No es que me queje, yo soy 0 quejas (?) Pero podrían dejar más comentarios si quieren subir mi autoestima... ;^; por favor? o vino, aunque sea, para ahogar mis penas (?) ¡Muchas Gracias! xD

Advertencias: Heridas físicas y emocionales también~


Luego de ir por el Ejército Real, que se encontraba en Blois, habían perseguido a los ingleses hacia la fortaleza de las Tourelles. Caballería, infantería y arquería, siendo entre todos un conjunto de 6.000 hombres, decididos y confiados en la victoria gracias a una muchacha que no pasaba los 18 años.

Jeanne, montana en su caballo, avanzando firme, se volteó hacia su nación maltrecha. Desde que lo había visto siendo maltratado por aquel otro niño inglés no le había quitado los ojos de encima, preocupada. Esto Francia lo sabía, pero prefería ignorarlo a tener que dar explicaciones que seguramente ella no entendería.

–Esa es la Tourelle -señaló el Bâtard una vez que se encontraron frente a la fortaleza. El rubio pudo sentir un nudo en su estómago, tenía un mal presentimiento.

Jeanne se veía extrañamente nerviosa, y eso no lo tranquilizaba en lo más mínimo. La vio retroceder con su caballo, siguiéndola hacia donde fuera que ella se dirigiese...

No se sorprendió cuando la encontró hablando con los sacerdotes que los acompañaban.

–Padres, por favor, bendigan al ejército -imploró, sosteniendo con fuerza su bandera con la flor de lis-. Bendigan a Francia, por favor... -los Padres asintieron, dispersándose, dispuestos a cumplir las ordenes de la Doncella. Francia se acercó lentamente con su caballo detrás de ella.

–¿Jeanne? -la chica se volteó asustada, encarando al niño de ojos tan azules como el cielo-. Jeanne, tranquilizate... todo va a estar bien, estaremos bien -le sonrió débilmente, buscando reconfortarla. La vio apretar los labios y asentir.

–Si... si, vamos a estar bien, saldremos victoriosos... ¿Me acompañas? -preguntó sorpresivamente, tirando de las riendas de su caballo. Francia la vio curioso.

–¿A dónde?

–Iré a hablar con Clasdas -informó, segura pero tensa a la vez.

...

Desde la fortificación inglesa, el niño rubio de ojos verdes observaba el ejército inglés junto a otros de sus soldados y capitanes. Su mueca de desagrado era obvia. Los franceses eran demasiados. No más que ellos, y seguramente tampoco serían más fuertes, pero eso no significaba que no serían una molestia.

–No puedo creer que esa bruja haya llegado hasta aquí -masculló-. La quiero muerta.

–La mataremos, señor -aseguró Clasdas, que se encontraba entre aquél grupo de caballeros-. Mataremos a la bruja, y veremos entonces de lado de quién está Dios...

...

Mientras ellos hablaban, dos caballos se acercaban. Un corcel negro y otro blanco, el primero montado por la representación de Francia, el segundo por Jeanne. Él se veía desconcertado, ella decidida y temerosa a la vez, a punto de llorar.

–¡Clasdas! -gritó, buscando ser oída, y cuando vio a los hombres voltearse hacia ella, prosiguió-. ¡Clasdas, me llamaste ramera! -Francia cerró sus ojos, deseando, en el momento que oyó a Inglaterra reír, que la joven no hubiese dicho aquello-. ¡Me llamaste ramera, y me compadezco de tu alma y la de tus hombres! ¡Por favor, ríndete! ¡Ríndete ante el Rey de los Cielos y regresa a tu isla, tú y tus hombres!

La risa inglesa fue aún más fuerte, y realmente Francia deseó ordenarle que se calle y volver con sus hombres.

–¡¿Y tú por qué no te vuelves a tu porqueriza?!-respondió el jefe militar inglés de Orléans, haciendo reír a varios de sus soldados.

Jeanne miró a Francia.

–Jamás entenderé el sentido del humor inglés -susurró, dando media vuelta con su caballo, dispuesta a volver con los suyos, con gesto preocupado ante la negativa. El rubio de melena se encogió de hombros.

–No te preocupes por eso, siempre fue un humor inentendible y est-

–No insultes frente a mi -interrumpió ella, haciendo sonrojar al más antiguo.

