CAPÍTULO 9: EL SECRETO DE LA MONTAÑA

Una persona se encontraba sentada al lado de la pintura. Harry y Hermione se acercaron y se percataron de que se trataba del caballero ciervo o lo que quedaba de él. Su esqueleto estaba apoyado contra la pared, sus huesos estaban cubiertos por una capa de polvo y de telarañas que demostraban la cantidad de años que tenía de muerto; en el tronco se encontraba, entre las costillas, una oxidada y vetusta hacha, de su cabeza sobresalía una plateada cornamenta que a pesar de los años, aún mantenían su esplendor de antaño.

Hermione se llevó las manos a la boca, pero Harry ignoró el cuerpo del difunto, sus ojos se encontraban fijos en la pintura. Se acercó lentamente a ella y comenzó a tocarla suavemente pasando su mano por todo el cuadro una y otra vez, sin embargo todo permanecía exactamente igual… nada había cambiado con hacer eso.

—Harry —dijo Hermione—. ¿Qué dice el libro sobre esa pintura?

—Únicamente la menciona y la describe pero parcialmente, incluso nunca habla sobre lo que está inscrito en el libro con excepción de las letras HH.

Hermione asintió con la cabeza y comenzó a analizar la pintura mientras murmuraba extrañas cosas para sí misma. Mientras tanto Harry recorrió decenas de veces las paredes de la caverna, tocando con su varita todas las grietas que consideraba podían ser la puerta de entrada.

Las horas pasaron, Harry hacía tiempo que se había rendido y descansaba sentado en el mohoso suelo apoyado contra la pared. Su mirada se posaba en Hermione, la cual continuaba de pie mirando el cuadro y analizando los apuntes que había hecho en el colegio; incluso en medio de la penumbra Harry podía admirar la belleza de la chica, ¡que lejanos parecían esos días en que tanto Ron como él habían conocido a Hermione y habían afrontado, en ese primer año, muchos retos juntos: desde la batalla con el troll, hasta el rescate de la piedra filosofal! Todos habían cambiado: habían crecido… Sin pensarlo siquiera los ojos de Harry recorrieron la silueta de Hermione, admirando su cabellera, sus brazos, sus pechos, sus caderas… sintió cómo el vello de su piel se erizaba y un espasmo le cruzaba por la espalda. Finalmente Harry reconoció que Hermione se había convertido en una hermosa mujer.

—¡ESO ES! —el grito de Hermione sobresaltó a Harry y lo obligó a abandonar sus pensamientos.

—¿Qué ocurre?

—Los números Harry. ¡Son los números!

—¿De qué hablas?

—Mira los números que estaban escritos en la pintura de Hogwarts: eran las coordenadas del lugar, pero sobraban cuatro números… los últimos cuatro números que no teníamos idea de lo que representaban. Aquí está escrito que los últimos cuatro número son 1356, quizá me equivoque pero ¿no crees que es muy extraño que en toda la historia del caballero muggle, en sus momentos importantes y cruciales, siempre menciona que el sol esta en lo alto? Algo así como el mediodía.

—¿Y eso que tiene que ver? —preguntó Harry.

—Que los cuatro últimos números no son parte de las coordenadas, sino representan una unidad de tiempo: las 13:56 horas.

—¿Quieres decir que para abrir la puerta de acceso tenemos que esperar hasta esa hora?

—Sólo es una suposición Harry.

—Espera, ¿dijiste las 13:56?

—Si Harry, ¿Por qué?

—¿Recuerdas la historia de la batalla entre magos, alquimistas y dragones? ¿En que año nos dijo el profesor Centt que había ocurrido?

Los ojos de Hermione se abrieron de golpe mientras decía: —¡1356!—


La pareja esperó durante horas hasta que sus relojes señalaron la hora indicada. La caverna permanecía como antes había estado… nada era diferente.

—¿Y ahora qué? —se dijo a sí misma Hermione.

Harry miró atentamente la pintura y sin saber la razón que lo impulsó a ello tomó la mano de Hermione y con la suya tocó la pintura.

Ambos sintieron como si un gancho los impulsara hacia arriba; miraban un continuo remolino de colores correr junto a ellos hasta que finalmente tocaron tierra con un fuerte impacto. Ya no estaban más en la húmeda y oscura caverna: ante ellos se abría una gruta de colosales dimensiones, enormes riscos rojiblancos emergían en su presencia.

