Rose volvió a girar sobre sí misma mirándose al espejo por enésima vez en la tarde. Lily, sentada sobre la cama de su prima, rodó los ojos.
—Rose, ¡estás perfecta así vestida! Además, no es como si los Malfoy no te conocieran. ¡Por Merlín, si te han visto hasta cuando te salió ese brote de acné asqueroso con catorce años!
—¡Lily, entiéndeme! Sé que esto que tenemos Scorpius y yo ahora no está muy claro pero tengo que dar buena impresión.
—Rose, no sé quien te adora más en esa casa. Si Scorpius, Draco o Astoria. No te preocupes tanto por la ropa, que no es por nada, pero ese vestido te queda divino ¡Y preocúpate más por la hora, que Scorpius está casi al llegar!
Rose miró el reloj digital que tenía sobre una mesa que ella misma había hecho con todos los libros que comenzaba a leer pero que con el tema de las prácticas en San Mungo no tenía apenas tiempo de terminar. Lily rio al ver a su prima en tal apuro, disfrutaba torturándola con la "no-cita" que Rose tenía en la casa de los Malfoy. Casi como si estuviera planeado, el timbre sonó.
—¡Es él, Lily! ¿Qué hago?
—¿Bajar las escaleras? Como idea digo, no creo que Scorpius esté muy tranquilo esperando a que bajes.
Lily se levantó, abrazando a su prima por detrás mirando el reflejo de ambas en el espejo. Lily jugueteó con un hilo que estaba suelto de la falda de su prima. Lily le dio un beso en la mejilla a Rose.
—Estás realmente preciosa, Rose. Lo único que te puedo decir es que estés tranquila. Y también, que tienes que ganar a Draco jugando al ajedrez. Si pierdes, estoy segura de que tu padre te desheredará ya no solo por salir con Scorpius, sino por dejarte ganar.
—No me voy a dejar ganar por Draco, quiero el Pad Thai que Scorpius me ha prometido.
Lily sonrió. Le gustaba esa Rose relajada que aparecía cuando Scorpius estaba cerca de su prima, aunque el rubio estuviera esperando en la puerta.
—Rose, ¡que Scorpius sigue abajo! ¡Vete ya, corre!
Rose pegó un saltito tomando el bolso de mano que había escogido. Cuando se trataba de los Malfoy, a pesar de que era casi una hija para ellos, siempre sentía que tenía que buscar parecer elegante. Se despidió de su prima lanzando un beso al aire y salió de su cuarto casi corriendo.
Antes de abrir la puerta, se paró para respirar profundamente. Contó hasta tres e intentando convencerse de que esa "no-cita" no saldría tan mal, abrió la puerta.
Scorpius se quedó casi sin habla al ver a Rose. Ya estaba a punto de aparecerse dentro del salón de la chica al ver que nadie le habría la puerta pero la espera había merecido la pena.
—Estás guapísima, Rose. ¡Wow, mi corazón pelirroja! Que aunque estés estudiando para ser medimaga, no creo que aquí tengas uno de esos...
—Desfibrilador.
—Si es que no hay nada que no sepas ¡Ay!
Scorpius se llevó la mano al pecho hacia el lado contrario del corazón, dramatizando que se desmayaba sobre el marco de la puerta. Rose comenzó a reír, era lo que más le gustaba al rubio de la relación que habían recuperado, volver a ser él quien la hiciera reír.
Su mirada paseó por la figura de la chica, la cual estaba cubierta por un ajustado vestido color azul oscuro. No sabía si la chica lo había hecho a posta, pero ese siempre había sido su color favorito.
—¡Ey, Scor! ¡Mis ojos están aquí arriba, deja de mirarme las piernas!
Scorpius desvió su mirada al suelo, rascándose el pelo nervioso. Parecía mentirar que todavía se pusiera así después de lo que había pasado entre los dos.
—Es que, de verdad que estás guapísima. ¿Te parece si nos aparecemos ya? Estoy más que seguro de que mi madre nos está esperando intentando no morderse las uñas. Nunca ha conseguido quitarse ese vicio.