–Lo lamento... Aún así, soy mucho más limpio que una porqueriza -masculló por lo bajo, haciendo reír un poco a Jeanne. En esos momentos, Francia no estaba precisamente "limpio", teniendo en cuenta las anteriores guerras, y el que apenas tuviesen agua para beber...

Pararon ambos frente a las tropas, viéndose entre ellos durante un momento. Francia podía ver algo de duda en los ojos de ella, como si no estuviese segura de qué decir. Él hizo un leve asentimiento de cabeza, instándola a darle ánimos a su ejército.

–...Sé... sé que siempre les digo lo mismo, sé que esta mañana me oyeron decirlo bastante -rió ella, algo avergonzada, pero sin bajar la mirada-. Pero... No debemos temer ante ellos. No debemos temer ni su número, ni su fuerza. Dios nos ha dado una victoria esta mañana... Y no será la última, aún tiene muchas victorias más que darnos -alzó la voz-. ¡Pero para ello debemos confiar y tener fe! ¡Debemos expulsar a los ingleses de tierras que no le pertenecen! ¡Debemos proteger a nuestra nación de sus sucias manos! Les doy mi palabra... que antes de que el sol se ponga, habremos salido victoriosos en esta batalla...

La nación la veía con ternura a ella y al resto de sus soldados, quienes se notaban esperanzados. Veían a Jeanne como si ella fuera verdaderamente un ángel, una santa. Una hermosa mujer, enviada por Dios para guiarlos hacia la victoria...

El Bâtard dio un paso al frente, alzando su espada.

–¡Por Francia! -gritó, siendo coreado por el resto del ejército. La chica sonrió, con los ojos empañados, levantando su bandera.

–¡Por Francia! -repitió, y los gritos se hicieron aún más fuertes.

Entonces, las tropas comenzaron a avanzar, veloces y valientes, con sus enormes escaleras listas para trepar los muros. Vio a Jeanne bajarse de su caballo, animando a los arqueros y caballeros a seguir adelante y no retroceder.

Francia vio, sobre su caballo, cómo los ingleses arrojaban enormes rocas con sus lanzapiedras, sintiendo cada golpe como uno propio, viendo morir a sus soldados.

Veía también las escaleras caer, aún con soldados colgados de ellas.

Vio a Jeanne avanzar cada vez más, con su estandarte en mano, igual de nerviosa que antes. Podía oír sus gritos aún estando a cierta distancia: "No retrocedan, ¡avancen, avancen! ¡Sigan!"

La vio subir a una de las escaleras.

–¿Qué hace? -murmuró con miedo, avanzando sobre su caballo unos pocos pasos-. La matarán...

La vio mirar hacia abajo, aún dando ordenes. Oyó a varios soldados gritar su nombre. Vio al arquero apuntándole con su flecha... y luego la vio soltar su bandera y caer.

–¡Jeanne! -gritó, azotando con fuerza a causa del nerviosismo al caballo, avanzando rápido entre sus hombres, viendo cómo ella era cargada por varios hombres.

–¡ACABAN DE MATAR A LA MALDITA BRUJA! -oyó decir a Inglaterra, burlón, y las lágrimas se agolparon en sus ojos. No, no, ella no podía estar muerta, Dios no podía abandonarla, ella era una enviada de él... ¿no?

Jeanne había sido enviada por Dios... ¿cierto?

Pues, en esos momentos, a Francia no le importaba mucho realmente. Sea o no enviada de Dios, la niña era parte de él, parte de su pueblo, y era eso: una niña. Bajó de su caballo, siguiendo a sus hombres hasta el interior del campamento.

-¡Traigan a un médico! -gritó uno de ellos, recostándola sobre un tablón-. Demonios, demonios, no sobrevivirá mucho tiempo con eso clavado ahí... Está muy profundo... se desangraría si se la sacamos...

–No puede ser... -murmuró otro-. Debe.. Debe haber algo que podamos hacer, ella no puede morir...

–Si, reza -contestó uno con sorna.

–...Háganlo -dijo débilmente Francia, y todos los presentes, salvo Jeanne, se voltearon a verlo, sorprendidos.

–Francia... Francia, usted debería estar en el campo de batalla... -el arquero más cercano a ella se acercó hacia él.

