Esta es una adaptación. Nada, con excepción del placer por adaptar y publicar, es mío.

Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer y la historia... al final les digo.


9: Improvisación estratégica…

Bella levantó la vista y miró a Edward. La única señal de que todavía esta ba viva era el calor que notaba en el pecho de Edward. Tenía los dedos de las manos y de los pies entumecidos, como si se encontrara en la nieve, y temía quedarse helada de puro miedo. Durante los tres últimos años, Bella había vivido con ese miedo y la había mantenido a raya con dificultades. Ahora no estaba segura de poder lograrlo.

—Quiero sentirme a salvo otra vez, Edward.

Bella había sido secuestrada por error, amenazada y amordazada, había estado a punto de ahogarse al intentar salvar a su perro y había sobrevivi do a duras penas a una tormenta. Le habían robado a Baby y, ahora, unos traficantes de drogas disparaban contra ella. Si a todo eso añadía el acci dente con la pistola de bengalas, el rescate frustrado de la noche anterior y la preocupación constante, tenía todos los ingredientes.

Aquella primera noche en el Dora Mae, Bella creyó que iba a morir y luchó para seguir viva. La noche pasada, durante la tormenta, la había asal tado el mismo miedo. Y ahora debía enfrentarse a esa última amenaza con tra su vida. Bella llevó las manos a ambos lados de la cabeza de Edward y la acercó a la de ella. Durante los últimos días, las pocas veces que se había sentido casi segura había sido entre los brazos del hombre que había puesto su vida en peligro. La fuerza de esos robustos brazos era la único que la hacía sentirse viva.

—Edward— susurro.

Edward no tuvo que preguntarle qué quería. Lo sabía. Pegó sus labios los de ella y Bella se abrazó a él mientras se dejaba inundar por el calor de ese beso. Ese calor se propagó por su cuerpo como una llama e hizo retroceder el miedo. Edward la poseyó con los labios y con la lengua y Bella se centró en él, en la textura y el sabor de su boca. El olor de Edward la llenaba todo.

Bella le acarició el cuello y los hombros. Introdujo las manos debajo de la camisa de él y se las calentó contra su pecho. Edward era tan fuerte y vigoroso, tan potente y masculino que sentir el latido de su corazón bajo la palma de la mano le resucitaba los sentidos. Bella quería más. Mucho más.

Bella pasó los labios por el cuello de Edward.

—Hazme el amor, Edward —le pidió.

La mano de Edward encontró su muslo desnudo y se deslizó por debajo del vestido. El contacto de esa palma cálida y el deseo provocaron un flujo repentino entre las piernas de Bella.

—No es un buen momento. —La voz de Edward sonó tan densa como la sangre en las venas de Bella.

No era posible que hubiese entendido bien.

—¿Qué?

—No es un buen momento.

Sí, la había entendido bien, pero no podía creer que estuviera dicien do eso. Ése era Edward, el chico de manos rápidas que era capaz de desnudar a una mujer antes de que ella se diese cuenta. Edward, el hombre que la había acusado de calientapollas hacía menos de veinticuatro horas.

Ella escudriñó su cara oscurecida por las sombras.

—¿Cuándo será un buen momento para ti? ¿Dentro de unas horas, cuando posiblemente estemos muertos?

—Bella, haré todo la que esté en mi mano para que vuelvas a casa, sana y...

—Lo sé —la interrumpió ella—, pero no puedes garantizarlo. —Le desabrochó el botón de la bragueta—. Es posible que todo lo que somos, todo lo que podríamos llegar a ser desaparezca esta noche, Edward. En una remota isla en medio del Atlántico.

Todas las esperanzas y los sueños sobre su empresa, sobre formar una familia algún día, morirían con ella. Ya no habría «algún día» para ella. Su madre y su padre nunca sabrían qué le había ocurrido y tendrían que vivir para siempre con el interrogante de si se encontraba viva o muerta. Los conocía lo suficiente para saber que nunca perderían la esperanza. La buscarían durante el resto de sus vidas.

—No importa cuánto lo desees, no puedes prometer que mañana es taremos vivos.

Los cinco botones se desabrocharon y Bella deslizó la mano dentro de la bragueta. Debajo de la tela de algodón de los calzoncillos, Bella lo en contró completamente erecto y apretó la palma de la mano contra esa in creíble calidez. Sintió que el fuego le subía por la muñeca, le aceleraba el pulso y penetraba en su corazón. Eso era todo la que necesitaba de él en ese momento.

—Dame algo en que pensar aparte del miedo.

Edward respiraba agitadamente y tenía las pupilas dilatadas, pero aun así se resistía.

—Me lo debes —añadió Bella. No podía creer que la estuviese obli gando a recurrir al chantaje emocional—. Es culpa tuya que me encuen tre aquí, así que haz que valga la pena.

