OSCURIDAD

CAPITULO X

Una vez más estaba al otro lado de la calle, contemplando la ventana a través de cuyas cortinas corridas sólo podía ver a contraluz la silueta que de vez en cuando la cruzaba. Lupin había sacado la basura hacía apenas un rato, con aire taciturno. Sus amigos, como cada día, habían acudido a visitarle al final de la tarde, al salir del trabajo. No habían fallado ni un solo día desde que Harry se había trasladado a su nuevo apartamento. A él no había logrado verle. Tenía la impresión que el moreno no había puesto un pie fuera de la vivienda en todo el mes que hacía que vivía en ella. Draco dio la última calada a su cigarrillo y con gesto derrotado tiró la colilla al suelo, aplastándola lentamente con el pie. La apartó de una pequeña patada hasta hacerla caer de la acera, pisoteada y desecha. Como él.

Lo peor había sido verle quedarse quieto y callado, como un año antes. Como si hubiera vuelto a emborrachar sus sentidos con aquella poción que había inhibido sus fuerzas y aletargado su razón. Solo una vez, una sola, Harry había extendido su mano hacia él. Seguramente tratando de comprender. Pero él había apartado la cara, dejando su gesto acariciando el aire. Después, el brazo del moreno se había desplomado vencido, entendiendo que no obtendría comprensión alguna.
Draco le había dejado marchar sin más explicación que la de que el año había terminado. Que la tutela volvía al Ministerio y que era mejor que sus vidas tomaran caminos distintos a partir de ese momento.
Por supuesto, ahora tenía que protegerse de un licántropo furioso y un pelirrojo deseoso de echarle sus manazas al cuello. Seguramente Granger tramaba algo mucho más retorcido.

Había sido cruel, pero necesario. El abandono de su amante tenía que parecer real y sólo lo sería si el propio Harry creía que lo era. De haber sabido la verdad, el Gryffindor no habría aceptado separarse de él. Habría acudido a sus amigos, a los aurores, al mismísimo Ministro si hubiera hecho falta. Le habría dejado encerrarle en su habitación si con ello Draco se hubiera sentido más tranquilo. Sin embargo, el Slytherin no estaba convencido de que ni tan sólo su mansión fuera segura. Como no lo estaba de su madre, demasiado apegada a van Kaffman. Y lo que Draco menos necesitaba era un escándalo. Más teniendo en cuenta el tipo de personas que adivinaba estaban detrás de aquellas notas. Las que habían marcado el principio de aquel forzado paréntesis en su relación con Harry. No estaba dispuesto a poner en peligro a la única persona que había amado en toda su vida. No por problemas que le atañían única y exclusivamente a él. Por culpa de su padre y sus delirios de procreación para preservar su apellido. Confiaba en que Harry seguiría adelante durante el tiempo que tardara en resolver aquel asunto y pudiera volver a buscarle, arropado por Lupin, el cariño de sus amigos y de la familia Weasley. No estaría solo. De eso Draco estaba seguro. Era lo único que aliviaba un poco el nudo que oprimía su corazón desde el día que había tomado la difícil decisión. Harry tenía amigos que le querían y daba gracias a Merlín por ello.
A él, Pansy apenas le dirigía la palabra.

Cabizbajo, deambuló por la calle esperando que el tránsito de muggles disminuyera y encontrar un rincón discreto donde poder desaparecer. Seguramente lo haría en el mismo callejón de cada día, abrigado entre las sombras de contenedores de basura y de los montones de cajas apiladas contra las desconchadas paredes, en las que se abría la puerta de atrás de lo que durante el día era una concurrida verdulería.

De todas formas, no pensaba quedarse mucho más en Londres. Volvería temporalmente a Zürich en cuanto acabara de dejar las cosas arregladas en la capital inglesa. Pensaba abandonar sus negocios en manos de Maveric, hasta que "esa" última voluntad de su padre, se los quitara de las suyas definitivamente. Le dolía, porque había invertido mucho esfuerzo y dedicación en ellos. Habían sido su vida, su gran amor durante mucho tiempo. Pero ya no le preocupaba. Nunca le había quitado el sueño el poder quedarse sin nada. Porque un Malfoy, conservando o no los derechos que por cuna le correspondían, jamás vería la miseria ni de lejos. Y sospechaba que él o los autores de las anónimas notas también lo habían comprendido así cuando Draco no había hecho ningún esfuerzo por proteger sus intereses. Cuando no había corrido a echar inmediatamente a Harry de su vida y a casarse con la heredera van Kaffman para salvaguardarlos.

A su abogado, Draco nunca le había hablado de los bancos muggles suizos, -secreto que formaba parte de esa faceta íntima y escondida que todo Malfoy tiene- aunque era de ingenuo pensar que no los conocía.
La banca suiza había sido uno de los grandes descubrimientos de Draco. Y quizá, por primera vez en su vida, había sentido cierto aprecio por algo muggle.

Los banqueros suizos tenían que mantener de un modo estrictamente confidencial cualquier información sobre un cliente o su cuenta. Este secreto bancario se encontraba entre los más estrictos del mundo muggle y tenía su origen en una antigua tradición histórica de más de 300 años de antigüedad. La legislación suiza establecía que cualquier banquero que revelara información sobre su cliente sin su consentimiento, se arriesgaba a pasar varios meses en prisión. Las únicas excepciones a estas normas estaban relacionadas con delitos graves para los muggles, como eran el contrabando de armas o el tráfico de drogas. Sin embargo, el secreto bancario no se levantaba por la evasión de impuestos. Y se debía al hecho de que no declarar unos ingresos o unos activos no se consideraba delito en Suiza. Así pues, ni el gobierno suizo, ni cualquier otro gobierno (el mágico incluido), podía obtener información sobre la cuenta bancaria de un cliente. Primero había que convencer a un juez suizo, muggle por supuesto, de que se había cometido un delito grave que podía ser penado por el Código Penal de aquel país.

Y lo más interesante, era que el secreto bancario nunca se levantaría por cuestiones privadas como podían ser herencias o divorcios, si el cliente había mantenido su información bancaria de forma estrictamente confidencial. Los demandantes eran los que tenían que demostrar que la cuenta existía, si querían que un juez aceptara la demanda. A ese respecto, las cuentas numeradas ofrecían el máximo de confidencialidad.

