Capitulo 10

A la mañana siguiente, estando Katniss en su alcoba, Lady Paylor fue a buscarla. La joven apartó el ensayo de historia natural de la tierra que había comprado poco antes y sonrió a su suegra

—Buenos días, Lady Paylor. Supuse que aún estaría durmiendo. Son sólo las diez y anoche nos acostamos muy tarde.

—Sí, era horriblemente tarde, ¿no? Temo que me he habituado a las horas del campo. Me llevará tiempo retomar el hábito de acostarme a la madrugada.—Lady Paylor flotó hasta una diminuta silla puesta junto a la ventana y se sentó como si no tuviera peso —Quería hablar contigo, sino te molesta.

—Por supuesto que no.

La señora sonrió gentilmente.

—No sé cómo comenzar. Supongo que primero debería darte las gracias.

Katniss parpadeó.

—¿Por qué?

—Caramba, por todo lo que has hecho por Peeta, naturalmente. Y también por nosotros, mi esposo y yo.

—¡Pero si no he hecho nada!—Protestó Katniss —Por el contrario, los obligué a venir a la carrera, sin motivo, y provoqué el fastidio de Peeta. Lo que yo agradezco es que todo haya terminado. Con un poco de suerte, pronto abandonaremos Londres para volver a Upper Biddleton. En realidad, no me gusta mucho la vida de la capital.

Lady Paylor hizo revolotear una mano elegante.

—No has comprendido querida. Te agradezco mucho más que esta convocatoria a Londres. Me has devuelto a mi hijo. No sé si alguna vez podré pagártelo.

Katniss la miró con fijeza.

—Eso es exagerar mucho la situación, Lady Paylor, se lo aseguro.

—No, nada de eso. Hace seis años, al morir mi hijo mayor, quedé deprimida por la melancolía más profunda que jamás haya experimentado. No lograba salir de ella. Pasaron los meses. Hasta nos mudamos de Upper Biddleton a Heavensbee Hall, porque el médico sugirió que el cambio me ayudaría. Cuando por fin empecé a resurgir a la vida fue para descubrir que había estado a punto de perder a mi hijo menor.

—Qué terrible—musitó Katniss.

—Mi esposo no quería siquiera hablarle; por algún tiempo no le permitió pisar la casa. Todo el mundo le acusaba a Peeta de una conducta espantosa para con la pobre Delly Snow. Y después de un tiempo Peeta dejó de negarlo, simplemente. Nos volvió la espalda a todos. ¿Y quién podría reprochárselo?

—Pero su esposo le cedió la administración de las fincas.

—Sí. Al ver que su salud flaqueaba, llamó a Peeta y puso todo en sus manos. Yo pensé que eso ayudaría a franquear la brecha, pero no fue así. Cada vez que Peeta venía a casa terminaba riñendo con su padre.

—Peeta es muy terco.

—También su padre—dijo Lady Paylor, melancólica —En algunas cosas se parecen mucho, aunque jamás lo reconocerán. Lo cierto es que ayer, cuando los encontramos juntos en la biblioteca, estuve a punto de llorar de alegría. Por primera vez los veía conversar tranquilamente, después de seis largos años. Y todo gracias a ti.

Katniss le tocó la mano.

—Es usted muy amable, Lady Paylor, pero le aseguro que hice poca cosa.

La condesa estrechó por un momento la mano de Katniss.

—Mi hijo se había vuelto tan malhumorado y peligroso como la Bestia que la gente veía en él.

—Por Dios—protestó Katniss —Nunca fue tan malo, señora. Yo lo encontraba bastante racional, generalmente. Y siempre me ha tratado con mucha amabilidad.

—¿Amabilidad?—La señora dio un respingo —¡Pero si adora hasta el suelo que pisas!

Katniss la miró con asombro. Luego se echó a reír.

—Qué tontería. Es generoso conmigo, lo reconozco, pero le aseguro que Peeta no me adora.

—Te equivocas, créeme.

La joven sacudió la cabeza con decisión.

—No, en absoluto. El mismo me dijo que había olvidado cómo se amaba. Se casó conmigo porque es un hombre muy honorable y no había alternativa. Nos hemos convertido en buenos amigos. Pero eso es todo.

—Sois marido y mujer—observó Lady Paylor, sin vacilar —Y he visto cómo te mira mi hijo. Apostaría los diamantes de Heavensbee a que sois más que buenos amigos, querida.

Katniss enrojeció.

—Sí, claro, nos tenemos el afecto natural que cabe esperar en un matrimonio, supongo. Pero no le atribuya usted más importancia de la que tiene.

Lady Paylor la estudió con atención.

—Estás enamorada de él, ¿verdad?

Katniss frunció la nariz.

—¿Tan obvio es?

—Cielo santo, sí. Me di cuenta sólo con verte. Y supongo que todo el mundo lo ve con la misma claridad.

—Oh, caramba—murmuró la joven —Trato de disimular, créame. No quiero abochornar a Peeta en público. La gente de buen tono ridiculiza esas emociones entre marido y mujer. No son elegantes en absoluto.

Lady Paylor se levantó como si estuviera hecha de plumas y dio un gran abrazo a su nuera.

—No creo que pudieras abochornar a mi hijo. Fuiste la única que creyó en él. Jamás lo olvidará.

—A su modo es muy leal—reconoció Katniss, cálida —Y muy digno de confianza, por cierto. Mi padre lo hubiera querido mucho.

Lady Paylor caminó hasta la puerta y se detuvo por un instante.

—Tras lo que pasó hace seis años, la gente dijo que mi hijo era una bestia. Entre su tamaño y su terrible cicatriz, el apodo se le fijó. En cierto modo, creo que hacía lo posible por merecer esa etiqueta. Pero tu fe en él lo ha cambiado. Por eso te doy las gracias de todo corazón.

Lady Paylor salió flotando de la habitación y cerró la puerta con mucha suavidad.

—Ser una persona notoria tiene sus ventajas—proclamó Octavia, la noche de la fiesta en casa de los St. Justin —Mira qué muchedumbre. Decididamente, Katniss, acabas de convertirte en una anfitriona de éxito. Felicidades.

