando la puerta se abrió lentamente antes si quiera que él llamara a ella. Detrás de ésta apareció la firme y fibrosa silueta de Riza Hawkeye, provocando que el pelinegro se enderezara presurosamente.
Al verlo, la rubia enarcó una ceja, como si se hubiese esperado que se tratara de él. Vestía ropas de civil, como el día anterior y su dorada cabellera permanecía suelta también.
Roy la estudió completa, pensando que definitivamente extrañaba esa vista en el Cuartel Central.
—General— saludó ella, con aparente sequedad, arrancándolo de su ensimismamiento.
Él carraspeó, siendo consciente que llevaba demasiado tiempo observándola –descaradamente, cabía señalar– de pies a cabeza. Ligeramente nervioso se irguió nuevamente —Teniente. Buenos días.
La mujer se quedó frente a él, deteniendo la puerta. Hubo un segundo de silencio hasta que ella habló —Veo que hablaba en serio ayer cuando dijo temprano.
Roy se removió un poco incómodo. Sabía que, en efecto era demasiado temprano, aún así respondió con su habitual tono arrogante —Yo siempre hablo en serio, teniente ¿Acaso prefiere que regrese más tarde? — inquirió, intentando sonar calmado y no todo lo nervioso que en realidad estaba.
Riza pareció meditarlo un segundo, pero, sabiendo que era completamente inútil posponerlo abrió más la puerta para dejarlo pasar —No, General. Pase por favor.
Él vaciló ligeramente antes de hacerlo y se reprendió mentalmente por actuar como un adolescente asustado; lo cierto era que el sólo estar ahí le provocaba un violento aceleramiento en su órgano cardiaco. No sabía si la razón era que la idea aún no se aprehendía completamente en su confundida mente, o tal vez que aún no digería la situación… probablemente era un poco de ambas. Aún así entró lo más relajado que pudo.
El ambiente olía ligeramente a pan caliente y la mesa estaba dispuesta para dos personas.
—Elizabeth— llamó la rubia, elevando ligeramente la voz —el desayuno está listo—anunció, para luego volverse hacia Roy con gesto inexpresivo —Tome asiento, por favor, señor— pidió con aquella formalidad en su voz que tanto molestaba al alquimista.
Sin embargo él no dijo nada y obedeció. Sentía como las manos comenzaban a sudarle y su pie se movía de arriba a abajo enfermizamente.
No. Definitivamente aún no estaba preparado para algo como aquello.
"Basta." Le espetó una voz en su interior "Eres el alquimista de la flama. Puedes sobreponerte a esto… es sólo… es sólo una niña." Intentó convencerse, sin despegar la vista de la mesa, con las manos estrechamente apretadas la una contra la otra.
Entonces fijó su atención en la mujer que colocaba calmamente un plato con dos rebanadas de pan caliente con mermelada y otro con algunas frutas, recorriendo, como siempre había sido su costumbre, las líneas de su rostro, definidas y firmes, pensando en lo mucho que había extrañado contemplarla de esa manera durante sus años de ausencia.
Al notar la negra mirada del alquimista, la joven le devolvió la mirada — ¿Gusta algo, General Mustang? — preguntó, como si nada.
Aquello lo tomó por sorpresa, así que sólo se aclaró ligeramente la garganta antes de negar cordialmente —Se lo agradezco, pero ya he desayunado.
El hombre resopló para sus adentros. Le resultaba irónico el pensar –y siempre le había resultado de esa manera– que llevando tantos años de conocerla, e incluso, ahora, teniendo una hija en común continuaran con tan estúpidas formalidades. A pesar de esto él se encontraba aún demasiado desencajado como para poder evitarlo.
En ese momento, unas pequeñas y enérgicas pisadas resonaron por el suelo de madera, devolviéndolo de tajo a la realidad y atrayendo la atención de ambos.
— ¡Mamá! — exclamó una vocecilla que provocó que el alquimista se estremeciera de pies a cabeza.