—¿Dónde estamos? —preguntó Hermione.

—Creo que estamos dentro de la montaña.

—¿Qué hacemos? —dijo Hermione.

—Sólo nos queda caminar.

Caminaron durante largo tiempo, siguiendo un tortuoso y complicado sendero, hasta que arribaron a una enorme bóveda. No se podía ver el fin de ella; parecía un desierto que se extendía hasta el infinito recubierto por una arena suave y blanquecina. En el centro de este desierto se levantaba una especie de mausoleo de mármol con cuatro pilares entrelazados formando un rombo, y un quinto pilar mucho más pequeño en el centro, y sobre este pilar se encontraba un cofre de madera.

—¡Harry! —dijo Hermione sin aliento—. ¿Crees que el horcrux esté ahí dentro?

—Sin duda —repuso Harry—. Este lugar tiene el sello de Voldemort. Ahora Hermione, quiero que te quedes aquí mientras voy a buscarlo.

—Por supuesto que no —agregó molesta la chica—, hemos llegado hasta aquí juntos y seguiremos juntos hasta el final.

Harry sabía que no lograría hacerla cambiar de opinión, así que asintiendo, sacó su varita y le dijo: —De acuerdo, abre bien los ojos y espera lo peor.

Lentamente se fueron adentrando en el misterioso desierto blanco, parecía que el lugar estuviera muerto, varado en el tiempo; ni una sola brisa de aire circulaba por los alrededores y el único sonido que se escuchaba era el de la arena cuando rozaba y se hundía por el peso de los chicos al pasar sobre ella. Conforme avanzaban se tornaba mucho más complicado continuar, la arena parecía ser más suave y para poder continuar su camino debían de realizar mucho más esfuerzo e imprimir más impulso en cada uno de sus pasos.

El cofre estaba cada vez más cerca: 800 metros… 500 metros… 200 metros, los pilares que lo rodeaban eran enormes e imponentes, Harry no paraba de mirar de un lado a otro, todos sus músculos se encontraban tensos y sus sentidos en alerta. Finalmente llegaron al cofre, sus dimensiones eran exactamente iguales a las del recipiente que había encontrado Harry en la caverna con Dumbledore. El cofre era de una madera grisácea y rugosa, estaba adornado por un dibujo de un dragón dormido.

—Si ocurre algo peligroso —dijo Harry—: ¡Huye! Corre tan rápido como puedas. Pase lo que pase sal de la caverna.

—Pero Harry…

—Por favor Hermione, no es momento de discutir, sólo prométeme que en caso de peligro harás lo que te dije.

Hermione asintió lentamente en silencio y fijo su mirada en el cofre, Harry se acercó a éste y con decisión lo tocó. Un fuerte estremecimiento se escuchó por toda la caverna, la arena comenzó a revolverse siendo succionada por una decena de remolinos y pausadamente una montaña comenzó a ascender, la arena se deslizaba y caía como una cascada permitiendo revelar poco a poco la figura del objeto.

Harry miraba con los ojos desorbitados mientras que Hermione emitía un grito de terror al observar al dragón recién emergido: su cuerpo era tres veces más grande que cualquier otro dragón que hubiesen visto, sus ojos eran morados y su piel negra estaba cubierta por escamas tan duras como el diamante, en sus patas y cola nacían uñas tan largas y filosas como enormes cuchillas coronadas por una sustancia verde líquida que se deslizaba por ellas.

Cuando estuvo fuera de la arena, el dragón recorrió con su mirada toda la caverna, continuas fumarolas salían de su nariz mientras golpeaba ligeramente la arena con su cola; Harry recordó aquella prueba en el torneo de los tres magos cuando tuvo que enfrentarse con un colacuerno húngaro, pero si en aquella ocasión había estado asustado, ahora se sentía aterrorizado, no sólo porque este dragón tuviera la altura de un edificio y su aspecto fuera execrable, sino porque Hermione corría peligro permaneciendo ahí.

—Sujeta esto y corre directamente a la salida —dijo Harry resueltamente a Hermione—, no mires atrás y no trates de regresar ¿entendido?

—Harry pero…

—Lo prometiste… ahora hazme caso. Yo lo distraeré, y no te preocupes, al ser tan grande debe ser muy lento y le costará trabajo tocarme.

