CAPITULO 10: HARDRADA

Elsa caminaba por los pasillos de su palacio. Las puertas estaban abiertas, y se escuchaba un fuerte bullicio desde el piso de abajo que la joven reina decidió ignorar. Ya sabía que el salón de bailes estaba lleno. Pero ese no era su objetivo. Recorrió el resto del pasillo hasta llegar a la puerta de la habitación de Anna.

Sonrió levemente ante la extraña situación. Normalmente era Anna quien la iba a buscar a su habitación, golpeando la puerta y preguntándole si quería hacer un muñeco de nieve. Ahora era Elsa quien iba por Anna a su habitación. Llamó a la puerta dos veces.

Toc… toc…

-Anna, sé que estás ahí dentro- dijo Elsa con dulzura- te estamos esperando… él te está esperando…-

Silencio. Elsa se lo imaginaba. Sonrió tristemente.

-No tengas miedo, también está nervioso, pero ansioso de que vayas. Has estado soñando con este día toda tu vida, querida Anna- continuó Elsa. Apoyó su espalda contra la puerta y suavemente se deslizó hacia abajo hasta sentarse en el suelo- antes solo nos teníamos una a la otra… ahora él se va a unir a nuestra familia…-

Aún sin respuesta, Elsa cerró los ojos, y una lágrima salió de uno de sus ojos.

-Tengo algo de envidia porque ahora tendré que compartirte- dijo Elsa con una sonrisa- pero también sé que nadie más te merece como Kristoff…-

La puerta se abrió, y Elsa se levantó rápidamente. Ahí estaba su hermana menor, radiante y feliz en su vestido de novia. Abrazó a su hermana mayor.

-Gracias, Elsa- dijo Anna- te quiero-

-Y yo a ti- dijo Elsa, rompiendo el abrazo, y tomando el brazo de su hermana- ahora, no hagamos esperar más a Kristoff y a tus invitados. Esta noche es para ti…-

x-x-x

La iglesia de Arendelle había quedado más hermosa que antes. Anna entró a la iglesia del brazo de su hermana mayor, con una enorme sonrisa. Kristoff, quien estaba esperándola junto al altar, estaba muy nervioso. Hans, que estaba de pie junto a él, haciendo los honores, le dio un codazo en las costillas y se aclaró la garganta.

-Tranquilízate, gorila- dijo Hans con una sonrisa- ella te adora, y todo el reino sabe que serás el mejor príncipe que Arendelle ha tenido…-

Kristoff sonrió, más tranquilo

-Gracias- dijo Kristoff. Hans bufó, entre molesto y divertido.

-No lo hago por ti, gorila- dijo Hans, con los ojos en blanco- sé que Elsa desea que Anna esté feliz y no quiero que lo arruines…-

Kristoff sonrió. A Hans no le hacía mucha gracia ayudar a Kristoff, aunque la verdad ya no le molestaba tanto como antes. Quizá Georg tenía razón, y tenía que llevarse bien con él, pues pronto serían hermanos.

Cuando la reina y la princesa llegaron al altar, Elsa tomó la mano de Anna y de Kristoff y las unió. Con una sonrisa, besó a su hermana en la frente y a Kristoff en la mejilla, para después tomar el brazo de Hans y dirigirse con él a su asiento. Hans apretó la mano de Elsa, pues sabía que estaba un poco nerviosa.

-Kristoff jamás te reemplazará en el corazón de tu hermana- le dijo Hans en voz baja- tiene un lugar solo para su hermana-

-Lo sé- dijo Elsa con una sonrisa.

Los invitados incluían a Eugene y Rapunzel de Corona, a todos los hermanos de Hans, incluidas las esposas de algunos de ellos, a Jorgen, Violeta y Leo de Oeste, y a Merida de Escocia. Hans sonrió al ver a su hermano Georg tan cerca de la reina Leo. Al parecer había algo ahí también.

x-x-x

Una vez que la ceremonia terminó, Elsa presentó formalmente a Kristoff en frente de todo Arendelle como su nuevo príncipe, y todo el pueblo lo ovacionó. Kristoff sonrió sin dejar ir la mano de Anna, estaba halagado y apenado al mismo tiempo. Hans, al verlo tan nervioso, se acercó al rubio.

