Cambios

Un año ha pasado desde que Ciel se volvió un demonio. Ahora que está solo con Sebastián, algo le aqueja, la mirada de mayordomo es diferente desde aquel día y él, por alguna razón, no lo soporta.

Diclaimer: Kuroshitsuji no me pertenece, solo la trama de la historia.

(Se ve a Ai oculta detrás de un impasible pelinegro, o sea Joshua, mientras ondea un pequeño banderín blanco ante los lectores.

Yo: Gomenasai! Lamento mucho el no haber actualizado en tanto tiempo, es solo que me vicie con otro anime y se me quedo en la cabeza.

Joshua: Tranquilízate "y deja de usarme como escudo por favor".

Yo: OK. Gracias a Sabaku no Izzy y a Perrible por seguirme desde el comienzo, y a los que recientemente comentaron: Arigato Godaimasu. Además, mientras volvía a ver la serie note que el caso de Jack el Destripador ocurrió en 1888, mientras que al final de la segunda temporada la nota de la muerte de Ciel dicta 1886. ¿Algún comentario?

Joshua: Ya tenemos una idea pero, nos gustaría saber que opinan ustedes.

Yo: Exactamente. Eso sería todo, así que…

Joshua: Miedosa. No dijiste nada sobre pedir más comentarios.

Yo: Eso… no es…

Joshua: Comenten más por favor. Considerando la cantidad que ve cada capítulo son muy pocos los que se animan a comentar. Sin comentarios esta chica no puede escribir, comienza a creer que no les gusta lo suficiente su historia.

Yo: Cállate! No las distraeremos más. He aquí la historia.)

Capitulo 10

Una brisa suave llevo hasta su nariz el aroma de la sangre fresca, derramada frente a él, que teñía de rojo lo que antes era el verde césped a los pies de los arboles de aquel bosque que parecía ser perpetuo a pesar de haber sido testigo y sufrido más de un incendio en el tiempo en que llego a resguardar con su espesor los alrededores de la imponente mansión Phantomhive. Se mantuvo firme de pie frente a aquella escena que se le antojaba de un cuadro pintado por artista depresivo o con severos trastornos mentales.

Mientras, detrás de él, a tan solo unos pasos, ambos rubios y la peli bordo observaban la escena con el rostro contraído en una mueca de espanto. Realmente jamás los entendería, ¿Cómo podían reaccionar así ante lo que veían cuando más de una vez habían derramado ríos de la sangre de aquellos que intentaron atacar la mansión? Es estúpido. Volvió su atención a lo que se apreciaba frente a él.

El pelinegro avanzaba entre los cuerpos frente a él, cinco en total, todos ellos con signos de lucha y golpes, degollados sin duda ni piedad con un profundo corte que derramaba la sangre que se encontraba manchando la tierra en ese momento. Este analizaba todo con su mirada inquisitiva, más roja que la sangre a sus pies. Ciel simplemente se mantenía firme, observando a la suficiente distancia como para no ensuciar sus zapatos al mismo tiempo.

Un brillo en el centro, justo en medio de los cuerpos llamo la atención del mayor, quien se agacho a recoger el objeto causante de tal luz. Se trataba del reloj de bolsillo de Cris. Sin dificultad dedujo que se cayó de sus ropas durante el forcejeo. Dio una última mirada a los cuerpos, realmente eran patéticos esos humanos; sus almas eran tan patéticas e insignificantes que ni siquiera se molesto en consumirlas cuando se percato de su presencia en los terrenos. No pudo evitar compararlos con el alma de su Joven Amo, un alma perfecta que, a pesar de que no la consumiría, logro saborear con gozo una noche. Desde entonces, en secreto, había comenzado a anhelar el poder volver a probar ese sabor único, sin embargo en los últimos días había descubierto que sus pensamientos se guiaban hacia algo más.

Se volvió hacia el chico que le observaba serio desde su lugar. Paso a paso fue acercándose hacia Ciel, mientras este lo miraba fijamente. En la mente del joven, volvía a reproducirse una y otra vez sin fin la escena del beso que soñó, y en el peor de los momentos. Pensó en lo bizarro que era el hecho de pensar en un beso frente a los cuerpos de cinco personas, pero si lo analizaba más a fondo, toda su vida desde aquel cumpleaños había sido un juego bizarro de fuerzas más allá de su, entonces, naturaleza humana.

