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La respuesta hizo que la mandíbula de Draco titubeara por un segundo. ¿Le había dicho torpe a Granger y la había comparado con Lovegood? ¿Ese hombre no sabía con quién hablaba? La sola idea le hizo carcajearse desde lo más profundo de su pecho. Si Granger lo dejaba vivo, sería un verdadero milagro. Se olvidó momentáneamente de donde estaba, y dejó que la risa lo llenara, impregnando todo el lugar con el escándalo de sus carcajadas. Se sujetó el estómago para evitar que se le partiera en dos. ¡Lo mataría!

Una puerta abierta bruscamente lo detuvo en el acto. Unos ojos azules muy oscuros le devolvieron la mirada, sorprendida. El rostro de Weasley estaba tan rojo que parecía que le explotaría en cualquier momento. No tuvo tiempo para reaccionar ante el puño gigante que se le acercó de un momento a otro a la nariz, desprendiéndola por completo de su rostro. Perdió el conocimiento con un grito de reclamo, femenino, en los oídos.

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La Historia de Draco y la Señorita Figg.

Parte II

Todas las malas palabras habidas y por haber desfilaron limpiamente por la mente de Draco. Tenía unas ganas irrefrenables de robarle la varita a alguno de aquellos magos mediocres y metérsela por el trasero a Weasley. ¿Qué culpa tenía él de que su relación con Granger se estuviese yendo al carajo? Ahora tenía que estar con un paño pegado a su muy malherida nariz, evitando desangrarse por completo en medio de ese lúgubre pasillo.

Tétrico, realmente tétrico no poder siquiera curarse la nariz sin la puta varita. Vaya que los encantamientos silenciosos eran útiles en todos los aspectos. El dolor comenzaba a intensificarse y, para ser honestos, le estaba cabreando esa situación de reo/rehén que venía arrastrando desde que Weasley y Potter se decidieron a molerlo como los cobardes que son.

La habitación que le habían "ofrecido" era el sitio "ideal" para dejar vagar todas las ideas asesinas que podía concebir, entre ellas el encerrar a Weasley con un dementor, regalarle una quimera, y cosas por el estilo. Aunque con una arañita que cogiese de cualquier pared, bastaba. Bastardo marica.

Sintió unos apresurados en el piso de abajo. Ojalá fuese Lovegood, así podría aplicarle alguna poción que le quitara el dolor y, de paso, devolver el tabique a su lugar. Podía sentir el hueso si se rozaba el puente de la nariz con los dedos. En lo que se descuidara Granger, partiría a Weasley en dos, como a una galleta. Longbottom jamás había sido competencia para él, así que si decidía oponerse, con amenazarlo con su no tan querida tía abuela chillona, se bastaba.

Bajó a la biblioteca. Quizá aparecía un libro milagrosamente y le explicaba en pasos sencillos, no enrevesados, cómo enderezarse la nariz sin la varita. O quizá alguien había olvidado la suya, todos ellos eran igual de troles. La puerta estaba ligeramente abierta. No era nada fuera de lo común, el elfo doméstico entraba y salía de las habitaciones como el amo y señor de la casa. Ahora que lo pensaba con detenimiento… Él también necesitaba una lección.

Las luces estaban apagadas, pero una vela descansaba pacíficamente en la única mesa de la gigantesca biblioteca de los Black. Todas las estanterías estaban adheridas a la pared de la derecha, la delicada mesa gótica estaba cerca de la ventana, al fondo, y la poca iluminación natural le permitía a los cuadros de sus antepasados (le gustaba o no ese detalle) el descansar por la noche, si es que estando muerto podía cansarse uno alguna vez.

Los libros aprovechaban la oscuridad para reorganizarse, frente a los desastres que eran causados por la comelibros en el día. Nunca había conocido a una persona que leyese tanto, de tantas cosas a la vez. En contadas, contadísimas ocasiones le había visto con un libro de algún provecho. Siempre leía cursilerías inútiles cuya existencia en esa biblioteca se debía probablemente a ella, o a la fallecida Nymphadora, una completa aberración en la familia de los Black. Bien que había hecho Walburga al repudiarla, en vida. Aún podía ver su rostro quemado en el árbol genealógico que Potter se había rehusado a quitar, chillando como puerco.

La llama de la vela lo atraía hipnóticamente, y de no haber estado cegado con su baile, habría notado la presencia de Hermione.

Estaba sentada en una de las dos sillas de alto espaldar que hacían juego con la mesa. Tenía una túnica de dormir blanca, y debajo el pijama. Era una noche particularmente fría, así que no era de extrañar que llevase la túnica. Jugaba distraídamente con la varita, sacando listones brillantes, plateados, y siluetas de hadas que desaparecían luego de jugar entre los libros que salían y volvían a entrar de las estanterías por sí solos, en el orden que les tocaba estar. Una que otra hada se paraba encima de uno de ellos, intentando llevarlo al suelo con su peso. Caso perdido, porque se desvanecía con el viento que entraba.

