Lady Renée

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—Tu hermano no se ha vuelto loco, está justo delante de ti, y no se acuesta con una muchacha de diecisiete años —Edward fue hacia la casa hecho una furia. Apenas podía creerse la actitud de su hermano, cuya ética siempre había sido excesiva e irritante.

Fue a la biblioteca, y se sirvió un trago antes de volverse a mirarlo. Emmett lo había seguido con celeridad a pesar de la muleta.

—Sabes que siempre he preferido a mujeres un poco mayores que yo —añadió con brusquedad, antes de dejar de golpe el vaso sobre la mesa.

—Pues será mejor que te plantees la forma en que te comportas con tu amiguita, porque cualquiera que te vea pensará lo mismo que yo —le dijo Emmett con calma, aunque parecía bastante intrigado.

—¡Tú eres el que se ha vuelto loco! No tiene a nadie más, así que estoy protegiéndola. Y no es mi amiguita, sino mi protegida… al menos, de momento.

—¿Es tu protegida?, ¿qué diablos quieres decir con eso? ¿Y desde cuándo tienes una relación con una mujer más allá del dormitorio?

—La rescaté de una multitud sedienta de sangre. Estaban a punto de ajusticiar a su padre, y unos jóvenes estaban apedreándola. Si hubieras estado en mi lugar, habrías hecho lo mismo.

—Ya veo que tienes una buena historia que contar, tengo toda la noche para oírla.

Edward empezó a calmarse; además, sabía que iba a necesitar que su hermano le ayudara.

—Es una historia increíble. Su padre era pirata, y ella se ha pasado media vida navegando con él en busca de buenas presas.

—¡Dios del Cielo! ¡No parece una sanguinaria!

—No lo es; de hecho, es sorprendentemente ingenua. Su padre no permitió que presenciara ninguna batalla, y empezó a dejarla en tierra cuando cumplió los doce años. Pero se ha criado entre granujas y ladrones, y campaba a sus anchas por toda la isla de Jamaica. Antes de rescatarla en la ejecución la había visto de vez en cuando por la zona, nadando en alguna cala o a bordo de una balsa. La gente la llamaba La Salvaje —Edward esbozó una sonrisa—. Era una fiera salvaje, pero ahora… —se detuvo en seco, y finalmente añadió—: Ahora, está enjaulada.

Emmett se cruzó de brazos, y lo miró con perplejidad.

—¿Qué quieres decir?

—En cierto modo, me asquea lo que he hecho… y no me refiero a acostarme con ella —mientras paseaba de un lado a otro, recordó el amanecer tras la tormenta, cuando lo había hecho todo menos arrebatarle la inocencia.

—¿En serio? ¿Debo entender que no te sientes culpable?

Edward se volvió de golpe hacia él, y le dijo con énfasis:

—Es virgen.

—¿Cómo lo sabes?

Edward tuvo ganas de pegarle un buen puñetazo a su hermano.

—Me lo dijo ella misma.

—Entiendo. Sí, es un tema de conversación muy apropiado entre un hombre y su protegida. Por cierto, la condesa, Alice y Elisabeth están aquí.

—Isabella tiene miedo de la alta sociedad. Pasó una noche a mi lado mientras navegábamos en medio de vientos huracanados y no dejó de sonreír como una diosa del mar, pero tiene miedo de las burlas y el desprecio de la gente de alto copete. La he traído para que conozca al único pariente que le queda, y ha recibido clases de buenos modales durante el viaje. Nunca había visto a alguien esforzándose tanto en dominar un tema que no soporta. Me alegro de que la condesa, Alice y Elisabeth estén aquí, son las tres personas perfectas para ayudarla a cambiar.

—¿Estás intentando convertir a la hija de un pirata en una dama? —le preguntó su hermano, boquiabierto.

—Me pareció la opción lógica.

—No lo dudo.

—Como es inocente, tengo la obligación de protegerla, sobre todo a partir de ahora. Los libertinos creerán que es presa fácil y no tardarán en intentar cazarla.

—Sí, claro que es tu obligación. Mi hermano encantador, mujeriego y sin conciencia, famoso por haber seducido a cortesanas y condesas, es el paladín de la hija de un pirata. Me parece que va a ser una temporada de lo más interesante, ¿piensas quedarte mucho tiempo? —Emmett se echó a reír.

—Le prometí que me aseguraría de que tuviera un buen futuro —masculló Edward—. ¡Ya veo que te parece muy divertido!