Sin una plena convicción, pero atada por su promesa inicial, Hermione tomó el cofre y comenzó a moverse en dirección a la salida. El dragón continuaba emitiendo sonoros rugidos y golpeando el suelo con su gran cola de una manera violenta; conforme Hermione se movía el dragón la seguía atentamente con su mirada, hasta que de pronto, emitiendo un rugido, embistió contra ella.

Hermione se quedó paralizada ante la imagen del dragón que se acercaba rápidamente dispuesto a aplastarla, su silueta se acercaba cada vez más a ella y cuando la distancia que existía, entre el dragón y su presa era mínima, una filosa y colosal roca se estrelló en la cabeza del atacante. El dragón emitió un rugido - más que de dolor de desconcierto-, se detuvo y giro su cuerpo en busca del agresor. Harry se encontraba con su varita levantada haciendo que una segunda roca flotara a lado de él.

—Oppugno —gritó, y la segunda roca salió a una velocidad sorprendente y se estrelló nuevamente con la cabeza del dragón. La ira del monstruoso ser se intensificó y se lanzó rabión y con vehemencia en busca de Harry.

Harry corrió pesadamente sobre la arena: refugiándose en las escasas rocas que tenía cerca de él, y evadiendo los ataques cambiando de dirección. —"Si tan sólo tuviera mi saeta de fuego" —se decía a sí mismo.

El dragón era tan grande y pesado que sus movimientos eran lentos y predecibles, sin embargo sus ataques eran continuos y Harry comenzaba a sufrir los estragos del cansancio. Una llamarada de fuego salió de la boca del dragón y rozó el brazo izquierdo de Harry, las mangas de su camisa comenzaron a arder y su piel se cubrió de ampollas, el aire se inundo de un olor a piel quemada. Harry se mantuvo en movimiento, esquivando los ataques y tratando de soportar el dolor de las quemaduras. No podía seguir así toda la vida, su cuerpo cada vez pesaba más y el dolor de la herida le robaba la fuerza que necesitaba para moverse, se repetía a sí mismo: No puedo morir, no puedo morir aún… debo destruir los horcruxes.

De pronto una inoportuna piedra oculta en la arena lo hizo tropezar, su varita salió despedida de su mano y quedó perdida en algún lugar del inmenso arenal. El dragón se acercó lentamente a su presa caída, y levantando su punzante cola la dejó caer con todas sus fuerzas sobre Harry. El joven mago miró en cámara lenta cómo caía sobre él la pesada cola e instintivamente cerró los ojos: pensó en sus padres, en Sirius, en Dumbledore, en sus amigos, en Ginny… un sonido parecido al de un gong se escuchó por todo el lugar, Harry abrió lentamente los ojos y miró la cola del dragón flotando a escasos metros sobre su cabeza. El dragón miraba desconcertado la extraña pared invisible que le impedía acabar con su presa. Fue entonces cuando Harry comprendió lo que había pasado y lo corroboró cuando observó a Hermione, de pie varios metros detrás del dragón, apuntando su varita en dirección a él. Por primera vez Harry concibió la importancia y utilidad del hechizo escoto.

Con un rápido movimiento se incorporó y corrió a refugiarse detrás de una pequeña pila de rocas colocadas formando una barricada. El dragón rugió con ferocidad y comenzó a lanzar bocanadas de fuego dirigidas hacia las rocas donde Harry permanecía oculto, de golpe la temperatura subió en el escondrijo del joven mago cubriendo su rostro con un pegajoso sudor corpóreo. A pesar de ello sabía que debía permanecer ahí, estaba herido y agotado, y no podía salir e intentar recuperar la varita pues sabía que sería alcanzado por el dragón. Escondido entre las rocas comenzó a hilvanar un plan de contraataque, quizá podría convertir una roca en un perro labrador, tal y como lo hizo Cedric Diggory en el torneo de los tres magos… pero aún así seguía necesitando de su varita; se encontraba en medio de estos pensamientos cuando se percató de que las rocas que lo protegían comenzaban a enfriarse, no sólo el ataque a su persona había terminado, también su persecución. Harry Potter se aventuró a asomar parte de su rostro y lo que vio lo dejo paralizado: nuevamente el dragón se dirigía hacia Hermione que estaba inmovilizada por el miedo; Harry se incorporó y comenzó a gritar con todas sus fuerzas: —¡HERMIONE… HERMIONE REACCIONA! ¡DESPIERTA! HERMIONE…

