Hola que tal? Como han estado? Solo les quería decir que este es el último capitulo ;( y pues espero que lo disfruten :D

La historia y los personajes no me pertenecen si no que a Suzzane Collins y Lynne Graham respectivamente y lo hagi sin ningún fin de lucro.

Disfrutenlo.

Capítulo 10

—¡Dios mío… tu abuelo y tú podríais ser gemelos! —Katniss miraba fascinada la fotografía del hacía largo tiempo fallecido Claudius con su atuendo ceremonial. Ahí podía verse de dónde había heredado la estructura clásica de su figura.

Peeta extendió una mano sobre el vientre de ella para inclinarla y apoyarla en su cuerpo.

—Mi padre dice que los genes de su padre saltaron una generación y llegaron a mí. Aunque me gustaría creer que el parecido es sólo de semejanza, yo, definitivamente, no he heredado el buen carácter de mi padre.

—¿Has raptado a alguna mujer? —bromeó Katniss sintiendo un deseo inmediato en cuanto su cuerpo entró en contacto con el de él.

—No, pero si tú no hubieras accedido a darle otra oportunidad a nuestro matrimonio, te habría raptado a ti.

—¿Lo dices en serio? —lo miró incrédula.

Por encima de la cabeza de ella, Peeta estaba intentando no sonreír. Nada lo hubiera convencido de que la dejara ir. Inclinó la cabeza y la besó en un sensible punto debajo de la oreja. Katniss se estremeció indefensa sintiendo una ola de calor en el vientre.

—¿Eh? —volvió a preguntar.

—Te he dicho que no te habría dejado en Londres.

El aire frío del acondicionador le acarició los pechos cuando él le desató la bata y se la bajó por los brazos. Permaneció de pie desnuda entre sus brazos. Él exploró los sensibles pezones con una destreza que la dejó vibrando en respuesta.

—Nos hemos levantado hace sólo una hora —susurró ella.

—Ser mi concubina favorita es un trabajo duro —dijo Peeta con voz espesa.

—¿Sí? —preguntó ella dando un respingo al notar que unos dedos bajaban por su vientre hasta enredarse en los rizos de la cumbre de sus muslos.

—Y cuando firmaste la larga condena de ser una esposa, las condiciones de trabajo se hicieron mucho más duras. Espero que sepas cómo luchar por tus derechos porque yo pretendo aprovecharme de tenerte a mi disposición veinticuatro horas al día.

Una risita ahogada fue la única respuesta que ella fue capaz de dar. Lo desagradable del episodio con Snow la había hecho cambiar repentinamente de planes, pero había enviado el cheque. Seguramente, una vez que había conseguido lo que quería, algunas fotos habrían sido enviadas a la dirección de su madre. De todos modos, sólo pasaría una semana en el Palacio de los Leones con Peeta, pero estaba feliz. Nunca habían disfrutado del lujo de pasar tanto tiempo juntos, y cuanto más estaban el uno con el otro, menos querían separarse. Katniss podía ver el reflejo de los dos en el espejo de un antiguo armario. Su castaño cabello resultaba brillante contra el rubio de Peeta, sus pechos provocativamente desnudos entre sus bronceadas manos. Pensó que parecía una desvergonzada. Desvergonzada y satisfecha. Con una indolente mirada de sus azules ojos y una forma particular de arrastrar las vocales, era capaz de hacerla literalmente temblar de deseo. Su corazón se disparaba y las piernas se le aflojaban. Dejó reposar su peso sobre él para disfrutar de sus caricias.

Con un rugido de satisfacción, Peeta exploró la cálida humedad del corazón de su cuerpo. Le dio la vuelta y la sujetó de las caderas y la fue llevando hasta apoyarla en una mesa que había tras ella. Katniss abrió los ojos y se encontró con su oscura e intensa mirada.

—Te gustará —dijo persuasivo Peeta.

Antes de que ella pudiera reaccionar, le separó los labios e invadió el interior de su boca con su lengua de un modo provocativo al tiempo que efectivo. Le separó las piernas y la tocó de una forma que alternativamente la dejaba quejándose o sin aliento, apenas capaz de controlar la creciente hambre que la iba poseyendo. Sólo cuando la había llevado hasta el torturante límite de la necesidad, la inclinó hacia atrás y se deslizó dentro de ella. La sensación la invadió como una ola de cegador placer a la que siguió otra y luego otras hasta que terminó gimiendo de deliciosa locura.

