Como dije… quieren sangre. Justifican la idea de pedir sangre alegando que piden la sangre de los malvados, pero a fin de cuentas, su instinto asesino prevalece. Muy bien… aquí está su sangre.

El capítulo de hoy se titula: El asesino misterioso

La nieve se derritió al llegar la primavera. Pero la calidez no le llegaba al alma. Un mes había transcurrido ya desde el quinto domingo, desde el día en que Elisa perdiera accidentalmente la vida en esa pelea con Candy. Una nueva conmoción y un nuevo chisme se generó en la escuela cuando todos los alumnos se enteraron de lo ocurrido, no obstante que todos estaban ausentes de la escuela cuando ocurrió ese evento.

Candy, que siempre estaba sola, ahora era realmente evitada. Por donde caminaba, todos la señalaban, y hablaban de ella, sin importarles bajar la voz. Y ella sufría verdaderamente al escuchar lo que decían:

-Ahí va esa chica como si nada... la asesina de Paty, de Elisa y de Archie.

-Miren como camina como si nada, nunca se pudo probar que asesinó a Paty, pero lo de Elisa no deja lugar a dudas.

-No entiendo como es que aún no la expulsan.

-Pues claro que es por el dinero de la familia, no encuentro otra explicación.

-Lo que no entiendo, cómo es que sigue siendo miembro de una familia que la recogió de la calle, cuando ya ha matado a varios miembros de la familia.

-Cierto, recuerden lo que dice Neal, y lo que decía Elisa... que también había asesinado a la madre de ellos.

De hecho, Candy estaba a la espera de su pronta salida del colegio, pues la tía abuela, que de por sí ya no soportaba a Candy, la odiaba ahora aún más. Y cuando ocurrió la muerte de Elisa, la señora Elroy tomó su decisión, y le dijo que dejaría de ser parte de los Andley. E incluso habló ahí mismo con la hermana Grey, la rectora del colegio, solicitándole la expulsión cuanto antes de la escuela.

Pero la hermana Grey, era una mujer dura e inflexible, y su inflexibilidad aplicaba de la misma forma para ambos lados. Antes de hacer lo que la señora Elroy exigía, habló con todos los chicos, y la mayoría de las versiones sostenían que fue un accidente. La misma señora Elroy afirmó que fue un accidente, no señalaba a Candy como asesina propiamente, pero que ese accidente nunca hubiera ocurrido si Candy no se encontrara cerca. Que ya había provocado demasiados accidentes en su familia, y que era una influencia nociva para sus sobrinos, y no la quería cerca de ellos.

-Entiendo, señora Andley- contestó la rectora- pero debe también entender usted, que esos no son motivos suficientes para expulsar a un alumno.

-¿Pero entonces, puedo retirarla de la escuela, como miembro de su familia que soy?- preguntó la mujer.

-De hecho, no puede. Ya que usted no es la tutora legal de la señorita Andley... de Candice. Sólamente su tutor legal puede retirarla del colegio.

Y la señora Elroy tuvo que resignarse a dejar a Candy en el colegio, por lo pronto. Regresó a América llevando el cadaver de Elisa para enterrarla junto a su madre, y con la esperanza de convencer al tío William, no solo de sacar a Candy del colegio, sino también de repudiarla de la familia.

Candy despertaba todos los días con la angustia "¿será hoy ese día?" se preguntaba. A veces pensaba que debía hacer algo por su cuenta. Estaba segura que la señora Elroy no tardaría nada en convencer al Tío William apenas le diera su versión de los hechos, y pensaba que no tenía porque esperar tanto, que ella misma debía decidir escapar del colegio.

Solo la detenían Stear y Anthony, sus mejores amigos, sus primos que seguían en ese colegio, a quienes Candy se resistía a dejar atrás. Durante ese mes los tres chicos se las habían ingeniado para reunirse de una manera frecuente, y de esas reuniones la chica sacaba fuerzas para soportar habladurías, comentarios y señalamientos.

Una noche, Candy se encontraba recostada en su cama, sin poder dormir, angustiada con el mismo pensamiento "¿Será mañana el día?" cuando de pronto un ruido la asustó, pues la puerta de su habitación se abrió de pronto, y alguien entró sin avisar.