La rubia se volvió hacia donde la llamaban — ¿Qué sucede? — preguntó con voz suave y calmada.
El azabache se tomó su tiempo para observar con atención a la niña que había aparecido al inicio del corredor: vestía una falda a cuadros color azul y un saco del mismo color. Sin duda se trataba del uniforme escolar, pensó él. Su rubia y corta melena permanecía suelta y un poco alborotada.
—Es que estoy toda despeinada— replicó la pequeña con voz risueña, señalando su cabellera y alzando la mirada, reparando finalmente en el hombre que permanecía sentado en el desayunador, observándola atentamente, como si nunca la hubiese visto antes.
Al cruzarse las miradas, Roy se apresuró a desviar la suya, fijándola repentina –casi violentamente– en algún punto de la mesa.
La niña, en cambio abrió mucho sus enormes y redondos ojos negros, notablemente sorprendida — ¿El Señor Mustang va a desayunar con nosotras? — preguntó con curiosidad, dirigiéndose a su madre.
Ésta negó con la cabeza en respuesta —El General ya desayunó, así que sólo nos acompañará— explicó, acercándose hacia su hija y mirando su reloj de muñeca —Anda, siéntate de una vez. Cepillaré tu cabello después.
Elizabeth asintió y caminó hacia la mesa, sin despegar la curiosa mirada de Roy, quien simplemente no se animaba a devolvérsela y permanecía con los ojos aprensivamente puestos en la mesa.
La niña tomó asiento frente a él, sin dejar de verlo con curiosidad, mientras Riza colocaba frente ella un pequeño vaso con lo que parecía ser zumo de naranja y se sentaba a su lado, frente a su propio desayuno.
—Gracias por la comida— pronunciaron ambas –la niña de manera alegre y la mujer con su habitual voz calma– y, como si de una marcha militar se tratase, madre e hija comenzaron a degustar sus alimentos, exactamente al mismo tiempo, ante el asombro del hombre. Masticaban de manera serena, sin prisas y Roy las observaba con los ojos muy abiertos.
Increíble, eso era. Que ambas se parecieran a tal grado que masticaran de la misma manera. Contemplarlo era sencillamente… inverosímil.
—Mamá— dijo la pequeña, una vez que terminó de masticar su pan.
La rubia se volvió hacia su hija —Dime.
— ¿Tú conocías al Señor Mustang cuando eras militar? — preguntó como si nada, posando su negra mirada en el hombre frente a ella.
Tanto Riza como Roy abrieron ligeramente los ojos, sorprendidos por la pregunta.
Él resopló para sus adentros. Completamente idéntica a su madre, pensó. Incluso en lo directa.
Sin embargo, como siempre, fue la rubia quien mantuvo la calma —Así es. Él era mi superior— respondió, dando un bocado a su propio desayuno, con aire colecto.
—Oooh— exclamó la niña, sorprendida, mirando de su madre a Roy y de Roy hacia su madre, como intentando hilar las ideas. Luego esbozó una sonrisa resplandeciente, que hizo que las rodillas del hombre se soltaran –agradeció el haber estado sentado en aquel momento– repentinamente.
Entonces aquel pensamiento que había estado asomándose desde el día anterior, logró, a duras penas tocar la superficie de su mente. Las palabras de Riza Hawkeye resonaron por su mente una vez más: "Después de Ishval… pensé que lo único que alguien como yo era capaz de hacer era sólo muerte y destrucción, pero entonces la vi a ella…" tal vez, sólo tal vez el comenzara a entenderlo. Tal vez la confusión intentaba darle lugar a otra sensación que él mismo no podía comprender, mucho menos explicar.
—Entonces— la voz musical de la niña volvió a sacarlo de su ensimismamiento —Lo que pasó fue una… una… consi… consid…consid…— comenzó la pequeña, a balbucear con dificultad, haciendo simpáticas muecas al intentar pronunciar correctamente la palabra.
—Coincidencia— repuso Riza, con suavidad.
La niña asintió —Sí ¡Eso!
