Disclaimer: Los personajes de Shingeki no Kyojin no me pertenecen. Son propiedad de Hajime Isayama.
— Capítulo 10 —
Secuestro (Parte II)
Sin mayores contratiempos, Irvin y su tropa llegaron a Rose. Gracias a los permisos firmados con anterioridad para ingresar al estado y al plan inicial luego de descubrir los verdaderos propósitos de Reiner y Bertholdt en la hacienda, la llegada a la guarida de los rebeldes tomó menos tiempo del que se hubo calculado en un principio.
El castillo se encontraba sin centinelas y con las puertas abiertas; lucía penosamente abandonado. Irvin bajó al subterráneo acompañado por Auruo, Erd y Gunter —su guardia de confianza—, y encontró a Reiner y Bertholdt en el salón principal. Ambos parecían resignados al destino que les esperaba.
—Me parece un acto de valor quedarse a sabiendas de lo que les espera —dijo Irvin.
Reiner yacía sentado frente a la mesa del salón. Traía puesto su equipo de maniobras tridimensional y parte del uniforme militar de la legión de reconocimiento del que había desertado para cumplir sus propósitos en contra de Irvin.
—Nunca huyo de los problemas —respondió poniéndose de pie—. Estaba esperándole para saldar la deuda pendiente que tiene conmigo.
—¡¿Cómo te atreves, mocoso insolente?! —gritó Auruo, intentando atacarlo, pero Irvin le detuvo.
—La saldaré con gusto —dijo Irvin sin verse alterado su tono—. Pero antes, quisiera explicarte los eventos que llevaron a la destrucción de tu aldea.
—No intente justificarse o pedir perdón —aclaró Reiner—; ya es demasiado tarde para eso.
—No espero que me perdones, pero mereces saber la verdad.
—Aun con la verdad —respondió Reiner—, mis deseos de venganza no cambiarán.
Irvin entendió la posición de Reiner; incluso la justificaba. Él había sido una víctima más de las guerras, y había crecido con odio en el corazón, por lo que explicarle los motivos del extermino de su familia y amigos no cambiarían los sentimientos con los que había crecido. Él no vacilaría porque era un guerrero, e Irvin admiraba eso aun cuando el camino que había tomado era el incorrecto.
Reiner desenvainó las cuchillas de su equipo de maniobras tridimensional. Era plenamente consciente de que no tenía oportunidad contra Irvin, pero renunciar no era una opción. Incluso si perdía la vida, estaba dispuesto a llegar hasta el final.
—¿Listo, comandante?
De igual manera, Irvin desplegó las hojas de acero de su equipo de maniobras.
—Listo.
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Cuando Rivaille abrió los ojos, se sorprendió tendido boca arriba sobre una superficie arenosa y húmeda, resultándole desagradablemente sucia. Notaba el cuerpo empapado, pesado y entumecido. Parpadeó un par de veces para acostumbrar la vista y descubrió que la sombra de un arce de siete metros lo cubría del sol de mediodía que se alzaba en un cielo completamente despejado.
Por un momento se sintió desorientado. Lo último que recordaba era la persecución en el bosque y luego la osadía de saltar por la cascada junto con Eren. Y parecía haber tenido suerte, pues seguía con vida.
En ese momento la imagen de Eren le vino a la mente y se incorporó para buscarlo. A unos cuantos metros río abajo lo encontró tendido boca abajo en la orilla con la mitad del cuerpo sumergido en el agua. No dudó en levantarse y acercársele para ver cómo se encontraba. Eren estaba inconsciente y empapado. El agua le goteaba de los cabellos deslizándose por su rostro pálido. A simple vista no parecía herido.
—Oye, despierta.
Rivaille lo remeció un poco y, como respuesta, Eren gruñó y abrió pesadamente los ojos.
—¿Cómo te sientes?
Eren dirigió su mirada adormilada a Rivaille y respondió.
—Bien, solo estoy un poco aturdido. —Rivaille le ayudó a levantarse y salir del agua. —Aunque aún seguimos con vida —comentó Eren. Se dejó caer de rodillas bajo la sombra de un árbol y liberó un profundo suspiro. Sentía que habían sobrevivido de milagro.
Saltar desde veinte metros de altura había sido casi un suicidio, pero la cascada rompía la superficie del estanque, lo que había impedido que, al momento de la caída, se estrellaran como si lo hubieran hecho contra las rocas. Y haberse zambullido al interior de la vertiente había ayudado a amortiguar el impacto contra el agua.
—Tuvimos suerte —dijo Rivaille viendo el río que se serpenteaba unos metros más abajo; habían terminado varando en la parte menos ancha y profunda del lecho—. La corriente nos arrastró lejos de los rebeldes. Tardarán en dar con nosotros, pero no les tomará demasiado tiempo deducir dónde encontrarnos. Saben que vamos a Trost, y que esta corriente nos deja a unos quince kilómetros del distrito.