Y Draco Malfoy, ahora tenía tres. La segunda para que Narcisa no quedara desamparada cuando fuera desheredado. La última a nombre de Harry Potter, para asegurarle al Gryffindor un futuro de bienestar si las cosas se complicaban para él, en la que el Ministerio de Magia jamás podría poner sus manos.
Los beneficios de los negocios muggles que todavía tenía en Suiza estaban desviados a esas cuentas. Sociedades anónimas en las que no aparecía el apellido Malfoy por ningún lado, de las que nadie podría sospechar.

El Slytherin pensaba desaparecer el tiempo suficiente como para que se olvidaran de él, durante el cual aprovecharía para retocar los últimos detalles de su plan para establecerse en Estados Unidos. Después, volvería a buscar a Harry. Y a expensas de saber que el corazón del moreno estaría tan roto como el suyo, esperaba que fuera capaz de comprender y perdonarle.

o.o.o.o

No podía negarse que el jodido Malfoy tenía buen gusto, pensó Ron. El apartamento, convenientemente situado en una planta baja, era lo suficientemente grande como para que dos personas vivieran holgadamente en él. La distribución de espacios había sido pensada y creada para una persona invidente. Ningún mueble entorpecía el paso y todo estaba al alcance de la mano, de forma que su propietario sólo tuviera que extenderla para encontrar lo que estuviera buscando. Las puertas, en lugar de abrirse hacia dentro, o hacia fuera, eran correderas y se escondían en el interior de la pared, encantadas para que se apartaran en cuanto alguien se acercaba ellas. Hechizos similares tenían las ventanas, las puertas del armario del dormitorio, la alacena o los armarios de la cocina.

Aunque el detalle más inesperado, el que les había dejado a todos sorprendidos, especialmente a Lupin, era el pequeño sótano, que a todas luces había sido añadido a la vivienda original. Para acceder a él había que atravesar una gruesa puerta de acero, escondida tras otra de madera, pesada de mover manualmente pero que Harry podía abrir y cerrar con un encantamiento de voz. Una escalera no muy larga daba acceso al lugar. A un metro más o menos del último escalón, a la derecha, se alzaba una fuerte reja, de pared a pared, tras la cual se había colocado una cama y una alfombra. La reja se cerraba cuando alguien entraba en el recinto, siendo imposible salir hasta que ésta se abría por sí sola a primera hora de la mañana, dejando libre a quien estuviera dentro. Por lo visto, Malfoy temía que Lupin pudiera olvidarse de tomar la poción matalobos algún día.

Si, el Slytherin había pensado en todo, se dijo Ron con resentimiento. Sus ojos, del mismo azul que un cielo de verano, se desviaron hacia la butaca donde Harry se había sentado después de comer. Tenía puestos los auriculares y escuchaba música una vez más. Harry ahora hablaba poco y el pelirrojo maldijo nuevamente al hurón por ello y rogó a Merlín por millonésima vez que le diera la oportunidad de echarle la mano encima y arreglarle las cuentas a la maldita serpiente. Porque Harry tampoco sonreía. Había sido tan gratificante verle hacerlo otra vez, meses atrás. Le había visto más feliz de lo que jamás pensó que volvería a verle desde esa tarde de agosto. Harry también prefería estar solo la mayor parte del tiempo. Aunque no lo lograba, porque ninguno de sus amigos estaba dispuesto a darle el gusto. Tampoco había querido quedarse con Remus hasta final de curso en Hogwarts, así que cada tarde, terminadas las clases, el Profesor de DCAO llegaba al apartamento a través de la chimenea del salón-comedor y volvía a marcharse a primera hora de la mañana para atender sus clases.

A nadie le gustaba que Harry se quedara solo durante todas aquellas horas, por lo que la Sra. Weasley se asomaba a la chimenea siempre que podía para comprobar que todo iba bien. También Lou había tratado de animarle con el proyecto con el que Harry había estado tan entusiasmado pocas semanas antes. La terapeuta le había convencido de su capacidad para ayudar a otras personas con el mismo problema que él. Con un curso de formación previa, pero sobre todo, basándose en su propia experiencia, Harry podía enseñar y apoyar a magos o brujas que, como él, tuvieran que aprender a desenvolverse en la oscuridad. Sin embargo, el moreno se había negado a iniciar la preparación que Lou había planeado para comenzar en apenas una semana, aduciendo a que en ese momento no se sentía capaz de ayudar a nadie. También había dejado colgado el aprendizaje del sistema Braille, aunque le había prometido a Hermione retomarlo en cuanto se sintiera con más ánimos.

De hecho, los esfuerzos de Harry en ese momento estaban concentrados en una sola cosa: en tratar de no hundirse. Quería odiar a Draco, pero no podía. No conseguía dejar de amarle ni que al mismo tiempo dejara de dolerle el corazón. Sólo necesitaba tiempo, se había dicho. Tiempo para que doliera menos y acabara sólo por sentir aquel amortiguado resquemor, como con tantas otras cosas en su vida. El paso de los meses y la ilusión de un nuevo amor habían borrado el recuerdo de Roger. Pero Harry sabía que jamás olvidaría a Draco.

Un audible suspiro hizo que Ron desviara la mirada del tablero de ajedrez mágico, al sillón donde estaba Harry. El pelirrojo estaba jugando una partida contra las blancas e iba ganando. Molly, Hermione y Ginny se habían ido de compras y había sido imposible convencer a Harry de que las acompañara. Aunque sólo fuera para airearse. Remus tenía junta de evaluación en Hogwarts. Así que Ron se había ofrecido a quedarse con él hasta que Lupin regresara. Librándose, tenía que reconocer, de una fastidiosa tarde de tiendas. Se levantó, no sin antes echarle una mirada de advertencia al alfil blanco, que parecía tener intención de moverse en cuanto él perdiera de vista el tablero.

- ¿Te apetece un té? —preguntó sacando un auricular de la oreja de su amigo.

- Vale. —respondió éste en tono lacónico.

