¡Hola a todos de nuevo!
La navidad se acerca y con ella los regalos, los días de fiesta y... los exámenes.
Bueno, quitando lo último, que solo dará problemas (en fanfiction solo para la actualización), he de decir que... HE VUELTO.
Si, no debe ser un motivo de sorpresa, pero como estoy tan contenta y además leo los especiales reviews que me mandáis, escribo más deprisa y con más ideas y... nada, que mi imaginación vuela libre por Barcelona.
Pero no creo que os importe esto último. He de decir que... si, no sabréis hasta el próximo cap qué ha pasado con Kagome, pero supongo que también querréis saber más de lo que pasó en el pasado, así que os dejo con un poco de lo último.
CAPÍTULO 9
El enemigo debajo de la piel.
Para Inuyasha, la visión del aguijón de la araña atravesando el pequeño cuerpo de Kagome, fue como si le acuchillaran indefinidas veces, le quitaran la piel a tiras y le echaran aceite hirviendo encima. Todo a la vez. Nunca en su larga vida se olvidaría de esa imagen.
La araña, enrome, fea y mugrosa, se las había apañado para camuflarse entre su propio olor y así pillarle por sorpresa. Su visión, buena en la oscuridad pero no perfecta, no le había servido de nada. Él sabía que algo se acercaba, lo oía, lo presentía, su instinto se lo advertía. Podía sentir a Kagome muerta de miedo. En un acto reflejo, la aferró de la mano y la pegó a él, fuertemente, como si quisiera metérsela debajo de la piel. Tenía miedo por ella, mucho. La sintió aferrarse a él y murmurar por lo bajo, como si se estuviera calmando así misma.
La tarántula, de repente, le había apartado de ella de un empujón y mandado a metros de distancia. Kagome, que se había quedado sin linterna, se había quedado sola y ciega. Estaba asustada. El olor a miedo, terror, pánico, inundó las fosas nasales de Inuyasha, que ante aquello, se puso en pie de repente para ir a su lado.
─ ¡Inuyasha!
Él conocía la voz de Kagome como si fuera la propia, pero ese tono de voz, ese grito ahogado, ronco, distorsionado por el pánico, llegó a helarle la sangre de golpe. Se incorporó trabajosamente, y la buscó con la mirada.
Cuando se enfocó a ella, la escena le dejó mudo. La araña estaba encima de Kagome, con el aguijón apuntándola, esperando. Antes de poder ni siquiera gritar o poner un pie en su dirección, el rejón se clavó en el torso de Kagome. Sus ojos se quedaron blancos, el cuerpo tieso y recto, erguido, la piel pálida y con una tonalidad azul. Ella cayó al suelo como un peso muerto en un sonido seco y estrepitoso.
Inuyasha sacó al espada y fue a por la araña con los ojos abiertos como platos del pánico de perder a Kagome. Ni él mismo se podía concentrar, no sabía lo que hacía, ni cómo matar a ese bicho. En su cabeza, solo se repetía la imagen de Kagome cayendo al suelo como muerta. Esa simple idea hizo que le subiera el hiel por la boca y le entraran ganas de vomitar.
"Ella está bien; a ella no le puede pasar nada, es imposible."- se decía a sí mismo, pero otra premisa se repetía en su mente también- "Ella puede morir; ella me puede dejar."
No se pudo ni acercar al monstruo. Un campo le repelió y le volvió a mandar hacia atrás chocando contra la pared. La espada, al contacto con el escudo, había perdido el poder, y el golpe contra la pared le había hecho soltarla.
Un gran escalofrío le recorrió el cuerpo. Su mente se quedó en blanco. No sabía cómo reaccionar. Nunca le había pasado eso, Kagome muy pocas veces salía herida, mucho menos de muerte, y menos sin que él pudiese ni acercarse. Pero estaba pasando.
Vio como el arácnido cogió a Kagome con sus patas y empezó a darle vueltas sobre sí misma. Pudo ver los ojos de Kagome intentando enfocarse sin resultado. La vio intentando respirar. Se estaba muriendo. No paraba de dar vueltas, hasta que de las patas de la araña, empezó a salir tela blanca. Tela de araña.
La araña estaba liando en tela a Kagome, se la iba a comer después de matarla.
─ ¡Kagome, no!
Salió de su estúpido estupor y se volvió a levantar, sabiendo que si no iba a por ella no la volvería a ver.
Sin la espada, solo con las garras, se intentó hacer camino hasta ella. Pero era repelido por el campo del arácnido una y otra vez, sin remedio. Estaba condenado a ver como la araña no paraba de liar a Kagome en su tela.
A ella no se la veía ya. Ni su cabello, ni un centímetro de su piel. Ahora solo era un capullo que la araña había dejado atrás suyo en el suelo.
Inuyasha no la vio venir. Con los ojos solo puestos en su compañera de viaje, no vio como la araña desaparecía, para aparecer después tras él.
─ ¡Me cago en la puta! – maldijo al darse cuenta.
Sintió dolor. Frío. Falta de aire. Su cuerpo no respondía a nada de lo que él ordenara. Cayó de rodillas en el suelo para luego caer a plomo todo él.
No vio como la araña lo dejaba atrás, llevándose consigo el cadáver de Kagome.
Solo vio negro. Su mente estaba completamente vacía. No sabía su nombre. No sabía nada. Solo sabía que estaba en algún lugar frío y oscuro. Y quedó inconsciente.
Como si fuera un espejismo, dentro de la inconsciencia, él estaba de pie en mitad de un bosque frondoso.
No entendía nada. Giró sobre sí mismo para reconocer dónde estaba. Su cerebro dio la orden, pero su cuerpo se quedó quieto, no se movió, siguió mirando al frente.
Inuyasha no lo entendía. Se encontraba bien, no sentía le frío de antes, no estaba en la cueva, no estaba con la araña. Estaba solo en mitad de un bosque. Olía el agua del río cercano, oía el sonido de los pájaros a su alrededor, veía las copas de los árboles moverse a causa del viento.
Todo estaba normal. Era un precioso paisaje, como idílico.
Se centró en él. Estaba entero, no herido. No se encontraba para nada mal.
Había algo raro. Algo no estaba bien.
Su respiración estaba acelerada. Jadeaba. Sus ojos estaban muy pendientes de algo, como si buscara algo. Su olfato y oído estaban también en tensión.
¿Qué buscaba, por qué?
Su cabeza se giró buscando a su alrededor.
Le descolocó. Él no había quedado moverse, su cerebro no había dado esa orden.
─ Vamos, ¿Dónde estás? Déjame olerte.
Su voz. ¡Había hablado sin querer hacerlo!
Entonces lo entendió. Como si de repente, las piezas del puzle encajaran rápidamente en su cerebro.
El estaba dentro de sí mismo pero en otro tiempo, en el futuro. Era como si él mismo estuviera dentro de la cabeza del Inuyasha del futuro. Pero solo viendo, observando.
Era una situación muy rara; mareaba.
De repente, un olor lo alertó. Como si fuera eso lo que estaba buscando, su cuerpo del futuro, con él dentro, se echó a correr en su dirección.
Era el olor de Naraku.