Eren vio a su alrededor. Se hallaban en la parte baja del bosque, rodeados por acantilados escarpados y una densa vegetación que variaba desde arces y hayas de gran altura, hasta maleza, flores y un espeso sotobosque desparramado en el suelo. Vio que Rivaille revisaba su equipo de maniobras y pensó en lo afortunados que habían sido al sobrevivir tras lanzarse al vacío. En el momento que tomó la mano de Rivaille supo que todo iba a salir bien porque había confiado ciegamente en él. La seguridad que transmitía en cada una de sus palabras era lo que le permitía a Eren avanzar sin miedo.
—Debemos continuar —dijo Rivaille, trayendo a Eren de vuelta a sus sentidos.
—¿Cree que estén cerca? —preguntó al recordar la habilidad y perseverancia del grupo de rebeldes que le perseguía.
—Lo suficiente para encontrarnos si no nos movemos ya.
Eren asintió en silencio y trató de levantarse. Lo hizo con cuidado al darse cuenta que aún se encontraba aturdido y acalambrado. Rivaille sabía que haber saltado al vacío había sido un acto imprudente y estúpido. Eren pudo haber muerto, pero no hubo más opción en aquel momento luego que el grupo de rebeldes les diese alcance.
—Tenemos que alejarnos del río y adentrarnos en el bosque, así será más fácil que pierdan nuestro rastro.
Eren asintió y siguió a Rivaille. Avanzaron y se alejaron rápidamente de la orilla del río, adentrándose en el corazón del bosque. Para cuando llevaban poco más de una hora de camino, Eren ya era víctima del cansancio. No era mucha la luz que se filtraba debido al follaje cerrado de los árboles que se alzaban hasta diez metros sobre sus cabezas, por lo que la temperatura era un poco más baja y no ayudaba a mantener el calor del cuerpo. La ropa empapada se había adherido a Eren haciéndole temblar de vez en cuando mientras seguía dos pasos más atrás a Rivaille.
De pronto su estómago rugió sonoramente. Su último bocado había sido a la hora de almuerzo el día de la vendimia, y de eso ya eran casi dos días.
—Tengo hambre —dijo, rompiendo el silencio mientras Rivaille se abría paso entre la vegetación del lugar.
—No hay restoranes en este lugar donde puedan servirte algo de comer.
—Ya lo sé —protestó Eren, ofendido por la respuesta de Rivaille—. ¿No hay alguna fruta o algo que se pueda comer de este bosque?
Rivaille se detuvo y le miró.
—No he comido en casi dos días —dijo Eren, justificando su petición mientras se recostaba contra un árbol hasta dejarse caer al suelo para descansar un poco.
Rivaille le dio la espalda y se acercó a un arbusto de medio metro de altura. Eren vio que escarbaba en él y arrancaba algo. Momentos después, regresó con "ese algo" entre las manos y se lo ofreció a Eren.
—Es lo único que hay en este lugar. Lo tomas o lo dejas.
—¿Zarzamoras? ¡Me encantan!
Eren no dudó en recibirlas y se echó un puñado contundente a la boca, atragantándose. Recordó que su madre solía preparar tartas de zarzamoras. Él y Mikasa se encargaban de recolectar los frutos en la campiña para que su madre preparara la tarta que generalmente disfrutaban a la hora de la cena, en familia. Extrañaba las comidas que preparaba su madre. Ni siquiera la buena mano culinaria de Hannes se comparaba al sabor único que poseían los platillos de ella.
Tras comerse la última zarzamora que Rivaille le entregó, se dio cuenta que no le ofreció ninguna.
—Lo siento, no le ofrecí.
—No te pedí —respondió Rivaille. Viendo a su alrededor—. Nos detendremos aquí un momento.
Eren asintió y observó con atención los movimientos que Rivaille realizó al quitarse la capa y el equipo de maniobras tridimensional. No podía apartar la mirada porque, por alguna extraña razón, contemplarlo se le hacía erótico. Y no pudo evitar sentir un repentino calor estallándole en el cuerpo, como si de pronto ver a Rivaille le resultase estimulante. Intentó desechar esa idea, aceptando el hecho de saber que jamás iba existir algo entre los dos más que un lazo familiar. Era imposible; algo que jamás podría suceder. Pero Eren no era alguien que se caracterizara por manejar sus emociones y sus sentimientos; estos simplemente fluían, porque aunque se había esforzado por evitar dejar entrar a Rivaille a su corazón, él ya lo había hecho.
Un cernícalo gritó desde la copa de un arce. Eren lo vio remontar el vuelo, sin darse cuenta que Rivaille se le había acercado, pero cuando lo hizo se sobresaltó. De inmediato, el rubor le subió hasta las orejas y se dio cuenta que se encontraba acorralado contra el árbol en el que se había dispuesto a descansar. Los ojos de Rivaille le miraban fijamente y Eren sentía que había sido desnudado con ellos.
—¿Cuánto tiempo planeas seguir mirándome sin hacer nada?
Eren se removió inquieto, notando que Rivaille tenía la camisa desabrochada. Quiso apartar la mirada, pero le fue imposible. La naturalidad con la que Rivaille mostraba su torso delgado y fibroso desató una oleada de calor que le cosquilleó la entrepierna.