Tardo un tiempo en recuperar la razón y ser capaz de hablar. Estaba acostada en una cama a donde la había llevado él. Creía que había gritado al llegar a la cima del éxtasis. Le ardía el rostro y tenía los ojos cerrados porque no estaba segura de ser capaz de mirarlo. Cinco años antes, había sido la intensidad de lo que era capaz de sentir por él lo que le había puesto en guardia. Dejar caer esas defensas le había proporcionado una maravillosa sensación de libertad.

Un dedo perezoso le recorrió la columna vertebral.

—Te ha gustado mucho —dijo Peeta besándola hasta que abrió los ojos—. A mí me ha gustado aún más. Eres tan apasionada como yo y no tengo que reprimirme contigo.

Katniss enfocó la mirada en su hermoso rostro y le acarició la línea de la boca con la yema de un dedo. Era salvaje en la cama y estaba descubriendo que le encantaba esa falta de inhibición.

—Sé me ha olvidado ponerme un preservativo —dijo él haciendo un repentino movimiento.

—Oh… bueno —dijo ella encogiéndose de hombros e imaginando un Peeta en miniatura con los ojos serios o una diminuta versión de Magde hablando continuamente.

Aunque quedarse embarazada tan pronto no era algo que tuviera planeado, era consciente de que anticiparlo le producía una cierta felicidad. Peeta la miró detenidamente.

—Podría haberte dejado embarazada —añadió como si ella no hubiera entendido las consecuencias de lo que le había dicho antes.

—Bueno, tampoco sería el fin del mundo, ¿no?

—¿No te importaría?

—No, si tiene que ser, será. Me gustan los niños.

El rostro de Peeta se relajó. La abrazó.

—Eres sorprendente —dijo él—. Llevamos aquí una semana. ¿Te gustaría ir a Cannes unos días? Tengo una casa allí.

Con una sonrisa soñolienta, Katniss apoyó la cabeza en el hombro de él.

—Si quieres.

—¿Te gustaría?

—Umm —susurró cerrando los ojos porque había decidido que le gustaría cualquier sitio si era con él.

Cuatro semanas después, la luna de miel, que se había prolongado dos veces, tocaba a su fin. Habían disfrutado unos largos y soleados días en la solitaria finca que Peeta tenía en el sur de Francia. Lo habían llamado por un asunto de negocios el día anterior. Tenían que volver ese mismo día y Katniss estaba recogiendo sus joyas para salir un poco más tarde. Estaba tomando nota mentalmente de que sus pechos parecían un poco más sensibles. Llevaba también diez días de retraso en el periodo. No tenía ninguna intención de decirle nada a Peeta hasta que hubiera visto a un médico, pero sospechaba que estaba embarazada. De hecho, estaba bastante excitada antes la idea de que podía llevar ya dentro a su primer hijo, preocupada porque Peeta no estuviera ilusionado.

Como se esperaba que Peeta fuera el padre de la siguiente generación de reyes, tener familia naturalmente estaba en su agenda. Pero era muy pronto para haber concebido. Aunque sabía que Peeta actuaría como si fuese la mejor noticia del mundo, en el fondo estaba preocupada porque considerara una opción menos atractiva una esposa embarazada.

Con un suspiro, se miró detenidamente en el espejo intentando imaginarse cómo sería con una enorme barriga y unos pechos enormes. Desde un punto de vista práctico, pensó que habría cosas que no cambiarían. No estaba enamorado de ella y sabía que era una estupidez pensar que aquello supondría alguna diferencia. Su aspecto y lo activa que ella pudiera ser dentro y fuera de la cama eran factores cruciales en su relación. No habría más viajes de acá para allá, ni cabalgar a caballo ni esquí acuático. Ambos disfrutaban de esas actividades, pero a ella le tocaría hacer ejercicio con moderación. ¿Se aburriría de ella?

Con un humor extraño, observó la pulsera de diamantes. El último regalo de Peeta era tan elegante como el anillo de compromiso. También tenía unos pendientes y un collar. Le había regalado algunas cosas preciosas. Era maravillosamente generoso. Era como si nada lo complaciera tanto como complacerla a ella. Recordando esa verdad, salió a la terraza y se sentó en un cómodo sillón.

Los hermosos jardines bajaban hasta la playa. La finca también tenía unos estupendos establos. Katniss no había aprendido nunca a montar, pero Peeta y su familia estaban locos por los caballos. Había obligado a Katniss a subirse a lomos de una yegua muy mansa. Una vez que había sido capaz de relajarse encima de un caballo, había ido todas las mañanas a montar con él por la playa. Bueno, ella había ido despacio y lo había mirado galopar en el borde de las olas. Había sido jugador de polo aficionado y estaba increíblemente atractivo subido a un caballo.

