Capítulo 9: Besos para golpes (parte 2)

No podía creer la terrible realidad que ahora cobijaba a su vida. Era algo parecido a la ensoñación inicial de aquella mañana donde presentó su misterio; tan ilusionado y lleno de esperanzas que eran alimentadas por los aplausos de su público, sólo para que todos sus sueños se destruyeran en cuestión de efímeros segundos para hacerlo caer en fatal desgracia.

Sin embargo, esta vez… Era mucho peor.

— P-Pero… ¿Cómo? Yo tenía un buen juego, el que ganaras sólo podría deberse a… Un milagro… — Susurró el poeta, más para sí mismo que para el truhan ya que no podía manejar la horrible marea de sensaciones que lo abrumaban sin piedad.

Había jugado y había perdido… Y Vicchan, la linda e inocente cabrita a la que tanto Yuri como él le tenían tanto cariño, había terminado por ser el premio en una apuesta dentro de una taberna de mala muerte.

Todo por su estúpido error, por haber sido débil al dejar que su alma torturada por la amarga culpa fuese arrastrada por las viles garras de un desesperado deseo que ahora él mismo había asesinado al destruir toda mínima posibilidad de verlo alguna vez hecho realidad.

Pero… ¿Tenía el derecho de probar la dulce miel de sus ingenuas fantasías?

Entre aquel desenfreno de angustiantes emociones era capaz de ahondar en la intimidad de su alma para encontrar los restos de un ser egoísta quien no dudaba en hacer uso de los demás para utilizarlos de peldaño y así elevarse a ese paraíso celestial del cual no era digno, pues el cielo sólo podía alcanzarse gracias al dolor de tus sacrificios y no a expensas del ajeno.

Él no era así, al menos, su corazón jamás había probado tal cantidad de amarga hiel como para enajenar los buenos sentimientos que en él residían hasta retorcerlos para darle vida a ese mezquino demonio que ya sentía aborrecer dentro de sí.

Victor sólo quería sanar las heridas que sus palabras y acciones habían abierto en el frágil corazón de su ángel y al final, fue ese mismo deseo quien terminó por convertirse en la más afilada daga destinada a apuñalar el dulce corazón que se había jurado jamás volver a dañar.

Y esta vez él no podía culpar a los dioses o al destino de las desgracias que aquejaban su camino, pues fue él mismo quien con sus egoístas impulsos había construido su propia perdición.

— Bien, que curioso en verdad. Con esto descubrimos que la vida siempre puede dar interesantes e inesperados giros, a veces a tu favor, y a veces… Al mío. — Y dicho esto, hizo un ademan para tomar a Vicchan, pero antes de que Victor saliera de su estado atónito como para evitarlo, la cabrita fue mucho más rápida al salir corriendo para escapar del horroroso truhan.

— ¡Atrapen a esa cabra! — Gritó uno de los amigos del truhan, y pronto Victor se sintió desgarrado al escuchar los desesperados balidos de Vicchan, quien había sido capturada antes de salir de la taberna, y quien ahora se sacudía con violencia para liberarse de los brazos que la apresaban.

— ¡No le hagan daño! — Exclamó angustiado el poeta, al ver como habían optado por amarrar las patas de Vicchan para impedirle huir o pelear contra los truhanes.

Y sin embargo, Vicchan seguía firme en su objetivo por liberarse. Sin importar que tan fuerte hubiesen apretado sus ataduras, la cabrita luchaba fieramente por librarse del yugo de sus cadenas, aunque sabía que todo esfuerzo sería en vano, ella no dejaba que su voluntad diese su último suspiro.

Aquella devastadora imagen era más que suficiente para afligir el corazón de Victor y sumirlo en una insondable pena.

En aquel momento, el poeta no pudo evitar comparar a Vicchan con su dueño gitano, ambos, criaturas frágiles, hermosas y ligeras, que miraban el mundo con la alegría brillando en sus ojos y la ilusión guiando cada uno de sus pasos, pero a la vez, dos seres orgullosos y tenaces, llenos de una formidable voluntad que jamás envilecería ni con el incandescente hierro del verdugo sobre su piel.

Él sabía que no portaba el rostro del verdugo, pero su mano había sido quien la llevó directo a este, y eso era algo que jamás podría perdonarse, no importaba qué.

Victor necesitaba aliviar la angustia que flagelaba a su alma ante tal cruel situación, por lo que poco le interesó las consecuencias y corrió hacia donde tenían a la cabrita para desatarla y cerciorarse que no la hubieran lastimado con sus bruscos tratos, pero antes de que llegara a ella, chocó con una dura barrera humana que, por desgracia… Él conocía muy bien.

— ¿Qué es todo este alboroto que se cargan, bribones? — Exclamó malhumorado Celestino, al ver como los ánimos estaban por los cielos. — ¿Y por qué tienen atada a la cabra de su príncipe? No dudaré en hacer colgar al desgraciado causante de esto ¡¿Me escuchan?!

— ¡Oh, monseñor, todo esto es mi culpa! — Aceptó Victor, a quien ya poco le importaba lo que le pasara de ahora en adelante. Sólo quería solucionar el desastre que había causado por sus egoístas acciones hechas en un arrebato impulsivo.

— ¿Tu culpa? — Celestino lo fulminó con la mirada. Esperaba no ver al pomposo poeta de nuevo, así que tenerlo allí en sus dominios y causando alborotos, no le era para nada grato. — ¡¿Qué hiciste, maldito bribón?!

El poeta no pudo más que enmudecer ante la vehemente ira con que Celestino le bramó en la cara. Estaba dispuesto a confesar su pecado, pero lo cierto es que la cólera del hombre lo había dejado congelado frente a él.

— Llegó pidiéndonos que le enseñáramos algún oficio. — El truhan causante de todo esto salió para explicar la situación. — Yo me ofrecí para que aprendiera a tocar la guitarra, pero como él no tenía ninguna, apostamos la mía en un juego de cartas, desgraciadamente nuestro hermano no tenía ninguna otra posesión más que la cabra de Eros, así que eso fue lo que apostó y perdió contra mí.

Ante esta terrible confesión, los ojos de Celestino ardieron en salvaje cólera que no dudó en usar contra el objeto de su enojo.

— ¡¿Te atreviste a apostar a la hermana de tu esposo?! ¡Maldito zángano inmundo! ¡Ni tu Dios podría perdonarte! — Agarró a Victor por su ropa para elevarlo unos cuantos centímetros del suelo y así zarandearlo con violento frenesí.

— ¡Oh, su majestad! ¡Tiene usted razón en todo lo que dice! Mi Dios jamás me perdonará por apostar las vidas que no me pertenecen, pero le pido, no… Le ruego por lo más valioso y puro que tenga ¡Haga que ese truhan regrese a Vicchan a los brazos de su dueño! ¡Ya poco me importa lo que desee hacer con mi insignificante existencia para hacerme expiar mis pecados! ¡Cualquier castigo que usted me dé envilecerá ante la agonía que mi alma sufrirá por la condena de saber que es por culpa de mis inmundas acciones si hago sembrar el dolor en el tierno e inocente corazón de una criatura angelical! ¡Por favor, os suplico escuche el ruego de un desgraciado miserable!

Celestino aún mantenía elevado en el aire al poeta, mientras este se deshacía en humillantes suplicas, no por su vida, sino por el destino de la cabrita de su protegido. Aquello le hizo pensar un poco más en sus futuras acciones; en realidad tenía pensado hacer colgar al desgraciado y así terminar el cuento como siempre debió de haber concluido, pero las inesperadas acciones del bribón aquel le estaban dando un tremendo giro a su resolución.

La cabra de Yuri no era mucho problema, aquel truhan ni siquiera la necesitaba, y sabía que ni tendría que pedírsela para que se la regresara a su dueño, pero el poeta no sabía esto y…

Lo cierto es que, aunque estuviese bastante enojado con el bribón por haber tenido la osadía de apostar a la compañera de su protegido, debía aceptar que el poeta se estaba mostrando por primera vez como un hombre honorable al aceptar sus errores y rogar por una solución, aun si esta traía consigo su muerte.

Además, aquel truhan tenía buena fama de estafador. Podía imaginarse paso a paso como el hombre terminó por engañar al ingenuo burgués que tenía en frente, y quien por cierto no había dejado de suplicar, aunque Celestino ya no le escuchase.

Quizás el poeta no era un vanidoso y cobarde burgués como creía, se lo estaba demostrando en ese momento, aunque… No por eso dejaría que se zafará tan fácil del asunto.

— Bien, muy bien bribón. Has encontrado el pequeño pedacito de bondad que aún le queda a mi podrido corazón. No hay mejor canto que el de un alma desesperada al pedir piedad, y más si no la pide para sí mismo, sino para otro. — Dejó de nuevo al poeta en el suelo. — No tengo pensado hacerte colgar, eso sería muy aburrido y bastante compasivo para ti. Así que… Si quieres que se le regrese la cabra a tu esposo, tendrás que ganártela tu mismo. — Explicó, a la espera de una respuesta.

— ¡Oh, sí! ¡Cualquier cosa, no importa qué! ¡Lo haré si con eso puedo asegurar que Vicchan regresará con mi ángel! — Aceptó el poeta, agradecido en el alma por la piedad que Celestino le había otorgado.

Aunque el hombre de piadoso no tenía nada. Todo lo que haría a continuación sólo sería para hacer escarmentar al poeta por varias semanas si era posible.

— Me gusta escuchar esos ánimos en ti, bribón. Debes de ser un hombre más honorable de lo que yo creía, aunque pronto nos lo demostrarás a todos los presentes.

Y dicho esto, Celestino comenzó a caminar alrededor de todos los truhanes en la taberna, quienes miraban con bastante interés la situación. Su rey comenzó a elegir entre ellos para que se pararan frente al poeta hasta conformar un grupo de 8 truhanes.

Los truhanes más grandes y fornidos que pudo haber encontrado entre los presentes.

— ¿Recuerdas tu rito de iniciación, poeta? — Dijo Celestino. — Te moleríamos a palos durante ocho días, y si lo hacemos por ese tiempo es para que el truhan pueda soportar los golpes y no termine muerto en el proceso. — Explicó.

Pichit escuchaba horrorizado, pues ya se imaginaba el rumbo que tomaría la situación, sin embargo, el poeta se miraba bastante impasible ante todo. En aquel momento no era capaz de sentir miedo por su propia vida, pues la culpa y el remordimiento lo carcomían vivo.

Él había sido advertido por Pichit, en realidad, ahora que miraba las cosas con detenimiento, se daba cuenta que desde un inicio todo parecía ser una obvia trampa a la que su ingenuidad junto con su fantasiosa naturaleza le hicieron caer.

Y ante todo esto, había una única resolución en su mente: Sólo él era el culpable de ese error y… Sólo él podría solucionarlo.

