Capítulo 10 - La distancia entre nosotros

Algo había despertado en su interior, algo que hacía mucho tiempo que había permanecido dormido. Aunque intentara ignorarlo por completo, apartándolo de sus pensamientos mientras sonreía y asentía a uno de los monjes que le contaba una historia que no estaba escuchando, no desaparecía por completo, se quedaba en un rincón recóndito y oscuro desde el cual le susurraba a media voz.

Se había dado a sí mismo un par de días de descanso para recuperarse tanto física como mentalmente, pero al tercer día el ansia en su interior era tan intensa que hasta le hacía ponerse nervioso. Aunque fuese de esa manera, a escondidas, como un vulgar ladrón, durante horas era libre. Puede que no fuera un plan perfecto y él no más que un cobarde, pero dada su situación no había otra cosa que pudiese hacer. Por eso mismo, cuando la luna brillaba en el firmamento y arrojaba algo de luz a esa cúpula oscura como la boca de un lobo Antonio se cubrió con un chlamys y descendió por la fachada empedrada hacia su libertad. Valiente, que se encontraba echado sobre un montón de paja, se levantó al escuchar el ruido de la cerradura de la puerta de madera, resopló y fue hacia su lado, como si estuviera contento de ver a su jinete.

— Venga, Valiente, vamos a divertirnos por ahí —le dijo en voz baja con afecto. Ya hacía bastantes años que cabalgaba en su compañía. No confiaría en otro corcel, por muy fuerte y hermoso que fuera.

Recogió la montura, la cual había dejado estratégicamente escondida tras su última escapada, y atavió al caballo con ella. Ató bien cada cierre y con facilidad, a pesar de ser algo que no hiciera con tanta frecuencia, Antonio se subió y tomó las riendas. La sensación de libertad que le proporcionaba el ir a lomos de Valiente era una de las cosas más adictivas y placenteras que había experimentado en su vida. Llegaba a tal punto que incluso el viaje se antojaba insuficiente y le apenaba tener que detenerse una vez había llegado a su destino. La noche era joven y Antonio, como parte de ésta, iba a ser el rey. Sólo un iluso o un idiota desperdiciaría el escaso tiempo del que él disponía. No sabía qué le iba a deparar el mañana, pero no iba a aplazar sus deseos. No esa noche.

Por eso deambuló de local en local, de los brazos de uno a los brazos de otro, besó innumerables bocas (algunas más higiénicas que otras) y dejó que desconocidos tocaran su cuerpo, descubrieran sus pudendas e hicieran maravillas que escandalizarían a la gente que pretendía ser moralista. A los ojos de Antonio nadie estaba libre de pecado, ni tan siquiera los curas, el nivel de hipocresía que quisieran demostrar marcaba la diferencia entre unos y otros. Él no era ningún santo y había hecho cosas que no debería de haber hecho —aunque eso no quitara que en la misma situación volvería a repetirlo— pero al menos no era tan hipócrita como para ir gritando a los demás que estaba mal lo que hacían, que eran unos inmorales y que iban a arder en el infierno.

De cualquier manera, sus decisiones le llevaron a una habitación asquerosa, que había sido abandonada y posteriormente ocupada por el hombre que le había estado penetrando sin compasión con tanta fuerza que hasta la vieja cama parecía que se iba a romper de lo que estaba soportando. Al menos el tipo tuvo luego la decencia de estimularle hasta alcanzar su orgasmo y Antonio se apoyó contra la cama, aún con el culo en pompa, para recuperar las energías. El hombre, cuyo nombre no sabía, besó su espalda y volvió a mordisquear su piel como al inicio mientras alejaba su cadera para salir de su interior. Le escuchó gruñir y notó que el peso que había sobre la cama desaparecía y el colchón se levantaba. No había pasado demasiado tiempo cuando le cayó encima un trapo sucio que había abandonado hace bastante tiempo su época dorada. Pero como tampoco es que pudiera hacerle ascos a nada en ese momento, lo tomó y con él se limpió la zona del vientre. El hombre con en que se encontraba ni tan siquiera le miraba, ignorándole por completo, como si al hacerlo Antonio fuera a desaparecer de su vista como por arte de magia. El joven de cabello castaño se levantó de la cama, cálida y al mismo tiempo mugrienta, cosa que provocaba en él una gran variedad de sentimientos encontrados, y fue hacia el rincón en el que sus prendas habían caído.

Las recogió del suelo, las expulsó con vehemencia para quitar cualquier bicho que pudiera haberse colado entre ellas durante el tiempo que habían pasado allí echadas y las examinó con cuidado. No quería que hubiera una araña escondida o algún bicho que pudiera picarle e infectarle con algún virus que le enfermara. Cuando se aseguró de que nada se había hecho un hueco entre sus ropas se las puso. Detrás escuchaba a aquel hombre ir y venir, probablemente terminándose de vestir también. Una vez hubo finalizado Antonio viró sobre sus propios pies, que ya había metido dentro de sus sandalias, y observó al hombre. Éste ni le dirigió la mirada, estaba demasiado ocupado peleándose con un cinturón de cuero con algunas joyas desgastadas, opacas, con aspecto roñoso.

Por un momento pensó en despedirse de ese individuo, ¿pero realmente tenía sentido que lo hiciera? Para ese hombre él sólo había sido un sitio caliente en el que meterla y desfogarse. El sentimiento había sido similar por su parte en realidad. ¿Para qué iban a perder el tiempo con formalismos? Ni siquiera se habían saludado antes de besarse como si el mundo fuera a terminar al segundo siguiente. Eso fue lo que impulsó al joven romano a salir por la puerta sin decir adiós. En la calle, el fresco a esas horas contrastó en sobremanera con el calor de su piel, así que se cubrió mejor con su chlamys y frotó los brazos por encima de la ropa.

Miró a los lados para terminar de ubicarse y emprendió la marcha hacia el lugar en el que había dejado a buen recaudo su caballo. El rocín se encontraba quieto, resoplando a ratos, mirando atentamente a su alrededor. Parecía inquieto en aquellos parajes que tan poco conocía y cuando vio a Antonio y sintió su caricia sobre el morro, el animal bajó la cabeza y buscó ese contacto que para él era una bendición. El joven romano sonrió, feliz al ver esa reacción por su parte y desató las riendas para poder darle más libertad. De un salto se subió a él y le azuzó para que emprendiera la marcha, dispuesto a regresar al monasterio.

