Como he dicho antes la escritora de esta hermosa historia es Diana Palmer y yo no pretendo violar ningún derecho de autor solo compartir una historia con mis personajes favoritos de la saga. Espero que les guste.
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen y la historia tampoco, todo es obra de la maravillosa S.M y de Diana Palmer respectivamente.
Acá las dejo con un nuevo capítulo de esta historia, espero que lo disfruten.
Capitulo 9
Isabella tenía poco que meter en la maleta, aparte de la fotografía de su padre que llevaba con ella a todas partes. Había sacado un billete de autobús para San Antonio, que era un lugar en el que no se le ocurriría buscarla a aquel periodista entrometida. Se buscaría algún trabajo como mecanógrafa y una habitación en la que vivir. No iba a ser tan difícil.
Pensó en Edward, en cómo se debía de sentir después de haberse enterado de toda la verdad, o al menos de la versión de la verdad que le hubiese dado el periodista.
Tanya y él iban a tener mucho de lo que hablar en su viaje de vuelta a casa y al llegar, ella se encargaría de difundir la noticia por toda la ciudad. Aunque dejase de trabajar para Edward, los rumores la seguirían dondequiera que fuese. Marcharse de allí era su única salida. Huir una vez más.
Encontró entonces una servilleta de papel que había conservado del baile al que había acudido con Jasper, Tanya y Edward. Edward había estado jugando con esa servilleta antes de sacarla a bailar. Era un recuerdo absurdo, pero Edward se había mostrado tierno con ella un par de veces, y quería recordar esas ocasiones, muestras de lo que podía ser el amor.
Dejó el abrigo sobre la silla y miró a su alrededor para asegurarse de que no se olvidaba de nada. A la mañana siguiente no iba a tener tiempo de hacerlo, ya que el autobús salía a las seis. Con ella o sin ella.
Jasper levantó la cabeza al oír a Edward entrar como una exhalación. Se había quedado parado delante de la mesa vacía de Isabella y miraba la silla vacía como si no pudiera entender qué estaba pasando.
Con un suspiro, Jasper se levantó y salió del despacho, preparado para lo que se le venía encima. Era evidente que Edward estaba muy enfadado.
—Ya se ha ido —le dijo—. Me pidió que te dijera que sentía haber causado tantos problemas y que...
—¿Ido?
Edward parecía horrorizado y Jasper frunció el ceño.
—Dijo... dijo que así te ahorraba la molestia de tener que despedirla —contestó, incómodo.
Edward se quedó en silencio y se pasó una mano por el pelo mientras seguía mirando la mesa como si esperase que Isabella acabase materializándose ante sus ojos.
Entonces se volvió a Jasper y lo miró el como si no lo reconociera.
—¿Adonde se ha ido?
—No quiso decírmelo.
Vio cómo Edward apretaba los dientes con un violento movimiento, estampaba un puño contra la mesa antes de iniciar la lista más larga de maldiciones que Jasper le había oído nunca.
—... y yo no he dicho que pudiese marcharse! —concluyó.
Jasper se obligó a enfrentarse a él. Hombres más valientes habían salido huyendo cuando el jefe perdía los estribos.
—Mira, Edward...
—¡Ni se te ocurra, Jasper! —le advirtió. Tenía los puños apretados y parecía querer golpear algo. O a alguien. Jasper retrocedió dos pasos.
Edward vio a dos de las secretarias paralizadas en el vestíbulo, como si hubiesen acudido a averiguar de dónde provenían los gritos esperando que nadie se diera cuenta de su presencia. Pero no tuvieron esa suerte.
—¡Fuera de aquí! ¡Volved al trabajo!— les gritó.
Y las dos se marcharon a todo correr.
Jasper también hubiera querido hacerlo.
— Edward... —volvió a intentarlo, pero se encontró hablándole al vacío porque Edward había salido de la oficina antes de que pudiese ni siquiera pestañear. Jasper hizo lo único que podía hacer: volver a entrar en el despacho y llamar a Isabella para avisarla. Estaba tan nervioso que le costó varios intentos marcar el número correctamente.