-Príncipe Kristoff- le dijo de broma Hans, codeando sus costillas- suena mucho mejor que príncipe gorila-

Kristoff le dirigió una mirada de desaprobación, y Hans se echó a reír, dándole una palmada en la espalda. El rubio sonrió levemente. Era mucho más agradable desde que ambos dejaron de intentar lanzarse a la yugular del otro y decidieron tratarse como amigos.

x-x-x

La fiesta fue la mejor que Anna hubiera visto en toda su vida. Nada de formalidades, mucho chocolate y mucha música. A Anna le encantó, y Elsa estaba feliz de lo que hizo Hans por su hermana.

En ausencia de familia de Kristoff, los hermanos de Hans hicieron los honores. Tomaron al pobre rubio y lo alzaron en el aire varias veces para mortificación de Anna, que al final rió pasado el susto. Leo y Georg pasaron más tiempo juntos, y Elsa no pasó por alto el momento en el que una chica se acercó a ellos y la manera extraña en la que Leo se aferró al brazo de él.

Eugene y los hermanos de Hans reían alegremente, mientras Rapunzel elogiaba el peinado de Anna, que Elsa le había ayudado a hacer, junto con un tocado de rosas de hielo que parecían de cristal. Mérida, por su parte, comía todos los pastelillos que podía.

Leo miró de reojo a Ferdinand, que seguía entre la multitud como uno más de los sirvientes, ayudando a servir las bandejas de bocadillos. En un principio se sintió algo incómoda de estar en el mismo sitio que el hombre que había quemado su mano y había contribuido a la muerte de Edvard, pero después sintió algo de pena por él, se veía muy triste.

-¿Qué sucede, Leo?- preguntó Georg, dándose cuenta de que algo pasaba.

-Ahí está Ferdinand- dijo Leo, abrazando contra ella su mano vendada.

-Sabes que no puede hacerte daño- dijo Georg en tono suave para tranquilizarla- además, yo también creo, como Elsa, que realmente cambió para bien y no volverá a intentar nada contra nosotros-

-Sí, lo sé- dijo Leo- solo me da un poco de… pena, verlo así-

Georg volvió a mirarlo, y estuvo de acuerdo.

-Tienes razón- dijo Georg, y sonrió- quien sabe, quizá la suerte le sonría…-

Leo le iba a dirigir una mirada de incredulidad, pero recordó la historia que Hans había tenido con Elsa, y asintió. Todos merecían una segunda oportunidad.

Mientras, Merida seguía robando pastelillos.

-Su alteza, si sigue comiendo así, le dolerá el estómago- le dijo Ferdinand a la pelirroja. Ésta casi se atraganta al darse cuenta que se trataba del chico a quien disparó la flecha para quitarle sus poderes. Ferdinand sonrío- no se alarme, su alteza, no le guardo rencor. Mejor así, la reina Elsa me dio un buen trabajo aquí y sabe que aunque no confíe en mí no la puedo lastimar…-

-¿Entonces tenías los poderes de fuego?- dijo Merida, y Ferdinand asintió- ¿y las llamas de fuego podían hablarte y guiarte a lugares?-

-Eh… no- dijo Ferdinand, dudoso. Merida se decepcionó y volvió a morder otro panecillo antes de retirarse.

Antes de que la fiesta terminara, Elsa se puso de pie con su copa, y todos lo imitaron.

-Un brindis- dijo la reina de las nieves- por los nuevos esposos, la princesa Anna y el príncipe Kristoff-

x-x-x

Esa noche, Elsa no podía dormir tranquila. No sabía si era por la idea de que esa noche su hermana ya era una mujer casada. Sonrió levemente imaginándose que en ese momento Anna y Kristoff estarían disfrutando su primera noche como esposos. Sacudió la cabeza. No debería pensar esas cosas. Suspiró y se dio la vuelta.