—Es cierto, Katniss.—Effie miraba a su alrededor, satisfecha. La casa de St. Justin estaba llena a reventar —Mañana todos los periódicos hablarán de esto.

Prim sonrió a su hermana.

—Creo que has adquirido, por fin, el roce social que necesitabas para no abochornar en público a St. Justin. Nadie podrá decir que se ha casado con una mujer que no sabe atender a la gente.

Katniss hizo una mueca.

—Por favor, no penséis que todo esto es obra mía. En verdad fue Lady Paylor quien lo organizó todo. Agradezco al cielo que todos los invitados hayan aceptado venir.

—Y algunos que no estaban invitados—comentó la hermana — Nadie pudo resistir la tentación. Tú y St. Justin tenéis a la gente bien en un puño. Ahora lo miran como a un héroe romántico que ha sufrido mucho. Y tú eres la dama que lo amó pese a su tenebroso pasado. Parece sacado de una novela gótica.

—De novelas góticas no sé nada—dijo Effie —pero no se puede negar que estáis haciendo furor. Era el momento perfecto para ofrecer una velada como ésta.

—Es lo que dijo Lady Paylor—dijo Katniss —Personalmente, no veo la hora de que termine.

Dos jóvenes muy conocidos y apuestos echaron a andar hacia Prim y sus familiares. Katniss se inclinó hacia la hermana.

—Aquí vienen los gemelos Adonis.

Prim sonrió con todo su encanto.

—Son atractivos, ¿verdad? Lo que me preocupa es que lo hagan todo juntos. Una se pregunta hasta dónde llevarán la costumbre.

Effie frunció severamente el entrecejo.

—Caramba, niña.

Katniss sofocó una risa, pues los dos jóvenes estaban cerca. Después del intercambio de saludos se escabulló, sabiendo que nadie la echaría de menos. Los gemelos Adonis sólo tenían ojos para Prim. Y ella podía dedicarse a cosas más interesantes.

Peeta y sus padres estaban en el otro extremo del atestado salón, conversando con una pareja que Katniss no reconoció. Debían de ser dos de los muchos amigos de Lord y Lady Heavensbee.

La habitación estaba muy caldeada. Katniss se abanicó por un momento, pero luego decidió salir al jardín para tomar un poco de aire fresco. En el trayecto hacia la puerta, varias personas la saludaron amistosamente con la cabeza.

Pocos minutos después se encontró en el vestíbulo, donde Boggs supervisaba al gran número de sirvientes que correteaban con bandejas de champán y entremeses. El mayordomo le dedicó un lúgubre saludo.

—¿Todo marcha bien, Boggs?—Preguntó la joven.

—Por el momento tenemos la situación dominada, señora, pero la multitud es mayor de lo que esperábamos. Recemos para que no se acabe el champán.

—Santo cielo—exclamó Katniss, alarmada —¿Existe esa posibilidad?

—En este tipo de cosas, señora, siempre existe la posibilidad de un desastre. Haré lo posible por evitarlo, por supuesto.

—Por supuesto.

Katniss cruzó el vestíbulo hacia la puerta trasera, pero de pronto notó que se le había aflojado una liga. Decidió subir a la intimidad de su propia alcoba para volver a atarla.

Al tope de la escalera giró hacia la izquierda por el pasillo. Ya no tenía dudas. La liga se estaba desatando y la media comenzaba a deslizarse hacia abajo. Por suerte había detectado el problema a tiempo. Habría sido una mortificación encontrarse con una media enroscada al tobillo en medio de su primera fiesta.

El pasillo parecía más oscuro que de costumbre. Alguien había apagado las velas en los candeleros de pared. Boggs, sin duda, tratando de hacer economía.

Al abrir la puerta de su dormitorio se detuvo en seco; también ese cuarto estaba a oscuras, exceptuando una única vela en el escritorio.

Katniss estaba segura de no haber dejado ninguna vela encendida en la pequeña mesa. Se adelantó con el entrecejo arrugado, preguntándose si era su doncella quien había encendido la bujía.

Entonces vio a la figura encorvada que se inclinaba hacia el cajón abierto. De inmediato comprendió lo que ocurría: era el cajón en que guardaba su diente fósil.

—¡Deténgase, ladrón!—Chilló. Y corrió hacia delante, blandiendo su única arma: el abanico —Deténgase inmediatamente. ¿Cómo se atreve?

La oscura silueta enderezó bruscamente la espalda. Cerrando el cajón con un golpe, giró en redondo para enfrentarse a Katniss. La luz de la vela reveló las marchitas facciones del señor Undersee.

—Condenada mujer—siseó. Y brincó hacia la puerta, empujando a Katniss a un lado.

La joven cayó a la alfombra, contra la cama. Alargó una mano y encontró la bacinilla. La asió con fuerza mientras intentaba levantarse.

—¿Qué demonios pasa aquí?—Rugió Peeta desde la puerta — ¡Demonios! ¡Katniss!

En ese instante el señor Undersee, en su huida, chocó de frente con el obstáculo inamovible que era Peeta. El vizconde lo sujetó por el pescuezo y lo arrojó a un lado. Undersee cayó a la alfombra con un gruñido.

—Encárguese de él, Flickerman.—Peeta dio dos grandes pasos para agacharse junto a Katniss y la tomó en sus brazos —¿Está usted bien?— Preguntó, con voz ronca.

—Sí, sí, estoy bien—jadeó ella —Menos mal que lo atrapó, Peeta. Creo que trataba de robarme el diente.

—Es más probable que estuviera buscando sus joyas, Lady St. Justin—dijo Flickerman, desde la puerta —¡Diablillo escurridizo! En realidad, tienen aspecto de ladrón, ¿verdad? Claro que el aspecto no quiere decir nada. Pero este tunante podría pasar por miembro de la clase criminal.

Peeta se volvió con Katniss entre los brazos. La joven fulminó con la mirada al señor Undersee, que se estaba incorporando poco a poco.

—Caramba, señor Undersee, ¿cómo pudo usted caer tan bajo?— Acusó —Debería avergonzarse.—El hombrecillo lanzó un gruñido mohíno, mientras Flickerman lo levantaba de un tirón.

—Estaba caminando por la casa y me perdí. Nunca pensé en robar las joyas de su señoría. ¿Para qué quiero joyas?