—Edward va de camino para allá —dijo en cuanto ella descolgó—. Sal de ahí.
—No.
—Isabella, nunca lo había visto así. Está fuera de sí.
—No te preocupes, Jasper. No puede hacerme nada.
— ¡Te lo ruego! —protestó. El rugido de un motor llamó la atención de Isabella.
—No te preocupes, Jasper. No pasará nada —le dijo, y colgó mientras su amigo intentaba convencerla de que se marchase.
Se colocó las muletas y avanzó hasta la puerta para abrir justo cuando Edward iba a llamar. Se lo encontró con el puño en alto, los ojos negros como una pesadilla y la cara blanca como papel de arroz.
Se hizo a un lado para dejarlo pasar. No tenía ya nada que perder.
Él cerró la puerta con una suavidad fruto de un extremo control antes de volverse hacia ella. Isabella regresó al sillón y se sentó, dejando después a un lado las muletas y se limitó a mirarlo, resignada a lo que iba a venir. Ya había hecho las maletas y estaba prácticamente fuera de su alcance.
Una vez allí, Edward no sabía qué hacer. No creía que fuese a encontrarla. Se apoyó contra la puerta y se cruzó de brazos.
Ella no se dejó amedrentar, ni bajó la mirada .
—No tenías por qué venir hasta aquí le dijo—. No vas a tener que hacer que me escolten fuera de la ciudad. Ya tengo el billete. Me marcho mañana por la mañana a primera hora —levantó una mano —. Puedes mirar y asegurarte que no me llevo nada de la oficina, si sospechas que es así.
Él no contestó. Su pecho subía y bajaba rítmicamente, con más intensidad de lo normal, eso sí.
Isabella se pasó una mano por la escayola. Había un punto cerca de la rodilla que le picaba y al que no podía llegar. Qué cosa tan absurda, en la que pensar cuando aquel hombre podía ser capaz de asesinar a alguien.
Lo cierto es que cada vez la ponía más nerviosa, y cambió de postura.
—¿A qué has venido? —le preguntó con impaciencia—. ¿Qué más quieres? ¿Una disculpa, quizás?
—¿Una disculpa? ¡Por amor de Dios!
Por fin se movió para acomodarse en una silla que había junto a la ventana. Se sentó, cruzó las piernas y volvió a quedar en silencio, el ceño fruncido, mirándola, esperando.
Isabella no pudo más y bajó la cabeza.
—Lo sabes, ¿no?
—Sí.
Sintió contraerse todo su cuerpo. Un pájaro pasó volando junto a la ventana y deseó poder hacer lo mismo.
—En cierto modo, es incluso un alivio —dijo—. Estoy tan cansada de huir... Lo vio apretar los dientes.
—No tendrás que volver a hacerlo —contestó—. Nadie va a volver a acosarte con ese asunto.
No estaba segura de estar oyendo bien. Volvió a mirarlo. Era difícil enfrentarse a esa penetrante mirada, pero lo hizo. Parecía pálido y cansado.
—¿Por qué te quedas así, sin decir nada? ¿Por qué no me lo restriegas todo la cara? Me habías calado desde un principio, ¿no? ¡Soy una especialista en hombres, en hacerles caer en la trampa de mi inocencia para después...!
—¡No!
Su expresión era la de un hombre atormentado. Edward intentó encontrar qué decirle, pero no lo consiguió. El sentimiento de culpa lo estaba matando. La miró y vio en sus ojos años de sufrimiento y desprecio, y quiso poder golpear algo.
Ella apoyó la cabeza y cerró los ojos para no ver el odio que palpitaba en la mirada de Edward.
—Había diferentes teorías sobre los motivos que me movieron a hacerlo — dijo un
momento después—. Uno de los periódicos incluso llegó a entrevistar a un par de psiquiatras que dijeron que había sido una forma de vengarme de mi madre por mi infancia. Otro dijo que se trataba de un caso de ninfomanía latente...
— ¡Dios...!
Se sentía sucia. No podía mirarlo.