La chimenea daba pocas luces. La leña que quedaba rendía apenas para unos humos que, más que alumbrar, oscurecían más el lugar. Un chisporroteo ocasional no era suficiente para sacar a Hermione de su ensimismamiento. Unas lágrimas silentes corrían por sus mejillas, pero no parecía darse cuenta de ello. Daba la apariencia de estar dormida con los ojos abiertos y las mejillas arreboladas. La razón del rojo de sus mejillas y de sus lágrimas era conocida por el rubio, pero, como no la había visto (la penumbra no lo dejaba, aún con los brillos de las hadas y de las burbujas), no sabía de su llanto.

Se aproximó en silencio, entonces, a la estantería. Mascullando por lo bajo sacó un yesquero, para ver si encontraba algo que impidiera que se le fuera la vida por la nariz (evitando entonces la trágica y accidental muerte de la comadreja). La proyección de otra sombra, a parte de la suya, a unos metros de allí, le advirtió de la figura de la castaña, y lo desencajó por un momento.

No estaba acostumbrado a verla así. Siempre la veía leyendo, discutiendo, comiendo, riendo, discutiendo con él, discutiendo con Weasley, abrazada a Potter, compartiendo con Longbottom, llorando histéricamente por la injusticia de dejarla encerrada, con el cabello recogido y en jeans. Jamás en pijama, llorando para sí misma, muda, con las ondas cayéndole escandalosamente por el cuello, el pecho, los senos y la espalda. Nunca con esa cara de extravío. Con esa sensación que pintaba de no saber qué rayos hacía allí. Con la búsqueda incesante de encontrar una respuesta a lo que sea que estuviese pensando, porque no había reparado en él. Dejó que el yesquero perdiera la llama, y lo colocó en su lugar: su bolsillo.

Sus ojos apuntaban directamente a la luna, como si ella tuviera las soluciones a sus problemas. Su varita se movía sola, soltando chispas plateadas y doradas. No había notado que tenía el lugar encantado con hadas y con mariposas, con aves desconocidas grisáceas e iluminadas, que se desvanecían al segundo de nacer de su varita. Era una visión que para nada se enmarcaba con la perspectiva que tenía Draco Malfoy de Hermione Granger.

- No sabía que eras pirómana, Granger – comentó con voz ronca y baja, medianamente sin burla, con algo de ironía al final. Se sentó a su lado, sin prisas, sin ruidos.

- Si no tienes nada que hacer acá, lárgate – le respondió, sin amenazas, sin odio en su voz. Era una petición. Cargada de malos tratos, por supuesto, porque así era su relación – Episkey – completó, y un "trac" hizo que Malfoy respirara normalmente, sin sentir que un sabor metálico se escurría hasta su bilis con cada exhalación y con cada inhalación. El mundo cambió en ese momento. Qué bueno era respirar con normalidad.

Él, por su parte, se extrañó de la respuesta y del accionar de ella frente a su nariz rota. No le insultaba, y eso no era común en Granger. Tenía que estar muy mal. Sabía que el pañuelo que cargaba estaba completamente impregnado en su sangre, pero eso debería alegrarla en vez de ponerla a curarlo. Aunque así era Granger, ilógica.

- ¿Estás bien? – preguntó estúpidamente, porque su estado emocional era palpable a leguas. No supo de dónde surgió la pregunta.

- Dudo mucho que realmente te interese. Ya te lo dije. Si no tienes nada que hacer, piérdete – repitió, mirándolo esta vez. La confusión estaba tatuada en su mirada, pero algo mayor hizo que el cuerpo de Malfoy se erizara por completo. La mirada de Hermione Granger estaba vacía. Encontrar dolor en una mirada causa sentimientos en cualquier persona con latidos. La alegría se contagia como la gripe. La ira asusta. Pero la nada, la nada absoluta, eso aterra. Y ese sentimiento fue el que se coló en los huesos de Malfoy al notar que sus ojos parecían dos pozos desnudos de agua. Roca, y eso es todo. Un leve color rojizo debía estar posado en sus párpados, en sus mejillas, pero no podía verlo.

- No puedes prohibirme quedarme aquí, Granger. Además, si te dejo sola, en cualquier momento te lanzas por la ventana, y qué desperdicio, la verdad – dijo él, poniéndose cómodo. Cruzó los brazos detrás del espaldar de la silla y la echó un poco hacia atrás, sin dejar de verla.

- Si lo que quieres es presenciar mí quiebre emocional para alimentar tu morbosa psique, siéntete feliz. Hay posibilidades de que la tragalibros de Granger llore como una magdalena cuando siente que el mundo se le ha ido encima. ¿Satisfecho? Ya puedes ir a regodearte. Ahora, fuera – exigió, con un poco más de fuerza en la voz. Clavó su mirada en la de él, destilando hielo puro.

