.

.

.


El muchacho tenía el potencial, la convicción, y sobre todo, la voluntad.

Lo había impresionado en su primer combate, de resultado inevitable, la habilidad ilimitada de aquel joven arrogante que sin estar a su altura lo había retado a un duelo, que sin conocer el mundo se había sobrestimado en capacidad y experiencia.

Ese idiota.

Alguien tan idiota como para enfrentarse a él sin ninguna posibilidad de victoria había ganado, sin embargo, su respeto. La estimación de un espadachín por otro. La consideración de Dracule Mihawk.

Durante aquella confrontación arreglada por el destino, había observado el dolor más desesperado en el alma ingenua de su rival, su negación, y finalmente, su resignada aceptación. Hirió un corazón que ya estaba herido, por un filo que no era el suyo y suponía terrible.

Cuál no fuera su sorpresa al descubrir una voluntad sin mancha, entregada al honorable suplicio de ser todavía más dura que el acero de su navaja.

La muerte o la renuncia.

Sólo un idiota podía elegir la muerte; sólo Roronoa Zoro podría enfrentarse a él como un igual en un futuro predestinado.