Capítulo 10: Cuando se ponga el Sol

La noche había pasado muy lentamente, al menos así se lo había parecido a Sadiq y a Yekaterina. Ambos estaban en sus respectivas habitaciones, pensando el uno en el otro, en lo que podía haber pasado esa noche pero que no pasó.

El turco se preguntaba una y otra vez qué era lo que estaba haciendo mal, le estaba demostrando a Yekaterina que de verdad era alguien importante para él, al menos creía que se lo estaba demostrando.

Por la cabeza de la rubia rondaban varias dudas, se preguntaba qué pasaría si de verdad se enamoraba del chico. ¿Acaso aquello sería tan malo? ¿Acaso era un pecado amar? Quizás si hubiera sido una chica corriente no hubiera pasado nada, el problema era que no lo era. Representaba una nación y temía que por entregarse a él también le estuviera entregando sus territorios. Eso no podía suceder, había luchado demasiado por tener un poco de libertad y su pueblo jamás aceptaría la unión. No quería causar una guerra en su país, sin embargo era tan difícil no caer en los encantos de Sadiq…

Así estaba la pobre Yekaterina, confusa y sin saber qué hacer. Decidió que lo mejor sería darse tiempo para aclararse, tampoco podía hacer otra cosa.

Unas horas después amaneció, Sadiq ya estaba levantado y preparando el desayuno para la rubia, como siempre. Llamó a su puerta un par de veces y luego entró. Encontró a la chica sentada en su cama cepillándose el pelo con esmero. La larga trenza que llevaba por aquella época estaba deshecha y dejaba su cabello de oro relucir bajo la luz matinal. Sadiq dejó el desayuno en el suelo y fue a ayudarla a desenredar su pelo, le encantaba el pelo de la chica, de verdad que parecían hebras de oro, era muy raro en su país.

_ Sí que lo tienes enredado, sí. _Comentó el turco mientras cepillaba la melena de la rubia.

_ Algún día lo cortaré, puede llegar a ser un verdadero incordio.

_ Puedes hacer lo que quieras con tu pelo, seguirás estando igual de hermosa.

Yekaterina se quedó callada ante aquel halago, sin embargo su corazón no pudo callar y latió un poco más fuerte en su pecho.

_ ¿Has dormido bien? _Preguntó el chico ante el silencio de la ucraniana.

_ Mmm… Sí, he dormido bien. _Mintió Yekaterina, no había dormido nada. _ ¿Y tú?

_Bueno…. _Dijo el turco terminando de cepillarla el pelo. _Te eché de menos anoche.

_ Y-ya te dije que no puedo… _ Dijo ella en un susurro apenas audible. Decidió dejar el tema a un lado y sonrió un poco, cogió algunos dátiles que Sadiq le había traído para desayunar y los comió. _ Hoy iremos al mar con los caballos, ¿no?

_ Sí, conozco un lugar perfecto. El agua está perfecta y la playa es muy limpia, podremos tomar el Sol tranquilamente.

_ Bueno, yo eso de tomar el Sol… No lo veo muy conveniente. Soy muy pálida y me pondré tan roja como los cangrejos.

_ No hay problema, te daré un aceite y así no te quemarás.

Yekaterina asintió y siguió desayunando. Miró al chico un momento, se notaba que estaba un poco triste por lo de la noche anterior. Ella intentaba actuar como si no hubiera pasado nada, pero estaba claro que él no quería dejar las cosas así. Él quería preguntar a la chica qué era lo que estaba haciendo mal. Quería saber cómo cortejarla correctamente.

La ucraniana interrumpió los pensamientos de Sadiq acercándole el plato con los dátiles.

_ Coge, esto es mucho para mí. _Aquello era mentira, la rubia tenía un gran estómago, podía comer todo eso y más.

_ No tengo hambre. Estos últimos días me encuentro cansado y no tengo ganas de comer. No sé por qué.

_ ¿Cómo que no tienes hambre? Tienes que comer algo… ¡Por eso mismo estás cansado! Porque no comes anda. Venga, solo un poco.

_ Yekaterina, no eres mi madre, yo haré lo que quiera. _Dijo haciendo un mohín.