—Yo creía que lo quería —dijo, como si tras todos aquellos años, aún no pudiera creerse lo ocurrido—. No tenía ni idea, no podría haberme imaginado la clase de persona que era en realidad. Se rieron de mi cuerpo sus amigos y él. Me tumbaron en el suelo para... para hablar de mí.
La voz se le quebró y clavó la mano en el brazo del sillón.
La expresión de Edward, de haberla visto, la habría obligado a no seguir hablando, pero Isabella miraba sin ver por la ventana.
—Decidieron que Mike sería el primero —continuó—. Y después la carta más alta
decidió quién sería el siguiente. Yo recé para morirme, pero seguía viva. Le rogaba que no lo hiciera, pero él se reía y los otros dos me sujetaron mientras él...
Edward soltó un suspiro que la sacó de su ensimismamiento y la hizo mirarlo.
Jamás había visto tal horror en la mirada de hombre.
—Mi madre llegó justo cuando él iba a — tragó saliva —empezar. Se enfadó tanto que perdió el control, sacó la pistola que Mike guardaba siempre en el cajón de la entrada y le disparó. La bala lo atrapó y fue a parar a mi pierna —continuó en voz baja, ahogada por el recuerdo— Vi su cara cuando la bala le alcanzó en el pecho por la espalda. Vi apagarse la vida en él —cerró los ojos—. Siguió disparando hasta que uno de los otros le quitó la pistola. Después salieron corriendo y nos dejaron allí así. Un vecino llamó a la policía y a una ambulancia. Recuerdo que trajo una manta del
dormitorio y me envolvió con ella. Fueron todos tan... buenos... Las lágrimas le ahogaron definitivamente la voz.
Edward se tapó la cara con las manos. No podía soportar lo que estaba oyendo.
Recordó la expresión de Isabella en la oficina al reírse de ella y gimió.
—Los periódicos lo presentaron como si hubiese sido culpa mía por provocarlo—continuó—. No sé cómo una niña con diecisiete años y virgen puede empujar a hombre adultos a tomar drogas y a tratarla así. Yo creía que quería a Mike, pero aun así jamás hice nada conscientemente que pudiera empujarlo a tratarme así.
Edward no podía mirarla. Aún no.
—La gente que está drogada no sabe lo que hace —dijo entre dientes.
—Me resulta difícil de creer.—Es lo mismo que un hombre que bebe mucho, se emborracha y termina por desmayarse —dijo, y al final se enfrentó a sus ojos—. ¿No te había dicho yo que los
secretos son peligrosos?
—El mío es demasiado sórdido para compartirlo —contestó con amargura—. No puedo soportar que un hombre me toque. Bueno... no todos —corrigió—. Jasper lo sabe, y jamás se ha acercado a mí con esa intención. Pero tú viniste cargando como un toro bravo y me diste un susto muerte. Esa clase de agresión siempre me recuerda a... a Mike.
Edward dejó caer la cabeza. A pesar de lo ya había oído en Houston, no estaba preparado para el impacto que iba a tener en él lo que le habían hecho a aquella criatura frágil y vulnerable que tenía frente sí. Había consentido que su orgullo herido lo empujase a rondarla como un depredador, despertando en ella recuerdos terribles.
—Ojalá lo hubiera sabido —dijo.
—No te culpo. No podías saberlo.
—Debería habérmelo imaginado —la contradijo—. Lo tenía delante de las narices. La forma en que te ocultabas tras la ropa, cómo huías cada vez que me acercaba cómo... te desmayaste cuando te acorralé contra la pared —apartó la mirada—. No me di cuenta porque no quise verlo. Te estaba haciendo pagar por haber tenido la desfachatez de no caer en mis brazos cuando yo pretendía.
Jamás se habría imaginado que podría llegar a sentir pena por Edward Cullen, pero así fue. Era un hombre decente al que le costaría asimilar cómo se había portado con ella, después de enterarse de la verdad.
Isabella se pasó las manos por los brazos. No hacía frío en la habitación, pero ella estaba helada.
—Nunca habías vuelto a hablar de ello, ¿verdad? —preguntó él tras un instante de silencio.