Ahora, luego de pasar un año con una "vida", si es que podía decírsele así, relativamente tranquila nuevos sucesos extraños asaltaban su rutina. Sabía que algo sobrenatural había comenzado a actuar desde su supuesta muerte, y ahora se veía obligado a lidiar con una situación por sobretodo molesta.

-Boochan- con delicadeza coloco el aparato en las manos del conde, rosando intencionalmente su piel con sus manos enguantadas, maldiciendo en su fuero interno el tener que utilizar esos guantes como uno de los aspectos de un buen mayordomo cosa que le impedía sentir su calor.

El oji azul, ignorando olímpicamente aquel roce que califico como accidental, se dedico a observar durante unos segundos el reloj que, milagrosamente, se había salvado de romperse antes de alzar la mirada dando una leve ojeada a lo que estaba detrás de su mayordomo. Frunció el seño, realmente le molestaba que le molestaba que alguien se atreviera a causar semejante desorden en su propiedad tan solo para quitarle algo que le pertenecía (en el momento en que Ludacris se convirtió en Maid bajo su mando, paso a ser propiedad del joven conde).

-Encárguense de los cuerpos- ordeno antes de voltearse hacia la mansión y comenzar a avanzar –Llamen a Undertaker antes de llevarlos.

-Hai!- contestaron los tres al unisonó. Órdenes eran órdenes y a pesar de lo desagradable de la escena los tres se dispusieron a despachar los cuerpos a la bodega, cosa que quedo en manos de los rubios, mientras Mey-Rin corría a la mansión a llamar al sepulturero.

Caminaban en silencio toda la longitud del jardín, el único sonido que llegaba hasta sus oídos eran las hojas mecidas por debido a la brisa y sus pisadas por el pasto. Pasando de largo los rosales y los arbustos, el joven Conde mantenía cerrado el puño sobre el reloj. Era realmente algo digno de admirarse el hecho de que alguien tuviera el suficiente descaro y valentía (o estupidez según se lo vea) para atacar la mansión.

-¿En qué piensa, Boochan?- el rápido caminar del adolecente, podría decirse, delataba la velocidad de sus pensamientos. Era algo que había adoptado desde que comenzara con su labor como el "Perro Guardián de la Reina" y que, según el mayordomo, este no se había percatado.

-Estaba pensando en el hecho de cuán bien organizado estuvo este secuestro- no había razones para ocultarle la inquietud a Sebastián. Después de todo, el plan que comenzaba a maquinarse en su mente requería si o si de su participación.

-Ciertamente, su rapidez y eficiencia son muy altas- "Aún tratándose de humanos" se vio tentado a añadir el pelinegro, pero se abstuvo sabiendo que ello había sucedido por distraerse con su Joven Amo. Esta ya era la segunda vez. Se asombraba a sí mismo al darse cuenta cuán fácilmente había llegado a bajar su guardia en presencia del chico, cosa que casi le cuesta su alma una vez.

Desde ese momento se había propuesto no volver a hacerlo, menos cuando sospechaba de algún peligro para con su amo. La voz de Ciel le devolvió devuelta a la realidad mientras rememoraba el momento en que ese maldito de Claude se lo robo.

-Actuaron coordinadamente y en pocos minutos no solo lograron someter a Ludacris, sino que se la llevaron. Además eliminaron a los que se volvieron una carga para evitar perder tiempo- volvió la vista a los cadáveres que sus sirvientes habían comenzado a retirar del bosque- Sin contar que en sus ropas no había ningún objeto personal que nos permitiera identificar para quien trabajan.

-Efectivamente. Se nos ha vuelto a presentar una situación imposible- le dio la razón, mientras sus palabras devolvieron varias memorias a la mente del peli negro-azulado sobre situaciones anteriores que, efectivamente, le habían llegado a parecer infranqueables.

Redujo la presión sobre el objeto. Dejando que lentamente su cristal le devolviera su reflejo gracias a la luz.