— He elegido a estos ocho truhanes para que pelees con uno a la vez. Si eres capaz de ganarle, pasarás al siguiente, si no… Tendrás que soportar sus golpes hasta que yo decida que es momento de pasar al siguiente. Si logras seguir en pie hasta que el último de mis hombres terminé contigo, entonces se le regresará su cabra a Yuri, pero si caes y no te levantas antes de cumplir con los ocho, entonces tendrás que pedirle perdón, ya sea a tu Dios o a tu esposo, aunque yo en tu lugar preferiría que fuese el primero; sólo un bastardo sin corazón sería capaz de herir a una criatura tan pura e inocente como esa. ¿Estás de acuerdo?

Un sepulcral silencio reinó en la taberna tras la explicación de Celestino. Los truhanes habían atado sus lenguas, solamente porque les daba bastante curiosidad si el poeta en cuestión sería lo bastante imbécil como para aventurarse en aceptar ese reto casi suicida.

Aunque si debemos ser sinceros, habremos de decir que los truhanes sonreían con malicia y diversión, ya que de una u otra forma, ellos saldrían ganando a expensas del poeta; alimentando la sed de sangre que el burgués había dejado insatisfecha después del aburrido desenlace de su historia con la horca ó bien… Disfrutando el cómo sería repudiado por su adorado príncipe.

En realidad, no podían decidir cuál de las dos opciones les agradaba más.

— De acuerdo. — Respondió el poeta con la seriedad surcando su rostro mientras la firmeza en su voz demostraba que no había duda alguna en su ser. — Sólo espero que respete su palabra y haga lo acordado si llego a cumplir con sus expectativas.

Celestino había estado a punto de contestar, cuando Pichit se interpuso entre él y Victor, con su último intento para evitar la terrible escena que todos anhelaban presenciar.

— ¡No puedes hacer lo que Celestino te pide! ¡Es una locura, no terminará bien y lo sabes! — Exclamó con apremio, pues había visto el brillo de la decisión inundando los ojos del poeta, y algo le decía que su voluntad no había envilecido ni siquiera al ver lo poco favorable de su situación. — Victor, olvídate de esto. Sólo quieren jugar contigo, desde un inicio esa fue su intención. Vayamos a buscar a Yuri, él revolverá todo sin necesidad de que tengas que poner tu vida en riesgo.

— Sí, puede que tengas razón, Pichit. Todo sería tan fácil como ir a buscarlo para que salve mi vida una vez más, pero…

Victor bajó la mirada pues le dolía revivir los recuerdos de la amarga pelea que había tenido con su ángel. En aquel momento el poeta había llegado a una conclusión después de recibir las crudas palabras del gitano, quien… Tal vez no estaba equivocado en su totalidad.

Por esta vez dejaría la comodidad que le otorgaba su filosofía del "termino medio" y haría lo correcto para expiar sus pecados y así limpiar el sucio rastro que había dejado a su paso.

— Debo acatar las consecuencias de mis actos. He errado, y por tal, sólo de mí depende solucionar los desastres que mis malas decisiones han traído consigo. No puedo permitir que los demás siempre intervengan por mí, pues lo peor no es perder, sino saber encajar la derrota y hoy lo haré. — Declaró el poeta, impasible, ya que en su mente estaba claro un único objetivo.

— Es cierto lo que dices, pero sé consciente. ¡Ni siquiera sabes pelear! Te van a destrozar sin duda alguna. No hay manera en este mundo de que puedas soportarlo, mucho menos ganarles. — Exclamó Pichit, incapaz de comprender a donde se había ido el lado razonable del poeta, quien ahora parecía más que dispuesto a lanzarse al peligro.

Victor no pudo evitar soltar una ligera risa por lo ciertas que sonaban esas palabras en sus oídos. Definitivamente lo iban a moler a golpes, y aunque intentaba ignorarlo de la mejor forma, su lado razonable no dejaba de gritarle lo casi certera que sería su derrota, pero… Él no dejaría que algo así hiciera a su voluntad retroceder.

— Sí, bueno… No niego que esos truhanes se ven tan brutales que incluso Aquiles tendría sus reservas para pelear contra ellos, pero… Creo que tengo la honra y valía necesaria para hacerme responsable y al menos hacer el intento antes de salir huyendo como un cobarde a la primera oportunidad. Aun si no soy capaz de salir victorioso, habré tenido la dicha de vencer a un monstruo mucho más terrible que esos ocho truhanes… — Explicó, esbozando en sus labios una pequeña y amarga sonrisa. — Si el destino ya no me lo permite, dile a mi ángel de parte mía que le agradezco el que haya salvado mi vida, y que… Lo siento mucho por la forma en que se lo pagué. — Y dicho esto, hizo al gitano a un lado para volver a enfrentarse a Celestino.

— Bonitas palabras poeta, es bueno que lo aproveches ahora, porque dudo que seas capaz de ello después de que terminen contigo. — Declaró el hombre para después ordenar a los truhanes en una fila, a la espera de que sea su turno para tener su momento de dicha personal.

Pronto se abrió un gran círculo en la taberna, estando Victor y el primer truhan en el centro, mientras que todos los espectadores se mantenían alrededor, mirando con ansias, a la espera de ver derramar la primera gota de sangre.

— ¡Victor, intenta esquivar los golpes lo más que puedas! — Aconsejó Pichit al momento en que Celestino dio por iniciada la pelea.

Aunque la orden llegó demasiado tarde para el poeta, quien ya había recibido el primer puñetazo que fue directo a encajarse en su quijada. El impacto del golpe había tenido tal fuerza que logró romper su labio inferior, y con eso, ya había comenzado a sangrar… Y era tan sólo el primer golpe de muchos.

Pero Victor había hecho caso a las palabras del gitano e intentó en su mejor forma esquivar los desenfrenados golpes que lanzaba al aire aquel truhan, mismo que ya se estaba comenzando a impacientar por sus esfuerzos frustrados; el poeta había descubierto que además de ser bueno para escapar, también lo era para esquivar golpes.

Definitivamente tenía muy bien desarrollado su instinto de supervivencia.

— ¿Qué te pasa, poeta de cuarta? Ven a pelear conmigo. ¿Acaso le tienes miedo a un poco de dolor? ¡Sólo eres un cobarde miserable! — El truhan comenzó a hacer mofa de él, con una desagradable y ruin risa taladrando sus oídos.

Y aquellas palabras habían tenido el efecto esperado al tocar una fibra sensible en Victor, quien, dominado por una vertiginosa descarga de furia y arrojo, se lanzó contra el truhan y pudo encajarle un certero puñetazo en la quijada, rompiendo de igual forma el labio de su oponente hasta hacerlo sangrar.

— ¿Le di? — Se preguntó a sí mismo, incapaz de creer que había golpeado a alguien de forma impecable. — Pichit, ¿Viste eso? ¡Lo hice! — Exclamó, totalmente emocionado por su increíble logro.

— ¡No te distraigas! — Gritó Pichit.

Pero había sido demasiado tarde, pues la ira del truhan había enardecido con aquel golpe que jamás se esperó y como consecuencia, se abalanzó al poeta con tal furia que pronto ya lo tenía agarrado de su ropa mientras repartía frenéticos golpes con una violencia tan desmedida que fue cuestión de menos de un minuto para que Victor cayera al suelo, víctima del ardiente dolor que aquejaba a su magullado cuerpo.

— ¿Tan pronto se acabará esto? — Se dijo Celestino al observar como el poeta se retorcía en el suelo mientras intentaba manejar el malestar de los golpes en un cuerpo que no estaba acostumbrado a recibirlos.

Más enseguida, para sorpresa de todos, Victor hizo su mejor esfuerzo y audazmente volvía a tener la estupidez para levantarse y así seguir recibiendo inclementes golpes que buscaban al menos romper algún hueso en el proceso.

— Bien, suficiente; que pase el siguiente. — Ordenó Celestino, para el desagrado del truhan que lo golpeaba de turno. — Hermano, sé bondadoso con los tuyos. Ellos también quieren tener el placer de mancharse las manos con la sangre de un honrado burgués, y si continuas de esa forma, no dejarás nada para ellos.

El truhan de mala gana salió del circulo y pronto entró el siguiente para darle una buena ración de dolor al poeta, quien, aunque intentaba esquivarlos, en su mayoría le era inútil; el daño que afligía a su cuerpo por los anteriores golpes estaban cobrando sus estragos, y Victor tuvo que encomendarse a los pocos reflejos que aún le funcionaban, y a veces… Sólo a veces, destellos de bravura se apoderaban de él para darle la fuerza de regresar los golpes. Aunque para el truhan no eran más que besos de mariposas en su piel.

— ¡Celestino, detén esto de una vez! ¡Yuri se enojará bastante cuando vea lo qué estás haciendo! — Le reclamó Pichit al hombre. Si no había metido algo de razón en el poeta, esperaba al menos hacerlo en él.

— Tranquilo Pichit. Si Yuri se llega a enojar, es tan fácil como decirle que no obligamos al bribón a nada; él mismo aceptó mis condiciones, aún sabiendo que bien podía esperarlo para que solucionara todo. Él decidió esto, y por tal, es también su responsabilidad.

— Te aseguro que a Yuri poco le importará eso si llega y se encuentra con que mataron a su marido. — Amenazó, como su último ataque para conseguir detener aquella horrorosa pelea, donde el poeta estaba tan en desventaja que resultaba desgarrador de ver.

Pero su ataque poco había mellado la voluntad de Celestino, aunque una parte de él estaba comenzando a temer por las palabras. Si bien era cierto que Yuri amaba a la cabrita como si fuese su hermana de sangre, también lo era el que rechazaba cualquier tipo de violencia con una fiereza e ímpetu tal que muchas veces no era capaz de comprender que en ocasiones dicha violencia era un mal necesario.

Además, a su protegido le gustaba ese poeta de cuarta, ¿No? Por algo lo había protegido con tanta tenacidad ante él, de una forma que nunca antes había hecho. También podía recordar bien como sus entrañas se retorcieron en salvaje cólera cuando vio la dicha iluminando los inocentes y puros ojos del doncel mientras bailaba con un burgués. ¡Un burgués!

Jamás había visto a Yuri con esa mirada tan resplandeciente que, era incluso capaz de rivalizar con la luz de la luna. Conocía al gitano desde bebé, y sabía bastante bien las cosas que hacían que sus ojos brillaran con deleite y emoción: la música, el mar, las praderas, las montañas, pero… Jamás había visto que fuese una persona quien pusiera el brillo de las estrellas en su mirar.

Eso ya le decía bastante de los sentimientos que residían en el joven e inocente corazón de su protegido, y… No le gustaba para nada saber quién era el causante de todo aquello.

¿No pudo mejor haber elegido a un truhan? Aunque Celestino conocía a los de su propia calaña y tampoco le agradaba mucho la idea. Lo que si le hubiese gustado es que el doncel no sólo hubiese decidido mantener virgen a su cuerpo, sino también… A su corazón.

Bueno, tal vez, después de la forma tan lamentable en que dejaran al bribón a su preciado protegido se le desvanecería todo encanto que pudo haber tenido con él.

— Tampoco pretendo que lo maten. — Aclaró Celestino con honestidad. — Sólo quiero hacerlo escarmentar lo más posible ¿Y por qué no? También quiero ver que tan lejos es capaz de llegar.

