26 de agosto de 1797
Días comunes y corrientes. Horas que iban pasando lentamente mientras trataba de prestar atención a la lección de latín que, estaba seguro, jamás iba a utilizar.
Aun no comprendía porque a él, de entre todos los hijos de sirvientes, le habían dado la oportunidad de terminar sus estudios y aprender a ser otra cosa que no fuese un simple gañán de campo.
Copió la lección del maestro en su cuaderno, aburrido mientras Manuel, a su lado, levantaba la mano para preguntar alguna cosa a la que no prestó atención.
Echaba de menos a Oscar, en especial cuando debía ir a dormir y no tenía con quien hablar. Manuel y él se habían hecho cercanos, pero jamás podría igualar la complicidad que tenía con su mejor amiga, Rodríguez prefería estar con los hermanos menores de José haciendo jugarretas o estudiando en la biblioteca que prestar atención a la soledad de André.
- La lección a concluido. – El ruido de las sillas lo sacó de su letargo, levantándose mecánicamente. - ¡Grandier!
- Señor. – Se acercó con humildad al maestro, un sacerdote entrado en años.
- Supe que hoy es tu cumpleaños.
- Así es, señor.
- Bien ¿Cuántos años?
- Trece.
- Así que trece, esa fue la edad a la que yo entré en el claustro. – La mirada del religioso se volvió ausente, como si estuviese en otro lugar.
- Yo no quiero ser sacerdote.
- No todos estamos llamados a servir al señor de esta forma, Grandier. – Se levantó de su asiento, observando la pizarra llena de caligrafía latina. – El rector te mandó a llamar, hay alguien que pregunta por ti.
- ¿Por mí?
- Ve antes de que se canse y se marche sin verte. – André asintió.
Salió del salón, dirigiéndose a unas escaleras ocultas en un rincón que llevaban directamente al nivel superior de esa ala del edificio, encontrándose con la puerta de roble oscuro que cerraba la oficina principal del rector, Miguel Palacios, sacerdote de la orden de Santo Domingo, conocido por sus esfuerzos por mantener abierto el colegio a pesar de las dificultades económicas que atravesaban. No era barato mantener un convento, una escuela y hacer causas benéficas con el dinero que los padres de los estudiantes aportaban.
André golpeó un par de veces, escuchando un "adelante" para entrar en la habitación.
- Grandier, que bueno que haya podido venir. – Le llamó la atención ver un cuerpo menudo sentado frente al escritorio del rector, quedándose sin aire cuando esa persona se puso de pie.
- ¿Te quedaste mudo? – Preguntó burlona Oscar, sosteniendo a un costado el sombrero que era parte de su uniforme como soldado del regimiento del Príncipe.
- ¿Qué haces aquí? – Detalló la casaca azul y la pechera blanca adornada con botones de oro que solo aportaban gracia a la rubia, el cuello alto de color rojo obligándola a mantener una posición recta, casi petulante.
- Padre me envió a buscarte, es tu cumpleaños y debes pasarlo en casa con quienes te aprecian. – Hizo un movimiento, sus botas resonando por el suelo de madera.
- ¿Entonces?
- Tienes una semana de vacaciones y Padre consiguió una semana de asueto para mí. – Los ojos azules de Oscar brillaron con alegría. – Nos vamos a casa.
- Eres uno de los mejores estudiantes de este colegio, solo por eso permito que tengas un período libre. – El sacerdote se puso de pie, rodeando el escritorio, - colocando una mano sobre el hombro de André. – Pronto podrás ir a la universidad que se antoje, aquí o en Lima.
- Muchas gracias.
- ¡Vamos a preparar tu equipaje! El carruaje nos espera afuera.
Tuvo que aceptar los besos y abrazos de su abuela apenas llegó a la casona, riendo cuando la anciana mujer le reclamaba por estar tanto tiempo en el colegio y no en casa.
Le invitaron a cenar a la mesa con los señores de la casa, Oscar cambiada de ropa, llevando una sencilla blusa de seda con un chalequillo de color palo de rosa encima y pantalones oscuros junto con los zapatos de tacón de cuero negro y hebillas doradas en los pies.
- Ya no eres un niño, André. – Habló el padre de Oscar.
- No, señor.
- Cada día estás más alto y, según don Miguel, tu inteligencia no deja de sorprender a los maestros.
- Eso dicen, señor.
- Oscar también está dejando de ser pequeño.
- Ya no son mis pequeños niños. – Interrumpió la madre de Oscar, sonriendo suavemente. – Oscar en el regimiento y tú, a un paso de ingresar a la universidad, me siento muy orgullosa de ustedes.
- Gracias, señora.
- Padre, Madre ¿André y yo podremos salir a pasear con los caballos después de cenar?
- Deja eso para mañana, hijo mío, la abuela de André no lo ha tenido cerca durante mucho tiempo y necesita sanar la añoranza que siente por él.
- Pero yo también lo eche de menos.
- Tú no eres parte de su familia. – Regañó con suavidad el padre, siendo interrumpido por una sirvienta que traía un pequeño agasajo para el cumpleañero.
Oscar apretó los labios sin atreverse a contradecir a su padre, sin embargo, en su interior, sabía que André era su hermano del alma, su igual, el único que podía comprenderla en todo la extensión que significaba su complicada existencia.
Un trueno a lo lejos se dejó escuchar, la lluvia comenzando a azotar sin piedad el tejado.
Nada anormal para el invierno.
Se giró en su cama, suspirando de gusto cuando sintió el suave colchón, muy diferente al catre duro del convictorio. Se estiró, escuchando como su espalda tronaba.
- ¿André? – Se levantó de un salto al oír como lo llamaban, abriendo la puerta para encontrarse con Oscar en un enorme camisón blanco al igual que él.
- ¿Qué sucede? – La luz de la palmatoria que sostenía la joven tembló un poco, deformando la silueta que se dibujaba con las sombras de ambos muchachitos. - ¿Aún le temes a las tormentas?
- No te burles. – Susurró al ver como una sonrisa se asomaba en los labios de su amigo.
- Ven. – Se hizo a un lado para que ella entrase en la habitación.
Se recostaron en la cama, André arropándolos antes de abrazarla, tarareando una melodía para distraerla de los ruidos de la tormentosa noche.
