~Hasebe's Story –Second Part~
Había pasado una semana desde que el castaño había divisado a su hermano, y aquello le había traído calma al alma y una fuerte ansiedad, ahora que sabía que uno de sus hermanos estaba cerca, sus deseos de buscarlos a todos se habían avivado.
Pero debía seguir callando, por bien de ellos, soltó un suspiro y recargó su espalda en el respaldo, habían salido hace tiempo de la mansión, Hasebe no le había dicho a dónde iban o por qué.
Y él tampoco quiso cuestionarle nada, Hasebe se veía un poco deprimido aquel día, y lo único que Ishikirimaru podía hacer era acceder a las pequeñas peticiones del olivo, mismas que no eran cosa extravagante, pero lo apagado del chico le preocupaba.
—Perdona. — Durante todo el camino no se había pronunciado palabra alguna, y ese "perdona", no había sido muy del agrado del castaño.
— ¿De qué hablas, Hasebe? — Ishikirimaru tomó de la mano al más bajo.
—Traerte así sin más, sin decirte algo. — Estaba apenado por sus acciones, pero lo que hacía, era una promesa. —Hoy… vamos a visitar a alguien… muy importante para mí.
Ishikirimaru asintió y sonrió de forma suave, creyendo que así, aquella aura de penumbra se iría del olivo, pero no fue así, no del todo.
—Hasebe, si están importante para ti, ¿por qué traes esa cara? — La pregunta era normal, cualquiera preguntaría si viese a alguien ir a visitar a una persona muy importante mientras su expresión dice que no lo calienta ni el sol.
El olivo apretó suavemente las manos del castaño. —Vamos… a visitar, a quien fue mi segundo matrimonio. — Aquello ocasionó un vacío en el estómago al castaño, quería saber de Hasebe, de sus matrimonios pasados, pero eso no significaba que estuviese preparado para conocer a la ex pareja.
—Hasebe, tú… — Se lo había dicho, le había dicho que todas sus parejas pasadas le habían dejado.
—Sé que dije que todos me dejaron, y de cierta manera, así fue. — Ishikirimaru no dijo nada, sólo se limitó a prestarle atención al contrario.
~Hace 13 Años~
Había pasado un año, un doloroso año, después del abandono de Mitsutada, Hasebe lloraba amargamente, se cuestionaba el motivo, si él había hecho algo mal, o si aquel hombre de verdad le había amado.
Se hizo ovillo mientras trataba de ahogar su dolor. Su padre, el señor Kunishige había cambiado drásticamente después de la muerte de Fudo.
El hombre se había empeñado en que Hasebe y Mitsutada tuviesen un bebé, y en su momento Hasebe no lo había visto a mal, sabía que de cierta forma, su padre trataba de aliviar aquel dolor.
Lo habían intentado, ellos también querían un bebé, y lo habían estado buscando desde antes, cuando Hasebe había cumplido los dieciséis, y había sido el mismo Hasebe quien tentó a Mitsutada, pero nada.
En esa pequeña "epifanía" fue que Hasebe se repudió a sí mismo.
—Fue mi culpa… Nunca pude darle el hijo que deseábamos. — Se mordió el labio inferior, y se repetía aquellas palabras una y otra vez.
No era la primera vez que lo hacía, y tampoco sería la última.
— ¡Hasebe! — La voz de su padre provenía desde la sala de estar, bastante retirada de su habitación, y aun así se le oía fuerte y claro. — ¡Hasebe, ven aquí! — Se notaba que el hombre estaba perdiendo la paciencia, la poca que le había quedado tras la muerte de su pequeño.
Sin muchas ganas fue a donde estaba su padre, el chico se veía fatal y se sentía aún peor, se le notaban los ojos y el rostro completamente hinchados a causa del llanto, las ojeras estaban tan marcadas que aunque la gente quisiera ignorarlas, estas captaban toda la atención.
— ¡Estás hecho un asco! — Soltó sin miramiento alguno, haciendo que Hasebe se sintiera más miserable aún.
El chico no dijo nada, sino por el contrario se limitó a mirar al hombre de cabellos rubios y mirada felina.
— ¿Quién es usted? — Interrogó con educación.
—Me presento, soy Nansen, el actual juez de este pueblo. — Hasebe seguía sin entender la visita de aquel sujeto. —Tengo entendido que usted se casó con Shokudaikiri Mitsutada Osafune, ¿cierto? — La pregunta le ocasionó un hueco en el corazón y ardor en los ojos. —También tengo entendido que fue abandonado por el antes mencionado. — El olivo se mordió el labio inferior. Aquello no pasó desapercibido por aquel rubio. —No haré el cuento largo, por el poder que se me otorga, le hago constatar que su matrimonio con Mitsutada Shokudaikiri Osafune, queda anulado.
Hasebe abrió los ojos de par en par, su corazón se estrujó a tal grado que el chico sentía que este había dejado de existir. — ¡¿De qué diablos está hablando?! — Gritó molesto y herido.
Nansen soltó un suspiro. —Desde hace tres años el país ha aprobado una ley de anulabilidad ante matrimonios en los cuales hay abandono.
— ¡¿Y quién mierdas le ha dicho que voy a aceptar una pendejada así?!
— ¡Cállate, Hasebe!
— ¡No lo haré, ¿por qué he de callarme, cuando un sujeto con cara de holgazán viene a decirme que anulará MI matrimonio?!