Dicho esto y al notar como el poeta volvía a levantarse después de una considerable tormenta de violentos golpes, Celestino hizo una señal para que pasara el siguiente truhan.

Él no pretendía matar al poeta a golpes, era bastante observador en realidad, pues analizaba con atención el estado del hombre como para calcular que tanto más era capaz de soportar antes de caer derrotado… O muerto.

Y por eso medía con prudencia los tiempos necesarios que le daría a cada truhan en su turno, para de esa forma, darle al menos una mínima oportunidad al poeta de enfrentarse a los ocho hombres y aún así mantenerse en pie al final.

Celestino de verdad tenía un don, dado que ya iban por el sexto truhan, y el poeta, aunque ya estaba en un estado deplorable donde apenas y podía moverse para esquivar, había sido capaz de soportar con dignidad el castigo que se le había asignado para expiar sus errores.

— ¿Qué sucede contigo? ¿Ya te cansaste? Aún no he escuchado a ninguno de tus huesos romperse, me encantaría ser el primero ¡Vamos! — Bramó el truhan en turno, quien observaba con diversión cómo el poeta había caído al suelo y aún se mantenía en este mientras intentaba lidiar con el desgarrador dolor que surcaba sin piedad a su herido cuerpo.

La gente comenzó a dispersarse poco a poco, pues creyeron que ese sería el final de la entretenida "pelea" ya que aquel despiadado espectáculo se le asemejaba más a una cruel tortura colectiva que a una justa lucha en igualdad de fuerzas.

— Bien, creo que eso es…

— No… — Victor interrumpió a Celestino, quien tenía la intención de terminar con todo.

Antes de que Celestino pudiese declararlo como perdedor, el poeta se levantó al hacer acopio de todas las fuerzas que aún le quedaban, y de esas otras que le daba la voluntad de su alma, quien se negaba con fiereza a darse por vencido cuando ya había soportado por tanto tiempo.

Victor podía ser bastante considerado si de su propia vida se trataba, pero también era orgulloso y obstinado cuando un ideal se atravesaba tanto en su mente como en su corazón, y en ese momento… Aquello era un arma de doble filo.

— Tienes una fuerza casi risible si te comparo con los demás que han pasado. — Se mofó del truhan, pues el poeta, desprovisto del miedo inicial a las consecuencias, podía darse el lujo de usar su boca para burlarse a placer, aunque esta se encontraba llena de sangre que tenía que escupir con una frecuencia que cada vez se volvía más preocupante.

A estas alturas, era ya de esperar que aquellas palabras lanzadas en una burla, fueran más que suficientes para encender la cólera del truhan, quien no dudó en demostrarle lo contrario al poeta mediante salvajes golpes que iban dirigidos a distintas partes de su cuerpo y rostro.

En aquel momento, Victor agradecía bastante el hecho de no haber desayunado. Ya bastante humillante era el caer al suelo y mancharlo con su sangre, como para también terminar por devolver el contenido de su estomago frente a tan selectos presentes.

— Apuesto seis monedas a que no pasa de este. — Comenzó uno de ellos.

— Yo apuesto doce a que no aguanta al séptimo. Habría que ser tonto para dejar pasar tal oportunidad.

— Pues yo apuesto diez a que es capaz de aguantar al séptimo. El bribón es tan tenaz que no deja de sorprenderme.

— ¡A ti siempre te ha gustado perder el dinero en malas apuestas, hermano!

Y más comentarios parecidos a estos se mezclaban entre los gritos y risas dentro de la taberna. En aquel lugar no había ni una sola alma que pudiese encontrar en su corazón algo de piedad para el poeta y así compadecerse aunque sea un poco por el miserable estado en que los golpes lo estaban reduciendo.

Aunque en el fondo los truhanes estaban comenzando a sentir algo de respeto por el valor del poeta al siempre encontrar fuerza para volverse a levantar. Muchos creían en la superficie que era sólo una muestra de su estupidez, aunque en lo profundo todos sabían que aquello se trataba de una cuestión de honra y dignidad.

Y aquello, aunque les hacía cambiar poco a poco la imagen que tenían del poeta… Jamás les sería suficiente para detener su escarmiento.

El hombre estaba siendo golpeado para el deleite de todos los presentes, no por haber apostado a la cabra de su príncipe, sino… Por otra cuestión.

Todo esto era debido a la mala suerte que venía aunada a la razón por la cual evitó la cuerda. Si su vida se había salvado fue sólo gracias a que esta se unió a la de cierto doncel que todos allí conocían muy bien y que también… Apreciaban como su más bello y sagrado tesoro.

Por tal, Victor se había convertido en el primer ciudadano dentro de su reino que se había hecho merecedor de un mismo sentimiento en todo el pueblo: Odio.

No es que es que aborrecieran al poeta por haberse salvado de la horca, no fue el primero ni tampoco sería el último en hacerlo. El problema radicaba que en el proceso se había llevado consigo la preciosa vida de su príncipe. No eran capaces de aceptar el que su Eros se hubiese enlazado a un despreciable burgués como ese, pues para ellos, el gitano en cuestión era una existencia libre y pura en esencia, por tal, el que ese hombre les arrebatara a la criatura que con tanto empeño y cariño habían cuidado, era algo que les hacía hervir la sangre en rabiosa cólera.

Y los truhanes ni siquiera estaban molestos al pensar que el poeta pudiese ser capaz de manchar la virtud de su príncipe. En realidad, eso era lo menos que les preocupaba, pues sabían con lujo de detalles la razón por la cual el gitano se mantendría por siempre puro, lejos de la tentación de la carne y la inmundicia de un instinto lujurioso.

No importaba que, el bello doncel guardaría por siempre su virtud, y ni un poeta, ni ningún otro hombre, podrían jamás cambiar ese hecho.

En conclusión, se podría decir lo siguiente; el gitano era para los truhanes lo que la Virgen María para los creyentes.

Y como el poeta había osado en "robarse" a su santa figura de adoración, se había hecho más que merecedor del escarmiento al que ahora lo condenaban.

Escarmiento que ya estaba llegando a su fin a manos del último truhan, más Victor a esas alturas se sentía tan débil y adolorido que creía, su cuerpo le traicionaría en el momento más importante de todos, pues había soportado los golpes de casi todos los truhanes, pero este último parecía alargar bastante su agonía ya que había logrado no derrumbarse en el suelo y aun así Celestino todavía no daba por terminada la pelea.

Quizás la despiadada intención del hombre era hacerlo caer para probarlo una última vez y ver si tenía el valor necesario para volver a levantarse y así darle la cara a su inevitable destino.

Victor, quien tenía un solo objetivo guiando el designio de su alma, no quería darle esa satisfacción a Celestino, pues el hombre no creía en que la valía de su espíritu fuese la suficiente como para ganarse él mismo la vida que de forma egoísta había apostado para perder, pero el poeta no dejaría que ninguno de esos golpes llegara a quebrar su voluntad; ellos podían destrozar su cuerpo, pero jamás asesinarían la firmeza de su corazón.

Fue por eso razón que él había perdurado fieramente ante los golpes, hasta que uno de ellos, que fue directo a impactarse con violento ímpetu en su estomago, terminó por ser el golpe de gracia quien extrajo por fin todas sus fuerzas para hacer que su cuerpo se desplomara en el suelo y le diera de una vez el descanso que tanto le rogaba y que su tenacidad sin duda le había negado hasta escuchar el grito aclamándolo como vencedor.

Los truhanes presentes esperaron y esperaron; a estas alturas, no se les haría raro el ver al poeta levantarse, pero el tiempo pasaba y el hombre seguía tirado en el suelo, esta vez, inmóvil, sin mostrar rasgo alguno del dolor surcando su ser ¿Había caído inconsciente? ¿Muerto?

— ¡Vaya, pero que fiasco! — Comenzaron a quejarse algunos de los pillos que, después de ver la tenacidad del poeta se atrevieron a apostar a su favor.

— Les dije que era una causa perdida. ¡Un pomposo burgués como ese jamás podría ganarle a nosotros truhanes!

Y dicho esto, todos comenzaron a reír, haciendo mofa a expensas del desventurado poeta que yacía en el suelo con los ojos cerrados, maltratado, sangrante y sin mostrar intención alguna de levantarse.

De pronto, todo el embriagante frenesí de diabólicas risas se detuvo abruptamente al escuchar desgarradores balidos de cierta cabrita que corría apresurada para encontrarse con el poeta y socorrerlo.

Alguien había desatado a la cabra, y los truhanes sabían que… Sólo había una persona en especial que pudo haberlo hecho.

Al instante todos los presentes borraron las despiadadas sonrisas de sus feos rostros y cayeron en un sepulcral silencio al observar como seguido de la cabrita, una bella criatura corría desesperada hasta caer arrodillada frente al malherido poeta a quien movió con sumo cuidado para que su cabeza descansara en su regazo.

Yuri sabía que algo había salido muy mal cuando vio a Pichit tan frenético al buscarlo. Ni siquiera pudo decirle la naturaleza de los sucesos, lo único que le dijo fue que el poeta estaba en problemas y que si no llegaban a tiempo para socorrerlo algo muy terrible podía sucederle.

El gitano había esperado lo peor al ver la desesperación que surcaban los ojos de su amigo, y al llegar a la taberna comprendió con terrible dolor que la angustia que afligía a su corazón tenía una razón de ser.

Lo primero que había visto al entrar había sido a su pobre cabrita deshaciéndose en torpes intentos por librarse de sus ataduras; el gitano enseguida había ido hacia allá para cortar la soga con su cuchillo, pero en cuanto vio como Vicchan salía corriendo hacia cierta dirección con desesperado apremio, supo que allí estaba la razón de la angustia que torturaba a su corazón.

Y la imagen que ahora tenía ante él era una tan cruda y desgarradora que tuvo que refrenar las emociones que desbordaban en su interior para que estas no se escaparan de sus ojos en forma de incesantes lágrimas; el poeta se miraba tan malherido, con incontables ríos de sangre recorriendo su rostro y manchando de rojo su pálida piel, además de los múltiples cardenales que se estaban comenzando a formar, de un color violeta intenso que iban mancillando a su paso el antes pulcro lienzo de su piel.

Yuri se había alarmado ante esa primera visión, pero sus temores sólo se intensificaron cuando tomó el cuerpo del hombre y notó lo lánguido y frío que estaba ante su tacto.

¿El poeta estaba…?

El doncel ni siquiera era capaz de terminar esa pregunta. Sólo podía admirar horrorizado su decadente estado en la angustiante espera de una señal que llegara para darle fin a todos los miedos que carcomían a su alma.

Lo qué daría por qué el poeta abriera la boca para decir una de sus estupideces esta vez…

Sin embargo, aun con el delicado movimiento de su mano que intentaba limpiar de la forma más cuidadosa la sangre que manchaba su rostro, el hombre no daba señal alguna, ni siquiera del dolor que esos golpes seguro debían causar.

El gitano se negaba con fiereza a darse por vencido al dejar morir su esperanza. Le daba miedo, le aterraba aceptar la idea que cruel le susurraba al oído, pues le llenaba de angustia no saber cómo manejar las emociones que ya sentía emerger de su corazón al desgarrarlo por dentro.