De camino allí algo atrajo su atención y apretó los talones contra el lomo de Valiente, para que se detuviera y así él pudiera ver bien aquello que le había distraído. Después de que las patas del animal se quedasen quietas, Antonio vio a lo lejos una granja, cuya figura se veía oscura y azulada en aquella noche de verano. El hogar estaba rodeado por vastos campos. Parte de éstos se encontraba sembrado y la otra parte estaba preparada para una nueva siembra cuando tocara. Estas tierras fértiles a su vez se protegían por unas vallas de espino custodiadas cada dos cientos metros por soldados.

Si no fuera de por esas lares, seguramente Antonio no podría saber quiénes eran los dueños de esa propiedad con sólo verla. Sin embargo, después de años viviendo allí, conocía lo suficiente como para saber que eran los dominios de Bartolomé y su esposa Catalina. En esa misma granja habitaba cierta persona, cierto rubio de ojos azules que vino años atrás de tierras lejanas para instalarse en Caesar Augusta. Las manos de Antonio, hidratadas, finas y sin demasiadas imperfecciones, se aferraron con más fuerza a las riendas del caballo. Era lo único en su cuerpo que expresaba cualquier sentimiento. El resto permanecía inalterable y sus ojos verdes continuaron oteando el edificio con aparente impasividad.

Fue un visto y no visto, algo fugaz que le dejó atontado por completo, pero por un segundo pudo recordar el momento en el que había estado bailando con él, cercanos, y éste había susurrado a su oído en un tono cariñoso que nadie había empleado para dirigirse hacia su persona. Podía notar que sus brazos se habían ido tensando progresivamente y cuando tragó saliva, le dio la sensación de que había provocado un estruendo. Cerró los ojos, alejando de su memoria cualquier recuerdo, inspiró hondo por la nariz y dejó que el aire escapara de entre sus labios. Cuando abrió los ojos, el hispano tenía mayor dominio sobre sus propias emociones y pudo azuzar a Valiente para que siguiera su camino.

Si le preguntaran, él afirmaría que no le gustaba Francis pero que provocaba en él sentimientos que creía que había desterrado por fin al cajón del olvido. Es decir, el rubio podía ser atractivo, no lo negaría tampoco porque no estaba privado del don de la vista, pero, al mismo tiempo, encontraba esa personalidad insistente un poco pesada. Podía ser por la falta de experiencia en situaciones de ese tipo, ya que en el monasterio pocas amistades había podido entablar, pero le agobiaba esa manera de ser del rubio y muchas veces no sabía cómo reaccionar sin ser incendiario con él. Hubiera sido fácil soltarle un: "¿estás tonto?", pero tampoco era un desalmado e insensible. Que le considerara pesado y acosador no le daba derecho a herir sus sentimientos sin piedad, sin sentir un ligero remordimiento al hacerlo, cosa que había ocurrido en algunas ocasiones.

Ya en el monasterio fue hacia las caballerizas, dejó a Valiente en su sitio, lo ató y guardó las monturas en el lugar de siempre. Abandonó ese compartimiento que olía a las heces de caballo y se dirigió hacia la ventana que daba a su cuarto. Apoyó las manos contra la piedra, ligeramente húmeda, y empezó a ascender. ¿Qué iba a hacer con ese tipo si no se rendía? Había visto algo en su mirada, un brillo que casi deslumbraba, eso que le parecía ver cada vez que sus ojos se encontraban. ¿Cómo alguien como Francis, lleno de ímpetu y libertad, se había fijado en un aprendiz de monje que, aunque fuera amable y sonriera, en realidad estaba hueco por dentro? El visigodo le había hecho pensar, de nuevo, en algo que enterró profundo hacía ya años: la idea del amor. Llegado a un punto en su vida decidió que podía prescindir de ese sueño, de ese deseo de ser querido por alguien, ¿pero de veras tenía que ser así? ¿Por qué no podía aspirar a tener a alguien a su lado que no fuera su padre? Sonaba bien, mucho.

Cuanto más se encontraba con el rubio, más despertaban esos aletargados sentimientos, esa ansia que había encerrado en su interior con las cadenas más pesadas que pudiera encontrar en ese momento. Parte de éstas se basaban en la muerte de Eduardo, en la parte de culpa que tenía. Porque, llegados a ese punto, ¿cuánto más podía durar en esa soledad? Le aterraba pensar en que en algún momento todo lo que tenía hasta ahora sería insuficiente. Y todo sería por culpa de un hombre que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, un pobre ignorante que creía que le hacía un favor.

Mientras agarraba el alfeizar con la mano supo que tenía que hacer algo al respecto. Debería hablar con Francis, dejarle claro que lo suyo no podía ser y esta vez darle motivos de peso. Bien obvio era que debería inventarse algo, puesto que no podía contarle la verdad, pero tenía que ser algo creíble y que no pudiera rebatir. No se trataba de prohibirle nada, porque estaba visto que cuanto más lo hacía, más ganas tenía de llevarle la contraria. Si le vetaba lo que ambicionaba, el visigodo parecía desearlo con más fuerza. Había que cambiar de estrategia.

— ¿Se puede saber dónde has estado? —dijo una voz que le heló la sangre, proveniente de las sombras.

Juraría que el corazón se le había detenido durante un segundo y que por esa razón había luego empezado a bombear con violencia. Le recorrió la espalda una especie de sudor frío, que le provocó un escalofrío. Cuando dio un paso al frente, el perfil del rostro de Diago fue iluminado por la luz de la luna y su semblante parecía estar esculpido en mármol, otorgándole un aspecto más cruel, frío y despiadado.

— Padre... Yo no... —empezó Antonio, mientras su cerebro entumecido pensaba una excusa con la que poder substituir aquel balbuceo incoherente que no salvaba la situación en absoluto.

— Te he preguntado que dónde has estado. Agáchate —ordenó. Vio que su hijo le miraba interrogante, confundido por la orden recibida, así que su gesto se tornó más inflexible. ¿Es que no podía atender sus peticiones a la primera? Odiaba su desobediencia y le hacía hervir aún más—. Ponte de rodillas en el suelo y cuéntame de una vez por todas dónde has estado.

Como aún dudaba, levantó el tono de voz.

— ¡Ahora!