Rose no sabía en que momento habían pasado de estar tomando el té a pasar a beber champán en copas de cristal fino. Bueno, sí que sabía cuando se había descorchado la primera botella. Había ocurrido cuando Astoria se volvió prácticamente loca en el momento en el que la pelirroja le había hecho jaque al rey del que era su marido.
Draco había querido divorciarse de Astoria cuando la castaña había comenzado a correr por el amplio salón bailando con Narcissa de la mano. Las dos mujeres de su vida disfrutaban burlándose de él y Lucius, como no, había optado por celebrarlo con champán. Draco era el único que no podía disfrutar el momento. Sin embargo, todo su mal humor por haber sido vencido se esfumó en cuanto vio como su hijo miraba con orgullo a Rose.
Verles ahí, sentados juntos en el mismo sillón, era casi como un viaje al pasado. Pensó en cuando Astoria y él pasaban las tardes leyendo en voz alta teatro, el género preferido de la castaña. Hacía tiempo que no veía a su hijo así de sonriente, ni siquiera cuando había traído a Lily casi año y medio atrás. Draco sonrió dando un sorbo Había metido la pata con las anécdotas y Astoria no había estado rápida para cerrarle la boca cuando contó lo que en teoría había pasado entre la menor de los Potter y su hijo.
Draco optaba por decir en teoría porque todos los presentes en la sala a excepción de Scorpius desconocían lo que había pasado entre aquellos dos. Astoria bailoteó alrededor de él. Como única respuesta, Draco levantó una ceja.
—No me provoques, mujer. Que nos conocemos ya desde hace tiempo.
Astoria le miró bebiendo de su copa sonriendo como una niña. Lamió el borde de la copa tentándole. Draco negó con la cabeza, tendría que haberle prohibido el champán a Astoria años atrás.
—Tú lo has querido, por tu bien y el de esa copa, corre.
Astoria se movió cuando vio que su marido se iba a abalanzar sobre ella. Al girarse, vio como su hijo besaba brevemente a Rose aprovechando que los adultos se habían convertido en niños y por un momento no les estaban haciendo caso. Astoria sonrió, sabía que, con la ayuda de Lily, su hijo no tardaría en darse cuenta de que Rose y él estaban hechos el uno para el otro. Draco aprovechó que estaba distraída para abrazarla.
—¡Te pillé!
—¿Cómo tu hijo se ha pillado de Rose? Míralos, Lily siempre tiene razón. No sé como lo hace.
Draco tomó un sorbo de la copa que Astoria había dejado sin vigilar. Viendo como la pareja quería desplegar ese amor que se habían empeñado en ocultarles a todos, sabía que era el momento de irse.
—Porque conoce a eso dos mejor de lo que se conocen a ellos mismos. Déjame hacer una cosa.
—¡Draco! ¡¿Qué vas a hacer?! ¡No pongas en rídiculo a nuestro hijo delante de Rose!
Draco le sonrió
—Bueno, ha sido una velada maravillosa. Antes de despedirnos, quisiera hacer un brindis. Papá, ven, que lo del champán ha sido idea tuya. Rose, trae a ese hijo mío que solo parece hacerte caso a ti.
Sonriendo, Rose se levantó tomando de la mano a Scorpius para llegar hasta la chimenea. La noche estaba siendo demasiado extraña y ella solo tenía ganas de seguir besándose con Scorpius.
—Bien, antes de que nos vayamos a nuestras camas—Draco guiñó un ojo a Rose, lo que le hizo sentirse un poco incómoda— quiero despedirme reconociéndole a Rose que es una digna contrincante. Y no sólo se ha ganado mi corazón esta noche, apuesto que el de Scorpius ya te lo tienes más que conquistado.
Rose enrojeció bebiendo lo que quedaba en su copa de un solo trago. Apretó la mano de Scorpius buscando apoyo, que la miró como si también estuviera perdido en esa situación.
—¡Papá, por Merlín!