Normalmente a Nansen le castraba que dijesen que tenía cara de huevón, pero en ese momento entendía la frustración y el coraje del olivo, a él en su momento, también le abandonaron.
—Escuche, Hasebe. — El mencionado no quería oír más a ese sujeto, cada una de sus palabras le dolía. —Entiendo que no es su deseo que su matrimonio se anule, pero entienda, Shokudaikiri tiene un año y meses desde que se fue, no le dijo a donde o cuánto tiempo demoraría, por lo tanto se entiende como abandono. — Explicó aquel sujeto. —Si su marido le hubiese dejado una nota que explicase o dijese algo sobre su paradero… igual y podríamos dar una prórroga, pero no es el caso.
Hasebe no dijo nada, sólo salió corriendo de aquella sala para encerrarse en su habitación.
~Hace Un Año Y Tres Meses~
Poco a poco Hasebe se había repuesto de la pérdida de su hermano, debía ser fuerte por su padre quien estaba aún más hundido en la depresión.
—Hasebe. — Sintió unos brazos rodearle la cintura, y un mentón acomodándose en la curvatura de su cuello. — ¿Qué hago para verte sonreír de nuevo? — La dulzura de esas palabras, la calidez y paz que el mayor le brindaba, eso le hacía feliz.
Se dio la media vuelta para encarar a su esposo. Lo miró con ternura. —Estás conmigo, y eso es suficiente.
Mitsutada abrazó al menor. —Perdóname por no ser capaz de cerrar esa herida.
Hasebe negó con la cabeza. —Aunque no lo creas, el que estés a mí… a nuestro lado, es suficiente para cicatrizar.
Ya era tarde, la cena se había llevado con una tranquilidad que tenía meses que no se sentía. En ese momento y por decisión propia, Hasebe había de decidido lavar los platos, mientras que su padre se había llevado consigo a Mitsutada para hablar con él.
Era justo en ese momento que la ausencia del pequeño de cabellos púrpura le calaba. Pero no podía seguir atándose a los recuerdos de su hermano, le hacía mal a su padre, a él y al mismo Fudo, aunque ellos no se dieran cuenta, estaban haciéndole más difícil el descanso a Fudo.
Acabó con los trastes y se fue a su habitación, entró a esta y la vio vacía. —Seguro papá está entreteniendo a Shokudaikiri. — Soltó un corto suspiro.
Fue hasta el armario y sacó una de sus pijamas y se cambió de ropa, escuchó la puerta abrirse y unos pasos acercándose a él.
—Perdona la demora. — Susurró el pelinegro, abrazando al chico por la espalda.
—Insiste con eso, ¿verdad? — No era que no quisiera, pero una parte de él le decía que era una forma de suplantar a su hermano.
—Ya hablé con él, tendremos un hijo cuando así lo queramos. — Dijo dándole vuelta a Hasebe, para unir sus labios en un tierno beso.
—Shokudaikiri… ¿y si no puedo embarazarme? — Preguntó al recordar que habían estado "intentando" encontrar al bebé, pero siempre quedaba en intentos.
Shokudaikiri soltó un pequeño suspiro. —Escucha. — Dijo acariciando la mejilla del menor. — ¿Cómo vamos a embarazarnos, si mi suegro nos manda, o incluso viene a hurtadillas a escucharnos? — Aquel comentario hizo que Hasebe se sintiese menos mal, era cierto que su padre les estaba presionado demasiado con eso del bebé, incluso cuando Fudo vivía. —Pero… — Aquella palabra le erizó la piel a Hasebe. —Bien podríamos intentarlo. — Aquel comentario lo dijo con cierta picardía, mientras jugaba con su respiración en el cuello de Hasebe.
El olivo sonrió mientras ocultaba su rostro en el cuello del Osafune, este aprovechó para ejercer un poco más de presión en el abrazo, sin que Hasebe pudiese oponerse, Mitsutada le cargó hasta la cama, mientras daba cortos besos en la frente el olivo.
—Shokudaikiri… — Llamó al otro entre besos.
— ¿Mmm? — Se separó un poco para ver a los ojos al menor.
—Te amo, como no tienes idea. — Susurró, paseando sus manos por la cabellera ajena.
Mitsutada tomó una de las manos de Hasebe y besó tiernamente la palma y el dorso de la misma. —Me gustaría decirte, "me robaste las palabras", pero… — Hasebe parpadeó un par de veces al oír esas "raras" palabras. —Si mi corazón bombea sangre, es sólo por el inmenso amor que te tengo. — Acercó sus labios al oído ajeno y susurró. —Es por tu amor, que vivo. — Se separó sólo para ver el rostro de Hasebe, en este se posaba una tierna sonrisa, la misma que tenía tiempo sin poder contemplar.
—Yo soy quien debería decir eso. — Tomó el rostro ajeno y alzó un poco su cabeza para poder besar a su marido.
Detuvieron su ronda de besos cortos y tiernos, simplemente para mirarse a los ojos y sonreírse mutuamente.
—Joven Hasebe. — Llamó el pelinegro en un claro tono de juego. — ¿Me concedería el honor de robarle el corazón e infinitos besos, así como poseerlo esta noche? — Preguntó Mitsutada de forma amable y pícara pero sobre todo, romántica.
Hasebe sonrió, enseñando un poco de su dentadura. —Joven Shokudaikiri Mitsutada Osafune, usted puede obtener mi corazón, mis besos y poseerme todas las veces que desee, sólo si me jura, que sus ojos no miraran con amor a nadie más que a mí, que sus labios no besaran otra piel y labios que no sean los míos, que su corazón no latera con desenfreno por otra persona que no sea yo, y que siempre va a estar conmigo. — Acarició las mejillas del mayor, mientras decía todo aquello y el Osafune le escuchaba atento.