El grito tensó al joven por completo, que se encontraba prácticamente sin un lugar al que huir. Si iba hacia la ventana seguramente le empujaría por ella. Si intentaba ir hacia la puerta, le agarraría de todas maneras. Resistirse iba a producir más mal que bien, por lo que ante ese chillido, que le dio a entender lo enfadado que se encontraba, Antonio se agachó y dejó que sus rodillas tocaran la fría piedra del suelo. Las manos se apoyaron sobre su propio regazo y los dígitos de éstas se apretaron contra la tela, buscando de esta manera una forma de calmar los nervios que le atormentaban. Diago fue hacia la mesilla y prendió la vela para poder ver el gesto de su progenie. Tenía los ojos clavados en el suelo y sus labios parecían más finos porque estaban apretados el uno contra el otro.

— ¿Así que te ha dado por volver a escaparte a la ciudad? —preguntó en un tono repentinamente calmado que fue como un mal presagio para el chico. Anduvo hasta estar delante de él le puso una mano en la mejilla—. Hijo, hijo... ¿Qué problema tienes? ¿Qué hay en esta cabecita tuya?

Su mano se desplazó hacia la cabellera y agarró los mechones marrones, sin miramiento y tiró de ellos, obligándole a moverse según su voluntad.

— ¿Qué impide que comprendas que hay cosas que no puedes hacer?

— Sólo he ido a dar una vuelta, nada más. Lo juro, no pensaba escaparme. La prueba es que he regresado, ¿no crees? —se justificó el joven, intentando poner paz—. A duras penas me dejas salir fuera. Soy joven, necesito un poco de aire de vez en cuando.

— No es la primera noche que sales. ¿Te crees que no escucho cuando te marchas con Valiente? ¿De veras piensas que eres tan silencioso, hijo mío? Noo... Y quise pensar que fue una de tus idioteces, pero has ido repitiendo la travesura.

Diago soltó los cabellos marrones y con los dedos rozó ligeramente una de las mejillas del joven. Se había agachado para poder hablarle de cerca y a pesar de ver la sombra del terror en sus ojos, no fue suficiente para satisfacer su ira. Por eso la caricia pronto desapareció, hizo retroceder el brazo y descargó la bofetada contra la piel que antes había palpado. Antonio cerró los ojos y apretó los párpados, pero aunque fue consciente del dolor ligeramente abrasador que se extendía por su mejilla, se impuso no pronunciar ni un quejido, ni siquiera cuando volvió a jalonear su cabello por la parte cercana a la nuca y le acercó para hablarle.

— Yo qué te dije, ¿eh? ¿Es que acaso también estás sordo? Te dije que ni se te ocurriera hacer estupideces. ¡Vas a casarte, niñato del demonio! ¿Piensas que no sé lo que haces cuando sales? Tú y ese maldito vicio pecaminoso. Ojalá te hiciera arder ya. Esperar a que mueras es darte demasiada ventaja.

El miedo, aunque no desapareció, tuvo que cohabitar en el mismo cuerpo de improviso con otro sentimiento que le había brotado del estómago y que era un desprecio y una rabia intensa. No le pasó desapercibido a Diago, que lo observó con indignación. ¿De veras se pensaba que podía hacer lo que le viniera en gana? Para reafirmar su autoridad, apretó el pelo con saña, pero ni por esas logró bajarle los humos.

— ¿Se puede saber qué pretendes mirándome de esa manera? —le siseó amenazante.

— Siempre recurres a esto, ¿quién es el débil de los dos aquí, padre? Si la única manera en la que te puedes imponer es azotándome, ¿qué dice eso de ti? Te lo he dicho muchas veces y lo voy a repetir las que hagan falta: puede que yo vaya a pudrirme en el infierno, pero tú también lo harás y creo que a ti te tienen preparado un gran asiento, hijo de puta.

Después de semejante insulto, hubo un segundo de silencio. Al siguiente, Diago empujó a Antonio con tanta violencia que le hizo precipitarse hacia delante. Si no fuera por sus manos, su cabeza hubiera chocado contra la piedra de manera inmediata por la inercia, pero no es algo de lo que se acabara librando ya que Diago la apretó con su pie, aplastándola contra el suelo. Sabía que podría hacer más fuerza, pero que no le mataba porque aún creía que hacía bien y que un pecado así no se lo perdonaría ese Dios al que sí que temía y sobre el cual no se creía superior.

Estar en esa posición le hacía sentir muy vulnerable y atacado. Normalmente no se resistía, porque sabía que pelearle era peor, que le encendía más, pero no podía pensar con frialdad. Estiró una de las manos, con la intención de agarrar su tobillo y quitarse el pie de encima, pero antes de poderlo alcanzar Diago se dio cuenta de lo que pretendía. Ni siquiera dudó antes de usar el otro pie para pisar la muñeca de Antonio e impedir el avance. El joven pegó un alarido y sus dedos se estiraron y contrajeron, espasmódicamente, víctimas de un dolor abrumador.

— He sido benevolente estos días, me he mantenido al margen y he intentado que tú mismo corrigieras tu comportamiento, pero veo que eso no sirve de nada con alguien como tú. Busco que seas un adulto y no dejas de actuar como un chiquillo malcriado. ¡Así que te voy a tratar como tal y te voy a enseñar una lección que no se te va a olvidar en la vida!

Diago llevó las manos a la cintura. Para mantener la sotana en su sitio, el resto de los monjes, inclusive él, de manera habitual llevaban una simple cuerda que mantenía la prenda en su sitio. Sin embargo, uno de los señores feudales que asistía a su misa los domingos había opinado que para alguien de su estatus, aquello rallaba lo humillante. La siguiente semana le regaló un cinturón hecho de cuero, cosido a mano, con una hebilla de metal elegante. Era una prenda que pocas veces usaba, sólo cuando sabía que el hombre iba a venir. Le agradaba el accesorio, pero lo reservaba para ocasiones especiales y ésta era una de ellas. Por eso lo desabrochó, lo alejó de su cintura y lo empezó a enrollar en su mano mientras observaba con gesto inflexible a su hijo, el cual estaba bajo él, a sus pies literalmente. El primer golpe descargó contra su espalda y sonó seco. Antes de dejar que se recuperara ya le estaba azotando de nuevo con el cinturón. Antonio se quejaba lo menos que podía mientras era víctima de la ira de su padre, pero al parecer no era suficiente tenerle de esa manera en el suelo, herido, así que tiró de él, le obligó a moverse un poco, prácticamente arrastrándolo, y le empujó contra una pared.