Una gran bola de fuego salió de la boca del dragón en dirección a Hermione, la chica se quedó paralizada, sudando fría y copiosamente. A lo lejos podía escuchar los gritos de Harry y como si hubieran sido un vigorizante, le permitieron reaccionar y afrontar con valor el peligro: —¡ESCOTO! —El impacto fue tremebundo, la bola de fuego rebotó con una potencia terrible, la colisión hizo que Hermione fuese lanzada hacia atrás violentamente. El dragón fijó su vista de nuevo en la chica que trataba de incorporarse después del golpe, con un paso constante se acercó a ella y levantó su pierna derecha dispuesto a despedazar su menudo cuerpo.

Los ojos de Harry se encendieron producto de un miedo y una ira ajenos a su conocimiento, su mejor amiga estaba a punto de morir, otro de sus seres queridos lo iba a abandonar… ¡no! ésta vez no podía permitir eso, pero no tenía tiempo suficiente para localizar su varita perdida en la arena y sin ella no podía hacer nada.

El pie del dragón bajaba pausadamente hacia la chica, y fue entonces cuando un grito de furia salió de la garganta de Harry, gritó con todas sus fuerzas y toda su ira las primeras palabras que se le ocurrieron: —¡MURUS IGNIS! —Una enorme pared de fuego se levantó en torno al dragón: su espalda comenzó a arder, de una manera brutal, exponiendo parte de sus órganos internos, carbonizando la carne. El chillido emitido por el dragón fue espeluznante, las quemaduras en sus piernas y espalda sangraban copiosamente, su cuerpo tembló furibundo, giró y se lanzó sobre Harry a una velocidad descomunal.

Harry volvió a concentrase y gritó nuevamente: —¡MURUS IGNIS! —Una ligera barrera de fuego se levantó frente al dragón, infinitamente más débil que la anterior, pero suficientemente fuerte para detenerlo y hacerlo dudar. Pero la barrera no duró mucho y finalmente cedió, el dragón se topo (libre de obstáculos) con Harry, en sus ojos brillaba un terrible odio hacia la pequeña e incómoda víctima, con todas sus energía se dispuso a darle el golpe de gracia, pero fue en ese momento cuando se escuchó en la caverna el sonido del viento cortado, igual que el emitido por las espadas cuando atraviesan el cuerpo de algo. El dragón comenzó a sangrar en abundancia mientras emitía rugidos de histeria y de odio, y comenzaba a temblar de pies a cabeza; tras unos minutos de agonía se desplomó sobre el suelo, y fue entonces cuando Harry se percató que en su espalda el dragón tenía enterrada una alarga y filosa roca.

El muchacho miró con los ojos abiertos como platos la escena: la sangre del dragón inerte tornando la arena de un color magenta. Incorporándose lentamente miró a lo lejos y vio a una pálida Hermione sosteniendo su varita y con una piedra flotando cerca de ella; su pecho subía y bajaba con una respiración agitada, su pelo revuelto con granos de arena enredados en él, y su cara sucia con restos de sudor y copiosas lágrimas. Guardando su varita corrió lo más rápido que pudo hacia Harry, y lo abrazó como nunca lo había abrazado nadie antes, Harry sorprendido la aprisionó cariñosamente en torno a él mientras le besaba la cabeza. Después de varios minutos, que parecieron ser horas para la pareja, Harry se animó a decir: —Creía que la piel del dragón era demasiado resistente para ser atravesada por una roca, no entiendo porque entonces las rocas que le lancé al principio se destrozaron sin causarle mayor daño.

—Mira bien el lugar donde se clavó la roca. Esa parte no estaba protegida por la piel, ya que la piel se quemó cuando lo atacaste con el hechizo de fuego, justamente la zona que cubría parte de su corazón, la piedra lo atravesó y fue un golpe mortal.

Harry observó al dragón mientras su amiga hablaba, si no hubiese sido por el hechizo murus ignis nunca hubiera podido debilitar al dragón: se había salvado gracias a las enseñanzas de Éaco Centt.