—Oh, joven Hasebe, tenga usted por seguro, que mi corazón, mis latidos, mis ojos, mis labios y mi vida entera, le pertenecerán sola y únicamente a usted. — Recibió una sonrisa por parte del olivo y lentamente comenzó a acercarse al rostro ajeno para unir sus labios en un beso, uno tierno y delicado, mismo que les permitía degustar de la presencia y la calidez el otro, pequeñas y suaves caricias que aun siendo sobre la ropa, lograba erizarles la piel y hacerles sentir nerviosos como la primera vez.
Como era de esperar, aquellas caricias y besos iban volviéndose más largos y más intensos, Mitsutada bajó hasta el cuello ajeno, su respiración era tan pesada, que la calidez de la misma le arrebató suspiros a olivo.
Con un vaso pegado a la puerta, alguien escuchaba lo que ocurría dentro de aquella habitación, desde la conversación con Kunishige, hasta la pequeña declaración de amor que se había hecho aquel par, no despegó el oído hasta no haber escuchado los gemidos y tenues gritos y gruñidos de placer que ambos emitían, cada vez más fuertes, más sonoros, más claros.
Aquella cama estaba hecha un desastre, el edredón de una u otra forma había terminado en el suelo junto a la ropa de Mitsutada y el pijama de Hasebe.
La pareja estaba sobre la cama, abrazados, aquella pasión aún no acababa, el olivo mantenía sus piernas enredadas en la cadera del mayor, el pelinegro había detenido sus embestidas para poder contemplar el sonrojado rostro del menor, ambos se miraban fijamente mientras se sonreían y decían pequeñas frases, tales como "te quiero", "te amo", entre otras, acompañadas con cortos y tiernos besos.
Tocó un par de veces antes de recibir el permiso de acceso.
— ¿Y bien, pequeña? — Preguntó Kunishige a la mucama.
—El amo Mitsutada y el joven Hasebe lo están haciendo. — Comentó la chica.
— ¿Te cercioraste de que Shokudaikiri terminase a dentro de Hasebe? — Preguntó el hombre.
La chica asintió. —De hecho… empezaron a hacerlo de nuevo. — Añadió.
Kunishige extendió su mano hacia la cómoda que estaba al lado de su cama, para poder tomar la copa de vino que posaba en esta, bebió de aquel tinto líquido, gustoso de oír que justo en ese momento, su hijo estaba teniendo sexo con su yerno, pero más feliz le hacía el hecho de que aquellos dos no solo tuviesen un round sino varios, aquello definitivamente aumentaría las posibilidades de que Hasebe quedará en cinta.
Kunishige sabía que aquel bebé, si es que llegaba haberlo, no sería Fudo, pese a que su hijo y yerno le decían que su insistencia era meramente tener un "reemplazo" de su hijo, él sabía que no era así, nada ni nadie sería como su pequeño Fudo, ese chiquito era su hijo y al igual que Hasebe, era único.
Lo que sí aceptaba, era que quería tener a un pequeño en casa, para subsanar errores, tales como haber sido terriblemente estricto con Hasebe, y haber sido medianamente ausente con Yukimitsu.
Claro que eso no se los iba a confesar a los otros dos, no era por otro motivo más allá que su "orgullo como hombre", orgullo pedorro que hasta cierto punto, sus hijos habían heredado, aunque claro, ellos habían aprendido a aceptar cuando estaban mal y cuando muy a su pesar, necesitaban ayuda.
La mucama por su parte se retiró, sus labores habían acabado y Kunishige le había indicado que ya podía irse a descansar.
Aquella noche prosiguió con calma para todos, a excepción de ese par que seguía en la entrega de besos, caricias y frases de amor. Al día siguiente, Kunishige se dirigía al comedor para el desayuno, entró en este y ahí estaba la comida servida y las empleadas estaban formadas cerca de la puerta, esperando indicaciones de su patrón.
— ¿Dónde están Hasebe y mi yerno? — Preguntó al ver que aquel par faltaba.
—Aún ni bajan, mi Lord. — Contestó una de las chicas.
Kunishige alzó una ceja, normalmente aquel par se levantaba temprano, aún estado muy desvelados.
— ¿Qué estarán haciendo? — Sin decir nada, dio media vuelta y se encaminó hacia la habitación de su hijo. Había pasado enfrente de la puerta de este, pero no escuchó nada, por ello había creído que estaban abajo.
Se detuvo justo enfrente de la puerta, no se escuchaba ruido alguno, por lo que optó por tocar, esperó un momento, pero no obtuvo respuesta alguna. Probó nuevamente, pero esta vez, sus toques fueron más fuertes. Hartó de no ser oído, el patriarca de los Heshikiri entró a la habitación, encontrándose a su hijo profundamente dormido, envuelto en las sábanas de fina seda. No le sorprendió eso, por el desastre que había en la habitación, Kunishige podía entender que esos dos no habían dejado rincón sin ser usado como testigo de su pasión. Lo que le llamaba la atención era que Mitsutada no estaba en la habitación.
— ¿Papá? — Kunishige volteó a ver a su hijo. Este aún adormilado se sentó en la cama, manteniendo la sábana sobre su cuerpo. — ¿Qué haces aquí?