La mayor parte de las noches habían cenado fuera, disfrutando de las terrazas de muchos de los grandes restaurantes de Cannes. La reserva de Peeta había desaparecido rápidamente. Hablaba mucho con ella, hacía bromas con facilidad. Su relación había cambiado desde que el desagradable asunto del informe se había aclarado. Cada vez más iba reconociendo al tipo que le había robado el corazón cinco años antes.

Algunas discusiones ocasionales rompían la paz y normalmente se resolvían en la cama. Peeta era muy apasionado, muy testarudo. Tenía una voluntad de acero y una personalidad fuerte. Tendía siempre a ser el jefe. Solía pensar que él sabía qué era lo mejor. Lo que la enfurecía era la cantidad de veces que tenía razón. Estaba total y absolutamente enamorada de él, reconocía mareada.

—¿Kat? —Peeta entró en la terraza espectacularmente guapo en un traje color crema—. Te he estado buscando por todas partes.

—No sabía que habías vuelto. Estaba disfrutando de la vista —Katniss se dio cuenta de que tenía un gesto inusualmente serio.

—¿Puedes entrar? Tenemos que hablar —dijo él.

Katniss se puso de pie despacio y se alisó la falda con las manos. Tuvo una sensación desagradable en el vientre. Algo le decía que alguna cosa iba mal, muy mal. Entró en la habitación que Peeta usaba como despacho. Él estaba apoyado en el borde de la mesa con los ojos mirándola reflexivos.

—¿Sabes?, por alguna razón me siento como una niña a la que llaman al despacho del director —dijo Katniss tensa.

—Siéntate, por favor —murmuró él suavemente.

Katniss se sentó, pero permaneció con la espalda erguida porque sabía que no se estaba imaginado el ambiente de tensión.

—Voy a preguntarte una cosa y espero que seas sincera. ¿Cuál es tu opinión de mí como marido?

Katniss parpadeó y después abrió mucho los ojos.

—¿En… en serio? —tartamudeó.

—En serio.

—¿Por qué me preguntas eso?

—Hazme caso aunque sólo sea una sola vez.

—Bueno… eres… un compañero maravilloso, incluso ecuánime… y paciente. Muy bueno en la cama —se ruborizó al ver que Peeta alzaba una ceja como sugiriendo que estaba yendo por el camino equivocado—. Generoso, amable, agradable.

—Parezco un santo y no lo soy. Debes ser más sincera y hablar de mis defectos.

—No he dicho que no tengas defectos —se defendió Katniss al instante—. Aparte de ser demasiado inteligente para tu propio bien algunas veces…

Peeta tomó una hoja de papel que había en el escritorio y se lo tendió para que lo viera. Katniss se echó para atrás porque era la misma fotocopia de la mujer bailando en la jaula que Snow le había enviado a ella.

—¿De dónde has sacado eso?

—Tu madre lo envió con tu correo. No había nada en el sobre que indicara que fuera personal, así que lo abrió alguien de la oficina que pensó que era una invitación a una fiesta.

Katniss extendió la mano y leyó las palabras que había debajo: Se debe el siguiente plazo, y al lado la dirección y el teléfono de Snow.

—Ya está resuelto —informó Peeta con tranquilidad.

Pero la conmoción y la aprensión habían hecho a Katniss sentirse mareada y se sorprendió a sí misma aún más que a él cuando estalló en lágrimas y sollozos.

Atónito, Peeta la levantó de la silla entre disculpas. Le apartó el cabello del rostro.

—Creo que esto se puede calificar como un momento de «demasiado inteligente para mi propio bien» —dijo en un susurro—. No quería apenarte. Eso era lo último que quería.

—¿Qué esperabas cuando me has enseñado esa horrible foto? —dijo Katniss entre sollozos—. ¡Esperaba no tener que volver a verla jamás!

Rashad la rodeó con sus brazos.

—No habrías tenido que volver a verla si hubieras acudido a mí la primera vez.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó ella poniéndose rígida.

—He visto a Snow anoche. Allí es donde he estado ayer. Naturalmente, según vi la fotografía supe que sólo te la podían haber enviado como una amenaza. Planté cara a Coronalius. No hay ninguna foto tuya bailando en la jaula esa noche.

—¿Estás seguro de eso?

—Sí —confirmó él—. Si hubiera tenido una foto auténtica de ti, habría hecho copias en vez de recurrir a una extraña fotocopia.

Katniss se ruborizó.

—Supongo que debería haberlo pensado.