Poso su mirada en el aparato, sus agujas seguían en movimiento, mostrando los minutos ya perdidos en los cuales el paradero de su maid seguía siendo desconocido. Esperaba no tener que usar su energía tan pronto pero no tenía más opción puesto que Sebastián no había podido encontrar nada, aunque no estaba muy convencido de esto, tendría que recurrir a algo más.

-Sebastián, entre las plantas que disponemos, ¿quedan ramas de Alcanfor?- esa pregunta confundió unos instantes al oji rojo hasta que vio la mirada azulada de su Joven amo.

Sonrió demoniacamente, tenía un plan y él estaría más que dispuesto a llevarlo a cabo.

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El Noroeste de la ciudad de Londres durante la noche combinaba insólitamente el espectáculo de las grandes mansiones, las cálidas calles comerciales que invitaban a las personas a circularlas, los barrios peligrosos donde habitan los marginados y los oscuros callejones y callejuelas que ocultaban la inmundicia, lo bajo, la obscenidad, el peligro. Bizarro pero común en las grandes urbes.

Nova Garden Bethnal Green. Después de casi tres años, el lugar no había cambiado nada.

Observaban desde un callejón cercano aquella mansión iluminada tanto por la Luna como por los distintos candelabros, realmente exquisita y en extremo decorada para asombrar a quien lo viera.

La antigua estructura pertenecía a la Familia Ferro, a pesar de que les fue quitada luego de lo sucedido con Azurro Vener y el tráfico de opio además de la masacre que se dio en su interior (en la cual murieron más de70 hombres en manos de Sebastián). Al parecer el rubio había terminado en Green Garden Asylum, un hospital psiquiátrico especializado para personas con trastornos graves; esto se debió a que cuando fue encontrado por Scotland Yard el día en que descubrieron los cuerpos balbuceaba algo acerca de un demonio y de un mayordomo, repitiendo siempre una misma frase: Game Over. Según sabían, hacia unos seis meses la corona se la regreso a la familia, luego de habérsela quitado al descubrir la relación del Signore Coral con Lau, cuando uno de los miembros más importantes de la familia llego a Londres a reclamar por ella.

El Duque d'Avila. Según la información disponible había viajado por toda Europa y Asia, encontrándose en Japón justo al momento en que se le fue devuelta la mansión. No se había presentado al público desde su llegada y esta era la primera fiesta que ofrecía.

A esta estructura arribaban distintas carrozas realmente elegantes a esa mansión, dejando a los nobles enmascarados, invitados a la fiesta privada de la noche. Eran parejas, solteros, hombres mayores y jóvenes también. Todos y cada uno con un alma negra hundida en la profunda desesperación de la lujuria y el deseo de la carne. Pero eso solo ellos podían verlo, pues sus ojos demoniacos les permitían ver en las personas la verdadera naturaleza de sus almas.

Por la mente del pelinegro paso rápidamente un recuerdo bastante confuso para aun para él.

Flash back

Luego de lograr encontrar la posición exacta de la nueva sirvienta mediante un hechizo que Ciel había aprendido (de nuevo a espaldas suyas, cosa que ya comenzaba a disgustarle) que involucraba una lengua ya muerta, Hierba Doncella y Alcanfor, un objeto personal, y al menos unos diez minutos de preparación; se encontraban en el carruaje hacia Londres, conducido por Bard quien había insistido hasta el cansancio en ir, a toda velocidad lo que les proporcionaba un viaje con no pocos saltos. Y, sin embargo, a ninguno de los dos parecía molestarles en demasía, pues iban en silencio, cual si se tratase de un viaje a cualquiera a la ciudad.

El pelinegro observaba atentamente al adolecente frente a su persona en espera de alguna orden o de algún razonamiento lógico sobre el culpable pero el peli azul mantenía su vista clavada fuera del carro como si ilusorio rápido avanzar del paisaje fuere lo más entretenido que había a al alcance de sus ojos.

Aun así, como buen mayordomo sabia distinguir que el oji azul mantenía su mente ocupada con más de una interrogante que se negaba a expresar en voz alta y que, sin embargo, lo mantenían en callada meditación. Bajo un poco su mirada carmesí observando desde el cabello negro-azulado que rozaba sus hombros hasta la vestimenta de este que consistía en un taje color azul noche, con una de sus típicas camisas cerrada por un listón color negro cerrado por una cruz.