Tal vez era porque Hans no la acompañaba esa noche por primera vez en varias semanas. El décimo tercer príncipe de las islas del Sur se había quedado charlando con algunos de sus hermanos, recuperando tiempo perdido, y Elsa no había querido sacar de la conversación solo porque ella estuviera cansada. Sonrió. Sus hermanos se parecían mucho. Testarudos, astutos, pero con un lado suave. Ellos y Eugene hicieron buena amistad.

Elsa se volvió boca arriba sobre la cama y se puso la almohada sobre los ojos, forzándolos a cerrarse. El ruido lejano de lo que quedaba de la fiesta se ahogo completamente, y la joven sonrió. Por fin iba a poder descansar.

Pum… pum…

Elsa bufó mentalmente. Esos ruidos. De seguro eran los cañones de la bahía, como parte de la celebración. La joven reina se cacheteó mentalmente. Bueno, seguro era su culpa por haber dejado a Hans a cargo de la organización. Aunque tenía que darle crédito, hubo bastante chocolate para hacer enfermar a todos los presentes.

Pum… pum…

Se sentía aliviada de haber confiado en Hans. Normalmente las fiestas las organizaba con ayuda de Anna, pero esta vez su hermana parecía haber disfrutado.

Pum… pum…

-¡Leo!- exclamó Elsa, poniendo los ojos en blanco.

"Debe ser ella", pensó Elsa "seguro vio a Ferdinand aquí y se alteró, y está teniendo una pesadilla"

Elsa se levantó y buscó una vela en la oscuridad. La encontró y la encendió. Con su luz, decidió ponerse encima una bata, y salió de su habitación. Se dirigió a la habitación contígua, la misma en la que había conocido a Leo hacía tantos años. Abrió la puerta y se dio cuenta que la reina de Oeste se encontraba profundamente dormida, con una sonrisa tranquila, abrazando contra sí lo que parecía ser un pañuelo. Elsa acercó la vela y se dio cuenta que era un pañuelo azul marino con el emblema de las Islas del Sur bordado en hijo de color oro.

-¿Ella y Georg?- dijo Elsa, sonriendo- y sigue sin querer admitirlo, no lo puedo creer…-

Pum… pum…

Otra vez ese sonido. Pero Leo no lo estaba causando. Provenía de abajo, del patio. Elsa suspiró y se dio la vuelta, con la intención de salir de su habitación.

-¿Elsa?- Leo se había despertado, y se había alarmado de ver a Elsa en su habitación- ¿qué sucede?-

-Nada, shhh- dijo Elsa, poniéndole la mano sobre el hombro para calmarla- tranquila, Leo. Es solo que escuché un ruido y creí que eras tu. Pero ya veo que no-

-¿Un ruido?- preguntó Leo, frotándose los ojos con sueño.

Las dos intentaron escuchar un par de minutos, pero no hubo más que absoluto silencio. No se escuchaba nada.

-Elsa, quizá fue tu imaginación- dijo Leo, dándose la vuelta con un gran bostezo- a lo mejor fue la rama del árbol. A veces golpea las ventanas y te da alguna idea equivocada…-

-Creo que tienes razón. Descansa- dijo Elsa. No obtuvo respuesta, porque Leo se había vuelto a dormir, abrazando el pañuelo, sin darse cuenta que Elsa lo había visto. Ya la interrogaría en la mañana. Oh sí, esta vez Leo no se salvaría.

Elsa volvió a su habitación, se metió a la cama y cerró los ojos. Esta vez, ningún ruido la molestó y el sueño la envolvió casi de inmediato.

Elsa soñó que se encontraba en su palacio de hielo. Miró a su alrededor. Las paredes del castillo se estaban volviendo rojas. Rojo era el color que el hielo se tornaba cuando tenía miedo. Suspiró un par de veces, tratando de calmarse y recordar que era lo que hacía ahí.

-Buenas noches, Elsa- una voz femenina la llamó. Era extrañamente familiar.

-¿Quién es?- preguntó Elsa, sorprendida de no estar sola. Su hermana, Anna, era la única otra mujer que alguna vez había entrado a su castillo de hielo- ¿eres tú, Anna?-

La voz dejó escapar una risa fría.