—Se supone que no debemos hacer nada —respondió, desviando la mirada. Temía perder el control si continuaba viéndole.
Rivaille le sujetó de la barbilla y obligó a que lo viese nuevamente.
—¿Qué tanto estás dispuesto a sacrificar?
Eren no supo qué contestar. Tenía la respuesta en la boca pero no era capaz de pronunciarla. Sabía que si lo hacía no podría dar marcha atrás.
Rivaille lo soltó. Había visto nuevamente una barrera invisible que le impedía acercarse a Eren y pasar por encima de los principios familiares, pero cuando hizo el amago de alejarse, Eren lo sujetó fuertemente de la camisa.
—Espere —le dijo, con una ansiedad que hasta el momento Rivaille no había tenido la oportunidad de apreciar tan vivamente. Trató de discernir la expresión de su rostro, pero su propia ansiedad le estaba confundiendo.
—¿Qué es lo que quieres? —se atrevió a preguntarle.
Eren tardó unos segundos en responder.
—Lo he intentado —dijo al fin—. De veras que lo he intentado. Pero no puedo, no puedo más. —Su mirada febril y sus mejillas enrojecidas fueron suficientes para Rivaille. —Ya no quiero luchar más contra esto. Por favor, ayúdeme.
Rivaille se inclinó un poco, y solo eso bastó para que sus labios volvieran a unirse como la primera vez. Eren no opuso resistencia a la lengua que feroz le invadía la boca, y se dejó tumbar sobre la hierba fresca a medida que Rivaille se acomodaba entre sus piernas sin dejar de devorarle. Su cuerpo se sacudía sin dar pausa a los besos húmedos y calientes cuando notó que Rivaille había descendido las manos por su pecho y con la yema de los dedos le acariciaba los pezones por sobre la camisa. Aquel cosquilleo le obligó a romper el beso y gimió sonoramente mientras su espalda se arqueaba en un súbito espasmo. Pero Rivaille le buscó nuevamente la boca y sintió su ansiosa lengua arremeter entre sus labios con fuerza. La tibia saliva se deslizó por su mentón mientras respondía los besos de Rivaille con otros igual de desesperados.
Las dudas lo habían abandonado finalmente. Todos los prejuicios y temores ya no hacían eco en su cabeza. Se sentía liberado, sin las ataduras que en un principio le habían hecho renegar sus sentimientos por Rivaille. Ni siquiera quería pensar en el mañana; solo quería vivir el ahora y sentir a Rivaille tomar su cuerpo y abrasarle la piel como lo estaba haciendo en ese momento.
—Ayúdeme —jadeó Eren, advirtiendo que había comenzado a llorar. La desesperación por querer sentir a Rivaille lo estaba enloqueciendo. No era capaz de describir esa emoción, pero estaba seguro que era la necesidad de sentirse amado por él.
Rivaille entendió la petición de Eren y comenzó a desabrocharle la camisa. Escuchó un jadeo de sus labios y lo vio doblarse hacia adelante al sentir el contacto de sus manos calientes deslizarse sobre su piel desnuda. Abandonó su boca y buscó su cuello. La punta de su lengua lamió con avidez y el sabor de la piel de Eren sacudió su excitación. Con apetito recorrió su cuello a la vez que se frotaba contra su pecho. Y mientras lo deshacía a besos, su mano derecha bajaba por su vientre, buscando hundirse entre la piel y el pantalón. Ya no podía contenerse más. Había sido demasiado tiempo obligándose a negar sus propios sentimientos y los impulsos de su cuerpo, pero ahora ya nada se interponía, ni siquiera su lealtad hacia Irvin. El calor de su cuerpo le había nublado el juicio y cegado el autocontrol.
Los gemidos de Eren subieron de intensidad y los espasmos de su cuerpo se volvieron incontrolables en el momento que Rivaille se atrevió a desabrocharle el pantalón y sumergir la mano con precisión en su entrepierna.
—¡Ah... ahí! —gimió Eren, sacudiendo sus caderas.
Rivaille se apartó con sorpresa de su cuello al descubrir un miembro endurecido palpitando y rezumando entre los dedos y advirtió la excitación que subyugaba las facciones de Eren. Habían sido muchas las ocasiones en las que trató de imaginar la expresión de su rostro entregado al placer, pero nada se comparaba a lo que sus ojos contemplaban ahora. Con tan solo unas caricias y unos besos, Eren era la representación viva de la lujuria y el erotismo entregado por completo al placer carnal.
De nuevo le besó, esta vez en la boca, mientras su mano experta descendía y ascendía por el rígido miembro, percibiendo hasta el último detalle de su tersa piel. Eren le apresó los brazos clavando sus dedos en ellos, en un intento por drenar su excitación. Rivaille intensificó el ritmo de sus caricias mientras le lamía los labios en busca de su lengua.