—Si buscaba las joyas, cosa que dudo, probablemente era para venderlas a fin de seguir comprando fósiles—declaró Katniss.

Undersee la fulminó con la mirada.

—No es cierto. Bueno, en verdad, oí decir que usted había hallado algo interesante en las cuevas de Upper Biddleton. No lo creí, por supuesto. Hace años exploré personalmente esas cuevas y sé que en ellas no queda nada importante. Aun así quise ver si, por pura casualidad, usted había tropezado con algo.

—¡Ja, lo sabía!—Katniss sacudió la cabeza con disgusto, mirando a su esposo —¿No le he dicho desde un principio que los coleccionistas de fósiles son gente carente de escrúpulos, milord?

—Así es.—Peeta parecía pensativo —No se ha lastimado ¿verdad?

—Con toda seguridad. Ya puede bajarme.—Mientras Peeta la depositaba lentamente sobre sus pies, Katniss se acomodó las faldas. La liga se le había desatado por completo y tenía las media caída hasta el tobillo —¿Cómo es que entraron ustedes tan a tiempo?

—Designé al señor Flicekrman para que vigilara a la muchedumbre— explicó Peeta —Recordará usted que invitamos a todos los sospechosos de mi lista. Decidí no correr ningún riesgo.

Katniss le dedicó una sonrisa brillante.

—Qué buen plan.

—Era bueno hasta que a usted se le ocurrió subir en el peor momento—replicó Peeta.

—Bueno, eso demuestra que debe mantenerme informada, milord. Se lo he dicho cien veces. Ya debería haberlo aprendido.

El vizconde enarcó una ceja.

—Muy cierto.

Katniss dilató los ojos.

—Acabo de recordar algo, milord. El señor Undersee no figuraba en nuestra lista de invitados.

—No, en efecto—concordó Peeta —Eso viene a demostrar que mi madre tenía razón con respecto a las listas. En semejante gentío, cualquiera puede entrar sin invitación, si es sagaz y está bien vestido.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, la conversación se centró en la captura del señor Undersee.

—Con esto la fiesta será hoy la comidilla de toda la ciudad— aseguró Lady Paylor a Katniss, con una mirada divertida —Todos dirán que, una vez más, Lord y Lady St. Justin se las compusieron para proporcionar a sus invitados un extraordinario entretenimiento. ¡Imaginad! En lo mejor de la fiesta, los dueños de casa capturan a un infame ladrón.

—Está en todos los periódicos—anunció Plurtarch desde el otro lado de la mesa, con una pila de diarios de los que ya había hojeado la mitad —Hay crónicas excelentes de lo sucedido. Dicen que Undersee es el cerebro oculto tras una serie de robos que se produjeron en los últimos meses.

—Y St. Justin, el héroe que lo hizo caer en la trampa—agregó Katniss, echando una mirada de refulgente admiración hacia su marido —¿Mencionan eso los diarios?

Peeta la fulminó con la mirada desde la otra cabecera.

—Espero que no.

—Oh, sí, está en todas partes.—El conde abandonó un periódico para tomar otro —Te califican como gallardo y astuto, hijo. Y dicen que salvaste a tu señora del criminal.

—Estupendo—exclamó Katniss —Me alegra que cuenten las cosas tal como fueron.

Peeta la miró con aire lacónico.

—Cuando tropezó conmigo, querida, el señor Undersee huía para salvar su propia vida. No vi que tratara de matar a nadie. En realidad, la peligrosa parecía ser usted. Jamás olvidaré esa escena: usted, con la bacinilla en la mano. ¡Alarmante!

—Bueno, es que supuse que buscaba mi diente—explicó Katniss.

—El señor Flickerman ha llegado a la conclusión de que Undersee se había quedado sin fondos para mantener su museo—explicó Peeta — Al parecer, recurrió al robo para financiar la compra de nuevos fósiles.

Katniss asintió.

—Un coleccionista de fósiles puede recurrir a cualquier cosa, si llega a desesperar. ¡Pobre señor Undersee! Espero que sean clementes con él. En cierto modo, lo comprendo.

—Cuanto menos—dijo la condesa con satisfacción —tu reputación como anfitriona ha quedado firmemente establecida. Lo que más teme la gente bien es aburrirse. Tú les has proporcionado otro espectáculo excitante.

Katniss estaba a punto de replicar, pero Boggs entró con una bandeja de plata, llevando la correspondencia de la mañana. La carta de arriba estaba dirigida a Katniss.

—¡Cielo santo!—exclamó Katniss, mientras rompía el sello —Es de la señora Sae. ¿Habrá ocurrido algo malo?

—Seguramente alguien ha sufrido una muerte lenta y angustiante o hay epidemia en Upper Biddleton—dijo Peeta —Son los únicos acontecimientos que inducirían a esa bruja a escribir una carta.

Katniss, sin prestarle atención, leyó rápidamente la breve nota y lanzó un chillido de horror.

—¡Por todos los demonios!

El conde y su esposa la miraron, preocupados.

—¿Qué pasa, querida?—Preguntó tranquilamente el marido, con la boca llena de tocino.

—¡Lo peor!—Katniss agitaba la carta —Ha ocurrido algo espantoso. Me lo temía.

Peeta tragó su tocino sin dejarse perturbar.

—¿Por qué no nos cuenta usted el contenido del mensaje?

Katniss estaba tan horrorizada que apenas podía hablar.

—Dice la señora Sae que tiene motivos para creer que otro coleccionista de fósiles está explorando mis cuevas. El otro día vio a un hombre en la playa y, cuando volvió a verlo, iba cargando con un gran trozo de roca.

Peeta dejó su tostada.

—Déjame ver.

Katniss le entregó la nota.

—Esto es una crisis. Alguna otra persona puede haber hallado los huesos que acompañan a mi diente. Debo regresar inmediatamente a Upper Biddleton. Y usted, señor, avise a alguien de Blackthorne Hall. Nadie debe pisar mis cuevas.

Peeta leyó rápidamente la nota.

—Ignoraba que la señora Sae supiera leer y escribir.

—Ha trabajado en casa de dos párrocos—observó Lady Paylor —Tiene que haber aprendido algo en tantos años.