-No, no soy Anna- le respondió la voz

Elsa tembló, y abrazó sus manos con nerviosismo. No le gustó para nada esa respuesta. Elsa miró a su alrededor, buscando la fuente de la voz y de la risa, cada vez más ansiosa, las paredes de su palacio de hielo cada vez más rojas, y comenzaron a formarse prominencias de hielo en las paredes.

-Por favor, dime quien eres- dijo Elsa, tratando de moderar la desesperación en su voz.

La risa se volvió a escuchar.

-Yo soy la reina de las nieves- le dijo la voz, en un tono firme y seguro.

Y entonces la vio. Una mujer alta, de cabellos cortos color azabache, alborotados, con una tiara de hielo en la frente. Traía puesto un vestido azul oscuro, con gruesas mangas grises, y una larga capa con tocado negros. Lo que más sobresalía de la mujer que tenía enfrente eran sus impactantes ojos azules.

-Te equivocas- le dijo Elsa, aún con los brazos cruzados, abrazados sobre su pecho- yo soy quien es conocida como la reina de las nieves-

-Conocida- corrigió la extraña, caminando hacia ella- Yo SOY la reina de las nieves. La verdadera reina de las nieves…-

Elsa la miró, interrogante. ¿Verdadera? Nunca antes había oído hablar de otra reina de las nieves. La extraña se detuvo cuando estuvo frente a frente con ella.

-¿No te das cuenta, Elsa?- dijo la extraña, acentuando aún más su sonrisa- Yo soy Elsa. Yo soy Tu-

Y fue entonces cuando Elsa lo notó. A pesar de las diferencias en la ropa y el cabello, la extraña tenía la misma cara que ella. Su misma cara. Sus mismos ojos. Todo, excepto esa mirada tan fría que tenía la extraña. Elsa dio un paso atrás, horrorizada.

-Solo puede haber una reina de las nieves, Elsa- dijo la extraña, acortando la distancia entre ella y Elsa, y extendiendo sus brazos para tomar el cuello de Elsa- y esa soy yo…-

La extraña abrió los ojos desmesuradamente mientras apretaba el cuello de Elsa con todas sus fuerzas. Elsa cerró los ojos.

-¡No!- Elsa despertó con un grito, sacudiéndose violentamente.

-¡Elsa!¡Elsa!- dijo Hans, sacudiéndola levemente para despertarla- despierta, hermosa, solo fue una pesadilla-

Elsa abrió los ojos y miró a Hans. Aún podía sentir las manos de esa extraña sobre su cuello. Trató de incorporarse sobre la cama y respiró agitadamente hasta que Hans la abrazó.

-Tranquila, fue solo un mal sueño, ya pasará- dijo el príncipe, acariciando el cabello de Elsa mientras la abrazaba para intentar que se tranquilizara un poco- aquí estoy contigo, no te dejaré sola, nada malo te va a pasar…-

Elsa asintió, aún asustada, y dejó que Hans volviera a ayudarla a acostarse. El príncipe le dio un beso en la frente a su prometida.

-¿Hans?-

-¿Mmm?-

-¿Te… quedarías conmigo un rato?- preguntó Elsa, ruborizándose. Parecía una niña pequeña pidiéndole a sus padres dormir con ellos. Hans sonrió y asintió. Se metió a la cama y la atrajo para sí.

-No te vas a separar de mi esta noche, mi hermosa reina- dijo Hans en un susurro- quédate tranquila-

Elsa sonrió y cerró los ojos. Sus sueños fueron tranquilos desde entonces.

x-x-x

Georg y Leo habían salido a montar a caballo. Hans convenció a Elsa de hacer lo mismo, ya que Sitron ya no estaba en tan malos términos con la reina. Elsa aceptó algo renuente. Quería saber como le había ido a Anna, y Hans quería precisamente evitar eso. Quería hacerle ese favor a Kristoff. Era cierto que Elsa era mucho más discreta que Anna, pero tratándose de su hermanita… quien sabe.

Georg y Leo habían tomado prestados caballos del establo del castillo de Arendelle, mientras que Elsa prefirió cabalgar con Hans sobre Sitron.