Era una situación completamente sui generis para el pelirrubio. Por lo general él era el poseedor de esa mirada, y ella siempre lo miraba o con lástima o con odio e ira irracional. Nunca con ganas de que verdaderamente desapareciera de ese minúsculo espacio vital que ahora invadía. Menos con esa apariencia desvalida—No era de Granger estar así. Sabía que sonaba tremendamente homosexual, pero definitivamente no estaba acostumbrado a esa comelibros.

- No eres tan valiosa para mí, Granger. No busco por los recovecos de esta pocilga para encontrarte en tus momentos de "quiebre emocional" – la imitó histriónicamente – simplemente decides refugiarte donde me gusta estar. Este es el único sitio decente de esta decrépita mansión – apuntó, mirando con desdén - Claro, el que la acojas como centro de acopio hace que su valor frente a mi mengue un escándalo, pero no hay nada que puedes hacer al respecto, así como no vas a lograr que me largue simplemente porque quieres dejar este sitio impregnado con ese desagradable olor a despecho que sueltan ustedes las mujeres.

- Ignoraba ese lado misógino de ti, Malfoy – acuchilló ella, un poco cansada de que el rubio no entendiera sus ganas de estar sola. Por lo menos se distraería discutiendo un poco con él. Todo, todo, para no pensar en Ron.

- No te confundas, Granger. El hecho de que les dé por llorar una vez al mes no me lanza al otro lado; cuidado con lo que insinúas – se defendió entonces Draco, sabiendo por donde iba el comentario mordaz de ella.

Se puso en pie entonces. Caminó hasta uno de los tramos de la biblioteca, y en el último al que alcanzaba tocó un par de libros de lomos viejísimos, forrados en cuero. Al tacto se abrieron en el medio, soltando un vaho helado. Un sonido de cristales chocando y un líquido vinotinto salió de una botella color verde oscuro, enroscada con lo que parecían arreglos en plata. ¿Cómo rayos había hecho eso Malfoy en la biblioteca? Esto hizo saltar a Hermione, pero más se sorprendió cuando extrajo dos copas de vino de la nada, haciéndole llegar uno a Hermione y dejando otro para sí. Cuando una de las copas flotó frente a la leona, de parte de la mano de él, ésta arqueó la ceja.

- Por Merlín. Si quisiera asesinarte te pongo veneno en la comida – dijo él, al ver la reticencia de la castaña – además, dudo mucho que hayas tomado alguna vez en tu vida. En ocasiones como esta, bien es tomar, Granger. No es el camino más idóneo, es el más fácil. Por lo menos te evitas el pensar hasta que te explote el cráneo – le confesó, meciéndose apaciblemente en la silla, mirando la copa, llena de vino tinto. Le daba vueltas al líquido como hipnotizado, aún cuando estaba plenamente consciente de todos los movimientos de la persona que lo acompañaba.

- No creo que seas tan cobarde como para asesinarme en esta situación, además, el ebrio es otro. ¿Cómo te atreviste a meter alcohol a una biblioteca? – Respondió y preguntó, coloreándose de la rabia – y no es la primera vez que tomo, idiota – saltó – lo hice cuando nos graduamos de Hogwarts – terminó, dándole un par de sorbos al licor. Desagradable al inicio, hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas de nuevo, y se pintaran más sus mejillas de un rojo intenso. Lagrimeando, asumió que no estaba mal del todo – aunque lo prefiero blanco – dijo a modo de referencia.

Draco sonrió irónicamente, con las cejas alzadas. Con un pensamiento suyo bastó y sobró para que el líquido que quedaba en la copa de Hermione perdiera todo color. Bien no sabía arreglarse la nariz silentemente, bien que dominaba el arte de dominar el licor a su antojo sin necesidad de un palito de madera. Luego, se echó un par de mechones de plateado cabello hacia atrás, acoplándolos a su perfecto peinado. Le hubiese gustado seguir con el espectáculo que tenía Granger minutos atrás, porque estaba harto de las haditas y los colorcitos. Fácil y alegre los cambiaba por serpientes y duendes.

- De haber sabido por otra persona que Hermione Granger era una borracha empedernida, me habría reído hasta morir. Mira que la santurrona salió defectuosa – se burló socarronamente, ignorando por lo alto la pregunta de ella y sonriendo a sus anchas – debiste ser toda una decepción para esos amiguitos tuyos entonces, cuando descubriste los placeres del alcohol – puyó. Ya no parecía con tendencias suicidas, y eso, de un modo extrañamente calmante, lo tranquilizaba.

- No soy ninguna borracha empedernida, Malfoy, ya te he dicho que ese es tu rol, al parecer – se defendió Hermione, corriendo hacia abajo la túnica, que escandalosamente se corría hacia arriba. Comenzaba a hacer frío, mucho frío.