El joven romano se encontraba ahora de rodillas, contra una de las paredes de su habitación y con la mano de su padre sujetando su cuello apretándolo contra la piedra fría. Aún sujetando el cinturón, tiró de parte de la túnica de su descendencia y no le importó romperla con tal de dejar la piel desnuda al descubierto. El siguiente golpe fue a parar contra su espalda sin telas de por medio y dolió más. Desde esa altura, para rematarlo, Diago podía asestar golpes más contundentes. A medida que continuaba con el castigo, Antonio empezó a sentir más dolor, puesto que la piel se había quebrado después de tanto maltrato por su parte. El joven manoteó mientras le pedía por lo bajo, entre quejas, que le dejara ir, que se detuviera. Golpeó a su padre en la muñeca para ver si de esta manera conseguía que le soltara, pero desde la posición en la que se encontraba y tembloroso a causa del dolor, poco podía hacer para liberarse.

Las lágrimas se le saltaron cuando notó que los golpes ya caían sobre las heridas que había provocado sobre su magullada espalda. Su agonía era ahora audible y sus manos se apretaban con fuerza contra la piedra, como si arañarla fuera a aliviar aquella sensación que le atormentaba por completo. Se le estaban nublando los sentidos a ratos, justo hasta que volvía a golpearle de nuevo. No supo cuánto tiempo duró, pero de repente escuchó que la puerta de la habitación se abría. En el marco de ésta asomó Ana. La mujer palideció ante la escena del padre azotando a su hijo con el cinturón. La espalda del joven estaba en carne viva en algunas zonas y ensangrentada, al igual que el accesorio que estaba utilizando para herirle. Se fue hacia allí y en vistas de que Diago parecía tener intención de seguir, asió su brazo, el que había levantado, y gritó que se detuviera. La osadía le ganó una mirada del hombre que le heló la sangre. Había tentado a la suerte una vez, no iba a volver a repetirlo de nuevo. Eso fue lo que le impulsó a dejarle ir y a apartarse aunque fuera un metro.

— Padre Diago, se le está yendo de las manos. ¿Es que no ve cómo está? Si sigue de esta manera lo va a matar. Sus gritos se están empezando a escuchar por todo el monasterio a estas horas de la noche.

— ¿Me estás diciendo cómo debo educar a mi hijo? —le preguntó con un tono de voz sosegado que puso la piel de gallina tanto a Ana como a Antonio.

— Claro que no, no osaría. Lo que os estoy diciendo es que los monjes se van a hacer preguntas. Si esto sigue van a venir hacia aquí y van a preguntarse qué hace usted golpeando a ese chiquillo. ¿Cómo va a justificarlo? Por mucho que usted mande aquí, no puede golpear a un niño que aparentemente no tiene lazos de sangre con vos. Si le matáis, Dios no pasará por alto un crimen así.

La mano del hombre, que había permanecido en alto hasta ese momento, fue descendiendo lentamente hasta quedar al lado de su cuerpo. Soltó al joven no sin antes empujarle contra la pared, haciendo chocar su cabeza contra la piedra. Al estar libre, Antonio notó que el cuerpo se le quedaba flojo y apoyó las manos contra el suelo para no caer contra éste. Su respiración estaba totalmente acelerada, descompasada y cada bocanada de aire que tomaba le regalaba una punzada de dolor en su pobre espalda. El corazón le iba a mil y le daba la impresión de que en cualquier momento se pararía y dejaría de funcionar. Aquella había sido una de las peores experiencias que había vivido hasta la fecha y algo tenía claro, no quería tentar a la suerte y experimentarla de nuevo. Ana, que había estado con el corazón en un puño hasta ese instante, anduvo con cautela hasta la vera del joven. Pero cuando iba a inclinarse para ver cómo se encontraba y si podía ayudarle escuchó que, a su espalda, Diago hacía un ruido de disgusto. Por instinto, se detuvo en seco y viró sobre sus talones para poder verle. Estaba entretenido poniéndose el cinturón, sin importarle que estuviera ensangrentado.

— Sor Ana, creo que no habéis comprendido lo que está ocurriendo. Ha cometido una falta muy grave contra su padre, el cual le había avisado antes de que un agravio como este no sería tolerado, ¿y ahora vos os acercáis para tenderle la mano? No quiero que piense que se le ha perdonado. He aceptado vuestra petición ya que consideraba que teníais razón y como muestra de respeto os recomiendo que hagáis lo mismo y aceptéis la mía. Yo no pegaré a mi hijo, por mucho que éste lo merezca, y vos no vais a ayudarle.

— Pero se encuentra herido y sus cortes necesitan ser sanados para que no se infecten y empeoren. Si le dejamos sin más, ¿qué va a ser de él?

— Entonces supongo hubiera sido mejor que me dejaras matarle para terminar de una vez por todas con su sufrimiento. Si necesita vendar y desinfectar esas tan merecidas heridas, entonces que lo haga él solo —dijo el hombre con un tono de voz frío, el cual dejó helada a Ana. Juraría que era la primera vez que había visto a Diago tan seguro de terminar con su hijo, sin piedad.

Aunque en los ojos de la joven monja se reflejaba a la perfección el rastro del miedo, no podía estar seguro de que fuera a acatar sus órdenes, demasiado afectada por esa estúpida moral que no le dejaba ver que aunque pareciera un muchacho al que debiera proteger, en realidad se trataba de un monstruo nacido de una de las uniones más pecaminosas que pudiera existir sobre la faz de la tierra. Según su criterio, el niño maldito, que había arruinado su vida por completo, no merecía compasión ni buenas palabras. Necesitaba ser enseñado, conocer dónde estaba su lugar y aceptar que no se podía alejar de ese papel que se le había adjudicado y soñar que podía realizar otro personaje.

— Después de usted, sor Ana —le dijo, tras hacer una leve reverencia y estirar el brazo hacia la puerta.