Eren escuchó el sonido de una cremallera y, apartándose de los labios de Rivaille, vio cómo él liberaba su despierta hombría y la masajeaba siguiendo su enhiesta forma para luego frotarla contra la suya. Aquel contacto hizo que su cuerpo se crispara violentamente y sus caderas se convulsionaran al ritmo que Rivaille imponía con las propias, sintiendo el calor de su miembro y la pulsación de la sangre bajo la piel. Cerró fuertemente los párpados y hundió con desesperación los dedos en los cabellos de Rivaille sin poder reprimir un largo y profundo gemido. Su respiración se volvió entrecortada y el pulso se le aceleró; Rivaille lo estaba llevando a un sitio del que no quería ni podía escapar, porque cuando estaba con Irvin no experimentaba tantas emociones. El toque de sus manos no se comparaba al de Rivaille, y se dio cuenta que en todo este tiempo su cuerpo no había sabido reconocer esa abismal diferencia y lo que en realidad necesitaba.
Rivaille no decía nada, solo dejaba escapar roncos y casi imperceptibles gemidos. Estaba concentrado en las sensaciones que experimentaba al morder la tierna carne del cuello de Eren, percibiendo el pulso descontrolado de la sangre en sus venas y el sabor salino de su piel, a la vez que caía en la cuenta de que sus manos finalmente tocaban el cuerpo de Eren, que la piel que saboreaba era de Eren, que los labios que devoraba eran de Eren, que los gemidos que escuchaba eran de Eren y que la excitación que estallaba en su entrepierna la provocaba Eren. Todo con lo que había soñado ahora lo tenía entre sus brazos, sometido bajo su cuerpo.
Eren dejó caer la cabeza hacia atrás con pesada languidez mientras su cuerpo se sacudía sofocado al dejarse apresar por la boca de Rivaille mientras le masajeaba enérgico la entrepierna. Los jadeos que escapaban de sus labios aumentaron, convirtiéndose en apremiantes gemidos descontrolados que subían la temperatura del lugar. Un tórrido estremecimiento se propagó por todo su cuerpo mientras el miembro comenzaba a contraerse cada vez más fuerte entre la mano y el miembro de Rivaille. Temblando incontroladamente, le rodeó el cuello a Rivaille mientras sus caderas se agitaban buscando un roce aún mayor con su hambrienta y palpitante entrepierna.
—Más... —gimió cuando Rivaille buscó sus manos y las entrelazó a las propias contra el suelo, dejando que sus caderas hicieran el resto con sus miembros excitados—. Ah, más...
Cerró los ojos con fuerza y sus manos se ciñeron a las de Rivaille. Él continuó sacudiendo enérgicamente sus caderas, logrando que con cada movimiento el pecho de Eren se contrajese con ardorosos gemidos mientras el resto de su cuerpo se frotaba contra el de él.
Eren sintió que un largo escalofrío le recorría la espalda, avivando el calor de su miembro que rezumaba y humedecía sus pieles con cada roce.
—¡No... no puedo más! —exclamó, sofocado y arqueando la espalda ante los embiste de Rivaille, que se habían vuelto más enérgicos y acelerados. El calor ardió súbitamente en su vientre y espalda y se propagó violentamente por el resto de su cuerpo—. ¡Voy a... me voy a...! —Las palabras murieron en su garganta en el instante que un chorro blanco y espeso escapó de su miembro, derramándose en su vientre.
Rivaille, a su vez, hundió el rostro en el cuello de Eren y aumentó los embates de sus caderas, notando cómo el orgasmo estallaba finalmente por todo su cuerpo, convulsionándolo al tiempo que eyaculaba con ímpetu sobre Eren.
Ambos, respirando aceleradamente y con los cuerpos temblorosos, se mantuvieron en silencio por unos momentos, dejando que los últimos espasmos del orgasmo se diluyeran.
—Te quise desde la primera vez que te vi —dijo Rivaille, acariciando con su aliento la oreja de Eren, quien jadeaba sonoramente—. Ese día, en las caballerizas, cuando molestabas a ese potrillo, te vi y supe que eras para mí.
Eren abrió ampliamente los ojos, notando los latidos del corazón todavía más fuertes por la confesión de Rivaille.
—Pero ya le pertenecías a Irvin. Me enfurecí y por un momento desee arrebatarte de sus brazos.
Eren dejó que las lágrimas fluyeran libres de sus ojos y afianzó todavía más las manos de Rivaille. Su confesión le estaba rompiendo el corazón, porque en su interior él también había deseado lo mismo.
Rivaille se apartó del cuello de Eren y vio su expresión, triste, abrumada y colmada de esas emociones que él tan bien conocía.
—Ya no puedo seguir negando lo que siento —dijo—. Ya no me importa si tu matrimonio se termina o si con esto traiciono a Irvin.
Eren buscó los labios de Rivaille y los besó, mientras sus manos jugaban a entrelazarse y acariciarse. Ya nada le importaba, ni su matrimonio ni la lealtad de Rivaille para con Irvin. Solo se necesitaban los dos y los sentimientos que los habían unido finalmente.
La detonación de una bengala produjo el batir de una bandada de pinzones que descansaba en los arces más altos. Eren se apartó asustado de los labios de Rivaille y vio la señal en color verde que tiñó el cielo.
—¿Verde? —dijo mientras Rivaille volteaba a ver la señal, no muy lejos de la cascada por la que habían saltado.