Debido a la baja de temperatura por la puesta del sol y la llegada de la noche traía puesto, en lugar de su capa, una gabardina color negro similar a que el pelinegro portaba, excepto por los detalles de las cruces que colgaban de sus puños y solapas junto con los botones plateados con el símbolo de la casa Phantomhive; su típico sombrero de copa, mayor detonante visual de su alcurnia se encontraba en la mansión, dentro del armario de su habitación, completamente obviado. Realmente su estilo de vestimenta había cambiado al mismo tiempo en que su edad física se hacía notar.

-Sebastián-por imposible que pudiese parecer le sobresalto la voz del chico, llamando tan suavemente que rozaba los susurros. Aún después de esto, Phantomhive continuaba con la mirada centrada fuera de la carroza viendo como los arboles de a poco comenzaban a escasear- ¿Qué hubieras hecho luego de devorar mi alma aquella vez?

Sintió como su fría mirada se clavaba en su persona con una intensidad que pocas veces pudo observar pero que aun así había podido y podía sentir gracias a la conexión de ambos. ¿Cuáles habrían sido los pensamientos que condujeron a aquella interrogante, revelada tan repentinamente? Quizás jamás llegaría saberlo.

-Si hubiese dado tal hecho, buscaría un nuevo contratista- "Luego de haber saboreado hasta el último bocado de su alma", se abstuvo de añadir esta parte. De manera cruda y directa le había expuesto la naturaleza común de los demonios contratistas: buscar un alma, un humano dispuesto a ofrecerla a cambio de un deseo, cuando este se cumple el demonio consume el alma y procede a buscar otra.

-…un nuevo contratista… ¿Verdad?- regreso lentamente su indescifrable mirada a la ventana, su voz ahora era un simple murmullo. La vista cambio drásticamente en el momento en que se adentraron en las lindes de la ciudad.

En los pocos minutos que siguieron tan solo hubo silencio.

Fin Flash back

Ahora, de pie contra el muro, apenas inclinado por encima de él no lograba concentrar su completa atención en su misión por repetirse una y otra vez la pregunta. ¿Por qué tal interrogante había hecho aparición en tal momento? Más aún ¿Por qué el mismo dudaba de sus palabras al momento de contestar?

Ciel observaba la blanca mansión, pensando en una forma de entrar sigilosamente. Utilizando sus poderes demoniacos podían entrar sin ser vistos, pero siempre existía el riesgo de ser descubiertos por alguno de los sirvientes. Además, la edificación en si era demasiado amplia y ellos apenas conocían parte de su interior. En tal caso… lo mejor era ocultarse a simple vista, pues los humanos suelen pasar por alto lo tienen frente a sus ojos. Ahora, la cuestión era ¿Cómo?

Sebastián mantenía todos sus sentidos alertas, sabiendo que deberían entrar allí a cualquier costo. Bajo levemente la mirada a su Joven Amo, quien se mantenía callado con una expresión seria, sabiendo en que en esos momentos analizaba la situación. A pesar de su poderoso deseo de realizar un par de preguntas al muchacho, no llego ni a separar sus labios.

El sonido del casco de unos caballos contra el asfalto atrajo de vuelta su atención a la calle, un carruaje blanco con detalles dorados se acercaba desde su derecha. Era bastante llamativo, a diferencia del resto de los carruajes que antes habían llegado, los cuales presentaban un color negro que daba sutileza y anonimato a los trasportados hasta el momento en que se bajaban en la entrada.

-Hmm- el sonido proveniente del peli azul le hizo volver a verle.

Este sonreía, una sonrisa astuta que delataba que un plan acaba de nacer en su no tan inocente mente. Él también esbozo una sonrisa demoniaca al tener esa sensación de expectativa recorriendo su cuerpo. Esa noche sería realmente entretenida.