Pero todo miedo se disipo al instante, para llenarle de alivio y gratitud al ver como el poeta abría lentamente los ojos, como si esa simple acción le costara toneladas de esfuerzo y dolor.

— Oh, mi ángel… — Su voz sonaba igual que cómo se veía su cuerpo, débil y destrozada.

El poeta no podía creer que el doncel estaba allí. Por un instante había pensado que era alguna clase de castigo divino y a la vez diabólico, porque el dolor aminoraba al inundar sus pupilas con el bello rostro de su ángel, pero también su vergüenza y remordimiento se volvía mucho más amargo al ver a la víctima de sus mezquinas acciones.

Y sin embargo, aun si le dolía el no ser digno de la preocupación que eclipsaba los bonitos ojos de su ángel, él no pudo evitar usar la poca fuerza de su ser para aferrarse a la bondadosa criatura al apretar entre su mano su camisa.

— Yo… Lo siento tanto… — El crudo dolor que acompañaba a sus palabras no era el proveniente de su cuerpo maltratado, sino el de un corazón afligido por la culpa. — Por favor… Perdóname… — El agarre de su mano perdió toda fuerza al terminar con su lamentable ruego, pues había usado lo último de su energía, antes de caer en la inconsciencia que su cuerpo y mente tanto necesitaban para sanar.

Yuri había sido atacado por la confusión al escuchar y ver la aflicción con que el poeta le pedía disculpas, ¿Por qué lo hacía? Sinceramente el doncel no comprendía nada de la situación, ¿Cómo es que había terminado de esa forma tan maltratada? ¿Y por qué?

Desgraciadamente ya no podía preguntarle nada de esto al poeta, pero ante él tenía un centenar de ojos que se habían mantenido parados a su alrededor para observar en silencio toda la escena entre ellos; así que Yuri tenía de sobra quien le respondiera a sus preguntas.

Él quería respuestas, y las obtendría en ese mismo instante.

— ¿Quién fue el causante de esto? — Preguntó con dura y firme voz a todos los presentes, quienes se quedaron estáticos ante el fantasma de ira que se iba asomando en la implacable mirada del gitano, y el cual, parecía ir en aumento antes de que su dueño pudiese controlarlo.

Podrán comprender que ninguno de los espectadores se esperaba tal actitud de su príncipe, por lo que, la sorpresa y el temor por ser objeto de su enojo los dejó mudos ante la intensa mirada del zíngaro que los escudriñaba, a la espera de atrapar al culpable de todo ello.

Hemos de aclarar que los ocho truhanes en cuestión hace mucho que habían huido al ver lo preocupado que estaba el doncel por el estado del poeta. Obviamente no serían tan tontos como para quedarse a ver si el joven seguiría igual de preocupado al saber la razón de todo.

— El único causante de todo esto, es ese mismo hombre que tienes en tus brazos. — Celestino dio un paso adelante para estar frente al gitano.

Si había alguien capaz de plantarle cara al zíngaro, ese era Celestino, y estaba más que listo para darle las respuestas que tanto quería escuchar.

— ¿Qué? — La confusión en su rostro sustituyó al enojo que se estaba apoderando de él, y es que para Yuri, aquello no tenía sentido.

— Es tal como lo escuchas. — Afirmó. — Este poeta llegó junto con Pichit para pedirle a nuestros hermanos que le enseñara algún oficio. Uno de ellos se ofreció para que aprendiera a tocar la guitarra, pero como el bribón no tenía ninguna, decidieron apostar en un juego de cartas ¿Y adivina qué se le ocurrió apostar a tu esposo? — Y hecha esta pregunta, señaló a Vicchan, quien ajena a todo esto se mantenía lamiendo el rostro del poeta a la espera de despertarlo.

— ¿Vicchan? — Yuri miró a la cabrita en cuestión, aún incapaz de digerir la información.

Aunque tenía bastante sentido, había encontrado a Vicchan atada cuando la encontró, y sabía que nadie en su pueblo se hubiese atrevido a hacerle algo así a la cabrita sin razón alguna.

Pero a pesar de eso, él… No quería creerlo.

— Pichit… — Se dirigió a su amigo, con sus ojos que le pedían en silencio que desmintiera las palabras de Celestino.

— Es verdad lo que dice, Yuri. — Afirmó, con todo el dolor de su corazón al hacerlo. Al final no había servido de nada el sacrificio del poeta por resolver su error, ya que su amigo se había terminado por enterar de todo. — Pero Victor no lo decidió tan fácil. — Agregó, en defensa del poeta. — Él no quería hacerlo, pero después de decirle unas cuantas cosas, alegando que traía muy buena suerte, terminó por aceptar.

Aquello no ayudó mucho para aligerar el dolor que fue a incrustarse en su pecho, pero Yuri agradeció el honesto intento de su amigo por hacerlo. No podía creer que el poeta hubiese sido capaz de apostar a Vicchan; sabía que le había tomado cariño a la cabrita en ese corto tiempo, como también el filósofo sabía lo mucho que significaba para él, era su hermana, su compañera.

¿Cómo pudo ser capaz de ponerla en juego?

Él hombre debía tener una razón de bastante peso como para haber hecho tal cosa, Yuri al menos, quería con desesperación creer en ello, pues a pesar de todas las duras palabras que le había bramado en la cara al poeta, él no creía que fuese alguien tan cruel y egoísta como para apostar a Vicchan sin miramiento alguno.

Al menos eso respondía el por qué su cabra se encontraba atada, pero aún quedaba otra cuestión por preguntar.

— Entiendo que… Apostó a Vicchan. — Le fue bastante difícil el decir esas palabras, como si fuesen amarga hiel inundado su boca. — Pero, entonces ¿Por qué está en este estado tan maltratado? — Se dirigió a Celestino, ya que sabía que después de afirmar lo de Vicchan, el hombre no podría ser capaz de mentirle.

Y esta era la parte complicada para Celestino, pero habría que decirle la situación tal cómo se dio en honor a la dignidad que había mostrado el poeta ante ellos.

— Umm, le dije al bribón que si quería recuperar a tu cabra, tendría que pelear con ocho truhanes, uno a la vez. Aunque si soy sincero, deberé decir que se trataba más de "aguantar" los golpes, que intercambiarlos. Le prometí que si al terminar con los ocho aún se podía mantener en pie, entonces se te regresaría a Vicchan. — Explicó Celestino de la mejor forma que se le ocurrió para restarle importancia al asunto y que así su protegido no reaccionara de mala manera.

Lo cual no funcionó para nada…

— ¡¿Cómo que para regresarme a Vicchan?! ¡¿Para qué la querían de todas formas?! — Exclamó, incapaz de creer lo que estaba escuchando.

Y es que Yuri no podía comprender cómo las cosas se habían deformado tanto como para terminar en ese desastroso desenlace. Todo esto no debió de haber sucedido así, pudo haberse evitado si él no…

— Celestino, tú sabías que nada de eso era necesario. Vicchan es mía, digan lo que digan, es mi familia, como lo son ustedes, entonces ¿Por qué llevaste las cosas tan lejos? — Le reclamó al hombre con dureza.

— A mí no me culpes, Yuri. — Levantó sus dos manos al aire para deshacerse de toda acusación. — Este bribón llegó a rogarme que te regresaran a Vicchan, yo le di una solución, y Pichit le dijo claramente que tú podías arreglar todo sin necesidad de pasar por los ocho truhanes, y aún así él aceptó mi trato. El único culpable aquí es él, y lo qué sea que le haya sucedido es sólo su responsabilidad.

— ¿Aceptó? — Repitió Yuri para sí mismo, esta vez incrédulo al escuchar que el poeta había estado de acuerdo con recibir tal castigo a pesar de habérsele dicho que podría evitarlo.

El gitano bajó la mirada para ver al poeta en cuestión, sumido en su inconsciencia, parecía ajeno a todo el dolor que seguro había torturado a su cuerpo mientras pasaba por los puños de diversos truhanes sedientos de sangre.

Y entonces una mezcla entre la pena y la compasión llegó a golpearle fuerte en el corazón al comprender lo que el poeta había estado dispuesto a hacer con tal de recuperar lo que había perdido, pero ¿Por qué a un precio tan alto? Yuri era incapaz de entender las razones que le orillaron a tomar esa decisión, y en aquel momento hubiese dado lo que fuera con tal de que el hombre despertara y le explicara las dudas que le carcomían por dentro.

Pero como por ahora eso era imposible, sólo le quedó indagar en el desarrollo de los demás hechos para darse cuenta de una verdad que había estado ignorando casi a propósito.

Se levantó y dejó que Vicchan se acostara a un lado del poeta para que su cabeza descansara en la suavidad de su cálido pelaje.

— Quiero saber quien fue el truhan con el que apostó. — Se dirigió con serio semblante ante todos los presentes, quienes en silencio se miraban unos a otros, como sopesando si debían acusar al hombre en cuestión o no.

— Fui yo. — Sin embargo, el truhan tuvo el suficiente descaro como para tomar la situación con ligereza y dar un paso hacia adelante, frente al zíngaro.

Yuri volteó a ver a Pichit, quien le dio un asentimiento de cabeza.

— ¿Es verdad que apostaron a Vicchan a cambio de una guitarra? — Cuestionó al hombre.

— Es verdad, mi príncipe. — Respondió sin duda. — El poeta traía bastante buena suerte para su bienestar. Se dejó llevar por eso, y en la última partida de cartas terminó perdiendo contra mí. Pero te puedes quedar con la cabra, considéralo un humilde regalo de mí parte. — El truhan sonrió, al hacer su intento por congraciarse con el doncel al otorgarle tal "regalo".

Pero a Yuri no le gustó para nada la actitud del hombre y en respuesta a su ofrenda, el gitano le regaló su muy característica mueca desdeñosa.

— Sí, la suerte a veces puede traicionarnos, o más bien, cometemos el error de confiar en ella, pero… — Yuri examinó con la mirada al truhan frente a él, pues a pesar de que amaba a su pueblo, también lo conocía muy bien. — ¿Puedo ver debajo de tus mangas?

Y por primera vez el truhan mostró atisbo de nerviosismo en su rostro. Jamás se había imaginado que el doncel estuviese dispuesto a llegar tan lejos.

— ¿Estás poniendo mi honor en duda, Eros? — Preguntó, queriendo tomar una postura indignada. — Entre hermanos no hay recelos ¿Pondrás al burgués ese sobre nosotros, tu pueblo? — Cuestionó, ahora en un honesto reclamo para el zíngaro.

— Sólo pido ver lo que hay debajo de tus mangas, no le encuentro nada de malo a eso ¿O es qué en verdad tienes algo que esconderme? — Extendió la mano a la espera paciente de que el truhan se dignara a mostrarle la verdad.

Un frío sudor comenzó a bajar por las sienes del truhan, pues el gitano le miraba de una forma tan intensa y penetrante que parecía capaz de leer su mente y acusarlo en sofocante silencio.

El hombre no fue capaz de soportar por más tiempo el peso de la mirada del zíngaro y se dio por vencido al extender los brazos para que este lo inspeccionara.