Inuyasha sentía como suyo el miedo del Inuyasha del futuro. Pero si ya era muy raro para él que él mismo le tuviera miedo a su enemigo, más raro se le hacía sentir más que miedo: pánico, terror.
Él nunca había sentido tanto temor por algo.
Se concentró en el olor que el Inuyasha del futuro buscaba, para saber qué era lo que le daba tanto miedo.
Kagome.
La escena cambió. Inuyasha ya no estaba corriendo por el bosque. Ahora, el Inuyasha del futuro estaba en un claro. Él sabía que Miroku y Sango estaban a su lado. Él lo sabía, pero su vista no estaba fija en ellos, sino en la escena por la cual antes el Inuyasha del futuro tenía tanto miedo.
Inuyasha pareció congelarse, tanto el del presente, como el del futuro. De repente, el aire del mundo parecía escasear, como si alguien se lo hubiera llevado. Temblaba. El frío que antes parecía haberse ido, había vuelto pero con más fuerza, colándose en el interior de su cuerpo hasta llegar a los huesos y dejarlos inactivos. Un fuerte olor a miedo le llegó a la nariz y se asustó de la intensidad.
Pero más se asustó de saber que quien emanaba ese miedo era él mismo.
¿Por qué?
La escena que nunca había esperado ver, la pesadilla que siempre tenía por las noches y de la que se auto convencía de que no era más que un mal sueño, estaba delante de él.
Kagome estaba en el suelo tumbada, al parecer a Kilómetros de distancia de él. Estaba encima de un enorme charco de sangre. Sus ojos chocolate, que siempre estaban llenos de vida, estaba perdidos y se movían con ahincó, como si ella no supiera donde estaba, como si buscara algo familiar dentro de un mar negro carbón. Su pecho subía y bajaba con rapidez, intentando respirar. Pero, ahh, se ahogaba con su propia sangre. La ropa que llevaba, un extraño camisón blanco, estaba cubierto por entero de rojo. Del rojo de su sangre.
Kagome sufrió un espasmo y su cuerpo, débil, pequeño como el de una niña, tembló incontrolablemente. Tosió. El sonido de su garganta al coger aire estando encharcada de sangre le hizo entrar ganas de vomitar. Al toser, más sangre salió despedida de su boca para salpicar más su rostro. Lágrimas de sangre. Kagome lloraba sangre, los oídos expulsaban sangre también de sus orificios. Todo el cuerpo de Kagome parecía ser una fuente de sangre.
Y ella se iba quedando más pálida aún, más sin vida, más quieta.
El Inuyasha del futuro, que estaba sumido en un letargo igual que el Inuyasha del presente, pareció moverse, al fin, y llegar hasta ella. Se agachó a su lado y la cogió en brazos, arrullándola.
Él no oía nada de lo que el Inuyasha del futuro le decía a Kagome. Solo sentía su dolor más el dolor de su yo del futuro. Sintió su corazón latiendo desbocado y desesperado, como su quisiera latir por el de ella, que cada vez latía menos. Las lágrimas bajaban por sus mejillas, lágrimas que se confundía con las sangrientas de ella.
Centró la vista en los ojos de Kagome, que se movían cada vez más rápido, buscando algo. Cuán perdida se debía de sentir ella sola en su oscuridad. La cabeza de la muchacha se movía de un lado a otro, buscando también e intentando respirar como fuera.
Al final, sus ojos se centraron en él, y se quedaron quietos. Lo había encontrado. Pero sus ojos del color del chocolate eran casi blancos. La vida expirando los había comenzado a teñir. Su cuerpo se relajó, como si después de todo, ella supiera que si le encontraba, no le pasaría nada.
La vio sonreír triunfante por algo. Respiró, y el aire entró a sus pulmones, haciendo que su pecho se inflara de alivio. La lucidez parecía haber vuelto a su cuerpo. Peor lejos de satisfacerle, tanto el Inuyasha del futuro como el del presente, se asustaron más, si cabe. Ellos conocían ese momento de lucidez. Era la luz antes de la oscuridad, el momento que Dios les daba a los humanos para arreglarlo todo.
La vio sonreír y pareció que el calor volvió a su cuerpo, pero entonces, sus ojos perdieron todo signo de vida que les quedaba. El cuerpo de la muchacha se relajó, cayó sin vida en sus brazos; su cabeza se echó hacia atrás y sus cabellos la acompañaron para desparramarse sueltos en la sangre.
Y tal y como había venido ese espejismo, se fue.
Inuyasha abrió sus ojos, y al lograrlo, comprendió que volvía a estar en su cuerpo y en su tiempo. Estaba tumbado baca abajo, así que intentó girarse despacio y mirar al techo, pero pese a volver a su cuerpo, éste no le respondía. Intentando hacer algo aparte de tratar de respirar, porque boca abajo el respirar era una cosa difícil, recordó qué hacía allí, y al hacerlo, la imagen de Kagome envuelta en la tela de araña, él con ese miedo en el cuerpo buscándola por el bosque y la imagen de ella agonizante y muerta en sus brazos sobre su propia sangre, le llenaron la cabeza de tormentos.
Unos pasos que venían hacia él. Intentó, otra vez, volverse, pero no lo consiguió; no pudo mover ni un cabello.
Sango, Miroku y Shippo aparecieron por la curva de la gruta corriendo apresurados. Los tres se quedaron anonadados al ver a Inuyasha en una posición tan abandonada, tan sumisa, agotada e inmóvil. Sango fue la primera en reaccionar y corrió a él. Se agachó delante de él y lo miró tumbado en el suelo.
Los tres habían ido andando por la gruta buscando a la araña, pero de repente, un gran estruendo, seguido de gritos, de más estruendos y golpes, les alertaron y les instaron a dar media vuelta e ir a mirar quienes eran los causantes de aquello. Los tres sabían que Inuyasha y Kagome debían de estar metidos en el follón. Por lo visto, habían llegado muy tarde, porque Inuyasha estaba derrumbado y Kagome desaparecida.
─ Inuyasha ¿Qué ha pasado? – Le preguntó Sango dándole la vuelta con cuidado y examinándole con la mirada por si había alguna herida- Estás tieso como un muerto, joder, cómo pesas ¡Ohhh Dios mío¡- exclamó esta al ver el agujero en el pecho del medio demonio.- Miroku, treme la mochila de Kagome que está tirada en el suelo- ordenó.
Cuando Miroku hubo llevado la mochila, Sango sacó las vendas y un paño para mojarlo con agua e intentar limpiar un poco la herida.
─ Está inconsciente- observó Miroku por encima de Sango.
─ Y el premio al mejor adivino es… ¡Miroku¡ - exclamó Sango sarcástica
Pero Inuyasha no estaba inconsciente, solo paralizado, y la miró furioso, recriminándola por no darse cuenta de que él estaba enterado de lo que ella hacía y de que ésta se estaba dejando lo más importante: hacer que él volviera a poder moverse. Sango le quitó el haori rojo y el gi blanco para dejar su torso al descubierto.
"No es normal"- se dijo Sango a sí misma al ver la herida del hanyou.