Emmett abrió mucho los ojos en un gesto de fingida inocencia.

—Claro que no me parece divertido; de hecho, apenas puedo creerlo. ¿También vas a encargarte de asegurarle el futuro?

—Por supuesto. No tiene a nadie más —Edward se interrumpió, y fue a cerrar la puerta—. La verdad es que su madre vive en Londres. Ha venido en busca de la mujer que cree que se casó con su padre, y que según le dijeron, se llama Renée Drew Swan y vive en Belford House. ¿Conoces a lady Renée Belford?

Emmett lo miró con expresión de sorpresa, y se acercó cojeando al sofá. Después de sentarse, comentó:

—He oído hablar de ella, y sé lo que estás pensando. Crees que su madre es lady Belford, y que por lo tanto Isabella es su hija ilegítima.

—Perder a su padre la destrozó, y ahora va a enterarse de que sus padres no estaban casados —Edward fue a sentarse junto a él—. A pesar de lo poco que conozco a Renée, tengo miedo de cómo pueda reaccionar, pero estoy decidido a conseguir que el reencuentro sea un éxito. Isabella ya ha sufrido bastante, se merece tener algo de suerte en la vida.

—Debes de estar encandilado con ella. La sociedad es despiadada, y tú lo sabes mejor que nadie. No prestas atención a los chismorreos, pero tengo la impresión de que Isabella es demasiado joven y vulnerable. A pesar de lo que puedas haberle enseñado durante el viaje, no parece estar preparada para entrar en sociedad, y no lo digo porque lleve ropa de hombre. Entiendo que intentes ese reencuentro con su madre, pero yo me pensaría dos veces lo de introducirla en la alta sociedad.

—Lleva ropa de hombre porque no tiene ningún vestido. En cuanto llegamos a puerto, le mandé una misiva a una modista de Regent Street, y espero recibir su respuesta en breve. Isabella no quedará en ridículo al entrar en sociedad, porque yo estaré junto a ella; además, esperaremos hasta que todo el mundo convenga en que está lista. Y no estoy encandilado, sólo estoy siendo honorable.

Emmett le dio unas palmaditas en el hombro mientras soltaba una carcajada.

—Ya era hora. Bueno, puedes seguir afirmando que lo que sientes se debe al honor. ¿Cuándo piensas presentarle a su madre?

—No lo sé. Estoy deseoso de contar con la ayuda de la condesa, Alice y Elisabeth, y estoy dispuesto a acatar sus consejos; de hecho, es todo un alivio —ignoró otra sonora carcajada de su hermano, y añadió—: Voy a visitar a lady Belford hoy mismo, pero iré solo. Cuanto antes me asegure de que está dispuesta a encontrarse con Isabella, mejor.

La sonrisa de Emmett se desvaneció.

—Soy consciente de que tanto Devlin como tú gobernáis en vuestros barcos, pero la sociedad londinense no es un océano. El poder que tienes aquí es limitado, Edward. Que yo sepa, nunca has sido un bastión de la alta sociedad, y siempre te ha encantado alentar las murmuraciones que circulan a tus espaldas. Aunque te esfuerces por escudar a la señorita Swan, no podrás obligar a lady Belford a que la acoja, y tampoco conseguirás a la fuerza que la sociedad acepte sin más su comportamiento peculiar; de hecho, muchos se preguntarán lo mismo que yo al verte con ella.

Edward se levantó del sofá, y le contestó con firmeza:

—Te equivocas. Puedo escudar a Isabella, y voy a hacerlo. He tolerado las murmuraciones porque me divertían, pero se cortarán en seco en cuanto empiece a hacer alarde de mi enorme riqueza. No he fracasado en toda mi vida, y no pienso hacerlo ahora —sin más, fue hacia la puerta.

—¿Adónde vas? —le preguntó su hermano con voz suave.

—A ver cómo se encuentra Isabella, y a asegurarme de que está cómoda en la habitación que se le ha asignado. No está acostumbrada a tener servidumbre, así que seguramente no habrá pedido nada.

—Espera, Edward —Emmett se puso de pie, y le dijo—: Aunque lleva pantalones, es una mujer joven y preciosa. No estás en tu barco, no puedes presentarte como si tal cosa en su habitación. La servidumbre empezaría con los chismes, y antes de mañana se habría enterado la ciudad entera. ¿Quieres arruinar su reputación antes de su presentación en sociedad? Tú solo ya eres pasto de los chismorreos, pero ahora hay que sumar a La Salvaje a la ecuación. Quiero que tengas éxito, pero tienes que ser cauto.