— Pero que interesante. — Yuri no tardó casi nada en sacar de las mangas varias cartas, escondidas con la finalidad de estafar a su oponente. — Creo que quien se confió bastante de la suerte fuiste tú. — Tiró las cartas al centro del círculo para que todos las vieran.

Aunque Yuri sabía por desgracia que… Aquella estafa no era novedad para ninguno de los presentes.

— No entiendo tu molestia. — Exclamó el truhan, en su último intento por no ser el objeto del enojo de su príncipe. — Sí, acepto que el poeta no traía buena suerte pero me las ingenié para hacer que ganara los demás juegos; jamás pensé que en el último tuviese mejor suerte como para tener que hacer uso de mis cartas, pero… ¡Todo lo hice por ti, por tu bien!

— ¿Por mi bien? — Preguntó, sin comprender cómo el estafar al poeta podría hacerle algún bien a su persona.

— ¡Por supuesto! Tú siempre has sido libre, pero también eres lo bastante bondadoso como para apiadarte de un alma desgraciada ¡Hasta la de un vil burgués! Fue por eso que terminaste casado con uno, y yo lo único que quise hacer fue darte una excusa para librarte de esa sanguijuela ¡Deberías agradecer mis buenas intenciones!

Y fue entonces que Yuri observó como todo su pueblo asentía con la cabeza, totalmente de acuerdo con las palabras del truhan, y aquello fue como un golpe directo a todos los afectos que el gitano sentía hacia su gente.

— ¿Agradecerte? ¿Por haber estafado a un pobre incauto? —Rió de forma desdeñosa. — Fue mi elección casarme con él, así lo quise y decidí, y no permitiré que ninguno de ustedes cuestione mis acciones ni tampoco se entrometa en mi vida privada. ¡No soy ningún niño como para que ustedes tengan que decidir qué es lo mejor para mí! — Se dirigió a todos en la taberna, esta vez, bastante colérico al saber los extremos a los que su pueblo era capaz de llegar por él.

Los truhanes enmudecieron ante la vehemencia con que su príncipe les reclamaba sus acciones. Nunca lo habían visto de esa forma, tan molesto por algo, siempre era alegre al bailar, o tímido cuando no danzaba y alguien le hacía algún halago, ¿pero molesto? No, esta era una nueva faceta que todos estaban comenzando a conocer en los dieciocho años del doncel.

— Oh, vamos Yuri, no tienes por qué enojarte tanto. — Celestino fue el único valiente en acercarse, e incluso intentó posar su mano en el hombro del gitano, pero este pronto rechazó el contacto, y le fulminó con la mirada.

— ¿Cómo quieres que me calme? ¡Han atado a mi hermana y han estafado a un hombre tan sólo para enojarme o matarlo a golpes y todo para alejarlo de mí! ¿Por mí bien? ¡¿Por qué clase de estúpido me están tomando todos ustedes?! ¡No me pidas que me calme, porque simplemente lo que han hecho es horrible!

— Bueno, muchacho, hay algo aquí que yo no entiendo. — Comenzó Celestino, a quien ya no le estaba gustando la actitud rebelde de su "dulce" protegido. — Te deshaces en quejas y reclamos para tu pueblo, pero ¿Acaso olvidas que fue este poeta de cuarta a quien poco le importaste como para apostar a tu cabra? — Señaló al hombre en cuestión que aún se encontraba inconsciente en el suelo. — ¿Es que nosotros somos los únicos culpables de todo esto? No dejes que tu corazón te ciegue, Yuri.

El doncel en cuestión enmudeció ante el último comentario. ¿Qué tenía que ver su corazón con todo esto? Él estaba viendo la situación de la forma más imparcial posible, y no miraba como algo como su corazón pudiese formar parte de la situación.

Aun así, no tenía el tiempo ni el deseo para ahondar en ello, por lo que se dedicó a tan sólo contestarle a Celestino.

— ¿Me preguntas si también estoy molesto con él? Por supuesto que estoy enojado por lo qué hizo. Él también tuvo parte de la culpa en todo esto, pero ¿Sabes algo? Existe una diferencia entre ese hombre y ustedes que ninguno ha podido ver más allá de sus narices. — Declaró Yuri, en una resolución que por sí sola había llegado para iluminar su mente y así darle un poco de claridad al desastre de sus pensamientos. — Y es que a pesar de que cometió un error, tuvo el honor suficiente como para hacerse responsable de sus actos y aceptar el trato atroz que tu cruel mente pudo llegar a formular para hacerle escarmentar. No sé la razón por la cual pudo haber sido tan estúpido como para aceptar un reto que obviamente no podría ganar, pero lo qué si sé muy bien es que todo lo que pudo haber hecho fue gracias a que estaba realmente arrepentido y tan sólo quería arreglar sus errores. Estaba tan desesperado que ustedes se aprovecharon de su remordimiento para tomar ventaja de él y divertirse a expensas de su dolor. Y en cambio, ustedes… Ustedes son…

Yuri enmudeció, incapaz de encontrar una palabra precisa que reflejara todo el tempestivo mar de emociones que lo estaban ahogando en ese momento.

Claro que se había enojado con el poeta por lo que hizo, pero lo cierto es que su corazón siempre encontraría la compasión necesaria para perdonar a todo aquel que se sintiera realmente arrepentido por sus malos actos sin importar cuales fueran estos.

Le había mostrado misericordia al hombre que intentó raptarlo y quien después en un grito de agonía pedía un poco de alivio a su dolor. Ni una sola alma se había compadecido de la deforme criatura, había sido tan sólo el corazón de su víctima quien encontró la fuerza necesaria para extenderle su mano amiga y así aligerar su agonía, entonces…

¿Por qué le negaría esa misma compasión al poeta que había apostado a su cabrita pero que también había estado dispuesto a recibir infinidad de golpes con tal de regresar a Vicchan a sus brazos?

El enojo que Yuri pudo haber sentido alguna vez por aquel hombre se había disipado tan pronto como supo la razón por la cual ahora estaba inconsciente en el suelo, con el cuerpo y el rostro magullado por los golpes.

Y ahora… Lo único que el doncel podía sentir hacia el poeta… Era culpa.

Yuri sentía al despiadado remordimiento causando estragos en su alma y corazón, pues era consciente de lo mucho que el poeta temía volver a entrar a la Corte de los Milagros. Había sido su pueblo quien casi le daba muerte en la horca, era de esperar que el filósofo le tuviese un miedo garrafal a su gente, y aun así… El poeta realmente lo había escuchado cuando dijo que su pueblo no era realmente aquel manojo de despiadados bribones que a los parisinos tanto les gustaba decir.

Y no sólo lo había escuchado, sino que también había sido lo bastante maduro y razonable como para dejar de lado los arraigados prejuicios de su mente y así darle una oportunidad a su pueblo de demostrarle que no sólo eran esa sarta ladrones y malvivientes que todos pensaban, pero…

¿Cómo habían respondido sus hermanos ante aquel acto de honesta confianza?

Se suponía que el poeta era ahora parte de su pueblo, uno más de sus hermanos, Yuri confiaba tanto en los valores de su gente que, creyó, ingenuamente, que ellos le harían participe de esa sensación de hermandad que los acogía sin tener siquiera le necesidad de compartir sangre, raza, religión o nación.

El zíngaro siempre se había sentido orgulloso de su gente por la facilidad con que aceptaban a todo desventurado que se cruzara por su camino, y él mantenía en su corazón el secreto deseo de que el poeta quizás algún día pudiese sentirse igual de orgulloso de su pueblo como él lo estaba. Quizás y de esa forma las barreras de ideología y prejuicios que los separaban se destruirían para hacerle ver que todos eran personas al fin y al cabo, y que no tenían por qué repudiarse por tener distinta patria o religión.

Desgraciadamente, Yuri comprendió que si el poeta jamás se daba cuenta de esto, no sería culpa de él, sino de su propio pueblo.

Ya que había sido tan sólo su pueblo quien decidió responder a la confianza del poeta al mostrarle la peor de sus caras. Endureciendo aun más su coraza y dejando a relucir la parte más mezquina y despiadada que residía en sus corazones; pues Yuri no podía encontrar mejor descripción a la manera tan cruel e inhumana con que habían jugado con el poeta, usando su ingenuidad en contra suya para engañarlo, y así llevarlo directo a las fauces del averno por medio de todos los puños que pasaron por su cuerpo para hacerle escarmentar y así complacerse ante la violenta visión de la sangre brotando de sus heridas.

¿Qué diferencia había entonces entre su pueblo gitano y el pueblo de París?

Ambos eran igual de inhumanos al regocijarse con el sufrimiento ajeno de una pobre alma agonizando por la mano del verdugo para el deleite de todos los presentes.

Pero incluso había una diferencia entre su pueblo y el del poeta, que hacía a Yuri sentirse mucho más enfermo por la situación.

— Creí en ustedes como mi pueblo…— Comenzó, ya libre de toda cólera, pero invadido por la vergüenza y decepción que sentía y no dudaba en mostrar ante todos. — Confié en los valores que nos han regido y de los que siempre me he sentido orgulloso, pero he llegado para ver toda esta masacre que, ustedes han permitido, pues no importa que me digan, sé que sabían muy bien que todo era una trampa para él, pero callaron, mantuvieron a su consciencia en silencio porque deseaban ver un sangriento espectáculo como este, y ante todo esto sólo puedo decir que… Me provocan asco.

La cruda honestidad con que el gitano expresaba su decepción, fue lo suficiente para tocar la fibra sensible en los corazones de los truhanes y así sentirse por primera vez avergonzados de sus actos. Ya que todos los allí presentes sabían muy bien que el poeta había sido engañado y aún así, nadie hizo el intento por detener su tortura, pues se encontraban muy entretenidos presenciando la manera en que era golpeado.

Y el gitano tampoco necesitaba explicar cuáles eran esos valores a los que se refería, pues a pesar de que eran ladrones, embaucadores, secuestradores e incluso asesinos, todos ellos se regían bajo una de sus más sagradas reglas: Jamás, por ningún motivo, se engañaba o se le robaba a otro hermano.

Podían devorar a los demás, pero jamás se comían entre ellos cual impía serpiente carente de honor o dignidad. Hacer algo como eso, era uno de los delitos más imperdonables para su pueblo, delito que… Todos habían cometido.

Y el zíngaro, como queriendo hacer hincapié en ese hecho, fue de nuevo hacia donde estaba el poeta y declaró con dura y firme voz lo siguiente.

— Este hombre que ven aquí, al que ustedes han torturado ¡Es mi esposo, y por tal, uno de sus hermanos! ¡Y de esa manera exijo que se le trate entre mi pueblo! — Exclamó el gitano con arrojo. — Y si no son capaces de hacerlo, entonces yo no tengo deseo alguno de pertenecer a este. — Concluyó Yuri con un ímpetu que dejó atónitos a todos los truhanes.

Nadie entre los presentes se sentía con el derecho suficiente para refutarle al gitano, pues este con sus palabras había destrozado su dignidad y orgullo con la más letal de todas las armas existentes: La verdad.

