La hostilidad de un Gryffindor.
Reflexionando sobre la última noche, había demasiadas cosas que no me acababan de gustar.
Mi estancia en la famosa sala, por la que todos los alumnos de Hogwarts parecían perder la cabeza, ya fuera por poder participar o por cotillear, no era ni lo más cercano a "cómoda y apacible". El viejo cascarrabias de Dumbledore tenía razón, la sala me estaba probando y todos sabían que Draco Malfoy no tenía demasiada paciencia.
Para empezar, ¿qué era todo aquello de los juicios de valor que Weasel pretendía que todos los demás hicieran sobre mí? ¿Por qué tenían que tipificarme de aquella manera? ¿No era suficiente con verles las caras cada día a esos insufribles Gryffindors?
Después estaba el asunto de la visión, o aquella especie de sueño colectivo que habíamos tenido todos los miembros de Alea Aurea. Estaba seguro que habíamos entrado en la mente de Potter. ¿Quién si no había estado en el laberinto? No sabía que había pasado con certeza, puesto que lo recordaba todo bastante borroso, pero sí recordaba a mi padre en medio de todo aquel alzamiento oscuro.
Lucius Malfoy no era tan valiente y entregado al Señor Oscuro como les había hecho pensar a todos aquellos que lo rodeaban. Yo lo había presenciado con mis propios ojos. La mitad del ejército que había conseguido el joven Tom Riddle se había esfumado con su caída. Mi padre era uno de ellos. No solía meterme en asuntos de aquel calibre, pero no estaba sordo. Había engañado a medio ministerio diciendo que había sido absorbido por el hechizo imperius. Nadie le creía, pero todos parecían hacer lo posible para hacerlo. El dinero era una gran fuente de amigos para la familia Malfoy. Mi padre parecía conseguir lo que quería con él y mi madre simplemente le dejaba hacer. Fui criado bajo los estamentos de alguien muy aferrado a la división del mundo mágico y el mundo muggle. Por no hablar de la lealtad a la sangre y demás parafernalias que mi padre se implicaba a inculcar en mi infancia. Mi madre no parecía muy conforme, aunque fuera de la familia Black, confiaba en las personas y no en la sangre, pero eran pocas las veces que se atrevía a contradecir a mi padre.
Así que ahora mismo me encontraba intentando digerir el desayuno y los asuntos de Alea Aurea a la vez.
Por no hablar de mi profesor de Defensa contra las artes Oscuras.
El solo hecho de contradecirme me enfadaba a puntos irracionales. Y además, tenía razón, cosa que me enervaba más. Apreté el tenedor que estaba utilizando, dándome cuenta que aquello me tensaba por alguna razón aparente que yo no lograba descifrar. Se había llevado a Granger sin casi dar explicaciones y había asumido que yo podría entrar a mi habitación.
Y pude entrar.
Tragué, y apretando la mandíbula busqué algún rastro del profesor por el Gran comedor. No lo encontré, y eso me enfureció más aún. ¿Cuándo había entrado a la sala? ¿Por qué sabía que estaba Granger de aquella manera? ¿Cómo pudo saber que mi habitación me iba a dejar entrar? Eran cuestiones que me asaltaban en medio del desayuno.
Por encima de todo el murmullo que formaban mis pensamientos, había un par de voces femeninas. No es que les hubiera prestado demasiada atención, pero su tono de voz era más elevado de lo normal, y era una tarea difícil pasar por alto su conversación, pues a veces incluso llegaban a emitir gritos de disgusto.
- ¿Habéis oído lo último? – Dijo una Gryffindor que se había colado entre los asientos de la mesa de Slytherin.
- Cuenta, cuenta. – Murmuró una compañera de casa.
- Dicen que Hermione Granger ha vuelto a las andadas. – Murmuró abochornada la primera.
Aquella sola oración había hecho que lo que sostenía con el tenedor cayera en picado al plato. Presté más atención sin quererlo y miré a la Gryffindor con detalle. Era morena, con el pelo atado en una coleta, llevaba puesto el uniforme de su casa, pero no se podía ver el escudo de su capa con claridad ya que sostenía un montón de libros por los que deduje que aquella muchacha iba a cuarto curso.
- ¿Qué ha hecho esta vez la niñata? – Comentó una Slytherin elevando más el tono.
- No se como pero... – Y agachando la cabeza, de manera que todas quedaban juntas y agazapadas en un corrillo, susurró. - …ha vuelto a engatusar a nuestro Eugene.
- ¿Se puede saber qué ha hecho ahora? – Habló otra Gryffindor.
- Desmayarse. – Añadió la primera, y la que deduje que era la lider de aquel grupo de cuchicheadoras.
- ¿Desmayarse? – Preguntó otra Slytherin.
- Sí, por lo visto ha conseguido que con eso Eugene la lleve por todo Hogwarts sostenida en brazos. – Dijo la morena de Gryffindor, sosteniendo los libros con tanta fuerza que se le empalidecieron los nudillos.
- Estúpida Granger. – Añadió una de aquellas chicas.
- Y ahora esta en la enfermería. – Dijo acabando el relato la cabecilla del grupo.
- Interesante. – Soltó la chica que se sentaba enfrente de la morena.
Me quedé contemplando a las seis chicas que se encogían para no llamar la atención. Habían formado un corro de cuchicheos en la esquina más apartada de la mesa de Slytherin en el Gran Comedor. La alianza de Slytherins con Gryffindors me resultaba un tanto extraña, pero sin decir ni pío fingí no prestar atención, aunque aquel tema me interesaba más de lo que yo quería reconocer. Se habían quedado calladas y se miraban muy intensamente. Slytherins sentándose en la parte que daba a la pared, y Gryffindors ubicadas en el pasillo que conectaba con la otra mesa.