—Harry —Hermione interrumpió a Harry como si ella hubiese estado segura de lo que el muchacho estaba pensado—, creo que tienes razón en tus sospechas hacia el profesor Centt. Es muy extraño que justamente semanas antes nos enseñara este hechizo... es como si hubiese estado seguro de lo que iba a pasar.

Harry se quedó en silencio contemplando al dragón caído sin decir nada; de pronto recordó la caja que contenía el horcrux y le pidió a Hermione que la abriera. —Espero que esta vez sí sea el relicario verdadero.

Con emoción y premura se acercaron al lugar donde Hermione había dejado la caja, y mientras Harry la tomaba con sus manos, Hermione dijo claramente:—"Alohomora" —la cerradura emitió un ligero sonido metálico y el cofre se abrió.

—¿Pero qué? —exclamó Harry sorprendido.

El cofre recién abierto no contenía el relicario de Slytherin que esperaban hallar, sino una pequeña taza dorada con dos agarraderas forjadas finamente.

—Es la taza de Helga Hufflepuff —dijo lacónicamente Hermione—, pero entonces ¿dónde está el relicario?

Harry no contestó, miró fijamente el dragón caído y la cueva donde se encontraban. —Será mejor que hablemos en otra parte —dijo—, no quiero que nos quedemos ni un segundo más en este lugar.

—Tienes razón —dijo Hermione mientras cerraba el cofre, y cuando Harry se disponía a retirarse añadió—. ¡Espera! Tenemos que encontrar tu varita: Accio Varita. —La varita de Harry salió disparada en dirección a Hermione quien la atrapó en el aire y se la entregó a su dueño.

Harry le agradeció y ambos se dispusieron a salir presurosos de la cueva con el horcrux en sus manos. Fue entonces cuando se escuchó un fuerte crujido, los dos muchachos giraron la cabeza en dirección al dragón muerto, el cual al parecer se movía... pero no era por voluntad propia, estaba siendo arrastrado por las arenas del desierto: un enorme torbellino había aparecido en el centro del desierto y estaba succionando todo lo que se encontrara a su paso.

—¡CORRE! —gritó Harry, y ambos chicos comenzaron a desplazarse siendo detenidos por la resistencia y la resbaladiza esencia de la arena. El remolino crecía cada vez más y aumentaba el poder de aspiración a un nivel sorprendente, la arena se resbalaba por sus pies y los acercaba poco a poco al abismo recién abierto a sus espaldas. Harry pudo ver frente a ellos las rocas por donde habían descendido al desierto, y sin saber cómo, rodeó por la cintura a Hermione con su brazo y le gritó al oído—: ¡Salta!

Ambos saltaron con todas sus fuerzas justo antes de ser devorados por el remolino de arena. Aterrizaron violentamente sobre las filosas rocas, una de ellas se incrustó en la pierna de Harry destrozándole los músculos. Soportando el intenso dolor giró para mirar a Hermione y averiguar si estaba bien.

—Estoy bien, pero tu pierna...

—Déjalo, tenemos que salir de aquí cuanto antes.

Hermione ayudó a Harry a incorporarse y ambos caminaron con un paso semi-lento hacia la salida. La sangre de Harry caía a borbotones mientras su piel se tornaba cada vez más blanca.

—Si sigues así te desangrarás antes de que lleguemos a Hogwarts —dijo Hermione mientras arrancaba una manga de su sudadera y hacía un torniquete en la pierna del muchacho herido. Al incorporarse miró directamente a los ojos verdes de su amigo y con una sonrisa cargada de triste melancolía se acercó a su rostro y le besó la mejilla—. Aguanta sólo un poco más.

Después de algunos minutos finalmente alcanzaron la cúspide y se toparon con la imagen de la pintura, vista desde el lado opuesto del cuadro, justo como si estuviera reflejada en un espejo. —Sólo espero que podamos salir sin necesidad de esperar la hora indicada —señaló Hermione, y sujetando a Harry por la cintura tocó el cuadro. Una especie de gancho invisible los tiró hacia arriba y comenzó a transportarlos a una velocidad increíble, después de unos segundos, que le parecieron siglos a Harry, ambos aterrizaron accidentadamente en el húmedo piso de la caverna. Cuando Harry y Hermione pudieron enfocar la vista observaron a un chico pelirrojo correr hacia ellos y rodearlos con sus brazos.

—¿Están bien?... ¿Qué sucedió?... ¿Porqué no me esperaron?... Harry estás sangrando... pero...