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El Vizconde Druitt, Aleister Chamber. Un hombre joven, considerado atractivo y galante además de educado para más de una persona en la nobleza. Y no era de por menos, con ojos de un color morado, cabello rubio como el oro y un rostro con facciones finas que a las mujeres (y algunos hombres, entre los que se contaba a él mismo con su costumbre de mirarse tanto en el espejo) resultaba irresistible. Con palabras sofisticadas y sonrisas encantadoras camuflaba una soberbia inmensa y un narcicismo descontrolado, junto con una mente y gustos que nadie atribuiría a un noble con tal encanto como el suyo.

En esos mismos momentos se dirigía un elegante fiesta de mascaras o Mascarada, ofrecida por un noble poco visto en sociedad. Sabiendo que asistirían un gran número de jóvenes hermosas, no podía permitirse a si mismo dejar ir semejante oportunidad. Sobre sus piernas descansaba un antifaz color blanco con detalles dorados que iba acorde con su persona.

Se encontraba pensando en la belleza que le rodearía durante el baile cuando algo lo saco bruscamente, trayéndole de nuevo a la realidad. Se escucho un golpe, el relinchar de los caballos y el abrupto freno del movimiento del carruaje que casi lo tira encima del asiento frente a él.

-¿Qué sucedió?- se asomo por la puerta de su carruaje, dirigiendo al chofer. El cual no le contesto al estar ayudando a alguien a levantarse del suelo, mientras a unos metros llegaba corriendo una joven con expresión afligida que llamo por completo la atención del rubio.

-¡Michelangeló! ¿Estás bien?- cual si se tratara de una historia o una fantasía, una joven de aproximadamente 15 años, que para sus ojos era una bella rosa, se acerco hasta el carruaje con movimientos agraciados.

Tenía un rostro delicado y hermoso, cabello negro azulado, por debajo de los hombros, rizado que reposaba sobre su hombro derecho, ojos tan azules como el mar y un cuerpo con curvas tan delicadas como su rostro. Llevaba puesto un vestido elegante de un color similar a sus ojos con detalles en negro, un sombrero que a juego que tenía como agregado un pequeño tul que tapaba su ojo derecho. En sus manos sostenía dos antifaces: uno rojo con detalles blancos y el otro de bicolor. Para él, la imagen frente a sí era la de un Ángel que había bajado a la tierra. El gesto preocupado que esbozaba la asimilaba a una doncella en necesidad de ayuda, y él, como buen caballero respondería a su llamado.

-Sí, Señorita. No tiene por qué preocuparse- tan absorto estaba en contemplar a la chica que ni siquiera había notado al Joven que se había levantado y puesto a su lado.

Era un hombre de entre 20 y 25 años, cabello negro azabache recogido del lado izquierdo, ojos de un rojo sangre ocultos detrás de unos lentes ovalados sin marco. Vestía un traje de color beige típicos de un tutor de la nobleza. Mientras bajaba del carruaje con una sonrisa conquistadora le dio la sensación de que ya había conocido antes a aquellas personas.

-Qué alivio que no sucedió nada grave- hizo notar su presencia con su voz, cuyo tono se escuchaba semi teatral, como si estuviera recitando de memoria las líneas de algún guion.

-¡Vizconde Druitt!- su sorpresa se vio reflejada en su rostro al reconocer al dueño del carro, aunque esta fue cambiada inmediatamente por una sonrisa amable- Es un placer verle, Vizconde.

Una leve inclinación de parte de ambos, fue devuelta por el rubio al mismo tiempo en que sujetaba suavemente la mano izquierda de la joven y rozaba su dorso con sus labios. Un escalofrió recorrió la espalda de la muchacha en ese momento, mientras la mirada de su tutor se volvió tan afilada que parecía intentar apuñalar al rubio.

-Es un honor ser conocido por tan bella jovencita pero me permitiría preguntarle su nombre, pequeño petirrojo- aun después de enderezarse continuaba sosteniendo su mano sin ninguna intención de dejarla ir.

-Mi nombre es Selene Baltimore, soy la sobrina de Madam Red- se apego al papel que había interpretado la ultima vez – Y él es Michelangelo Salvatore, mi tutor.

-Mucho gusto- realmente le molestaba que su "Joven ama" haya escogido semejante nombre para él sin siquiera decírselo, pero tampoco tuvieron el suficientemente como planear los detalles como la última vez.