Ron se dirigió hacia la pulcra cocina para prepararlo.

o.o.o.o

Hermione había llegado esa mañana al trabajo todavía ojerosa, con la resaca de las dos noches en vela pasadas en el hospital mágico a base de inquietud y café. Para su desespero, había tenido que sortear algunos periodistas que la esperaban en el Ministerio para obtener alguna nueva noticia sobre el estado de Harry Potter y atravesar el atrio casi a la carrera. Cuando finalmente había logrado llegar a su despacho y encerrarse en él, se sentía agotada.

No quería ni pensar lo que hubiera sucedido si Remus no hubiera acabado con la junta de evaluación mucho antes de lo previsto y regresado más temprano al apartamento que ahora compartía con Harry. Todavía nadie entendía como había podido quedarse encendido el gas de la cocina sin que Ron se diera cuenta. Cuando el pelirrojo había despertado, ya en San Mungo, aseguró recordar haber cerrado el mando de la cocina al retirar la tetera del fuego. Y Hermione sabía que Ron no era tan descuidado como para olvidarse de algo así. Sin embargo, cuando Remus había llegado al apartamento, Harry y él habían inhalado gas suficiente como para que estuvieran los dos a un paso de abandonar este mundo.

La joven sacudió levemente la cabeza, intentando apartar de ella pensamientos inquietantes y se sentó tras su mesa de trabajo. Después de todo, gracias a Dios, Ron y Harry estaban bien y seguramente les darían el alta al día siguiente. Miró con desánimo la pila de pergaminos que había dejado pulcramente amontonados el viernes pasado y que hoy, martes, todavía la esperaban para despacharlos. Se dijo que tal vez trabajar un poco le distraería del recuerdo del pelirrojo que había dejado en el hospital, peleando con su madre porque no le dejaba vestirse y marcharse ya de allí.

Al poco rato, Hermione estaba ya tan concentrada en su trabajo que no se dio cuenta del transcurrir de las horas. Era casi mediodía cuando oyó la puerta de su despacho abrirse y levantó la vista airada, dispuesta a echar a cajas destempladas a quien osaba interrumpirla. Sin embargo, la voz murió en su garganta cuando bajo el marco de la puerta se encontró con la única persona que pensó no volvería a ver.

- Tienes mucho valor presentándote aquí, Malfoy. —dijo al fin, saliendo de su estupor.

Draco cerró la puerta a sus espaldas y se sentó en una de las dos sillas que había frente a la mesa de Hermione, sin esperar invitación.

- ¿Cómo está? —preguntó.

La voz de Malfoy sonó sinceramente preocupada. Hermione dejó la pluma cuidadosamente en el tintero y cruzó las manos sobre la mesa, dirigiendo a su inesperado visitante una mirada resentida.

- Seguramente mañana les darán el alta. —dijo secamente— Y por si estabas pensando en ir a verle, no creo que sea una buena idea. —le advirtió.

Malfoy negó con la cabeza.

- No, no era en eso en lo que pensaba. —Draco tomó aire y enfrentó la dura mirada de Hermione— He venido porque necesito tu ayuda.

Ella puso cara de incredulidad y después de desconfianza. Pero esa era la reacción que Draco ya había esperado.

- No creo que a Weasley se le olvidara cerrar el gas. —habló antes de darle tiempo a Granger a decir nada más— Tampoco el atropello de Harry fue un accidente casual.

Hermione observó como el rubio rebuscaba en el interior del bolsillo del elegante traje que llevaba bajo la túnica y extraía de él unos pergaminos cuidadosamente doblados, que le tendió. Ella los tomó intrigada. Después de leer las tres notas, miró a Draco con expresión confundida.

- ¿De qué va todo esto, Malfoy? —preguntó sintiendo como los nervios que habían atacado su estómago el pasado fin de semana, volvían a cebarse en él.

Draco estaba en Zürich cuando leyó la noticia en el periódico mágico suizo. En ningún momento tuvo la menor duda de que aquel accidente casero del héroe ciego y su amigo no podía ser fruto del despiste o la mala suerte. Demasiada causalidad, se había dicho con rabia. Después de todo, alejarse de Harry no parecía haber servido de nada. Entonces, la idea le había golpeado de repente, y su privilegiado cerebro había iniciado una actividad ardua y frenética sopesando todas las ventajas y los inconvenientes del audaz plan que iba tomando forma en su mente. Y, aunque para su amargura, algunos de los inconvenientes le afectaban directamente a él, estaba firmemente dispuesto a seguir adelante. Otra cosa que le disgustaba era tener que compartir su plan, porque, al menos para una parte de él, necesitaba ayuda.
Así que, muy a su pesar, no le quedó más remedio que destapar ante una extraña como era Granger intimidades de su familia, que hubiera preferido guardar sólo para sí, para poder conseguir esa colaboración.

- Entonces, apenas falta un mes para que se cumpla el plazo… —Hermione no pudo evitar usar cierto tono malicioso— ¿estás a punto de quedarte sin un knut, Malfoy?

Draco suspiró con paciencia.

- No soy tan estúpido, Granger. —respondió con cierta prepotencia— ¡Por supuesto que no voy a quedarme en la miseria!

Ella sonrió por primera vez.

- Costaba imaginarlo… -y después frunciendo el ceño, acusó— Pero han estado a punto de matar tres veces a Harry por tu culpa. Y de paso a Ron.

Draco aguantó estoicamente la severa mirada de la Gryffindor. Asintió en silencio, asumiendo con ese gesto su parte de responsabilidad.

- Supongo que piensas hacer algo al respecto… —dijo ella ante ese silencio— Alejarte de Harry no ha servido para nada, Malfoy. E irte con él a Estados Unidos sólo sería una solución temporal que no resolvería la raíz el problema. Le utilizarán para vengarse de tu decisión de todas formas. Y de paso de él. Es estúpido pensar que no haya quien todavía le guarde resentimiento por haber matado a Voldemort.

Si tu supieras, pensó Draco en ese momento. Estaba seguro de que Harry no había contado nunca a sus amigos lo sucedido con Nott durante aquella cena en su casa. Claro que lo de la enfermera, el Gryffindor no podía recordarlo…

- Esa es la razón por la que estoy aquí. —declaró.