_ Ya sé que no lo soy, pero quiero que estés animado. ¡Hoy pasaremos el día en la playa y hay que estar con fuerzas y con ánimos! _Exclamó la rubia intentando contagiarle su entusiasmo.

El turco acabó por reír un poco ante la efusividad de la chica. Al final acabó desayunando con ella, solo un poco, pero desayunó.

Cuando acabaron la ucraniana se levantó del suelo y colocó sus manos en las caderas, ciertamente estaba un poco impaciente por ir a montar.

_ ¿Ya? Pues entonces vamos, me gustaría montar ya en los caballos.

_ Tranquila, tranquila. Ni los caballos ni la playa se moverán de su sitio. _Comentó el turco levantándose del suelo también.

_ Perdón. _Se disculpó la rubia sonriendo un poco nerviosa, a veces se emocionaba demasiado con algunas cosas.

Sadiq la sonrió dando a entender que no pasaba nada, cogió unas toallas y el aceite y la llevó hasta los establos. Allí cogieron dos caballos, ambos eran de color marrón y de largas crines. Muy esbeltos.

Sin esperar más comenzaron a cabalgar hacia la playa. Aquel día el calor era casi inaguantable, el Sol brillaba en el cielo plenamente, no había ni una sola nube que le tapara. Afortunadamente de vez en cuando una suave brisa soplaba y los refrescaba un poco.

Sadiq iba guiando a la chica por el territorio turco, no hablaban, todo era silencio. Sin embargo, este no era un silencio incómodo, más bien todo lo contrario. Yekaterina quedaba impresionada por los bonitos paisajes del Imperio, pensaba que una belleza así solo podía disfrutarse en silencio.

Unos minutos después llegaron a la playa, se podía oír el griterío de algunos niños que jugaban en la arena, las carcajadas de los hombres que echaban carreras en el mar, y las voces de las mujeres que mandaban a sus hijos que se portaran bien y que no se alejaran demasiado de ellas.

Pero Sadiq no se detuvo allí, siguió cabalgando un poco más allá.

_ ¿No íbamos a la playa? _Preguntó la rubia un poco confusa, creía que ya habían llegado a su destino.

_ Aquí hay mucha gente, te voy a llevar a una pequeña cala que suele estar vacía. El agua suele estar revuelta por esa zona, por eso la gente suele evitar ese lugar.

Yekaterina asintió y ordenó a su caballo andar para así seguir al chico. Unos minutos después llegaron a una cala custodiada por varias palmeras y otras plantas de hojas grandes y verdes. Parecía estar escondida, aquel lugar era como un pequeño paraíso en la Tierra. La arena era blanca y muy fina, aunque si se escarbaba un poco en ella se podían encontrar algunas pequeñas conchas. El agua era limpia y muy clara, estaba algo revuelta, sí, pero era preciosa e incitaba a bañarse de todas formas.

Llevaron los caballos hasta la orilla y trotaron un poco sobre el agua.

_ Esto es precioso, Sadiq. Es algo inexplicable que no haya nadie.

_ Mi gente gusta de bañarse y de jugar en la arena, eso aquí no se puede hacer. Por eso no vienen.

_ Pues qué paisaje se pierden… Podría quedarme aquí durante días enteros.

_ Conviértete en mi Reina y te traeré todos los días.

Ofreció el chico con una sonrisa en el rostro. En parte era broma y en parte no. Broma porque su tono al decir esto había sido ese, pero en parte había dejado caer esa oferta por si la chica decía que sí. ¿Quién sabía si podía haber cambiado de opinión?

Yekaterina le miró elevando una ceja. Aquello podría considerarse como… una proposición formal. En su tierra aquello sería como una proposición matrimonial. Unos segundos después rió de sus propios pensamientos y decidió ignorar lo que había dicho Sadiq.

La rubia se inclinó un poco hacia un lado en el caballo y, solo agarrándose con las piernas a éste, estiró su brazo y rozó el agua con sus dedos. El caballo aún trotaba y parecía que la iba a tirar de un momento a otro, así que, al ver esto, el turco se asustó un poco.

_ ¡Yekaterina! ¿Qué haces? ¡Te vas a caer!