—O dictó la carta a alguien de la aldea—sugirió el conde —Todo el mundo lo hace.

Peeta dejó la nota en la mesa.

—Avisaré a Blackthorne Hall, querida, para que adviertan a quien se acerque a las cuevas que está invadiendo propiedad privada. ¿Le basta con eso?

Katniss sacudió la cabeza.

—Todo eso está muy bien, milord, pero creo que debo regresar de inmediato. Quiero asegurarme que nadie haya descubierto los restos de mi animal.

—No me parece necesario regresar en persona para proteger esos preciosos fósiles—comenzó Peeta.

—Pero a mí sí.—Katniss se levantó de un brinco —Voy a preparar mi equipaje. ¿Cuándo podemos partir, milord?

Peeta la miró con autoridad.

—He dicho que no hay necesidad de correr a Upper Biddleton.

—¡Claro que sí! Ya ha visto usted lo inescrupulosos que son esos coleccionistas de fósiles. Si alguien ha encontrado mi cueva, de nada servirá una advertencia. Esa persona buscará el modo de entrar. Lo sé.

Plutarch asintió con sobriedad.

—Una vez que un coleccionista olfatea huesos antiguos, apartarlo de allí es imposible. Esperemos que aún no haya descubierto la caverna de Katniss.—La joven le echó una mirada agradecida.

—Gracias por su comprensión, señor. ¿Lo ve, St. Justin? Debemos partir inmediatamente.

La condesa sonrió a su hijo.

—¿Qué te impide pasar unos días en Upper Biddleton con tu esposa y ocuparte de este asunto? Tu padre y yo nos quedaremos.

Peeta levantó una mano en señal de rendición. Luego miró a Katniss con indulgencia.

—Muy bien, querida. Prepare el equipaje.

—Gracias, Peeta.—Katniss voló hacia la puerta —En una hora estaré lista.

Esa noche, poco después de las nueve, el carruaje se detuvo en el patio delantero de Blackthorne Hall. Peeta sabía que Katniss se sentía frustrada; deseaba ir directamente a los acantilados y hasta sugirió que podrían hacerlo con algunas lámparas. Su esposo rechazó esa ridícula propuesta.

—No, nadie bajará a esos acantilados en plena noche. Esas preciosas cuevas pueden esperar hasta mañana—le informó, mientras el personal doméstico de Blackthorne Hall se apresuraba a preparar los dormitorios y a descargar el equipaje.

Katniss subió a su lado, echándole una mirada especulativa.

—No tardaríamos mucho, milord. Bastaría con entrar por un momento para ver si alguien ha tocado mis huesos.

Peeta le rodeó los hombros con un brazo muy pesado para guiarla con firmeza hacia los dormitorios principales.

—Ya es demasiado tarde para andar por allí. El viaje ha sido largo. Estará usted exhausta.

—¡Oh, no estoy cansada en absoluto, milord!—le aseguró ella, precipitadamente.

—Pues yo sí.—Se detuvo frente al dormitorio de la señora y la inmovilizó contra la pared, plantándole las manos a ambos lados de la cabeza —Y usted también debería estarlo. Acuéstese, señora. Por la mañana, si la marea está baja, podrá ocuparse de sus cuevas.

Katniss dejó escapar un suspiro de fastidio.

—Muy bien, milord. Sé que debo estarle agradecida por la bondad de traerme tan pronto. Comprendo que usted no tenía ninguna prisa por volver a Upper Biddleton. Ha sido muy bueno, milord. Claro que siempre es bueno conmigo.

Peeta contuvo una palabrota.

—Acuéstese, que yo iré enseguida.

—¿No estaba usted exhausto, milord?

—No tanto.—Peeta alargó una mano para abrirle la puerta y la empujó con suavidad hacia adentro. La doncella la estaba esperando. Después de cerrar la puerta, continuó por el pasillo hasta su propia alcoba.

Las palabras de Katniss le resonaban en la cabeza. "Claro que siempre es bueno conmigo"

¿Bueno? Peeta despidió a su ayuda de cámara con un gesto breve y comenzó a desabotonarse la camisa. De pronto se vio en el espejo del tocador. Su cara desfigurada le sostuvo la mirada con aire burlón.

No había sido bueno con Katniss, en absoluto. Tras obligarla virtualmente a casarse con él, la había exhibido ante la gente bien como si fuera una mascota exótica, además de hacerla correr peligro a manos de Gale Hawthorne.

Y a cambio ella le daba amor, lo ayudaba a restaurar su reputación y le permitía franquear la brecha que lo separaba de sus padres.

No, no había sido muy bueno con Katniss. En realidad, ella sólo deseaba su amor y él le había dicho que no podía dárselo: "Hace seis años olvidé cómo se amaba."

Qué estúpido.

Peeta se quitó bruscamente las botas y los pantalones. Echó mano de su batín negro y, después de ponérselo, fue hacia la puerta comunicante. Esperó a que Katniss despidiera a su doncella para dar un llamar a la puerta.

—Pase, Peeta.

Al abrir la puerta la encontró sentada en la cama, con una de sus cofias de muselina y un libro en el regazo. En la mesa vecina ardía una vela. Lo recibió con su sonrisa cálida y vibrante.

—¿Katniss?—De pronto no sabía qué decir.

—¿Sí, milord?

—Una vez le dije que usted era la mujer más hermosa de cuantas había conocido.

—Sí, lo recuerdo. Fue usted muy amable.

Peeta cerró los ojos con breve angustia.

—No lo dije por amabilidad, sino porque era cierto.—Abrió los ojos —Cada vez que la miro pienso en lo afortunado que soy.

—¿De veras?—Katniss lo miró con aire de sorpresa y dejó el libro en la mesa.

—Sí.—Él dio un paso hacia la cama y se detuvo —Me ha dado más de lo que piensa, Katniss. Y yo no he hecho más que recibir. Sé que es muy poco lo que puedo ofrecerle a cambio.