- Negarlo es parte del problema. Es mejor asumirlo, y ser feliz con ello. Y deja de cubrirte, más apetito sexual siento por tu asqueroso gato que por ti – aclaró Malfoy, terminándose su trago – ¿la señorita ebria quiere más? – preguntó satíricamente, y Hermione hizo un mohín con los labios que provocó que una verdadera carcajada se desprendiera del pecho de Draco. Baja, continua, duró unos segundos antes de que el asombro en la cara de Hermione lo frenara - ¿qué?

- No sabía que podías reírte de algo que no fuera malvado – le respondió, causando que su risa que hiciera más profunda y más real. Le molestó no entender de qué se estaba riendo - ¿qué demonios te pasa? – quiso saber, mirándolo. El frío se colaba por la ventana, acicalándole los huesos a ambos.

- Que no sé cómo es que un segundo puedes ser una verdadera mojigata y al otro inmediatamente siguiente saltarme con que en verdad tienes un problema con el alcohol. Vamos, Granger. Toma un poco que yo no te juzgaré. No puedes tener peor reputación frente a mi a la que tienes ya – le ofreció la mano derecho, en petición de su copa, con cuatro gotas de vino blanco en el fondo.

- ¿Qué quiere decir eso? – preguntó ella, asombrada con esa declaración y con el gesto de rubio. Que viniese por parte de Malfoy era bastante desagradable, aunque tenía que asumir que estaba logrando su misión: Distraerla. A lo mordaz y a lo sádico, era cierto, pero así era su relación y siempre lo sería.

Al ver que no estaba dispuesto a responder, se puso en pie y dejó la copa en la mesa, sin entregársela. Esperaba que con eso fuera suficiente para que entendiese su respuesta. Corrió escandalosamente la silla para llegar hasta la ventana, y corrió las cortinas para apaciguar la ventisca que amenazaba con robarle la piel del frío que hacía. No habíase devuelto a su puesto en lo que las escuchó descorrerse. Otro mohín por parte de ella.

- ¿Pretendes que muera de pulmonía por tu manía de andar en el frío? – Reclamó, haciendo un gesto de fastidio con las manos – Lo lamento. Estás en casa de Harry, mi amigo, por lo que se hace lo que digo yo en caso de que él no esté – se volvió a poner en pie, y esta vez Draco la imitó. Hermione no se había preguntado cómo era que Draco había logrado descorrer las cortinas sin ponerse a su lado inmediatamente.

Ni de chiste se acercaría a ella, eso nunca. Ese olorcillo a sangre sucia estaba en todos ellos, aún en la atípica Granger. Pero sólo él mandaba sobre sus decisiones, y eso tenía que quedar claro.

- Abres la ventana y te petrifico, Granger. Y sólo haría eso porque pensar en otra cosa me repugna – advirtió, apuntándola con su propia varita. Ella, al escuchar ese tono de voz amenazador, se volteó para verlo y de ipso facto perdió el poco color que habían adquirido sus mejillas.

- ¿Te has vuelto loco? – bramó, con el rostro pálido y los ojos saltados. No daba cabida a la escena de Draco Malfoy con su querida varita enlazada en sus larguiruchos dedos - Dame mi varita, Malfoy – exigió, viéndolo fijamente. ¿Ese hombre nunca podría jugar limpio?.

- Sólo si te sientas y dejas tus manías – devolvió, sintiéndose poderoso. Sabía que no podía retirar la mirada. Eso sería declararse perdidoso.

- Malfoy, dame mi varita. Estás en un cuartel de aurores, ¿es que no te has dado cuenta? – le preguntó, sintiéndose realmente estúpida por pensar que podía tener una conversación pseudo normal con aquel injerto engreído.

- Ya te dije mi condición, Granger – repitió, esta vez dando un paso hacia delante. Si se acercaba un centímetro más, el perímetro de olor de Granger llegaría a sus fosas nasales. Primero muerto. La varita apuntaba directamente al pecho de ella, y la subida y bajada de éste con cada inhalación y exhalación de la castaña resultó atrayente para él, o al menos para su subconsciente.

- Eres la persona más baja que he conocido. Atrévete a hacer algo aquí, imbécil, para que te manden a Azkaban sin derecho a retorno. Tonta Granger por confiar en el enemigo, ¡ja! Razón tenía Ron en decir que confraternizo con él – se corrigió, considerándose muy, muy estúpida. Acto seguido tomó asiento y siguió observándolo. Él no se inmutó - ¿y ahora qué, qué pretendes? – preguntó, sin saber si ponerse a gritar o no.

- Te tomas esto – llenó la segunda copa con Vino Blanco y luego atrajo hacia sí un libro pesado de cuero negro, muy gastado y viejo – y dejas de pensar que todo lo que sale por la boca de Weasley es la sacro santa verdad, porque en realidad mucho de eso es sólo una sarta de estupideces. Y no me subvalores, Granger. Sé perfectamente donde estoy y no estoy dispuesto a arriesgar esta "comodidad" para ir a congraciarme a la prisión de mi padre – escupió técnicamente. Se dio media vuelta – ni se te ocurra echárteme encima porque aún cargo con tu varita – le volvió a advertir, al parecer leyendo los pensamientos de ella y caminando hacia la salida. Cuando tomó el pomo de la puerta con la mano izquierda, colocó la varita sobre uno de los tramos más altos de la biblioteca, no sin antes correr las cortinas de la ventana y hacer cesar la infernal danza de las hadas para reemplazarlas por burbujas y por destellos que morirían a los dos segundos de él retirarse de la habitación.