—Está bien, está bien. Discúlpame este comportamiento, Rose. El lunes en la oficina, haz como si nada de esto hubiera pasado. Sin más rodeos, ¡un brindis por Rose, la mejor jugadora de ajedrez mágico a la que me he enfrentado!
Las copas, algunas más vacías que otras, chocaron entre sí con un dulce tintineo. Lucius y Narcissa se despidieron mientras subían bailando por la gran escalinata. Rose se acercó de nuevo a Scorpius, queriendo besarle. Sin embargo, sabiéndose centro de atención de los otros dos adultos, tendrían que dejarlo para otro momento.
Rose miró a Scorpius dándole la espalda a Draco y Astoria, que estaban tomando el mismo camino que los abuelos del rubio. Las llamas de la chimenea conseguían que los ojos grises de Scorpius se tiñeran de un color anaranjado que invitaba a perderse en ellos. Rompiendo la magia del momento, se escuchó a lo lejos la voz de Draco como si estuviera utilizando un hechizo para aumentar el volumen de su voz.
—Rose, que sepas que ni a Astoria ni a mí nos importa si te quedas a dormir...
—¡Draco, ponte a dormir ya!
Rose sonrió mirando a Scorpius. Había sido una tarde bastante intensa pero no tenía ganas de irse a dormir aún. Menos de volverse a casa sola.
—¿Quieres que nos quedemos un rato charlando en el salón? Yo no estoy apenas cansado.
—Justo estaba pensando en eso. De qué quieres de hablemos, ¿de cuándo casi te lías con mi prima o de cuando te pilló tu abuela besándote con mi primo?
—Casi que prefiero hablar de como consigues que se me acelere el corazón con ese vestido puesto. Apuesto que hasta mi abuelo ha podido escucharlo. Y añado, el vuelo de tu falda también consigue que se me acelere otra cosa.
—¿Y por que en vez de hablar sobre ello no me lo quitas? Si tanto te perturba mi vestido, así solucionaríamos el problema rápidamente.
Scorpius sonrió. Creía entender lo que la chica quería decirle pero sabía que si subía a su cuarto, habría cuatro pares de orejas intentando escucharles. Una idea pasó por su cabeza.
—¿Quieres que solucionemos el problema rápidamente? ¿De verdad que sí, Rose?
Scorpius se acercó a ella, acariciando primero sus muñecas ara subir lentamente por sus brazos hasta llegar a sus clavículas. Allí, un lunar se había mimetizado entre el resto de pecas que adornaban la piel de la pelirroja. Se inclinó hacia Rose sin dejar de mirarla depositando un suave beso sobre el lunar.
Rose se volvía loca cada vez que Scorpius decidía torturarla de esa manera tan placentera. Ahora entendía porque Lily había insistido tanto en que se pusiera el maldito vestido azul marino. Scorpius apartó con una suave caricia su melena dejando libre su cuello donde la volvió a besar suavemente. Rose abrió los ojos clavando su mirada en la de ojigris.
—Bueno, como a tus padres no les importa que pase la noche aquí, no me importa ir todo lo lento que quieras...mientras acabes quitándome el vestido.
Scorpius volvió a sonreír. Acercó sus labios a los de ella disfrutando del ligero sabor a champán que aún podía percibir. Si por él fuera, no le importaría para nada que la noche fuera eterna para los dos.
Albus llevaba un rato sin poder concentrarse en los apuntes que Lorcan le había dejado. Estaba en la casa de Alice estudiando, ya que la chica tenía que prepararse también para las pruebas a las que quería presentarse para conseguir una plaza como profesora de educación infantil. Albus apartó la mirada de los apuntes para fijarse en ella, que estaba sentada en el escritorio estudiando mientras escuchaba música. El moreno sonrió.
No se arrepentía del viaje exprés que había hecho con la rubia a Austria pero ahora estaba sufriendo las consecuencias de haberse ausentado de la Academia. Sabía que su padre había movido varios hilos para que su pequeña aventura no le perjudicase pero eso solo había empeorado las cosas. Sus compañeros habían comenzado a demostrarle de manera pasivo-agresiva que él no era bienvenido y eso le frustraba tremendamente.