—Eso no es cierto, milord.—Katniss apartó las mantas para salir de la cama —Usted me ha dado mucho. Me ha hecho una promesa que siempre cumplirá, lo sé. Me trata con bondad y respeto. Me hace sentir hermosa, aunque no lo soy. ¿Cómo puede decir que es poco lo que me ofrece? No conozco otro hombre que tenga más ni que lo dé con tanta generosidad.—Se le acercó con suaves pasos de pies descalzos, pequeña y elegante con su camisón de hilo, torcida la cofia en la espesa cabellera. Venía con ojos brillantes y brazos extendidos.

Peeta la estrechó contra sí, inhalando su maravillosa, cálida, femenina esencia.

—Eres todo lo que he deseado.—Sentía la lengua gruesa y torpe en la boca —Que Dios me perdone, pero no sabía lo mucho que necesitaba ese amor hasta que me lo diste.

—Mi amor es tuyo, Peeta. Siempre será tuyo—susurró ella contra su pecho.

—Eres muy buena. Más de lo que merezco.

—Peeta...

La levantó en brazos para llevarla a las níveas sábanas y se tendió a su lado, tomándola en sus brazos como a un tesoro precioso, porque eso era: con cuidado y ternura, con infinita gratitud.

Katniss se abrió a él como siempre, tal como una flor se abre al sol. Peeta la besó en la boca, bebiendo profundamente su sabor, en tanto buscaba con las manos las dulces curvas de su cuerpo. Era tan suave, tan acogedora y tan sensual... Todo en ella inflamaba sus pasiones. Dejó escapar un gemido al sentir que le deslizaba un pie por la pantorrilla.

—¿Peeta?

—Te necesito—murmuró. Le besó un pecho, mordisqueando suavemente el pezón hasta que ella se arqueó con apetito.

La intensidad de sus respuestas nunca dejaba de asombrarlo deliciosamente. Y alimentaba sus fuegos interiores como ninguna otra cosa.

Cuando Peeta ya no pudo soportar más ese dulce tormento, le separó las piernas para instalarse en la cuna formada por sus muslos. La buscó suavemente con los dedos y encontró el calor blando y húmedo. Estaba lista para recibirlo. La comprobación despertó en él una oleada de apasionado deleite.

—Katniss, mi dulce y amorosa Katniss.—Le cubrió la boca otra vez, hundiéndole la lengua entre los labios, mientras se introducía lentamente en ella.

Experimentó el desquiciante placer siempre al sentir que ella se cerraba a su alrededor, atrayéndole hacia lo más hondo, entregándose. Y se encontró a salvo allí, formando parte de ella por un momento eterno.

Katniss le rodeó la cintura con las piernas y le clavó las uñas en los hombros. Se aferraba a él, elevándose a su encuentro con una pasión igual a la suya. Y al rendirse a la culminación, con el cuerpo estremecido entre sus brazos, le habló de su amor.

Peeta la estrechó contra sí hasta que se apagó el último de esos suaves estremecimientos. Entonces se volcó en ella, en una prolongada liberación que parecía no tener principio ni final.

Despertó poco después del alba, a un mundo mucho más claro y sereno que nunca. Por un momento permaneció inmóvil, saboreando la revelación que se había instalado en su corazón durante la noche.

Amaba a Katniss.

La amaría por el resto de su vida.

Estiró la mano buscándola, con las palabras henchidas dentro de él.

Katniss no estaba.

Katniss levantó la lámpara para estudiar la caverna con atención. Fue un gran alivio comprobar que no había señales de que alguien hubiera estado trabajando allí con maza y cincel. Los fósiles atrapados en la piedra continuaban aún sanos y salvos.

Jubilosa, colgó la lámpara de su cuña puesta en la pared y abrió su saco de herramientas. Esa mañana estaba de excelente ánimo, porque ella y Peeta se estaban entendiendo de maravilla en los últimos días.

La noche anterior se había sentido más cerca de él que nunca. La pasión de su marido estaba impregnada de una emoción que superaba, decididamente, la amabilidad. Probablemente él no se había dado cuenta, pero Katniss llevaba esa certeza junto al corazón.

Esa mañana había despertado con el convencimiento de que Peeta no tardaría en recordar cómo se amaba. La certidumbre la llenó de tanta felicidad y energía que corrió a trabajar en cuanto notó que la marea estaba baja.

Maza y cincel en mano, se acercó al sitio de donde había extraído el gran diente de reptil. Decidió comenzar por allí. Si tenía mucha suerte, quizá quedara un hueso de mandíbula. Habría sido muy útil contar con una buena porción. Aplicó el cincel a la piedra y comenzó a astillar la roca con suavidad.

Quizá fue el rítmico resonar del metal contra la piedra lo que le impidió oír al hombre que se aproximaba por el pasaje de fuera. O quizá su concentración era tal que no prestó ninguna atención al sonido apagado de las botas.

Tal vez estaba demasiado habituada a pensar que esas cuevas eran su propiedad privada.

Cualquiera fuese el motivo, cuando la voz resonante de Coriolanus Snow habló desde la entrada de la caverna, Katniss dejó caer el cincel con un grito de sorpresa.

—Supuse que no tardaría usted mucho en venir a estas cuevas, cuando estuviera en Upper Biddleton.—Snow asentía con glacial satisfacción —Fui yo quien envió la nota, por supuesto. La señora Sae ha viajado para visitar a su hermana. Muy conveniente.

—Dios mío, qué susto me ha dado, señor.—Katniss giró en redondo, en tanto el cincel rebotaba en el suelo de piedra.

—Estaba seguro de que, si sus fósiles corrían algún riesgo, usted vendría a la carrera. No hay como el ávido entusiasmo de un verdadero coleccionista. Yo también lo experimenté, en otros tiempos.

Al notar que el antiguo párroco tenía una pistola, Katniss apretó la maza en la mano. El arma apuntaba hacia ella.

—¡Reverendo Snow! No comprendo. ¿Se ha vuelto loco? ¿A qué se debe todo esto?

—Se debe a muchísimas cosas, Lady St. Justin. Al pasado, al presente y el futuro.—Los ojos del hombre ardían con un fuego terrible. La miraba como si estuviera midiéndola para prepararle una cámara en el infierno —Es decir: mi pasado, su presente y mi futuro. Porque usted no tiene futuro, querida mía.

—Baje esa pistola, señor. Sí que está loco.

—Eso dirían algunos, supongo. Es que no comprenden.