_ ¿Qué? _Preguntó riendo un poco la chica. _Claro que no me voy a caer, lo tengo todo controlado.

_ No lo creo, siéntate bien en el caballo, anda.

La rubia no se sentó sobre el caballo, se arrodilló sobre éste como si aquello fuera la cosa más normal del mundo, el chico se asustaba cada vez más por momentos, estaba seguro de que la tiraría.

_ Sadiq, relaja esa expresión. Mi pueblo hace este tipo de "trucos" desde hace siglos. No me voy a caer, el caballo no dejará que me caiga. _Explicó la ucraniana mientras sonreía y acariciaba un poco al animal. Sin embargo el turco no se lo creía mucho, así que continuó su explicación. _Mira, desde siempre mi gente tiene una conexión especial con estos animales, se podría decir que podemos comunicarnos con ellos incluso. Ahora mismo yo le transmito una energía determinada al animal, le transmito mi confianza y eso le tranquiliza, así que no me dejará caer. En cambio tú… Ahora mismo tu caballo está aterrado porque tú lo estás.

_… ¿En serio puedes hacer eso? Mis caballos no te conocen, me resulta casi imposible que, por ejemplo, les des una orden y te hagan caso.

Yekaterina le miró de forma traviesa, como si estuviera tramando algo. Entonces, silbó y movió su brazo hacia arriba mientras miraba el caballo del turco. El animal relinchó y se elevó durante unos segundos poniéndose a dos patas, las traseras. Este movimiento hizo que el turco cayera en la orilla, mojándose un poco con el agua.

La ucraniana detuvo su caballo y le miró con aires de victoria. Sadiq simplemente se quedó allí tumbado en la arena dejando que el agua lo empapara por completo. Estaba muy impresionado por las habilidades de la chica, pero también se sentía un poco avergonzado, había herido su "orgullo masculino" al mostrarle que no tenía razón.

_ ¿Y bien? ¿Sigues pensando que es imposible que tus caballos me hagan caso?

_ Está bien, está bien, tú ganas… por esta vez. _Ahora era él el que sonreía de manera traviesa, ya tenía pensada su pequeña venganza contra la chica.

_ ¿Por esta vez?

Antes de que la chica pudiera decir algo más, el turco se levantó de la arena y le dio un pequeño golpe a su caballo, solo fue un toque de atención, nada grave. Este gesto hizo que el caballo de Yekaterina se elevara de la misma manera en la que el otro caballo lo había hecho antes y consiguió tirarla al suelo también.

_ ¡S-Sadiq!

_ ¿Qué? A mí también me pueden hacer caso, son mis caballos después de todo~ _Dijo el chico riendo al ver la expresión de enfado de la ucraniana.

_ Eres un muy mal perdedor. _Dijo la chica mientras se levantaba del suelo y se sacudía un poco la arena de su ahora ropa mojada.

_ No lo sabes tú bien.

En un rápido movimiento, el turco cogió a la chica como aquel que coge un saco de patatas y se metió en el mar a toda prisa, hasta llegar a una zona donde el agua cubría hasta más o menos la cintura. Yekaterina, por más que pataleaba y pedía que la soltara en realidad se lo estaba pasando bien, entre aquellas "súplicas" para que la dejara en el suelo se colaban risas que delataban que se estaba divirtiendo. Sadiq también lo estaba haciendo, su pequeña venganza era más bien un juego travieso. Una vez que el agua les cubrió por la cintura dejó caer a la chica haciendo que se mojara entera.

_ ¡Eso es juego sucio! _Dijo riendo la rubia mientras le salpicaba un poco.

_ No es juego sucio, es una pequeña venganza, princesa. _Dijo devolviéndola la salpicada.

Siguieron jugando un rato más en el agua hasta que de pronto Sadiq se detuvo bruscamente y se fijó en el cuerpo de la chica, más bien su mirada se centraba en el pecho de la rubia. La ropa de Yekaterina era de colores bastante claros aquel día, oscilaban entre blancos y azules, así que con el contacto del agua ésta se había pegado demasiado a su cuerpo y se transparentaba en gran parte.

Yekaterina se dio cuenta del repentino cambió de actitud que había tenido el turco y notó que la estaba mirando demasiado, así que se miró a sí misma un momento. Al descubrir qué pasaba su cara enrojeció fuertemente y se cubrió el pecho con las manos.