- Puedo ayudarte a ponerte en contacto con los aurores. —ofreció Hermione, más relajada al comprobar que Malfoy estaba dispuesto a entrar en razón— Conozco a bastantes. Empezando por Ron. Y si se trata de proteger a Harry…

- No. —la cortó él con impaciencia— Mi idea es otra. Por eso necesito tu ayuda.

Hermione le dirigió una mirada recelosa. Malfoy tenía una expresión de fuerte determinación en su rostro, y sospechó que fuera lo que fuera lo que iba a escuchar a continuación, el Slytherin lo había meditado cuidadosamente.

- Nadie se atrevería a meterse con Harry si no estuviera ciego¿cierto? —dijo Malfoy y ella asintió lentamente— Nadie lo haría si supiera que iba recibir con toda seguridad una poderosa maldición a cambio. Porque Harry podría defenderse. No estaría a expensas de un bastón y de la confianza "ciega" en los que tiene a su alrededor.

- Pero Harry es un invidente, Malfoy. —le recordó Hermione— Y por desgracia eso nadie lo puede cambiar ya.

- ¿Estás segura?

Ella se le quedó mirando, confundida, sin comprender de momento por dónde iban los tiros.

- Sino recuerdo mal, la Mb. Arashi me explicó en su momento que la cabeza de Harry había golpeado contra algo que había lesionado irreversiblemente su corteza cerebral, en el área de la visión. —Hermione asintió— La caída que provocó ese golpe, tuvo que suceder después o como mucho al mismo tiempo que se producía la muerte del Señor Oscuro. Porque sería ridículo pensar que éste no hubiera aprovechado para matarle cuando tenía a Harry en el suelo, seguramente inconsciente.

- Es de suponer… -aceptó la Gryffindor, intrigada por saber a dónde quería llegar Malfoy.

- Imagina sólo por un momento, que Harry no llegara a golpearse la cabeza…

Hermione pestañeó intrigada, sin dejar de notar la expresión cada vez más entusiasmada de Malfoy.

- Que pudiera evitarse que ese golpe llegara a producirse…

Los ojos de Draco brillaban ahora con la emoción que esa esperanza le producía y los clavó en la joven frente a él con ansiedad, esperando que la famosa inteligencia de ella la ayudara a llegar a la conclusión que él esperaba, sin su ayuda. Al cabo de un momento, los ojos castaños de Hermione se abrieron enormemente, al tiempo que su boca.

- ¿Estás sugiriendo…¡Eso es impensable, Malfoy! —exclamó.

El sonrió con suficiencia.

- ¿Por qué? —preguntó, dispuesto a rebatir todos y cada uno de los argumentos que ella pudiera darle.

Hermione siguió mirándole con estupefacción.

- Porque… ¡es imposible! —volvió a repetir moviendo las manos como si quisiera apartar esa idea de ella.

- Tú podrías sacar uno. —le dijo con una sonrisa maliciosa Draco— Estoy seguro de que sabes cómo. —después señaló la puerta, aludiendo al rótulo que estaba serigrafiado en ella— Departamento para la Investigación de Nuevas Aplicaciones de la Magia. Eres la jefa…

- ¿Te has vuelto loco? —casi le gritó la castaña.

- No, Granger, nunca he estado más cuerdo.

Se miraron en silencio, calibrándose el uno al otro.

- Hablas en serio¿verdad? —dijo por fin Hermione casi en un susurro.

Draco asintió.

- ¿Te das cuenta de lo peligroso que puede ser? —el Slytherin volvió a asentir— ¿Te das cuenta de que si, sin querer, cambiáramos algo que impidiera que Harry acabara matando a Voldemort, estaríamos cambiando también nuestro presente por una pesadilla que apenas estamos superando?

- Sólo hay que evitar que Harry se golpee, nada más. —insistió Draco, tan convencido que la castaña empezaba a sentir que sería difícil no sucumbir ante la idea.

- ¡Pero no sabemos en qué momento sucedió eso, Malfoy! —siguió resistiéndose a pesar de todo Hermione, aporreando nerviosamente la mesa con las manos.

- Pero podemos averiguarlo.

Hermione le miró exasperada. El Slytherin estaba decidido a hacerlo, no le cabía la menor duda.

- No sé si has pensado en algo, Malfoy. —dijo intentando tranquilizarse, adoptando su mejor tono de erudita sabelotodo— Si bien estaríamos cambiando el futuro de Harry, también irremisiblemente el tuyo. Y parte del de todos sobre quienes Harry tiene influencia. —le dirigió una mirada penetrante— En el supuesto de que lo lográramos, —Draco se dio cuenta de que estaba utilizando el plural y no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa de triunfo— Harry nunca viviría en tu casa, nuca llegaría a conocerte como lo ha hecho. Jamás iba a enamorarse de ti. Vuestras vidas no iban a cruzarse porque no habría ningún motivo para ello¿comprendes? No sabemos cuál es la alternativa de futuro de Harry si no se hubiera quedado ciego. Pero apostaría a que no es estar a tu lado, perdidamente enamorado de ti.

Draco se quedó en silencio. No cabía duda de que a Granger le gustaba llamar a las cosas por su nombre. Un velo de tristeza cubrió sus pupilas plateadas durante unos segundos, oscureciéndolas y apagando el brillo del entusiasmo que las había iluminado un poco antes. Hermione se preguntó si no habría sido demasiado cruel.

- Tampoco a nadie se le ocurrirá atacarle por mi causa. —dijo. Suspiró, intentando esconder el dolor que en el fondo todo aquello le producía— He tenido en cuenta todos los pros y los contras, Granger. Sé perfectamente como funciona un giratiempo. Y estoy dispuesto a arriesgarme.

- ¿Sabes la cantidad de normas que estaríamos infringiendo? —le recordó Hermione, haciendo un último y denodado esfuerzo por no dejarse convencer.

Porque la idea era tentadora. Demasiado. ¿Cómo no se le habría ocurrido a ella? Porque ella no tenía ideas descabelladas, se respondió. No desde hacía tiempo, al menos.

- No quieras hacerme creer que jamás has infringido una norma, Granger. —le respondió Malfoy con ironía.

- ¡Qué sabrás tú! —gruñó ella.