Edward se sintió frustrado al darse cuenta de que su hermano tenía razón.

—Voy a ver cómo está… brevemente. Hablaremos en el pasillo.

Emmett se limitó a mirarlo en silencio, pero era obvio que estaba pensando que no iba a ser una misión nada fácil.

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Isabella se levantó al oír que Edward se acercaba por el pasillo, y abrió la puerta de golpe sin darle tiempo a llamar. Al verlo allí, un poco sorprendido por tan enfático recibimiento, tuvo que contener las ganas de abrazarlo con todas sus fuerzas.

—¡No os habéis olvidado de mí!

—Me resultaría imposible hacerlo —le dijo él, con una sonrisa.

—Estáis coqueteando conmigo, de Masen.

—¿En serio? —Él miró hacia el interior de la habitación, y le preguntó—: ¿Os sentís cómoda aquí?

—¿Que si me siento cómoda?

Isabella creía que Windsong era una mansión lujosa, pero aquel lugar era muy diferente. La habitación tenía la impronta de siglos pasados, de una herencia y una tradición familiares que ella apenas alcanzaba a entender. A lo largo del pasillo había retratos antiguos con marcos dorados, y el secreter que había en su habitación parecía sacado de una época lejana. Era obvio que Esme House formaba parte de la historia familiar de los de Masen, y podía sentir la presencia de sus ancestros acechando entre las sombras.

—¿Debo entender que la habitación os gusta?

—Me encanta. ¿Por qué no entráis?, ¿no podéis sentaros para que charlemos un rato? —no pudo contenerse, y le preguntó lo que realmente quería saber—. ¿Qué os ha dicho vuestro hermano cuando me he ido?, ¿qué os ha dicho sobre mí?

—No puedo entrar, Isabella. Soy un soltero, y si algún criado me ve cruzando este umbral, vuestra reputación quedará hecha añicos de inmediato.

Isabella se puso aún más nerviosa al darse cuenta de que, en cierto modo, ya había entrado en la alta sociedad.

—No me importa —afirmó, aunque no era cierto.

—Pero a mí sí. Me encargaré de que os suban la cena.

—No me habéis contestado, de Masen.

—Emmett me ha dicho que sois joven y hermosa, y que le sorprende que sea vuestro protector.

—¿Nada más?

—Nada más. Pero tengo que daros una noticia. Es buena, así que debéis tomároslo con calma.

Isabella se puso aún más nerviosa.

—¿De qué se trata?, ¿es algo relacionado con mi madre?

—No. Mi madrastra, mi cuñada y mi hermana están en Londres. En este momento están fuera, han salido a tomar el té.

Isabella se sentó en un precioso confidente tapizado en tonos azules, marfileños y dorados, y fijó la mirada perdida en el pequeño fuego que ardía en una chimenea con la repisa de madera tallada. Todo estaba pasando muy deprisa, no estaba preparada para conocer a la condesa, a la hermana de de Masen, ni a la mujer que algún día se convertiría en la siguiente condesa de Cullen.

Sintió que se le revolvía el estómago, y cuando pensaba que iba a vomitar, Edward entró en la habitación y le dijo:

—Isabella, os juro que no son como las damas de Kingston. Son amables y generosas, y estarán encantadas de conoceros.

—Estoy perdida incluso antes de conocer a mi madre.

—Creía que confiabais en mí.

—Y así es, pero dudo mucho que esas mujeres sean amables conmigo. A lo mejor fingen que me toleran, pero me mirarán con desprecio.

—No voy a intentar convenceros de lo equivocada que estáis. Os las presentaré esta misma noche si queréis, para que no sigáis preocupándoos hasta mañana.

Isabella se levantó, y lo miró a los ojos. Fue incapaz de sonreír.

—Prefiero esperar hasta mañana.

De repente, oyeron pasos que se acercaban, y los dos miraron hacia la puerta. Una mujer hermosa y elegante empezó a pasar por delante de la habitación, pero se detuvo en seco y dijo con incredulidad:

—¿Edward?

—Hablando del rey de Roma… —dijo él, en tono de broma.

La mujer pareció sorprenderse aún más al ver a Isabella, y en sus ojos apareció un brillo travieso cuando entró en la habitación.

—Ya veo que has traído una invitada —dijo, con una dulzura sospechosa.

Él la rodeó con un brazo, y la apretó contra su costado.