_ ¡T-tú sabías que esto pasaría! ¿Por qué no me avisaste? _Preguntó la rubia aún totalmente ruborizada.

_ No sabía que esto fuera a pasar, pero me alegro de que lo haya hecho, tienes un cuerpo muy bonito, princesa. _Dijo el turco con una sonrisa burlona en el rostro mientras se acercaba a ella poco a poco. Era un hombre después de todo, era débil ante estas cosas.

_ ¡N-no me mires así, m-me da vergüenza!

_ ¿Por qué? ¡Si eres preciosa!

Yekaterina no respondió ante sus halagos, éstos la hacían sonrojar aún más si eso era posible, claro. Simplemente se apartó de él y salió del agua. Se sentó sobre la arena y se abrazó a sí misma esperando que el Sol secara su ropa rápidamente. Sadiq hizo rodar los ojos y salió del agua con ella. No había manera de conquistar a la chica. Con toda la tranquilidad del mundo, el chico comenzó a desvestirse por completo. Yekaterina pasó de taparse el pecho a taparse los ojos. Estaba a punto de desmayarse, había visto demasiado del cuerpo del chico y ahora mismo estaba que echaba humo por las orejas. Sadiq, que no tenía vergüenza de estar así, la tocó un hombro para saber qué la ocurría.

_ ¿Yekaterina? ¿Qué te pasa?

_ ¿C-c-cómo que qué me pasa? ¡V-vístete! _Dijo poniéndose algo nerviosa.

_ ¿Por qué? Así se está bien. Además, necesito que la ropa se seque, esta es la manera más rápida.

_ ¿No tienes vergüenza de estar… b-bueno, de estar así?

_ ¿Vergüenza? ¡Esto es lo más natural que hay en el mundo! Es más, tú deberías hacer lo mismo que yo.

_ ¡N-no! _Exclamó la chica sorprendiéndose por sus palabras, para ella el mostrar la desnudez delante de un hombre así sin más era propio de una ramera. _P-ponte algo encima, por favor.

Sadiq hizo rodar los ojos de nuevo sin entender muy bien porqué la chica se ponía así y se colocó una toalla sobre la cintura. Tras esto destapó los ojos a la chica, comprobando que su sonrojo se hacía patente aún sobre sus mejillas. Yekaterina le miró sintiéndose algo avergonzada aún, pero al ver que se había cubierto un poco se quedó más tranquila.

_ ¿Mejor así? _Preguntó el turco sentándose a su lado.

_ S-sí, mejor.

_ No sé por qué te alarmas tanto, Yekaterina. Si me vas a ver desnudo de todas maneras.

_ ¿Q-qué? ¿Por qué iba a pasar eso? ¡E-eso no pasará! _Exclamó la chica mirándole con cierta incredulidad.

_ Porque cuando te convierta en mi Reina y seas mi amante por excelencia… te entregarás a mí y yo a ti. Es natural.

_ ¿Cómo puedes hablar de estas cosas tan… tan… tranquilo?

_ Porque es algo que todos los seres hacen, porque el sexo es placer y no tiene nada de malo.

Yekaterina apartó la mirada, aquello era surrealista, al menos para ella. En su cultura el sexo era algo muy íntimo y no se hablaba de ello así como así. Los encuentros que había tenido con Polonia habían sido en contadas ocasiones y no era algo de lo que luego hablaran. Sin embargo, en la cultura del chico, parecía que aquello era normal, estaba bien hablar de esas cosas tan a la ligera.

Sadiq se dio cuenta de la incomodidad de la chica ante este asunto, pero él creía firmemente que si le daba vergüenza hablar de ello era porque no lo había disfrutado como era debido. Se acercó a ella un poco y le acarició el pelo, Yekaterina dio un pequeño respingo ante ese contacto.

_ Yekaterina… ¿Por qué no te dejas querer como mujer?

_ P-porque no está bien, no está nada bien.

_ Claro que está bien. ¿Qué tiene de malo disfrutar del amor de tu amante?

_ Pues eso mismo. Que es un amante y no un esposo. Eso no es amor de verdad.

