Un sueño.

Teresa recibió una fuerte bofetada.

A las nueve de la mañana, un horario en el que normalmente ella estaba durmiendo.

En la recepción del despacho de Miguel.

Al principio no fue la gran cosa, puesto que en su condición de Lican un golpe humano no era precisamente nocivo para ella, pero el intenso ardor y calambre consecuente a los pocos segundos la aterraron al grado de llevarse la mano izquierda sobre el sitio de la herida, consecuente gesto de asombro y dolor; la mano derecha de Katia, la secretaria de Miguel, tenía dos finos anillos de plata que la tocaron en el momento que la golpeó, y la morena comprendió entonces que el mito de que la plata hacía daño a los hombres lobo no era tan falsa o fantasiosa.

-¿Cómo te atreviste a meterte entre nosotros? –Se quejó aquella veinteañera, con los ojos llorosos y un tono de voz agudo. –Él y yo estábamos saliendo, ¿sabes? Y todo estaba saliendo extraordinario hasta que llegaste tú a su vida.

-Yo no sabía que salían. –Susurró levemente, sinceramente intrigada con lo que acababa de escuchar, corroborando que la carpeta que llevaba en la mano no se había caído.

-¡No te creo! Miguel no es así, sé que lo sabes, es incapaz de mentir.

Su mejilla dolía mucho, pues conforme pasaba el tiempo aquél extraño entumecimiento y punzar iba acrecentándose hasta hacerle llorar el ojo izquierdo. Tenía sueño y la histeria de aquella niña, justificada de una forma muy humana, la estaba poniendo de muy mal humor; estuvo a punto de darse media vuelta y partir del lugar, decidiendo que hablaría con Raziel en otra ocasión más tranquila (concordaba con que él era incapaz de mentir, por lo que debía ser alguna especie de confusión), pero el mismo ya había salido de su oficina tras Katia con un aparente mal humor quizá debido a lo mal que había salido todo el día anterior, que durmió hasta el medio día sin que él se lo planeara.

-¿Qué es lo que está sucediendo? –Cuestionó con firmeza contenida, pero su rostro cambió completamente al verla. –Teresa.

"Te veo después, Raziel." Se giró para salir, sintiendo ese sordo dolor en la mejilla fastidiándola de más, dándole un punzar de temor.

-No, espera. –Se le escapó a él, intrigado.

-Déjala que se marche, Miguel. –Susurró Katia con bastante saña, dolida.

-¿Qué pasa contigo? –Se giró de inmediato hacia la estudiante que tenía como secretaria. –Todos en el despacho escuchamos con claridad lo que le dijiste. No tienes derecho a tratar a una persona de esa manera solo por tus infundadas sospechas.

-No son sospechas infundadas…

-Lo son, porque tú y yo no somos más que compañeros de trabajo, y ella… es la mujer con la que estoy saliendo.

-Miguel…

-Vete a casa.

La estética jovencita se quedó en un denso silencio antes de que sus ojos se llenaran de lágrimas, gesto que no inmutó a Miguel que permanecía con el mismo gesto de severidad; Katia se aproximó inmediatamente al escritorio pequeño que estaba al lado de las puertas corredizas que daban a la oficina de su jefe solo para tomar su bolso y huir con dirección al elevador, pasando al lado de la morena queriendo ganarle el paso. Teresa tuvo que detenerse, considerando imprudente irse en el mismo elevador que la chica que la había abofeteado momentos antes, sintiendo entonces la mano de Raziel tomándola del brazo para evitar que se fuera; quiso apartarse en ese momento, sintiendo de pronto muy latente el enojo por todo lo mal que iba la situación (algo que parecía verse muy típico cuando él estaba presente), pero no pudo evitar que la tomara entonces del mentón para revisarle el rostro.

-Estoy bien. –Susurró.

"Creí que llorabas."

"Solo me dio un golpe."

-No salía con ella con la intención que ella creía. –Le frenó el enojo con su severidad. –Ella lo asumía solamente. ¿Estás segura de que estás bien? Tienes una marca en el rostro.

-Me duele mucho. –Confesó finalmente, obligándose a calmarse. –Es extraño.

-Es porque eres vulnerable a la plata.

-Me acabo de percatar. –Dijo, amarga.