- ¿Qué tal si le hacemos una visita? – Añadió la jefa del trío de Slytherins cruzándose de brazos e irguiéndose, como si no le importara que alguien descubriera sus planes.
- No es buena idea. – Afirmó la que más había hablado de Gryffindor. – Eugene no tiene la culpa de que esa niñata come libros vaya detrás de él todo el rato.
- Pero alguien tiene que decirle a Granger donde esta su lugar. – Replicó la Slytherin, levantándose de la mesa, haciendo que sus dos aliadas de casa se levantaran también. – En la biblioteca con los libros.
- Pero… - Contradijo una de las Gryffindors.
- Pero nada. – Contrarrestó mientras intentaba hacerse paso para salir del banco y se alejaba capitaneando al trío.
Las Gryffindors se quedaron pensativas en el sitio, y pasados unos segundos volvieron a su mesa, entremezclándose con el gentío.
Yo seguía con el tenedor en la mano, aunque en mi plato ya no había nada. Cuando di una ojeada alrededor, me di cuenta que la mitad del Gran Comedor se había vaciado. Pero me costó reaccionar porque aún estaba dándole vueltas al discursito que habían tenido el grupo de fans del profesor de Defensa Contra Las artes Oscuras.
Las cosas no me encajaban. Por todos era sabido que habían organizado una especie de club de aduladoras a Eugene, llevaban chapas, lo admiraban por los pasillos y le llegaban a pedir autógrafos en todos y cada uno de sus libros. A mi no me caía bien, pero debía reconocer que no llegaba a el narcisismo de Lockhart, y sabía llevar con bastante elegancia que un grupo de muchachas le siguiera prácticamente a todas partes. No solo había llamado la atención de aquellas seis estudiantes, también había Ravenclaws y Hufflepuffs que suspiraban por el profesor, pero ninguna de ellas era tan radical. ¿Era por eso que el trío de Slytherin y el trío de Gryffindor se habían aliado? ¿Veían ambos en Granger el enemigo en común? Además, ¿qué era todo aquello de hacerle una visita?
Me apresuré por los pasillos, llegando casi precipitadamente a la enfermería. Cuando me di de bruces con la puerta, me quedé de repente en blanco. Había dejado que mis pies me dirigieran allí con algún tipo de premisa, pero la verdad es que aún seguía sin haber procesado toda la información que en una conversación privada, las muchachas me habían revelado. "Privada" porque se supone que ni yo, ni nadie de alrededor, tendría que haberla escuchado.
Y una vez más estaba recriminándome a mi mismo por lo que estaba a punto de hacer. Cerré los ojos, apreté los puños y casi escupí un profundo "idiota" con el que premiarme antes de abrir la puerta de la enfermería. Pero no puse un pie en el lugar cuando una vocecita infantil retumbó por la sala.
- Hola Malfoy. – Saludó una muchacha menuda, sentada a los pies de una cama que estaba ocupada. – Sabría que no tardarías en venir.
En cuanto di dos pasos me arrepentí. Lunática estaba sentada en la cama de Granger, con sus gafas y sus revistas. Y lo que era peor, Granger estaba despierta y con otro par de gafas puestas, intentando leer el Quisquilloso, aunque ahora lo había dejado un poco apartado y me clavaba los ojos con algo de incertidumbre.
- Ho-Hola. – Dijo Granger quitándose las gafas y llevando la mano a las sabanas, cubriéndose un poco más.
La situación era bastante embarazosa. ¿Ahora que decía? "¡Hola Granger, ¿como va eso?!" Además de que Lunática me había visto, hubiera sido prácticamente imposible huir con elegancia, había abierto las puertas de par en par, casi de un modo desesperado, como si me fuera a encontrar allí algún duelo de magos.
- Ho-Hola. – Me atreví a decir, dando algún que otro paso, sabiendo que si volvía hacia atrás no hubiera mejorado nada.
De repente la sala permaneció en un silencio demasiado pesado de sobrellevar. No estaba la señora Pomfrey. No había nadie más, a parte de nosotros tres. Yo no sabía a donde dirigir la mirada. Granger seguía inspeccionándome. Lunática sonreía abiertamente. El momento era extraño para alguien como yo. No estaba acostumbrado a ir a visitar a amistades a la enfermería de Hogwarts, ni a que estas me vinieran a visitar. Si alguien se había dignado a venir a verme en alguna de las veces que yo había estado allí, había sido por cumplir, por seguir manteniendo los lazos que los padres de aquellos alumnos querían conservar con el hijo único de los Malfoy. Todo siempre resultaba frío y protocolario. No había el cariño que podía ver ahora propagado por la mesita de la cama en la que se encontraba Granger: ranas de chocolate, libros y ahora un montón de revistas llenas de excentricidades.
Seguía parado a medio camino cuando noté que algo se aferraba a mi muñeca dispuesto a empujarme hacia delante. Miré extrañado, pues me había quedado prendado en la pila de obsequios y pasatiempos que habían llegado hasta Granger en menos de veinticuatro horas. Cuando me di cuenta, estaba parado enfrente de ella, más incómodo de lo que quería mostrarme. Lunática me había arrastrado hasta allí mientras yo me esforzaba por resultar frío y distante, pero la verdad es que noté como algo se relajaba en mi interior al saber que Granger estaba bien.
- Siéntate. – Murmuró con su hilillo de voz la Ravenclaw. Me alargó una revista que tuve que sostener para que no se cayera. La miré de reojo y vi que sonreía al verme obedecer. – Estábamos tratando de descifrar esa parte.