El pecho de inuyasha estaba lleno de sangre, pero sangre seca. El flujo rojo tapaba una marca que, al pasar Sango el paño húmedo, ésta reconoció que era una cicatriz de una especie de extensión que había atravesado al chico. Sango miró la sangre en la ropa del muchacho y comprobó que esta era reciente, pero la cicatriz parecía de unos días, teniendo en cuenta lo rápido que Inuyasha se curaba.
─ Inuyasha… ¿Qué te ha atacado- le preguntó Miroku al ver lo mismo que Sango?
Inuyasha los miró y frunció el ceño mentalmente por la pregunta tan estúpida que le había hecho su amigo, sobre todo sabiendo que no podía contestarle. Pero en ese momento, empezó a ser consciente de las sensaciones que antes no había podido percibir, como el frío, el tacto de la tierra en su espalda, las manos de Sango manejando el paño y tocándole la cicatriz. Hizo una prueba moviendo la mano derecha, y se alegró al comprobar que ésta se movía.
Pero al mismo tiempo que se alegraba de poder volver a moverse, su cuerpo entró en tensión, y la bilis le hizo girarse, colocarse a cuatro patas y abrir la boca para devolver todo lo que podía contener su estómago. No supo cuánto tiempo estuvo devolviendo, pero sí supo que en su interior no le quedaba ni el aliento. Levantó la vista al cabo del rato para ver a sus compañeros con una cara de asco que no tenía precio, y anonadados por su rápida e impredecible recuperación. Un gran cuadro.
Sango le extendió una botella de agua, e Inuyasha bebió para quitarse el gusto ácido de la boca. Miró a Miroku y le contestó la pregunta antes formulada.
─ La araña esa me atravesó con la garra- entrecerró los ojos recordando de repente- ¡Mierda! ¡Ha herido a Kagome y se la ha llevado!
Los tres compañeros lo miraban como si se hubiera vuelto loco.
Pero Inuyasha no los miraba a ellos, sino que estaba pensando en el sueño o visión que había tenido de la muerte de Kagome. ¿Qué había sido eso? ¿Solo uno de sus miedos? Porque en ese entonces solo estaba pensando en Kagome inerte en las patas de esa víbora. Pensó con más calma que lo más importante era primero salvar a Kagome y después buscarle una explicación a eso tan raro que había vivido, porque si no, la muerte de Kagome se haría un hecho, pero por culpa de su lentitud en procesar.
Se puso en pie volviéndose a colocar sus ropas y miró a sus amigos que le miraban como si hubiera perdido algún tornillo.
─ ¿Se pude saber qué miráis con esa cara? Esa araña ha herido a Kagome, la ha atravesado con sus patas como a mí y la ha envuelto en su tela.
Los tres amigos, que ya habían supuesto que Kagome había sido secuestrada por la araña, abrieron los ojos de golpe al saber que incuso la había herido de muerte.
─ Imbécil, y te quedas ahí sin hacer nada- le reprocharon a la vez los tres a Inuyasha.
─ ¿Eh? – dijo este sin entender nada.
Pero ni Sango, ni Miroku, ni el pequeño Shippo le contestaron lo más mínimo, solo corrieron hacia el fondo de la gruta cargando al mochila de Kagome con ellos. Inuyasha se quedó solo en medio de la gruta sin entender nada.
Pero a la vez entendía lo suficiente. Kagome estaba en las patas de una araña enorme; Kagome, lo más probable, era que estaba herida de muerte.
Y él, aparte de estar asustado, estaba como un gilipollas en medio de la gruta contando ovejitas.
─ ¡Mierda! – exclamó, y salió corriendo detrás de sus amigos.
La gruta, ahora que debía buscar a alguien, le aprecia una colmena de abejas, una gruta de hormigas. Los cuatro, Miroku, Sango, Shippo y él habían corrido por más de un pasillo encontrándose siempre un callejón sin salida o la conexión con otro pasillo. Estaban muy perdidos, y el tiempo jugaba muy en su contra.
Inuyasha estaba desesperado. Dentro de aquella gruta, solo olía a araña, era incapaz de localizar otro olor, como el de Kagome. El tiempo pasaba y solo le acompañaba un monje diciendo tonterías, un zorro que lloraba a moco tendido y una exterminadora que se quejaba del comportamiento de ambos. Él muchas veces pensaba qué hacía con un grupo como ese.
"Calma, no les mates, que luego te arrepentirías" se repetía dentro de su cabeza. Pero las ganas de mandarlo todo a la mierda le parecía algo tan tentador...
Decidió dejar a sus molestos compañeros detrás de él y ponerse delante de la comitiva. Divisó otro de los pasillo del lugar, uno que no tenía la marca que Miroku había tenido la idea de usar para no ir dos veces por el mismo camino. Avanzó mirando las paredes del pasillo por si encontraba alguna marca que diera señal de que por allí había pasado algo tan grande como el bicho araña. Iba súper concentrado en la búsqueda de cualquier pequeño signo, que casi no reparó en un pequeño gemido-gruñido. Se detuvo para escuchar más atentamente. Los tres amigos que iban detrás, al ver que su amigo se había quedado tan quieto, le imitaron. Era un sonido como de algo arrastrándose por el suelo; un sonido muy leve, casi impredecible que solo Inuyasha con el desarrollado sentido del oído lo oyó.
Salió corriendo hacia el final del pasillo en pos de aquello que hacía aquel ruido. El pasillo se empezó una leve pendiente con un terreno más irregular. Los amigos que iban detrás de él redijeron la marcha por la dificultad del camino, pero en ningún momento Inuyasha les esperó ni les regañó, y ellos no se quejaron de lo deprisa que iba él ni le pidieron que les esperara.
Antes de poder pensar si quiera en lo lejos que estaba el origen de ese ruido, Inuyasha se detuvo rápidamente al borde de un gran espacio. Para ser más específicos, El camino por el que iban acababa abruptamente, era como un agujero en una gran sala ovalada, como un orificio en la cascara vacía de un huevo.
Inuysha sintió como un gran escalofrío recorría su cuerpo de arriba abajo. El gran espacio ante él estaba lleno de pequeños capullos de araña, justo igual al de Kagome. Pero era poco decir que estaba lleno de capullos, porque había miles sino millares de ellos. Encontrar el capullo de Kagome sería como buscar una agauja en un pajar. Imposible.
─ ¡ Joder!
Los tres amigos retrasados llegaron a donde estaba Inuysha justo cuando este soltó la maldición. Le miraron extrañados, pensando que este se estaría exasperando por haber encontrado un camino cortado, pero al mirar en dirección a lo que su amigo miraba tan frustrado, ahogaron una exclamación.
─ Esto será imposible- dijo Sango horrorizada- Podrías estar en cualquiera.
─ ¡Buaaaaaaa No la encontraremos y morirá!- lloraba Shippo sobre el monje. Este, sin embargo, miraba pensativo los millares de capullos.
─ Si Kagome fue metida en uno de esos, eso significa que dentro de estos hay una persona. Una persona por capullo. ¿De dónde ha sacado ese ser tanta gente?
─ Es verdad, los niños del pueblo no eran tantos, y la gente que ha podido entrar a aquí no ha podido ser tanta- atinó Sango.