- Bueno, siempre andabas con Harry. Y por lo que tengo entendido, él era todo un experto.

Hermione se cubrió el rostro con las dos manos y sacudió la cabeza en un gesto de impotencia.

- Nadie más que nosotros dos lo sabría. —murmuró, todavía con el rostro escondido.

- Sólo nosotros dos. —aseguró Draco.

- Podrían despedirme, Malfoy.

- Entonces yo te daré trabajo. —la tranquilizó él.

- No si acabamos los dos en Azkaban… -gimió ella.

- Tenemos dos mentes privilegiadas, Granger. Demasiado para ellos. —la animó Draco.

Ella por fin descubrió su cara y le miró con los ojos algo entrecerrados, fijamente, intentando descubrir lo que realmente se escondía tras la ahora serena mirada gris.

- Debes estar muy enamorado.

Y él respondió simplemente.

- Lo estoy.

o.o.o.o

Hermione no se sorprendió de su sangre fría cuando entregó la solicitud que había redactado cuidadosamente, alegando que necesitaba el giratiempo para fines de investigación. Como le había recordado Malfoy, ella ya tenía experiencia en infringir reglas. Y cuando se lo entregaron, casi un mes más tarde y después de firmar un montón de pergaminos, un familiar cosquilleo la había recorrido de arriba abajo. Igual que el día que habían decidido ir en busca de la piedra filosofal, sorteando a Fluffy, el rottweiler de tres cabezas y los restantes obstáculos; o cuando había hecho la poción multijugos a escondidas, en aquel baño abandonado; o el que había sentido al utilizar el giratiempo que le había entregado la Profesora McGonagall para salvar a Sirius y también a Buckbeak; o cuando había animado a Harry a crear el ED y había ideado esas monedas… De hecho, tenía que reconocer que tenía una vasta experiencia sorteando normas y reglamentos…
Se había colgado el giratiempo al cuello y lo había escondido cuidadosamente bajo su blusa. Una vez en casa, tuvo que guardarlo con gran celo para que Ron, con su costumbre de revolverlo todo, no lo descubriera. El pelirrojo nunca se había sacado del todo la espinita de no haberles podido acompañar a Harry y a ella en la aventura del giratiempo durante su tercer curso.

Lo que más le hubiera gustado habría sido poder decirle a Harry que Draco estaba en Londres y cuánto se preocupaba por él. Poder decirle cuánto amor había descubierto en el fondo de esos ojos grises y que todo era suyo; el sacrificio que iba a hacer para darle una nueva vida. Pero al igual que Draco, sabía que si su amigo llegaba a enterarse de la verdadera razón por la que el Slytherin le había dejado, no le permitiría que le apartara nuevamente de su lado. Draco le había prohibido decírselo. Y ella había jurado que no lo haría. De todas formas, si lo conseguían, Harry jamás podría recordar una parte de una vida que no habría vivido.

Había sido casi un mes de arduos preparativos, hasta conseguir el giratiempo. No podía recurrir a Harry, —él no tenía recuerdos— así que con paciencia, había ido sonsacando a Remus, a Ron, a Kingsley, a Tonks y a todos cuantos ese día se encontraban allí, incluida ella, toda la información que pudo sobre lo que sucedió después de aquel duro enfrentamiento entre Voldemort y su amigo. Porque nadie estuvo directamente presente mientras sucedía. Necesitaba deducir lo más aproximadamente posible el momento en que el Señor Oscuro fue vencido, para poder calcular con la máxima exactitud la hora y el momento en que tenía que hacer retroceder el giratiempo. No estaba dispuesta a contemplar más de lo necesario de una lucha de la que ella había visto las severas consecuencias en el cuerpo de Harry.

Y por fin, a un mes del cumpleaños de Harry y a casi otro del segundo aniversario de esa victoria, estaban preparados. Y nerviosos. Hermione se dio cuenta de que, la única vez que había visto a Draco Malfoy alterado fue en aquel hospital muggle, cuando el accidente de Harry. E impensablemente, fue ella quien acabó tranquilizándole a él.

- Saldrá bien. Sé que saldrá bien. —le había dicho, haciendo al mismo tiempo ejercicio de auto convencimiento.

o.o.o.o

El lugar donde Voldemort y Harry habían medido sus fuerzas, a medio camino entre Hogwarts y Hogsmeade, terreno hasta donde el Gryffindor había logrado arrastrar al mago tenebroso para alejarle de la escuela, era ahora un vasto espacio protegido por una cerca de energía mágica que se conservaba tal como había quedado después de la lucha. Devastado. Un recuerdo en la memoria de todos, de lo que no podían dejar que volviera a suceder. Un aviso para las generaciones futuras. Nadie había vuelto a pisarlo. Un cielo mágico que simulaba una hermosa noche estrellada, cubría todo el recinto. Sólo que las estrellas que titilaban en ese cielo eran los nombres de todos los caídos.

- Da escalofríos. —no pudo evitar murmurar Draco.

- ¿No habías venido nunca? —preguntó ella con voz trémula. Él negó con la cabeza— Lo encantó el Profesor Flitwick.

Hermione no podía evitar emocionarse cada vez que visitaba ese lugar. Había demasiados nombres, que para ella tenían rostro, y recuerdos de momentos felices brillando en ese cielo. De reojo, vio como Draco miraba a su alrededor, inquieto.

- No creí que hubiera tanta gente. —comentó el rubio observando a los visitantes que, silenciosos, se diseminaban alrededor de la cerca— Esto va a dificultar las cosas.

Algunos observaban el cielo mágico, seguramente buscando el nombre de algún familiar o amigo, señalándolo cuando lo encontraban. Otros parecían recitar oraciones por los seres queridos que habían perdido. O lloraban. Los más, simplemente permanecían en un respetuoso silencio. Hermione le tomó del brazo y le llevó hasta unos árboles, algo apartados. Draco observó como extraía de debajo de su chaqueta lo que el Slytheriin reconoció como una capa de invisibilidad.

- Es de Harry. —aclaró ella.

Y tras otear disimuladamente a su alrededor, les cubrió a ambos. Seguidamente sacó el giratiempo por el escote de su blusa y pasó la larga cadena por encima de la rubia cabeza de Draco, de forma que ambos quedaron rodeados por ella.