Roy se quedó helado. No supo si por la sorpresa de ver a la niña expresarse con aquella palabra tan avanzada para su edad o simplemente por el hecho de estarla contemplando.
Esa niña era sencillamente la ensoñación más real que había tenido en toda su vida. La ensoñación de algo que él pudiese compartir de esa manera con aquella mujer frente a él.
Y es que si bien, era cierto que jamás en su vida se planteó una situación semejante. No.
Pero una parte de su subconsciente, por más recóndita y prácticamente inexistente que fuese, lo deseaba.
Lo recordaba. Recordaba lo irritante que le resultaba escuchar a su mejor amigo hablando de su familia. Probablemente podía atribuirlo a la impertinencia que había tenido Maes Hughes, pero lo cierto era que posiblemente –aunque esto el jamás lo admitiría en voz alta– se sentía celoso. Tal vez una parte de él deseaba una vida tranquila… o tal vez era que simplemente su instinto de reproducción le había ganado a su raciocinio.
Podía ser también el simple hecho de que la niña fuese tan condenadamente idéntica a su rubia subordinada.
—Te sugiero que te apresures, Elizabeth. Se está haciendo tarde— señaló Hawkeye, mirándola con cierta severidad.
La niña frunció el entrecejo ligeramente —Pero si todavía es temprano— replicó.
Riza se encogió de hombros —Serás tú la que llegue con retraso, entonces— dijo, con aire estricto.
El pelinegro no pudo evitar sentir algo de nostalgia, y recordarse a sí mismo en una situación parecida. Claro, tal vez no era muy grato compararlo, ya que la pequeña Elizabeth era una infanta de apenas cuatro años de edad mientras que él ya era un adulto hecho y derecho. Aún así resultaba nostálgico.
Pensó también en lo agradable que era observar aquel escenario, en que su leal, diligente y muy estricta subordinada aplicaba la presión de aquella manera tan firme, pero a la vez tan suave.
—Bien— aceptó la pequeña, a regañadientes, dando una ávida mordida a su pan y bebiendo enérgicamente del zumo de naranja, hasta terminar completamente con él.
—No comas tan rápido o te atragantarás— le reprendió Hawkeye, con voz serena, mientras ella misma daba un bocado a su desayuno.
Roy observaba el espectáculo fascinado.
Sí. Definitivamente era de esperarse que Riza Hawkeye fuera una buena madre.
Había soportado diez años de sus propios desplantes, por lo que resultaba natural observar de qué manera enfrentaba los de una chiquilla.
Incluso se permitió recordar las palabras imprudentes de Hughes respecto al tema, ya tantos atrás.
"Tienes suerte, Roy" había dicho el hombre aquel día, en la habitación de Gracia tras haber dado a luz "Estoy bastante seguro que la teniente segunda Hawkeye será una buena madre… aunque no tanto como mi maravillosa Gracia, desde luego" después de eso Roy le había gritado alguno que otro insulto, con la cara completamente enrojecida.
Sin embargo, en efecto, Maes había estado en lo correcto. Así como lo había estado en miles de cosas más.
—Oooh, el Señor Mustang ha puesto cara triste otra vez— comentó Elizabeth, mirando a Roy con sus enormes ojos llenos de curiosidad, al tiempo que daba otra mordida a su desayuno, y arrancándolo –nuevamente– de sus ensoñaciones.
Riza le dedicó a su hija una mirada reprobatoria, a la que la pequeña sólo respondió bajando la mirada apenada, a modo de disculpa.
Sí. Riza Hawkeye conocía esa cara triste. La misma que ponía siempre que recordaba al General de Brigada Hughes.
Roy carraspeó, intentando recuperar la compostura —Esto… lo siento— dijo, aclarándose la garganta para que no le temblara la voz —Sólo estaba pensando en algo…
Riza lo miró, con semblante serio, como intentando discernir lo que pasaba por su mente.