La mujer miró con pena al chico, que seguía sobre sus rodillas y apoyado contra sus manos, respirando acelerado. Le gustaría poder ayudarle, porque aquellas heridas tenían pinta de ser muy dolorosas, pero si no hacía caso a Diago, con tal de enseñarle que todo acto venía con sus consecuencias, volvería a coger el cinturón y azotaría a ese chiquillo hasta que perdiera el sentido. Como sabía que si seguía su instinto ese pobre niño iba a sufrir por su culpa, decidió hacerle caso al mayor y seguirle hacia el exterior. Cuando la puerta se cerró, Antonio se dejó resbalar hasta que prácticamente estuvo tumbado sobre el suelo y jadeó, adolorido, incapaz de levantarse siquiera. Le temblaban las piernas y las manos y lo único que podía sentir era su espalda arder y palpitar al mismo tiempo. Estuvo un rato así, ya que si se quedaba totalmente quieto, la sensación palpitante se hacía más soportable, pero el frío pronto empezó a entumecerle y podía notar la sangre acumulada en su espalda resecándose. Tenía que curarse aquellas heridas pronto, así que apoyó la mano en el suelo e hizo fuerza para levantar su propio cuerpo. Apretó los párpados y gritó ahogadamente a causa del dolor que tensar sus músculos para abandonar el suelo le había provocado. Las lágrimas se acumularon en la comisura de sus ojos, vidriosos, y resbalaron por la mejilla cuando su peso fue suficiente como para ser mantenido por las pestañas largas del romano.

Anduvo con cuidado por la habitación y de un rincón, oculta, sacó una botella de whiskey que había robado hacía bastante tiempo de una panda de ladrones que había visto en la ciudad y que estaban tan borrachos que ni tan siquiera se habían dado cuenta del hurto. Durante el tiempo que hacía que la tenía, había dosificado cada ración que tomaba. Nunca sabía cuándo sería capaz de hacerse con otra y era un pequeño placer que le calentaba el estómago en esos días en el que el hueco que había en él se llevaba el calor corporal de su cuerpo y le dejaba como un alma en pena. Era triste, pero el pequeño placer se le había terminado. Arrancó el tapón con los dientes y lo escupió hacia un lado, aún resollando, respirando entre dientes con dificultad y tembloroso. Apoyó la boca de la botella sobre uno de sus hombros, inspiró hondo antes de nada y, adelantándose a todo temor, la elevó para permitir que el contenido de ésta se vertiera contra la piel herida. Sus dientes se apretaron, al igual que sus párpados, y un gemido estrangulado murió en su boca. Se forzó a no gritar, se forzó a no moverse, se forzó a no apartar los dientes para no morderse la lengua y tener un disgusto mayor. De cualquiera de las maneras, el sufrimiento no se atenuó hasta pasado un rato más, momento en el que apoyó la mano sobre la cama, sucia y con olor a whisky, y respiró con lentitud.

En vistas de que mejor no se iba a encontrar, el joven buscó entre las cosas un vendaje que había llevado en otra ocasión, que había lavado y guardado para el futuro. En ese momento había creído que era triste que llegara a ese pensamiento, pero ahora lo agradecía, puesto que no se veía con las fuerzas para moverse de aquel sitio. En la penumbra, propiciada por la salida del sol por levante, Antonio se esforzó en rodear su torso con los trozos de tela limpia. Tuvo que reintentarlo un par de veces porque, por desgracia, no lo había hecho correctamente y la prenda se deslizaba y soltaba. Al final logró hacer un vendaje decente que aguantaría unas horas al menos, se estiró para coger una túnica limpia y se la puso por encima. Sin embargo, la parte superior le molestaba contra la espalda a pesar de llevarla cubierta con las vendas, así que se la dejó a la cintura, se echó sobre la cama y suspiró pesadamente.

Una vez estuvo sumido en el silencio, notó algo muy pesado en su pecho. Era una sensación de pesadumbre que no podía ignorar y que parecía que crecía cuanto más pensaba en lo que acababa de suceder. La azotaina que su padre le había dado seguro que la recordaría durante mucho tiempo. Es más, no dudaba que le quedaran cicatrices que jamás se marcharían. Bocabajo sobre el lecho, enterró la cara contra la almohada y aguantó las crecientes ganas de llorar. No iba a darle ese gustazo a su padre. Lo había decidido hacía mucho tiempo, que no iba a llorar por él, que no iba a derramar lágrimas, a otorgarle por completo la victoria. ¿Pero acaso era posible ser inmune a ese tipo de cosas? A quien fuera le dolía en el orgullo el ser atacado de esa manera y era mucho más fuerte cuando se trataba de su padre.

Durante ese día permaneció en su habitación, demasiado mal como para moverse de allí. Le daba la impresión de que las heridas no terminaban de secarse y la venda se pegaba contra la espalda, dejándole una tirantez bastante incómoda. Fue sumiéndose en el sueño, que nunca llegaban a ser demasiado profundo ya que cualquier mínimo movimiento le hacía percibir ese dolor que no se había apagado por completo y que le tenía más aturdido de lo normal. Ni tan siquiera tenía hambre, lo único que deseaba con toda su alma era que esa sensación abrasiva pasara, que pudiera dejar de recordar el sonido del cuero contra su cuerpo.

Cuando pudo dormirse, ni siquiera tuvo un descanso apacible. Soñó que volvía a ese momento y que, cansado de tanta patraña, su padre sacaba un cuchillo y le apuñalaba. Él, que estaba tumbado en el suelo, jadeaba e intentaba apartarle, intentaba que no volviera a clavárselo y cuando se acercaba a su cara peligrosamente, entonces abrió los ojos. Sentía el sudor resbalando por su sien y parte de su cuello y su propia respiración de nuevo acelerada. Se inclinó sobre el lecho con cierta dificultad y se secó el sudor. Se encontraba mal, débil, y además de la pérdida de sangre contribuía a ello que no hubiese comido nada en todo el día. Entonces, de repente, escuchó un ruido cuyo origen estaba en la ventana. Ladeó la mirada y se quedó quieto, atento. Un momento después vio que algo negro, pequeño, volvía a rozar el cristal. No podía ser...

Pensó en no hacerle caso, de veras. No se sentía de humor, no quería escucharle decir tonterías, no quería ver su sonrisa siquiera. Ahora mismo estaba gris, apagado, tullido y lo que menos quería era observar que alguien sí podía ser feliz sin saber que dentro de él albergaba bastante sufrimiento y que era una falta de respeto que estuviera reaccionando de esa manera. Pero cuando empezó a escuchar ese silbido flojo, recordó que ese extranjero poseía otra cualidad: la terquedad. Si no aparecía, seguiría de esa manera hasta que alguien le descubriera. No quería ni imaginar cómo iba a reaccionar Diago si sabía que Francis estaba interesado en él. El escalofrío que le recorrió le hizo tensarse al mismo tiempo, ya que su maltrecha espalda no estaba de acuerdo con esos movimientos bruscos. Se subió presto la túnica, colocándola sobre sus hombros, y se levantó de la cama tras gruñir por el esfuerzo que estaba realizando.

