9: Su sangre teñirá de rojo los canales, su carne se pudrirá en cuanto el sol emerja.
El sol se ocultó y ni siquiera el hecho de que su hermano fuera mucho más antiguo y fuerte que él pudo contenerlo. Había leído las historias de vampiros, hasta las más recientes, alucinaban con que podían convertirse en seres alados, lobos u otros animales, la verdad es que no tenían ningún tipo de poder más que influenciar sobre los seres humanos.
Era complicado, pero usó todo su influencia para que en la mente de los demás apareciera el más profundo temor. La gente huyó de las calles, no quería tener que cruzarse con gente estrafalaria subida en las góndolas de camino a una de tantas fiestas que solían tener prácticamente todos los días.
La ciudad parecía estar desierta, hasta la luz de las ventanas estaba ausente, el silencio era pesado.
El olor de John era casi palpable, a pesar de que había avanzado con toda la velocidad de la que era capaz sentía que aun estaba demasiado lejos, el palacio que podía ver como una luz brillante parecía inalcanzable.
Era de tres niveles, sus paredes de color rojo y lindos arcos blancos en cada ventana, llegar a él era complicado, los canales le suponían el problema pero al ser pequeñas masas de agua podía saltarlas solo con un poco de dificultad. Aunque claro, el problema grande vino cuando tuvo que atravesar aquel gran canal para llegar al palacio.
Los lobos estaban dentro, una cantidad inmensa, una concentración mucho mayor a la observada con anterioridad. Era posible que el clan del tal Morstan fuera suficientemente fuerte para presentar batalla a los vampiros y si se hacían más fuertes, su padre no dudaría en atacarlos, no toleraría que ellos comenzara a ganar influencia y poder.
Había muchos alfas, podía percibir por lo menos a un centenar. Los betas no sólo estaban dentro del palacio sino también en las callejuelas alrededor y en los edificios contiguos. Pero omega había sólo uno, el dueño del olor maravilloso que había percibido, John, quien lo estaba llamando, quien de alguna manera sabía que estaba ahí.
Tal vez sólo lo estaba imaginando, era improbable que un olor transmitiera un mensaje, pero olía a aquel primer celo y a la sangre de John que él le ofrecía antes de cada encuentro, olía al aliento de John cuando lo besaba y a su cabello cuando despertaba a su lado. Sí, lo más seguro era que lo estuviera imaginando.
Sin embargo, tomó una góndola y cruzó remando sin ningún tipo de cuidado. De todos modos en el estado de alerta en el que estaban se darían cuenta de su presencia sin dudarlo. Los alfas que estaban en el embarcadero sonreían, él bajó casi dramáticamente dejando que su abrigo de viaje ondeara detrás de él como si fuera una capa. Lo dejó caer porque le estorbaría, la sangre de los dos vagabundos con los que se cruzó justo a la entrada de la ciudad latía en sus venas, le daba la suficiente fuerza para hacer lo que considera su deber.
Las garras del primer alfa estuvieron a punto de encontrar su cuello pero en vez de eso, lo jaló y aventó hacía su lado izquierdo, el segundo alfa entonces trató de agarrarlo, una patada en la mandíbula lo previno. Se dio tiempo para agacharse y destrozar sus arterias y beber lo más que pudo, cada mililitro de sangre de lobo lo ayudaría para llegar hasta el final.
John era el final.
Repitió lo mismo con los siguientes dos alfas, después lo atacaron entre cinco y aunque lograron lastimarlo, terminó por hacer todas sus cabezas o arrancar sus corazones. Llegó el punto en que estaba hinchado de tanto beber y escupió la sangre de la última víctima sobre los betas que trataban de rodearlo. Eran lobos fuertes pero no tanto como los alfas, estaban entrenados para mantener su forma híbrida pese a que no había luna llena, faltaban unos días para tenerla en el cielo, por fortuna, de otra manera ellos tendrían una fuerza mucho mayor a la suya.