—Ha sido un intento de aficionado de conseguir dinero. Ni siquiera es lo bastante listo como para falsificar una foto con el ordenador. ¿Cómo era la primera carta?

—Usó la misma foto —admitió ella.

—La recibiste cuando fuimos a ver a tu madre. Era Coronalius con quien hablaste por teléfono sobre la factura que había que pagar, ¿verdad?

Katniss asintió incómoda.

—Me apena que no vinieras a pedirme apoyo y ayuda en este asunto.

—¿Y volver a sacar a relucir el tema de la jaula otra vez? ¡Prefiero morirme! —dijo Katniss sintiendo un estremecimiento—. Supongo que ya sabes que le he dado a Snow cinco mil libras.

—Sí, y no hay esperanza de recuperarlas porque ya se las ha gastado —dijo Peeta con un gesto de disgusto—. Es un tipo repugnante, pero no se habría atrevido a molestarte si hubieras acudido a mí. Me tiene miedo.

—No hay ninguna foto mía bailando en esa jaula… ¿estás seguro? —preguntó Katniss sin poder creer aún que esa amenaza ya no existía.

—Seguro.

—Me siento tan imbécil por haber pagado —suspiró—. Pero estaba horrorizada por la sola idea de una sórdida foto apareciendo en los periódicos y poniéndote en un compromiso.

—Incluso aunque hubiera habido una foto, lo habríamos superado. Soy más sabio y tolerante que cuando nos conocimos —dijo Peeta irónico—. No se me pone tan fácilmente en un compromiso.

Katniss estaba asombrada por su actitud.

—¿Es cierto eso?

—Por supuesto.

—Bien. Entonces creo que va siendo hora de que te diga que fueron tus amigos quienes me metieron en la jaula. Pagaron al encargado para que me lo ordenara porque era tu cumpleaños.

Peeta estaba realmente desconcertado por su revelación. Katniss disfrutó de esa inversión de papeles.

—Desde mi punto de vista, uno de los papeles fundamentales de un marido es proteger a su esposa de todo —dijo Peeta frío—. Aun así, no has confiado en mí lo bastante como para decirme que Snow te estaba chantajeando.

—No es que no confiara en ti. Me sentía tan culpable por el episodio de la jaula…

—No tienes por qué sentirte culpable. Pero puede que no tengas fe en mí porque he tardado demasiado en decirte lo que significas para mí —había tensión en su rostro—. Hace cinco años eras todo lo que había buscado siempre en una mujer. Al instante me enamoré de ti. Eso era todo lo que sabía.

Katniss lo miró con manifiesta sorpresa.

—Eras mi sueño, mi premio después de tantas decepciones. Había estado solo mucho tiempo. Pero sabía que tú no sentías lo mismo que yo…

—Peeta… —interrumpió ella emotiva.

—Creía que si tú sentías por mí lo mismo que yo por ti, entonces te habrías acostado conmigo. Katniss estaba impactada por su sinceridad.

—Eso no es así. Realmente te amaba, pero pensaba que no teníamos ningún futuro. Quiero decir que tú ibas ser rey algún día y yo no quería sufrir. Pensaba que manteniendo nuestra relación como algo ligero no sufriría tanto cuando te marcharas a Bakhar.

—No tenía ni idea. ¿No era evidente que yo iba en serio contigo?

—No. También estaba aterrorizada de que me pudiera quedar embarazada —admitió de pronto—. He pensado mucho sobre ello después. Mi madre siempre se quedaba embarazada tan fácilmente… Peeta le agarró el rostro con las dos manos.

—Si hubiéramos hablado de las cosas que realmente importan, pero yo no sabía cómo. Sólo esperaba que tú supieras que te llevaba en mi corazón.

—Pero yo te amaba muchísimo —le dijo Katniss—. Cuando me dejaste, sentí que el mundo se acababa.

Los hermosos ojos de Peeta estaban sospechosamente brillantes e inclinó su cabeza sobre ella con un ronco gemido.

—Te adoraba. Lo habría dejado todo por ti, incluso el trono, y creo que mi padre lo sabía, lo que le dio aún más razones para temer tu poder sobre mí.

Katniss estaba tan aferrada a él que apenas podía respirar y aun así no se sentía lo bastante cerca.

—En cinco años que estuve sin ti, no volví a ser feliz. Me avergüenza reconocerlo, pero incluso aunque hubieses sido una cazafortunas creo que serías mi esposa porque te amo.

—¿Cuánto tiempo hace que estás enamorado de mí?