Descalzo anduvo hacia la ventana, estiró los brazos, lo cual era bastante incómodo, y la abrió. Se asomó y miró hacia abajo. Tal y como había esperado, al verle, Francis dibujó una sonrisa maravillada, inocente, que poco conocía la verdad. No le odiaba, pero sus sentimientos parecían tan puros que no podía aceptarlos. Él mismo no se consideraba más que un saco de mentiras, ¿cómo podía dejar que ese chico se le acercara, cuando él siempre venía con el corazón en la mano?

— Debéis marcharos, Francis —dijo sin más, sin esperar a que le saludara siquiera. Cada segundo que pasaba en pie, se transformaba en un suplicio que no quería soportar.

— Estáis más frío que de costumbre, mi señor. ¿Por qué no me concedéis el honor de hablar con vos aunque sea un par de minutos? —preguntó el rubio con una sonrisa resignada que, repentinamente, se fue difuminando. Aquella noche había algo diferente en Antonio. Aunque tuviera aspecto somnoliento, lo cierto era que no se trataba tampoco de eso. Algo había cambiado y no podía decir el qué.

— Porque no. No tengo que daros explicaciones. No tengo que...

Su frase quedó interrumpida porque justo en ese momento notó un pinchazo fuerte que le anuló por completo. El mareo se adueñó de su ser y su vista se emborronó. Su equilibrio se vio mermado durante un momento y por eso mismo se tambaleó peligrosamente, primero hacia delante. Francis se fue hacia la pared, temiendo que Antonio se precipitara al vacío. Puede que no fuera a hacerse más que daño si se caía y él intentaba amortiguar el impacto. Los dedos del joven romano se asieron a la piedra y eso evitó que hubiera un accidente grave. No obstante, seguía aún mareado, adolorido, e inestable como se encontraba prefirió huir hacia su lecho. Por desgracia sus piernas, temblorosas, le fallaron en un momento y se fue agachando con lentitud hasta apoyar las rodillas contra el suelo de su habitación.

El rubio, que seguía abajo, observó que Antonio se alejaba y tras perderle de vista, su corazón no descansaba en paz. ¿Debería realmente marcharse? Estaba claro que algo le ocurría a su Eros, algo estaba mal y no podía abandonarle. Se echó el chlamys hacia atrás para que no le molestara y miró la pared atentamente durante un eterno segundo. Se frotó las manos, para eliminar cualquier resto de sudor o tierra que pudiera hacer la tarea más complicada y asiendo las piedras que sobresalían más empezó a subir. No era una tarea nimia pero para él, acostumbrado al trabajo pesado, no suponía ninguna odisea el ascender. Sabía cómo regular su respiración para no perder fuerza y poder cargar con su propio cuerpo hacia arriba y no había tampoco tantísima distancia. Lo que estaba claro era que no podía marcharse sin saber si Antonio estaba bien.

Con un último esfuerzo, apoyó las manos en el alfeizar y se aupó hasta estar apoyado sobre éste. No había pensado en las consecuencias de subir, así que deseó con todas sus fuerzas que el joven hispano no viniera hacia él con la intención de empujarle o pegarle por colarse sin permiso en su cuarto. Sin embargo, se lo encontró en el suelo, tembloroso, con la cabeza gacha y el rostro oculto entre su pelo enmarañado y las sombras de la habitación. Con la boca abierta, Francis se dio cuenta de que no sabía qué decir. No entendía qué le ocurría, pero ese hombre delante de él no estaba sano. ¿Se habría enfermado? De repente algo captó su atención, unas manchas rojizas en su espalda que ensuciaban la impoluta tela blanca. Aquello le hizo reaccionar, se fue hacia él y se agachó a su lado. Aunque su mano quedó cerca de su cuerpo, no llegó a tocarle por miedo.

— Antonio, ¿estáis bien? Sangráis.

— ¡Dejadme! —aulló con voz dolorida, el romano. Se estremeció de pies a cabeza y se obligó a no mirarle en absoluto.

— No voy a haceros daño, Antonio —le dijo Francis, observándole con pena tras aquella respuesta que había obtenido. No podía sentirse ofendido cuando era más que evidente para él que ese joven estaba temeroso, como si esperara algún ataque por su parte—. No sé qué os ha ocurrido pero no pienso haceros daño. Nunca lo podría hacer.

Lentamente, como si estuviera delante de un animal herido que en cualquier momento pudiera rebotarse y actuar de manera imprevista, estiró una de sus manos. Ésta llegó a la nuca de Antonio, que se tensó por completo al sentir el roce en esa zona que aunque ahora no fuera visible con esa pésima iluminación, aún estaba rojiza por el maltrato de su padre. Pero a diferencia del agarre de éste, los dedos de Francis rozaron lentamente, casi con mimo, su piel mientras su voz, suave, repetía que no iba a hacerle daño, que estaba allí para ayudarle. El cuerpo del de cabellos cortos poco a poco se relajó, dejando atrás ese miedo a ser herido de nuevo. ¿Por qué confiar en alguien a quien no conocía de nada? Pues quizás por eso mismo, porque no sabía de él. Daba esa impresión; cuanto más supieran de su persona, menos cariño podrían demostrarle. Por eso su padre y su madre eran los que más le odiaban sobre la faz de la tierra.

Francis no podía apartar los ojos de su figura gacha. Aunque no estuviera apartándose de él, se notaba que Antonio estaba herido por lo que fuera que le hubiera ocurrido. Se le partía el alma al verle en ese estado y no le tranquilizaba en absoluto ese tenue rastro de sangre que manchaba su impoluta ropa. Su gesto se trasformó en uno de pena, se aproximó a él un poco más y con su mano libre atrajo su cabeza contra su torso. El hispano abrió los ojos como platos cuando percibió el calor y olor del cuerpo del extranjero. Era más cálido de lo que recordaba y su gesto tenía un aire familiar, cándido, que le dejó sobrecogido por un momento. Daba la impresión de que para el rubio aquel abrazo era algo que había hecho más veces, la prueba de la estrecha relación que compartían, nada más alejado de la realidad. Francis estuvo un rato en silencio, acariciando los cabellos de color castaño que se escapaban de entre sus dedos. No mentiría si admitiese que había soñado un par de veces con eso, con estar a su lado y acariciar su cabeza de manera íntima, pero ninguno de estos sueños se había asemejado a lo que estaba ocurriendo.