Miré la revista apesadumbrado. Me disgustaba aquella situación, estaba perdiendo toda mi reputación en un solo acto.
- Toma. – Volvió a intervenir Lovegood. – Sin esto no podrás ver nada.
Perfecto. Ahora tenía que ponerme esas estúpidas gafas. Miré al frente, y fue un error. Lunática no me ofrecía las gafas, simplemente alargaba sus patillas hacia mis orejas, y mi tabique nasal hizo el resto. Sentí que el bochorno se apoderaba de mí, sentado en la cama que estaba frente a Granger.
- ¿Pero qué…? – Fui a replicar algo, intentando insultar a la Ravenclaw de la peor de las maneras, alegando a su poca estabilidad mental o a su linaje, pero algo me detuvo en seco.
Granger se cubría la boca, impidiendo que una carcajada resonara por toda la habitación. Primero me enfadé. Luego una pequeña sonrisa se dibujó en mi cara acompañando a su risa. Era la primera vez que la Gryffindor se reía conmigo, y no de mí. Es más, no recordaba ninguna vez que Granger se hubiera reído de mí, era más a la inversa, siempre me había reído yo de ella. Y ahora allí estaba, apoyada en la almohada, contra el respaldo, con su pijama de estrellas y su pelo revuelto. Con un gesto tímido volvió a ponerse las gafas y dejó que su risa cubriera el ambiente.
- Parecemos dos gilipollas. - Dije mirando hacia el suelo, procurando que no se notara el pequeño rubor de mis mejillas.
- Tú pareces gilipollas. – Dijo Granger, siguiendo con su carcajada. – A mi me quedan bien.
- Estas gafas están diseñadas para que a nadie le sienten bien. Menos a Lunática, que parece haber nacido con ellas puestas. – Dije, intentando sonar mordaz y sarcástico.
- Oh vaya, muchas gracias. – Dijo Lovegood. ¿Pero es que no me había escuchado?
Y diciendo esto, la Ravenclaw, se levantó y ando dando saltitos hasta la puerta. Espera, ¿dónde se iba?
- Ha sido un placer, pero debo irme. – Dijo, antes de cerrar la puerta. – Espero que te mejores Hermione. – Sonrió, mirando a la muchacha. – Ya me devolverás las gafas. – Anunció, mirándome a mí.
La puerta crujió cuando se volvió a encontrar con el umbral, haciendo que después todo lo que se escuchara fuera un silencio profundo. Miré la revista que la Ravenclaw me había dado, dispuesto a no encontrarme con los ojos de Granger. Y por mucho que mirara la publicación, no podía leer nada, porque no era capaz de concentrarme ni en una de aquellas palabras. Lo más lógico y razonable para alguien como yo hubiera sido salir corriendo de allí, o ni siquiera haber entrado. No quería imaginarme que podría estar pensando Granger. Seguro que habría barajado la teoría de que me había vuelto loco. Además, aún llevaba puestas las gafas, y joder, estaba haciendo el ridículo en todos los aspectos posibles.
- ¿Vienes a echarme en cara lo sucedido en la sala? – Dijo con un hilo de voz casi inaudible.
- ¿Qué? – Pregunté alzando la cabeza con brusquedad.
Granger giró la cabeza con aire de dignidad, como arrepintiéndose de su propia pregunta. Me arranqué las gafas de la cara y las arrojé a la cama de la Gryffindor.
- ¿Qué quieres? – Me preguntó como si realmente no hubiese dicho nada anteriormente.
- ¿Qué coño acababas de decir Granger? – Pregunté, aun dudando de su pregunta inicial.
- Déjame en paz. – Murmuró enfadada. – Y ahora lárgate de aquí. – Hizo aspavientos con la mano, como espantando una mosca.
- ¿Perdona? – Dije sin inmutarme. – No pienso irme si no me vuelves a repetir esa pregunta.
- No es nada. Puedes largarte. – Murmuró dando un profundo suspiro, cruzando sus brazos a modo de defensa. Seguía arropada y entre todos esos almohadones, pero su dignidad era la misma que la de un rey en su trono.
No me moví ni un ápice, y cruce las piernas acomodándome dramáticamente, haciéndole saber que mi decisión era firme, no me iba a mover de allí hasta que no volviera a preguntarme lo que quisiera que la estúpida sabelotodo me hubiera preguntado. A los minutos de intentar ignorarme, Granger soltó un aburrido quejido.
- ¿Viniste a echarme en cara lo sucedido en la sala, Malfoy? – Dijo con el mentón alzado, mirándome de soslayo.
- ¿Era eso? – Pregunté fastidiado. Hice una pausa, esperando alguna contestación. Después de medio minuto sin replica alguna, mi paciencia y mis ganas de patear el mobiliario iban en aumento. - ¿Tu también vas a tipificarme, Granger? ¿Vas a meterme en la lista de los "malos" como hacen tus estúpidos amigos? ¿No soy lo suficientemente bueno para entrar en el círculo de amistades del trío de Gryffindor? - Me llevé una mano a la sien. – Mira, engreída sabelotodo, me importa una mierda tú y tu perfecta sala, tus normativas y toda la dignidad que aparentas acarrear. El cara rajada y el pobretón me importan mucho menos, y por no hablar de la panda de niñatos con los que tengo que convivir últimamente. – Me levanté, más irritado de lo que creía. - Podéis pensar lo que os de la gana, no me incumbe.
- ¿No te incumbe? – Dijo la marisabidilla. – Pues parece todo lo contrario. – Me miraba con los brazos cruzados.