Por la puerta se asomó una pareja adulta, curiosa con el escándalo de hacía un momento, vistiendo ropas más bien sencillas pero presentables; a Teresa se le revolvió el estómago de pronto, el dolor del golpe caminaba lentamente hasta rodear su cabeza para acabar de fastidiarle el día.

-Toma asiento. –Le ordenó él, indicándole el sofá de dos plazas de la pequeña recepción.

-Puedo volver después, Miguel, no quiero causarte más problemas.

La miró fijamente con severidad, sin decir una sola palabra; Teresa, como un can regañado, se dejó caer sentada casi de forma mecánica sobre el tenso mueble color negro, de terciopelo suave, notando que la pareja había comenzado a reír de forma discreta, quizá adorable, por la escena que estaban contemplando. Se sintió sumamente avergonzada por ello, como un plus.

-Estas intoxicada con plata. –Se alejó un poco solo para tomar una botella con agua, cerrada, de un cajón del escritorio donde estaba antes su secretaria. –La espada que utilizo está hecha de ese material, por eso te aturde cuando estás en presencia de ella. –Se acercó nuevamente para ofrecerle la botella, ya abierta. –Sin embargo, hace un momento tuviste contacto directo, y no tengo idea de cómo vayas a reaccionar.

-No sabes cuánto miedo me estás causando con lo que me dices. –Tomó la botella, pero no probó el líquido.

-Lo lamento. Estoy preocupado.

-Atiende a las personas que están contigo, ya habrá tiempo de hablar al respecto.

Raziel había asentido varias veces con la cabeza, inseguro, antes de regresar donde la pareja que cuchicheaba mientras sacaba del bolsillo de su pantalón azul marino el celular; el dolor la mareaba, aunque después de escuchar la palabra "intoxicación" quizá su misma mente era la que estaba exagerando un poco su condición. Tras unos quince minutos entre los que pensó que tal vez si se arrancaba ese trozo de piel estaría más tranquila, la pareja salió de la oficina entre risas y cuchicheos agradables, dejando a un muy avergonzado Raziel parado en la puerta de su oficina, camisa blanca y corbata color vino un poco suelta. Quiso hablar, pero su voz no le respondió, por lo que fue audible su intento de aclararse la garganta.

-¿Cómo te sientes? –Preguntó finalmente en un tono demasiado suave para ser él, aunque no tanto como para ser Jaziel.

-Dolorida y con mucho sueño. –Contestó, sonriendo levemente.

Se acercó a ella y le extendió la mano para ayudarla a levantarse del sofá, conduciéndola así dentro de su oficina; era un poco más amplia de lo que parecía, con otros dos sofás de dos y tres plazas idénticos a los de la entrada, el alfombrado suelo color claro, así como un amplio escritorio de madera oscura pulcramente acomodado, dos sillas delante y una detrás de frente a una portátil cerrada. La pared de detrás era un ventanal con las cortinas abiertas, dejando ver el bullicio de la ciudad desde un tercer piso, por donde entraba la luz natural clara que solo acrecentó más su adormecimiento.

-¿Qué haces aquí tan temprano? –La hizo entrar, cerrando la puerta corrediza de madera clara tras él.

-Tenía intención de contarte un incidente y pedir tu opinión profesional. –Caminó hasta tomar asiento en el sillón más grande, demasiado cansada y dolorida. –Si tenías tiempo, claro.

-Lo tengo. –Revisó su celular al notar un mensaje de texto, y tomó el saco oscuro que estaba en el sofá de dos plazas antes de regresar con ella y tomar asiento a su lado. -Con profesional te refieres a…

-Como abogado. Con pago, claro está. –Le extendió entonces aquella carpeta que tanto había cuidado tras el caos anterior. –Siete alumnos están a punto de quedar en la calle con sus respectivas familias, el edificio donde viven está siendo desalojado para ser derribado y la empresa les está pagando mucho menos de lo que cuestan sus departamentos, según sus palabras. No consulté en el despacho de mi padre porque ellos están representando a la empresa, no iba a servir de nada.

-Estoy al tanto. –Tomó la carpeta y la hojeó por encima. –La pareja que vino hace un momento estaban aquí por el mismo motivo.

Teresa comenzó a tiritar en ese momento, como si tuviera fiebre o algo parecido, notándosele en sus manos sin que ella lo deseara; Raziel, tras verla de reojo, se giró un poco para tomar su saco y cubrirla con él al colocárselo en los hombros cuidadosamente.