—Vine para que bajen a desayunar. — Dijo usando su habitual tono de manda más.
Salió de la habitación de Hasebe y se dirigió de nueva cuenta al comedor, en el trayecto se encontró con su yerno, mismo que llevaba el cabello mojado y una bata de baño puesta.
— ¡Ah! — Las mejillas de Mitsutada se tiñeron de rojo, eso sólo delataba las travesuras que había hecho con Hasebe.
Kunishige sonrió como si nada. —Los estaré esperando en el comedor. — Dijo siguiendo su camino.
Mitsutada asintió, espero a que su suegro se perdiera por el pasillo para poder así entrar a la habitación. Hasebe estaba sentado en la cama, abrazando sus piernas y con el rostro oculto.
— ¿Hasebe? — Le preocupó ver al olivo así. — ¿Qué ocurre? — Se subió a la cama para poder abrazar al menor.
—Mi padre…
— ¿Qué pasa?
—Entró y me vio desnudo. — Dijo alzando el rostro, mismo que estaba rojo a más no poder.
Aquello se le hizo tan lindo al pelinegro, que instintivamente unió sus labios a los ajenos.
—Sho-Shokudaikiri. — Hasebe bajó la mirada apenado, pese a tener cinco años de casado con Mitsutada, no dejaba se sonrojarse cada que el mayor le robaba un beso. — ¿Te bañaste sin mí? — Apenas había notado el cabello mojado del otro.
—No me digas que vas a enojarte por eso. — Bromeó.
Hasebe rió y negó con la cabeza, para después levantarse de la cama.
— ¿A dónde vas?
—Yo también tengo que bañarme. — Dijo mirándolo de forma coqueta, y exponiendo un poco el trasero, sólo para que el mayor sonriese complacido al ver un poco de aquel trasero cuyo poseedor amaba.
Después de unos cinco minutos ambos estaban en el comedor.
— ¿Les parece justo hacerme esperar? — Preguntó Kunishige al ver a los otros dos entrar.
—Perdona, papá.
—No era nuestra intención, suegro. — Mitsutada sonrió mientras el sonrojo seguía en sus mejillas.
Ambos jóvenes tomaron asiento y las chicas les atendieron, dejando así que el desayuno de aquel día siguiese su curso.
Aquél día no tuvo mayor novedad, por la tarde habían ido a visitar a Taikogane, pues al pequeño también le había afectado el fallecimiento de Fudo, y hasta cierto punto, estar con él, aliviaba el corazón de Hasebe.
Regresaron a casa a eso de las nueve de la noche, platicaron un poco más y finalmente se fueron a dormir, como la noche anterior, sólo que está vez, la pareja no optó por profesarse amor de forma sexual, Mitsutada se despertó a escasos minutos de la madrugada, con sumo cuidado se levantó de la cama, miró a Hasebe, sonrió al ver la paz en el rostro del olivo, pero aquella sonrisa se difuminó al mirar por la ventana, su rostro denotaba cierta molestia, soltó un corto suspiro y se quitó su pijama para ponerse su ropa habitual.
Abrió la puerta de la habitación, cuidando que esta no emitiera sonido alguno, cerró y bajó por las escaleras, cuidando no ser visto ni oído, al igual que en la habitación, abrió la puerta principal y salió.
Al día siguiente, Hasebe despertó, no vio a su marido, pero creyó que este estaba en la cocina, pues el pelinegro solía preparar la comida, era uno de sus tantos talentos.
— ¡Shokudaikiri! — Llamó sonriente, sin embargo, aquella sonrisa se borró al no ver a su amado. — ¿Qué raro? — Salió de la cocina y buscó al otro en la habitación, en el baño, en la biblioteca, incluso en los corrales, pero nada.
Mitsutada se había ido, trató de mantener la calma, quizás había salido por algo, así lo creyó, y así lo quiso creer hasta que la noche llegó y Mitsutada no. Aquella noche se la pasó en vela esperando al mayor, pero nada.
Pasó un día, dos, tres, Hasebe se impacientó, se contactó con la familia de su marido, estos no lo habían visto después de su visita a Taikogane, llamó incluso a los hospitales, temiendo que Mitsutada estuviese herido, pero rozando para dar con él, nada, no había rastro alguno del Osafune.
Hasebe siguió buscando, sin encontrar nada, pasaron semanas, meses, hasta que finalmente se cumplió un año, un año en el que no había sabido nada del otro, un año en que las lágrimas eran su única compañía, un año sin su gran amor.
Ahora y por mandato del gobierno, su matrimonio quedaba anulado, se mordió el labio y acarició su vientre.
—Si le hubiese dado un hijo… seguro que no se hubiese ido. — Se hizo bolita en el rincón y siguió llorando.
Ya no había nada que pudiese hacer, no necesitaba firmar nada, era una ley que se tenía que cumplir estuviese él de acuerdo o no.
Pasó una semana desde la visita de aquel juez, Hasebe había evitado el tema con su padre.
Pero este no pensaba dejar a su hijo así como así, quería un nieto, y si Hasebe no pudo dárselo con Mitsutada, lo haría con alguien más.
—Hasebe. — El mencionado no dijo nada, sólo se limitó a mirar a su padre. —Mañana iremos a Oigari.
Hasebe miró extrañado a su padre. —Mamá…
— ¡Así es, es el pueblo en donde creció tu madre! — Trató de ocultar su dolor con una expresión indiferente.
— ¿Por qué? — Sus ojos mostraban su confusión.