El desayuno permaneció en silencio, y Roy podía sentir los ojos curiosos de Elizabeth observándolo furtivamente. Aún así no se animó a verla plenamente. Aún no.
—Ya acabé, mamá— anunció la pequeña una vez que terminó de beber el zumo.
Riza asintió con calma y se puso de pie —Iré por el cepillo— y luego se volvió hacia su ex superior con gesto inexpresivo —Con su permiso, General.
Él asintió, sintiendo el cuerpo rígido.
Irónico. Pensó él. Irónico que tras cinco años de haber deseado reencontrase con ella, ahora que finalmente lo hacía no era capaz ni de mantener una conversación normal con ella.
Una vez quedando solos Elizabeth y Roy, éste no se atrevía a mirar en dirección a la niña, cuya insistente mirada seguía sobre él.
Se sentía nervioso, como pocas veces en su vida. Aún así, intentaba mantenerse calmo, cosa para la que no era tan bueno como su ex subordinada. A él no le salía tan bien el disimular su falta de serenidad.
—Señor Mustang— pronunció finalmente la niña, con voz un poco tímida.
El hombre, la miró con dificultad, sintiendo como todo su cuerpo se tensaba —S… ¿Sí? — respondió, apretando los puños ligeramente.
— ¿Se quedará en Ciudad del Este mucho tiempo más? — preguntó Elizabeth, con las mejillas tenuemente ruborizadas y con una sonrisa tímida en el rostro, que no hicieron más que en el estómago del hombre se desatara una cadena de sensaciones mareantes.
—Emm… Bueno— balbuceó. En realidad, ni si quiera él mismo sabía la respuesta. Era cierto que tenía demasiado trabajo pendiente en Central, y que no le convenía permanecer mucho tiempo allí.
Pero si de algo estaba seguro era que definitivamente no se iría sin ellas.
No sabía exactamente qué pasaría una vez que lograra convencer a Riza Hawkeye de volver a su lado, pero no se iría con las manos vacías.
—Yo… Tal vez me quede unos días más— respondió, apretándose las manos con saña, en un intento por sosegar sus acelerados nervios.
Una sonrisa iluminó el semblante de la pequeña y luego añadió con voz tímida —Qué bueno.
Roy no supo cómo tomar aquello. ¿Por qué le traía tanta alegría que se quedara? Después de todo él no le había sido nada útil durante los últimos cuatro años. Aún así ver aquella sonrisa pareció aligerarle un peso.
Los pasos firmes de Riza resonaron por el piso de madera. En las manos traía un cepillo color blanco y unas liguitas. Se sentó en el mismo lugar que había estado durante el desayuno y Elizabeth enseguida fue hacia ella.
Suavemente, la mujer comenzó a cepillar el rubio cabello de su hija con cuidado, sus largos dedos acariciándolo y alisándolo.
Y Mustang observó aquello con especial atención, pensando en lo increíble de que aquellas manos, callosas, que se habían encargado de portar armas a lo largo de tantos años, ahora bailaran de aquella manera tan suave en los dorados cabellos de la niña. Y se preguntó, por aquel ápice de segundo, en cómo hubiera sido aquello si tan solo él no la hubiese arrastrado al infierno. En cómo hubiera sido si ellos hubiesen sido otros y las circunstancias no hubiesen sido aquellas. Sí… lo deseó. Por ése fragmento de segundo deseó haber sido otro, haber tenido otros sueños, tal vez más simples… o tal vez deseó no haberla alejado. Él hubiese encontrado una manera, estaba seguro que lo hubiese logrado.
Pero ya no valía la pena pensar en ello.
Ellos eran quienes eran y las circunstancias se habían dado de la manera en que lo habían hecho. Ya no tenía remedio.
Cuando se dio cuenta, el cabello de la pequeña ya se encontraba completamente acomodado, brillante y liso, adornado con un par de delgadas y pequeñas trencitas a los costados.
—Listo— susurró Hawkeye, con una sonrisa suave, girando a Elizabeth para verla mejor —Te ves muy bonita.