—Solo con Jasper, y fue justo después de ocurrir. Jasper ha sido el mejor amigo del mundo. Cuando se le ocurrió a esa gente la idea de hacer una película, yo tuve un ataque de miedo. Empezaron a buscarme por todo Houston y fue Jasper quien me ofreció la posibilidad de escapar. Estaba tan asustada —susurró—. Pensé que iba a estar a salvo aquí.
Él apretó los puños.
—A salvo —masculló, levantándose de la silla para acercarse a la ventana.
—El periodista... —empezó ella, dubitativa — te lo contó todo, ¿verdad?
Él tardó un momento en contestar.
—Sí —dijo por fin—. Traía recortes de prensa con toda la historia.
Seguramente las imágenes en las que la sacaban cubierta de sangre sobre una camilla o la del hombre muerto en el suelo de un apartamento y su madre, conmocionada acompañada por un policía.
—No se me ocurrió pensar en eso cuando Jasper me dijo que te ibas a Houston. Pensé que lo de la subasta de ganado era cierto —añadió. —El periodista salió huyendo, pero tuvo tiempo suficiente para decirme que había estado en contacto con gente de Hollywood para intentar producir una película para la televisión. Al parecer había intentado hablar con tu madre, y fue precisamente después de su visita cuando ella sufrió el infarto. Pero eso no lo detuvo sino que decidió localizarte a ti e intentar entrevistarse contigo —se volvió a mirarla—. Debió de pensar que estarías encantada de cooperar si te ofrecía un porcentaje en los beneficios.
Ella se rió con tristeza.
—Sé que no eres una persona que se venda por dinero —añadió Edward—. Es algo que ya he tenido la oportunidad de aprender sobre ti.
—Al menos hay algo en mí que te gusta —contestó.
Su expresión cambió por completo.
—Hay muchas cosas que me gustan de ti, pero es que ya me he llevado una buena ración de golpes en la vida propinados por las mujeres.
—Jasper me ha hablado de ello.
—Es gracioso —dijo—, pero hasta ahora no había sido capaz de asimilar lo que ocurrió con mi madre... hasta que te conocí a ti. Me has ayudado mucho, y yo te lo he devuelto comportándome como un oso con una astilla clavada en la pata. Te he tratado muy injustamente.
Ella lo miró a los ojos, a pesar de que el corazón le daba un brinco cada vez que lo hacía.
—¿Y por qué lo has hecho?
Él se guardó las manos en los bolsillos.
—Porque te deseaba —confesó sin rodeos
—Ah.
Edward la vio apretar los brazos del sillón.
—Ya sé que seguramente no serás capaz de experimentar deseo después de lo te ha ocurrido. Puede que sea una especie de justicia poética que mi dinero y mi posición no me sirvan para conseguir lo único que deseo de verdad.
—Creo que no podría acostarme con nadie —contestó ella—. Solo pensar en ello me resulta... repugnante.
Edward insultó en silencio a aquel hombre hasta que se quedó sin más calificativos.
—Pero te gustó besarme.
Ella asintió, sorprendida.
—Es cierto.
—Y que te tocase —añadió, sonriendo ante el recuerdo de su reacción, una reacción sorprendente, teniendo en cuenta su pasado.
Ella bajó la mirada. Tenía un botón flojo en el vestido. Tendría que coserlo.
—Sí —dijo mirándolo—. Me gustó... al principio.
Edward apretó los dientes al recordar lo que le había dicho entonces, y se dio la vuelta. Había cometido tantos errores con aquella mujer que no tenía ni idea de cómo compensarla. Seguramente no habría forma de hacerlo. Quizás lo único que podía hacer era protegerla para que no sufriera más. Sí, eso.
—Fui a ver a ese periodista de Houston —le explicó, con las manos en los
bolsillos—, y te prometo que no volverá a molestarte, ni volverás a oír hablar de la película. También fui a ver a tu madre —añadió.
Eso no se lo esperaba, y se mordió con fuerza el labio hasta que sintió el sabor de la sangre.