-Hay un hermoso riachuelo cerca de aquí- dijo Elsa, señalando un camino en el bosque.

-¿Está muy lejos del fiordo?- preguntó Hans.

-No, está justo por allá- señaló Elsa- al pie de la montaña, a unos 5 minutos cabalgando-

Leo y Georg asintieron, y siguieron a Hans mientras se dirigía a donde Elsa les había indicado. Tenía razón. Había un pequeño riachuelo, con espacio suficiente para hacer una fogata y algunos troncos que podrían servir para sentarse.

Hans bajó de Sitron y ayudó a Elsa. La joven reina acarició al caballo, quien frotó su nariz contra el hombro de ella en señal de que estaba contento. Elsa sonrió.

-Eres un chico lindo, Sitron- dijo Elsa, acariciando su hocico con cariño. Leo usó sus poderes para mover unos troncos alrededor de donde estaban Hans y Georg intentando encender el fuego.

-Vaya, nunca había hecho nada parecido- confesó Leo después de un rato, mirando la fogata.

-Yo tampoco- dijo Elsa, recordando todos los años que había pasado encerrada en su habitación.

Georg y Hans se echaron a reír.

-Nosotros solíamos hacerlo todo el tiempo con nuestro padre- explicó Georg- aunque a Hans no le gustaba mucho ensuciarse…-

Hans lo miró algo molesto. Claro que recordaba que algunos de sus hermanos se pasaban de listos y lo arrojaban al río para burlarse de él. Georg pareció haber recordado eso también, y se aclaró la garganta.

-Bueno, los chicos hicieron cosas inmaduras en ese entonces- dijo Georg- pero oye, sirvió para aprender a asar salchichas en la fogata, y…-

El sonido de los cascos de un caballo los interrumpió. Los cuatro se pusieron de pie al ver al jinete que se aproximaba. Era uno de los guardias del palacio.

-¡Su majestad!- exclamó el guardia, mirando a Elsa con urgencia- por favor no se alarme. Nuestro observatorio nos avisó que se aproxima una tormenta, y la princesa Anna y el príncipe Kristoff me enviaron a pedir que usted y sus invitados regresen al castillo-

Elsa asintió, algo decepcionada. Aquello que contaba Georg de asar salchichas le parecía muy interesante. Pero recogieron sus cosas y decidieron volver al castillo. Ya habría tiempo para eso.

x-x-x

La tormenta comenzó tan pronto como llegaron Elsa y los otros al castillo. Los fuertes relámpagos provocaban ruidos que hacían estremecer a todos en el palacio. Después de cenar, Elsa se encontraba sentada en su cama, abrazando sus piernas, pensativa. Si bien el paseo la había relajado, estaba algo nerviosa de irse a dormir otra vez. Esa pesadilla la había asustado.

"Quizá le podría pedir a Hans…", pensó Elsa, pero sacudió la cabeza. Hans había estaba ocupado con Sitron, que se había ensuciado mucho después del paseo y no quería interferir en su relación con el caballo. Elsa sonrió. Era mejor así, ahora que Sitron la había aceptado.

La reina de Arendelle se encogió de hombros y decidió meterse a la cama, lo mejor era intentar dormir lo antes posible para dejar de preocuparse. ¿Qué tan probable era que tuviera el mismo sueño?

-¿Su majestad?- dijo Gerda, llamando a la puerta de la reina, sin entrar.

-¿Sí, Gerda?- preguntó Elsa.

-Solo quería recordarle a su majestad antes de que se durmiera- dijo Gerda- que mañana su hermana la princesa Anna se irá a su viaje de luna de miel-

Elsa sonrió.

-Lo sé- dijo Elsa mientras se acomodaba en la cama- gracias Gerda. Por todo-

Gerda no respondió, pero Elsa estaba segura de que había sonreído. Elsa sonrió también, se arropó y cerró los ojos. No pasó mucho tiempo antes de que se quedara dormida.