Fin Flash Back

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Descansaba en la habitación del moreno y de la pelirroja. Teddy, al que tanto extrañaba, se había ido con ellos a dar un paseo por el parque, sin importar que fuesen casi las dos de la madrugada. Como era el niño con más energía que conocía, no se preocupó en lo más mínimo. Además, no había dos personas más idóneas para estar con él, aunque no sabía si él los cuidaba a ellos o ellos a él, porque los tres eran unos niños sin remedio.

Harry tenía su mano derecha protegida por sus dos manos y no le quitaba la mirada de encima. Tenía una vaga idea de cómo lucía: Con la piel azulada, los labios morados y aquél agujero en su cuello hecho todo un escándalo. Lo sabía porque el dolor de cabeza era descomunal y sentía que todas sus energías iban a parar a aquél apartado de su nuca. Aquellos ojos verdes la observaban detenidamente, claramente contrariados. Llevaban un tiempo sin gesticular palabra alguna, pues ella había vuelto a perder la consciencia. Supuso que, para que Teddy no se preocupara, fue que salieron Ginny, Dean y él del apartamento. Sin embargo, no era el momento ideal para dejarla a solas con Harry. No cuando la voz de Draco le retumbaba en la cabeza.

- No puedo creerlo – susurró entonces él, abatido – por más que tomes pociones, no puedes evitar desvanecerte así, de repente. Los de San Mungo aún no llegan a una conclusión sobre lo que tienes. Me dijeron que creían que es magia oscura, pero que no estaban seguros. Quizá lo mejor es que te hayan dado de alta, pero no podemos negar que sigues grave – confesó para sí más que para ella - ¿Cómo es que no sabes qué tienes? Eres la persona más culta que conozco – le dijo, claramente contrariado.

Y no es que no tuviera motivos para estarlo. En primer lugar, porque ella sabía perfectamente qué estaba mal con ella. En segundo lugar, porque estrechamente relacionado con su "enfermedad" estaba el hecho de que protegía a un convicto, le gustase o no la idea. Y en tercer lugar, porque era tan irracional que creía las palabras de inocencia de la Serpiente, y lo ayudaba en una búsqueda que por un lado le parecía completamente absurda, mientras que por el otro le daba luces de la posible aparición de Luna (o de lo que quedase de ella). Sólo pensar en eso la sumía en tristeza. Jamás perdonaría a Draco por haberla escogido, era cierto. Pero no era menos cierto que la culpa había sido de ella, Hermione, por temor al qué dirán, y de él, Draco, por no atreverse a cruzar las barreras de los prejuicios. Luna sólo había sido ella misma durante todo ese tiempo, y por serlo había terminado en Merlín sabrá qué condiciones.

No, jamás se perdonaría el haber cortado una buena relación con la pelirrubia por una causa que hoy día consideraba absolutamente perdida. No tendría oportunidad de decirle que en realidad no la culpaba por el desenlace del infructuoso sentimiento entre ella y Draco Malfoy, ya que ella no tenía nada que ver en el asunto.

- ¿Me estás escuchando? – preguntó Harry, al notar que sus ojos se hinchaban levemente. Lo confundió con un síntoma aparejado al malestar que le provocaba Obscuro, y Hermione no lo sacó del error. ¿Qué le diría, que mientras intentaba componer su amistad con él pensaba en Draco y en Luna? Harry tomaría la buena disposición que parecía haber recuperado y se largaría con ella hasta quién sabe cuándo.

- Sí, disculpa – respondió ella, aún pensativa – he jugado con varias opciones, pero ninguna me parece del todo factible. Pensé en una infección, pero para serlo tendría que tener fiebre. Merlín, qué bueno es poder decir eso sin tener que explicarlo – comentó, sacando una sonrisa de Harry. Él entendía de remedios muggles, de enfermedades muggles – luego pensé que podía ser autoinmune, pues no se cura con nada, pero para serlo tendrían que aparecer una cantidad de síntomas que no tengo, Harry. Conclusión: Tiene que ser mágico lo que tengo. Nunca me había enfermado por culpa de la magia, así que lo único que se me ocurrió fue la fiebre de Dragón, pero eso es ridículo porque no he estado en contacto con ninguno de ellos – mentía, ¡mentía! Sí, lo hacía, ¡pero ese no era el momento oportuno para revelar la verdad a Harry!

- También pensé en lo de la fiebre de Dragón. Es una lástima no tener ahora a Luna aquí. Ella saldría con una teoría lunática que daría en el blanco – suspiró, y la mención en voz alta de Luna hizo que los ojos de Hermione se bañaran en lágrimas - ¿qué pasa? – inquirió él, al notar la reacción de Hermione.