-¿Quién es?- preguntó la rubia mientras entraba alguien con un andar pesado, arrastrado. Y mientras lo decía, Candy se incorporó asustada en su cama, y como pudo encendió la vela que se encontraba junto a su mesa de noche.

La tenue luz iluminó lo suficiente la habitación para que ambos se reconocieran, la chica se veía perturbada, y su visitante se veía ofuscado primero, pero mientras barría con la vista la habitación, su semblante fue cambiando.

-Parece que me he equivocado de habitación- dijo el chico tratando de reir- sin embargo, no tengo fuerzas para irme por ahora.

-¿Qué haces aquí?- le pregunto la chica, cuando lo reconoció como Terry Grandchester.

-Fue un error- contestó el chico entre jadeos- él me ayudó a llegar, pero se equivocó de edificio, parece. Déjame quedarme solo un rato, a descansar.

Candy se levantó preocupada de la cama al escucharlo hablar, y se acercó lentamente al joven, y con horror se dio cuenta que tenía una herida abierta en el torso.

Candy lo atendió lo mejor que pudo, ante el asombro del chico, y después se decidió a conseguirle un vendaje, un medicamento, o cualquier cosa que pudiera servirle. Y entonces, aunque durante muchos días lo había pensado, esa noche, por primera vez, Candy brincó la barda del colegio, aunque con intenciones de volver.

Candy llegó pronto a un barrio de Londres, y mientras buscaba una farmacia, o un consultorio médico, cuando de pronto, alguien le habló a sus espaldas.

-Disculpe, ¿es usted Candy?- preguntó una amable voz, y la chica volteó nerviosa al reconocer su nombre.

-Así es- contestó la chica viendo a su interlocutor- ¿Por qué lo pregunta?

-¿No me reconoces?- preguntó el hombre otra vez- Soy Albert.

Y al decir esto, muchos recuerdos de días pasados llegaron a la mente de Candy. Recuerdos de el hombre que la rescató de morir ahogada cuando Candy había huído de la mansión Legan, asustada por la idea de ser culpada de la muerte de Annie. Como habían pasado cosas desde entonces, a pesar de que aún no terminaba de transcurrir un año.

Candy, sin pensarlo demasiado, corrió a abrazar a Albert. Había estado muy preocupada por él desde que no contestó la carta que le envió a la cabaña. Temía que el guardabosques de los Andley lo hubiese atrapado, y por fin resolvía ese misterio.

Hablaron mucho esa noche. Candy le contó todo lo que le había ocurrido desde la última vez que se vieron, sin omitir ningún detalle, y el joven la miraba como preocupado y con ternura a la vez. La chica no omitió decirle que incluso esperaba de un momento a otro que la familia Andley la repudiara y la enviaran de regreso a América.

El joven le contó, por su parte, que había viajado mucho también, y que recientemente había conseguido un trabajo en el zoológico de Londres, a donde la invitó a visitarlo cuando tuviera oportunidad.

Candy de pronto recordó a que había ido a la ciudad, y le pidió ayuda a Albert para conseguir las medicinas necesarias para Terry. Albert, no solo acompañó a Candy, sino que también hizo las compras. Pero Candy lo notaba muy pensativo.

Por fin llegaron al colegio, y Candy sintió cierta nostalgia al pensar que se separaría de Albert, justo cuando había encontrado a alguien con quien podía hablar.

-Bueno- dijo Candy viendo fijamente la barda del colegio- creo que me tocará entrar por el mismo sitio que salí. Aunque desde este lado se ve mucho más alto que cuando salí.

-No te preocupes, puedo ayudarte a subir.- y al decirlo, hizo intención de tomar a la chica de la cintura para impulsarla hacia arriba.

-Espera- dijo la chica –quiero preguntarte algo.

-Dime- contestó Albert.

-Si me expulsan del colegio… ¿podría vivir contigo?

-No te preocupes Candy, eso no va a suceder- contestó él con resolución.