Más no olvidemos que había cierto rey que, aunque se encontraba de igual forma herido por la cruda honestidad del gitano, le dolía mucho más la visión de su querido protegido ahogándose en la aflicción que su pueblo le había traído de la mano.

Él tenía que hacer algo para desvanecer la nube de tristeza que se había colocado en los ojos del doncel para eclipsar al sol que parecía siempre alumbrar en su mirar. En aquel instante, creyó que la desesperación que sentía por encontrar una solución a su error, era muy seguramente la misma que había atormentado al poeta momentos antes de que lo utilizara a su favor para orillarlo a entregarse al cruel placer de sus caprichos.

Definitivamente al diablo le gustaba divertirse con las ironías.

— Yuri, no dejes que el frenesí que ahora corre por tus venas maneje el buen juicio de tu mente. Sé que podemos hablar esto de forma civilizada, sólo dime qué quieres ¿Debemos colgar al pillo que engañó a tu esposo para calmar la tormenta que habita en tu corazón? — Sugirió, con la esperanza de que con eso lograría complacer al gitano.

Pero en verdad debía estar muy desesperado como para no comprender que aquello en vez de apaciguar dicha tormenta no hacía más que darle las fuerzas necesarias para convertirla en un huracán.

— ¡No quiero que maten a nadie! — Exclamó, esta vez atónito por tal horrible ofrecimiento. — Celestino, yo lo único que quiero es que abran su corazón y aparten los prejuicios de su mente. No pido que cambien la esencia de su espíritu, tan sólo deseo que lo acepten como su hermano, tal como lo hacen con el extranjero, el renegado o el fugitivo. Jamás nos ha importado el pasado que nuestros hermanos cargan sobre su espalda ¿Por qué habría de ser diferente con él? ¿Sólo por ser burgués? — Yuri había retomado la calma y ahora sólo hablaba el inocente y puro deseo que moraba en su corazón. — Quiero que respeten los principios de nuestro pueblo que siempre me han hecho sentir orgulloso. No necesito que más sangre sea derramada; tenemos a todo un mundo con el deseo de hacerlo, entonces ¿Por qué devorarnos entre nosotros en vez de ayudarnos mutuamente?

Yuri le hizo una seña a Pichit para que se acercara y le ayudara a levantar el cuerpo inconsciente del poeta, quien a pesar de su apariencia era bastante pesado para su sorpresa, aunque entre los dos habían conseguido lidiar con él.

— Piensen en las palabras que les he dicho hasta que regrese, ya que no creo hacerlo en un buen tiempo.

Y con estas palabras caminó junto a Pichit, mientras ambos se llevaban el cuerpo de un malherido poeta, lejos de aquel averno que había fallado por segunda vez en su cometido por arrebatarle la vida.


Llegaron a duras penas al hogar de Yuri, y aunque ambos se encontraban asediados por el cansancio que representaba apoyar el peso del poeta en sus hombros, comprendían el grado inimaginable de dolor que el hombre sentiría al despertar y por ello, tuvieron bastante cuidado al dejarlo sobre la cama del doncel.

Era bastante curioso, nuestro poeta por fin había logrado su cometido de yacer en la cama del zíngaro, sólo que para ello, antes tuvo que recibir una buena cantidad de golpes como para apelar a la compasión de Yuri, quien no se creía capaz de dejar a un hombre maltratado en el duro suelo.

— Pichit ¿Puedes traerme algo de agua, por favor? — Le pidió a su amigo, quien asintió con la cabeza y pronto se fue a buscar lo necesario para regresar al tiempo con una cubeta de agua y algunos trapos de tela.

Yuri humedeció aquellos trapos y así comenzó a limpiar los rastros de sangre seca que surcaban el pálido rostro del poeta pero conforme iba desvaneciendo el rojo oscuro de la sangre, se iban revelando en todo su esplendor los numerosos hematomas que coloreaban su piel, y que seguramente adornarían su faz por muchos días.

— ¿Crees que vaya a estar bien? — Preguntó Pichit, quien creyó que quizás su amigo no le escucharía al ver la mirada concentrada en sus ojos junto con el extremo cuidado con que sus manos atendían al poeta.

— Quiero pensar eso. — Contestó Yuri, después de largos segundos en los que terminó de limpiar la sangre y ahora procedía a utilizar un bálsamo curativo que guardaba para cualquier eventualidad. — No parece que tenga algún hueso roto, si ese fuera el caso… Estaría mucho peor. — Hizo una mueca de disgusto ante sus propias palabras. El hombre ya se miraba lo bastante maltratado como para creer que podía verse incluso peor.

— Si quieres puedo leer su mano para confirmar que vivirá. — Ofreció Pichit, a lo que Yuri tan sólo pudo darle una reprobatoria mirada.

A pesar del desventurado curso que el destino del poeta había tomado en aquella corte, Pichit creía que tal vez no había sido tan desafortunado después de todo, ya que eso le había valido para que el gitano estuviese preocupado por él como nunca lo había visto antes; ahí, curando con cuidado y atención cada una de sus heridas, sabiendo que cada uno de esos toques en su piel, eran más que nada una suave caricia que traía consigo el sincero y puro deseo en su corazón de aliviar la pena y dolor que pronto volverían a atormentarle al despertar.

Lo único que entristecía a Pichit, era el saber que el poeta tuvo primero que soportar tantos golpes para recibir caricias que en realidad ni siquiera era capaz de sentir en su estado inconsciente.

Bueno, él se encargaría de relatarle todo aquello con lujo de detalles cuando estuviese en la disposición de escuchar.

— Espero que eso sea suficiente… — Comentó Yuri al terminar de usar el bálsamo y colocar algunos vendajes en las heridas que habían sangrado antes.

— Será mejor que lo dejemos dormir, y debemos rogarle a los dioses que no se despierte hasta mañana. — Dijo Pichit, quien no quería imaginarse todo el dolor que aquejaría al poeta cuando estuviese consciente.

Ambos salieron de la habitación después de aquello. Yuri ni siquiera tuvo que pedirle a Vicchan que se quedara para cuidar al poeta, ya que esta se había mantenido siempre fiel al estar acostada a un lado de él para brindarme la calidez de su suave cuerpo, tal y como si deseara que eso fuese de ayuda para aminorar su dolor.

Los animales eran, definitivamente, las criaturas más puras e inocentes que el señor había creado para habitar en una tierra llena de crueles barbaros.

Yuri se sentó con pesadez en una de las sillas, dejando por fin que todo el agotamiento, tanto físico como mental, causaran estragos en su ser.

— Aún no entiendo por qué apostó a Vicchan. — Susurró casi para sí, frustrado por no hallar la verdadera razón detrás de sus acciones, ya que él sabía que había una motivación mucho más significativa que sólo un insulso deseo por aprender a tocar la guitarra.

Dudaba incluso que al poeta realmente le interesara algo como eso. El hombre parecía más bien, alguien mucho más adepto a dejarse atraer por los oficios de la mente que los del cuerpo. Entonces ¿Por qué lo hizo?

Sólo le quedaba arrepentirse por haber dejado ir solo al poeta a la Corte de los Milagros. Se había confiado demasiado en su gente, pero algún presentimiento le había advertido cuando en su camino encontró a Pichit y le pidió que buscara al hombre para que cuidara que no dijera alguna estupidez que pudiese meterlo en problemas ¿Cuándo imaginaría que sería su propio pueblo de quien debía de preocuparse en realidad?

— Creo que yo puedo tener una idea del por qué, pero… Pienso que sólo le corresponde a él darte explicaciones. — Reflexionó Pichit.

— Deberá de hacerlo, ya que me es difícil entender muchas de las cosas que allá pasaron. — Afirmó. — ¿Qué tan estúpido tienes que ser como para estar de acuerdo con ese trato que Celestino le ofreció? No sé en qué estaba pensando al aceptar un reto que obviamente no podría ganar. No quiero creer que él en verdad deseaba morir, pero es la única razón que puedo encontrar para justificar sus acciones. — Yuri dejó escapar un profundo suspiro, liberando de igual forma toda la angustia que se había anidado en su corazón y que ahora rebosaba en alivio y gratitud hacia los dioses por no haber complacido el irrazonable deseo del poeta.

Ya que el doncel no podía comprender como un hombre tan racional y centrado como el poeta pudo haber estado de acuerdo con una situación que era obviamente desfavorable para él en todos los sentidos y escenarios posibles. ¿Es qué su cabeza se había atrofiado en aquel momento? Yuri no lo sabía con seguridad, sólo sabía que había sido muy imprudente y estúpido de su parte.

Aunque una parte de la mente del gitano le estaba comenzando a molestar al querer llamar su atención con un hecho que él prefería ignorar.

— Bueno, yo le dije lo mismo que tú, pero él sólo me contestó que como había sido su error, él sería el único en solucionar los desastres que había causado. Y a pesar de que volví a aclararle que muy posiblemente sería en vano, él dijo que no era un cobarde y que tenía el honor y valía suficiente como para hacer el intento antes de salir huyendo.

Ante esta gran revelación, aquella parte de su mente tomó la fuerza necesaria para gritarle y así traer consigo las amargas memorias de la pelea que había tenido con él poeta.

Dentro de su cabeza comenzaron a resonar con intensidad los retazos de su propia voz acusando sin piedad al poeta de ser un miserable cobarde que prefería primero pensar en sí mismo antes que ayudar a los demás, mientras justificaba sus miedos detrás de la patética excusa al decir que no valía la pena sacrificarse a sí mismo en una causa perdida.

Y entonces todo cobró sentido para Yuri.

— No lo puedo creer. — Dejó que su cabeza descansara entre sus manos, al dejarla caer por la fuerza con que las respuestas le habían llegado para golpearlo. — Todo es culpa de esa pelea… — Susurró, dejando que el remordimiento comenzara a tomarlo entre sus garras para hacerle escarmentar por la culpa.

— ¿Qué pelea? Espera… ¡¿Te peleaste con tu esposo?! — Exclamó Pichit, sorprendido por esa revelación. — ¡¿Por qué no me dijiste nada?! No, no importa ya, dime ahora ¿Qué sucedió? — Exigió con premura.

Y Yuri había dejado que su boca volviera a revivir cada unas de las hirientes palabras con que ambos se habían herido mutuamente en aquella acalorada discusión. A él le dolía bastante recordar dicho suceso, ya que era como volver a abrir las heridas para que sangraran como la primera, más, en aquel momento, el remordimiento le flagelaba con tal fuerza el corazón que creyó que la única forma para expiar sus pecados era el volver a sufrir esa misma agonía, y ahora… con el amargo dolor de saber el horrible desenlace al que sus palabras habían llevado al poeta.

— No puedo creer que le dijeras todo eso… — Musitó Pichit, anonadado al finalizar tal relato donde no sólo el poeta había sido hiriente, sino también su amigo, hecho que le asombraba bastante, pues el gitano jamás había sido alguien que se dejara llevar por la ira como para llenar su boca con amarga hiel que no dudaba en lanzar cual afilada daga directa al corazón.