- Mira Granger, me importa una mierda que…
- Cállate estúpido. – Me cortó la Gryffindor. – Ni siquiera estaba hablando de eso. – Se levantó como pudo y me enfrentó. – Lo que pasó en la sala. La… - Tartamudeó, intentando encontrar una palabra para lo sucedido. – La visión.
Se hizo el silencio. No sabía hacia donde iba a conducir la conversación, pero me mantuve desafiante ante Granger, que seguía siendo más pequeña que yo, más aún si iba descalza.
- No se que pasó anoche. No se que te llevó a sacarme de aquella enredadera ni se que pasó después de aferrarme al traslador. – Me replicó, mirando con sus enormes ojos hacia arriba. – Pero nadie te ha culpado de nada.
- ¿Ah no? – Le dije lo más cerca que pude. – Entonces Weasley solo me elogiaba, ¿verdad?
- Ron no tiene la culpa – Me contestó casi en un grito.
- ¡No defiendas a la comadreja! – Le contesté acercándome más. Obligándome a agachar la cabeza.
- ¡Entonces no te metas con él! – Me replicó de un modo agudo, sin darse por vencida.
- Veo que le tienes mucho afecto, ¿verdad Granger? – Arrugué más la frente y agache más la cabeza, mirándola a los ojos. La distancia que nos separaba era la mínima y necesaria para que nuestras narices no chocaran. Sentía mi respiración alterada por toda la furia que transpiraba. Odiaba su amistad con los Gryffindors más de lo racional. - ¿Verdad? – Repetí al ver que no me contestaba. Quería una respuesta.
El crujir de la madera contra el umbral resonó por la enfermería de Hogwarts. La puerta se había abierto con delicadeza, y por una pequeña rendija se asomó una melena pelirroja, inconfundiblemente Weasley.
- ¿Hermione? – Dijo la pequeña de los hermanos.
- ¿Ginny? – Murmuró la Gryffindor, olvidándose por completo de darme una respuesta.
- ¡Hermione! Pensaba que ya no estarías aq… ¿Malfoy? – Preguntó extrañada mientras andaba los pasos que le separaban de la puerta hasta donde Granger residía. - ¿Tú… tú qué haces aquí?
- Nada. Eso es lo que hago. – Espeté entre dientes, apretando mi mandíbula y mirando a la sabelotodo.
La varita de Granger, que estaba apoyada en aquel colchón, rodó al suelo. Y como si yo la hubiera roto, empezó a soltar destellos dorados por todo el suelo de la estancia.
- Arregla tu varita de una vez, estúpida. – Murmuré, dándome la vuelta rápidamente, volviendo mis pasos, abriendo y cerrando la puerta de la enfermería con toda la fuerza que mis temblorosas manos podían hacer.
Me había embarcado en esa aventura en contra de mi popularidad de Slytherin. ¿A quien le importaba la sangre sucia? Además, el club de fans del profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras estaba solo alardeando. Ni siquiera se habían presentado. ¿Y yo? ¿Qué pretendía yo? ¿Ponerme en medio de la pelea? ¿Por qué coño había ido a la enfermería? Encima había testigos evidentes. A Lunatica podrían tomarla por loca si les dijeran que Draco Malfoy había ido a visitar a Hermione Granger. Pero a la pequeña Weasley no. Eso era un caso aparte.
Recosté mi espalda contra la vieja madera que era la puerta, echando mi cabeza hacia atrás en busca de apoyo. Respiré todo el aire que mis pulmones me dejaron sostener y lo dejé escapar con un sonoro suspiro. Abrí los ojos, mirando al techo de Hogwarts. Estaba perdiendo el control.
Los días pasaban y el ambiente general en mi nueva sala común era el mismo. Todos parecían evitarse, y la vida en el hall se había reducido a idas y venidas del dormitorio a la puerta de entrada. Los Gryffindors habían establecido una barrera protectora a la que ni siquiera los Ravenclaws lograban acceder. La única que parecía ajena todo aquello era Lunatica, que para colmo, había empezado a entablar amistad con el único Slytherin de aquella sala, Theo.
Lo que más me sorprendía, sin lugar a dudas, era que podía dormir apaciblemente en mi dormitorio, donde me pasaba la mayor parte del tiempo, intentando evitar cualquier contacto con las personas que se alojaban allí conmigo. La puerta se abría y cerraba con total normalidad, sin ningún tipo de hechizo. Y era evidente que Granger no estaba al otro lado de la cortina. Cada vez entendía menos aquella estúpida e incontrolable sala.
Theo me había estado evitando todo aquel tiempo. Sabiendo que yo no podía acceder a su habitación, se resguardaba allí y por la mañana no había rastro del muchacho. Me evitaba al punto de no querer compartir pupitre conmigo. Y por las tardes desaparecía sin más. Había hecho una búsqueda por Hogwarts del escurridizo Slytherin, pero era casi imposible encontrarlo. No estaba en la biblioteca, en ninguna aula en las que hacíamos clase, no acudía al Gran Comedor y ni siquiera pude encontrarlo en la lechuzería. Pero lo conocía demasiado bien, y descartando todos los lugares comunes, me di cuenta cual era el lugar al que había estado acudiendo con asiduidad estos días.
- Al fin. – Le dije a la espalda de Theo. Me había desplazado hasta el Gran Lago y justo en el árbol en el que había sospechado, recostado en el viejo tronco, Theo miraba a las profundidades.
- Es imposible huir de un Malfoy… ¿verdad? – Contestó con una sonrisa socarrona.
- Prácticamente. – Pronuncié elevando una ceja en actitud Slytherin, contemplando el mismo punto fijo que Theo había estado mirando. – Tú dirás.
