Tras varios minutos, Ludwig se acercó a ella con un pequeño filete de carne acompañado con lechuga y unas cuantas rodajas de tomate. Lo dejó sobre la mesa y se sentó frente a ella. La indígena lo miraba fijamente con deseo de comérselo, pero no se fiaba del todo. Miró a Ludwig aún temerosa y éste le sonrió levemente.
-Adelante, pruébalo. Debes tener hambre. Además, estás muy delgada.- le acercó un vaso con agua.
Agarró el vaso con sus temblorosas manos y bebió un poco. Al apreciar que el agua era pura y natural, cogió con las manos el pedazo de carne tras dejar de nuevo el vaso sobre la mesa.
-No, no.- replicó el rubio cogiendo un cuchillo y tenedor. –Esto lo partes y lo coges con el tenedor.- partió un pequeño trozo y se lo ofreció.
Estiró su manita hasta él y lo tomó quitándolo de las férreas varas afiladas del cubierto. Tras mirarlo detenidamente por un rato, se lo llevó a la boca masticándolo lentamente. De nuevo, al ver que no había peligro, cogió de nuevo el trozo de carne con sus manos y empezó a comérselo a mordiscos.
Rió levemente. –Me suponía que no sabías comer con cubiertos.- los apartó.
Comiendo con ansias, la chiquitina acabó, o más bien se devoró su comida tras unos minutos, relamiendo incluso el plato con la lengua. –Gr-Gracias…- dijo en voz extremadamente baja una vez que había concluido.
Se sorprendió. -¿Y eso? ¿Sabes hablar? ¿Por qué no me dijiste nada cuando nos encontramos?-
Negó con la cabeza. –Hablar poco. Miedo…- se refugió del frío en la manta.
-Me lo imaginaba… ¿Y ahora? ¿Tienes miedo?-
Le hizo un gesto con las manos indicando una pequeña cantidad. –Otro hombre… más miedo…-
-¿Arthur? Ya, me lo imaginaba con ese trato que te ha dado… - suspiró. -¿Estás sola? ¿Vives con alguien más aquí?-
Negó con la cabeza. –Sólo mamá… mucho enferma…- su rostro se tornó en tristeza y permaneció cabizbaja.
-¿Qué le pasa?- le miraba con cierta curiosidad apoyando sus brazos cruzados en la mesa.
La pequeña alzó el rostro, tomó aire, le miró y volvió a agachar la cabeza. –Hombres blancos… venir en paz. Ellos enseñar idioma y muchas cosas, armas. Nosotros no saber defendernos apenas y creerles, así que no sospechar nada, pero…- hubo un pequeño silencio. –Un día, robar ofrendas a Dioses. Hombres intentar detenerles, pero ellos más poderosos y asesinar a la mayoría… sólo papá y alguno sobrevivir, pero mucho heridos y morir en días… sólo mamá y yo sobrevivir hoy…-
La escuchaba atentamente mientras la miraba. -Las ofrendas eran piedras preciosas y oro, como lo que tenemos aquí, ¿no?-
Asintió mientras alzaba de nuevo la cabeza y le miraba con algunas lágrimas en los ojos.
-¿Y tú? ¿Qué hay de tu familia? ¿Erais como los jefes de la tribu o algo?-
-Papá era muy buen amigo del jefe, así que tener comodidades… pero no poder contra el hombre blanco…-
-Dijiste que tu madre estaba enferma, ¿qué le pasa?-
-Algo del hombre blanco atravesarle e intentar sacar, pero entonces quedar mal… ahora no poder andar…-
-Quizá una bala le dio en la columna y se quedó paralítica…- dijo en voz baja. –Entonces eres tú la que la cuida sola a ella y os mantiene a las dos, ¿no?-
-Sí…- hacía pucheros.
-¿Cuándo pasó esto? ¿Hace mucho? ¿Unos días?-
-No sé… un año…-
-Siento mucho todo eso.- se acercó a ella. –Pero ni mi amigo ni yo tenemos la intención de haceros daño. Sólo buscamos tesoros, y el problema es que lo que vosotros usáis como ofrendas en nuestro mundo es dinero y tiene mucho valor.-
-¿Dinero?- se frotaba los ojos.
Asintió. –Sirve para obtener comida y demás…-
-¿Dar de ofrenda a los Dioses? Nosotros hacer eso antes para cazar y cosechas.-
Rió levemente. –No. Lo intercambiamos entre nosotros por cosas como comida y ropa.-
Se quedó pensativa y asintió.
Tras un silencio, el alemán volvió a hablar. -¿Quieres que hagamos una cosa?-
Le miró extrañada. -¿Qué?-
-Podemos hacer un intercambio. Yo hablo con mi amigo para curar a tu mamá si tú nos das las ofrendas.-
Asintió varias veces con la cabeza. –Poder llevar todo, pero hacer caminar a mamá.-
-Bueno, eso es cuestionable. A ver, lo que tendríamos que hacer es llevaros a ti y a ella a la ciudad, y allí iríamos a un hospital y la curarían, pero haría falta más dinero. Tampoco podría andar, pero se podría desplazar y viviríais mejor.-
-Pero… yo no quiero ir con el hombre blanco… ni de aquí…-
-Te entiendo. Es una oferta, puedes aceptarla o negarla. No es obligatoria, pero si quieres aceptarla, tendremos que hacer el cambio que te he dicho.- le clavaba sus cristalinas orbes que tenía por ojos.
Asintió con la cabeza. –Hablar con mamá, pero… seguro no…-
-Bueno, no importa, sólo díselo. Ten en cuenta el hecho de que podríais vivir mejor.-
-Saber pero…- se levantó y se quitó la manta dándosela.
-Oh, no hace falta. Puedes quedártela. Además, esta noche hace un poco de frío, te vendrá bien.- se dibujó una pequeña sonrisa en su rostro mientras se levantaba también.
Asintió saliendo de la cocina hacia el pasillo.
-Un momento.- interrumpió Ludwig cargando una pequeña cesta. –Toma, he metido comida y… algo de ofrendas.- dijo en voz baja mientras se la ofrecía.
-Gracias…- dijo la pequeña cogiéndola ruborizada y agradecida por la amabilidad con la que la trataba.
-No hay de qué. Puedes volver siempre que quieras, no te preocupes por Arthur.-
-Pero… bueno, lo pensaré.- miraba el interior de la cesta. –Gracias.-
Tras esto, la acompañó a la salida y ella, sin nada más que decir, volvió a la oscura y tenebrosa selva. Parecía increíble cómo no podía darle miedo tanta oscuridad a una niña pequeña que encima estaba desprotegida del frío e iba descalza a todos sitios.