—Después Ron —dijo Hermione—, ahora debemos llevar a Harry a la enfermería, debe ser atendido cuanto antes por Madame Pomfrey.

Ron asintió y paso el brazo de Harry por sus hombros mientras lo levantaba. —Hermione —señaló—, ¿tienes energía para aparecerte en Hogsmeade? —Hermione inclinó la cabeza en señal de afirmación. —Bien tú hazlo, yo me apareceré junto con Harry cerca de las tres escobas, ahí nos veremos.

—De acuerdo —dijo la muchacha, y tras un fuerte estallido desapareció.

—Bien amigo es nuestro turno —Ron sujetó fuertemente a Harry y ambos desaparecieron.


El regreso al castillo fue complicado, por insistencia de Ron, Harry y Hermione se cubrieron con la capa invisible que el muchacho llevaba en la mochila, mientras que Ron los guiaba siguiendo las instrucciones del mapa del merodeador.

La noche hacía rato había caído en Hogwarts y desde el pasillo principal se podía escuchar el murmullo de los estudiantes que cenaban placenteramente en el gran salón.

—¿Qué le diremos a Madame Pomfrey? —preguntó Hermione—; sobre las heridas.

—Cualquier cosa —dijo jadeante Harry—, ella nunca hace preguntas.

Ron se detuvo de golpe mientras miraba pensativo el mapa. —Chicos alguien se acerca. No se muevan y péguense a la pared, yo me ocultaré detrás de esos pilares, si nos llegan a ver comenzarán a hacer muchas preguntas. —Harry y Hermione se mostraron conformes con el plan de Ron y se pegaron a la pared tratando de no hacer el más mínimo ruido. Harry únicamente apretaba los dientes intentando soportar el constante dolor de la pierna y del brazo...

—Ya se lo he dicho profesor Slughorn, no se nada del profesor Centt.

—Pero Hagrid, se que Dumbledore te tenía en gran estima y que eras casi su confidente, es por ello que estoy seguro que te debe de haber mencionado algo sobre él.

—Bueno... ehem... es cierto que el profesor Dumbledore me confiaba muchas cosas —dijo Hagrid mientras inflaba su pecho— y tal vez alguna vez mencionó al profesor Centt, pero fuera de esa ocasión no recuerdo haberlo oído hablar de él.

—¿Qué dijo sobre él? —preguntó Slughorn con una voz tembleque y ansiosa.

—Me contó que lo había tenido como alumno... que era un mago increíble aunque bastante testarudo, y que dejó de verlo durante mucho tiempo a raíz de una fuerte discusión con él.

—¿Eso es todo? —preguntó decepcionado Slughorn.

—¡Eso es todo! —respondió lacónicamente Hagrid—. ¿Pero porqué tiene tanto interés en el profesor Centt, profesor Slughorn?

Horace Slughorn miró a ambos lados del pasillo como si buscara a alguien que quisiera escuchar algo que no debía. —¿Puedes guardar en secreto lo que te diga ahora Hagrid? —Hagrid asintió y Slughorn continuó—: Verás, he oído rumores sobre el tipo de clases que imparte el profesor Centt: se salen del programa y parecen abarcar temas y hechizos muy extraños, incluso extraños y misteriosos para nosotros, más que una clase de defensa contra las artes oscuras parece una clase en pro de las artes oscuras; por ello decidí leer detenidamente el libro que escribió de principios de la magia. Después de leerlo y consultar con amigos, que representan una fuente fidedigna, me he percatado que el contenido es lo menos perturbador que tiene ese libro, lo más extraño es que ese texto lleva más de 100 años escrito —Hagrid miró dubitativo a Slughorn —. ¿No lo entiendes? Este individuo no es quien dice ser, nos ha estado engañando a todos, es imposible que él pudiera escribir ese libro.

—Pero profesor —dijo Hagrid— no estará insinuando que sospecha que el profesor Centt sea un espía de Usted- Ya- Sabe- Quién.

—Yo no he dicho nada de eso Hagrid, pero su comportamiento no es nada inocuo y resulta muy sospechoso que sepa tanto de la magia oscura, además... —Slughorn calló de pronto y clavó su mirada en el pasillo, el sonido de unos pasos aproximarse a ellos obligó a que guardara silencio abruptamente el profesor de pociones.