- Como si todo fuera tan fácil. – Respondió consternado. Se hizo un silencio. Nuestras respiraciones se convertían en un denso vapor al alejarse de nuestras fosas nasales. Todo parecía en calma en los alrededores de Hogwarts. - Lo sabías, ¿cierto? ¿Sabías que tu padre había vuelto con Voldemort?
No contesté, la respuesta estaba implícita en el ambiente. Claro que lo sabía. Yo, y prácticamente todo el mundo. Los Malfoy eran casi sinónimo de mortífagos. Fijé mi vista en mis pies, y rebusqué con la mirada una piedra con la superficie plana. La cogí y levantándome di tres pasos antes de poder tocar la orilla del lago. Con fuerza lancé la piedra al lago, y rebotó sobre la superficie, removiendo el ambiente tranquilo.
- Lo he estado pensado, y es mejor que me aleje de Alea Aurea. – Dijo de forma decidida.
- No se como. Hace unas semanas intenté lo mismo y me fue imposible. – Me encogí de hombros con una pasividad admirable.
- No se que hago en esa sala, pero no soy una buena opción. Volveré a Slytherin. – Murmuró aún mirando al mismo punto en el lago.
El silencio volvió a envolvernos mientras el cielo se oscurecía. Me volví a agachar para repetir el lanzamiento con una nueva piedra. Esta vez voló mucho más lejos que la anterior.
- Todo estaba bien… Parecía que por fin las cosas iban a cambiar. – Theo parecía atragantarse con sus propias palabras, y lo conocía lo suficiente como para saber que era mejor que no interrumpiera. – Empezaba a entablar amistad… ¿Por qué de repente tuvo que aparecer… esa cosa?
- Es una sala para dementes. – Me giré dando por acabado mi nuevo lanzamiento, y miré a Theo. – Quizás lo que nos mostró la visión no fue real.
- O quizás sí, Draco. – Se levantó y por primera vez me miró a los ojos. – Estoy seguro de que eso fue real. El mismo Harry Potter lo corroboró. ¿Y sabes que es lo que me da más coraje? – Sus puños se mantenían apretados a ambos lados de su cuerpo. – Que por una vez confié en alguien más que no fuera en mí. Por una vez… por una vez creí que podría aspirar a ser alguien más que un hijo de mortífagos.
- Sabes que en Slytherin nadie nos juzgará por ser quienes somos. – Aclaré, como dando pie a sus pensamientos.
- Pero tampoco podremos ser algo más que un apellido y un linaje. – Advirtió. – Me iré de la sala, pero no será por volver a Slytherin, será por hacerle un favor a…
- ¿A Potter? – Murmuré. - ¿A los Weasley? ¿O tal vez a tu nueva amistad, Lunatica Lovegood?
- Deberías empezar a replantearte tus estúpidos estereotipos, Draco. – Dijo sonriéndome. – Por una vez, deberías empezar a abrir los ojos.
- No se quien es aquí el estúpido. – Dije devolviéndole la sonrisa con un estilo Malfoy, de medio lado y con una de las cejas arqueadas.
- Está bien, está bien. – Alzó las manos al aire, mostrando una conformidad pacífica. – Dejemos las disputas para más tarde, creo que mi cupo ha sido sobrepasado con creces por esta semana.
Caminamos con lentitud hacia el sendero que nos conducía de nuevo a las puertas del castillo. Theo, de alguna manera, me había hecho reflexionar. Siempre lo hacía de algún modo u otro. Me detuve quedándome pasos atrás de él. Cuando éste se dio cuenta, se detuvo y se giró a mirarme.
- Me iré contigo. – Lo miré a los ojos, tomando mi decisión. – Volveremos a Slytherin esta noche.
Desde que había entrado a la sala, mi vida en Hogwarts se había visto tan movida como solía ser en los últimos trimestres de los pasados cursos. Y ahora, en contra de mi voluntad, estaba en la enfermería. Al menos, según la señora Pomfrey, podía salir por la tarde. Me tuvo retenida hasta el mismo viernes para asegurarse que no iba a ninguna clase, lo que no le sentó demasiado bien a mi orgullo.
Los días en la enfermería habían estado plagados de visitas. La más extraña fue la de Malfoy, puesto que no tenía sentido alguno que hubiera venido a verme. ¿O es que la sala le había estado dejando exiliado de su habitación? Sonreí sin quererlo, imaginándolo durmiendo en el pasillo de las habitaciones.
Pero mis pensamientos fueron interrumpidos por Ginny y Luna, quienes venían alegremente al saber que aquella misma tarde yo sería libre.
- ¿Qué tal estás, Hermione? - Dijo Luna.
- Perfectamente. – Contesté con toda la energía que había acumulado. – Y con ganas de salir de aquí.
Las chicas habían estado informándome de lo sucedido en la sala. Al parecer me había perdido una parte muy importante en la visión. Tanto el padre de Malfoy como el de Nott habían estado involucrados con Voldemort, y este les había hecho una misión especial. Rescatar a Bellatrix, nombrada en la misión como Lestrange, de las garras de los dementores, que a su vez, tarde o temprano, volverían a las filas del señor oscuro.
Con todo esto, la pelea entre Ron y Malfoy se me hacía más lógica, aunque seguir sin tener excusa. No veía lógico juzgarlos solo porque sus padres ejercieran aquella profesión.
- …en resumen… - Dijo Ginny, contándome por encima lo último ocurrido. – Mi hermano sigue empeñado en patear a Malfoy, aunque ahora tenga menos razones, puesto que prácticamente ha desaparecido de la sala.