Sherlock estaba haciendo algo impensable despachando a tantos lobos en solitario, lo impulsaba la necesidad de llegar a John antes de que se uniera a Morstan, eso no debía suceder y él lo prohibía. John era suyo, siempre, para toda la vida, para toda su vida, que terminaría cuando John desapareciera del mundo.
Morstan apareció cuando los últimos alfas estaba moribundos en sus manos. No tenía idea de cuánto tiempo había pasado y le sorprendía que siguiera ahí. Pero el olor de John seguía siendo fuerte, como el día en que habían compartido sus cuerpos entre las hojas de pino mojadas por la lluvia nocturna.
John era el mismo. John seguía siendo su John.
Ahora sólo tenía que matar a Morstan.
No le había gustado cuando lo vio la primera vez. Era un lobo en plenitud, había alcanzado los cuarenta años y poseía una fuerza extrema, era un alfa en toda la extensión de la palabra, ligeramente más alto que él y con masa muscular. Pero él no sería sencillo de vencer, porque cada segundo que pasaba sabía que no tenía nada que perder. Si vencía, tendría a John, si moría, John sería protegido por este alfa por el que hubiera podido sentir algo de respeto.
Si las cosas hubieran sido diferentes, porque en este instante no sentía más que desprecio.
Los lobos tenían dos formas, la que era una transformación completa y entonces se veían como un lobo de tamaño descomunal. En el pasado solían aterrorizar a los pueblos y villas de esta manera, sembrando el terror en cada poblador a tal grado que la oscuridad era el peor enemigo.
La forma híbrida vino después, explotaba lo mejor de sus mundos, las extremidades posteriores y las superiores, culminadas con unas garras capaz de desgarrar hasta el hueso. La ventaja que la altura les daba, su torso extendido y que conservaban el poder de raciocinio del ser humano eran parte de las características que les hacían optar por esta "media" transformación. Solían usarla cuando no había luna.
La "media" transformación de Morstan era impresionante y cuando lo golpeó de frente lo hizo volar y chocar contra una pared. Quedó conmocionado, duró tan sólo unos momentos pero su visión se volvió por completo negra. Se forzó a levantarse y atacar con velocidad, agarrándose de la espalda del alfa y clavándole las garras. Pero su piel era gruesa y su pelaje tan espeso que no consiguió más que rasguñar la piel. El lobo se lo sacó de encima y comenzó a golpearlo una vez que lo tenía en el suelo.
Sherlock sólo atinó a proteger su garganta, quería evitar que la desgarrara o era todo, habría terminado demasiado rápido.
-Mark.
La voz de John fue clara, casi cristalina, escucharla fue lo que le dio a Sherlock la paz para irse del mundo. Su lobo estaba bien, sería feliz, tendría una familia. Tal vez esa familia mataría a los vampiros en el futuro. Todo estaba bien. Sonrió y aunque la sangre que venía de su cabeza le oscurecía la vista, la silueta borrosa que alcanzaba a ver se le antojó hermosa.
-¡Vete de aquí! –El lobo en forma híbrida rugió e hizo vibrar hasta las paredes.
-Ese es Sherlock, por favor, déjalo en paz.
La voz de John era lo más parecido al paraíso que conocería, su olor lo invadía, le recordaba las correrías a la luz de la luna y la manera en que aullaba cuando alcanzaban lo más alto de las colinas.
-¡Regresa a tu habitación!
La figura del alfa se acercó a la de John, Sherlock hubiera querido moverse pero no podía, en algún momento el lobo lo había herido y él ni siquiera se había dado cuenta. El omega, pese a verse de la mitad del tamaño del alfa no parecía amedrentado.
-No puedes lastimar a Sherlock, te lo pido como favor personal.
El alfa tomó el brazo de John y lo aventó, Sherlock siseó y juntó todo lo que quedaba de su fuerza para poder levantase. Fue así que pudo ver como John temblaba en el piso donde había caído, tal vez estaba lastimado, tal vez debía aplastar la cabeza de Morstan por haber atrevido a tocar de esa manera a John.