—Sí, una invitada con la que espero que llegues a entablar una buena amistad.

La joven soltó una exclamación de protesta, se zafó de él, y le dio un pequeño puñetazo en el pecho antes de mirar a Isabella con una sonrisa. Sus ojos color topacio reflejaban una curiosidad patente.

Isabella se ruborizó mientras intentaba calmarse.

—¡Ay! Oye, ven aquí —Edward agarró a la recién llegada de la oreja, y la besó en la mejilla.

La mujer le dio un fuerte abrazo, y le dijo con una carcajada:

—¡Eres incorregible! —después de soltarlo, se volvió de nuevo hacia Isabella—. Hola. Soy la esposa de Benjamin O'Neill, y este granuja es mi hermano. A veces le quiero muchísimo, y otras sueño con la mejor manera de darle su merecido. Puede ser un verdadero pesado.

—No le hagáis caso, Isabella. Soy encantador y agradable… a menos que me provoquen, claro —Edward se echó a reír—. Elisabeth es la hermana pequeña de la que ya os había hablado, es una verdadera amazona. Señora O'Neill, os presento a la señorita Isabella Swan.

Isabella no supo qué pensar. Era obvio que los dos hermanos se adoraban, pero la había sorprendido ver a una dama dándole un puñetazo a alguien, por mucho que fuera su hermano. La mujer era una verdadera dama… hermosa, elegante, y además hija de un conde, y estaba claro que se había dado cuenta de que ella iba con pantalones.

—Hola —empezó a desear que se la tragara la tierra, y esperó a recibir la inevitable mirada despectiva.

Elisabeth la sorprendió al sonreír con cordialidad.

—Hola. No te importa que te tutee, ¿verdad? Llámame Elisabeth, todo el mundo lo hace. ¿De qué conoces al incorregible de mi hermano?, ¿por qué eres su invitada?, ¿has montado a caballo bajo la lluvia?, ¿cuántos años tienes?

—¡Elisabeth! —exclamó Edward, antes de echarse a reír.

—Tu hermano ha tenido la amabilidad de traerme a Londres para que me encuentre con mi madre. No se me da demasiado bien montar a caballo, y acabamos de llegar. Procedo de las islas —su sorpresa fue en aumento cuando la mujer, en vez de reírse de ella, siguió sonriendo como si ya fueran amigas.

—Qué interesante. Mi hermano es muchas cosas… guapo, rico, valiente, egoísta, un pesado… pero la amabilidad no es su fuerte.

Isabella se tensó de inmediato.

—¡Es un hombre muy amable y generoso! Me ha traído desde las Indias Occidentales, a pesar de que yo no tenía forma de pagar por mi pasaje.

Elisabeth miró con incredulidad a su hermano, que frunció el ceño y le dijo:

—El padre de Isabella falleció recientemente, no había nadie más que pudiera ayudarla.

—Así que has rescatado a una damisela en peligro —dijo su hermana con perplejidad.

—Exacto. Por cierto, he traído a Rennesme y a Anthony.

Elisabeth soltó una exclamación de entusiasmo.

—Y yo he traído a Michael y a Garrett, están en el cuarto de los niños con los tres diablillos de Alice.

—En ese caso, es posible que los primos ya se hayan conocido.

Isabella se sentó en la silla más cercana. ¿La hermana de de Masen iba a aceptarla sin más? ¿No le importaba que estuviera vestida como un hombre? ¿Sabía que su padre había sido pirata y había muerto en la horca?

Edward se volvió hacia ella, y le dijo:

—Tengo que salir. ¿Necesitáis algo?

A Isabella no le hizo ninguna gracia que fuera a dejarla a solas con su familia.

—No, gracias. Estoy bien —sintió náuseas. Ya era casi la hora de la cena, ¿adónde iba? No pudo evitar preguntarse si pensaba visitar a alguna de sus amantes, pero la mera idea le resultó demasiado dolorosa.

Él vaciló por un instante, y fue a sentarse junto a ella.

—Volveré enseguida. ¿Queréis que os presente a la condesa y a Alice antes de irme?

—Creo que prefiero descansar, ya las conoceré mañana.

Edward la observó con atención y ella le devolvió la mirada mientras deseaba estar a bordo del barco.

—Mañana saldremos de paseo por la ciudad —le dijo él.

Isabella sonrió de oreja a oreja.

—¡Estoy deseándolo!