- Aunque no lo entiendo. – Anunció Luna balanceando sus pies que no llegaban a tocar el suelo puesto que se había sentado en la cama que estaba a mi lado. – Es igual de incorrecto juzgar a Malfoy y a Nott por su descendencia, que hacerlo con los hijos de familias muggles. Da igual de donde provengan, ellos son personas, no apellidos.
Ante aquello todas nos callamos. Luna parecía haber hecho una comparación bastante acertada, tan verdadera que parecía gritar una verdad.
- Bueno, bueno, bueno… dejando de lado todo eso… - Ginny arqueó una ceja y se cruzó de brazos. – El otro día no me respondistes, ¿qué hacía Malfoy aquí?
- Molestar. – Dije rotundamente. – Parece que se ha propuesto hacerme la existencia en Hogwarts lo más difícil posible. A veces creo que es un reto personal de McGonagall para saber hasta donde llega mi paciencia. Si no, no entiendo la mitad de las cosas que hace.-
Luna rió abiertamente. Yo arrugué la nariz, y fruncí el entrecejo. Ginny simplemente mantuvo su actitud perspicaz, pareciéndose a sus hermanos gemelos.
- ¿Ya sabes como entrantes? ¿Vino él a contarte algo? – Preguntó la pelirroja.
- Imposible, y menos ahora con todo el revuelo. Parece haber sacado toda su sangre Malfoy a relucir. – Me encogí de hombros.
- ¿Por qué no le preguntas? – Cuestionó esta vez Luna.
- Porque sería como intentar amaestrar a un troll: inútil. – Crucé los brazos y me recosté en el cabezal de la cama.
- ¿No te pica la curiosidad? – Dijo Ginny sonriendo.
- Si, pero creo que es muy poco probable que Malfoy venga por las buenas a contarme que pasó aquella tarde. – Argumenté. - Incluso borracho de veritaserum sería difícil sonsacarle la verdad.
- Pues tendremos que hacer algo. – Resolvió Ginny poniendo sus brazos en jarras.
- Más vale que os deis prisa. – Dijo Luna. – Theo me dijo que esta noche esperará a que todos estemos en la sala para disculparse, y después marcharse de Alea Aurea.
- ¿Y eso influye a Malfoy? – Preguntó Ginny alzando una ceja.
- Claro. – Contestó Luna sonriendo con inocencia.
- ¿Malfoy se va con Nott? – Pregunté dándome cuenta de la jugada.
- Así es. – Volvió a intervenir Luna, balanceando sus piernas alegremente.
- ¿Por qué se van? – Preguntó Ginny.
- Theo me dijo que tras lo ocurrido, después de aquella visión, algunas personas parecen no sentirse a gusto con su presencia. – Luna se encogió de hombros al decir aquello. – Aunque parecía muy contento, algunas noches antes de ir a dormir me ayudaba a resolver los acertijos de mi padre.
- Es cierto, vosotros compartís habitación… - Murmuró Ginny. - ¿Pero que hay de Malfoy?
- Supongo que se siente igual. - Respondió Luna mirándome y sonriéndome.
- ¿Malfoy? – Pregunté retóricamente. - ¿Hablamos de Draco Malfoy?
- Tal vez no sean los mismos motivos. – Ginny se encogió de hombros, mirando con curiosidad a Luna. – Aún así hay que reconocer que Malfoy ha tenido mucha paciencia con mi hermano esta semana. Las pocas veces que se han visto…
- Malfoy es divertido. – Afirmó Luna con una sonrisa de oreja a oreja.
Se escuchó el crujir de la puerta y llegó la señora Pomfrey diciéndome que podría volver a mi sala común ya que todas las clases se habían acabado hasta la semana siguiente. Ginny y Luna me ayudaron a recoger todas las cosas que se habían quedado allí, la mayoría libros y papiros llenos de apuntes y deberes que había estado adelantando. Estaba un poco molesta con la actitud de Malfoy al respecto de su decisión de abandonar la sala. Me parecía completamente estúpido por su parte rechazar la oportunidad que Dumbledore le había dado de participar en algo como aquello. Y me parecía aún más estúpido que él mismo no le diera apoyo a su compañero Theodore Nott. Se suponía que eran amigos… ¿Por qué, según la información que me habían otorgado Luna y Ginny, se habían estado evitando toda la semana?
Después de recorrer los pasillos, volvimos a la sala común. Se estaba haciendo tarde, empezaba a oscurecer, y el frío se calaba a través de la ropa. Inhalé aire antes de subir los escalones del quinto piso. Luna y Ginny caminaban animadamente delante de mí, charlando sobre el próximo campeonato de Quidditch en Hogwarts. El primero de todos los partidores era Ravenclaw contra Gryffindor, y las chicas estaban haciendo sus propias apuestas. Yo suspiraba intentando no soltar toda mi rabia nada más llegar a Alea Aurea. Tenía ganas de gritarles a Ron y a Malfoy a partes iguales. Aunque siempre más a Malfoy. Le iba a hacer hablar, me iba a contar de una vez por todas como había entrado a la sala y después que hiciera lo que quisiera. No tenía porque afectarme, habría alguna forma de que las leyes aquellas que Eugene me había contado pudieran seguir funcionando sin aquel entrometido Slytherin.
La majestuosa puerta dorada de Alea Aurea se formó ante nosotras, y como si ésta supiera que era lo que estábamos pensando, se abrió lentamente hacia nosotras, dejando mostrar su interior. Había un gran murmullo en la sala principal, y después de Luna y Ginny, entré comprobando que Theodore Nott estaba en medio de todo aquello. Sabía que aquello significaba que iba a anunciar su partida de Alea Aurea de inmediato, y antes de que empezara su discurso, me di prisa por evitara Ron y a Harry, que se encontraban mirándome, expectantes, y enfilé escaleras arriba, dispuesta a abrir de un portazo mi habitación y encarar al caprichoso de Draco Malfoy.