- Es que la extraño, Harry. Me fui dejándote odiándome, y no quiero imaginar qué pensamientos tendría para ese momento de mí – "probablemente pensando que era la peor persona del planeta, y no sin razón" se auto flageló con esos pensamientos "sintiendo que la había traicionado al tomar la posición que tomé...".

- Luna no te odiaba, Hermione, y yo tampoco – dijo él con voz baja, acercándosele – era una de las que más te defendía ante los embates de Ron y los míos propios. Decía que tus razones tendrías para marcharte en la forma que lo hacías, que estaba relacionado con la repentina desaparición de tus padres, la muerte de la profesora McGonagall, y esa serie de situaciones que cayeron sobre todos nosotros, pero sobretodo, por encima de ti. No supe comprenderlo en su momento, y aún no lo justifico – aclaró – pero estoy dispuesto a escucharte. Como dijiste, por las cosas que vivimos, por las cosas que podemos llegar a vivir. Por esa amistad inmaculada que nunca vivió una pelea.

- Yo no estaría tan segura de la benevolencia de Luna hacia mí, Harry. Bastante que me opuse a su relación con Draco – más de lo que una persona desinteresada lo haría – muchísimos problemas le di, alegando en todo momento que no era una persona adecuada para ella, que era un rastrero y un desalmado que sólo la utilizaba para salir de Grimmauld place. Poco me importó la relación que se formó entre ellos cuando ambos vivían aquí, bajo mis narices. Me encargué de juzgarlos, a los dos, juntos y por separado, por esa relación a la que no le veía futuro, sencillamente porque eran demasiado antagónicos – declaró, permitiendo que las lágrimas cayesen por sus mejillas. Era una hipócrita desgraciada, y lo sabía. No se oponía a aquél amor por la inconveniencia de él o por la diferencia de sus protagonistas, sino por sus propios sentimientos, que se habían tornado en su contra y le exigían todas las maniobras posibles para impedir que se juntasen. Eran esos sentimientos erráticos que la obligaban a mantenerlo escondido ante una organización que había jurado defender y proteger incluso con la vida, haciéndola sentir cochina y convirtiéndola en un chivo expiatorio dentro de su propia Orden.

- Es que ellos no tuvieron futuro, Hermione – puntualizó Harry, dubitativo. No sabía si abrazarla o no. ¿Sería el momento oportuno? Maldecía con todas las fibras de su cuerpo haber llegado a una situación de ese estilo con Hermione, todo por su confusión emocional.

- ¿Qué quieres decir, Harry? Antes de irme supe que se casarían – dijo ella, mirándolo. Se sentó en la cama, para estar a su altura.

- Ellos se casaron, y Luna se fue a vivir a casa de Draco. No sé muchos detalles, pero sí sé que en más de una ocasión Luna durmió en Grimmauld Place. Lo sé porque Neville la recibía muy triste. Nunca la vi llorar por él, pero sé que sufría a su lado. Malfoy tiene una cicatriz en una de sus cejas muy parecida a la tuya – contó, acariciando la cicatriz de Hermione – que supuestamente se hizo en una pelea callejera, pero que creemos le hizo Luna en uno de sus arrebatos. Sólo pierde los estribos en contadísimas ocasiones, así que después de ese incidente eran más y más comunes las apariciones nocturnas de ella por aquí. Se quedaba hasta tarde jugando con Neville, viendo la TV que trajiste, o preparándonos un poco de té a todos. Cuando Ron llegaba con Parkinson amordazada y más muerta que viva del cansancio, se encargaba de atenderla, y luego se iba a la Mansión Malfoy, bien entrada la mañana.

- ¿Dijiste que creen que Luna le hizo la cicatriz a Malfoy? – repitió, sin poder creerlo. Aún sin estar presente, era culpable por una acción de la que era responsable sólo ella. Ella era la loca irascible que en un arranque de celos y de dolor se había enzarzado en una batalla campal con Malfoy, provocándolo para que la desapareciera del planeta y le pusiera fin a ese caos interminable en el que se había convertido su pecho. Para que apaciguara esa conexión maldita que sentía cada vez que lo tenía cerca, para que le pusiera fin a esa sonrisa cómplice que sabía sólo él entendía, y a la que no le ponía reparo. Maldijo una y mil veces por lo bajo. Luna era una víctima de ella y de Malfoy, y no al contrario. Le provocó gritar histéricamente, pero pondría sobre aviso a Harry. Sabía que pronto se cansaría de ocultarse ante todos. ¿Dónde estaba Theo cuando lo necesitaba?

- Sí. Esa es una teoría a la que Neville y yo llegamos cuando llegó un día después de tu partida, muy alterada. Supimos que a la semana se casaría con Draco, que se casarían porque él se lo había propuesto, pero que estaba disgustada con él porque no sabía escoger lo que realmente quería. Intentamos que nos explicara más, pero cayó en un mutismo terco que hasta el sol de hoy dura. Es una coincidencia bastante dura tener la misma cicatriz que Malfoy, supongo – comentó inocentemente, sin saber lo cierto de sus palabras.