- ¿Estás listo? —preguntó.

Ambos se miraron unos momentos. Los ojos de Draco brillaron decididos y seguros. Y ella hizo suya esa confianza. Ya sin vacilación, la joven dio las vueltas necesarias a la ruedecita. El paisaje se disolvió ante sus ojos y tuvieron la sensación de que volaba hacia atrás a gran velocidad, percibiendo al mismo tiempo colores y formas difuminadas. Aquella sensación duró lo que les pareció una eternidad. Y cuando pensaron que no resistirían más y los oídos iban a estallarles de dolor, volvieron a notar tierra firme bajo sus pies y las imágenes a su alrededor volvieron a recuperar sus contornos.

Eran la cuatro de la tarde del once de agosto de 2000. Los gritos y el furioso zumbido de los hechizos llegaban bastante amortiguados hasta el grupo de árboles donde Hermione y Draco se encontraban. A sus espaldas, Hogwarts se veía envuelto en una humareda multicolor, de la que sólo sobresalían sus torres más altas. Éstas últimas, macabramente iluminadas por la luz verdosa de la marca tenebrosa flotando sobre ellas, dándole al conjunto un aspecto fantasmagórico e irreal. Frente a ellos, se elevaba una gruesa columna de fuego y humo, proveniente de las primeras casas que se encontraban a la entrada de Hogsmeade, y que habían sido las primeras en arder.

- Nosotros estamos todavía en los terrenos de Hogwarts. —susurró Hermione con voz ahogada, refiriéndose a ella y a todos los que ese día defendieron la escuela. Consultó su reloj— Llegaremos por ese camino más o menos en veinte minutos.

Draco asintió en silencio y pegados el uno al otro, avanzaron con cautela bajo la capa, dejando los árboles a su derecha, en dirección a donde se erigiría el futuro recinto de homenaje a los caídos. A pesar de que el sol de agosto todavía brillaba con fuerza a esa hora de la tarde, el lugar estaba ensombrecido por una tenue neblina grisácea y el aire que se respiraba era denso y sofocante, con un vago olor que recordaba el azufre sin llegar a ser exactamente como el de ese elemento químico. Draco pensó que realmente los infiernos debían haberse abierto aquel día.

De pronto, el rubio se detuvo en seco, haciendo que Hermione chocara bruscamente contra su espalda. Habían caminado envueltos bajo la difuminada visión que les proporcionaba la capa, agravada por la bruma que flotaba a su alrededor. Y de repente Voldemort se alzaba ante ellos, inmenso en su figura y más amenazador de lo que jamás podrían haberle imaginado. Harry, de espaldas, retrocedía en aquel momento esquivando un haz malva que pasó rozándole el pelo y Draco casi juró que se lo había chamuscado. Los dos contuvieron la respiración, hipnotizados por el duelo que ahora tenía lugar ante sus ojos. Lo más escalofriante era el silencio, apenas roto por los haces luminosos que escindían el aire. Ambos contendientes luchaban utilizando magia no verbal, lo que hacía aquella colisión de poderes todavía más peligrosa. Draco se dio cuenta de que seguía respirando cuando Hermione le clavó las uñas con fuerza en la mano y tuvo que reprimir un quejido. Ni aun así apartó la mirada de aquel espeluznante espectáculo.

Aunque seguían sin poder ver su rostro, por la expresión de triunfo en el de Voldemort, comprendieron quién estaba llevando la peor parte. Sin embargo, la negra túnica del Señor Oscuro estaba chamuscada en el hombro derecho y a la altura del estómago, podía verse piel ensangrentada entre los jirones de tela que colgaban. Un movimiento apenas imperceptible de su muñeca, hizo que la varita del Voldemort escupiera un nuevo haz de luz, ésta vez azul. El movimiento de Harry fue intuitivo, pero no lo suficientemente rápido. Un grito rasgó el silencio. La herida que acababa de recibir era la que correspondía a la cicatriz que atravesaba su muslo de arriba abajo. Draco la recordaba perfectamente, porque la había acariciado y reseguido a besos muchas veces. Ahora sabía como había sido inflingida. Mientras él se perdía en ese recuerdo, ambos contendientes habían rotado ligeramente, Harry arrastrando la pierna y ahora Draco y Hermione podían ver las caras de ambos. La de Voldemort, saboreando ya el éxito; la de Harry… ¡dioses!, jamás le había visto la expresión que en ese momento tenía en su rostro.

- Va a hacerlo. —susurró Draco terroríficamente fascinado— Lo que sea que hiciera, lo hará ahora.

Hermione se limitó a emitir un pequeño gemido de angustia y a clavarle las uñas con más fuerza. Él ya ni las sintió.

Harry de pronto se había quedado muy quieto. Demasiado. Por primera vez, se oyó la siseante voz de Voldemort, retándole, insultándole, restregándole las calamidades de su vida y lo mísera que sería su muerte.

- ¿Te rindes? —bramó el monstruo— ¿Tan pronto vas a darte por vencido? —una escalofriante carcajada hirió los oídos de cuantos la oyeron— Dumbledore se sentiría decepcionado¿no crees? Todas sus esperanzas puestas en ti… su más fiel… fracaso…

En lugar de responder, Harry siguió mirando fijamente a su enemigo. Sin embargo, Draco tuvo la impresión de que era como si realmente no le viera; como si Harry estuviera concentrado en algo que iba mucho más allá de Voldemort.

- ¡POTTER! —le increpó el Señor Oscuro, rabioso ante la falta de respuesta.

Un seguido de furiosas maldiciones impactaron en el cuerpo del Gryffindor, zarandeándolo con violencia, como si fuera un muñeco de trapo. Hermione casi gritó y Draco se apresuró a cubrirle la boca con la mano. Él mismo tuvo que reprimir un irrefrenable impulso de saltar de debajo de la capa y acudir en su ayuda. Harry ganó, tuvo que recordarse. Fue Voldemort quien murió. Aunque en aquel punto de la contienda pareciera todo lo contrario. Por unos segundos, recordó las palabras de Hermione y se preguntó si, de forma totalmente inadvertida para ellos, habrían alterado algo de aquel pasado que ahora se desarrollaba ante sus ojos. No, se dijo, apartando inmediatamente esa perturbadora idea de su mente. Su mera presencia como espectadores no podía influir en los acontecimientos que estaban teniendo lugar.