— Sé que fui muy mezquino con él, lo sé y la culpa no tardó mucho en llegar a mí para hacerme ver que había sido cruel al hablar, pero… Estaba tan molesto. — Aceptó con honestidad. — Nunca alguien me había dicho cosas como esas, jamás… Jamás nadie me había hecho sentir de esa forma… — Susurró el doncel, incapaz aún de comprender la razón por la cual se sentía de esa manera.

— Bueno… Debo decir que me sorprende bastante de tu esposo el que haya sido capaz de decirte todo aquello en la cara. — Comentó Pichit, con aire evaluador. — Cualquiera pensaría que no tiene voluntad y que prefiere acatar órdenes antes que molestar a alguien, pero tuvo la suficiente firmeza como para hacer valer su opinión ante ti.

Yuri no pudo estar más que de acuerdo con las palabras de su amigo, él mismo se había llevado una gran sorpresa al ver la voluntad tan fiera que residía en un corazón que, él creía, era débil y sumiso en esencia.

— Pero me alegro en realidad que sea así… — Continuó Pichit, esta vez con una sonrisa en su rostro. — Estoy feliz de que te hayas casado con él, ya que parece ser el único capaz de enfrentarte.

— ¿A qué te refieres? — Lo miró confundido.

— Bueno, jamás has conocido a una persona a la que le agrades y que al mismo tiempo tenga el valor de rebatirte en una discusión. Esta ha sido seguramente la primera vez que alguien ha hecho algo semejante, y es por eso que te enojaste tanto ¿Verdad? No estás acostumbrado a que te den la contraria, pero me parece bien; creo que él podría ser el primero en hacer entrar algo de razón en tu cabeza.

Ante esas palabras de quien se suponía, era su amigo, el zíngaro no pudo más que sentirse indignado por lo que su comentario estaba sugiriendo.

— ¿Eso significa que estás de acuerdo en todo lo que me dijo? — Le reclamó, molesto al creer que su único amigo también se pondría en su contra para ponerse del lado del poeta.

— En realidad, creo que ambos tenían cierta razón en sus argumentos. — Aclaró. — El problema es que son lo bastante necios y obstinados como para dejar que su orgullo por ganarle al otro les ciegue y no les permita ver las cosas con calma bajo una luz objetiva y razonable. Si hubiesen dejado de lado su estúpido orgullo, entonces hubieran descubierto que ambos tenían la razón pero que ninguno tenía la verdad absoluta en sus manos.

— Eso no tiene sentido. — Declaró Yuri, sin poder esconder muy bien que se había ofendido por ser llamado "orgulloso" y estúpido" por su amigo.

— Oh, vamos Yuri. ¡Claro que lo tiene! Lo que si no tiene sentido es tu cambiante postura. Tú mismo acabas de decir que lo que hizo Victor fue estúpido e imprudente porque era obvio que no podría ganar, pero… ¿No era lo qué tenía que hacer si nos guiamos por tu forma de pensar? ¿Por qué ahora es diferente? ¿Por qué no se trata de ti esta vez? No uses tus propias palabras sólo cuando te conviene, Yuri. — Regañó con seriedad al doncel que no estaba muy acostumbrado en pensar sobre sus propias acciones.

Pichit, al ver que había hecho enmudecer a su amigo con las palabras que estaban cobrando sentido en su mente, decidió no desaprovechar la oportunidad para continuar.

— Es muy fácil restarle importancia a las cosas cuando eres tú quien decide, pero cuando se trata de alguien más que te importa, es sólo en ese momento cuando puedes ver las cosas desde otra perspectiva. No admito que todo lo que te dijo sea cierto, pero estoy seguro que todo lo que hizo fue sólo porque estaba preocupado por ti.

Yuri era incapaz de responderle a su amigo, en aquel momento la razón iluminaba a su mente, y junto con la claridad que traía consigo, también venía la culpa al comprender lo injusto que su actitud estaba siendo.

Por supuesto que condenaba la decisión del poeta como algo estúpido e imprudente, pero si Yuri debía ser sincero… Él hubiese hecho lo mismo. ¿Entonces por qué le molestaba tanto esa misma acción pero de parte del poeta? Él no tenía derecho alguno de quejarse por su decisión, eso era lo más correcto si se guiaba por su forma de pensar, pero… El gitano había descubierto que le era imposible aceptar esa misma postura si venía de parte de alguien más que no fuese él.

¿Eso no lo convertía en un hipócrita entonces?

— Después de ver como Victor se enfrentó con valor a todas las consecuencias antes que elegir el camino fácil para ir a pedir tu ayuda, puedo decir que él después de todo si te escuchó, cosa que tú también deberías de hacer. — Pichit se levantó de la silla y fue hacia su amigo para apretar suavemente su hombro. — Sé que juntos pueden llegar a entenderse, sólo tienen que aprender a escuchar al otro antes que a su propio orgullo. — Aconsejó. — Vendré después a ver como sigue tu esposo. — Y dicho esto, salió por la puerta, dejando al gitano solo con sus pensamientos.

El curso que estos llevaban no era el más agradable para el doncel, pero antes de caer en picada escuchó el suave balido de su cabrita, y enseguida se levantó de su silla para ir hacia la habitación, preocupado por la razón que había hecho que Vicchan llamara su atención.

Pero en cuanto entró supo por qué su cabrita estaba tan animada. El poeta había tenido la desgracia de despertar y ahora se removía con dificultad en la cama, como reconociendo con dolor cada parte de su cuerpo.

— No te muevas tanto. — Le regañó suavemente mientras se sentaba a un lado suyo en la cama y ponía su mano en su pecho para impedirle que se levantara.

— Qué… ¿Qué pasó? — Victor parecía aún invadido por el estupor de la inconsciencia ya que se notaba desorientado, además de las muecas de dolor que hacía por el simple hecho de estar acostado sin necesidad de moverse.

Antes de que Yuri pudiese responderle, Vicchan se le adelantó al acercarse mucho más al poeta para lamer con cariño su mano y así llamar su atención.

— ¿Vicchan? — La miró confundido por tenerla frente a él después de lo que… — Pero, yo… Yo te…

— Vicchan está conmigo. — Yuri volvió a hablar y esta vez sí que logró llamar la atención del poeta, quien se removió en su lugar con una rapidez que pronto lo castigaría con miles de agujas punzando en sus magullados músculos.

Pero todo dolor fue rápidamente ignorado al momento en que sus pupilas se llenaron con la imagen del doncel sentado a un lado suyo en lo que muy posiblemente era su cama.

— Oh, mi ángel… — Cerró los ojos con pesadez, como si esperara que aquello fuera alguna pesadilla y no la realidad. Aún se encontraba avergonzado y sin cara alguna para verlo a los ojos.

No entendía lo que había sucedido, ni por qué estaba en la cama del gitano, gitano que por cierto no lo había mirado con frialdad a pesar de lo que había hecho con su cabrita.

Pero Vicchan estaba allí con ellos, entonces eso significaba que…

— ¿Pude terminar con los ocho? — Preguntó, aún incapaz de abrir sus ojos para enfrentarse a su esposo.

Yuri fue invadido por un ataque de ternura y compasión al escuchar el temor que reflejaba la trémula voz del poeta, pero que al mismo tiempo llevaba consigo la esperanza e ilusión por saber que sus esfuerzos habían rendido sus frutos y que había sido gracias a su sacrificio el que ahora la cabrita regresara a los brazos de su dueño.

Así que… ¿Quién era él para arrebatarle dicha ilusión?

— Sí… Lo hiciste. — Respondió Yuri en un suave susurro, a la vez que se dejaba envolver en ese cálido sentimiento de ternura que el poeta hacía evocar en él, y que ahora le provocaba el deseo de acariciar sus platinados cabellos.

Victor, quien todavía no se atrevía a mirar al doncel, se sorprendió al sentir el cálido toque de una mano que acariciaba sus cabellos en un gesto lleno de una ternura y cariño que hacían que su pecho se contrajera en un extraño y nuevo sentimiento que casi lo llevaba al borde mismo de las lágrimas.

¿Hace cuanto tiempo que no recibía una caricia tan pura y honesta como esa?

Y aunque él deseaba perderse en la cálida ternura que sus caricias le otorgaban no sólo a su cabello, sino también a su corazón, el poeta tuvo que armarse de valor para abrir sus ojos y así constatar que aquello no se trataba de un bello sueño sino de la realidad misma.

Él esperaba encontrarse con la imagen de una habitación en soledad, o la de un gitano que le acusara por sus pecados, pero en su lugar, fue recibido por la belleza de una suave sonrisa y la luz de unos profundos e inocentes ojos que le contemplaban con una silenciosa dulzura que poco a poco menguaba la congoja de su cuerpo y la de su corazón.

— Los golpes… Volvieron a dejarme más loco… — Musitó, incapaz de aceptar que su ángel pudiese regalarle tal hermoso obsequio a él, y precisamente después de lo que hizo.

Incluso uso todas sus fuerzas para levantar uno de sus brazos y así hacer el intento de tallar sus ojos, pero el más mínimo toque le quemaba la piel por lo que se rindió antes de que empezara a gimotear de la forma menos gallarda frente a su ángel.

Pero Victor había sido capaz de notar que habían tratado sus heridas y que incluso tenía algunos vendajes ¿Había sido el doncel quien le curó?

Por su parte, aunque Yuri aún era invadido por aquel sentimiento de dulzura y compasión que el poeta había provocado en su corazón, eso no pudo evitar que las dudas volvieran a emerger de su mente para obligarle a romper el apacible ambiente que se había formado entre ambos.

— Quiero que sepas que aunque no me agradó en nada lo que hiciste, yo ya no me siento molesto contigo e incluso… Dentro de mi corazón te he perdonado por tus acciones. — Musitó el gitano con una honestidad tan genuina que no dejaba lugar a duda alguna. Aunque el poeta no sabía si perderse en la incredulidad o hundirse en la alegría que sus palabras evocaban. — Sólo necesito saber una cosa… ¿Qué razón te impulsó a apostar a Vicchan? — Preguntó en firme tono, más su voz no era imperativa al oído. — Y no tienes por qué decir que en verdad querías aprender a tocar la guitarra; algo me dice que aquello ni te interesa, tuvo pues, que haber otra razón mucho más importante, y… Quiero saberla.

Victor fijó su mirada en los ojos ahora serios del doncel, pero pronto no fue capaz de soportar la intensidad que habitaba en su mirar por lo que bajó la suya y comenzó a pensar en su respuesta.

El poeta entró en toda una disyuntiva. Él deseaba con fiereza el deshacerse en explicaciones frente a su ángel para que supiese lo mucho que se arrepentía por haberlo hecho, y el difícil proceso por el cual tuvo que pasar su mente para terminar aceptando la apuesta, pero… El hablar en verdad le costaba un gran esfuerzo y representaba todo un sacrificio al intensificar el sufrimiento que azotaba a su cuerpo.

Así que tuvo que conformarse con tan sólo decirle la razón principal que lo había impulsado a hacerlo.

— Siento que desde que te conocí… Sólo te he hecho sentir miserable… — Respondió en un susurro que era afligido por la pena que reinaba en su alma. — Y después de nuestra pelea, yo sólo… Sólo quería hacerte feliz y que… Sonrieras para mí… — Confesó, invadido por el remordimiento y la vergüenza de saber que aquel deseo tan sólo lo había llevado a lastimar el corazón que tanto añoraba proteger… Incluso de él mismo si era necesario.