—Están dando las coordenadas de las áreas que están limpias de nuestro rastro. Pero no tardarán en encontrarnos.
Se levantó y se acomodó la ropa mientras Eren le imitaba en silencio. Se dio cuenta que Eren no lucía arrepentido, y en el momento que sus miradas se encontraron notó la seguridad en sus ojos, aunque el rubor infantil en su rostro delataba su nerviosismo y ansiedad por lo que habían hecho.
—Si seguimos por el bosque llegaremos a los límites de Trost al anochecer —dijo, acercándose a Eren que terminaba de abotonarse la camisa con algo de torpeza—. En verdad eres un niño —dijo al notar que temblaba.
Eren se ruborizó hasta las orejas y esquivó el rostro cuando vio la mirada de Rivaille.
—Me pone nervioso que nos encuentren, eso es todo —dijo, intentando sonar creíble.
Rivaille fue hasta su equipo de maniobras que descansaba a los pies de un árbol y se lo colocó. No pensaba tocar el tema de lo que recién había sucedido; sabía que si lo intentaba Eren se espantaría y terminarían discutiendo.
Lo que habían hecho era algo que se preocuparía de retener en su memoria. La forma en la que había sentido a Eren dejaba en claro que los sentimientos eran mutuos y que no hacía falta mayores palabras que las de instantes antes de "consumar" el deseo que los abrasaba.
—Andando —dijo, y se alejaron del lugar, adentrándose todavía más en el bosque.
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Irvin llevaba dos horas por el camino principal que conectaba la guarida de los rebeldes con Trost. Su enfrentamiento con Reiner había sido breve, pero si bien no existía comparación de fuerza y experiencia en combate entre él y Reiner, este había dado una sólida lucha, demostrando su valor como guerrero hasta el final. Sin embargo y, a pesar de las circunstancias, Irvin no había sido capaz de matarlo; el vencedor fue decidido cuando Reiner no pudo volver a levantarse.
"Espero que después de esto la deuda esté saldada", fue la respuesta de Irvin luego que Reiner cayó, siendo socorrido por Bertholdt.
Reiner era un verdadero guerrero que cumplía con su palabra, y aunque había cometido el error de infiltrarse a María con sórdidos propósitos, tenía el coraje de admitir su falta y asumirla. Y ahora que había logrado enfrentarse a Irvin, a pesar de haber perdido, podía continuar con su vida y dejar atrás el pasado que lo había marcado. Y era por ese deseo de mirar hacia adelante que se había atrevido a hacer una importante revelación luego que fuera apresado junto con Bertholdt para ser enjuiciados en Sina, e Irvin no había dudado de su palabra, poniendo en marcha un nuevo y rápido plan para evitar una nueva guerra por culpa de los muros.
En su viaje de vuelta a Trost, Irvin desplegó un equipo de búsqueda para encontrar a Rivaille y Eren; Reiner había mencionado también del grupo de rebeldes que estaba tras ellos luego que escaparan del castillo. Y si bien a Irvin le preocupaba la seguridad de Eren, sabía que con Rivaille estaría a salvo.
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Tal como Rivaille lo había previsto: divisaron los límites de Rose y Trost cerca del anochecer. Los alrededores del muro estaban poblados por un puñado de casas que se encargaban principalmente del área agrícola, abasteciendo ese segmento del estado y el distrito colindante. Rivaille caminó con Eren por entre las casas y se ocultaron en un callejón; el menos sucio que Rivaille encontró cerca de la puerta que permitía el ingreso a Trost. Observó los alrededores y se percató de la tropa estacionaria que custodiaba la entrada al distrito. La puerta del muro se encontraba abierta, permitiendo que los lugareños se desplazaran a través de ella por un riguroso control de identificación.
Rivaille se volvió a Eren y dijo:
—Trataré de conseguir gas para los tanques y así cruzar el muro al cambio de guardia.
Eren escuchaba con atención, sintiendo ansiedad de pronto, como si Rivaille se estuviera despidiendo.
—Espera —le atajó cuando advirtió sus intenciones de alejarse. Ya no podía callar más—. Lo que sucedió hace unas horas... yo...
—Dejemos el drama para después que consigamos salir de este lugar.
Eren negó; había tomado una decisión.
—Cuando lleguemos a María, me iré contigo.
Rivaille guardó silencio; parecía estar procesando la información que Eren le había confesado.
—Ya no me importa nada más —continuó Eren—; ya no quiero preocuparme por pensar en mi matrimonio o en...
Rivaille lo silenció sujetándole de los hombros y acorralándolo contra la muralla del callejón, lejos de la luz que se derramaba de las farolas que iluminaban el camino principal.
—¿Eres consciente de lo que provocarás si haces eso? Irvin no lo aceptará, y de paso le romperás el corazón. ¿Eres capaz de hacerle eso?
Eren apretó los puños y se mordió el labio inferior.
—Ya lo decidí: quiero irme contigo, lejos de estos muros.
—No es posible.