Ahora Hermione estaba totalmente abrazada a él, y escondía el rostro contra su pecho, incapaz de seguir contemplando la dura escena. Se dio cuenta de que él la abrazaba con la misma fuerza, los puños tensamente cerrados sobre la chaqueta de ella, intentando dominar el miedo que sentía a pesar de todo.

Harry había caído de rodillas y estaba doblado sobre sí mismo. Tenía una mano apoyada en el suelo, soportando el peso del cuerpo. El otro brazo no estaba a la vista, escondido bajo éste, como si estuviera sujetando su estómago.
Mientras el Señor Oscuro se despachaba a gusto con su joven enemigo provocándole, atentando en ese momento contra la memoria de sus padres, Draco, quien por su situación le veía de lado, se dio cuenta del fulgor que crecía bajo el cuerpo todavía arqueado de Harry. No sabía exactamente qué era lo que el Gryffindor estaba haciendo, pero estaba seguro de que Voldemort todavía no se había dado cuenta, ya que el mago tenebroso se alzaba frente a él y le observaba desde arriba.

- ¡En pie, Potter! No querrás que te mate de rodillas. —se burló.

El brazo de Harry tembló un poco, mientras apoyaba todo el peso de su cuerpo en él hasta doblar rodilla de la pierna buena y empezar a levantarse lentamente.

- Por todos los dioses… —murmuró Draco a continuación— Granger, tienes que ver esto…

La joven a duras penas levantó un poco el rostro y miró de reojo. Dos segundos después, sus ojos se abrían como platos contemplando la escena. Y por lo visto no eran los únicos desconcertados, porque el Señor Oscuro miraba a su enemigo con una expresión de atónita incredulidad en su rostro reptiloide.

Harry tenía en su mano una esfera que llenaba todo el hueco de su mano, de un blanco brillante y cegador, mezclado con pequeños destellos plateados.

- Dios mío, —susurró Hermione apenas sin voz— …al final lo utilizó…

El movimiento de Harry fue mucho más rápido de lo que nadie esperaba en sus condiciones. Arrojó la esfera que fulgía en su mano contra Voldemort, antes de que éste pudiera reaccionar, agotando sus últimas fuerzas en la maniobra.
Un estallido de luz traspasó cada poro de aquel ser execrable. Un agudo aullido inundó el vasto espacio. El más aterrador y espeluznante que ser humano jamás hubiera oído. Tan desgarrador como si el infierno se hubiera abierto de pronto dejando escapar el clamor de los atormentados espectros que lo habitan. Y en realidad, el averno sí se había abierto. Para recibir a una de las almas más oscuras, mas crueles y retorcidas de la historia de los tiempos.

- Su magia en estado puro. —murmuró Hermione con voz ahogada, no muy segura de que Draco hubiera entendido lo que acababa de ver— La magia de un mago está ligada a lo que su corazón alberga. Y el de Voldemort acaba de recibir una sobredosis de Harry Potter.

En aquel momento vinieron a la memoria de Draco las palabras de Lou: que parecía que Harry había aprendido a utilizar su magia como un arma arrojadiza y que esa era una de las razones por la que le era tan difícil controlarla.

Durante unos interminables segundos, ambos contemplaron inquietos el retorcido y desecado cuerpo que yacía a unos metros de ellos, que resplandecía todavía envuelto en una luz ahora mortecina. Harry, que seguía de pie a pocos metros más, dejó escapar en ese momento un grito casi tan desgarrador como el del propio Voldemort. Su cuerpo acusó en ese instante el atormentador dolor y las consecuencias de las maldiciones recibidas en el momento de entrar en el estado en que se había sumido para lograr aquella fantástica proeza. Se tambaleó un momento más, antes de que la pierna herida finalmente le fallara y perdiera el equilibrio cayendo hacia atrás. Draco y Hermione contuvieron el aliento cuando su cabeza golpeó con violencia contra el nudo que sobresalía de una de las ramas de un árbol abatido durante la pelea.

- Medio minuto. —susurró Draco obligándose a reaccionar.

Entonces, ante la falta de respuesta, se dio cuenta de que Hermione parecía encontrarse en un estado catatónico, fija su mirada en el inmóvil cuerpo de Harry.

- ¡Granger! Aurores o quien sea no tardarán en llegar. —le recordó sacudiéndola por los hombros— Sólo necesitamos medio minuto, tal vez menos.

Aquellos increíbles acontecimientos no habrían durado más de tres minutos, calculó. Los tres minutos más intensos y terroríficos de su vida. Y no estaba dispuesto a repetirlos. Estaba seguro de que Granger tampoco. Aliviado, vio que la joven reaccionaba y accionaba la ruedecita del giratiempo. Esta vez, la sensación fue un visto y no visto. Ambos sacaron sus varitas y la capa de invisibilidad cayó a sus pies.

Harry gritó. Se tambaleó. Su pierna herida falló. Y cuando perdió el equilibrio e inició la terrible caía hacia atrás, su cuerpo quedó suspendido en el aire. Lentamente, como si fuera uno de aquellos trucos de levitación que utilizaban los magos muggles en sus espectáculos, fue descendiendo hasta ser depositado en el suelo con sumo cuidado. Lejos de la fatídica rama.

Todavía con el brazo en alto, la varita frenéticamente sostenida en su mano, Draco supo que, a pesar de sus previos y firmes propósitos, no se iría sin decirle adiós. No debía hacerlo, pero lo haría. La temblorosa presión de la mano de Granger en su hombro, le dijo lo mismo.

- Acordamos no interferir más de lo necesario… —le recordó.

Pero la fuerza con la que latía el corazón de Draco en ese momento era mucho más poderosa que cualquier precaución anteriormente decidida. Que cualquier prudencia cautelosamente acordada. La mano en su hombro aflojó y al volver el rostro, vio la comprensión asomando en los húmedos ojos castaños.

- No debe verte… —le advirtió Hermione a pesar de todo.