—¡No!
Abrió los ojos inmediatamente. Él había vuelto a acercarse y la miraba con el ceño fruncido.
—No podía imaginarme lo difícil que iba a ser todo esto —dijo, y se sentó mientras ella sacaba un pañuelo de papel de la caja y se limpiaba el labio—. Hay tantas cosas que quisiera decirte y para las que no encuentro palabras... —confesó con las manos entrelazadas entre las rodillas.
Ella no contestó. Seguía mirando el pañuelo.
— Si... si hubiera sabido lo que te ocurrió... —insistió él.
— Simplemente yo no te gustaba —lo ayudo ella mirándolo a los ojos—, y eso no tiene importancia. Tú tampoco me gustabas a mí. Y en cuanto a mi pasado, no podrías haberlo sabido de ningún modo. Yo había venido aquí huyendo para no tener que hablar de ello, pero supongo que, al final, ha resultado ser cierto lo que decías sobre los secretos. Tendré que buscarme otro sitio para vivir, eso es todo.
— ¡No! No tienes porqué irte. Aquí en Jacobsville estás a salvo —dijo, y su tono de voz recuperó la confianza—. No aparecerán más periodistas, ni productores de películas. No más persecuciones. Puedo garantizar que nadie se acerque a ti mientras sigas aquí, pero no podré... protegerte si te marchas —añadió, impaciente.
Genial. Era justo lo que le faltaba: lástima, culpabilidad y vergüenza. Iba a pasar de un extremo al otro, dispuesto a vigilarla como un padre o un lobo. Pues ella no estaba dispuesta a consentirlo, y dio un golpe en el suelo con una de las muletas.
—No necesito protección, ni tuya ni de nadie. Me marcho mañana por la mañana. ¡Y tú puedes marcharte ahora mismo de esta casa y dejarme en paz! —explotó.
Era la primera ocasión en que se le resistía, y aquella explosión lo hizo sentirse mejor. Ya no actuaba como una víctima, sino que el deseo de independencia brillaba en su tono de voz, en su actitud corporal. Hablar de ese episodio de su vida la ayudaba a sanar.
La duda desapareció en él, lo mismo que la tristeza.
—¿Y si no?
—¿Qué quieres decir?
—Pues que si no me marcho, ¿qué piensas hacer?
Ella se quedó pensativa un segundo.
—Llamare a Jasper.
Él miró su reloj.
—Jessica debe de estar llevándole un té en este momento. ¿De verdad quieres estropearle su momento de descanso?
Ella cambió de postura, aún con la muleta en la mano, y él sonrió por primera vez —¿No tienes nada más que decir? ¿Ya te has quedado sin amenazas? — preguntó. Ella lo miró con los ojos entornados. Era verdad que no sabía qué decir o qué leer, y eso era algo nuevo en ella.
Estaba preciosa con aquel vestido azul y descalza.
—Me gusta ese vestido. Y el color del pelo.
Ella lo miró como si hubiera perdido la razón, y de pronto se le vino una pregunta a la cabeza.
—Si no has venido a asegurarte que tomase el primer autobús que me sacara de la ciudad, ¿a qué has venido?
Él asintió despacio.
—Ya me preguntaba yo cuándo ibas a llegar a ese punto.
Y se estaba inclinando hacia delante justo cuando se oyó detenerse un coche delante de la puerta.
—Debe de ser Jasper —dijo ella.
—Que viene para salvarte —añadió él con un suspiro de resignación.
—Estaba preocupado por mí.
—No era el único —murmuró mientras abría la puerta, antes de que Jasper hubiera tenido tiempo de llamar—. Está entera — le aseguró a su primo, haciéndose a un lado para que pudiese entrar.
Jasper estaba preocupado, confuso y sorprendido de no haberla encontrado llorando.
—¿Estás bien? —le preguntó, y ella asintió. Entonces miró a Edward con curiosidad, pero era demasiado educado como para hacer preguntas.
—Entonces, ¿vas a quedarte? Ya sabes que sigues teniendo trabajo si quieres. Sin presiones. Es decisión tuya.