—¡Tú mismo lo dijiste cuando estuvimos en el bosque!, que desde el primer momento en que me viste te interesaste en mí. Lo mismo me pasó a mí. Cuando te conocí sentí algo importante, aunque en aquel entonces no sabía cómo interpretar ese sentimiento.
—Me tenías miedo —aclaró Rivaille—. Me mirabas con temor. Y no te culpo.
—Pero ahora mis sentimientos son otros, y son verdaderos.
—¿Y tuviste que elegir este lugar para declararte?
Eren se sonrojó y bajó la mirada.
—Tenía que decirlo.
Rivaille soltó los brazos de Eren y salió del callejón.
—Aceptaré tus palabras.
Eren sonrió. No se había percatado del peso y significado su declaración, pero no le preocupaba porque Rivaille la había aceptado.
—Aguarda aquí y no te metas en problemas.
Eren asintió, nervioso.
—Ten cuidado —murmuró.
Rivaille cubrió su cabeza con el capuchón verde de su capa y se alejó. Esperaba conseguir el gas para su equipo sin ser notado, tal como lo había hecho cuando ingresó a Trost luego de abandonar la hacienda para rescatar a Eren.
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Irvin dedicó gran parte del día a buscar a Rivaille y Eren sin éxito alguno. No había rastro de ellos y lamentaba haber perdido horas valiosas por llegar tarde a la guarida de los rebeldes. Sin embargo, confiaba en las capacidades de Rivaille y sus conocimientos para sobrevivir en situaciones extremas. Pero aunque tenía la tranquilidad de que su único hermano cuidaba a Eren, le inquietaba su inusual interés por él, y no dejaba de repercutirle en la cabeza.
Rivaille solía actuar con indiferencia y distancia para la mayoría de las cosas. Jamás hacía un esfuerzo innecesario, pero acataba las reglas al pie de la letra y poseía la firmeza y lealtad que le permitía estar al frente de las tropas durante las batallas. No obstante, desde la llegada de Eren, Irvin había notado ese cambio de actitud en Rivaille tan particular y que no dejaba indiferente a nadie. Su mal humor parecía mucho más grave que en anteriores ocasiones e incluso sus comentarios eran más apáticos.
—Comandante Irvin, debemos desplegar los escuadrones; estamos por llegar a Trost. —El llamado de Auruo sacó a Irvin de aquel enmarañado y confuso mar de pensamientos. Ahora su principal preocupación debía ser llegar a Trost.
Reiner le había advertido: "esta noche los rebeldes atacarán Trost. El plan se puso en marcha luego que el sargento escapó con Eren."
Irvin no podía detenerse a pensar en los sentimientos de Rivaille, cuando la seguridad de un distrito estaba en juego.
—¡Formación para la detección del enemigo! —ordenó, encabezando el grupo principal—. ¡Despliéguense!
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Eren se paseaba nervioso de un lado a otro al interior del callejón. Gente de Rose iba y venía sin notar su presencia. Pero su concentración estaba en su decisión de marcharse con Rivaille una vez que volvieran a María.
Todos los planes que tenía armado para su futuro ahora darían un nuevo giro. Su vida tomaría otro rumbo, lejos de los muros, junto a Rivaille. Y pensó en lo que le iba a decir a Irvin una vez que lo viese. ¿Cómo explicarle que se había enamorado de Rivaille? ¿Cómo despedirse sin romperle el corazón luego de todo lo que había hecho por él? Su vida y la de su familia estaban aseguradas con Irvin, pero su corazón había elegido a Rivaille. No negaba que existía un fuerte sentimiento de cariño por Irvin. Lo quería, pero no lo amaba. La admiración por su trayectoria como soldado podía más que una pasión ávida y voluntariosa como la que experimentaba por Rivaille. Y después de lo que habían vivido hasta ahora, sabía que su vida le pertenecía, y que era su destino estar a su lado sin importar las consecuencias.
Conteniendo las lágrimas vio la sortija que lo unía a Irvin. Tan pequeña e importante. La incrustación de esmeralda que poseía dejaba en evidencia el valor de la joya, pues la piedra verde era escasa y se sabía que las minas de donde la extraían se encontraban fuera de los muros. Y fue precisamente por lo que significaba esa sortija para Eren, que decidió quitársela.
—No puedo dar marcha atrás —dijo, retirándosela del dedo anular—. Lo siento. —La contempló por unos momentos en su palma derecha para luego dejarla caer al suelo—. Lo siento.
—Oye.
Una voz a espaldas de Eren llamó su atención; provenía de la entrada del callejón.
Se secó las lágrimas con el puño de la camisa y se volvió, reconociendo el uniforme de la tropa estacionaria.
—Te estoy hablando —dijo el soldado, ingresando al callejón—. ¿Qué haces aquí?
—Eh, yo...
—Tu identificación.
—¿Qué?
—Muéstrame tu identificación.
Eren no sabía de lo que hablaba el soldado. Pero no le gustaba la manera en la que le apuntaba con el rifle que sostenía sólidamente entre las manos.
—Lo siento —dijo Eren a medida que retrocedía—, la perdí.