Pum… pum…

Una fuerza extraña, un golpe, trataba de despertar a Elsa, quien inconscientemente se aferraba a su sueño y no quería despertar. Era un sueño muy bonito. En él, estaba caminando de la mano de Hans, observando esa hermosa sonrisa encantadora que tenía…

Pum… pum…

"No, déjame en paz, no quiero despertar…", pensó Elsa sin querer despertar de su sueño. Finalmente, abrió los ojos y se encontró en completa oscuridad, aún escuchando ese ruido en la cercanía, a veces siendo alternado por el ruido de un relámpago. ¿Sería otra vez la rama que estaba golpeando su ventana? Sacudió la cabeza. ¿Sería Leo teniendo alguna pesadilla y rompiendo cosas?

-¿Elsa?- dijo una voz femenina en un susurro. Elsa se levantó de golpe, asustada, y vio que se trataba de Leo, quien estaba en la puerta de su habitación, y traía una bata morada sobre su camisón de dormir, y una vela en su mano derecha.

-¿Leo?¿qué sucede?- preguntó la reina de las nieves.

-Escuché ruidos como los que dijiste la otra noche, y tuve mucho frío- dijo Leo, apenada- creí que eras tú…-

Elsa sacudió la cabeza.

-No, yo también me desperté por el ruido, y me estaba preguntando si eras tú- dijo la reina de las nieves.

Se escuchó un trueno, y después el mismo ruido de nuevo, que esta vez no provenía de la ventana que daba hacia los establos.

Pum… pum…

-Elsa- dijo Leo, alarmada- ese ruido no proviene de afuera, eso viene de…-

-Eso viene de abajo- dijo Elsa, levantándose alarmada- son pasos. Fuertes pasos. Y vienen de la sala de bailes-

Con un movimiento de su muñeca, Elsa cambió su camisón de dormir por su vestido azul de hielo, y se volvió hacia la otra reina, tomando una vela de su mesita de noche y encendiéndola.

-Vamos a ver de que se trata- dijo Elsa. Leo asintió y la siguió.

x-x-x

Las fuertes pisadas resonaron en la sala de bailes del palacio de Arendelle, y en todo el castillo en general. El rey Hardrada caminaba con sus botas y guantes de acero, seguido de cerca de su hijo menor, Franz, y de una escolta de 10 soldados negros. Llevaba en su mano derecha un mazo metálico de color negro, del mismo que su armadura, listo para golpear a quien se le pusiera enfrente. Franz llevaba con él la caja con el emblema del como de nieve.

-Así que este es el palacio de Arendelle- dijo el rey Hardrada, caminando alrededor de la sala de bailes vacía- vaya, no sé que decir del gusto de mi hermano. Quizá se suavizó muchísimo desde que tuvo dos hijas- hizo una mueca- no puedo creer que uno de los reyes que me venció haya vivido aquí…-

Franz no dijo nada, solo tragó saliva. Sabía que su padre estaba furioso, y que cualquier palabra que dijera haría las cosas peores. Una parte de él se sentía mal por Ferdinand. A salvo o no en este momento, el rey Hardrada no dejaría de vengarse de su hijo mayor por haberlo traicionado. Los demás lo tenían sin cuidado. Franz deseaba venganza contra Elsa y Hans, y si tenía que soportar la furia de su padre para lograrlo, que así fuera.

-Mis hermanos eran unos tontos, ¿sabías, Franz? Igual que tu hermano- dijo el rey Hardrada- sus hijas eran demasiado poderosas desde pequeñas, y no supieron aprovecharlo. Y ellas también lo son. Con tanto poder, deberían usarlo…-

Franz permaneció callado. Pronto se dieron cuenta que no estaban solos. Las luces de la sala de bailes comenzaron a iluminarse, las velas una a una encendiéndose. Franz y los soldados miraron a su alrededor, pero el rey Hardrada sonrió sin moverse. La temperatura en la sala comenzó a bajar drásticamente.