La mano de Edward subió por el muslo de Bella hasta el elástico de las bragas.

—Es un argumento convincente —le dijo con una sonrisa.

—Me parece demencial que estemos discutiendo esto.

Bella deslizó su mano más abajo y le palpó cuidadosamente los tes tículos. Edward aguantó la respiración.

—Supongo que no eres de las que gritan, ¿no?

No, esa noche no.

—Me controlaré.

Por la visto eso era la que Edward necesitaba saber, pues metió la mano entre sus piernas.

—Dios —exclamó—, ya estás mojada.

Los dedos de Edward se introdujeron por debajo de las bragas y separa ron los labios húmedos. Bella susurró su nombre y giró el rostro hacia su nombro. Las yemas de los dedos de él acariciaron su punto más sensible, y Bella mordió el duro músculo del hombro de Edward.

—Bella.

—¿Mm? —Bella le besó en el lugar que le acababa de morder.

—Nada. Sólo Bella.

Con cada caricia, Edward saciaba el intenso deseo de Bella y la dejaba con única ansia de sentirlo dentro de sí.

Bella deslizó la mano dentro de los calzoncillos de Edward y cerró el puño alrededor de su mástil. Él jadeaba mientras ella movía la mano arriba abajo, a lo largo de su miembro, sintiendo la tersa dureza y la increíble calidez en su mano. Bella frunció los labios para recibir el beso de Edward y tomó en su mano la punta del pene. Apretó y Edward emitió un gemido profundo. Él abrió la boca, pegada a la de ella, y Bella saboreó su pasión, caliente y vibrante, en la lengua. La música procedente de la playa llegaba sus oídos, pero nada existía más allá de Edward, de su olor, de la suavidad de su piel, de su sexo.

Edward se puso de rodillas y le quitó las bragas. Se colocó entre las pier nas de Bella e insertó los dedos en la cintura de los téjanos. Lentamente, los bajó por los muslos, descubriendo primero el vello rojizo y tupido que crecía en su bajo vientre. Luego liberó su erección, grande e imponente. La tomó en su mano y dirigió su vista a Bella. Entre las sombras del pino, el sol del Caribe se ponía, bañándolo en su luz dorada.

—Quítate el vestido, Bella —le dijo, con la voz ronca—. Quiero ver te. Quiero verte entera.

El aire que rodeaba a Bella estaba cargado de deseo. Ella se desabrochó cada uno de los botones hasta el final. Levantó la mano para atraer a Edward hacia sí, pero él colocó las manos en sus caderas y bajó el rostro hacia su vientre. Le besó el ombligo y el estómago, y enterró el rostro entre sus pe chos, lamiéndoselos y raspándolos ligeramente con las mejillas ásperas. La erección de Edward rozó el interior de los muslos de Bella, que sintió un esca lofrío por todo el cuerpo.

Con manos temblorosas, Bella atrajo el rostro de Edward hacia el suyo. Sus miradas se encontraron cuando él se dispuso a penetrarla. Él empujó la ancha cabeza de su pene caliente dentro de ella y empezó a menear las caderas adelante y atrás, con un ritmo lento y cadencioso que dio tiempo a Bella para colocarse bien antes de que él le sujetase los muslos y, con un embate final, entrase hasta el fondo. Bella, sin aliento, se agarró a los hom bros de Edward. Él la llenaba por completo y su calor la quemaba en lo más hondo. Un gemido incontrolado brotó de la garganta de Bella al tiempo que le rodeaba la cintura con una pierna.

Edward inspiró con fuerza y aguantó el aire. Al contacto de las manos de Bella, sus músculos se habían vuelto de piedra.

—Bella —musitó en la mejilla de ella—. Dios, eres increíble. Tan ca liente. —Edward salió a medias de ella y luego se inclinó hacia delante.

Una ola de calor corrió por toda la piel de Bella. Le bajó por las piernas hasta las plantas de los pies. Le subió por el vientre, hasta los pechos y brazos. Cada arremetida era mejor que la anterior y la hacía desear más. Deseaba más. Más. Deseaba más. Más de él.

Dentro y fuera, con más fuerza. Más deprisa. Bella no podía respirar. A pesar de todo, continuaba. Continuaba recibiendo un placer exquisito, justo cuando creyó que iba a incendiarse, él le pasó una mano por debajo del trasero y le levantó la pelvis, buscando más profundidad.

—Edward—susurró ella sin resuello—. Edward, no te detengas

—No tengo ninguna intención —consiguió responder él mientras la embestía.