Miró por la ventana del cuarto de Alice. Aquella tarde había llovido y todavía había gotas que corrían por el cristal para morir en el alféizar donde la chica tenía una maceta en la que había lavanda plantada.
Recordaba que a Neville le encantaba el té de lavanda y que Alice había tomado esa costumbre también para conseguir tranquilizarse. A Albus se le ocurrían otras técnicas mejores de relajación pero no sabía si a Alice le apetecería tomar un descanso. Hacía casi dos horas que se habían puesto a estudiar de nuevo pero la rubia parecía estar bastante concentrada en ese manual de psicología infantil.
Albus se rio de sí mismo, no sabía que tenía la rubia, pero le encantaba. Queriendo llamar su atención, le lanzó un cojín suavemente, sin hacerle daño. Alice le miró mal, molesta por la manera tan bruta que su novio tenía para que ella dejara de estudiar. Se quitó uno de los auriculares.
—¿Qué quieres, Al? ¿No ves que estoy estudiando?
—Anda, ¿por qué descansamos un poquito? Ven, túmbate aquí conmigo.
—Al, esto es importante para mí. Tengo que estudiar, no puedo sacar mala nota en esta convocatoria.
—Y no sacarás mala nota, eres la mejor profesora que conozco. Anda, un ratito sola. Además, tengo que cuidarte el golpe del cojín, no puedo permitirme que tu cerebro se vea dañado.
Alice sonrió a Albus pícaramente. Sabía lo que el chico pretendía y no sería ella quien le dijera que no al chico. No podía evitar ceder ante esos ojos verdes que la miraban dejando claras sus intenciones.
—¿Y cómo pretendes curarme, Albus?
Alice se levantó de la silla acercándose a la cama contoneando sus caderas. Ella también sabía jugar y si se lo proponía, era mucho mejor que Albus en ese tipo de juegos. Se tumbó sobre la cama, gateando hasta quedar encima del moreno.
—Ummmm...pues, ahora que estás tan cerca, creo que el mejor remedio sería besarte. ¿Qué te parece?
Albus apartó la melena rubia del rostro de la chica, besando primero su frente. Se fijó en que la chica había cerrado los ojos por lo que continuó besando el puente de su nariz, su pómulo drecho y finalmente, atrapar sus labios en un beso lento.
Alice tenía la capacidad de calmarle y a la vez encenderle al mismo tiempo, aún no podía creerse lo ciego que había estado. Sintió las manos de Alice apretando su camisa desabrochando los primeros botones. Albus se sentó, colocándola a ella en su regazo. Bajó sus manos hasta llegar al dobladillo del vestido de la chica, metiendo sus manos por dentro.
La rubia no pudo evitar rozarse contra su chico, a veces sentía que con Albus no era verdaderamente ella. El moreno sacaba una parte de sí misma que se había mantenido escondida dentro de ella hasta que habían comenzado su relación. Como pudo, se deshizo de la camisa de Albus acariciando su pecho desnudo.
Aún besándose, Albus también aprovechó para despojar a Alice de su vestido. La contempló maravillándose con el tono de su piel y con como sus pezones, al contacto con el aire ya que Alice no acostumbraba a llevar sujetador estando en casa, se erguían inhiestos. Albus se mordió el labio mirándola.
—No es normal lo animal que consigues ponerme, Alice. De verdad, te lo confieso, soy tuyo.
Alice bajó la mirada sonrojada. Se sentía poderosa cuando Albus la mirada así. Tomando su varita de la mesilla de noche, desvistió del todo al moreno.
—Aún tengo que curarte pero quiero que dejes puestos estos calcetines largos. Ya sabes que tienes un novio con gustos extraños.
Alice rio acercándose a Albus para volver a besarle. A veces el chico tenía cosas extrañas que lo único que conseguían es que ella se enamorara más.