─ A mi me da igual. Solo sé que esto dificulta el encontrar a Kagome. Además, no ha de ser tan difícil para un monstruo que necesita comer; atrae a la gente hacia aquí, y a comer.- aclaró el medio demonio.
─ Es igual. Solo que esto escama.- dijo Sango finalmente.
Inuyasha, muy ofuscado, dio un gran salto desde su sitio y cayó a huevo en el fondo de esa sala. Se paró delante de uno de esos capullos, y lo estudió por fuera con calma. De cerca, se veía perfectamente como el capullo estaba formado por pequeños hilos de tela de araña. Estaban tan entretejidos, que al darle un golpe con el puño no sucedió nada, la estructura siguió intacta. Inuyasha se molestó por lo fuerte que era la tela, e intentó clavarle las garras para abrir el capullo. Solo pudo clavar las uñas.
─ Malditas arañas del demonio. Cojones, ¿Quién narices las inventó?- dijo el medio demonio a la nada.
─ Una diosa griega.
Miroku y el resto habían bajado encima de Kirara unos momentos después de Inuyasha. Sango estaba medio escuchando medio investigando el capullo para poder romperlo.
─ Dice la mitología griega que Atenea, la protectora de las tejedoras desafió a Aracne porque esta era considerada una de las mejores urdidoras. Cabe decir que Aracne decía que era mejor que la mismísima diosa. El desafío consistió en urdir una tela. La tela de Aracne fue tan bonita y buena, que al no poder decir nada la diosa, Atenea convirtió en araña a su contrincante y a toda la descendencia de ésta.- contó solemne Miroku.
─ Monje, a mí me parece muy bien la historia, pero te recuerdo que Kagome está dentro de uno de estos capullos muriéndose por lo que la maldita por esa diosa le ha hecho. – criticó Inuyasha.
─ Inuyasha, esto es imposible de romper. ¿Cómo puede ser una tela de araña tan fuerte?- dijo Sango tras intentar romper el capullo con el Hiraikotsu.
─ Ya verás como con esto si se rompe- dijo Inuyasha sacando su espada y apuntando al capullo.
─ ¡Alto! No ves que si le das con eso puedes cargarte no solo al capullo- dijo el monje golpeándole con el báculo.
─ no le pidas al perro este, que sabes que no piensa.- se burló Shippo tras esconderse detrás de Sango pro si acaso.
Miroku estudió el capullo y sacó de su túnica un sello contra la energía demoníaca. Lo puso de perfil delante de él, se concentró y lo pegó rápidamente sobre la estructura del capullo. En el momento en que lo puso, una corriente eléctrica sacudió al capullo. Todos pudieron ver como pequeños rayos emergían de la nada rodeando la cárcel de tela. Poco a poco, el capullo fue desintegrándose. Dentro del capullo apareció una mujer joven, con la tez de un tono azulado y muy delgada. Cuando el capullo se hubo desintegrado todo, la mujer cayó a peso en el suelo, siendo recogida por Sango casi al instante.
Inuyasha se agachó al lado de la chica y miró como Sango comprobaba su estado. Viva. Estaba viva, pero muy mal pues había empezado a temblar descontroladamente, parecía llevar allí muchos días.
─ Bueno, al menos sabemos que con los sellos funciona.- dijo Miroku.
─ Si, pero hay muchos capullos, nos puede llevar una eternidad.- apuntó Sango.
─ Tampoco tanto. Puedo lanzar más de un sello a la vez a diferentes capullos. Kagome sería muy buena para ayudarme, su flecha o su simple toque destruirían los capullos pero…
Un ruido de algo pesado arrastrándose volvió a escucharse. Todos se quedaron callados intentando localizar el origen del sonido. En uno de los extremos del lugar había una gran entrada. Inuysaha se incorporó despacio y apuntó con la espada a donde salía ese ruido. Al cabo de un rato, la araña apareció llevando entre sus patas un gran capullo. El medio demonio le gruñó a la bestia que, al darse cuenta de que estaban allí, se erizó como un gato bufado.
─ Inuyasha. Creo que hemos encontrado a Kagome.- dijo Miroku muy serio.
Pero inuyasha le escuchó solo a medias, pues no solo era que ese bicho tenía a Kagome, sino que se acordaba con mucha rabia de lo muy facialmente que le había dejado fuera de combate y del sueño raro que había tenido. Sueño que había mantenido alejado de su mente.
─ Vosotros encargaos de liberar a quienes sean los que están en esos capullos. Yo me encargo de esa puta.- ordenó a sus compañeros mientras se acercaba a la araña.
No esperó a ver si ellos le habían hecho caso, solo avanzó hacia su enemiga mirándola a los ocho ojos. Era muy grande, de unos cinco metros de alto. Sus patas, ahora que se veían bien, eran largas, peludas y muy rápidas. Los colmillos sobresalían de su boca y desprendían un olor poco agradable y saliva. Los ocho ojos, de un color negro azabache, estaban medio fijos en él y pendiente de sus compañeros que habían empezado a liberar a los rehenes. La bestia, enfadada por la profanación de su hogar, emitió lo que parecía un chirrido, se levantó sobre las ocho patas para alzarse más, y aferró más para sí el capullo donde estaba Kagome.
─ Tú, zorra.- dijo Inuyasha gruñendo- Déjala en el suelo, ya. - La araña no le hizo ni caso, solo se lo arrimó más y se puso en posición de combate.- Mierda de bicho- sabiendo que no podría luchar con kagome de por medio.
En un movimiento rápido, Inuyasha se fue a por ella de un salto, situándose más cerca con la espada en alto.
─ ¿Crees que podrá con ella solo? Antes le ha dejado K.O- le preguntó Sango a Miroku mientras dejaba en el suelo a una niña de unos tres años.
─ Claro. Kagome está en peligro, su orgullo herido y, además, las situación de antes era poco favorable para él. Ciego, sin olfato y en un terreno desconocido… hasta el más grande de los demonios puede perder.
Y reafirmando sus palabras, vieron la imagen de Inuyasha abalanzándose hacia la araña para situarse detrás de ella y asestarle un mandoble en una de las patas. Pero el bicho se defendía muy bien. Pese a su tamaño, su velocidad no era contraproducente y su aguijón siempre fallaba por muy poco. Inuyasha, desesperado porque su enemigo no paraba quieto, se coló detrás de él y le cortó levemente en el cuerpo. Aprovechando el gemido de dolor del arácnido, se puso delante de él y le arrebató el capullo de Kagome. Rápidamente se fue hacia Miroku que estaba preparado, y vio como ponía uno de esos papeles en la superficie, causando su desintegración.
Kagome estaba llena de cosas verdes y negras por todo el cuerpo. Más pálida que la muerte, con los labios rojos encendidos, los párpados levemente morados; era la imagen de la muerte. Inuyasha, corriendo, la coció en brazos, la apegó a él y le tomó el pulso. Durante unos momentos fue agonizante, pero al fin encontró el débil latido de la joven. Cerrando los ojos aliviado, dejó que Sango le quitara la camisa a la chica para poder ver la herida. En otras circunstancias el pudor hubiera hecho eso imposible, pero la situación era más que crítica, y la exterminadora no se anduvo con remilgos al exponer el torso de su amiga ante ambos hombres. El estómago de Kagome estaba lleno de sangre seca, y justo un poco por encima del ombligo, la marca del aguijón presentaba un panorama muy negro. La herida estaba como coagulada por una especie de substancia negra. No se podía ver la magnitud de la herida, pero su piel estaba empapada de sudor, su cara mostraba una mueca de dolor evidente.