—Por qué he estado comunicándome con un viejo conocido que vive allá, resulta que su hijo se está viendo con un muchachito inaceptable.
Hasebe frunció un poco el ceño. — ¿Inaceptable, por quién? ¿por la sociedad?
—Hasebe, el mundo no es un cuento de hadas, un Yamatonokami no puede andar por ahí con un… un callejero. — Dijo de forma despectiva.
— ¿Un callejero? — Repitió alzando las cejas. — ¿Y eso a nosotros qué? — Soltó con cierta molestia.
—Déjate de berrinches, termina el desayuno, lávate los dientes, que tenemos que estar allá. — Ordenó el hombre levantándose de la silla, pues él había terminado su comida.
Sin muchas ganas obedeció a su padre, se limitó a ir callado, seguro que si preguntaba algo, su padre le daría una respuesta de lo más molesta.
Kunishige por su parte miraba detenidamente a su hijo. — ¿Por qué no se pudo embarazar? Hasebe tiene una probabilidad del 75% de embarazo, Shokudaikiri tenía que haberle embarazado… a sólo ser que aquel estudio estuviese mal y Hasebe no pudiese embarazarse. — Esa era la única posibilidad, Hasebe no podía embarazarse, sino embarazar.
Así que ahora su meta era tener un nieto, pero no que naciese de Hasebe, sino de alguien más y ese "alguien" era aquel joven.
Llegaron a Oigari, pero la carreta siguió su camino hasta una mansión, misma que era pequeña a comparación de la de Hasebe.
Nada más bajó el joven de cabellos olivos y el patriarca de los Yamatonokami comenzó a examinarlo.
—No parece alguien que pueda embarazar. — Soltó con fría y cruel honestidad.
El joven de cabellos olivos, abrió los ojos, aquel comentario le había revelado el motivo de aquella extraña visita.
— ¡¿Es una puta broma?! — Gritó exasperado.
— ¡Hasebe! — Reprendió a su hijo.
— ¡Una puta semana, apenas pasó una puta semana de mi divorcio y tú ya quieres casarme! — Gritó al ver a su padre.
—Oh vamos, no es tan malo. — Dijo una chica de cabellos negros azulados y ojos celestes. —Los Heshikiri deben tener un heredero y en cuanto a mi familia… bueno, mientras mi hermano esté lejos de ese zarrapastroso, da igual.
Hasebe miró con desprecio a aquella chica, no tenía ni idea de quién carajos era su hermano, pero definitivamente debía ser alguien que sufría a mares con esa gente.
De la casa salió una empleada, estaba pálida y claramente asustada.
— ¡Mi Lord! ¡Mi Lord! — Los demás miraron a la mucama. — ¡El niño Yasusada se escapó!
Aquello obligó a los dos Yamatonokami a abrir sus ojos con molestia y sorpresa a la vez.
— ¡¿A qué juega ese estúpido?! — Comentó con ira la chica.
— ¿Escaparse? — Preguntó Kunishige. — ¿Qué no se supone que después del aborto el chico no debería de moverse?
Hasebe miró a su padre. — ¿Aborto? — Regresó la mirada al líder de los Yamatonokami. — ¡¿Con qué derecho le hicieron abortar?! — Cuestionó iracundo.
— ¡Los Yamatonokami, jamás permitiremos el nacimiento de un bastardo! — Dijo con desprecio la chica.
— ¡Los únicos bastardos son ustedes! — Respondió Hasebe. — ¡¿Cómo es?! — Cuestionó a su padre. —Mínimamente sabes cómo es el chico, ¿verdad?
Kunshige notó el desprecio en los ojos de su hijo, pero aquello no lo inmuto, al contrario, el que Hasebe hubiese mostrado ese interés en encontrar al extraviado joven, le daba paso a manipular a su hijo a su antojo, tal parecía que aquel hombre había perdido más humanidad con la pérdida de su hijo menor.
—Ella es su gemela. — Dijo señalando a la chica. —Lo único que los diferencia es un lunar que el chico posee abajo de su ojo izquierdo.
Hasebe miró a detalle a la chica y sin decir nada más salió corriendo, no tenía ni idea de quién era el chico, ni si era agradable o en su defecto, odioso como la chica, pero definitivamente estaba en problemas, si le habían sometido a un aborto, deambular por ahí era riesgoso, podría abrirse la herida o incluso perder el conocimiento.
Se frenó para analizar la situación. —Si yo estuviese en su lugar, herido, con la moral y autoestima hasta abajo… ¿a dónde iría? — Fue en ese momento que recordó las palabras de la chica. — "Los Yamatonokami, jamás permitiremos el nacimiento de un bastardo" ¿Quién mierdas se cree que es para referirse así a un inocente bebé?… — Definitivamente odiaba a esa tipa. — ¿A dónde? — Miró con detalle, no había mucho a dónde ir, el pueblo estaba curiosamente rodeado de árboles, pero no como para perderse entre ellos.
A lado de un pequeño río, se encontraba un joven de cabellera azabache y ojos carmesí, su ropa era muy humilde, un pantalón café de tirantes y una camisa beige con las mangas arremangadas, una pequeñas boina posaba sobre su cabeza.
El joven mantenía la vista perdida en las nubes que vagaban sin rumbo por el cielo, a veces las envidiaba, ellas no tenían que verse limitadas a estatus social, todas estaban ahí, flotando, siendo llevadas a dónde el viento quisiese, e incluso podía jurar que estaban con quienes amaban, sin que nadie les separará.