–¡Háganlo! -repitió, retrocediendo un paso y gritando-. ¡Recen! ¡Recen por ella! ¡¿Qué esperan?!

–¡Hay una guerra donde más de tus hombres están muriendo! -gruñó Jean-. ¿Y te preocupas sólo por ella? ¡Vuelve a la batalla!

Él lo miró, mas no respondió, sólo repitió, con apenas un hilo de voz.

–S'il vous plaît... recen por ella...

Uno de los hombres, aquel que preguntó qué hacer, bajó la mirada y juntó sus manos, murmurando palabras que los demás apenas llegaban a entender...

Y entonces ella abrió los ojos, sorprendiendo enormemente, y alegrándolos también.

–Fr-Francia... -jadeó, llorando, viendo a los hombres a su alrededor-. Que... ¿Qué ocurrió?

–Te hirieron -susurró quien pidió al médico, acariciando su mejilla con ternura, viéndola llorar aún más-. Tranquila, tranquila, el médico ya viene...

–¿Por... por qué no están luchando? ¿Por qué están aquí? -sus ojos se dirigieron directamente hacia los ojos azules, frunciendo el ceño un poco-. ¿Por qué tú no estás con tus soldados?

–Debemos esperar a que llegue el médico -contestó el arquero, tomando una de sus manos-. Debes estar tranquila.

–Esto... esto no es nada... En serio... -sollozó, temblando-. Tengo que volver a la batalla... -dijo, intentando ponerse de pie, siendo detenida inmediatamente.

–Jeanne, ¿qué haces? -la regañó el Bâtard-. ¡Debes descansar, la flecha está demasiado enterrada! ¡Morirás!

Ella se dejó caer. Se veía tan débil en la proximidad de la muerte, como una niña pequeña... Y eso era. Una niña pequeña rodeada de hombres que se adentraron a una guerra... Una simple y frágil niña.

Francia vio, con terror, como llevó una mano hacia la flecha, tomándola entre sus manos y arrancándola. Tuvo que cubrir sus ojos cuando vio la sangre emanar de la herida y oyó las quejas de los hombres a su alrededor. Casi no había notado la presencia de más soldados en la habitación, buscando ver aquella escena.

–Bien... esto ya no molestará más... -susurró con poco aliento-. Dejenme... Dejenme ir a pelear...

–Jeanne, estás herida -repitió uno de los soldados, cansado de la terquedad de la joven-. No podemos dejarte ir, serías un obstáculo...

–Entonces vayan ustedes -pidió, tomando a su arquero del brazo-. No abandonen la pelea, por favor, vayan... Prometanme que no abandonarán la pelea.. -recorrió con su mirada a todos ellos, posándose en Francia, que había descubierto sus ojos para entrelazar sus manos y colocarlas frente a su boca. Jeanne pudo ver sus lágrimas aún a la distancia-. Por favor...

–Lo prometemos... -contestó el arquero por los demás, y ella cerró los ojos, respirando hondo.

–Por favor, dejen a un sacerdote conmigo... y vuelvan a la batalla... -repitió, soltando al chico.

El primero en abandonar el lugar fue Jean, seguido de Francia

–Ordenen la retirada -fue lo primero que dijo el Bâtard al ver a un grupo de sus soldados, y Francia paró en seco.

–...Pero ella ordenó continuar... -le recordó el rubio, como si eso hubiese ocurrido hacía algunas horas-. Prometimos continuar.

–Yo no prometí nada -dijo de forma brusca, volteandose a encarar a la nación-. Mi Francia, entiendo que esta chica sea importante para ti, entiendo también que tengas toda tu fe en ella, pero perderemos si continuamos esta batalla.. ¡Sólo mira el campo, somos un desastre! ¡Nuestra nación es un desastre! ¡Estamos peor a como estábamos antes! -gritó, y sólo cuando vio la mirada de dolor del pequeño, cayó en la cuenta de su error-. No... No, lo lamento, no me refería a usted, yo...

–No, no me expliques... lo entiendo -murmuró, bajando la mirada y dando media vuelta, al mismo tiempo que las trompetas comenzaban a sonar, ordenando la retirada...


Porqueriza es el lugar donde están los cerdos. Eso es parte de un diálogo de la película, los tipos se rieron como si fuera un chiste, me sorprendió que fuera un insulto tan leve teniendo en cuenta que son ingleses (?