Entré y soltando la puerta con furia se escuchó un portazo que hizo temblar una estantería cercana. Todo estaba como lo había dejado. No había tenido demasiado tiempo de estar en mi habitación y disfrutar de aquella biblioteca privada, pero estaba deseando de hacerlo. Me preguntaba como podía haber entrado Malfoy los días en los que yo no estuve. Pero el pensamiento se vio apartado de mi mente en cuanto vi la luz de la habitación contigua encendida, y las sombras del Slytherin yendo y viniendo por su espacio.
Me quedé parada enfrente de la cortina, dispuesta a centrarme, calmarme y dejarlo correr. Era un estúpido, engreído y metomentodo, no tenía que seguirle el juego. No. Yo era Hermione Granger, una alumna educada, centrada en mis estudios y… ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué? ¿Aquello era el baúl? ¿Estaba metiendo cosas en su baúl? ¿Era cierto que se iba a ir, tal cual? Respiré hondo y me mordí el labio. Su sombra seguía moviéndose con pasividad. Sin duda, las maneras de Malfoy podían incluso verse a través de la fina tela.
Di un paso adelante, y volví a respirar. Estaba más cerca, y mi luz estaba apagada, por lo que él no debía saber que me estaba aproximando. Volví a dar otro paso, ya casi podía tocar la tela que nos separaba. Bien, se iba a enterar. No iba a doblegarme, iba a contarme todo lo que sabía o no podría salir de aquella habitación. Bien dicho. Otro paso más. Estaba frente a la cortina. Respiré hondo, apreté los puños, estaba preparada para su sarta de memeces y de comentarios irónicos e hirientes, sí, estaba dispuesta a hacerlo.
Corrí la cortina y lo busqué con la mirada.
- ¡Tú! – Grité con furia.
- ¿Se puede saber qué haces? – Preguntó Malfoy desprevenido, levantándose de donde se encontraba, agachado frente a un baúl lleno.
- ¿Se puede saber qué haces tú? – Dije poniendo mis brazos en jarras dispuesta para la pelea.
- Estaba más tranquilo cuando no te tenía por aquí alardeando. – Pronunció, alzando la voz y dándome la espalda, como si yo fuera una carga en todo su plan.
- ¡Eh! – Grité, ya con la paciencia a menos cinco. - ¡No te atrevas a ignorarme! Además, ¿se puede saber como has podido entrar?
- Por la puerta, Granger. – No se giró, y siguió a lo suyo. – Parece mentira que seas la favorita de McGonagall, aún se te escapan cosas bastante básicas.
- ¡Como si no lo hubiéramos probado antes! – Contesté manteniendo mi tono de voz. - ¿Quién te abrió la puerta?
- Nadie.
- ¿Cómo es posible? – Pregunté, bastante irritada.
- La puerta se abrió sin ninguna dificultad. – Aclaró el Slytherin, cerrando el baúl.
- ¿Sin más? – Volví a insistir.
- Tal vez era por tu presencia Granger. – Me contestó, participando en mi duelo visual por primera vez. – Tal vez la habitación te repudia tanto como yo.
- Eugene me contó las leyes de la sala y no creo que…
- Tú y el maldito profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. – Se llevó una mano a la sien, haciéndose el afectado. – No sé a quién odio más de los dos.
- No te confundas Malfoy, la palabra que has querido utilizar es envidia, no odio. – Le respondí, aun sin entender porque me había envuelto en aquella pelea si aún no había pronunciado la causa de mi irritación.
- ¡Ja! – Se aproximó a mí, alejándose de su habitación. - ¡Como si quisiera convertirme en un aburrido comelibros!
- Dudo que alguien como tu pudiera escribir una novela con sentido. – Repliqué, a punto de estallar en más gritos.
- Hasta un troll podría sacar diez líneas mejor escritas que ese idiota engreído con complejo de Romeo. – Contestó, dando otro paso más adelante.
- ¡Pura envidia! – Vociferé.
- A diferencia del ridículo de Eugene, a mi no me hace falta alardear para llamar la atención. – Dijo presumiendo una vez más.
- A diferencia de Eugene, tú eres un estúpido pedante. – Fruncí el entrecejo y apreté más mis manos en la cintura.
- Y tú una idiota ignorante que no sabe donde se mete. – Dijo salvando el último paso que quedaba entre los dos.
- ¿Se puede saber qué dices, estúpida sabandija? – Grité, soltando toda la furia contenida.
- Lo que escuchas, ridícula sabelotodo. – Pronunció entre dientes.
- ¡Aclárate de una vez y di las cosas como es debido! ¿O también vas a decirme que no lo sabes? – Le miré a los ojos, justo a punto de decir aquello que había venido a preguntarle. - ¿Vas a decirme que no sabes lo que acabas de mencionar? ¿Justo como dices que no entiendes como entraste? ¿Por cuánto tiempo más vas a fingir que no lo recuerdas? ¡Todo Hogwarts sabe que entramos juntos, y el único que sabe cómo eres tú!
Y si esperaba que aquellas palabras hicieran efecto, desde luego que lo hicieron. Malfoy no se quedó parado, mirándome tal cual lo miraba yo. Mi alteración era máxima, y hacia que mi respiración fuera todo lo irregular posible, como si hubiera estado corriendo hasta agotar mis energías, como si no pudiera sostener el aire en mis pulmones por mucho tiempo. Estaba alterada e indignada con su actitud. Sabía que Draco Malfoy me odiaba, pero desconocía hasta que punto. Había traspasado la línea de su paciencia una vez más, y Malfoy estaba dispuesto a hacerme recular. Me cogió de la muñeca y me obligó a mirarle a los ojos directamente, alzando mi antebrazo, apretándome con una fuerza desmesurada.