Inuyasha estaba como traumado por la imagen. La idea de que Kagome estaba viva pero con posibilidad de morir le atormentaba. Giró la cabeza hacia la araña y decidió que ahora que podía moverse con más libertad, eso ya había llegado a su fin. Sacó al espada de la funda, apuntó con ella a la bestia y cerró los ojos en concentración. Olfateó los olores de su alrededor y aisló los que no quería. Al fin se dio cuenta de donde estaba el corte de la energía para hacer posible el viento cortante. Sin dudarlo y con mucha prisa, dirigió el mandoble a la fisura de las dos energías y el viento cortante salió disparado con fuerza hacia la raña, que solo emitió un gruñido al verse atrapada ante el ataque.
Todo acabó igual de rápido que había empezado. La raña cayó hecha pedazos en el suelo. Inuyasha maldijo interiormente al ver como algo tan insignificante había ocasionado un lío tan grande. Pero no se detuvo mucho a maldecir, pues corrió hacia el cuerpo de Kagome que estaba siendo velado por Sango y Shippo. No dijo mucho, solo cogió a la sacerdotisa en brazos, le buscó de nuevo el pulso, y al ver que sería latiendo el corazón, se aferró al cuerpo inerte de su compañera, se quitó el haori rojo y se lo puso por encima para envolverla bien y se puso de pie con ella en brazos.
─ Vosotros seguid aquí liberando a la gente. Yo llevaré a Kagome a la aldea para que la curen, os enviaré a gente para ayudaros a trasladarlos- ordenó Inuyasha señalando con la mirada a los capullos y a la gente que ya habían salvado.
No esperó a que nadie le dijera nada. No espero ni siquiera un asentimiento de sus compañeros. Ellos no se molestaron en hacerlo, sabían que Inuyasha solo pensaba en Kagome y en lo herida que estaba. Y él de verdad estaba preocupado. Podía contar con los dedos de la mano las veces que se había sentido así de tenso, nervioso. Kagome colgaba flácida en sus brazos, su pulso iba alentándose, su piel estaba más fría que un témpano de hielo. Inuyasha estaba seguro de que una hipotermia tenía seguro. Pese a estar en sus brazos cubierta con su haori y muy resguardada, ella se veía tan… pequeña, débil. Él no podía evitar saber que era el responsable.
Llegó a la aldea en un tiempo considerado récord. Se plantó enfrente de una de las mucamas que pasaban por allí y la detuvo. La mujer lo miró asustada no solo por ser demonio sino por la desesperación de su rostro. Bajó la mirada mientras él respiraba, y vio el bulto que llevaba entre sus brazos. Hizo la relación de ideas en un tiempo mínimo y le hizo señales para que la siguiera. Él, dócil, lo hizo. La mucama llamó a voz de grito a todo el personal libre, le cogieron a Kagome del brazo y la metieron en una de las habitaciones dejándole fuera.
Estaba solo. Fuera. Expulsado. Y Kagome estaba luchando por su vida.
El recuerdo del sueño que había tenido le hizo sentarse contra la baranda frente a la puerta de la habitación donde estaba su compañera. No pudo quitarse el frío del cuerpo al recordar el dolor de verla en el suelo, sobre un charco de su propia sangre, de verla colgar inerte en sus brazos. Respiró hondo y recordó que debía avisar a los hombres para que fueran a ayudar a los chicos. Corrió por el pasillo y encontró por el camino al señor que los había recibido el día anterior. Al parecer, el anciano se había enterado de su llegada y había ido a por él corriendo.
─ ¿Habéis encontrado algo?
─ Si, a eso iba. Reúne a todos los hombres que puedan y vayan a esa gruta de la montaña- dijo Inuyasha señalando la gruta- hay pasillos, pero en una gran cueva están mis compañeros con los niños y creo, más personas.
─ Ohhhhh- dijo el anciano emocionado y jovial- ¿No vienes con nosotros?
─ No, mi compañera ha resultado herida grave, me quedaré con ella.
El anciano asintió y salió corriendo todo lo rápido que podía. Cumplida su misión principal, fue a montar guardia frente a la habitación donde Kagome estaba siendo curada. Como tenía tiempo hasta que alguien decidiera decirle algo de Kagome, se puso a pensar en frío qué podía ser aquel sueño.
Lo primero era que le había dejado seco, inútil y lleno de miedo. El sueño era muy serio. Kagome, su Kagome moría y él, por algún motivo, no podía hacer nada de nada. Eso era poco probable, pues él siempre estaba allí con ella y no solía dejarla sola. ¿Cómo podía ser entonces que él estuviera mientras ella se moría pero que no hiciera nada? Era muy raro.
Lo segundo era cómo habría pasado. ¿Quién o qué le habría hecho a Kagome y por qué? Kagome no representaba mucho problema. Era calmada, no representaba un peligro como él Sango o Miroku, era más débil que el resto. Pero recordó que Naraku tenía algo que ver, y recordó también que Kagome era su adversaria más reconocida. En resumidas cuentas: Naraku el culpable.
Lo tercero era lo que más mosqueado le tenía. ¿Había sido un sueño o una profecía, una señal, una visión o algo de eso? No tenía pruebas, solo lo que él había visto. Solo podía llegar a la conclusión de que la araña era la culpable, con su aguijón, de que él hubiera soñado eso. Entonces quedó todo suspendido en su mente. Si Kagome al despertar, que lo haría, le decía que había soñado algo como lo suyo, sería algo serio, sino, algo pasable. Más tarde se preocuparía de si podría ser algo que podría pasar en el futuro o no.
Una fila de mucamas salió de la habitación con barreños llenos de sangre, toallas usadas, e instrumentos médicos. Se levantó y esperó a que saliera una que le dijera algo. Al final, la misma mucama que le había visto nada más llegar, se detuvo delante de él.
─ Bueno. La muchacha está estable- dijo dejándole entrar a la habitación- ha sufrido un aguijonazo importante.
─ Si, una Araña muy grande.
─ Pues bien, a esa araña le gustaba comer carne fresca- le miró- viva- aclaró- el mismo líquido paralizante que ha hecho que la chica presente rigidez, le ha curado la herida. En otras palabras, la araña solo paraliza, luego cura la herida para que la víctima no se le muera. Pero tiene hipotermia. Está bien, ahora. La hemos hecho dormir para que no le duela nada, le hemos cosido la herida para que se le cierre bien y solo tiene que dormir, descansar y, si despierta, nada de moverse.
─ De acuerdo.- asintió Inuyasha ya muy tranquilo.