—Kgh…
El azabache viró a su espalda, encontrándose así con un chico de cabellos negros azulados, sus enormes orbes azules estaban cristalinos, su respiración era errática, gotas de sudor recorrían su frente.
— ¡Yasusada! — Gritó, corriendo a auxiliar al chico. —Yasusada. — Le llamó, con cariño, removiendo los mechones de cabello que se habían pegado a la frente del chico. — ¿Qué te pasó? — Preguntó con cariño, mientras abrazaba al chico, mismo que poco a poco empezó a dejarse caer, pues desde hacía rato que sus piernas le querían abandonar.
El chico comenzó a sollozar bajito. —Me lo quitaron… — Dijo abrazando al azabache. —No pude protegerlo… — Ocultó su rostro en el pecho del otro. —Kiyomitsu… — Alzó el rostro para ver a los ojos al azabache. —Me quitaron a nuestro bebé. — Soltó el llanto y abrazó con fuerza al otro.
Sólo pudo abrazar a Yasusada, y balbucear un poco antes de decir algo legible. — ¿Qué?
—Hace tres días. — Dijo llorando. —Yo no quería… perdóname. — Suplicó lo último, el azabache no dijo nada, sólo abrazó al otro, a la vez que unas lágrimas escapaban de sus ojos.
Sabía que tener un bebé supondría todo un reto, por su estatus social y el de Yasusada.
Kiyomitsu nació en un empobrecido pueblo que estaba a las costas del mar, su infancia fue dura, su madre había sucumbido a causa de un enfermedad, su padre había hecho sentido para que la mujer lograse recibir atención médica de forma adecuada, pero su enfermedad ya estaba muy avanzada y lo único que le quedó, fue esperar a su muerte. Kiyomitsu por su parte, dejó la escuela para ayudar a su padre, el hombre debido a su trabajo, también fue víctima de una enfermedad, y al igual que a su madre, su padre falleció, dejándolo solo.
¿Cómo iba a sobrevivir un niño solo?
Esa pregunta era lo único que él escuchaba mientras veía a su padre ser enterrado.
Aprendió diversos oficios, pero por el simple hecho de ser un niño, no obtenía trabajo, su último recurso fue volverse boleador, de todos los trabajos humildes y honrados, ese era el peor visto, la gente les humillaba, les hacían menos, se sentían superiores ante un bolero, Kiyomitsu lo odiaba, no su oficio, sino la actitud de la gente, jamás agachó la cabeza ante un adinerado, se atrevía a mirarlos con desprecio si así lo creía necesario y justo, no había ninguno de clase media o alta que no fuese mal visto por el chico de ojos carmesí.
Vagó de pueblo en pueblo hasta que llegó a Oigari, ahí la gente era menos… burra, hasta la gente más pudiente de aquel pueblo era cortes con todos, se sintió a gusto ahí, eso hasta que un día se topó con "la hija del mal", pero más importante, con aquel jovencito de mirada amable.
~Flashback~
Era un día medianamente despejado, una que otra nube amenazaba aquel clima soleado, Kiyomitsu había salido con su herramienta en mano, una caja de madera en la cual portaba la tinta para el calzado.
— ¡Hey! — Se escuchó una voz aguda gritar. — ¡Hey! — Volvió a gritar.
— ¡Airi, no grites!
— ¡Oh, cállate idiota! ¡Oye, bolero, ¿eres sordo?!
— ¡Airi!
Kiyomitsu volteó con el entrecejo fruncido, no había ningún otro bolero ahí, así que aunque quisiese negarse, era a él a quien se dirigía. Al voltear divisó a un par de gemelos, una chica y un chico, ambos de cabello negro azulado y orbes azules.
— ¡Oye, bolero, ¿qué no se supone que sales a trabajar?! ¡Deja de hacerte el imbécil y ven aquí! — Aquel par de gemelos contrastaba totalmente, la chica era prepotente, mal educada y con aires de grandeza, mientras que el chico era más cohibido y le pedía amablemente a su hermana que bajara la voz, aunque la chica hacía caso omiso.
Kiyomitsu se acercó y miró a aquel par de hermanos, el chico estaba completamente avergonzado.
—Arregla el desastre de este idiota. — Dijo Airi de mala gana.
El azabache soltó un suspiro. —Siéntate ahí. — Dijo señalando una pequeña barda, el pelinegro azulado le obedeció. —Si sabes que el helado se come, ¿verdad?
El pelinegro azulado rió ante el comentario del azabache. —Creí que mis zapatos querían un poco. — Bromeó.
Kiyomitsu soltó una pequeña risa nasal, no esperaba una respuesta así.
—Esto… — El azabache alzó el rostro para ver al chico. —Mi nombre es Yasusada, Yasusada Yamatonokami. — Kiyomitsu grabó en su mente aquel nombre, pero sobre todo, aquel sonrojado rostro y aquellos ojos cuya luz le daban calma, una que hasta ese momento notó que no poseía desde hacía tiempo.
Sin darse cuenta, sus mejillas ya estaban igual que las de aquel jovencito.
Su corazón comenzaba a latir más rápido de lo usual, aquel chico le estaba poniendo nervioso, cosa que jamás había pasado antes, no sólo eran los nervios, también era un fuerte deseo de seguir mirando ese par de zafiros.
Y por lo visto, Yasusada también quería seguir contemplado aquel par de rubíes.