—¡Pone tus manos donde pueda verlas! ¡De prisa!
—Tranquilo, no pienso hacer nada.
—¡Obedece o dispararé!
Eren retrocedió hasta quedar acorralado contra el muro al final del callejón. Si hacía algún movimiento brusco o si intentaba escapar el soldado le dispararía. Fue entonces cuando vio en el suelo una pila de cajas de madera donde normalmente se cargaban las verduras que se comercializaban en los mercados. Eran cajas livianas que lo suficientemente resistentes para golpear a alguien y lastimarlo si se lo proponía.
Eren no lo pensó dos veces y pateó duramente la pila de cajas contra el soldado. Estas impactaron sobre él, tumbándolo al suelo, lo que facilitó la oportunidad de Eren para arrancar. Sin embargo, no contaba con que el soldado sería más rápido y lo derribaría sujetándole del tobillo izquierdo. Eren se golpeó contra el frío suelo y luchó cuando el soldado se le fue encima.
—¡Estás arrestado por insurgente! —gritó el soldado, reconociendo a Eren como un posible rebelde de Rose.
Eren intentaba liberarse, evitando que el soldado le esposara. Rivaille le había ordenado que no se metiera en problemas, pero era un hecho que los problemas le buscaban. No podía ser detenido; tenía que reunirse con Rivaille para iniciar una nueva vida con él.
El soldado buscó las esposas en el cinturón de su uniforme y bastó solo ese segundo de descuido para que Eren se moviera y lo pateara. Su cuerpo derribó un contenedor de basura y su cabeza impactó violentamente contra el suelo.
Eren se puso de pie y se acercó al soldado para constatar su estado: inconsciente. En ese momento reparó en el equipo de maniobras que portaba y recordó el entrenamiento al que le había sometido Rivaille hacía unas cuantas semanas atrás. Estaba capacitado para usar las armas del equipo de maniobras, porque enfrentarse a los soldados sin una no podría sobrevivir. Ahora solo había tenido suerte.
Se atrevió a quitarle el equipo al soldado y se lo colocó. Aunque no supiera desplazarse, podría al menos usar las hojas de acero para resguardar su vida. Ahora solo tenía que encontrar a Rivaille antes de que otro soldado lo sorprendiese.
Salió del callejón y caminó hacia el muro Rose, procurando no ser descubierto. Las calles se encontraban expeditas a esa hora de la noche, por lo que acercarse a las inmediaciones de la muralla resultaba más fácil que durante el día. Eren se plantó frente a ella y, manejando los dispositivos de control, trató de disparar los ganchos. "No puede ser tan difícil", pensó en el momento que presionó los gatillos. Los cables de acero salieron eyectados directamente hacia la superficie de la pared a unos diez metros de altura y se clavaron sólidamente; la primera parte ya había sido completada. Eren maniobró los gatillos y los cables de acero se recogieron, sin contar con la fuerza con el que el equipo recogía los cables ni la potencia del gas con la que lo impulsaba por el aire. Eren no supo mantener el equilibrio y, creyendo que lo lograría, se estrelló contra el imponente muro.
Su cuerpo se golpeó duramente contra la superficie y quedó colgando a dos metros del suelo, bamboleándose aturdido como un péndulo.
El soldado que Eren había herido recobró el sentido. Tenía una pequeña brecha a la altura de la ceja derecha y su cuello resentía dolorosamente el golpe contra el suelo. Y antes de sucumbir nuevamente por sus lesiones, disparó una bengala roja, alertando a la tropa estacionaria la presencia de intrusos en el lugar.
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Rivaille había terminado finalmente de conseguir llenar los tanques de su equipo con el gas suficiente para las murallas. Pero cuando salió de las instalaciones de abastecimiento, reconoció la señal roja en el cielo y, al abandonar el pasillo en el que se encontraba, se vio rodeado por un grupo de diez soldados que no dudaron en encañonarlo con sus rifles.
—¡No se mueva! —gritó el soldado que encabezaba el grupo. Muchos de los guardias que rodeaban a Rivaille lo reconocieron; él era conocido por su fuerza y sabían que no eran rivales para él. Aun así no dudaron en hacerle frente.
—Les sugiero que hagan bien su trabajo y detengan a los rebeldes que llegarán en cualquier minuto —dijo Rivaille sin mostrar preocupación al verse rodeado.
—¿Rebeldes? ¡¿De qué está hablando?!
—Están apuntando sus armas a la persona equivocada. Un grupo de rebeldes no tardará en llegar y atacar estos muros. Preocúpense de eso; yo solo vine a conseguir un poco de gas para largarme.
—¡No nos quiera tomar el pelo! ¡Apuesto que usted los comanda!
—¿Acaso estás mal de la vista? —dijo Rivaille con un gesto de fastidio—. No me interesa involucrarme en territorios que no me corresponden.
—Si lo que dice es cierto, entonces tendrá que acompañarnos y presentarse ante nuestro comandante.