Él le devolvió la sonrisa antes de levantarse. Le hizo un gesto a su hermana, pero al ver que ella fingía no captar la indirecta, le dijo con firmeza:

—Isabella está cansada, ha sido un viaje muy largo.

—Iba a pedir que nos trajeran té y unos emparedados, para que podamos charlar y empezar a conocernos.

Al verla esbozar una sonrisita traviesa, Isabella empezó a inquietarse.

—Tendrás tiempo de sobra para llegar a conocer a Isabella.

—Querrás decir a la señorita Swan, ¿no? —la sonrisa de la mujer se ensanchó aún más.

—Sigues tan impertinente como siempre, hermanita —le dijo él, mientras la conducía hacia la puerta.

—Me pregunto si tú sigues siendo tan granuja como siempre. ¡Mira que estar a solas con una dama en su propia habitación a estas horas!

Edward se volvió hacia Isabella, y le dijo:

—No le hagáis caso. Vendré más tarde a ver cómo estáis.

Isabella esperaba haber malinterpretado las palabras de Elisabeth, porque no quería que pensara que estaba teniendo una aventura con de Masen en la mismísima casa de la condesa; sin embargo, la otra mujer se despidió con un gesto despreocupado antes de marcharse, como si no le importara lo más mínimo la relación que su hermano pudiera tener con ella.

—Es una mujer muy descarada y franca, quizás incluso más que vos —le dijo él—. Por cierto, también le gusta ponerse pantalones. Hasta luego, Isabella.

Ella lo miró boquiabierta, y no alcanzó a pronunciar palabra mientras él se marchaba.

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Edward tardó unos diez minutos en llegar a Belford House, y para cuando lo hizo, había empezado a llover. Al ver cuatro elegantes carruajes alineados en la calle se dio cuenta de que seguramente iba a interrumpir una cena, pero como apenas eran las siete, los invitados debían de haber llegado poco antes. Le daba igual que no fuera demasiado correcto presentarse de improviso; en todo caso, nadie esperaría que él se comportara con corrección. Llamó a la puerta, consciente de que todo el mundo daría por sentado que estaba interesado en lady Belford… todos menos el propio Belford, que parecía ajeno al comportamiento licencioso de su mujer.

Al cabo de unos segundos, le abrió la puerta un mayordomo que se esforzó por no mostrarse sorprendido al ver su pendiente de oro y sus espuelas. Se había puesto unos pantalones oscuros, una elegante camisa, una corbata, y una chaqueta azul marino.

—¿Está Belford?

—Su señoría está en Escocia —el hombre parecía más interesado en la daga que llevaba enfundada en la cadera que en la pregunta que acababa de hacerle.

—En ese caso, he tenido suerte —Edward le entregó su tarjeta de visita—. Por favor, informad a lady Belford que tengo que hablar con ella de un asunto muy importante.

El mayordomo le hizo pasar al vestíbulo antes de ir en busca de su señora. Edward empezó a pasearse de un lado a otro bajo una enorme araña de luces, mientras alcanzaba a oír el sonido de voces masculinas mezcladas con algunas risitas femeninas. La decoración del vestíbulo no era ninguna maravilla. Había una alfombra oriental preciosa pero raída, dos sillas rojas bastante desgastadas, y una lámpara con una pantalla que debía de haber sido de color marfil tiempo atrás. Era obvio que los Belford tenían problemas económicos.

Tal y como esperaba, a lady Belford no pareció molestarle la interrupción y apareció al cabo de unos minutos. Al verla llegar, el parecido entre madre e hija le resultó evidente. Podrían haber pasado por hermanas, aunque Renée era una versión mucho menos impactante de Isabella; en cualquier caso, cualquiera que no las conociera daría por hecho que estaban emparentadas, y teniendo en cuenta la situación, no se sintió nada complacido.

Por su parte, Renée se mostró claramente encantada de verlo. Llevaba un vestido sin mangas color burdeos con un pequeño estampado floral en tono dorado, y un colgante con un rubí. Se acercó a él muy sonriente, y le dijo:

—¡Qué sorpresa tan agradable, lord de Masen! Aunque me habría gustado saber que ibais a venir, para ordenar que prepararan otro cubierto en la mesa —se acercó a él, y posó una mano en su brazo.

Edward se dio cuenta de que aún seguía deseando acostarse con él. Ocultó la repugnancia que sentía, y se obligó a sonreír y a hacer una reverencia.

—Gracias por recibirme, lady Belford. Soy consciente de que se trata de una hora de lo más intempestiva.