Entonces la pequeña figura de John cambió, sufrió una transformación que había visto cada vez que brillaba la luna pero fue voluntaria. Fue una transformación completa y ahora que lo comparaba con el tamaño de otro lobo se daba cuenta de que John tenía un tamaño muy por arriba del normal. Su pelaje era de un amarillo cenizo que a Sherlock le había parecido siempre muy lindo, recordaba cómo había pasado las manos entre ese pelaje en múltiples ocasiones.
John fue certero en su ataque, no necesitó más que usar el factor sorpresa, Morstan no esperaba eso. Desgarró su garganta, el chorro de sangre lo manchó absolutamente todo, sin embargo, John siguió sacudiendo el cuerpo sujetado por el cuello hasta que separó la cabeza. Con unos pasos rápidos se acercó hasta Sherlock, quien aun no se recuperaba de la sorpresa, lo tocó con su hocico y lamió la sangre de su cara.
-John.- El vampiro se abrazó a su lobo y escondió el rostro entre su pelaje, aspiró profundo y el olor lo llevó de regreso a aquel primer celo donde todo había sido descontrolado y tremendamente satisfactorio.- Estás aun en celo.
El lobo le descubrió su cuello y el vampiro lo mordió, bebiendo la sangre que manaba hasta su boca. Se curaba de esa manera, la sangre de John era un bálsamo para todas sus heridas. Recuperó cada uno de sus sentidos y el control de cuerpo al mismo tiempo que John perdía la transformación.
-Te necesito Sherlock.
No tuvo que decir nada más.
Mycroft entró al palacio cuando debería estar despuntando el alba pero el cielo se había encapotado y una fiera lluvia parecía cubrir con su velo la ciudad. El espectáculo era grotesco pero le causaba un placer enorme saber que todo había sido orquestado correctamente. Su humano pasó frente a él y junto con los otros tres sirvientes revisaron el palacio y corroboraron lo que él sabía.
No había un solo sobreviviente.
Sherlock y John se habían ido, lo más seguro es que su hubiera encargado de la primera oleada del celo del lobo y en cuanto tuvieron la oportunidad, huyeron lo más lejos posible. Le costaría mucho encontrarlos, de eso estaba consciente, pero lo haría, tarde o temprano. Por ahora no era necesario, siguió caminando entre los cuerpos maravillosamente destrozados de alfas y betas. Morstan estaba muy orgulloso de su clan pero mantenía a raya el número de lobos en la ciudad, vendrían más cuando esto se supiera, una guerra se avecinaba.
Los sirvientes descargaron lo que habían recogido en los dos días que habían permanecido en Padua, donde en secreto se reunieron con otro contingente de sirvientes que habían acompañado a Sherrinford a Bavaria. Habían hecho un trabajo estupendo y cuando los humanos descubrieron uno a uno los cuatros cadáveres de lobos y los acomodaron teatralmente alrededor de Morstant y sus alfas principales, Mycroft se dio el tiempo de apreciar la belleza de un plan culminado a la perfección.
Victor Trevor había muerto a manos de su hermano mayor, así como la mayoría de sus allegados. Pero había muchos más lobos que clamarían venganza y vendrían a poner de alguno de los dos bandos. Se matarían entre si y ellos tan sólo tendrían que observar. De cualquier manera estaban condenados. Los dos últimos alfas con suficiente fuerza para comandarlos estaban muertos a manos de los Holmes y el único omega puro del mundo ahora era el compañero de su hermano.
Un lobo y un vampiro unidos como antaño sucedía.
-Es momento de irnos.
Lestrade le tendía la mano para ayudarlo a salir de entre los cuerpos, él la tomó aunque no fuera necesario el gesto, él poseía más gracia que cualquier humano y aun más fuerza, sin embargo, el dejar que él lo ayudara era casi poético. El humano no era un sirviente, había elegido un camino que no se podía transitar si el vampiro no estaba dispuesto a acogerlo. Formaría a su propia familia y algún día, tomaría el lugar de su padre. Pronto tendría dos mil años, pronto estaría en posibilidad de culminar todas sus ambiciones.