La mucama le hizo un gesto con la cabeza y salió de la habitación cerrando la puerta tras de ella. Inuyasha se quedó quieto mirando el cuerpo de Kagome en el futón. Se sentó ene l suelo porque ahora el susto de antes le venía encima. Respiró hondo y se tranquilizó. Kagome estaba dormida bajo un montón de mantas. Si hubiera estada despierta, por mucho frío que hiciera, se habría quejado de que se asaba bajo ese calor. Estaba pálida y sudaba un poco. Miró a su alrededor y vio un barreño con agua limpia y un paño. Hundió el paño en el agua, lo escurrió y se lo pasó por la cara y el cuello. Estaba fría, pero no como al traerla. Sus labios estaban rojos como la sangre y entreabiertos para poder respirar. Un respiras un poco rápido pero alentador. Eso era que estaba viva y curándose.
Inuyasha volvió a tener la visión de Kagome en sus brazos con ese camisón empapado en su sangre. Volvió a verla con esos ojos que le buscában dentro de ese mar de oscuridad donde seguramente estaba encerrada. Y él volvió a tener el mismo frío que antes en el sueño. Su mente bloqueó rápidamente sus pensamientos y los encerró en algún rincón. Su mente se protegía.
Su mano se fue a la de Kagome bajo las mantas. La cogió, la apretó pero no la sacó de debajo del calor de las frisas. Se tumbó a su lado, muy cerca. Cerró los ojos y se concentró en el latido de su corazón. Quizás debía de estar en una posición y con un comportamiento muy patético, pero le daba igual. Su mente y cuerpo le pedían cercanía, y él no era nadie para negarle eso a su ser.
Un presentimiento se coló en su mente solo un minuto, un segundo, una fracción de segundo. Fue como la risa de un niño, la brisa re habilitante después de un día de mucho calor: efímero.
Él presentía que eso era el principio de algo. Solo se aferraba a que no fuera del fin.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Kagome estaba, desde hacía mucho rato, bajo un montón de mantas que le daban calor. Pero sin poder controlarse, ella temblaba, sus dientes castañeaban haciendo mucho ruido y sus músculos se tensaban por el dolor horroroso. Ella estaba medio inconsciente. El dolor del que era víctima la había arrancado del limbo para traerla de vuelta a lo que ella estaba segura que era el mismísimo Tártaro. Ella solo se veía a sí misma en la oscuridad, pero era una oscuridad que iba y venía; un momento estaba sola en un espacio y tiempo desconocidos, en un mundo frío y desolado, y luego se veía en una habitación con un gran calor encima suyo y con la silueta de alguien a su lado. Ella sabía quién era ese alguien. No lo veía bien, pero le llegaba su olor a bosque y su color de vestir rojo. Ella sabía que era Inuyasha, sabía que no debía de tener miedo a nada porque él siempre la protegía de todo. Podía imaginarse al medio demonio cogiendo su mano o simplemente a su lado vigilante.
Pero ni él la podría salvar de la muerte. Y ella sabía que la muerte era esa sombra que, presentía, se acercaba a ella.
Para Kagome todo era muy confuso. No sabía dónde estaba en realidad, que había pasado, no se acordaba de nada. Solo de quien era.
El frío, que era el que la hacía temblar tanto, se incrementó y se recogió sobre sí misma para mantener el calor. Se ahogaba, sentía como se le rompían todos los huesos uno por uno sin darle tregua alguna.
A la sensación de frío le siguió rápidamente, e incluso a la vez, el sudor. Ella se encontraba empapada, como si se acabara de dar una ducha y se hubiera acostado en la cama sin secarse. El sudor incrementaba no solo su malestar y el frío sino que también el agarrotamiento del cuerpo.
Otra vez pasaba de la habitación con la presencia de Inuyasha al lugar oscuro y desconocido. Allí hacía más frío, y al sensación de soledad era más grande.
Inuyasha no sabía qué hacer. De un momento a otro Kagome había pasado de gemir bajito a temblar incontrolablemente y a encogerse sobre sí misma cada vez más. Al tocarla, sintió la alta fiebre que hacía que ella reaccionara así. La tapó con otra manta y la sujetó porque sabía que estaba asustada. Ella tenía los ojos entreabiertos y nerviosos, pero a la vez muy vacíos, como si no estuviera allí, en esa habitación, completamente. Al ponerle la manta encima y acomodarla mejor, Kagome empezó a moverse más, a revolverse entre las mantas para apartarlas de sí. Su mirada denotaba que ella ya no estaba ni un poco allí, sino que había caído en la fiebre por completo.
─ Mamá, no quiero ir al colegio, me duele la cabeza. Mamá, me encuentro mal. Mamá tengo calor. Mamá, mamá…
Palabras incoherentes y otras con sentido salían delirantes de la boca de la chica. De repente, la lucidez iluminó sus ojos e Inuyasha no sabía si respirar tranquilo o ponerse más nervioso aún.
─ Agua. Tengo sed. Traedme agua. Agua.
Inuyasha fue al rincón de la a habitación para coger un vaso de agua para dárselo. Con cuidado, cogió en brazos el débil cuerpo de Kagome y le dio de beber agua a sorbos muy pequeños. Ella pareció tranquilizarse un poco. Pero luego, sin previo aviso, se quitó las mantas y se agarraba el tórax intentando sacarse la ropa a tirones.
─ Calor, me muero de calor. ¿Por qué hace tanto calor?
─ No Kagome, déjate las mantas.
Inuyasha no paraba de insistir en ponerle las mantas una y otra vez mientras ella se las quitaba al notarlas encima. Jadeaba con fuerza.
Kagome ya no estaba en esa fría oscuridad, sino que estaba en un sitio con mucho calor, con la luz anaranjada muy fuerte que la cegaba. Se ponía las manos en la cara para protegerse, se intentaba quitar la ropa, pero algo no la dejaba. La sensación de calor no paraba de crecer.
Entre tanto fuego, porque Kagome no sabía de nada más que causara tanta luz y calor, vio una silueta ir a hacia ella. Se acercó a ella y se detuvo a pocos metros, los suficientes para que Kagome abriera los ojos y se pusiera como una histérica a llorar.
─ ¡Papá, te he echado de menos! ¡Sácame de aquí, por favor, me quemo!- pero la silueta de su padre, claramente visible, se alejó de ella sin parar de sonreír- No, no me dejes aquí sola. No puedes dejarme otra vez sola. No puedes. Papá.
En medio de toda esa luz y calor, junto con el dolor que no cedía, Kagome se sentó y se acurrucó llorando de rabia, dolor y soledad. No paraba de llorar, había momentos en los que no se acordaba de por qué lloraba de ese modo.
Inuyasha no necesitaba saber que tenía una fiebre muy alta que la hacía delirar. Él sabía que el padre de Kagome se había muerto al tener ella diez años en un accidente. Pero eso solo le preocupó más, porque no paraba de agarrar a Kagome que no dejaba de llorar y de moverse inquieta, intentando separarse de él y alejarse. Inuyasha no podía más, así que llamó gritando a las mucamas, que tardaron unos minutos en llegar muy nerviosas, temiendo lo peor.
─ Kagome tiene mucha fiebre, no para de delirar y de moverse inquieta. Tiene frío, tiembla sin parar y luego dice que tiene mucho calor y se quita todas las mantas.