La niña le sonrió, acariciando las trencitas —Gracias, mami— dijo con entusiasmo.
Riza le devolvió el gesto, acariciando su cabeza con ternura.
Algo en el interior del alquimista, que contemplaba la escena como lo que era: un extraño, se movió en su interior. Algo muy parecido al anhelo.
Al darse cuenta de la expresión desencajada de Roy, la rubia miró a su hija —Ve a lavarte los dientes, anda, o se hará más tarde.
Elizabeth asintió y se dirigió al interior del pasillo, donde se encontraba el baño.
Una vez solos, Riza se volvió hacia el General —Señor— dijo con aquella voz gélida e indiferente que siempre había desagradado tanto al pelinegro —Me temo que nuestra plática tendrá que esperar hasta que el autobús llegue por Elizabeth.
Roy asintió —Me temo que así es, teniente. Esperaré lo que sea necesario.
Ella asintió secamente.
Entonces hubo un silencio. Incómodo y cargado de tensión.
Inaudito. Pensó Roy. Ellos dos no compartían esa clase de silencios. ¿Por qué lo hacían ahora? Era inaceptable.
—Entonces… ¿Se va en autobús a diario? — preguntó, intentando romper aquel horrendo vacío que se había formado entre ambos.
Riza asintió —Así es. Puede estar tranquilo. Es completamente seguro— dijo ella, con voz calma.
Él se removió con incomodidad —No pensaba cuestionarlo, teniente— contestó, mirándola con el entrecejo fruncido y las mejillas levemente ruborizadas.
Sabía que si a Hawkeye le parecía era porque en efecto, era seguro. Él siempre había confiado en su buen criterio. No dejaría de hacerlo ahora.
Al cabo de unos segundos, las pisadas de la niña resonaron por la casa. —Ya estoy lista, mamá— anunció con una sonrisa.
Riza la observó y sonrió —Muy bien— dijo, y poniéndose de pie, tomando una pequeña mochila verde de un perchero y colocándola en la espalda de la niña, tomándola de la mano, no sin antes volverse hacia el hombre, que observaba todo desde su silenciosa postura —Señor— dijo, con aquella condenada formalidad —Si me permite unos momentos, iré a dejar a mi hija al autobús.
Roy asintió —Hágalo, teniente. Yo esperaré.
Elizabeth le sonrió de nuevo —Adiós, Señor Mustang— se despidió con aquella vocecilla que hormigueaba en los tímpanos del alquimista.
Él se limitó a asentir con rigidez y verla partir con paso alegre, acompañada por su madre, que caminaba con paso más sereno.
Suspiró una vez que quedó sólo, estrujándose la cara desesperadamente para sosegarse. Tenía que mantenerse en una pieza si deseaba convencerla. Lo haría. Tenía que convencerla. Porque de otro modo no se iría, y aún tenía muchas cosas que hacer. No dejaría pasar un solo segundo más.
Unos minutos después, Riza regresó, mientras seguía repitiéndose mentalmente lo que diría.
En silencio, la rubia tomó asiento frente al hombre, que permanecía con la vista fija en sus manos.
—General— pronunció con voz plana — ¿Puedo ofrecerle un poco té?
Roy negó con la cabeza. —No, Hawkeye, estoy bien.
Ella guardó silencio, sabiendo que no se harían esperar las palabras obstinadas del azabache.
— ¿Entonces? — Preguntó el hombre — ¿Ya has tomado una decisión?
Riza suspiró en silencio y contestó con serenidad —Así es, señor. Mi decisión fue tomada hace cinco años, si mal no recuerda.
Roy la observó con desaprobación —No me refiero a esa decisión, y lo sabes perfectamente.
—No ha cambiado desde entonces, General Mustang. Elizabeth y yo nos quedaremos aquí. — ella lo miró con decisión, como siempre.
Necia. Necia como ninguna otra mujer que él hubiese conocido. Pero él lo era aún más, y lo demostraría. — ¿Cuál es la razón de tu necedad? — quiso saber él, con impaciencia.