-¿Cómo supiste que…?

-Pregunté qué sucedería tras el incidente, no suelo usar la espada precisamente para herir así que no tenía idea. –Se recargó propiamente en el sofá, a su lado, sin dejar de mirarla con la carpeta en el regazo. –Estarás bien, el contacto con la plata fue muy breve así que solo te sentirás débil y con frío, la herida sanará y, tan pronto la plata salga de tu organismo, estarás como si nada. Duerme un poco, leeré lo que me has traído.

Abusando un poco de su cercanía, se dejó caer cuidadosamente sobre su hombro cerrando los ojos, notando su estremecimiento tras lo que acababa de hacer. "Lo siento, Raziel, me siento agotada y, en cierta manera, triste por lo que acaba de suceder. Necesitaba… sentirte aunque sea un momento."

-¿Hablas de Katia?

"Tu compañía siempre me ha generado calma, desde el momento que me dejaste acercarme a ti… ¿recuerdas ese momento? Desde entonces el aroma del té me trae gratas memorias, de ti."

Notó entonces sus brazos rodeándola en un abrazo fuerte, muy propio de él, haciéndola exhalar profundamente. Era mejor de lo que hubiese pensado, su sensación cálida, su dulce fragancia mezclada, una fantasía que jamás había tenido con Emmanuel ni con otro hombre al que hubiese conocido antes… quizá porque, tal como Raziel creía a pie juntillas, estaba destinada a estar con él a pesar de las circunstancias tan diversas y su enorme diferencia. Pero no le había ocurrido como a él, que fue un chispazo directo tras solamente verla. Sus memorias de aquél momento se fundieron con sus sueños, escuchando a lo lejos el intento del abogado por leer lo que había traído sin molestar su descanso.

-.-.-.-.-.-

-Hay una manada cerca. –Exclamó Major tras olfatear el ambiente como si de un perro se tratara. –La de Trevor.

Sentada en el perímetro de la carretera, Teresa escuchaba hablar a su nuevo grupo de Licans, unos jovenzuelos que habían salido de otros grupos más grandes queriendo formar algo "más poderoso", según sus propias palabras. Sin embargo no tenían mucha diferencia con sus alumnos de secundaria puesto que su organización era bastante penosa e instintiva.

-Déjalos unos momentos. –Exigió Teresa con firmeza. Luna la loba, sentada a su lado, dio un sonoro bostezo. –Primero háblame de los clanes.

-En este sector solo somos cinco clanes. –Comenzó a explicar Gloria, la de la verde mohicana, un poco fastidiada. –En orden de fuerza, Remi, Marín, Asesino, Leonel y yo… bueno, es decir, ahora tú.

-¿Por qué decidieron separarse de sus clanes si se encontraban mejor y más resguardados en una manada bulliciosa? Corrían más riesgo estando regados por todos lados.

-Cuestión de orgullo. –Respondieron Elena y Gloria.

-Era una jerarquía familiar. –Obed.

-Iban a asesinarnos. –Major y Samuel.

-Ya. –Fingió que comprendía. –No los juzgo, han hecho una excelente elección, por supuesto.

"Sangre Militante." La tenue voz de Luna, la poderosa loba plateada que les resguardaba, se escuchó en la cabeza de todos los Licans; Teresa ya se había acostumbrado a escucharla, pero el quinteto aún se asustaba al notar a aquella divinidad en cuerpo de animal, como si les costara creer que ella existía a pesar de su condición, como si un cuento de hadas bruscamente fuese un hecho real. Hubo silencio entonces, en el cual intentaron percibir también lo que la loba había sentido.

-Es dulce. –Pronunció Elena.

Teresa se levantó de forma precipitada de la carretera, alterada. Había un aroma dulce en el ambiente, tenue, pero era uno que ella conocía perfectamente. Era Jaziel.

-Tengo que ir. –Exclamó, intentando adentrarse en la maleza del bosque, sintiendo su sangre hervir de coraje.

-Los Militantes nunca andan solos. –Dijo Obed. –Además alrededor también se encuentran miembros de Asesino.

-Razón de más para ir. Manténganse detrás de mí, yo me encargaré de todo. Si fallo, lo cual no es probable, tendrán que correr lejos, la ventaja es que ustedes aun no huelen a mi sangre así que estarán a salvo.