-Vaya, vaya- dijo el rey, dando un par de pasos al frente- hablando del diablo, aparecieron precisamente ustedes dos-

-No es bienvenido en Arendelle, rey Hardrada- dijo Elsa en el tono más frío que encontró, haciendo que cayeran pequeños copos de nieve en la sala- y su hijo Franz fue desterrado de mi país bajo pena de muerte, por sus actos de traición en mi contra-

-Aquí lo tienes, Elsa- dijo el rey Hardrada, señalando a Franz- hazlo arrestar y ejecútalo si te parece bien, a mí no me importa. No fue eso a lo que vine-

Elsa frunció el entrecejo. Junto a la reina de las nieves, en la puerta principal de la sala de baile, estaba la joven reina de Oeste. A ninguna de las dos le gustó la actitud que tenía el rey.

-¿A que vienes, entonces?- quiso saber Leo, mirándolo sospechosamente.

El rey Hardrada no respondió, solo se echó a reír, haciendo que un escalofrío cruzara la espalda de Elsa. Gracioso que le pasara eso. Leo sintió un vuelco al mismo tiempo. Las dos jóvenes tragaron saliva, y se miraron entre sí.

El rey era un hombre enorme, cubierto de una armadura negra. Y su voz. Su voz era terrible, daba miedo solo escucharla.

El rey hizo el gesto de señalarlas con su mazo, y los diez soldados negros se lanzaron contra ellas. Las chicas alzaron las cejas. Con un movimiento de su mano, Leo los hizo volar por el aire uno por uno, y Elsa los dejó pegados a las paredes del salón, con todo el cuerpo congelado salvo la cabeza.

Hardrada se echó a reír.

-Bien hecho, queridas sobrinas- dijo el rey, mirando a sus súbditos temblando de frío- muy bien hecho, eso es lo que tienen que hacer cuando tienen poder. Quitar de en medio a quien se interponga en su camino…-

Las dos chicas lo miraron, mortificadas, cuando se dieron cuenta que los soldados no aguantarían mucho tiempo así. Elsa cerró los ojos e hizo derretir el hielo. Los soldados se vieron libres y suspiraron aliviados. El rey paró de reír, y les dirigió una mirada algo decepcionada.

-Me decepcionas, Elsa- dijo el rey Hardrada- pero es de esperarse, tu padre era el más débil de los tres… con razón solo pudo producir dos hijas-

Elsa se puso roja de furia, pero Leo le puso la mano sobre el hombro.

-Calma- dijo Leo a Elsa en un susurro- no dejes que te llegue…-

-Bueno, veamos si tú no eres un desperdicio completo como Elsa, Leo- continuó el rey Hardrada, sacando una espada de su cinturón y tirándola en el suelo, a la mitad de la distancia entre ellas y él. A continuación, tomó la caja de manos de Franz y la puso en el suelo. Finalmente, obligó a Franz a ponerse de pie frente a la joven reina.

-¿Qué rayos estás tratando de hacer?- dijo Leo.

-Como podrás recordar muy bien, mi hijo menor Franz fue el responsable de la muerte de tu guardia principal, ¿no es así? Edvard, creo que se llamaba- dijo el rey Hardrada, y la mano derecha de Leo tembló de furia al escuchar su nombre- ¿qué esperas? Es tu oportunidad de vengarte…-

Leo abrazó su mano contra su pecho.

-Vamos, Leo, tu lo viste sufrir, y lo escuchaste gritar mientras Franz lo torturaba, ¿no es así?- continuó tentándola el rey Hardrada- se lo merece, pues por su culpa perdiste a la persona más cercana a ti, a quien te recordaba lo orgullosa que estabas de tu padre-

-Leo, te está tratando de provocar- dijo Elsa a su vez.

Leo no la escuchó, sino que lo miró llena de odio. Extendió su mano y la espada que estaba en el suelo flotó en el aire. Franz palideció, no la había creído capaz de hacerlo. El rey Hardrada la miró triunfal. Con un movimiento de su mano, la espada salió volando por una ventana de la sala, rompiendo el vidrio.

-No vas a lograr que nos convirtamos en seres tan viles como tú- dijo Elsa, sonriendo al ver que su amiga tampoco había caído.

El rey hizo otra mueca de decepción.