_ Aunque te llame mi "amante" y no mi "esposa"… ¿Por qué no podría amarte de verdad?

La rubia se giró para mirarle estando muy sorprendida por sus palabras. ¿La amaba de verdad? Hablar de amor era algo que iba más allá de cualquier cosa. Era algo muy serio. Sadiq se tumbó en la arena pareciendo que no le daba importancia a aquello que acaba de decir, sin embargo, en su interior, su corazón temblaba. Temblaba del miedo ante el rechazo de la chica.

Yekaterina se inclinó un poco sobre él y me miró a los ojos.

_ Si de verdad me amas… cortéjame como es debido.

_ ¿Te crees que no lo he intentado ya?

_ P-pero no lo has hecho bien. Me has intentado cortejar como a las chicas de aquí, pero resulta que… no soy de aquí. _Ante estas palabras el turco suspiró levemente, se sentó y la miró a los ojos.

_ ¿Cómo he de cortejarte si no es con besos y caricias?

_ Pues… puedes probar con palabras. Como hacen los poetas. _Dijo la ucraniana sonriendo. Su corazón estaba latiendo deprisa desde hacía ya un rato, que el chico estuviera intentando gustarla era algo que la emocionaba de sobremanera. _Dime algo bonito.

Sadiq la miró a los ojos por unos segundos pensando algo verdaderamente bonito. De pronto, en su mirada, volvió a ver ese brillo que le había enamorado en un principio. Ahora ese brillo era más intenso que nunca. Sonrió un poco y se acercó a sus labios, mas no la besó.

_ Eres más hermosa que la tranquilidad del desierto…

En cuanto dijo estas palabras, la ucraniana se inclinó un poco hacia él y le besó suavemente, solo duró un segundo, pero en aquel pequeño beso se pudo palpar toda la ternura y la emoción de aquel momento. Sadiq sonrió para sí mismo y decidió continuar recitando aquellas palabras. Le salían solas, miraba a la ucraniana y parecía que su corazón hablara por él, no tenía que pensar nada, simplemente hablaba.

_ La claridad de tu mirada es tan hermosa que hace parecer turbia el agua de este pequeño paraíso.

Una pequeña sonrisa se dibujó en el rostro de la joven, aquellas palabras eran bellísimas, en ese momento nada más existía para ella que el sonido de esas palabras recitándose. No existía nada más que Sadiq regalándole aquella mirada de amor absoluto. Estaban solos en aquel paraíso, no existía nada más.

_ El precioso sonido de los latidos de tu corazón no se pueden comparar ni con la melodía más bella del mundo.

Esa frase fue la que culminó aquel proceso de cortejo. Sadiq besó a la chica y la empujó suavemente instándola a tumbarse sobre la arena. Él se posicionó sobre ella y detuvo su beso unos instantes.

_ Yekaterina… Sé mi Reina.

La ucraniana no dijo nada, simplemente le abrazó con fuerza y le besó con pasión. Ahí había acabado todo para ella. Se dejó vencer por sus deseos como mujer. Dejó de pensar como nación, apartó sus principios por un momento, no pensó en su gente y cedió ante los deseos de su corazón. Quería estar con él, quería amarle, quería ser suya aunque solo fuera por aquel día. Quería sentirse libre de hacer lo que quería. Y lo hizo.

Solos, en aquel pequeño paraíso, consumaron su amor. Él pudo amarla como mujer y ella se dejó amar. Ambos, envueltos caricias, en besos, en suaves gemidos y en palabras de amor, envueltos en el más absoluto de los placeres dejaron pasar el día…

El Sol murió con la puesta de Sol y dio paso a la Luna, la cual los bañó con su brillo blanquecino. Los dos amantes estaban abrazados y con los ojos cerrados, no hablaban, solo escuchaban sus agitadas respiraciones intentando recuperar el aire. Intentando recuperarse de aquella desmedida pasión que habían consumado…

Yekaterina fue la primera en abrir los ojos, miró cómo la Luna los empapaba con su tranquilidad. Sin embargo, a ella no le transmitía para nada esta sensación. Quería saber qué pasaría ahora. Se había entregado a él, eso significaba que le había cedido su territorio, al menos así debía ser…