-Pero, Teresa…

-Detrás, he dicho. No sirvo como líder si no puedo mostrar mi valía.

Ellos accedieron con mucha facilidad a pesar de su preocupación inusual para ser Licans, poniendo su fe en ella al haber visto lo fuerte que era, para aquellos que venían de otros clanes era mucho más latente puesto que la fuerza de sus antiguos líderes fue expuesta ante ellos; Teresa notó que ellos habían comenzado a seguirla tal cual les había ordenado, pero no tuvieron que avanzar demasiado en el oscuro bosque para encontrar lo que habían olfateado. Pronto se toparon con tres feroces bestias de más de dos metros de altura, el pelaje gris opaco a café, la última transformación y la más poderosa dentro de un Lican, que defendían el punto de donde el dulce aroma provenía.

-A un lado. –Ordenó Teresa, prepotente.

Aquellas bestias se lanzaron contra ella, puesto que fue la única que se quedó de pie en el mismo lugar (su pequeño clan se dispersó de inmediato, guiados por Luna) sin media una sola palabra; Teresa, invadida por el dulce aroma de la sangre de Jaziel, perdió los estribos y se dejó llevar por la furia que le provocaba el hecho de que él estuviera allí, herido por culpa de esa banda de Licans salvajes, indefenso en la oscuridad: su sangre Lican se encendió en una oleada cálida alrededor de su cuerpo, perdiendo su forma humana, convirtiéndose en la alta y ágil bestia que eran ellos, pero su pelaje era de un intenso y brillante color plata y negro, idéntico al de Luna. Sus ojos intensamente grises podían dejarla ver con la nitidez del día, y sus enormes zarpas pronto quitaron del medio a aquellos dos, desgarrándolos hasta exponer sus huesos de la espalda de forma grotesca, invalidándolos por completo sin matarlos.

"Jaziel."

Pronto salieron a su paso varios Licans más, con la misma transformación pero en pieles oscuras y opacas, llenando su sensible nariz de sangre humana vieja, nueva, joven; contra un árbol se encontraba sentado Jaziel sobre las gruesas raíces, ligeramente encorvado hacia el frente, vestido de manera casual y con el largo cabello platinado suelto cayendo sobre sus hombros con pesadez. Se notaba adormecido, quizá por la misma oscuridad de la creciente noche.

"¿Teresa?"

-¡Aléjate! –Gritó con una voz ronca el que parecía ser el líder de aquél grupo, parado frente al Militante cubriéndolo parcialmente de la vista de Teresa, manteniendo su segunda forma que lo hacía verse demasiado musculoso, las garras opacas sobresaliendo de sus manos. –Este no es tu territorio. Serás brutalmente asesinada si continúas tu camino.

"Mantente al margen", pidió Teresa a Luna, que se encontraba escondida entre los arbustos, lista para entrar en batalla cuando fuese necesario, sin piedad si era indispensable; sin importarle (más que nada al ser invadida por las sensaciones Lican) nada más comenzó a quitar de su paso a aquellos que le estorbaban sin esperar a que la atacaran, enterrando aquellas filosas garras en sus espaldas, costados, arrancando huesos hasta exponerlos para inmovilizarlos con el intenso dolor que les provocaba. Pronto aullidos intensos de sufrimiento llenaron la silenciosa noche, intimidando a quienes se encontraban cerca de Jaziel, incluyendo al mismo Militante que le costaba trabajo creer que era su amiga la que destazaba con facilidad a sus enemigos. El aroma de la sangre estaba haciendo que ella perdiera el control, por lo que, cuando tan solo quedaban dos más además del líder, se obligó a cambiar de forma antes de que decidiera hacerlos pedazos.

-Sé quién eres. –Teresa habló con voz ronca mientras volvía a su forma humana, conservando sus garras y los brillantes ojos grises. –Eres al que llaman Asesino, el que no tiene piedad con cualquier ser vivo. –Clavó la mano en el abdomen de uno de ellos, que había osado acercarse creyéndola debilitada, llenándose de su sangre canina. –Pero a mí no me intimida tu estúpido sobrenombre. Ahora, entrégame al Militante, o te prometo un dolor indescriptible.

-¿Quién te crees tú para darme…?