Kagome era solo vagamente consciente de lo que estaba ocurriendo. Su mente vagaba del presente al pasado, su cuerpo ardía o se helaba intermitentemente. Entre otras, la imagen de la araña se le presentaba con esos ojos fijos en ella, o Naraku la hablaba de cómo la iba a matar. Se vio a sí misma en un gran charco de sangre buscando desesperadamente algo. En algún momento vio a las mucamas.
La lucidez se volvió a apoderar de ella solo un momento, pero solo lo justo para decir algo que ni ella entendía.
─ Ella me matará; siempre ha sido ella. No me puedo escapar de ella.
La fiebre duró toda la noche y parte del día siguiente. Sango y Miroku volvieron de rescatar a toda la gente capturada por la araña, y se quedaron con Kagome para ayudar a Inuyasha. Alimentaron a la chica con líquidos, pero los vomitó en su mayor parte, y por los movimientos tan bruscos, la herida se le abrió más de una vez. La mantenían tapada con mantas a pesar de estar bañada en sudor.
─ ¡Ayuda! —gritó Kagome sin ser consciente, al sentir frío—. ¡Me muero de frío! ¡Tengo los huesos helados, no consigo calentarme!
Al pasar el tiempo, Miroku y Sango salieron a otra habitación para poder descansar un poco. No habían reposado nada porque estaban muy preocupados por su amiga, pero ella no paraba de empeorar, y ellos no eran de mucha ayuda tan cansados como estaban. Tras una despedida a Inuyasha, de la que él no prestó mucha atención, el chico se metió bajo las mantas con Kagome para abrazarla y que al menos le sintiese a su lado. Él no pensaba, solo actuaba por miedo. Había visto a Kagome enferma muchas veces, pero solo con un poco de resfriado o con una fiebre alta pero no hasta ese extremo. Ahora estaba asustado, la chica se revolvía y decía sin parar palabras o frases sin sentido. Él sabía que ella estaba pasándolo como un infierno.
Pero Kagome estaba segura de que no viviría. No sabía que pasaba, pero eso había dejado de importarle lo más mínimo. Ella sabía que algo le pasaba, que estaba empeorando, ahora estaba más tiempo inconsciente. Vio el fin de su vida acercándose con rapidez, y el pensamiento de no haberle dicho a Inuyasha que le quería, la mataba por dentro. Por su mente pasaron miles de escenas donde ella estaba con él, pero todas acababan con él yéndose lejos y dejándola sola.
Pasaron las horas y Kagome no sabía ni que pasaban. Solo sabía que se moría y que tardaría una eternidad en hacerlo. Él dolor la privaba de cualquier raciocinio, solo quería que esa sensación de miles de cuchillos clavándose en su piel cesara. Se desesperó. No consciente del todo en lo que hacía, abrió los ojos y medio vio, a través de una cortina de algo, a Inuyasha tumbado a su lado manteniéndola entre sus brazos.
─ Mátame —le susurró. Él alzó la mirada y giró la cabeza hacia ella—. De todos modos me estoy muriendo. Hazme un favor y acaba conmigo ya.
Inuyasha abrió los ojos asustado y negó con la cabeza vehementemente abrazándola más.
—Tú no vas a morir. Mañana estarás bien.
El dolor, el calor y el frío volvieron a la vez. Kagome reía y lloraba, pero la mayor parte del tiempo ni siquiera se daba cuenta de que Inuyasha estaba ahí. Y sin embargo, hablaba con los fantasmas de su pasado, les contaba todos sus secretos y los sentimientos que había ido guardando en su interior y que jamás había sido capaz de expresar a la persona correcta. Sollozaba incontroladamente; veía su estéril vida ante sí como un vasto y terrible desierto por el que había estado vagando. Aquel árido calor solo servía para quemar hasta la última de sus ilusiones. Inuyasha la tranquilizó y habló sin parar. La envolvió de nuevo en las mantas y la estrechó muy cerca de sí durante todo el día. Ella estaba mortalmente débil, él inmóvil como un cadáver del miedo.
Respiraba siguiendo el latir del corazón de ella. Inspirar, expirar… Todo se había calmado. Ella había dejado de temblar y la fiebre había bajado por completo dejándola tranquila y descansando. Inuyasha no se había ido de su lado. Estaba tumbado boca arriba con Kagome acurrucada a su lado durmiendo encima de su pecho. El olor a jazmín inundaba las fosas nasales del medio demonio, pero para él, la tranquilidad de ese momento le sabía a gloria. Kagome dormía tranquila con una pierna encima de las suyas, una mano encima de su pecho y la otra cerca de su hombro. Él la rodeaba con los brazos fuertemente y no paraba de mirarla. Ella ahora irradiaba paz, pero aún mostraba las secuelas del todo lo que había pasado: el cabello húmedo y alborotado, la tez pálida que contrastaba con los labios rojos y la piel sudada. Si, la piel, porque Kagome solo iba con una pequeña y fina prenda que estaba totalmente mojada en sudor.
Con calma, Inuyasha miró por la ventana y vio como amanecía. Se levantó, dejando a Kagome en posición fetal tapada con las mantas, y salió de la habitación. Se fue hacía la baranda y se aferró a ella con fuerza. La imagen de Kagome delirando y pidiéndole que la matara no paraba de repetirse en su mente. Sus ojos habían sido decididos y mostrando el peor de los horrores, en su mirada solo había súplica y miedo, un miedo que Inuyasha había olido como si fuera perfume. Se había asustado mucho, se había odiado a sí mismo por no poder hacer nada por sacarla de ese sufrimiento. Se sintió la peor mierda del mundo.
Pero ahora ella estaba bien, durmiendo y descansando, recuperándose para seguir con el viaje. Pero ahora Inuyasha no veía su viaje como antes, ahora lo veía como un campo con miles de trampas que podían acabar con Kagome. Kagome podía morir, no era una luchadora experta como Sango o Miorku, no era un demonio como Shippo, era una simple humana que se enfermaba y que no sabía luchar más que con sus flechas. La pesadilla de ella en su propio charco de sangre le parecía algo tan posible como el respirar. ¿Qué pasaría si él se iba un momento de su lado y la mataban? ¿Qué pasaba si Naraku se la llevaba o la separaban de él? No era la primera vez que pensaba cosas como esa, pues no era la primera vez que a Kagome le había pasado algo, pero sí era la primera vez que la muerte se asomaba en sus ojos.
─ ¿Inuyasha?
El aludido se giró para ver a Sango y Miroku en el pasillo, a su lado. Ambos se veían mejor, más descansados, pero tenían una cara de preocupación que se veía a leguas.
─ Le ha bajado la fiebre. Ahora está descansado.- informó él para tranquilizar a sus amigos.
Lo consiguió. Sus amigos suspiraron y se destensaron. Por lo visto, ambos habían dudado de que ella sobreviviera al veneno de la araña. Sango se apresuró a entrar en la habitación y Miroku se puso al lado de Inuyasha.
─ Yo pensaba que Kagome no sobreviviría- confesó el monje- he visto heridas como esas y son mortales, y sumando el veneno…- negó con la cabeza. Inuyasha no dijo nada.- Sango y yo estábamos preocupados. Hemos estado oyendo los gritos. Parecía que la estaban torturando.- Inuyasha seguía sin decir nada.- Es un milagro qu…
─ Me pidió que la matara.- Soltó el medio demonio.