—La hora jamás es intempestiva cuando se trata de vos, milord —Renée bajó la mirada, y le devolvió la reverencia.

Ella tenía una posición social muy superior a la suya, así que el hecho de que lo tratara con un título de cortesía le pareció obsequioso.

—En ese caso, soy muy afortunado.

—¿Acabáis de llegar a la ciudad?, ¿queréis cenar con nosotros? Acabamos de sentarnos a la mesa —lo miró con una sonrisa mientras volvía a tocarle el brazo.

—Me temo que no puedo demorarme demasiado, y no quiero que descuidéis a vuestros invitados por mi culpa. Pero hay un asunto extremadamente urgente del que debemos hablar, y os ruego que me concedáis unos minutos.

Ella sonrió, lo miró con coquetería, y lo agarró del brazo. Edward luchó por controlar las ganas de apartarse de ella mientras lo conducía hacia un pequeño salón con paredes tapizadas con una tela color verde, muebles dorados, y tapicería verde y dorada. Al ver que todo parecía bastante desgastado, se convenció aún más de que los Belford estaban pasando por un bache financiero.

Lady Belford le soltó, cerró la puerta, y se apoyó en ella mientras lo miraba con una sonrisa.

—Tendréis que venir a cenar otro día, antes de que Belford regrese —murmuró.

Edward retrocedió unos pasos, y vaciló por un momento; sin embargo, sabía que no había forma de darle la noticia con delicadeza.

—Será mejor que os sentéis, lady Belford. Tengo que daros una noticia.

Ella aceptó la silla que le ofreció, y comentó:

—Espero que se trate de una buena noticia.

—Creo que sí —a pesar de sus palabras, estaba convencido de que no iba a mostrarse nada complacida—. He traído a vuestra hija a Londres.

—¿Qué? —ella siguió sonriendo. Era obvio que no había asimilado lo que acababa de oír.

—Vuestro apellido de soltera era Drew, ¿verdad?

Lady Renée se puso pálida, y su sonrisa se esfumó.

—¿Qué es todo esto?

—Vuestra hija, Isabella Swan, se encuentra en este momento en Londres, en Esme House.

Ella abrió los ojos como platos, y se quedó mirándolo estupefacta.

Edward sintió un poco de lástima por ella. Miró a su alrededor, y al ver las licoreras, le sirvió un vaso de jerez y se lo dio.

Ella sacudió la cabeza, y dejó el vaso a un lado.

—Disculpadme. Mi hija está en el piso de arriba con mi hijo. Se llama Jessica, y tiene trece años.

El efímero atisbo de lástima se esfumó. Edward sintió que lo llenaba una sensación gélida y acerada similar a la que experimentaba ante un adversario. Aquella mujer le debía a su hija una vida adecuada.

—Vamos a dejar las cosas claras, lady Belford. Podría contratar a un detective, y seguro que no tardaría más de uno o dos días en comprobar que vuestro apellido de soltera era Drew; pero como vuestra hija se parece tanto a vos, ni siquiera voy a tomarme esa molestia. Sin duda no os habéis enterado de que Charlie Swan murió en la horca en junio. He traído a Isabella a Londres para que se reúna con vos, ya que sois la única familia que le queda.

Lady Belford soltó una exclamación ahogada, y pareció derrumbarse mientras lo miraba con ojos llorosos. Los tenía marrones, como su hija, pero no eran ni por asomo tan exóticos y vividos como los de Isabella.

—Tenéis razón, de soltera me apellidaba Drew.

Cuando se levantó temblorosa, Edward se apresuró a acercarse a ayudarla; sin embargo, en cuanto se apoyó contra él y se aferró a sus hombros se dio cuenta de que estaba intentando engatusarlo.

—Será mejor que os sentéis —le dijo muy serio, mientras intentaba zafarse de sus manos.

Ella siguió aferrándolo, pero evitó mirarlo a los ojos para que no pudiera leer su expresión.

—Oh, Dios… estoy atónita, apenas puedo creerlo… ¿Isabella está aquí, en Londres?

—Sí. Vuestra sorpresa es comprensible, pero vuestra hija ha regresado y está deseando veros.

La apartó con firmeza, y ella lo miró al fin.

—No debéis hablar tan abiertamente, podríais causarme la ruina.

A pesar de que ella seguía con los ojos llorosos, Edward alcanzó a ver la frialdad que se ocultaba en su mirada, y sintió un desprecio abrumador.

—¿Y qué me decís de vuestra hija?