Las palabras murieron en la mente de Yuri, para nunca ser pronunciadas por una voz que muda se había quedado ante el fuerte impacto de una confesión que había encendido inefables sentimientos en un corazón que, sin pedir el permiso de su dueño, había comenzado a palpitar frenético hasta llegar a un doloroso punto que al doncel le era imposible de ignorar como lo había estado haciendo hasta ahora.

El gitano en un último intento por no dejarse vencer por la vehemencia de esas nuevas emociones haciendo estragos dentro de su alma y corazón quiso creer que el poeta tan sólo le estaba diciendo mentiras dulces al oído para ganarse un perdón que ya le había otorgado, pero… Había sido en vano.

Sin importar lo mucho que lo deseara, Yuri no era capaz de encontrar la falacia escondida tras sus palabras, pues estas habían traído consigo el amargo sabor de la pena junto con la decepción de un moribundo anhelo que a pesar de su estado agonizante se negaba a dar su último suspiro para ser al fin enterrado en la penumbra del olvido.

Y el doncel sabía que, si ahora fuese él quien tuviese el valor necesario para verle a los ojos, seguramente encontraría en ellos la visión de una hermosa laguna azul donde sus aguas serían las más puras y transparentes al reflejar en ellas el brillo de la honestidad que inundaba a su ser.

Tampoco necesitaba verlos para saber que muy posiblemente aquel lago luchaba con fiereza ante el cruel dolor de sus emociones para no permitir que sus aguas se derramaran en forma de cristalinas lágrimas que, lo desarmarían ante los ojos de los demás.

¿Él era capaz de causar tal impacto en el hombre? Yuri no sabía cómo sentirse con respecto a eso, aún si su corazón palpitara emocionado ante el descubrimiento, su mente no era capaz de comprender el abismal significado que sus latidos parecían gritarle al resonar intensos en sus oídos.

Lo único que el zíngaro podía entender era que su persona había sido la única motivación siempre presente en todas las acciones del poeta, como si su simple existencia fuese la luz de su vida, tanto de un sol que lo abrazaba en su calor, como del suave fulgor de una luna dispuesta a cobijarlo entre las tinieblas de una solitaria noche.

¿Cómo se suponía que Yuri debía responder ante eso?

Quizás el único problema era que la naturaleza de su mente y la de su corazón habían colisionado entre ellas para dejar al doncel varado en el limbo de una angustiante confusión.

— Dije una estupidez de nuevo ¿Verdad? — Musitó Victor con un amargo tono de burla hacia sí mismo después de no obtener más que el silencio de parte del gitano.

Yuri se alteró al escuchar la propia mofa que el poeta hacia sobre sí, ya que si él se había mantenido en silencio era tan sólo porque sus palabras se las había arrebatado él mismo con su honesta revelación, no porque el hombre hubiese dicho de nuevo alguna estupidez como ya le era costumbre, pues en realidad… Estas eran las primeras palabras a las que Yuri no sabía cómo responder.

— Mi ángel… — El doncel había estado a punto de negar su anterior comentario cuando el poeta prefirió cambiar el tema para el alivio de un corazón al que no se le permitiría hablar todavía por su dueño.

— ¿Sí? — Preguntó Yuri, aliviado de poder dejar atrás la frustración de no saber qué decir. Ni siquiera le había incomodado el cariñoso apelativo con que el poeta se refería a él.

— Me duele… Hablar… — Se lamentó como si se tratase de una gran tragedia, dejando que la congoja y la pena volvieran a esconderse en un oscuro recoveco de su corazón para darle su lugar al desfachatado poeta que tanto le gustaba interpretar.

Yuri no pudo evitar soltar una suave risa ante el dramatismo exagerado con que el poeta se refería a la desgracia tan grande de no poder hablar a sus anchas.

— Seguramente eso te duele mucho más que el cuerpo. — Indicó con una sonrisa divertida, mientras observaba como el poeta era contagiado por esta ya que también había intentado sonreír pero en el proceso tan sólo pudo evocar una mueca de dolor en su rostro.

— Ah… Ese es sin duda… El peor de los castigos. — Exclamó casi al borde de comenzar con un infantil berrinche.

— ¿Y si te doy una razón para que no sientas la necesidad de hablar? — Sugirió de pronto el doncel.

Victor había estado a punto de preguntar a qué se refería cuando una suave y dulce melodía comenzó a ser entonada por el grácil instrumento de una bella voz que tenía el sublime poder de cautivar a todo aquel que tuviese el placer de escucharle cantar su etéreo encanto.

De un ardiente amor vencido,
Dice: —De cuatro elementos
Los tres combaten conmigo:
El fuego tengo en mi pecho,
El aire está en mis suspiros,
Toda el agua está en mis ojos,
Autores de mi castigo:
Quedándome sólo el cuarto
Que es en tierra convertido,
Pues una dichosa muerte
Vence todos enemigos.

Entrégome en estas plantas,
Cava, por poner olvido,
Y ellas mismas me acrecientan
La memoria y el peligro,
Que viendo estas verdes ramas
Veo el rostro peregrino
De esos bellísimos ojos
Que son de mi pena olvido.

El poeta no era capaz de comprender las palabras que entonaba el bello canto del gitano, eran quizás, provenientes de las mismas tierras extranjeras que el zíngaro tanto parecía añorar, ya que su voz se había vuelto el elixir más dulce de todos, del que Victor se permitió beber con deleite al parecerle que aquel grácil canto era dedicado tan sólo para el disfrute de sus oídos; era pues, lo más cercano que él creía que estaría de probar alguna vez aquella dulce miel que cubría los suaves labios del doncel.

Quizás debería de conformar a su espíritu y corazón con ese efímero deguste que el gitano le había otorgado al cantar para él.

O al menos, por ese día… Su corazón se sentiría satisfecho con esa dulce miel que, aunque poca… Había sanado esas heridas internas que le provocaban una agonía mayor que aquellas que ahora surcaban su cuerpo.

Y con esa sensación grabada en su alma, se dejó envolver en el hechizo que aquel inocente y bello canto evocaba para que menguara su dolor y su mente sucumbiera en la ilusión de un apacible sueño.

Yuri esbozó una suave sonrisa al notar que su canto había sido suficiente para hacerle olvidar el malestar que lo acogía y así sumirlo en las profundidades de la serena inconsciencia.

Se sentía feliz de saber que había ayudado para aligerar la pena que le atormentaba, pues Yuri también creía que si él había sido quien había causado aquella congoja, era sólo él, el único capaz de ahuyentarla lejos del poeta.

— Mi ángel…

Yuri pensó por un instante que el poeta se había despertado al escucharlo susurrar, pero al ver la tranquila expresión de su rostro pudo saber que aún dormía más hablaba en sueños.

— Perdóname, pero… Mi vida… Es lo último que me queda…

Aquellas palabras lo confundieron al principio ¿Perdonarlo? Él ya lo había hecho, pero después de pensar mejor en ellas comprendió que el poeta se estaba refiriendo a su postura "egoísta" durante su discusión, donde no le importaba ayudar a los demás si al hacerlo ponía su vida en riesgo.

El poeta tenía miedo, sí… Miedo de morir y perder lo único de valor que aún le quedaba: su propia vida.

Y aquello era tan triste que Yuri no pudo evitar sentirse conmovido en el fondo de su corazón para comprender que a veces el egoísmo o el miedo, eran infundados por razones tan humanas como esa.

— Eres un tonto… — Le susurró a un dormido poeta antes de inclinarse hacia él para dejar la sensación de unos suaves labios besando su frente. — Ambos lo somos… — Esbozo una pequeña y amarga sonrisa al entender después de todo, la errada naturaleza que envolvía a su relación gracias a su propio orgullo y estupidez.

El doncel se mantuvo por varios segundos observando en silencio el calmo semblante del poeta al dormir, en aquel estado, parecía libre de toda pena y dolor, y en aquel momento, Yuri también se prometió a sí mismo que haría su mejor esfuerzo por no volverlo a herir con el filo de sus palabras.

El gitano había reconocido que mientras más intenso era su deseo de huir del poeta, lo mismo le sucedía a este al enardecer su anhelo por alcanzarlo. Y Yuri, quien se alejaba de él en su intento por mantener a su corazón protegido de todo daño, entendió que eso sólo terminaba por herir el del poeta y al hacerlo, antes de que él pudiera evitarlo… Su propio corazón ya se encontraba sufriendo de la misma forma.

Y eran mejor dos corazones que habían aprendido a conocerse que unos que siempre se herían mutuamente ¿No?

Quizás era el momento de escuchar por primera vez el consejo de un buen amigo.


¡Hola! Espero el capítulo haya sido de su agrado. Me parece que esta parte, junto con la anterior, es algo así como una antesala que prepara el escenario necesario para que se dé algo entre estos dos. Ya que debía romper algunos prejuicios e ideas de Victor, como también la actitud recelosa que Yuri tenía hacia Victor, y que representaba una muralla para el desarrollo de su relación, ya que el propio Yuri se negaba con fiereza en contemplarlo por poco que fuera, sólo que eso no significa que las cosas vayan a marchar fácilmente después de esto, ya que aunque la relación de Victor y Yuri será más amena y este último dejara caer un poco más sus fortalezas, el fantasma de JJ todavía está presente para causar sus estragos…

Además de que… No hay que olvidar que estos dos son unos tontos para el amor… Creo que ese será el mayor problema para ambos.

La canción que cantó Yuri es un fragmento de un romancero caballeresco proveniente de España, el cual, por cierto, lo encontré como anónimo. Iba a poner el mismo romancero que Víctor Hugo había colocado en capítulos anteriores cuando Gringoire conoce a Esmeralda y esta canta (que por cierto era uno escrito por su hermano lol le estaba haciendo publicidad a la familia jajaja) pero… No sé, no me gustaba tanto lo que decía, así que busqué otro.

No piensen que después de esto Victor se ha ganado vivir a expensas de Yuri para siempre, aún tiene que aprender un oficio jajaja Y ya tengo pensado a un personaje de YOI para que le ayude, ¿Tienen alguna idea de quién podría ser? Quizás no es muy difícil adivinar, tomando en cuenta que será alguien que forme parte de la Corte de los Milagros.

De igual forma, irán apareciendo más personajes de YOI en la historia, en su caso no interpretaran a ningún personaje de la novela, sino que se interpretaran a ellos mismos (? Bueno, creo que se entiende jajaja

En el siguiente capítulo habrá "chismes y recelos" lol ya verán porqué lo digo XD Espero les haya gustado la actu, muchas gracias a todos aquellos que leen el fic y se toman su tiempo para dejar un comentario ¡Se agradece y aprecia mucho! Cualquier duda, comentario, sugerencia, no duden en hacérmela llegar para responderles.

¡Saludos!

Glosario

Oh dios mío, no hay glosario jajaja es un milagro :'v para el siguiente no se escapan de este lol.

Próximo capítulo: Del impacto de una inesperada revelación