—¡Ah! Profesor Slughorn, Profesor Hagrid, justamente los estaba buscando a ustedes dos.

—¿En qué le podemos ayudar profesor Centt? —dijo nervioso Hagrid.

—¿Le sucede algo profesor Hagrid? lo noto tenso e inquieto.

—!No… no es nada…! —Y cambiando abruptamente el tema preguntó—: ¿Qué necesitaba de nosotros?

—¡Ah sí! La directora ha convocado una reunión en su despacho, por favor vayan allá.

—Muchas gracias profesor —dijo Hagrid—. Vamos profesor Slughorn, ¿usted no viene profesor Centt?

—Ahora los alcanzo, en cuanto encuentre al profesor Flitwick.

Hagrid y Slughorn asintieron y se marcharon presurosos de ahí. El profesor Centt los siguió con su mirada, y tras unos minutos se dispuso a continuar con su camino, de repente se detuvo de golpe y miró el suelo, se acercó lentamente hacia el lugar donde estaban escondidos Hermione y Harry y se inclinó, tocó el suelo con las yemas de sus dedos y estos se impregnaron de una especie de aceite rojizo y viscoso, se llevó las manos a la cara y observó la sangre, mirando fijamente de un lado a otro del corredor para asegurarse que no hubiese nadie, estiró la mano en busca de algo hasta que sintió la textura de la capa invisible y al tirar de ella descubrió a Harry y Hermione. Sus ojos observaron atentamente el aspecto de la pareja, los examinó palmo a palmo con ellos y clavo su mirada en la pierna herida del muchacho; sin emitir ninguna pregunta levantó a Harry y lo cargó sobre su hombro.

—Tenemos que llevarlo cuanto antes a la enfermería señor Potter. Señorita Granger ¿puede usted caminar? —Hermione asintió—. ¡Bien! Venga conmigo… usted también señor Weasley, si así lo desea. —Ron salió de su escondrijo asintiendo con una cara de sorpresa, y se apresuró a seguir al profesor Centt y a Hermione.


Harry y Hermione pasaron esa noche en la enfermería por insistencia de Madame Pomfrey, sus conocimientos de la medicina mágica habían curado las heridas de los chicos en un santiamén, pero a pesar de ello la enfermera insistió en que debían pasar la noche en la enfermería bajo el alegato de que estaban exhaustos y necesitaban completo reposo. Ni Madame Pomfrey, ni el profesor Centt realizaron pregunta alguna sobre la causa de sus heridas, y este último únicamente se despidió de ellos deseándoles una buena noche.

—Hermione ¿estás despierta?

—Si Harry, pese a todo aún no puedo dormir.

—Yo tampoco —repuso Harry—. Después de lo que escuchamos hablar a Hagrid y Slughorn me he quedado muy intranquilo.

—¿Tú crees que este individuo es un mortífago? —preguntó Hermione.

—En este momento me puedo creer cualquier cosa, y dado que antes fuimos engañados por un mortífago que se hizo pasar por un profesor, esta aseveración no es nada descabellada.

—Me parece que a partir de ahora tendremos que tener vigilado al profesor Centt —añadió Hermione.

Harry guardó silencio mientras que en su cabeza aparecía la pregunta que no deseaba decir en voz alta: "Si… pero… ¿cómo?"

—¿Harry? —dijo Hermione rompiendo el silencio que se había creado.

—Dime Hermione

—¡Gracias! —dijo en un suspiro—. Gracias por protegerme en esa caverna.

—¿Estás loca? Quien debe darte las gracias soy yo, si no me hubieras acompañado y hubieras lanzado esa roca al corazón del dragón, yo estaría ahora… muerto.

La luz de la luna se colaba por las rendijas de la ventana y alumbraba ligeramente la habitación. Harry estaba sentado sobre la cama mirando a Hermione que aún permanecía recostada; su piel parecía cubrirse de una capa plateada producto de la luz de la luna. Harry la miró en silencio sin parpadear, daba gracias que la escasa luz no revelara el rubor que había aparecido en su cara al admirar a su bella acompañante.

—¡Hermione! Eh… yo…

—¿Qué pasa Harry?

Con un temblor en la voz y un sudor frío recorriendo su espalda, sólo alcanzó a responder: —Nada, no pasa nada amiga —y se recostó dispuesto a descansar.