Antonio se mantuvo quieto, sin saber si podía o debía devolver el abrazo, confundido por la presencia de Francis. Después de unos minutos que se antojaron eternos, el rubio se echó hacia atrás y cuando sus ojos se encontraron, le sonrió amable. Le tendió las dos manos, las cuales el romano observó con curiosidad, como si no hubiera visto antes algo así.

— Venid, deberíais sentaros en la cama. No podemos dejar esa herida en la espalda, que al parecer sangra, sin tratar. Me encargaré de dejarla limpia y cubierta para que sane antes —le dijo, afable. Su tono era suave y trataba de ser lo más amigable posible. Algo le había pasado al joven hispano y lo que menos debía hacer era ser duro con él.

— No hace falta que lo hagáis —contestó Antonio, al que le costaba incluso encontrar las palabras adecuadas.

— ¿Que no hace falta? No sé cómo seréis vos, pero yo no puedo dejar a alguien a su suerte cuando sé que está sufriendo y menos cuando esa persona me importa —le dijo. Hizo un gesto insistente con las manos y logró que el muchacho finalmente le ofreciera las suyas.

— ¿Os importo de veras? —murmuró a media voz, como si el pronunciarlo en voz alta fuera a romper el hechizo por completo.

— ¿Es que los constantes halagos no os habían dado ninguna pista? —se fijó en la expresión de desconcierto del muchacho y negó con la cabeza mientras, cuidadoso, le ayudaba a levantarse—. Sois realmente despistado, ¿eh?

Ambos se movieron con pasos cautelosos hacia el lecho, que no estaba realmente a tanta distancia de ellos. Cuando su trasero se apoyó contra la superficie mullida, el hispano suspiró pesadamente y se frotó la mejilla derecha con gesto cansado. Francis miró alrededor y encontró todo lo que el otro hombre había usado para curarse la noche anterior. Se hizo con la botella de whiskey, que estaba prácticamente vacía, un paño manchado de sangre reseca y se sentó a su lado. Apoyó una mano en sus rodillas y con la otra tomó el brazo derecho. Movió ambas manos de forma que el de cabello corto girara sobre sí mismo un poco y le diera la espalda. Ninguno dijo nada, manteniendo un respetuoso silencio, y aún así eran conscientes de la cercanía de la otra persona que estaba con ellos en esa habitación. Cesó cualquier contacto físico y miró la silueta del joven durante un segundo. Después de ese lapso de tiempo durante el cual no hizo nada, las manos de Francis se fueron hacia los hombros y se apoyaron suavemente sobre éstos.

— Con permiso, mi señor.

Después de haber anunciado lo que ambos sabían que iba a hacer, las manos del rubio descendieron, delineando la forma de los hombros y arrastró consigo la tela de la túnica. La imagen, que en un principio era bastante sensual y de su agrado, dejó paso a un sentimiento un poco más amargo cuando vio ese vendaje mal hecho que tenía sobre la espalda. Antonio sacó los brazos de su sitio, para dejar que la parte superior de la túnica descansara sobre su regazo y miró la tela de ésta, fijamente, preocupado por la reacción que pudiera tener al ver lo que había bajo el vendaje. Y ni por estas se resistió cuando empezó a soltar las telas y a descubrir la espalda. Las manos ajadas del rubio apretaron las vendas con fuerza al ver las heridas que tenía en la piel. Comprendió en ese momento que el joven hubiera sentido tanto dolor como para casi perder el conocimiento.

— ¿Qué os ha ocurrido, Antonio? Estas heridas son bastante graves —preguntó, incapaz de mantener el silencio por más tiempo. Notó que el cuerpo frente a él se encogía, como si no supiera dónde meterse tras esa pregunta.

— Nada, me he caído por las escaleras y ya está —mintió. Si hubiera visto su espalda en un espejo hubiera sabido que ese mapa que tenía en la piel no era algo que pudiera pasar por una caída. Se notaba que aquellas heridas habían venido de la mano de alguien, así que quedaba más que mentía.

— Estas no son las marcas que quedan tras una caída por las escaleras. ¿Es que habéis caído sobre un puñado de cuchillos? No, claro que no. Una cosa es que no queráis responderme y otra muy diferente que no queráis decirme la verdad y me tratéis de estúpido —murmuró ofendido por el trato que había recibido por su parte.

Cogió el paño, lo extendió, lo dobló dejando la parte sucia oculta y lo empapó en el resto del whiskey. Lentamente, sin apretar demasiado, empezó a pasar el trapo por la piel. Antonio jadeó entre dientes pero aún así no se le escuchó mucho. Tristemente se había acostumbrado a aguantar para no darle el lujo de escucharle a su padre.

— Lo siento.

Era lo único que podía decirle en ese momento. No solo se disculpaba por no estar siendo sincero, también por no poderlo ser por mucho que él parecía pedírselo con ese comportamiento agradable. El rubio dejó el trapo a un lado una vez la herida se veía bastante limpia, apoyó las nuevas vendas y empezó a enrollarlas en su torso.

— Está bien, no tenéis que disculparos. Entiendo que no queráis decírmelo, aunque no sé si realmente es bueno que os guardéis algo así. Si os han asaltado no hay nada de malo en ello. A mí me asaltaron en diversas ocasiones por los caminos mientras me dirigía a Caesar Augusta en busca de un sitio mejor en el que vivir. En retrospectiva, hice cosas vergonzosas con tal de vivir, con tal de que me dejaran continuar con mi camino. No sé por qué os cuento esto, pero de alguna manera sé que no lo vais a usar en mi contra. Confío en vos, Antonio, y lo que os quiero decir es que vos también podéis confiar en mí. Si aún así no queréis hablar, lo puedo aceptar. Os respeto ante todo, eso quiero que lo tengáis claro. Me quedaré un par de horas para asegurarme de que os dormís y que estáis mejor y luego me marcharé.

Con los brazos bajo los suyos, Francis terminó de anudar el vendaje al frente, quedando de esta manera como si estuviera abrazándole desde detrás. En el momento en que fue consciente, se quedó en esa posición un rato más. No había encontrado nada que pudiera consolarle de verdad y eso le frustraba. De manera inesperada, Antonio se apoyó un poco más contra su torso, cuidando que el roce no le molestara, y su cabeza rozó la del visigodo. El hispano tenía los ojos cerrados y aprovechando que desde esa posición no le podía ver se permitió verse débil por un momento. Nunca hubiera imaginado que después de algo tan traumático fuera a ser tan reconfortante que alguien se preocupara por su persona. Normalmente Diago se encargaba de no permitirle tener a nadie a su lado después de humillarle, pero Francis no había entrado en sus cálculos. Seguramente en otras circunstancias ya hubiera insistido en que debía marcharse y en que dejara de molestarle pero por ahora iba a aceptar su presencia en la habitación.