Isabella no sabía muy bien qué hacer. No quería dejar Jacobsville y tener que empezar en otro sitio entre desconocidos.
—Quédate —la animó Jasper.
Ella se obligó a sonreír.
—Supongo que podría quedarme... por un tiempo.
Edward no quiso mostrar su alivio. En cierto modo, la llegada de Jasper había sido providencial. Así no tendría que decirle lo que estaba a punto de decirle.
—No lo lamentarás —le prometió Jasper ella le sonrió.
Y fue precisamente esa sonrisa lo que disparó de nuevo a Edward. Estaba celoso, y furioso consigo mismo por estarlo.
—Me voy a la oficina —dijo de pronto—. ¡Y a vosotros dos, en cuanto hayáis terminado de charlar, os quiero en la oficina a ganaros el sueldo que os pago!
Y salió murmurando entre dientes.
—Ha ido a ver a mi madre —le contó Isabella.
—¿Y?
— No me ha dicho mucho, excepto que... que no habrá más periodistas me tiendo las narices.
—¿Y qué pasa con Tanya?
—No me ha dicho ni una palabra sobre ella —murmuró; se le había olvidado que Tanya había ido a Houston con Edward, e hizo una mueca de disgusto—. Supongo que ya se lo habrá contado a todo el mundo.
—Y a mí no me gustaría estar presente si Edward se enterase de algo así. Si te ha pedido que te quedes, es porque quiere protegerte.
—Me lo imagino, lo cual es toda una sorpresa, teniendo en cuenta cómo estaba antes de marcharse de aquí. La verdad es que no sé qué está pasando. ¡Es como si de pronto fuese otra persona!
—Yo nunca he oído a Edward disculparse con nadie —comentó Jasper—, pero suele encontrar el modo de que la otra persona sepa que lo siente sin tener que pronunciar las palabras.
—Puede que se trate de eso —admitió —No quiere que me vaya.
—Eso está bien. ¿Y qué has decidido Sigues teniendo trabajo y Edward ha dejado de tenerte entre ceja y ceja. Aquí estás a salvo. ¿Quieres quedarte?
Desde luego era como un sueño hecho realidad, después de seis años huyendo y
ocultándose.
—Sí —asintió—. ¡Claro que quiero quedarme!
—En ese caso, te sugiero que te calces, busques una chaqueta y volvamos a la oficina, antes de que nos quedemos sin trabajo los dos.
—No puedo ir a trabajar así — protestó
—¿Por qué no?
—Porque no es un vestido adecuado para ir a la oficina.
Jasper frunció el ceño.
—¿Te lo ha dicho Edward?
—No pienso darle la oportunidad de que me diga algo así. A partir de ahora voy a ser el colmo del conservadurismo en el trabajo. No voy a darle ninguna excusa para que vuelva a tomarla conmigo.
—Si tú lo dices...
Era una verdadera pena no verla con un vestido tan femenino como ese en público. Y él que pensaba que Edward la había convencido de salir de su cascarón...
Chicas/os lamento la tardanza pero estoy preparando mis examenes finales de la universidad! Ademas de que las fechas me estan presionando un monton; estoy haciendo un curso, la carrera y trabajo a veces de mañana y a veces a la tarde!
Espero que les este gustando la historia!
Las invito a que pasen por mis otras historias! :)
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No supiste: Draco Malfoy no supo valorar su amor. Según ella Draco siempre decía que ambos estaban podridos por eso la eligió a ella, a Hermione Granger. (Este fic participa en el Reto "Canciones que inspiran" del foro "First Generation: The story before books")
Sin buscarte te encontré: Isabella es una chica de alta sociedad. Edward es un misterioso vaquero que no sale con "niñas ricas". ¿Nacerá el amor o los prejuicios de Edward harán que ni siquiera lo intente? ( Esta historia es la misma que escapando te encontre solo que version edwardxbella)
Tratare de actualizar las historias lo antes posible, solo les pido que me tengan paciencia y muchisimas gracias por sus comentarios!
Allegra Salvatore