La rubia se encogió de hombros —Como ya le dije, ella tiene su vida armada en esta Ciudad.
—Tiene cuatro años, Hawkeye. Estoy completamente seguro que no le será difícil armar una nueva en Central— replicó Roy, exasperado.
Ella lo miró sin expresión alguna en el rostro — ¿Se está escuchando acaso, señor? Lo que usted me plantea es, sin duda, la propuesta más irracional que he escuchado. Incluso viniendo de usted.
—No veo de qué manera, teniente. — se defendió él, alzando la voz irremediablemente. Estaba desesperado.
—General, le recuerdo que por las razones que hayan sido nuestra vida está hecha aquí. Y usted llega de improvisto de un día para otro, pretendiendo que nos vayamos a otra ciudad sin chistar— a pesar de sus palabras ella se mantenía tranquila, al menos por fuera.
Él reflexionó.
Bueno, si lo planteaba de esa forma sí sonaba irracional. Pero en su mente estaban muchas cosas más. Cosas válidas ¿o no? Él había vivido cinco años sin ella. ¡Cinco años! Aún le costaba trabajo pensar de qué manera había sobrevivido tanto tiempo sin ella. Y peor aún, cinco años en que una niña había crecido sin él ser consciente de ello.
Era injusto. Y era impensable irse y abandonar a esa criatura nuevamente. Sobre todo ahora que sabía de su existencia.
—Tiene usted razón, teniente primera Hawkeye. Mi propuesta es un disparate. Aunque no mucho más descabellado que la idea de haberse marchado de esa manera tan repentina estando embarazada… me pregunto cuál de las dos situaciones es más irracional.
Ella suspiró, tomando el reclamo con absoluta entereza —Entiendo su posición— admitió —Sin embargo, no creo que se trate de ver cuál situación es más irracional. Pienso, –y espero que concuerde conmigo– que en este momento lo más importante es la seguridad de Elizabeth.
Aquello sí que lo tomó por sorpresa. Si. Había utilizado su mejor carta. —Estoy de acuerdo— admitió, casi a regañadientes, sabiendo que, de hecho era lo más importante en ese momento.
—Es por eso que no puedo aceptar, señor. La tranquilidad de mi hija es lo más importante para mí y no puedo arriesgarla regresando a Central. Espero que lo comprenda.
Él apretó los puños.
¿Por qué? Las cosas no tenían porque ser tan complicadas. —No veo de que manera pueda afectar la tranquilidad de Elizabeth— replicó, sabiendo que mentía.
En efecto, él era un hombre muy admirado, pero también muy odiado por sus rivales en la milicia. Si alguien llegara a ser consciente de la situación no dudaría en tomar provecho, y él no podía estar seguro que no la tocarían.
Riza lo miró, enarcando una ceja.
Definitivamente que se había dado cuenta de que mentía.
—No voy a exponerla a llevar una vida agitada. Tiene bastante con ser hija de una ex militar— repuso la rubia, con firmeza.
Roy apretó aún más los puños, dejando blancos sus nudillos. No. No renunciaría a ella, a ellas por algo así. Tenía que haber una manera, él encontraría una.
— ¿Sugiere entonces que el parentesco se mantenga en secreto? — preguntó él.
—El parentesco, de hecho, es un secreto. Su nombre es Elizabeth Hawkeye y nadie más que Su Excelencia ha sido enterado explícitamente de su paternidad, General.
— ¿Explícitamente? Explícate.
Riza suspiró —Hay… personas que lo sospechan. Aún así no creo que sean un problema, de cualquier modo.
Roy la miró sin entender — ¿Qué personas?
Ella soltó otro suspiro resignado. —La teniente segunda Catalina, por ejemplo.
Las palabras vinieron de nuevo a su mente: "Era muy fuerte, y hacía cosas increíbles. Le disparaba a los malos y salvaba a los buenos… bueno, la verdad ella no habla mucho de eso, pero mi tía Becca dice que era fantástica." Desde luego. La tía Becca era la teniente segunda Catalina.