— Ojalá pudiera hablar con tanta facilidad como vos —murmuró en voz apagada—. Pero creedme, es mejor de esta manera. Estaré bien, no os preocupéis por alguien como yo.

Después de ese momento de debilidad, se movió para escapar de los brazos del rubio, se dio la vuelta para encararle y le dedicó una sonrisa que, al mismo tiempo, cargaba algo de melancolía en ella. Por lo bajo le dio las gracias y sin pensarlo dos veces recolocó su ropa para poder cubrir su cuerpo. Se movió hasta apoyar las rodillas en la cama y subió hasta alcanzar la almohada. Allí se dejó caer bocabajo y suspiró. Francis observó todo aquello atónito. Creyó que iba a decirle que se marchara, pero al parecer había aceptado aquella propuesta que le había lanzado antes. Le dejaba quedarse un par de horas para ver que estaba bien. Sonrió resignado, observó durante una décima de segundo el trasero redondeado y de alguna manera venció su propia libido y dejó de mirarlo para moverse y sentarse a su lado. Miró hacia la ventana, intentando incomodarle lo menos posible, pensativo además.

— Aunque sea arriesgado preguntarlo, aún sigo sin comprender por qué habéis dejado que me quede con vos —dijo el rubio, interrumpiendo ese agradable silencio. Los ojos verdes se abrieron y le enfocaron. En aquella penumbra se veían más oscuros de lo normal.

— No sé, hoy me habéis encontrado más flojo que de costumbre y eso hace que sea más transigente, supongo —murmuró después de pensarlo durante un instante. Sus párpados bajaron, lentamente, permitiéndole sumirse de nuevo en ese sopor que le llevaba atacando un rato—. No os equivoquéis tampoco, que hoy baje mi guardia no significa que lo vaya a hacer otro día. Sigo pensando que sois un rarito y acosador, pero hoy me habéis ayudado demasiado y no puedo ser cruel con vos.

Francis sonrió resignado y miró hacia uno de los lados. Seguro que a cualquiera que le dijera que se había sentido feliz al escuchar que no podía ser cruel con él, le diría que estaba loco. Lo peor es que muy probablemente tendría razón. Dejó que el silencio volviera a adueñarse de la habitación y observó la luna. Nunca hubiera imaginado que estaría en ese lugar, que podría ver el mundo por la noche de la misma manera en que Antonio la veía habitualmente. Cuando pasaron unos minutos, escuchó la respiración pesada del romano y ladeó el rostro para poderle observar. Sus facciones estaban relajadas, su boca abierta ligeramente y bajo los ojos se podían apreciar unas leves ojeras. Le apenó verle de esa manera, se notaba que estaba cansado. Se aproximó y con la derecha acarició sus cabellos rebeldes, que le rehuían como si vida propia tuvieran.

Había estado tan centrado en la atracción que sentía por él, que realmente no se había parado a mirar su alrededor. Aunque saliera a buscar compañía de otros hombres, no pensó que fuera tan desdichado, pero esa noche le había visto prácticamente tocando fondo y se dio cuenta de que había algo más. Cuando le decía constantemente que no podía sentirse atraído por él porque no le conocía, él había pensado que eran tonterías, que podía ver a través de cualquier escudo y que poco le costaría adivinar quién era en realidad y qué secretos entrañaba. No obstante, en ese momento, cuando le veía descansando de esa manera y recordaba las terribles heridas de su espalda, Francis se daba cuenta de que era como si en realidad no supiera nada en absoluto de él.

También había que añadir que él no se abría, que le rehuía, que intentaba darle largas en todo momento. No sabía si era una estrategia para hacerle perder el interés, pero estaba logrando justamente el efecto contrario. Detuvo la caricia y observó aquel rostro pacífico, serio. Se inclinó y nada le impidió arrebatarle un beso a aquel bello durmiente, a su magnífico aunque demasiado misterioso Eros. Después de reclamar sus labios durante un segundo demasiado significativo para él, posó los suyos sobre su mejilla y se levantó con cuidado de no despertarle.

Le había prometido que sólo estaría un par de horas e iba a ser fiel a su palabra. Atusó el chlamys a su espalda, fue hacia la ventana y aseguró las piernas contra un par de rocas para empezar el descenso. Antes de alejarse demasiado, dejó los cristales entrecerrados para que no se adentrara el frío en el cuarto y echó un último vistazo al cuerpo del joven, que descansaba sobre el lecho. Se forzó a marcharse, aunque ahora era lo que menos deseaba, y descendió el muro sin miedo alguno. Cuando sus pies tocaron el césped, alzó la vista. Su expresión era seria, la del hombre que se ha dado cuenta de la situación Ahora conocía ese vacío que existía entre Antonio y él, ese gran desconocimiento que existía por su parte. Pero ni el mismo romano había intentado conocerle a él.

El plan de ir a su ventana a conquistarle sonaba bonito, pero había tomado las dimensiones de una irrealizable utopía. En los pocos minutos que se veían por la noche no descubriría cómo era. Así pues, mientras se montaba en el caballo y se alejaba de aquel lugar, tomó una decisión unánime. Si quería conocer a Antonio, no tenía otra que aparecer por allí para intentar estar a su lado, para poder charlar con él y poco a poco comprenderle mejor. Sólo así conseguiría salvar la distancia entre ellos y, para eso, iba a tener que visitar más el monasterio.


IT'S BEEN EIGHTY YEAAARSSSS

Ok, quizás no tanto, pero aún así llego como un més despues xD Perdóónn... Juro que quería actualizar la semana pasada pero entre una cosa y otra, por temas personales al final sólo corregí como 3/4 partes del fic y así me quedé. Lo siento mucho. Además el capítulo es medio tristón y todo xD. No sé qué decir. Respondo a reviews (quiero decir review XD):

Zyxwvu17, en este fic, al menos por ahora, Francis es la parte positiva, es la parte que le va a ir demostrando a Antonio que vivir no sólo le sirve para fastidiar a su padre, que también puede disfrutar cosas que de verdad son buenas. Siento haber tardado tanto, feliz año, espero que este mes de enero haya sido bueno para ti :)

Eso es todo,

Nos leemos en el siguiente capítulo

Saludos!