─ Hombre, con el dolor que debía estar sintiendo…
Inuyasha asintió no muy convencido por le argumento.
─ Inuyasha, ella ni siquiera recordará eso. Estaba delirando, no creo que hayas de martirizarte, esto no ha sido tu culpa, tú no has sido el enemigo.- al ver que la conversación no avanzaba mucho, Miroku le dio una palmada en el hombro a su amigo y entró en la habitación de Kagome.
Sango estaba muy concentrada en la cara de su amiga, que seguía en posición fetal. La exterminadora alzó a la vista hacia el monje.
─ ¿Cómo está él?
─ Conmocionado- Sango arqueó una ceja- no me lo ha dicho, pero se le nota a una hora de aquí. – Se sentó a su lado- por lo visto, Kagome le pidió que la matara. Y eso no es todo, no me extrañaría que se sintiera culpable de lo que le ha pasado.
Sango abrió los ojos impresionada.
─ Pero si aquí el peligro ha sido… ¿No crees que Inuyasha hará alguna locura, verdad?- Preguntó la exterminadora sabiendo que el monje sabría a qué se refería.
Miroku iba a contestar cuando un gemido lastimero les llamó la atención. Bajaron la cabeza para fijarse en el montón que era Kagome bajo las mantas. Esta se movía muy poco, pero se estaba desperezando. Vieron como abría los ojos poco a poco y los cerraba intermitentemente por culpa de la iluminación. Cuando pudo mantener los ojos abiertos, empezó a mirar a su alrededor y se giró muy despacio hasta quedar boca arriba. Fue entonces cuando vio a sus amigos.
─ Hey- saludaron ambos sonriendo.
─ Hey.
La voz de Kagel era ronca, muy baja y desafinada, con gallos. Debía de dolerle, porque hizo una mueca.
─ Tranquila, no hables, has de tener el cuerpo hecho una paria.- Le dijo Sango. Kagome hizo un ademán de añadir algo, pero la exterminadora vio la pregunta en su mirada- ¿No recuerdas nada?- Kagome negó con la cabeza y se arrepintió al momento, un mareo la dejó desubicada unos momentos.- Bueno, cuando fuimos a salvar a los niños en esa gruta… te atacó la araña clavándote su aguijón con bastante veneno. Has estado con fiebre toda la noche; delirios y eso.
Kagome abrió los ojos sorprendida, y cuando cogió aire para hablar le dio un gran golpe de tos. Sango se acercó a ella y le puso la mano en la frente para estabilizarla un poco. Kagome dejó de toser y cerró los ojos. Se sentía como una mañeca de trapo, rota, desmadejada e inútil, la habitación el daba vueltas y el mismo acto de respirar le dolía a horrores. Abrió los ojos y articuló las palabras para que sus amigos le leyeran los labios.
─ ¿Agua?- dijo Sango sin entender.
─ No. Creo que quiere Sake.- dijo convencido Miroku.
─ Pero cómo va a querer Sake con lo hecha mierda que ha de estar.
─ No sé, yo he entendido eso, a lo mejor ha estado soñando con sake y le viene de antojo.- Sango le miró como si no creyera lo que estaba diciendo.- ¡Oye, no me mires así!
─ Inu… Inuyasha- dijo débilmente Kagome al escuchar tantas tonterías juntas.
─ ¡no hables, Kagome!- Le reprimió Sango- Ahh, Inuyasha. ¿Sake, eh? – dijo mirando al monje. Se volvió a la convaleciente- Está fuera, tomando el aire, ha estado contigo toda la noche, le convenía descansar un poco.
Fuera de la habitación, el aludido miraba el paisaje y escuchaba la conversación de sus compañeros. Al principio, se negó a prestar atención a Miroku y Sango por todas las tonterías que decían, pero luego, la voz de Kagome preguntando por él…
Lo primero que había querido saber era dónde estaba él. Él había sido su primer pensamiento.
Bueno, después de preguntar qué había pasado.
Inuyasha había notado la voz ronca y afectada de la sacerdotisa, lo mal que se la oía y cómo tosía, hacía que el corazón se le partiera en pedazos.
"Es culpa mía que ella esté así, yo he sido el verdadero enemigo"
Y saber eso le mataba por completo.
Y saber que le afectaba tanto le revivía para volver a matarlo.
¿Por qué? ¿Cómo una chiquilla mimada como ella podía llegar a ser tan importante para él hasta el punto de sentirse así?
No bastaba con la explicación de que ella era diferente al resto. Sí, ella era simpática, amable y le quería por cómo era. No le miraba mal ni diferente por no ser humano, no le tenía miedo. Con gracia recordaba que era la única persona que le desafiaba, que le llevaba la contraria sin temor a que él la matara. Había conseguido que él se preocupara por ella, que luchara a muerte por salvarla de todo, que estuviera toda la noche con ella en la cama para ayudarla con la fiebre.
Él nunca habría hecho algo así por nadie. Querer a alguien era malo, era mostrar a ese alguien como tu debilidad.
Sí, ella era su debilidad. Una debilidad que tenía graves problemas para mantenerse ilesa. Y una humana.
"Quién me mira y quién me ve"
Que algo le partiera en dos si no admitía que sin ella no sería nada. Le hastiaba saber que sin su presencia solo era una sombra llena de mal humor. La sola idea de que ella se fuera de su lado le ahogaba.
"¿Y si la próxima vez sí consigue morir?"
No se lo podía permitir. ¿Qué era más importante, él o ella?
Odió saber que la respuesta había llegado muchísimo antes que la pregunta.
hahhahahaha si, soy muy cruel y a la pobre Kagome le ha tocado pasarlo realmente mal. La verdad es que no se, me apetecía que le pasara algo... ¿malo? Bueno, malo físicamente así, el pobre inu las pasa mal más a menudo, que nunca viene mal.
Como seguro que soys unos increíbles descubridores de lo que viene a continuación, y yo no soy de las que dan sorpresas después (mi mente no da a mucho) , os imaginareis cual es el motivo pro el cual Inuyasha deja a Kagome o al revés. Pero a lo mejor no es lo que os esperáis... jojojojoo
Bueno, y como he dicho antes, he de agradecer ENORMEMENTE a los reviews de esa gente que se toma la molestia de mandarme ánimos... de verdad, me haceis la mujer más feliz del mundo; pero gracias también a los que solo lo leéis, eso ya merece una medalla.
Ahome Hinata: Gracias una vez más! Si tozuda es algo como ¿cansona? bufff eso no es de España, pero nos entendemos igual xd
virginia260: No le desees tanto mal al pobre Inuyasha... en el fondo... le amamos tanto que nos costaría imaginarnos sin su cara, su voz, su humor, su manga... es único. Pero bueno, ¿quién no dice que en realidad lo que pasó no estuvo justificado? jajaja, pero sigue imaginando, a lo mejor con este cap he añadido más cositas a la luz.
y a KagomeSakura18, KaoruB y naome-sanc
Muchos besos a todos, y hasta la próxima!