-Y ¿Qué hace una hermosa señorita como usted fuera a estas horas?- ignoro por completo al pelinegro.

-Estábamos en camino a la fiesta del Duque d'Avila cuando nuestro carruaje se averió, a tan solo unas calles de aquí y decidimos llegar a pie- como buen actor mantuvo su rostro amable todo el tiempo a pesar que por dentro reía debido a la expresión del demonio al ser pasado por alto.

-Eso es impensable. Que semejante flor deba caminar hasta una fiesta es imperdonable- gestos algo exagerados pero totalmente elegantes acompañando sus palabras- Por favor, la invito a acompañarme en mi carruaje.

-¿Esta seguro? No deseamos ser una molestia- y cayo, como animal en la trampa del cazador. A veces le sorprendía la habilidad innata que poseía el muchacho para actuar y controlarse, aun siendo humano, hasta un nivel cercano al propio.

-Por supuesto que no. Sería un placer- regreso hasta la puerta y extendió su mano hacia "Selene" , invitándola a subir- Entonces, señorita.

Ella avanzo hasta él con el tutor por detrás, posando su delicada mano en la enguantada de su "benefactor" mientras subía el escalón hacia el interior del vehículo.

Sebastián frunció imperceptiblemente el seño. El hecho de que tocaran a su Boochan, aún si no le pertenecía su alma, era algo que seguía molestándole.

Más tratándose de ese humano cuyas intenciones con su ahora "Joven Ama" podían leerse en sus ojos como si se tratara de una pieza de cristal manchados por un liquido negro y espeso formado por el deseo, por los pensamientos cargados de lujuria, cosa que le causaba una desagradable sensación difícil de explicar pero que supo contener al notar como su "Joven ama" mostraba un casi imperceptible (aunque totalmente visible para él) gesto de desagrado en el momento en que el rubio toco su mano.

Pequeña pero visible sonrisa se dibujo en sus labios. Al menos estaba seguro que esa noche, seria bastante ajetreada.

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Desde el tejado de un edificio cercano, en la luna se recorto una silueta silenciosa. El viento tempestuoso que anunciaba una tormenta movía violentamente su abrigo y su cabello. En su mano izquierda un brillo metálico de su arma predilecta. Esa noche, por más que le gustaran las fiestas, había llegado hasta allí por trabajo.

Aferro firmemente su Death Scythe, el olor del licor y la comida gourmet llego hasta su persona. Realmente detestaba que William le hubiera enviado justamente a su persona para hacerse cargo de es recolección. Intento verle el lado positivo, si acaba pronto podría disfrutar aunque fuere tan solo unos minutos del baile.

Esa noche, podía asegurarlo, el blanco suelo de azulejos se bañaría del rojo oscuro de la sangre.

Abajo una carroza blanca se detenía en la entrada mientras de esta bajaban elegantemente tres personas, un rubio vestido de blanco, una joven vestida de azul, y un pelinegro de beige.

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Entraron en un amplio salón (el cual la primera vez que Sebastián vio poseía una amplia mesa, seguramente la cual fue removida por la fiesta), desde la entrada podía contemplarse la inmensa cantidad de invitados distribuidos erráticamente entre la pista de baile y las galerías del primer y segundo piso. El enorme candelabro continuaba colgado en el techo justo en sobre el centro del lugar.

La música llenaba el lugar con exquisitas notas. El olor de los bocadillos, combinado con el de las flores y el perfume inundaba los sentidos desde el primer momento que entraron. Los tres ya tenían puestas sus mascaras al bajar en la entrada, y aunque entraron juntos, unas jóvenes apenas vieron al Vizconde se abalanzaron sobre él dándole la oportunidad de escapar.

Caminaron alrededor buscando algo sospechoso entre los asistentes y la servidumbre pero les costaba notar algo en particular puesto que había una gran cantidad de personas.

-Señorita- llamo la atención a la peli azul mientras tomaba de su mano- Desde la pista tendremos mejor oportunidad.