- No me había fijado – mintió. Sospechaba que la maldición que había echado sobre Malfoy al irse le había dejado cicatrices, pero bien perra tenía que ser la vida como para provocarle una exactamente igual a la de él.

- ¿Te sientes mejor? – preguntó Harry, notando que el color volvía a sus mejillas poco a poco.

- Sí. Creo que son ataques relacionados con mi estado de ánimo – por lo menos en eso no mentía. Cuando sentía que Malfoy necesitaba de su ayuda o de su protección, su cuerpo se activaba y actuaba por su cuenta - ¿dónde está Theodore? – preguntó ella por su parte. Si había alguien con el que desfallecía por hablar, era con él. Él era como el díctamo de su alma herida. La componía, la dejaba perfecta, y con su aura alrededor, se sentía completa. Era un sentimiento completamente ajeno a de Malfoy, porque él no la desquiciaba, la tranquilizaba. Era como aguas mansas, en contraste de la tempestad que siempre representaría el pelirrubio para ella.

- Está con Parkinson, o en defecto, en su casa. Ron fue a buscarla, llegó una carta anónima diciéndonos que en el sur de Escocia podíamos encontrar a un grupo de mortífagos liderados por Amycus, y que los aurores de allá tenía el cadáver de su hermana Alecto. Dentro de poco llegarán al cuartel, así que tengo que darme prisa, me toca ir con esos dos antes de que se maten y no me sirvan para nada.

- Parkinson ha resultado de utilidad entonces, ¿no? – intervino ella, recostándose de nuevo. La ansiedad producida unas horas atrás estaba menguando, por lo que Malfoy tuvo que haber salido de peligro. Qué desastre. Era una especie de agente doble.

- Mucho. La ira que guarda en contra de Ron la obliga a ser mejor que él, aún en contra de aquellos que en su momento batallaron a su lado.

- ¿Tanto tiempo duró la orden del Wizengamot? Tengo entendido que duraba por un año. Ese era el tiempo que tenía que durar bajo la orden del cuartel, y después podía continuar con su vida. No se borrarían sus expedientes, pero sí podía simular que comenzaría una nueva vida.

- Eso fue antes de que asesinaran a sus padres, con la palabra traidores grabadas a fuego en la frente. Eso la trastornó. Estuvo dos semanas en Azkaban. Ron se encargó de ser su guardia personal, y a veces era relevado por Dean o por Ginny. Después de muchas pociones para dormir y otras tantas para ponerle en orden las ideas, decidió que se uniría a nosotros.

- ¿Pansy Parkinson es una auror? ¿Lo permitiste? – Hermione no daba crédito a sus palabras. No se había marchado diez años, a duras penas uno, y se encontraba con que Parkinson y Ron andaban juntos en misiones, con que Luna y Draco nunca tuvieron un matrimonio que pudiese ser calificado como normal y con que la ira que Harry guardaba hacia ella era más superficial que sincera. Era un cambio de sustancia bastante significativo.

- Sí y la segunda pregunta aún está en veremos. Verás, cuando te fuiste, Ron pasó a ser el segundo al mando de cuartel. Es algo lógico, espero que no te molestes – pidió Harry. Hermione negó con la cabeza, claro que entendía que Ron asumiese el papel que jugó desde siempre – y él no ha aprobado que Parkinson sea nombrada oficialmente auror del cuartel. Se ha opuesto muy agudamente a ello. Ha dado unos argumentos dignos de ti – dijo Harry, sonriendo – muchas veces Ginny y yo nos miramos atónitos, porque sale con cada cosa que sentimos que te apoderas de su cuerpo.

- ¿Porqué? Es decir, yo entiendo que es Parkinson, harina de otro costal, pero si está tan determinada como dices, no le veo motivos a que Ron se oponga tan férreamente a su ingreso. Hoy día lo que más se necesita es gente dispuesta a colaborar, por los motivos que sean… - intentó declarar Hermione, pero fue interrumpida por un portazo. A lo lejos se escuchaban carcajadas que probablemente provenían de Dean y de Teddy. ¡Teddy estaba de vuelta! Se habría puesto en pie de no haber sido por el huracán de cabellos lisos, largos y negros que entró por la puerta.

- ¡Porque es un idiota que no me deja en paz ni a sol ni a sombra! – chilló Pansy, con los ojos azules clarísimos, cercanos en lo blanco. Parecía un elemento de la naturaleza, con la túnica púrpura con bordados en plata aún volando a su alrededor, y la mirada ceñuda, ceñidísima. No se detuvo a saludar a Hermione (entre ellas no habría jamás ese tipo de cordialidades), fue directo al punto – Estoy harta, Potter, ¡HARTA! Por la seguridad de tu congraciado amiguito, ¡sácalo de mi vista y de mi vida para siempre, o terminará patitieso en su habitación cualquier día de estos! ¡No soy su hija o su criada, por Morgana! ¡En mi vida alguien me había tratado con semejante tono, con semejante torpeza! ¡Raya en lo trol, y dudo seriamente que haya evolucionado al ritmo del resto de los magos! ¡Lo detesto! – declaró, iracunda, y roja de tanto gritar.