El camino de regreso fue mucho más tranquilo, sin la premura de cumplir con ciertos tiempos específicos. La verdad es que si John se hubiera unido a Morstan habrían logrado una alianza con todos los clanes del mundo, a tal grado habría sido su influencia. Eso era impensable y la inocencia de ambos alfas como para pensar que ellos los ayudarían había si la clave de su destrucción. Tan desesperados estaban que creyeron que John tomaría al alfa que mejor tratara a los Holmes.
Deberían haberlo arrancado de sus garras y reclamarlo en el instante. Trevor no era nada comparado a Morstan, lo habrían degollado de una sola mordida. Entonces habría tenido que enfrentarse al vampiro más antiguo y a sus tres hijos. Bueno, para ser sinceros los lobos habían estado en desventaja desde el inicio. Desde que milagrosamente el pequeño omega no fue sacrificado con el resto de su familia.
Gregory Lestrade se convirtió en su primer hijo exactamente tres meses después de regresar a su mansión, la que solía compartir con su padre y hermanos, pero ahora ellos estaban en Francia, fingiendo envejecer, lejos de todos, esperando el tiempo para renacer. Seguían rondando sus círculos usuales, la gente lo felicitaba porque parecía que no envejecía, usaba más polvos de los que debería para aparentar que cubría y escondía arrugas.
Sus sentidos como vampiro joven estaban muy exaltados, podía escuchar cosas que los vampiros más antiguos aprendían a ignorar, tal vez por eso estuvo tres días agitado y esperando a que algo sucediera. Los primeros seis meses habían sido complicados, aunque lo esperaba, toda la ira y la culpa por haber cedido a sus impulsos carnales hacían presa de Gregory, todos los días. Alimentarse todos los días era motivo de más recriminaciones, sin embargo Mycroft tenía paciencia.
Sabía que él entendería, que comprendería que ahora eran una familia, única y maravillosa, destinada a las cosas más espléndidas.
-Mycroft –dijo cuando despertó al caer la noche.- Ellos están afuera.
Mycroft Holmes se vistió de inmediato, los podía hacer esperar, la ocasión ameritaba que estuvieran elegantes. Los sirvientes revolotearon entre ellos, al final, ambos caballeros parecían listos para recibir a la Reina. Bajaron las escaleras tomados de la mano y justo en el tercer escalón se detuvieron, la puerta se abrió y sus siluetas aparecieron iluminadas por la luz del interior.
Sherlock estaba magnífico, no esperaba nada menos de él. Recién alimentado, su blanca piel brillando, sus ojos parecían esa noche de color casi cobalto y los rizos eran los únicos que desentonaban, no usaba sombrero, Mycroft podría haberlo considerado un descuido.
John se veía cansado, ojeras negras decoraban sus párpados inferiores y parecía haber perdido bastante peso. Sin embargo, su ropa estaba perfectamente acomodada y su porte era orgulloso. Entre sus brazos estaba la razón de mil conjeturas. Mycroft había leído libros tan antiguos que había veces que se deshacían entre sus dedos, había conseguido pergaminos mucho más antiguos aun y había recorrido el mundo mirando paredes de cavernas que contaban historias ignoradas.
Pero era cierto, siempre lo supo, no había tenido duda en cuanto Sherlock conoció a John, aunque al principio sólo pensó que eran almas gemelas destinadas a estar juntos. El resto de la historia sólo podría ser cierta si John era omega, así que al descubrir que lo era, todo encajó a la perfección.
Porque miles de años en el pasado, en los albores de ambas especies, estuvieron juntos y sus hijos eran seres tan terroríficos que hasta sus padres les temían. Por eso se alejaron, se enemistaron y nunca osaron volver a unirse.
Hasta ahora.
-Te presentamos a Hamish Watson-Holmes.