La luz de la luna dio directamente sobre aquella curvilínea morena, cuyas ropas se encontraban casi completamente desgarradas por el crecimiento anterior al que se había sometido; tenía el rostro, las manos y el torso salpicados de sangre Lican, mirándose aún más amenazante que en su tercera transformación. Pronto el Lican llamado Asesino (Trevor para los amigos) se percató de que estaba solo, puesto que ella ya se había encargado de uno de los que hacían de guardias, el cual estaba tirado en el suelo gimiendo de un dolor intenso con la columna vertebral expuesta, y el otro había huido teniendo más miedo al sufrimiento causado por esa Matriarca que por su mismo líder.

"Teresa, Raziel está aquí."

Tuvo un punzar en el pecho al escuchar lo que Jaziel le había susurrado a su mente, petrificándola los segundos suficientes como para que Asesino escapara de su sanguinaria furia, aterrado con todo lo que había visto; pronto el aroma dulce distintivo de los Militantes invadió su nariz, obligándola a calmarse con la idea extraña de que no quería que él la mirara así. Doblegada extrañamente, por fortuna con su camada lejos, aunque Luna pudo percibirlo completamente. Una espada afilada corta se pegó a su cuello, de pulcro acero cromado, amenazando con cortarle la piel ante cualquier movimiento hostil.

-No, Ángel, por favor. –Pidió Jaziel desde el mismo lugar. –Ella vino a ayudarme.

-No tengo la certeza de que sea así. Es una Lican.

La dueña de aquella espada corta era una preciosa chica, de larguísimo cabello ondulado cayendo hasta su cadera, de un color castaño puro y brillante, vistiendo el atuendo Militante nocturno en negro y plata; la severa mirada intensamente dorada estaba en ella con toda la intención de atacarla aunque no hiciera otro movimiento, como si sintiera auténtica repulsión por ella aunque ni siquiera la conociera. Le dio bastante miedo. Alzó las manos en señal de rendición, las garras aun extendidas sobre sus uñas, notando como otro Militante, de complexión fornida y cabello castaño, ayudaba a Jaziel para levantarse de ese lugar. Azael.

-¡No le hagas daño, Ángel! –Exclamó nuevamente Jaziel, mientras se lo llevaban casi a rastras, más temeroso por ella que por él mismo.

-Siéntate. –Le ordenó la Militante.

Teresa hizo lo que aquella bella mujer le pidió casi automáticamente, sintiendo el suelo enlodado por la misma sangre demasiado frío, pero sin deseos de meterse en problemas con esa versión femenina de Raziel; la adrenalina se le había bajado finalmente, dejándole un extraño agotamiento así como una… ¿tristeza? Quizá se había pasado con ellos, pero su pelaje desprendía aroma a sangre humana. Además, habían atacado a Jaziel.

-Ayuda a los demás.

-Pero esta Lican…

-Yo me encargo de ella. Apoya al resto.

Su sangre se heló, siendo invadida por un intenso escalofrío consecuente, incapaz de alzar la mirada en dirección a su voz.

-Teresa.

Tuvo que levantar la mirada entonces, observando a Raziel frente a ella, imponente como era usual en él incluso opacando la altanería de la otra Militante. Había tanta sangre en el lugar que se había manchado las negras botas con ella, y ella tuvo necesidad de justificar todo el desastre que había hecho.

-No están muertos. –Soltó. –Solo les he mostrado que ya no podrán hacer lo que deseen. Que no van a matar más.

-No fue por venganza, entonces.

Sonrió con cierta malicia, notándolo quizá algo turbado con esa sencilla acción. Aprendió a leer las expresiones sutiles en Raziel, se sentía cada vez más cercana a él y eso… le gustaba.

-Pagarán caro aquellos que fueron capaces de hacerle tanto daño a Jaziel. –Pensó en ese tal Asesino. –Y se darán cuenta de que ya no serán capaces de hacer lo que quieran con los Antropos, ni con nadie más.

Hubo más bullicio de cuerpos dolidos por un lapso cercano a una hora, donde los Militantes se encargaron de limpiar aquel espantoso escenario; Raziel se había quedado con ella bajo la excusa de mantener guardia ya que era por mucho el más fuerte de los Militantes, quizá el único que podía contenerla, pero acabó sentado a su lado, ofreciéndole incluso un pañuelo para que se limpiara el rostro de esa sangre Lican. Comprendió entonces que, en ese caos, él se había centrado en ella tratando de saber un poco más de su pasado para distraerla del caos que ella misma había hecho. Respetaba su lugar, su silencio y, sobre todo, su inteligencia, pues no se miraba intimidado por ella sino más bien curioso.