Ella se sacó un pañuelo del corpiño, y se secó los ojos.

—Os lo repito, no habléis así. ¿Por qué la habéis traído a Londres?

—¡Para que viva con vos, sois la única familia que le queda! Tuve que escoger entre traerla aquí, o enviarla al orfanato de las Hermanas de Santa Ana.

Ella se quedó mirándolo en silencio durante unos segundos, y al final le preguntó:

—¿Cómo es?

—Es más que hermosa. Tiene unos ojos marrones parecidos a los vuestros, el pelo castaño con reflejos rojizos, y una figura perfecta. Es muy inteligente, está aprendiendo a leer y se le da muy bien. Por no hablar de su valentía. Nunca había visto un valor semejante, ni siquiera en un hombre. Arriesgó la vida a bordo de mi barco para salvar a un joven marinero, y blande una espada casi tan bien como yo.

Cuando Renée lo miró horrorizada, se puso aún más furioso y le espetó con frialdad:

—¿Qué esperabais? ¡Permitisteis que vuestra hija se criara junto a un pirata, y le negasteis una vida llena de lujos como éstos! —abarcó la habitación con un gesto.

Renée se cubrió el rostro con las manos, y se echó a llorar.

—¿Cómo podéis culparme?

Edward se dio cuenta de que estaba intentando manipularlo, pero no alcanzaba a entender qué era lo que pretendía.

—Al contrario que la situación de vuestra hija, vuestras lágrimas no me conmueven. ¿Qué pensáis hacer? Está en Esme House, y espera un emotivo reencuentro.

Ella lo miró con expresión gélida, y le dijo:

—No esperaréis que acoja a alguien como ella, ¿verdad?

—Vuestra hija necesita un hogar —le dijo con brusquedad, al ver que sus peores temores estaban materializándose—. Necesita una madre, os necesita a vos. He creído que sería mejor venir a hablar con vos para avisaros de su llegada, y está claro que he hecho bien. En la sociedad hay multitud de hijos ilegítimos, lady Belford. Ambos conocemos a muchos matrimonios que están criando a su descendencia ilegítima junto a sus herederos. Yo mismo he traído a mis dos hijos, y los presentaré ante la alta sociedad con orgullo.

Ella negó con la cabeza, y lo aferró de los brazos.

—¡Pero vos no sois una mujer casada! Belford no se mostraría comprensivo y jamás me perdonaría, a pesar de que cometí el error antes de conocerlo.

Au contraire. Lo manejáis a vuestro antojo, y estoy seguro de que podéis convencerlo de lo que os venga en gana.

—¿Por qué estáis haciendo esto?, ¿por qué decidisteis traerla a Londres?

—¿Estáis preguntándome por qué me comporto como un caballero? —le preguntó con ironía—. Vuestra hija se ha quedado huérfana, y ya no es una niña. ¡Tiene diecisiete años, es una mujer lista para el matrimonio! Supongo que querréis ayudarla para que tenga un buen futuro, ¿no?

—¡Vos no sois un caballero! —Estaba tan pálida y tensa, que parecía de yeso—. ¿No veis lo angustioso que me resulta todo esto?

Edward perdió la paciencia.

—¡Vuestra angustia no es nada comparada con lo que ha sufrido Isabella a lo largo de su corta vida!

Ella se quedó inmóvil, y lo observó con atención; finalmente, le dijo con frialdad:

—Me tratáis con desprecio, pero vos deberíais entender mejor que nadie lo sucedido; al fin y al cabo, estáis muy familiarizado con la pasión.

—Lo único que tenemos en común es vuestra hija, lady Belford —Edward soltó una carcajada llena de cinismo—. Puedo imaginarme cómo concebisteis a Isabella. Erais joven, os enamoriscasteis de un aguerrido oficial de la armada, quizás mientras disfrutabais de unas vacaciones, y ahora lamentáis lo que hicisteis.

—Sí, era muy joven… de hecho, tenía la edad de Isabella… y Swan me encandiló y se aprovechó de mi ingenuidad. Era un joven y apuesto oficial de la armada cuando nos conocimos.

Edward se acercó a ella, y se inclinó hasta que sus rostros quedaron muy cerca.

—No la criasteis hasta los cuatro años, ¿verdad? El padre de Isabella no os la arrancó de los brazos.

—¿Eso es lo que le dijo Swan?

—Sí.