Resopló. No que le sorprendiera demasiado. Después de todo, Rebecca Catalina siempre había sido la amiga más cercana de su subordinada, y era obvio que especulaba demasiado de la naturaleza de la relación entre el General de Brigada y la teniente.
Y entonces otra conversación asaltó su memoria: "La teniente Catalina dice que su nueva casa es grande. Con eso de que ya no va a vivir sola" bufó. Pero claro. Si la teniente Catalina lo sabía, por consiguiente ere obvio que Havoc también.
—Havoc lo sabe ¿no es así? — dijo él, mirándola.
Ella asintió —Me temo que así es.
Roy suspiró.
"Ése maldito traidor" pensó para sus adentros. Todo ése tiempo lo había sabido y no le había dicho nada. ¿Acaso había estado tan equivocado? Tal parecía que la lealtad de sus subordinados estaba más en Hawkeye que en él mismo.
—Fui yo quien le pidió al teniente segundo Havoc que no lo mencionara, así que agradecería que no tome ningún tipo de represalias contra él— replicó Riza, adivinando sus pensamientos.
Él la miró perplejo con cierto resentimiento —Veo con quién está la lealtad de mis subordinados, es bueno saberlo.
Riza no dijo nada. Pero él continuó.
—No que me sorprenda. No por menos siempre has sido la Reina del tablero ¿me equivoco?
Ella calló, realmente sin saber qué decir.
Roy suspiró —Entiendo tu posición de la misma manera— dijo, retomando la conversación —Y comparto tu preocupación por la seguridad de Elizabeth, pero espero que sepas también que eso no me detendrá. Las necesito en Central. A mi lado.
Ella no sabía qué decir.
No sabía qué hacer ni qué decisión tomar.
—Me quedaré en Ciudad del Este el tiempo que tome convencerte. Así sean años. No me importa, haré que transfieran el trabajo aquí, pero no abandonaré está condenada Ciudad sin ti ni sin Elizabeth. Te sugiero que tomes una decisión lo antes posible.
Riza lo miró, sabiendo que estaba hablando en serio.
Decisiones. Ella siempre había sido buena tomándolas.
Enseñarle el secreto de su espalda al hombre frente a ella, unirse a la milicia, matar personas inocentes, protegerlo, luchar por aquel sueño, sucumbir entre los brazos de Roy Mustang, el que su hija naciera y el dejarlo a el, por consecuencia.
Todas esas cosas habían sido decisiones suyas. Tal vez no todas hayan sido correctas, pero ella no había flaqueado a la hora de llevarlas a cabo.
Sabía que la de marcharse, cinco años atrás había sido racionalmente la correcta. Pero regresar ahora no lo era. Por mucho que ella lo deseara. No era bueno ni para él ni para Elizabeth. Y no dejaría que nada los dañara a ellos dos.
Oponerse era una opción, pero sabía que a la larga sería completamente inútil.
"Me quedaré en Ciudad del Este el tiempo que tome convencerte. Así sean años. No me importa" esas habían sido sus palabras. Y ella sabía que hablaba en serio.
Roy Mustang era terco como una mula. Y ella debía apresurarse a tomar una decisión.
Decirle que sí sería arriesgado, casi suicida para la carrera militar de él y la tranquilidad de Elizabeth. Las dos cosas que ella más había deseado proteger.
Pero decir que no sería sacrificar nuevamente sus deseos personales.
Podía soportarlo. Lo había soportado durante demasiado tiempo.
O tal vez esta vez ya no lo haría.
Lo cierto era que las decisiones se hacían cada vez más difíciles de tomar.
¡Taaa-daan! Bueno, espero les haya gustado este capítulo. Pongan su opinión, por favor y no dejen de comentar o hacerme ver mis errores.
Me disculpo si tiene errores de redacción o de puntuación, a veces suele pasarme.
COMENTEN, por favor.
Sayonara n_n