- ¡Parkinson! – Bramó Harry, sacándose las gafas y dándose masajes en el tabique – ten un poco de respeto. Hermione acaba de llegar de San Mungo y no está para que llegues haciendo escándalo, además, esta no es tu casa – corrigió él, sin pensar que lo que hacía era echarle más leña al fuego.

- No oses decirme dónde puedo o no gritar, ¡Potter! ¡Para eso tengo a la mole que tienes por amigo! ¡Me importa un bledo que Granger esté convaleciente, porque te apuesto lo que tengo en Gringotts que ella conoce una manera para callar y dejar fuera del rodeo a Weasley! ¡Si pudo soportarlo durante tantos años, bien puede soportar que yo me queje incansablemente de él! ¡Por lo que más quieras, por su vida, retíralo de la misión que me asignaste A MÍ! – exigió, al borde del llanto, gracias a la ira que sentía.

Un hombre de cabello rojo como un amanecer presenciaba toda la pataleta de ella, serio, serísimo. Tenía los brazos cruzados, y la varita en la mano derecha, erguida. La miraba con verdadera repulsión, sin dar con el motivo para soportarla día y noche. Sin entender cómo es que soportaba aquellos chillidos sin perder la cordura.

- Basta – ordenó Harry, empleando aquél tono de voz al que ni siquiera Pansy Parkinson, con su endemoniado carácter, podía desobedecer. Hizo un morro y se alejó lo más que pudo de Ron. Él la miraba acusatoriamente, al tiempo que miraba a Hermione, preocupado por lo que el escándalo armado por la serpiente pudiese causar en su delicado estado de salud.

- Estoy bien, Ron – aseguró ella, conociendo a la perfección aquel gesto de desconcierto y enfado que se escondía entre sus cejas y sus mejillas. Sus orejas estaban rojas, lo que indicaba que en realidad había tenido un altercado fuerte con la pelinegra.

- Primero – comenzó el ojiverde, mirando directamente a Pansy – sabes perfectamente que las razones por las que Ron está contigo a sol y a sombra son causadas por órdenes del Wizengamot. En segundo – volteó para mirar a Ron – no tienes porqué volverla loca. Ya te he dicho un millón de veces que a pesar de lo que demostró en Hogwarts, creo en sus razones para estar en el cuartel general. No la sacaré, ni ella se saldrá, pues hemos visto lo testaruda que es, tal como tú.

Ron se dispuso a contestar, pero Harry alzó la mano izquierda, y se puso en pie. Corrió la silla hasta la cabecera de la cama, y se disculpó con Hermione.

- Terminaremos nuestra conversación una vez regresemos de Escocia. Le diré a Ginny que te cuide. Nos vemos – se despidió, acercándose para darle un beso en la mejilla. Ella se dejó, sorprendida. Nunca imaginó que el día podía terminar así. Tenía sueño. Fácilmente eran las cuatro de la mañana. Ron se dio la vuelta, lanzándole un guiño y sacándole la lengua, gesto de picardía que hacía mucho no presenciaba. Antes de que Pansy se retirara de la habitación, Hermione tuvo que preguntarle:

- Parkinson, ¿Dónde está Theodore? – no le extrañó para nada que ella se sorprendiera. Pocas veces se dirigía directamente a ella, pero dado que era la única que podía conocer el paradero de su amigo, tuvo que hacerlo.

- A estas alturas debe conocer de tu paradero, no me sorprendería que viniese mañana. Por tu bien, asegúrate de que tus guardianes no sean tan troles con él como lo es Weasley conmigo – contestó, y acto seguido se retiró de la habitación, sacudiendo su melena negra.

& o &

Bueno, creo que he terminado con este capítulo. ¡Me fui por cinco páginas! Pero no hallaba donde cortarlo, así que decidí dejarlo como está. Como siempre, siento que no expresé del todo bien lo que tenía en mente, pero espero haber aclarado un poco más el panorama.

En el próximo capítulo espero que haya más de mis parejas preferidas: Draco / Hermione; Ron / Pansy, y prometo aclarar un poco la situación de Luna.

Gracias, gracias por sus reviews. Son pocos, pero no tienen idea de lo valiosos que son para mí. Mis fieles lectoras, para ustedes actualizo, sépanlo. Por ustedes me quemo el cerebro obligándome a seguir con una historia que ya tiene fin en mi mente, y lucho contra mi inconstancia al escribir. Las aprecio mucho ^.^

Cambio y Fuera.

Hatshe W.