Y eso le gustaba. Muchísimo.

-.-.-.-.-.-

Golpearon tres veces la puerta de la oficina, pero antes de que pudiese contestar algo ésta se corrió dejando ver a su compañero adyacente llamado Arved, de cabello oscuro y piel morena clara, en su pulcro traje gris que siempre presumía de muchos ceros, entrando sin inhibición alguna o prestando atención siquiera a lo que había a su alrededor.

-Miguel, como no estaba tu estudiante tuve que…

Hubo un denso silencio consecutivo tras mirar al platinado abogado parcialmente recostado en el sofá de tres plazas, sin el saco puesto y la corbata floja, con una carpeta abierta en las manos la cual dejó de leer cuando se percató de su presencia; sobre su pecho estaba dormida una preciosa morena con la cabeza recargada en su hombro, con largos rizos negros cayendo suavemente hasta media espalda, llevando el saco de él sobre los hombros cubriéndola parcialmente. Abrió la boca para decir algo, pero no pudo con la impresión que aquella escena le provocaba.

-No, no interrumpes nada. –Exclamó Miguel, prácticamente adivinando lo que iba a decir (sin leer su mente).

-¿Seguro? –Cuestionó, incómodo.

-¿Qué es lo que pasa?

-Bueno, es respecto a tu secretaria estudiante, de hecho. –Cerró la puerta corrediza tras de sí. –Hace unos momentos presentó su renuncia por correo electrónico, y ahora entiendo la razón. ¿Estás saliendo con esta chica?

-Algo así. –Confesó. A pesar de lo ocurrido, oficialmente no habían establecido que tenían una relación, ¿o sí? –Hace unas horas ellas tuvieron un encuentro y Katia la golpeó. La mandé a casa para que se calmara.

-Sabías que ella estaba enamorada de ti, ¿no?

-Eso no importa. –Respondió, áspero. –No es que por ello ya obligues a alguien a corresponderle.

Teresa se había movido un poco, y ambos guardaron silencio durante unos segundos.

-Bueno, en eso tienes razón. Puedo enviarte a Adrián si quieres para que te apoye.

-¿Quieres sangre en el piso?

-Miguel, no te va ser sarcástico. Das miedo.

-Gracias, Arved, te veo luego.

-¿Sabes? –Abrió la puerta corrediza. –Siempre creí que eras homosexual, ahora entiendo que en realidad solo eres muy selectivo. Nos vemos.

El abogado cerró la puerta nuevamente tras él; Raziel, impresionado con las palabras que acababa de decirle, razonó en silencio durante unos segundos lo que había escuchado, eso de ser "selectivo". Los Licans, aun en su forma humana, no eran seres precisamente gratos a la vista más que nada debido a las toscas facciones que se les formaban, así como la exagerada musculatura que en las mujeres incluso se miraba grotesca. Teresa le parecía atractiva porque sabía que era ella la persona destinada para él, pero en ese momento comprendió que ella era atractiva físicamente para los humanos, clara señal fue en Arved que había mirado a la chica con admiración y deseo instintivo… algo que le desagradó bastante. Era una emoción nueva, el hecho de que alguien más la deseara así como lo hacía él ahora.

-Conque homosexual.

Tuvo un escalofrío en ese momento, como si lo hubiese atrapado en sus pensamientos; Teresa había abierto los ojos en ese momento, de pronto demasiado cómoda como para moverse del lugar en el que estaba. Raziel dejó caer suavemente la carpeta cerrada sobre el alfombrado suelo, intentando ocultar el nerviosismo que tenía en ese momento.

-¿Tienes mucho tiempo despierta?

-Desde que tu sarcasmo da miedo.

-Arved pensaba eso porque jamás me vio con otra persona, y no prestaba mucha atención a las mujeres que se acercaban a mí con intenciones románticas. ¿Cómo te sientes?

Ella se había alzado un poco en ese momento para dejarle un beso en su mejilla, pequeño; su impulso tras ese gesto fue el de abrazarla con cierta posesión, sintiendo muy latente de nueva cuenta aquella emoción que tuvo momentos antes.