—Durante cinco años lo he llamado odio. Nunca me he recuperado de ti —reconoció en un tono sombrío.

—¿No te das cuenta de cuánto te quiero todavía?

—¿Pero cómo puedes quererme? —preguntó Peeta mirándola dubitativo.

—Pides perdón muy bien. Eres estupendo con los chantajistas. Eres muy guapo. Me haces feliz. Supongo que lo más importante de todo: cuando estoy contigo, soy completamente feliz.

—¿Me amas? —una sonrisa empezaba a iluminar sus labios.

Katniss lo abrazó y lo besó.

—Ah, y creo que estoy embarazada —dijo tras decidir que nunca más le ocultaría nada—. Y me encanta.

Peeta rió a carcajadas y la miró casi con reverencia.

—Debo de ser el hombre más feliz del mundo.

Sintiéndose como la mujer más afortunada, Katniss dejó que la llevara en brazos a la cama. Supuso que el final de la luna de miel se pospondría unos días más…

Casi tres años después, Katniss vio como Peeta recibía a su hijo y a su hija con los brazos abiertos.

Noah tenía casi dos años, un niño alto para su edad con el pelo rubio y los ojos grises. Con el pijama puesto, revoloteaba alrededor de su padre parloteando continuamente. Peeta lo alzó con un brazo y dijo unas palabras cariñosas al bebé que gateaba delante de él. Annabeth tenía nueve meses. Era castaña y con los ojos azules, tenía la sonrisa de su padre y el temperamento de su madre. Como la alfombra persa que tenía debajo le impedía avanzar, rompió a llorar y se dejó caer al suelo. Peeta la levantó y se la colocó en el otro brazo. La niña se agarró a él como una lapa y le dio palmaditas en la cara radiante de amor y felicidad.

Era fin de semana. Peeta y Katniss solían pasarlos en el Palacio de los Leones donde la privacidad estaba asegurada. Noah había sido una delicia tal para sus padres, que habían decidido tener otro hijo lo antes posible. Era un chico encantador, adelantado para su edad y muy activo. Katniss había llevado muy bien los dos embarazos.

Su madre se había casado hacía poco con Haymitch y vivía en muchas mejores circunstancias. Le había llevado un año y ayuda profesional superar su agorafobia. Había sido un reto para ella, pero se había convertido en una visitante habitual de Bakhar. Katniss se había sentido feliz cuando supo que se iba a casar, Haymitch siempre le había gustado y ya no estaba preocupada por su madre como siempre lo había estado. Su hermano Boggs había terminado Medicina y Prim estaba en la universidad. Los pequeños, Rue y Darius, iban bien en el colegio. Era una fuente de satisfacción para Katniss visitar a su familia. Solía ir a Londres con Peeta.

El rey era un visitante regular de su casa en el complejo de palacio porque le encantaban los niños. Katniss había conseguido sentirse muy relajada con el anciano. Llevaba una vida muy ajetreada pero muy satisfactoria. Había supervisado la remodelación del Palacio de los Leones. También se daba cuenta de la suerte que tenía de tener siempre ayuda con los niños. Había vuelto a pintar, aunque en privado había llegado a la conclusión de que era seguramente mejor contable que artista. Aun así, Peeta, apenas capaz de dibujar una figura reconocible, estaba muy impresionado y tenía la embarazosa costumbre de mostrar sus obras a todas las visitas.

Katniss tomó a Annabeth de los brazos de su padre. La niña bostezaba.

—Está dormida —dijo ella.

Peeta se inclinó y reclamó la boca de su esposa para un beso que la dejó aturdida. Se puso colorada y pensó en el tiempo que habían perdido la semana que él había estado en Nueva York. Algunas veces Katniss y los niños viajaban con él, pero no siempre era práctico. Llevaron a Noah y Annabeth a la cama. Disfrutaban de esos momentos de tranquilidad familiar. Peeta contó a su hijo un cuento mientras Katniss acostaba a su hija en la cuna.

—Por fin —rugió Peeta abrazándola en su dormitorio—. No podía esperar para estar contigo esta noche.

—Umm… —con una amplia sonrisa en los labios Katniss se apoyó en la calidez de su cuerpo—. ¿Te he dicho alguna vez lo feliz que me haces?

—Puedo soportar a que me lo vuelvas a decir —le acarició el pelo con ternura—. Pero no puedo vivir sin ti… Cada día te quiero más…

Fin

Que les pareció? A mí en lo personal me parece precioso este final es de lo más encantador.

Ya saben díganme que les pareció y dentro de poco subiré otra historia :D

Bye nos leemos pronto. :)