~Fin Del Flashback~
Aquél no fue si único encuentro, sin quererlo, ambos buscaban ver al otro sin que se dejase de ver como "casualidades", hasta que finalmente ambos terminaron confesándose a sí mismos y al otro, que estaban enamorados y aquel sentimiento era correspondido.
Comenzaron a tener pequeñas citas, que para ambos eran lo más bello, podían hablar de lo que les gustaba, lo que les dolía, técnicamente hacían lo que muchas parejas de alta sociedad no, conocerse verdaderamente. Hasta que un día ocurrió lo que se supone habían querido que ocurriese después de casados. Pero ocurrió antes y no sólo eso, Yasusada le había confirmado que estaba esperando un bebé, ambos eran conscientes de la que se les venía encima, pero aun así estaban dispuestos a todo para estar juntos los tres.
Yasusada había logrado ocultar su embarazo, y sabía que su padre tenía planes de casarlo con alguien más, lo había oído y no había dudado en decírselo a Kiyomitsu, así fue que habían ideado un plan para fugarse.
El azabache ya tenía una noción de a dónde ir, no era un sitio lujoso, pero a Yasusada le daba igual, mientras pudiesen estar juntos, así pasaron dos meses después de la noticia.
Lamentablemente el plan se les fue al drenaje cuando Airi un día siguió a Yasusada y se enteró de su embarazo, no dudo ni un segundo en irle con el chisme a su padre, el hombre iracundo esperó a que su hijo regresara y sin decir nada le dio una bofetada y lo llevó consigo para deshacerse del bebé.
Ahora lo único que podía hacer Kiyomitsu era darle fuerza a Yasusada, pese a que él también estuviese destrozado por haber perdido a su hijo.
Hasebe, quien se había adentrado en los árboles, miraba todo a su alrededor. —Este lugar engaña, por fuera da la impresión de que no se puede ocultar alguien aquí, pero ya estando adentro, es otra cosa. — Susurró. —Dios, que ese chico esté bien. — Suplicó elevando la mirada.
Respiró hondo y cerró los ojos, prestó toda su atención a los sonidos que emanaba aquel lugar, las aves, el viento siendo cortado por las ramas y hojas de los árboles.
Frunció un poco el ceño, había un ligero ruido que era opacado por el viento, se obligó a sí mismo a oír aquello.
— ¿Agua? — No podía asegurarlo del todo, el sonido era muy tenue, casi imperceptible. —Es suave… y parece… provenir de allá. — Miró a su izquierda, justo en ese lado, los árboles parecían apilarse uno más cerca del otro.
Sin estar muy seguro de si ir era buena idea, se dirigió a dónde provenía el sonido, conforme se acercaba más, el sonido se iba volviendo más claro.
— ¡Sí, es agua! — Con más seguridad en sus pasos, Hasebe empezó a indagar por aquel lugar, hasta que oyó algunos sollozos. — ¿Hay alguien? — Con sigilo se acercó, y logró divisar a dos jóvenes.
Por las vestimentas le fue fácil saber que era de distintas clases sociales, aunque no le afectaba en lo más mínimo.
—Deben estar en una especie de cita, lo mejor será que me marche. — Retrocedió sin prestar atención a donde pisaba, lo cual ocasionó que pisara una rana y esta emitirá ruido, obligando a ambos jóvenes a voltear a sus espaldas. — ¿Yasusada? — Preguntó de forma instintiva el olivo al notar que uno de los chicos era similar a la jovencita odiosa.
— ¡¿Quién eres tú?! — Se puso a la defensiva el azabache.
—Tranquilo. — Dijo Hasebe alzando las manos.
— ¡Identifícate! — Gritó poniéndose de pie y cubriendo al otro.
—No quiero lastimarlos.
— ¡¿Quién mierdas eres?! — Dijo colérico.
Se rindió y se presentó. —Mi nombre es Hasebe Heshikiri.
Yasusada abrió los ojos al oír ese nombre. — ¡No tengo deseo alguno de casarme contigo! — Gritó Yasusada.
— ¡¿Y tú crees que yo sí?! — Respondió en voz alta. —Escucha, no quiero sonar como una maldita basura, pero yo estaba felizmente casado con Shokudaikiri, y de repente se marchó, y hace tan sólo una semana, el puto gobierno anuló mi matrimonio. — Explicó de forma resumida. —Me entere… de lo de tu bebé. — Mencionó con pena.
— ¿Estás feliz? — Preguntó cortante Kiyomitsu.
— ¡Claro que no! — Respondió molesto. — ¿Quién podría estar contento con la… muerte de un bebé? Hay que ser una puta bestia. — Lo último lo había dicho con todo el desprecio del mundo. —Jamás haría algo así.
—Fue por ese maldito compromiso que nos lo quitaron. — Soltó el azabache.
—Te juro, que si yo hubiese sabido de su embarazo. — Dijo mirando a Yasusada. —Y de los planes de mi padre… — Miró al azabache. —Jamás hubiese permitido que les hicieran algo.
Y no era mentira, él había deseado tener uno, mentira, varios bebés con Mitsutada, pero nunca pudo, si a él eso le dolía, definitivamente a Yasusada le mataba el que le hibiesen quitado a su nene.
— ¿Hasebe?
—Nunca lo hubiese permitido…
— ¿Hasebe? — El castaño le tomó de las manos, trayéndolo así a la realidad.
—Perdona. — Dijo Hasebe sonriendo.
Ishikirimaru no estaba muy seguro de preguntar, pero ver que el otro perdiese la mirada en la nada le había preocupado.