—Eres demasiado raro...pero creo que es por eso por lo que te quiero. Anda, cúrame.
—Eso está hecho, rubita.
Albus se volvió a lanzar a los labios de Alice, abrazándola por la cintura acercándola a su pecho. Su cuerpo se sentía caliente comparado con su piel por lo que esperaba que a la chica no le importara. Se giró quedando él sobre ella, mirándola con ganas de comérsela. Y eso es lo que haría en ese mismo momento.
—Bueno, comencemos el tratamiento.
Antes de meterse dentro de las sábanas de Alice, la miró una vez más. La chica se mordió el labio lo que le sirvió como pistoletazo de salida.
—¡Cariño, ya estamos aquí!
Alice se quedó congelada, miró a Albus con pánico reflejado en sus ojos melados. Comenzó a cubrirse con la manta que tenía encima de la cama. Comenzó a pegar a Albus en el pecho.
—¡Mis padres ya están aquí! ¡Se suponía que llegaban ya de noche! ¡Por Merlín, Albus, quítate de encima de mí!
—Alice, cálmate. ¡Tus padres no tienen porque subir a verte!
—Cariño, ¿estás en tu cuarto? Tu padre y yo queremos enseñarte lo que te hemos comprado.
Quien entró en pánico en ese momento fue Albus, comenzando a intentar meterse en las sábanas de las que Alice parecía más que empeñada en echarle.
—Joder, joder, joder...¡que están subiendo a tu cuarto! ¿Dónde has puesto mis calzoncillos? ¡No los encuentro!
—¡Albus, yo que sé! ¡Mira, allí, donde la silla!
Albus se levantó de la cama corriendo hacia la silla. Sabía que les iban a pillar, que se habían arriesgado demasiado. Justo cuando estaba terminando de ponerse la ropa interior, la puerta del cuarto se abrió. El moreno estaba más que seguro que Neville, quien también era el padrino de Rose, había llegado a verle el trasero. Albus agradecía haberse puesto de espaldas a la puerta, no quería pensar en lo que Neville quería hacerle. Echándole valor, se giró.
Alice miraba mortificada a sus padres desde la cama cubierta con el edredón color morado que hacía un contraste extraño con el tono rojo que cubría sus mejillas. La grave voz de Neville rompió el silencio que se había formado ante el inesperado encuentro con un grito que consiguió que Albus se cuadrara estirando mucho sus hombros.
—¡¿Qué se supone que estáis haciendo vosotros dos?! ¡Alice, explícate!¡Y tú, como le hayas hecho daño a mi pequeña flor!
Sin embargo, lo que no se esperaba ninguno de los que estaban en el cuarto de la rubia, era que Hannah comenzara a reírse descontroladamente.
—Cariño, ¡no están haciendo nada que tú y yo no hayamos hecho antes! No seas tan exagerado, son jóvenes. Venga, os dejamos vestiros...
—Pero, Hannah, ¡bajo nuestro propio techo! Tengo que hablar con Harry de esto, muchacho. ¡Si es que te he visto crecer, narices!...Que te pille así con mi niña...
—Neville, ¿necesitas que te recuerde la cantidad de veces que Pomona nos pilló en los Invernaderos? O tal vez, para que calmes tus humos, necesitas hacer memoria y pensar en aquella vez cuando el padre del novio de tu hija nos pilló en su suite de noche de bodas. Aquí ninguno somos inocentes o culpables.
—Pero...Hannah...nuestra niña...
—Nuestra niña ya es una mujer, Nev. Tienes que aprender a dejarla ir, pronto se irá de esta casa así que disfruta mientras podamos. ¡Eso sí, señorita, no quiero ser abuela hasta dentro de cinco años, como mínimo! Soy una suegra demasiado joven como para que me convirtáis también en abuela. Vámonos, cariño. ¿Te quedas a cenar, verdad Albus?
El moreno, cubriéndose su entrepierna como podía, simplemente asintió.
Quizás la próxima vez, si es que Neville no le mataba durante la cena, deberían ir a estudiar a su apartamento.