—Como estaba soltera, me enviaron a dar a luz a un convento. Mis padres querían darla en adopción a alguna familia, pero una de mis hermanas avisó a Swan y él vino y se la llevó poco después de que naciera. No sé cuándo fue exactamente —Renée respiró hondo, y le tocó el brazo—. Edward, sabéis tan bien como yo que el mundo funciona así. No podía arruinar mi futuro antes de que empezara siquiera.

—¿Os importaba lo más mínimo vuestra hija?

—Claro que sí, pero sabía que su padre se ocuparía de ella. No había otra alternativa.

—Había infinidad de alternativas, si hubierais tenido el corazón de una madre. Ni siquiera pensáis decirle a Belford que es vuestra prima, ¿verdad? No deseáis tener que lidiar con la inconveniencia… ¿o se trata de una cuestión económica? No me digáis que le tenéis miedo a vuestro esposo, los dos sabemos que lo tenéis controlado.

El rostro de Renée se afeó considerablemente al endurecerse.

—Hace años cometí un error, pero vos sois incapaz de entenderlo porque sois un de Masen, y nacisteis rodeado de privilegios y riquezas. Sí, cometí un error, pero entonces conocí a Belford y me he forjado una buena vida. No pretenderéis que reciba con los brazos abiertos a una hija a la que ni siquiera conozco, ¿verdad? ¿Creéis que estoy dispuesta a sufrir el escarnio público, a ser el centro de los cotilleos, a perder mi reputación? —Se detuvo para recuperar el aliento, y añadió—: Me habéis puesto en un apuro, y debo admitir que tenemos problemas económicos. Estamos viviendo a base de créditos, y ya me resultará más que difícil presentar en sociedad a mi propia hija cuando llegue el momento.

—En ese caso, puede que no estéis escogiendo bien a vuestros amantes —comentó Edward. Cuando ella le dio una bofetada, supuso que quizás se la merecía, pero Isabella no se merecía tener una madre así. Sería muy desdichada viviendo en aquella casa—. Carecéis de corazón, lady Belford —se puso de pie, dispuesto a marcharse—. No sólo os negáis a darle un hogar, sino que además no ofrecéis ninguna solución a sus problemas.

Ella le agarró de la manga, y le preguntó:

—¿Qué pensáis hacer?

—No temáis, no pienso sacar la verdad a la luz —el problema era que no sabía lo que iba a decirle a Isabella.

—¿No puede quedarse en Esme House? Sin duda hay espacio más que suficiente. A lo mejor podríais darle un empleo, para que se gane el sustento.

Edward empezó a temblar de furia. Sabía que tenía que salir de allí cuanto antes, ya que el impulso de agarrar a aquella mujer del cuello y estrangularla era avasallador.

—Isabella va a convertirse en una dama, está en todo su derecho.

Ella se relajó un poco, y le contestó:

—No soy cruel, Edward. Si pensáis presentarla en sociedad, debo suponer que queréis encontrarle marido, pero tened en cuenta que no tiene dote.

Jamás en su vida se había sentido tan asqueado.

—No os preocupéis por las perspectivas de futuro de Isabella, lady Belford. Es el colmo de la hipocresía. Que tengáis un buen día —fue incapaz de hacer una reverencia, y fue a toda prisa hacia la puerta. Tenía que salir de allí antes de que la furia que sentía se le escapara de las manos.

Al llegar a la puerta, se volvió de golpe a mirarla. Lady Belford seguía en el centro de la habitación, inmóvil como una estatua.

—En lo que a mí respecta, acabáis de renunciar a cualquier derecho maternal que pudierais tener, lady Belford —al ver que se tensaba, alzó una mano para silenciarla—. No la mandaría a esta casa, con alguien carente de corazón y de escrúpulos, bajo ninguna circunstancia. Ha estado bajo mi protección desde que salió de Jamaica, y seguirá estándolo hasta que se case. Buenas noches.

Se fue sin darle tiempo a contestar.


si lo se, una bruja y una mala p... , no siempre se tienen esas madrazas que tenemos...jejejeje. pero miren el lado positivo... Bella se quedará con Edward, o no¿? jejejejeje... el prox. cap. se titula "Bajo mi tutela" ya se pueden inmaginar...;) jajajaja.

grácias por todos sus rw, esta historia tb és una de mis fav. jejejeje. un besote bien grande y un agradecimiento especial a las que aunque no pueda contestar pq no estan registradas, siempre me dejan su comentario y no solo en esta historia sino en todas MUAKIS, mis niñas :. nos leemos besazos para todas.