-Me siento bien, de hecho. –Le sonrió con levedad. –Tuve un sueño muy grato, del momento en el que comenzaste a gustarme.

Le gustó esa idea, aunque desconocía ese momento no quiso preguntarle al respecto ya que le daba algo de vergüenza que él se opuso rotundamente a sus propias emociones por el hecho de que era Lican, era como una especie de estigma del que no podía deshacerse; llegó a su mente lo que había charlado con Avery momentos antes, lo indiferente que fue para él que Katia saliese herida de la oficina y presentara su renuncia, así como el hecho de que no tenían una relación propiamente dicha. Algo en su interior le impulsaba a cerrar ese "contrato" como si fuese algo tan técnico y obligatorio, y su humanidad se vio casi ofendida y amarga ante la idea.

-¿Tienes hambre?

-Ah, sí. –La morena se había incorporado en ese momento, como si le apenara el estar con él de esa manera, quedando completamente de pie parcialmente de espaldas. –Los deberes humanos antes que los nocturnos, hay que reponerse y eso. –Desvarió un poco.

-No te sigo.

-Lo sé, lo siento. No quiero quitarte más tiempo.

-No me quitas tiempo, de hecho hay algo que quiero preguntarte. Hablemos por el camino.

Ella le había sonreído. Al incorporarse también del sofá, de pronto ella le pareció vulnerable, cayendo en cuenta de que era algo completamente normal cuando estaba con él.

-Claro, ¿qué pasa?

Teresa estaba emocionada de cierta manera; cuando eran Raziel e Hija de Luna (Licana para los oscuros), sus caracteres debían chocar al ser ambos líderes que debían mostrarse firmes y severos ante sus grupos o clanes, por ende debían mostrarse agresivos entre ellos rozando la hostilidad. Pero ahora, siendo Miguel y 'Tessa', caminaban a plena luz del día, siendo observados por otros trabajadores del edificio al bajar las escaleras y hablar con íntima calma, además de la apariencia poco pulcra que él llevaba ahora pues no llevaba el saco así como la corbata holgada y el hecho de ir charlando con una mujer en uniforme color beige. Se preguntó si podría tomar su mano mientras caminaban, lo que se sentiría cuando eso llegara a ocurrir, encontrándose con la misma sensación de cuando bailaron en la pista y ella anhelaba la sensación de su abrazo.

-Primero. –Habló Miguel con calma, la mirada ámbar al frente prestando atención al camino. –Hay que averiguar si tus alumnos, o sus tutores en todo caso, están dispuestos a entablar una demanda tal como la pareja de la mañana, entre más personas lo hagan mayor es la posibilidad de comprobar que la empresa está haciendo mal algunas transacciones, quizá incluso entrando en algo ilegal.

-Bueno, en ese caso creo que lo hablaré con ello para intentar convencerlos.

-Segundo… ¿qué quieres comer?

-Lo dejo a tu criterio. –Alzó los hombros con timidez. –Confío en tus gustos.

-Está bien. –Bajó la mirada de pronto, observando la banqueta de concreto mientras esperaba el cambio de un cruce peatonal. –Por último, hay algo que quiero pedirte, Tessa.

-¿Qué es? –Tuvo una punzada en su pecho por algún motivo.

-Antes que nada, quiero que sepas que no ha sido mi idea, no suelo poner en riesgo a los demás de esta manera…

-Miguel, ¿de qué estás hablando?

Tras cruzar el paso peatonal entraron a un local relativamente pequeño al que aparentemente él acostumbraba ir, pues tan pronto fueron divisados por el hombre tras la enorme barra que servía una especie de bufet, éste saludó al abogado con un gesto bastante alegre y se apresuró a acabar lo que hacía; tomaron asiento en una mesa pequeña cuadrada, pegada a una pared, y ella comenzó a sentir miradas sobre ellas, intensas, envolviéndola en una curiosa incertidumbre, muy placentera.

-¿Recuerdas que te hablé de Logan?

-¿El humano irracional?

-Sí. Él vive en Ciudad Oriental, y quiere que lo ayudemos porque cree que encontró a un Mainframe, o al menos un vocero de ellos. El problema es que para sacarle la información que necesitamos debe intimidarlo.

-Y qué mejor intimidación que nosotros, ¿cierto?