Rivaille sabía que no podía negarse, pero si tenía una oportunidad de salir libre, estaba dispuesto a correr los riesgos de enfrentarse al comandante de las tropas estacionarias. Ingresó al distrito y fue guiado por una calle angosta y solitaria hasta un edificio de cuatro pisos; cuartel de la tropa estacionaria del muro Rose. Entonces Rivaille recordó quién estaba a cargo de ese lugar.
—No puede ser... —pensó en voz alta cuando reconoció a la persona que se hallaba de pie a la entrada del cuartel.
—¿Rivaille?
—Pixis —respondió Rivaille.
Pese a sus años al servicio de la corona, Pixis mantenía intacta su imagen de liderazgo, haciéndole merecedor del título de comandante de las tropas estacionarias del sector sur de Rose. Rivaille lo conocía bien.
—No sabía que habías venido con el comandante Smith.
—Señor —interrumpió el capitán del grupo que había aprendido a Rivaille—, sorprendimos al sargento Rivaille robando gas para ingresar de manera ilegal al distrito.
Pixis no varió la expresión serena de su rostro.
—Verman, trata de relajarte un poco —pidió—. Rivaille es un soldado de confianza; no te va a morder si no lo provocas.
Verman no dejó de mostrarse nervioso e inseguro por la presencia de Rivaille en Trost. Rivaille era una leyenda viviente de la legión de reconocimiento, pero en Rose dicha legión no era bien vista porque la mayoría de sus integrantes se habían rebelado contra la corona y eran los rebeldes que causaban tantos problemas en la región.
—Es imposible no alterarse cuando estamos bajo la amenaza de un asalto al distrito —señaló Verman.
—¿Eso es cierto, Rivaille? —preguntó Pixis.
—Estoy escapando de unos rebeldes. Quiero largarme de aquí cuanto antes.
—El comandante Smith me dijo que habían problemas. Secuestraron a su consorte.
—Sí, y yo lo estoy llevando de regreso a María.
—Jamás he puesto en duda la palabra del comandante Smith, mucho menos la tuya. Puedes continuar tu camino. Los soldados de la puerta de Trost te dejarán pasar junto al consorte del comandante.
—¿Y qué hay de los rebeldes? —preguntó Verman.
Pixis sacó del interior de su chaqueta su cantimplora con alcohol y bebió un poco, dejando en claro cuán relajado se encontraba.
—Le daremos la bienvenida que se merecen.
—¡Pero señor!
Pixis ignoró los alegatos de Verman y se dirigió a Rivaille.
—Gracias por la información.
Rivaille se marchó, abriéndose camino entre los soldados que le habían "escoltado" hasta Pixis. Desplegó su equipo de maniobras y regresó al muro Rose —que ya había cerrado su puerta— para buscar a Eren sin el peligro de ser detenidos de vuelta a María.
Se desplazó diestramente entre los edificios, sorprendiéndose de pronto al cruzarse con Eren, quien igualmente le reconoció. Él había visto a Rivaille pasar por su lado, pero como aún no dominaba en su totalidad el equipo de maniobras, el aterrizaje fue abrupto y violento, terminando por derrapar en uno de los tejados de los edificios colindantes al muro Rose.
Luego de golpearse contra la muralla en su primer intento de vuelo, Eren se las había ingeniado para manipular los dispositivos de control y equilibrar su cuerpo, recordando las maniobras que Rivaille había realizado mientras escapaban de los rebeldes. No había sido sencillo, pero la urgencia de encontrarse con Rivaille parecía haber hecho posible aprender.
Rivaille se devolvió al verlo aterrizar y se le acercó, viendo a Eren tumbado en la techumbre.
—¿Tienes problemas de sordera o es que tu cerebro no procesa bien las órdenes que se te dan?
Eren intentaba levantarse, resintiendo el aterrizaje en todo su cuerpo, principalmente en su trasero.
—Me descubrió un soldado.
—¿Y te aprovechó de obsequiar su equipo de maniobras? —preguntó Rivaille con sarcasmo.
—El soldado me atacó —explicó Eren.
—Más bien tú le atacaste. Te dije que no te metieras en problemas.
—¿Qué querías que hiciera si me descubrió y me pidió identificación? De no haberme defendido me habría disparado.
—Eres un imprudente. Pudiste quedarte donde te dejé y no entrar. ¿Cómo es que se te ocurrió usar el equipo de maniobras? ¿Pretendías romperte el cuello?
—Ya aprendí a dominarlo.
—Y vaya que aprendiste, tu aterrizaje fue el de un verdadero profesional del desastre.
—Deja de regañarme.
—Te lo mereces.
Eren iba a reclamar, pero una explosión sacudió el lugar, levantando una polvareda que se propagó precipitadamente por entre las calles del distrito.
Rivaille y Eren vieron hacia la puerta de la muralla Rose, descubriendo un agujero en su lugar.
—La puerta —pronunció Eren, sorprendido—. No está.
Las campanas de Trost comenzaron a sonar, dando la alarma del desastre.
Los rebeldes finalmente habían llegado, y no habían tenido reparo en volar la puerta de Rose con el fin de irrumpir en Trost y llegar hasta el otro extremo, rumbo a María.
Una nueva batalla había comenzado.
...Continuará...