-Pero…- dijo la chica

-No te preocupes niña, de verdad, nada malo va a suceder. Pero siempre podrás ir a visitarme al zoológico.

Y después de estas palabras, la levantó con sus manos y la ayudó a brincar la barda del colegio. La chica corrió protegiéndose entre las sombras de los árboles, hasta alcanzar los dormitorios de las chicas, y sigilosamente entró a su habitación, para encontrarse con que estaba sola. Ir por las medicinas había sido en vano, pues Terry se había marchado.

Lo único que la chica no vio, fue que justamente cuando ella buscaba sigilo dentro del bosque del colegio, alguien salía brincando la barda, justo por donde ella había entrado. Y ese alguien, al brincar la barda silenciosamente, vio a Albert que se alejaba del colegio lentamente. Rápidamente le dio alcance, golpeándolo por la espalda.

Albert cayó inconsciente por el golpe, y al despertar se encontró atado contra un árbol. Al tratar de orientarse, se dio cuenta que estaba en el bosque cercano al colegio.

-Bien… despertaste- dijo una voz que no reconoció. Por deducción, supo que se trataba de su atacante, pero al tratar de verlo, se dio cuenta que traía cubierto el rostro, de manera que no podía identificarlo.

-¿Qué quieres de mi?- preguntó Albert, mientras muchos pensamientos giraban rápidamente por su cabeza.

-Muy simple- dijo la figura misteriosa- que te alejes de ella.

-¿Alejarme de quién?- preguntó Albert, y entonces su pensamiento voló a Candy, y de pronto su rostro cambió a un gesto de entendimiento.-¿Alejarme de Candy?

-Exactamente- contestó la voz de manera monótona.

-¿Porqué tendría que alejarme?- contestó Albert de manera retadora.

-Quisiera decir que por tu bien- hizo una pausa y continuó- pero la verdad, es que ahora ya nada de lo que hagas será por tu bien.

Y sin más palabras, de entre sus ropas sacó un cuchillo, con el cual se abalanzó sobre Albert una y otra vez, sin que el joven tuviera nunca posibilidad de defenderse. Al terminar con su carnicería, el sujeto desamarró el cuerpo del árbol, y lo ocultó dentro de un tronco hueco. No se molestó en enterrarlo. Luego se alejó lentamente.

Al día siguiente, después de un día nefasto, como cualquier otro resultaba ya en el colegio para Candy, pensó en ir a buscar a Albert, para aliviar un poco sus penas. Le había encantado tener la oportunidad de conversar con él la noche anterior, además de que no podía quitarse de la mente el pensamiento de que pronto recurriría a él por asilo.

Estaba en su habitación, planeando fugarse a plena luz del día, cuando de pronto alguien llamó a su puerta con urgencia. La chica se apresuró a abrir, pensando que entre más pronto atendiera la urgencia, más pronto podría salir en busca de Albert.

-Candy- dijo la hermana Margaret en cuanto la chica abrió la puerta- tienes que venir conmigo, sucedió algo terrible.

Candy sentía que el piso se le hundía bajo los pies. Aún sin más detalles, la hermana Margaret estaba tan pálida, que lo único que parecía era que iba a decirle, una vez más, que alguien había muerto. E irónicamente, Candy se preguntó de que manera la iban a culpar esta vez.

Sin más palabras, siguió a la hermana a la oficina de la rectora del colegio, donde encontró reunidos a Anthony, Stear y Neal… y extrañamente, a George.

"Este es el momento" pensó la chica "ha venido a repudiarme, y se hará oficial enfrente de todos".

-Tome asiento señorita Andley- dijo la directora en cuanto la vio entrar.

Candy se sentó en una butaca libre, y miró a los presentes en la habitación, uno a uno, esperando que todo acabara pronto, pero también deseando que el tiempo se congelara, pues no estaba resignada a alejarse de Anthony y de Stear. Aunque, pensó, bien podía prescindir de Neal.

-Señor George, diga lo que tiene que decir- animó la directora al hombre.

-Chicos- habló George con un nudo en la garganta- sucedió algo que me cuesta mucho asimiliar. El señor William Andley ha muerto.