-Lástima- dijo el rey, encogiéndose de hombros- veo que las dos son tan débiles y patéticas como sus padres… y las enviaré de regreso con ellos-

Dicho eso, tomó su mazo entre sus dos manos y lo lanzó contra las chicas. Leo lo rechazó con sus poderes, y Elsa instintivamente creó una pared de hielo para detenerlo. Cuando el mazo golpeó el hielo y el flujo de poderes de Leo, las dos chicas fueron lanzadas hacia atrás por una extraña fuerza y cayeron varios metros atrás de donde estaban, boca arriba, y asustadas.

-¿Cómo pasó…?- comenzó a preguntar Elsa, viendo a Leo asustada junto a ella.

-¡Elsa!- se escuchó una voz masculina detrás de ellas. No era Hans ni Georg. Quien se acercó a ellas y las ayudó a levantarse era el antiguo príncipe Ferdinand. Vestía su ropa habitual que usaba para trabajar, y sus botas negras tenían algunas manchas de lodo.

-¿Ferdinad?- dijo Elsa, sorprendida de verlo- ¿qué haces aquí?-

-¿Están bien? ¿qué hace mi padre aquí?- dijo el príncipe, preocupado, con sus ojos ligeramente temblorosos al ver a su padre a través de la pared de hielo de Elsa con el mazo insertado en ella.

-Vaya, vaya- dijo el rey Hardrada- mira nada más quien está ahí. El traidor de mi hijo mayor. El antiguo heredero al trono de Troms…-

Ferdinand tembló y dio un paso atrás. Elsa y Leo ahora entendían porqué los príncipes le temían tanto a su padre. Y ahora, sin sus poderes, ambos debían estar aterrados.

El rey caminó hacia el muro de hielo y tomó su mazo de nuevo.

-¿Valió la pena traicionar a tu país y perder el título de heredero a la corona por esa mujercita débil, Ferdinand?- dijo el rey Hardrada, echándose a reír cruelmente- ¿valió la pena ser rechazado y terminar como su sirviente?-

Ferdinand no dijo nada, solo tembló cabizbajo ante las acusaciones. Elsa lo miró con algo de pena. Sabía que Ferdinand se había arrepentido del mal que causó.

-¿No hubiera sido mejor haberle dado esa poción y obligarla a enamorarse? Nos hubiéramos ahorrado todo esto, Ferdinand- continuó diciendo el rey- todos estos problemas-

-¿Poción?- preguntó Leo.

-¿De qué habla, Ferdinand?- preguntó Elsa, alarmada.

Ferdinand continuó con su nervioso silencio.

-Oh, veo que no le dijiste- dijo el rey Hardrada- mi hijo consiguió un vial de una poción que hubiera hecho que te enamoraras perdidamente de él, reina Elsa. Pero no fue lo suficientemente hombre para administrártela y tomar lo que se merecía…-

Elsa miró alarmada a Ferdinand, quien sacudió la cabeza.

-No es así- dijo con seguridad Ferdinand, tomando valor y frunciendo el entrecejo- si bien es cierto que tenía en mi poder esa poción, fui lo suficientemente hombre para admitir que no debo obligar a una mujer a amarme, padre-

-Eres un maldito cobarde y un traidor, Ferdinand- ladró el rey Hardrada- y vas a morir ahora mismo por ello…-

El rey volvió a lanzar su mazo, esta vez en dirección a Ferdinand, pero las dos chicas lo detuvieron con sus poderes y, nuevamente, fueron despedidas para atrás.

-¿Qué está sucediendo?- se quejó Leo.

-¿No es obvio?- dijo Ferdinand con tristeza, como si lo que estuviera ocurriendo fuera su culpa. Miró alternadamente a las chicas y al rey- mi padre, el rey, también tiene poderes como ustedes…-

x-x-x

Hola! Espero que no me vayan a hacer regresar a la trinchera después de esto! Y como bien observó JDayC, lo que sigue está basado en la historia original de la reina de las nieves. Para los que ya la leyeron, alguna idea tienen de lo que va a pasar. Los que no, no se preocupen, ya habrá una explicación algo alterada de la historia. No coman ansias, todo será explicado más adelante. Espero que les haya gustado. Saludos y nos seguimos leyendo!

Abby L.