—¿Qué es lo que no comprenden?—Katniss se obligó a conservar la calma. De alguna manera vaga, percibía que su única esperanza era hacer hablar a Snow. No sabía qué hacer con el tiempo así obtenido, pero quizás ocurriera un milagro.

—No comprenden todos los trabajos que me tomé para hacer que mi bella Delly se casara con St. Justin—dijo Snow, cargada de ira su grave voz —Tuve que sacrificar al primogénito de Heavensbee.

—¡Buen Dios! ¿Mató usted al hermano de Peeta?

—Fue muy fácil. Él acostumbraba cabalgar por los acantilados todas las mañanas. Fue cuestión de asustar al caballo con un disparo de pistola, un día de invierno.—Los ojos del párroco adquirieron una súbita expresión reflexiva, como si contemplara algo completamente distinto — El caballo se espantó, pero no logró arrojar a su jinete. Corrí hacia él. Su amo adivinó mis intenciones y desmontó de un salto, pero ya era demasiado tarde. Yo estaba muy cerca.

Katniss se sintió descompuesta.

—Y empujó a Finnick hacia el borde del acantilado, ¿no? Lo asesinó.

Snow asintió con la cabeza.

—Fue sencillo, como he dicho. Le diré: el primogénito de Heavensbee ya estaba comprometido con otra. Nunca había demostrada ningún interés por mi bella Delly. Pero el hijo menor sí. Oh, sí. Desde el momento en que la vio, St. Justin no pudo resistirse a ella. Yo sabía que la deseaba. ¿Y quién no, si era encantadora?

—Pero ella no lo amaba, ¿verdad?

La cara de Snow se tensó en una máscara de furia.

—La pequeña tonta dijo que no soportaba tenerlo cerca. Tuve que obligarla a aceptar el cortejo de St. Justin. Ella se proclamaba enamorada de otro. Alguien a quien llamaba "mi bello ángel"

—Gale Hawthorne.

—Yo no sabía quién era ni me importaba.—La cara del párroco se contrajo en un gesto desdeñoso —Me bastaba saber que era un don nadie. Y casado, para colmo. Con la hija de un comerciante, nada más. Era obvio que no tenía dinero ni título propio.

—¿Y eso era lo que usted deseaba? ¿Qué Delly se casara con un hombre acaudalado y de buena familia?

Snow pareció atónito.

—¡Por supuesto! Ella era mi único capital, ¿comprende usted? Lo único con que yo podría recuperar el lugar que me correspondía en el mundo. Yo debería haber tenido poder y fortuna, pero el inútil de mi padre lo perdió todo en el juego siendo yo niño. Nunca le perdoné que arrojara mi fortuna a los vientos.

—Y por esos buscó otro medio de adquirir la riqueza y la posición social que su padre había perdido.

La mirada del hombre se oscureció.

—Cuando Delly se convirtió en una joven hermosa, comprendí que podía utilizarla como cebo para atraer al hijo de alguna familia poderosa. Una vez emparentado con personas de la clase debida, yo tendría acceso al poder y a los privilegios que se consiguen con el dinero. Después de todo, sería el suegro. Por medio de Delly podría obtener lo que deseaba.

—Trataba de sacar provecho de su hija.

—Ella tenía la obligación de obedecerme—adujo Snow, con fiereza —Era demasiado hermosa para malgastarse en brazos de un hombre que no pudiera brindar nada a su familia. Pero pronto la hice entrar en razones. Le dije que, después de casarse con St. Justin, podría darse gusto con quien se le antojara. No era estúpida y comprendió. Dijo que se casaría con el mismo demonio con tal de tener a su ángel en los brazos.

—Oh, Dios—susurró Katniss.

—Pero todo salió mal.—La voy de Snow se elevó en un grito de furia angustiosa —La pequeña tonta se entregó a su amante sin esperar a la boda con St. Justin y acabó con un hijo en el vientre. El bastardo de su amante. Comprendió que debía seducir a St. Justin de inmediato, para persuadirlo de que el bebé era suyo.

—Pero su plan no resultó, ¿verdad? St. Justin olfateó algo raro.

—Delly era una tonta. Una condenada tonta. Lo arruinó todo. Vino a contarme lo que había pasado. Dijo que buscaría el modo de no tener ese bebé. Pero ya era demasiado tarde para casarla con St. Justin. Ella había hablado con exceso. Me costó creer que fuera tan estúpida. Discutimos.

Katniss aspiró hondo, captando algo por intuición.

—¿En el estudio?

—Sí.

—Y usted la mató, ¿no? Disparó contra ella y luego fingió que la muchacha se había quitado la vida. Por eso no dejó ninguna nota. Porque no se suicidó. Fue asesinada. Por su propio padre.

—Fue un accidente.—Los ojos de Snow se abultaban, enloquecidos —No quería matarla. Pero ella no cesaba de gritar que iba a fugarse con su amante. Descolgué la pistola de la pared. Sólo quería amenazarla, pero... Algo salió mal. ¿Por qué no obedeció a su padre, por qué?

—Usted tendría que estar en el manicomio.

—Oh, no, Lady St. Justin. No estoy loco. En realidad, estoy muy cuerdo.—Snow sonrió —Y soy muy sagaz. ¿Quién cree que organizó la banda de ladrones que utilizaba esta caverna?

—¿Fue usted?

Snow asintió.

—Conozco muy bien estas cuevas. Necesitaba dinero, ¿comprende usted? Delly había muerto y ya no podía asegurarme el futuro casándola con algún heredero.

—Así que acabó por buscar otra fuente de ingresos.

—Al aplicar mi mente al problema caí en la cuenta de que, en los salones de Londres, había tesoros en abundancia. Y eran fáciles de tomar. Al principio me limité a apoderarme de alguna pequeñez, que vendía rápidamente, antes de que se notara su falta. Pero luego vi la oportunidad de obtener ganancias mucho mayores. Se requería tiempo y un lugar para esconder la mercancía. Y me acordé de estas cuevas.

—Pero St. Justin deshizo su banda de ladrones.

—Por usted—apuntó Snow, fríamente —Usted me arruinó el plan nuevo, tal como Delly me había arruinado el primero. Se casó con el hombre que habría debido casarse con mi hija. Lo salvó del castigo que le aplicaba el veredicto de la alta sociedad. Usted lo arruinó todo.