Draco se dirigió con paso rápido hasta donde Harry yacía, porque sabía que no tenía mucho tiempo. Se arrodilló a su lado y contempló con dolor el sufrimiento en el cuerpo que amaba. Su rostro contraído en un puro tormento. Acarició su mejilla, empapada en sudor y sangre y sintió escurrirse las lágrimas por las suyas.

- Te pondrás bien, amor. Podrás ver muchos amaneceres a partir de ahora.

Se inclinó para tomar sus labios con dulzura, presionándolos suavemente. Plegándose a esa caricia, Harry entreabrió un poco los suyos, en un acto reflejo, permitiéndole profundizar ligeramente el beso. Entonces sus ojos se abrieron durante unos segundos y Draco pudo contemplar cuán hermosos eran, el verde refulgiendo vivo otra vez en el fondo de sus pupilas.

- Roger… —exhaló apenas.

Y sus ojos se cerraron nuevamente, junto con su conciencia.

El corazón de Draco se encogió hasta dejar de sentirlo en su pecho.

Cuando Hermione se había despedido de Malfoy, también su corazón estaba en un puño. Ver como Harry había acabado con Voldemort había sido duro e impactante. Aterrador. Algo que difícilmente olvidaría. Y que por más que lo deseara, jamás podría compartir con sus allegados. Por otro lado, se sentía orgullosa de ser ella quien había encontrado ese viejo hechizo que en principio, Harry le había dicho que se veía incapaz de utilizar.

Por otro lado, ver la mirada de Malfoy cuando se despidió de Harry, su expresión dolorida cuando éste pronunció el nombre de Roger, había sido también muy triste para ella. En aquel momento sintió que, accediendo a participar en aquella locura, había ayudado a quitarles a los dos lo más importante que habían tenido en sus vidas. Aunque Malfoy hubiera accedido a ello voluntariamente y no pudiera dejar de admirarle por eso.

Apenas habían cruzado una palabra en el camino de regreso, que había sido silencioso y encogido. Ambos perdidos en sus propios pensamientos. Con la callada inquietud de qué encontrarían cuando llegaran a casa. Inseguros sobre cuántas partes de su vida se habrían perdido y no podrían recordar por haberse dado en un pasado que no habrían vivido durante los casi dos últimos años.

Se habían despedido con un correcto pero frío apretón de manos, sutilmente impuesto por Malfoy, quien parecía haberse replegado en sí mismo y encerrado bajo su coraza de frialdad habitual.

Hermione introdujo la llave en la cerradura de la puerta del pequeño apartamento muggle que compartía con Ron. Y cuando ésta dio la vuelta, se dijo con ironía que lamentablemente, en su ahora desconocido pasado, su situación económica tampoco había mejorado demasiado ya que seguían viviendo en aquella caja de zapatos. Comprobar que todo parecía estar como ella lo había dejado aquella misma mañana, le dio cierta tranquilidad y auto confianza para enfrentarse a lo que viniera. O eso pensó.

Aunque era temprano, decidió empezar a preparar la cena para distraerse. Mientras ponía la lechuga en remojo, descongelaba el pescado y buscaba huevos y harina, su cabeza no dejaba de trazar la manera más adecuada de enfrentar la nueva situación. Autodominio, se decía, mucho autodominio. Y ella de eso tenía de sobras. No debía mostrarse sorprendida por ninguna de las cosas que seguramente ahora ignoraba, sino que tenía que tratar de averiguarlas de la forma más sutil posible, sin que fuera obvio para los demás.
Y justo cuando dejaba la ensalada sobre la mesa de la cocina, oyó abrirse la puerta de entrada y el sonido de voces masculinas hablando en un tono alto y distendido, mezclado con risas y jaleo.

- ¡Herm! —llamó el vozarrón de Ron inundando todo el apartamento— ¡Ya estamos aquí!

Había cosas que ningún giratiempo era capaz de cambiar, pensó Hermione sonriendo. Oyó pasos dirigiéndose a la cocina y respiró hondo, preparada para enfrentarse a su pelirrojo.

- Aquí tienes el vino, como prometí. —oyó que decía una voz jovial a sus espaldas.

Y Hermione se congeló. Se repitió mentalmente que estaba preparada. Durante aquel último mes se había mentalizado e incluso escenificado situaciones probables y como afrontarlas con naturalidad. Tal como había estado practicando durante la última hora. Y en ese mismo instante todas acababan de venirse abajo como un frágil castillo de naipes.

Harry estaba plantado frente a ella, sonriéndole, con una botella de vino en la mano. Su pelo negro mucho más largo de lo que le había visto llevarlo nunca y sus ojos más verdes y brillantes de lo que podía recordar. Enfundado en su túnica de auror, le pareció incluso más alto y no tan delgado. ¡Dios! Si Malfoy llegaba a verle iba a morir de la impresión.

- No me digas que no te acordabas que Roger y yo veníamos a cenar. —le dijo Harry con una mueca divertida— Prometiste lasaña y no te la voy a perdonar.

Hermione vio como todos sus propósitos de entereza se iban por el desagüe y sin poder evitarlo rompió a llorar, dejando a su amigo estupefacto y preocupado.

- Bueno, ensalada y pescado también esta bien, Herm. —aseguró, el moreno dándose cuenta de lo que había sobre la mesa de la cocina— Siento… no haber comprado vino blanco… —se disculpó, no muy seguro de cómo reaccionar.

Y cuando Hermione le abrazó con aquella apabullante intensidad, Harry empezó a asustarse, preguntándose qué le habría sucedido a su amiga para encontrarse en aquel estado.

- ¡Ron! —gritó ya entrando en pánico— ¡Creo que Herm no se encuentra muy bien!

Mientras seguía aferrada a Harry y oía los pasos presurosos de Ron dirigiéndose hacia la cocina, Hermione no pudo evitar pensar en Malfoy y en qué sorpresas se habría encontrado él al regresar a su vida.


Para todos los que habéis dejado comentarios del tipo anónimo y no puedo responder por e-mail, muchas gracias: Caroline Mc; Cassandra; thara; sailor earth; sarahi; linz hidaka; Aikoss; Amarissima; angie; Roxy.