-¿Qué ha sucedido?- preguntó Anthony repentinamente alarmado.

-Algo inesperado- contestó George- fue asesinado… de una manera realmente salvaje.

-¿Cuándo pasó eso?- preguntó Stear con mirada de incredulidad.

-Creemos que sucedió ayer en la noche- contestó nuevamente George.

-¿Ayer? ¿Cómo puedes enterarte tan pronto?- volvió a preguntar Anthony.

-Porque el señor William no estaba en América… estaba aquí en Inglaterra.

-Pero la tía Elroy fue a buscarlo a América, desde hace un mes, y desde entonces esperamos noticias suyas- intervino Neal.

-Me pesa decir, jóvenes, que solamente yo conocía el paradero de el señor William… el pensó siempre que era más conveniente de esta manera, para no estar sujeto a la voluntad de la señora Elroy.

-No entiendo nada- dijo Candy por fin.

-Y creo que usted no es la única, así que déjenme explicarles- tomó aire, y continuó hablando- ¿recuerda, señor Anthony, al hermano de su madre?

-Vagamente- contestó Anthony- no había pensado en él desde hacía muchos años.

-Bueno, él es… era, el señor William. Lo mantuvimos en secreto debido a su extrema juventud, pero ahora ya no tiene ningún sentido mantenerlo más en secreto. Él estaba siempre al pendiente de ustedes, sobretodo de usted, señorita Candy, y vino a Londres cuando usted lo hizo, para cuidarla de cerca.

-Pero yo no recuerdo haberlo visto nunca- contestó Candy.

-Sí que lo vió- replicó George, pero lo conoció con su segundo nombre… Albert.

-¿Qué?- dijo Candy poniéndose de pie- ¿Albert es el tío William? ¿Albert es quien me adoptó?... ¿Albert está muerto?- Y al decir esto, las lágrimas arrasaron sus ojos. Acababa de perder a alguien muy importante para él en todos los sentidos, había perdido a su padre adoptivo, había perdido a su amigo.

-Así es, lamentablemente- contestó George.

-¿Cómo murió?- preguntó Candy mecánicamente, tratando de sentarse nuevamente.

-De una manera horrible- contestó George- lo apuñalaron demasiadas veces, cerca de aquí, y ni siquiera se molestaron en esconder el cuerpo. Fue algo que nunca hubieramos esperado.

Candy se sintió culpable, pues Albert no hubiera estado la noche anterior junto al colegio si no la hubiera acompañado, y al pensarlo, su llanto se hizo más abundante.

-Pero eso no es todo lo que tengo que decirles jóvenes- continuó George- no solamente la señora Elroy no pudo conseguir deshacer la tutoría sobre usted, señorita Candy, sino que ahora es la dueña legal de toda la fortuna de los Andley.

-¿Qué?- preguntó alarmado Neal- ¿La tía sabe esto?

-Aún no, señor Neal, tome en cuenta que las noticias no llegan tan rápido a América. Pronto tendré que ir para informárselo. Pero les informo que la señorita Candy continuará sus estudios en este colegio, junto con ustedes. Y pronto vendré a ponerme a sus órdenes.

Los chicos estaban callados, pensativos. En la mente de todos giraban los mismos pensamientos, aunque no todos con la misma intención. A Anthony y a Stear los alegraba que Candy siguiera en la familia, ya sin el riesgo de ser repudiada, aunque lamentaban que un familiar hubiera muerto, una vez más. A Neal le era indiferente lo sucedido con Albert, pero odiaba que Candy hubiera salido beneficiada en el proceso. A Candy le dolía en el alma saber que alguien muy querido para ella hubiera muerto, una vez más, y sobre todo de una manera tan brutal como la descrita por George.

-A la tía Elroy le dará un infarto cuando se entere de lo que acaba de pasar, tanto por el tío William, como por el hecho de que nunca podrá sacarte de la familia- comentó pensativo Stear.

-Ya lo creo- dijo Neal- después de todo, parece que todos a tu alrededor estamos destinados a morir.

Y Candy calló, concediéndole con tristeza razón a las palabras de los chicos.

Continuará…