No replico, estaba de acuerdo con él, pero le molestaba que le arrastrara tan repentinamente entre medio del gentío y lo que era peor era el tener que bailar. Ni siquiera ahora podía considerarse bueno. Se le sumaba también la vergüenza de tener que asumir los pasos de la mujer. Despertó de su pensamiento al sentir el firme agarre del moreno en su cintura y en su mano antes de comenzar a moverse al compas del vals.

Bailando fueron adentrándose en la pista de baile, entre las parejas de nobles enmascaradas que disfrutaban la música, alejando a la peli azul tan lejos del rubio pervertido como era posible al mismo tiempo que buscaba algún indicio. Aferraba su cintura y mantenía férreamente la mano derecha de su joven ama. Ambos, en silencioso común acuerdo vigilaban a su alrededor. Aun con la música, a sus oídos llegaron los incesantes latidos del corazón de la enmascarada muchacha, y sentía su calor por la cercanía.

Por un segundo el dueño de los ojos rubíes semi-ocultos bajo la máscara se posaron en el rostro de Ciel. Fue entonces que, como un relámpago, su mente se vio invadida completamente por una imagen que se marco a fuego: se imagino probando esa nívea piel, admirando sus ojos entrecerrados por el placer, acariciando su espalda mientras levantaba la falda de aquel vestido, quitándolo de su vista al tiempo que revelaba el cuerpo inexperto del chico/chica, escuchando su nombre escapar de los delicados labios de la oji azul con una voz inundada de deseo y éxtasis.

Regreso a la realidad cuando escucho como la música se detenía. ¿Cuántos minutos estuvo perdido en aquella escena? Calculaba que fueron unos tres minutos aproximadamente aunque para el se fue toda una eternidad.

-Sebastián- escucho el susurro de una voz que aun feminizada, reconocería sin falta. Bajo la vista devuelta a su "compañera" de baile- Ya puedes soltarme. La pieza ya termino.

¿Cómo fue que no se había dado cuenta de que aun mantenía firmemente sujeto el cuerpo de su Boochan? La soltó rápida pero suavemente mientras esta solo se aseguraba que nadie hubiera visto esto, para después fijar sus ojos en el pelinegro.

-Mis más sinceras disculpas, señorita- dio una leve reverencia de manera cortes, provocando que el cabello que tenia suelto callera elegantemente frente a su ojo derecho.

Ciel no pronuncio palabra, solamente le dedico una mirada indescifrable antes de asentir, ocultando sin problemas el leve sonrojo que se había apoderado de sus mejillas. Poso su mirada en el resto de los invitados hasta dar con el "maldito rubio pervertido", dejando escapar un suspiro de alivio al verlo conversar muy entretenidamente con dos jóvenes.

-Vamos- comenzó a caminar pasando inadvertidamente por entre las columnas de la galería.

Durante el baile (y el tiempo en que Sebastián se distraía con pervertidos pensamientos) ella vio a uno de los mayordomos que había permanecido toda la fiesta inmóvil y lejos de las personas fijar su vista en ellos antes de desaparecer dentro de la mansión. Seguida de cerca por el pelinegro para que finalmente ambos se perdieran detrás de una puerta, mientras que el resto de los invitados continuaban con su celebración ignorando por completo la desaparición de la hermosa joven y el atractivo tutor.

El mayor se disculpo pero jamás admitiría abiertamente ese pequeño desliz, su orgullo demoniaco no se lo permitía, pero si se extraño a sí mismo al percatarse de la clase de pensamientos que asaltaban su mente, más aún en medio de un trabajo. Desde que se habían adentrado a la pista se había dado cuenta de la forma en que más de uno de los hombres jóvenes presentes fijaban poco disimuladamente su mirada sobre la "señorita" y ello le desagradaba en demasía. Contando, además una fuerte y constante presencia en su mente de pensamientos y deseos poco (y nada) típicos de él.

Avanzaban a paso rápido por el pasillo. En el momento en que todo el alboroto de la velada quedo acallado por la distancia y el grosor de la paredes, una le costina negra con tintes rojos rodeo a la peli azul devolviéndola en cuestión de segundos a su verdadera forma, seguidamente el oji rojo realizo el mismo procedimiento recuperando su ropa.