—Hasebe… — Ocultó un poco la mirada.
— ¿Qué pasa?
—Esto… dijiste que veníamos a ver a quien fue tu segundo matrimonio…
— ¿Quieres saber de quién se trata? — Preguntó Hasebe, el castaño asintió. —Te contaré… — La carreta se detuvo, pues ya habían llegado a su destino, sólo era cuestión de caminar un poco, ambos bajaron de la carreta.
Ishikirimaru divisaron un amplio campo verde, habían demasiadas flores, todas se complementaban las unas a las otras.
Hasebe comenzó a caminar sin decirle algo a Ishikirimaru, el castaño tardó un poco en reaccionar.
—Preguntaste por esa persona…
—Ah, bueno, es que… si es tan importante para ti, honestamente no entiendo porque tienes mala cara. — Confesó.
—Bueno, más que mi segundo matrimonio, se trata de un gran amigo. — Ishikirimaru se tensó un poco, si habían quedado en buenos términos, eso significaba que aún podían haber vestigios de aquel amor.
—Yasusada Yamatonokami.
— ¿Eh?
—Ese es su nombre. — Dijo tranquilo. —Nos casaron en contra de nuestra voluntad, el gobierno había anulado mi matrimonio un año después de que Shokudaikiri se fuera. Mi padre planeó otro matrimonio con alguien a quien no conocía de nada, en cuanto me enteré me quise oponer, hasta que supe que le habían sometido a un aborto. — Ishikirimaru abrió los ojos con sorpresa. —En ese momento, acepté aquel matrimonio, sólo para sacar a Yasusada de él infierno que era su familia. Al principio me costó que Yasusada confiara en mí, pero le hice ver que no tenía intención alguna de retenerlo cuando inventé una salida a solas con él, para que pudiera verse con su novio.
— ¿Su novio?
Hasebe asintió. —Yasusada tenía pareja, estaba feliz de la vida con él, iban a tener un bebé… y bueno, le jodieron la vida. — Soltó lo último con cierto grado de odio. —El día que le conocí, también conocí a su novio. — Soltó un suspiro. —Fue una odisea hablar con él, apenas dije mi nombre y no desaprovechó oportunidad alguna para insultarme.
— ¿Tuviste hijos con él?
—No. — Rió un poco. —Como ya te dije, más que un matrimonio, nos hicimos buenos amigos, al casarnos, me dediqué a cuidar de él, y ayudarlo a verse con su novio. Nuestro matrimonio estaba pactado por un año, durante ese año mi padre hizo de todo para que embarazara a Yasusada, pero jamás lo toqué, fingimos hacerlo. — El castaño sintió una ligera molestia al oír aquello. —Pero nunca hubo nada. Lo único que hicimos fue pactar una razón válida para que nuestras familias no intervinieran en el divorcio. E incluso planeamos su boda, hasta me había dicho si aceptaba ser el padrino de sus hijos. — Dijo sonriente.
— ¿Aceptaste?
— ¡Por supuesto! — Contestó feliz.
A Ishikirimaru le calmó ver al olivo sonriendo, sonrisa que desapareció a la par que Hasebe detenía su andar. Ishikirimaru miró al frente, encontrándose con algo que le confundió.
—Vine a este pueblo, para llevar a su novio, Yasusada se había enfermado, así que no podía salir.
A unos cuantos pasos había una laja de cemento, Ishikirimaru no dijo nada y se acercó, esperando así obtener una respuesta.
Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. En aquella laja había algo escrito.
"En memoria de
Yasusada Yamatonokami
Gran amigo y estupenda persona."
Ishikirimaru abrió sus ojos con sorpresa.
—Cuando llegamos… Yasusada estaba colgado de las escaleras. — Se escuchó una voz completamente ajena a la de Hasebe.
Ishikirimaru volteó y a unos cuantos pasos detrás de Hasebe, estaba un joven de ojos carmesí y cabellos oscuros, en sus manoos llevaba un bello ramo de flores.
—Kiyomitsu. — Dijo Hasebe al ver que el otro siguió su camino hasta quedar frente de la ahora definida lápida.
—Es de las pocas veces que coincidimos. — Mencionó Kiyomitsu, dejando el hermoso ramo de flores en la tumba de quien había sido su más grande y único amor. —Gran amigo y estupenda persona. — Leyó lo que había en la lapida.
—Sí… ¿Por qué no accediste a que grabasen palabras tuyas par él?
—De haberlo hecho, la gente se mofaría de ti. — Bromeó de forma amarga.
—Sabes que me importa una mierda lo que la gente opine. — Soltó con honestidad.
Kiyomitsu miró al castaño, mismo que tenía pequeñas lágrimas en los ojos.
— ¿Quién es? — Le preguntó a Hasebe.
—Es mi consorte. — Dijo acercándose al castaño. —Su nombre es Ishikirimaru Sanjo.
—Oh. — Se puso de pie. —Soy Kiyomitsu Kashu, lamentó que tengas que conocer a otros en un cementerio.
Ishikirimaru negó, y bajó la mirada, no sabía qué decir.
~En Otro Lugar~
Sentado con algunas fotos al frente, estaba un hombre, mirándolas atentamente.
—Así que ese niño es tu hijo. — Susurró mirando fijamente una fotografía en la que se retrataba a un chico de cabellos rosas con un nene de cabellos azules. — ¿A dónde te metiste, pequeña perra? — Dijo mirando otras fotos en las que igual se veía al chico con el nene. —El tiempo coincide...