-Tessa…

Calló abruptamente, sorprendiéndose asimismo. Se descubrió nervioso, a pesar de que sabía lo que iba a decirle y de pronosticar su posible respuesta. Ella se quedó esperándolo unos momentos antes de sonreír con calma.

-¿Estás bien?

-No. –Se le escapó. –Hay algo que quiero preguntarte, pero… no puedo decirlo.

-¿Es muy malo?

-No.

-Ya veo. –Se miró pensativa durante unos segundos. –Cuando comenzamos a hablar, siempre fue más fácil susurrar para ti, quizá así te sea más fácil.

-Quería que lo escucharas de mí, sonaría más real.

-Creo que son más reales tus susurros, en ellos no guardas temor ni indecisión, y vienen de un lugar más profundo en ti… al menos es lo que he aprendido.

"Quédate conmigo. Como mi pareja."

Les entregaron la carta en ese momento, dejando a Teresa con el pulso acelerado y un calor remolinándole el rostro, así como el hombre tras la barra que se acercó a ellos para saludar a Raziel de forma afectuosa y preguntarle acerca del trabajo, de su estado físico, etcétera; tras unos breves instantes, ella acabó sintiéndose complacida con lo que le había dicho, con esa petición tan inusual de escuchar en esos tiempos, tan llena de compromiso y de un real afecto. Entendió que lo que ella deseaba de Emmanuel jamás pudo obtenerlo, puesto que le tenía un terror considerable a tener una relación estable, a un compromiso, pues se incomodaba cuando la presentaba como su pareja ante la gente. En general todos últimamente tenían un auténtico terror al compromiso, querían vivir libres por el mundo en vez de estar "atados" a otros, pero ella no se sentía atada con Raziel aun cuando tenía la capacidad para someterla con facilidad… ¿cuánto tiempo había esperado por esto? Treinta y tres años, sí. Era raro, pero la hacía feliz.

-¿Y ella quién es? –Preguntó el hombre de buen humor. –Dime que finalmente me has traído a tu novia.

"Está bien, Raziel." Lo notó sonreír con propiedad, esos escasos momentos que ella apreciaba y guardaba en su memoria.

-Sí. Ella es Teresa.

-¡Qué gusto! Estoy realmente contento de conocerla, Teresa. No deje que se ahogue en el trabajo, que sea un ser humano de vez en cuando.

Ella miró al abogado con cierta curiosidad y duda, como si no comprendiera exactamente a qué se refería. Él solo se limitó a alzar los hombros en una respuesta muda, mientras el hombre se retiraba a su puesto para atender pedidos.

-Por cierto, Miguel, ¿qué es un Mainframe?

-Perdona. –Se aclaró la garganta e intentó verse serio, pero en esa ocasión no pudo. Había otra emoción que se sobreponía, haciéndolo ver de pronto muy similar a Jaziel. –Los Mainframe son una familia de wiccas oscuras, usan conocimiento prohibido para su propio beneficio.

-Wiccas, como brujas, ¿no?

-Sí, pero ellos toman ese término como un insulto.

-Es bueno saberlo de antemano.

-Se supone que las wiccas oscuras están casi extintas, verás… nacen muy pocas, la mayoría son de esa familia, por eso es tan difícil encontrarlas. Dentro de ese conocimiento oscuro se encuentra lo que a Gabriel le sucedió. Logan cree que nos puede dar infomación al respecto si lo atrapamos, o algo por el estilo.

-Está bien, pueden contar conmigo.

-Pero aún no termino de decirte…

-Si es para ayudar a tu hermano, haré lo que sea.

-Hay que ir a Ciudad Oriental.

-Son cuatro horas de camino. –Se vio fingidamente abrumada.

-Normalmente solo hago hora y media.

-Sabes que no iré así contigo. –Torció los labios. –Y que me tomará el doble si voy andando como loba, me llegará el día y acabaré agotada, así que prefiero madrugar.

-Entonces irás a pesar del tiempo.

-Claro que sí, podemos charlar en el camino.

-¿Quieres que pase cuatro horas en un vehículo pudiendo llegar más rápido?

-¿Quieres dejarme ir sola?

Raziel guardó silencio, cruzándose de brazos como si evaluara la situación. Teresa festejó en silencio su victoria.

-Partiremos por la mañana, entonces.

-Pero estaré dormida…