Snow levantó la pistola.

Katniss sintió la boca seca y dio un paso atrás, aunque no habría cómo huir. Si el primer disparo fallaba, quizá tuviera tiempo para llegar a la entrada de la caverna antes de que el hombre pudiera recargar o atraparla, pero sabía que las posibilidades de escapar eran pocas.

—Con matarme no logrará nada—susurró, dando otro paso atrás. Había oído decir que las pistolas eran bastante imprevisibles, como no fuera a corta distancia. Cuanto más lejos estuviera de ese hombre cuando él apretara el gatillo, mayores serían las posibilidades de que el primer disparo no diera en el blanco.

—Por el contrario—murmuró Snow —Matándola lograré muchas cosas. Para empezar, estaré vengando. Y su esposo cargará con la culpa de este asesinato, con lo cual mi dulce Delly también quedará vengada.

—Fue usted quien mató a su hija, no St. Justin.

—Por culpa de él. Fue culpa de él—bramó Snow.

—Nadie creerá que mi esposo me asesinó. St. Justin no es capaz de hacerme daño y todo el mundo lo sabe.

—No, señora, nadie lo sabe. Es cierto que ahora cuenta con los favores de la alta sociedad. Pero cuando usted aparezca muerta en estas cuevas la gente pensará que la Bestia de Blackthorne Hall ha vuelto a sus antiguas costumbres. Hace seis años no tardaron en volcarse contra él. Esta vez ocurrirá lo mismo.

—No es cierto.

Snow se encogió de hombros, levantando la pistola un poco más.

—Dirán que, probablemente, se creyó traicionado. ¿Qué mujer no buscaría un amante si se viera obligada a enfrentarse todas las noches con la cara desfigurada de la Bestia de Blackthorne Hall?

—No es una bestia. Nunca fue una bestia. ¡No diga eso!—Katniss, en un arrebato de furia ciega, arrojó la maza contra Snow.

El párroco la esquivó, dejando que rebotara contra la pared de la cueva. Luego giró velozmente para apuntar la pistola. Su dedo comenzó a apretar el gatillo.

—¡Snow!—Resonó la voz de Peeta en toda la caverna, levantando ecos en las paredes.

El hombre giró en redondo y disparó la pistola en un solo movimiento. Peeta había vuelto a esconderse en el pasaje, interponiendo por un instante el muro de piedra entre su cuerpo y la bala.

—¡Peeta!—Gritó Katniss.

La bala golpeó contra la roca, desprendiendo un trozo de pared. En el instante en que los fragmentos se estrellaban contra el suelo, Peeta se lanzó por la entrada y se abalanzó sobre Snow.

Los dos cayeron con un horrible golpe seco y rodaron juntos. Katniss, horrorizada, vio que la mano de Snow encontraba a ciegas el cincel que elle había dejado caer.

Lo levantó en el puño, en el momento en que Peeta caía sobre él.

—Te mataré como maté a tu hermano. Tenías que casarte con mi Delly. ¡Todo se arruinó!—Aulló con ira, mientras impulsaba la herramienta hacia los ojos del vizconde.

Peeta levantó el brazo para bloquear el golpe en el último momento. A viva fuerza le llevó la mano hacia el suelo y allí le retorció la muñeca hasta hacerle soltar el cincel.

Luego se incorporó para estrellar un puño enorme contra la mandíbula de Snow.

El párroco quedó laxo e inconsciente.

Por un momento Katniss no pudo moverse.

—¡Peeta!—Corrió hacia él para arrojarse en sus brazos —¡Oh, Dios mío!

Él la estrujó contra su pecho.

—¿Estás bien?

—Sí, Peeta. Él la mató. Él mató a Deirdre.

—Sí.

—Y a tu hermano.

—Sí, maldita sea su alma.

—Y fue desde un principio el cerebro de la banda. ¡Pobre señor Undersee! ¡Tendremos que hacerlo poner inmediatamente en libertad!

—Yo me encargaré de eso.

—Me salvaste la vida, Peeta.—Katniss levantó la cabeza para mirarlo. Él la estrechaba con tanta fuerza que apenas podía respirar, pero no le importaba un ápice.

—Katniss... nunca en mi vida tuve tanto miedo como hace unos minutos, al notar que Snow te había seguido a las cuevas. Nunca jamás vuelvas a hacerme pasar por algo así. ¿Me comprende, señora?

—Sí, Peeta.

Le rodeó la cara con esas manos enormes. Los ojos azulados se clavaron en los de ella, cargados de emoción.

—¿Cómo diablos se te ocurrió abandonar la cama tan temprano?

—Había bajamar y no podía dormir—adujo ella con suavidad — Estaba deseosa de trabajar.

—Deberías haberme despertado para que te acompañara.

—Por Dios, Peeta, hace años que vengo sola a estas cuevas. Nunca hasta ahora habían sido peligrosas.

—Jamás volverás a entrar sola aquí. ¿Me has entendido? Si algo me impide acompañarte personalmente, vendrás con un lacayo o con alguien de la finca. No quiero que trabajes sola aquí.

—Muy bien, Peeta—dijo ella, por tranquilizarlo —Si con eso te sientes mejor...

La estrechó otra vez.

—Pasará mucho tiempo antes de que me sienta mejor. Jamás olvidaré la imagen de Snow apuntándote con una pistola. Por Dios, Katniss, ¿qué habría hecho yo sin ti?

—No lo sé—dijo ella, con la voz sofocada contra su pecho — ¿Qué habría hecho, milord? ¿Me habría echado de menos?

—¿Echarte de menos? ¿A ti? Eso no es siquiera la sombra de lo que habría sentido. Maldita sea, Katniss...

Ella se las compuso para levantar la cabeza y le sonrió, con el corazón a todo vuelo.

—¿Sí, milord?—De pronto su mirada se posó en la roca, detrás del hombro de Peeta —¡Oh, por Dios, Peeta... mira!

Él la soltó para girar en redondo en una fracción de segundo, dispuesto a otra batalla, pero frunció el ceño. A la entrada de la caverna no había nadie.

—¿Qué, Katniss? ¿Qué pasa?