- Cuidado Granger,... – Susurró las palabras entre dientes. Su mandíbula se veía tensa, y todos sus músculos parecían contraídos en un esfuerzo por no estamparme contra la pared más próxima. - …no soy tu único enemigo en esta escuela.
Y diciendo esto, un fuerte tic-tac se adueñó de la sala. Miré una vez más a los ojos de mi oponente, y él me devolvió la misma expresión de duda. El sonido del reloj se hizo más fuerte y la presión física que Malfoy que ejercía fue aflojando, pese a que manteníamos la misma distancia. Como si nos hubiéramos dado cuenta a la vez, dirigimos una fugaz mirada a la puerta de mi habitación, dándonos cuenta que aquello provenía de la sala común.
Aún sintiendo la calidez que desprendía la mano de Malfoy en mi muñeca, la sala empezó a oscurecerse, y antes de que todo desapareciera, un destello dorado se reflejó en los ojos del Slytherin.
¡Hola a todos!
Son las dos de la mañana hora inglesa; 3 de la mañana hora española; y después de tanto tiempo no nos hemos podido resistir a actualizar de nuevo. Después de una de nuestras cortas charlas que digievolucionan a dos horas, hemos decidido que hacía mucho que no actualizamos y que no os podíamos tener con la espera con más tiempo, por lo que... ¡NUEVO CAPÍTULO DE ALEA AUREA!
Antes que nada queremos agradecer las palabras de cariño y los elogios a este fanfic. Nos hace mucha ilusión saber que os gusta y que tenéis ganas de saber que va a pasar. No hay cosa mejor para un escritor que leer que sus lectores tienen ganas de más. Gracias :)
Este capítulo viene cargado con nuevas cosas, nuevas emociones y un nuevo tic-tac se ha adueñado de la casa, ¿será lo mismo de la otra vez? Sólo hay que esperar una nueva actualización para descubrir el secreto de Alea Aurea. Sólo decir que otro de nuestros personajes favoritos es Luna, creo que el de mucho de los lectores de Harry Potter, y que en este capítulo hemos disfrutado mucho escribiendo como ella. ¡Es tan fácil descolar a Malfoy! Y ya veréis, más sorpresitas tiene la rubia para todos.
*Al habla Lili* Buenas a todos. Madre mía, aún recuerdo la última vez que actualizamos el fanfic y os dije que me iba a Manchester y, ¡ya han pasado 3 meses! ¡Aún no me lo creo! Las cosas van bien, el acento... es otro cantar jajaja. La gente de por aquí tiene unos acentos... que a veces creo que me piden una cosa y es otra cosa completamente diferente. ¡Mis non-senses! Jejeje. Por cierto, llevo un blog en el que cuento mis andanzas por aquí, si queréis podéis echarle un vistazo, tenéis el link en el perfil :) Y mañana me voy a Liverpool :D Tengo muchas, muchas ganas de ir. ¡Voy a la cuna de Los Beatles! Así que ya os comentaré que tal es todo por allí en la siguiente actualización.
*Un día después, Patri al habla* ¡Holaaaaa! Sentimos el retraso en esta actualización pero como sabéis, ha sido un poco difícil ponerse de acuerdo. Yo sigo en España, ahora, de vacaciones de verano. Más tiempo para fangirlear. En estos tres meses, me ha dado tiempo a volver a ver a Lidia en uno de nuestros conciertos. Regresó a España por que Mika venía a hacer un mini tour por aquí, gratuito. Mika, sí, ese muchacho de pelo rizado, melodías pegadizas y colores brillantes. Os lo recomiendo tanto como os recomiendo a los Beatles. Una dulzura de ser. Tuve la ocasión de entregarle un libro con todos los bocetos que hice de él, y que han acabado en mi tumblr. Me hizo tremenda ilusión. También rodé un anuncio para San Miguel contando con la presencia de él. A todas las españolas, lo habréis visto en televisión. Nuestras lectoras no españolas, es un anuncio de cerveza que cada año protagoniza un cantante diferente. En este anuncio pudimos participar alrededor de 500 personas, mayoría fans. ¡Y en mi ciudad! En cuanto a dibujar... no paro. Ilusionada por qué uno de mis doodles ha alcanzado los 500 reblogs en tumblr. Yuhuuuu.
¿Alguna fan de Doctor who? Hemos podido comprar pases para la Comic Con del 50 aniversario en Londres, y nos gustaría saber si alguna de vosotras tiene pensado ir. Hemos contactado con alguna que otra lectora a través de grupos de Dramione en facebook, y como nuestros gustos suelen ser muy parecidos, hemos pensado que quizás alguna sea también del fandom de Doctor who. ¿Alguien tiene pensado ir?
Alea Aurea moments: Hoy, en nuestra sección en la que os contamos un poquito de lo que pasa mientras escribirmos, viene la famosa, mítica y esperada frase que decimos, repetimos y volvemos a pronunciar tras leernos y releernos: "no es un poco pronto?". Sí, sí, así somos nosotras, que todo cueza a fuego lento, despacio, sin prisas... Pero a veces, nos pasamos. Y es que, esta frase, ha impedido muchas cosas, y a ayudado a surgir otras pocas más. En nuestros cuadernillos de notas, entre dibujos y tachones, esta frase esta señalada, varias veces, como detonante de cambios drásticos y puntos de inflexión que derivan a más giros en el argumento.
¡Muchos besitos, y nos os olvidéis de hacer mucho la croqueta!