—Mira esto, Peeta.—Katniss dio dos pasos hacia la pared de la cueva, transfigurada por lo que veía.

La bala de Snow había desprendido un trozo de roca en plano ancho. Las astillas, al desprenderse, revelaban otra capa de roca.

Incrustada en la sección puesta al descubierto se veía una magnífica maraña de huesos. Gigantescos fémures, tibias, vértebras y un cráneo muy extraño, todo en un mismo nido. Se veía parte de una mandíbula muy grande. En ella Katniss creyó distinguir el contorno de varios dientes que coincidían con el encontrado antes. Era como si la monstruosa bestia se hubiera acomodado para dormir, hacía muchísimo tiempo, sin despertar jamás.

—Mire eso, milord.—Katniss contemplaba el animal allí petrificado, abrumada por un descubrimiento sin paralelos —Nunca he sabido de nada como esto. ¿No es una bestia extrañísima?

A sus espaldas Peeta se echó a reír. Sus tremendas carcajadas resonaron en las paredes de piedra. Katniss giró en redondo, sobresaltada.

—¿Qué lo divierte tanto, milord?

—Tú, por supuesto. Y tal vez yo mismo.—Peeta le sonrió de oreja a oreja, con los ojos encendidos por una fiera ternura —Te amo, Katniss.

Ante esa declaración Katniss olvidó por completo a la bestia incrustada en la roca. Corrió de nuevo a los brazos de Peeta y allí permaneció por largo rato.

A principios de otoño llegaron de visita los condes de Heavensbee, el mismo día en que se había recibido el último número de las actas de la Sociedad de Fósiles y Antigüedades.

Los jardines de Blackthorne Hall aún estaban en plena explosión de flores otoñales. La casa descansaba tranquilamente al sol, con las ventanas abiertas a la brisa del mar. En su interior y en las tierras circundantes había un agradable rumor de actividad. A la noche siguiente habría un baile para honrar la visita de los Heavensbee. Estaban invitados todos los vecinos de varios kilómetros a la redonda.

Cuando llegó el correo Peeta estaba desayunando. Mientras se servía los huevos, reflexionó placenteramente que Blackthorne Hall parecía ahora un verdadero hogar. En ese momento Boggs entró en el comedor.

Katniss detectó el periódico en la bandeja.

—Llegó Actas.—Y se levantó de un brinco para correr a apoderarse de la publicación, antes de que Boggs pudiera alcanzársela.

Peeta frunció el entrecejo en un gesto de desaprobación.

—No tienes por qué correr, querida. Ya te he dicho que ahora debes andarte con cautela.

El embarazo avanzado no había hecho que Katniss menguara su actividad. Aún se movía con energía y entusiasmo suficientes para agotar a un hombre. Claro que cuando se movía así en la cama el resultado era un agotamiento muy agradable.

No obstante, no quería que ella se exigiera demasiado en esa etapa. Era demasiado preciosa para arriesgarla.

Últimamente tenía que vigilarla con más atención que nunca. Katniss no tenía idea del comportamiento que debía observar una mujer en ese estado. Incluso la mañana anterior la había sorprendido tratando de bajar sola a las cuevas. Y no por primera vez.

La excusa fue la habitual: que todos en la casa estaban ocupados. Peeta se vio obligado a sermonearla severamente. Preveía una vida entera de sermones parecidos.

—¡Aquí está!—Exclamó ella, mientras volvía a su asiento, con el periódico abierto en el índice —"Descripción de la Gran Bestia de Upper Biddleton", por Lady Katniss St. Justin.—Levantó la vista, con los ojos desbordantes de entusiasmo —Por fin está en letras de molde, Peeta. Ahora todos sabrán que esa bestia me pertenece.

Él sonrió.

—Felicidades, querida. Pero creo que ya todos lo sabían.

—Creo que estoy de acuerdo.—Plutarch intercambió una mirada sapiente con su esposa.

La condesa sonrió a Katniss.

—Me enorgullece decir que conozco a la descubridora de esos magníficos fósiles, querida.

Katniss estaba radiante.

—Gracias. No veo la hora de tener aquí a Prim y a tía Effie. Esta tarde vendrán a tomar el té.—Hojeó las páginas que contenían su artículo —Ellas no creían que saliera publicado.

—Me atrevo a decir que será el principal tema de conversación entre los coleccionistas de fósiles, al menos por un tiempo—comentó el conde —Se discutirá mucho sobre la existencia de un reptil tan gigantesco. Y usted se verá invadida por personas que querrán ver su bestia.

—Que discutan—dijo Katniss, alegremente. Luego miró a Peeta —Sé que mi Bestia es muy rara y preciosa, por cierto.

Peeta le sostuvo la mirada desde la otra cabecera, temiendo ahogarse en el amor que veía en esos ojos. Volvió a preguntarse cómo había podido vivir tantos años, sepultado en la oscuridad de su propia cueva.

La verdad es que se había limitado a subsistir durante ese triste período, antes de conocer a Katniss, sin gozar de la vida, sin esperar nada del futuro. Ella lo había liberado para sacarlo a la luz del sol, tal como a los huesos de la antigua bestia del acantilado.

—Tu bestia no sería nada sin ti, amor mío—dijo, suave —Aún estaría encerrada en la piedra.

Dos meses después Katniss dio a luz, sin dificultades, a un saludable varón. Pronto fue obvio que el bebé tendría los ojos azules de su padre, además de su tamaño y su fuerza. También mostraba señales de un temperamento y una tozuda voluntad que a todos resultaba sumamente familiar.

Cuando Peeta puso al bebé en los brazos de su madre, Katniss sonrió con melancolía.

—Temo que, entre los dos, hemos creado a la verdadera Bestia de Blackthorne Hall, milord—dijo —Basta oírlo rugir.

Peeta rió, más feliz de lo que habría creído posible.

—Tú lo domesticarás, amor mío. Nadie como tú para manejar a las bestias.

Hola! Que les pareció?

Y aquí les traigo el final de otra historia :) espero la hayan disfrutado tanto como yo disfrute adaptando esta historia de Amanda Quick, a el maravilloso universo de Suzanne Collins.

Y si más me despido.

Nos leemos pronto! .lll.