Debajo de la camiseta de Edward, los vientres de ambos se tocaban y la piel, sudorosa, se les pegaba. Edward la envolvió con los brazos y Bella se sintió consumida por completo por él. Sintió que la tomaba, la rodeaba y la llena ba por completo, que la conducía al orgasmo con cada acometida de sus ca deras y su pene aterciopelado. Todo su mundo estaba concentrado en ese lugar interno al que él llegaba y en la intensidad con que la sentía. La cabe za le daba vueltas. Quizá dijo algo en voz alta, pero no estaba segura. Cerró los párpados y notó que Edward le cogía el rostro entre las manos.

—Bella, abre los ojos y mírame.

Ella consiguió hacerlo, aunque con dificultad. Todo su mundo se re ducía al punto en que su cuerpo estaba en contacto con el de él y a la sen sación que la invadía y que la inducía a abrirse a cada embate de las cade ras de Edward.

—Quiero que me mires. Quiero verte a los ojos cuando te corras—le dijo.

Edward vio cumplido su deseo. Inmediatamente, la primera ola de or gasmo arrastró a Bella con furia. Bella arqueó el cuerpo y se colgó de Edward mientras su cuerpo la conducía a la cumbre del placer más vertiginoso. Bella abrió los labios y Edward la besó, tragándose el largo gemido, tragándose a Bella por completo y exigiéndole más. Debajo de ese pino caribeño, Edward alabó a Dios y maldijo en un mismo suspiro, repetidamente, hasta que hundió los dedos en el pelo de Bella y un rugido nació en lo más profundo de su pecho. El movimiento de caderas se hizo más rápido y más fuerte has ta que Edward se clavó en ella una última vez.

En la calma súbita, el aire se llenó con la respiración agitada de ambos. Bella no estaba segura de cuánto rato había transcurrido, pero Edward había aguantado su propio peso con sus brazos durante la mayor parte del tiempo mientras la cubría con su cuerpo.

—¿Estás bien? —le preguntó Edward.

Bella deslizó los dedos por su cabello y soltó una risita.

—Creo que sí.

—Dios, creo que nunca me había corrido con tanta fuerza. Eres maravillosa para fo...—se cortó—. No. —Sacudió la cabeza—. Quiero decir que eres una mujer maravillosa.

Bella rió en silencio. Ese desliz de Edward era uno de los mejores cumplidos que había recibido jamás de un hombre.

—También me gustaría ser maravillosa follando.

—Bueno, lo eres.

Por encima de sus jadeos, el sonido de la salsa irrumpió en su paraíso particular y el mundo real los invadió. Edward la besó en la frente y murmuró algo que ella no consiguió entender. Con el corazón desbocado y la piel todavía sensible al contacto con él, sintió que Edward se apartaba de ella y se ponía de rodillas. Los últimos rayos de luz brillaron sobre el húmedo sexo de Edward cuando éste se puso los calzoncillos. Echó un vistazo entre los ar bustos y se giró hacia ella.

—Te mereces algo mejor que esto, Bella. Si de mí dependiera, ahora nos daríamos un chapuzón y luego volveríamos a empezar, esta vez despa cio de verdad —le dijo mientras se abrochaba los pantalones—. Pero no tenemos tiempo, y debemos hablar en serio.

Bella se incorporó y se puso las bragas. Si de ella hubiese dependido, habría permanecido en los brazos de Edward, disfrutando de la calma. No quería hablar en serio, pero sabía que tenían que hacerlo. Esa noche no ha bía ocasión de remolonear ni de descansar. Tampoco de darse un chapu zón para volver a empezar.

—No sé cuánto tiempo tardaré en volver. Puede ser una hora, quizá más. Lo importante es que te quedes quieta aquí. No importa lo que oigas ni lo que veas.

Eso quería decir que aunque él tuviese problemas, ella no debía acu dir en su ayuda. Bella se puso el vestido y se la abotonó.

—Todavía creo que debería ir contigo.

—No. -Edward le sujetó la barbilla con los dedos y le levantó el rostro hacia él—. No puedo protegerte contra cuatro hombres armados. —Edwardbajó la mano—. Si me sucede cualquier cosa, quiero que hagas lo siguiente.

Bella sacudió la cabeza.

—No va a sucederte nada.

—Quiero que esperes hasta que esos hombres se hayan marchado definitivamente —continuó Edward como si no la hubiese escuchado— Entonces, haz una hoguera en la playa. Hazla grande y aliméntala con todo el plástico que encuentres en el Dora Mae. El plástico produce un humo muy negro que se puede ver a distancia. —Edward cogió los prismáticos y oteó la playa—. No olvides mantener el fuego vivo durante la noche. Si empapas la arena con el aceite que encontrarás en el barco, te será más fácil.— Bajó los prismáticos y se los dio—. Esos nidos de pájaro que te dije que había visto están muy secos; arderán bien.

—Edward...

—Qué.

—No va a pasarte nada —repitió Bella, como si por el mero echo de decirlo bastantes veces pudiera hacerlo realidad. No quería a contemplar si quiera la posibilidad de que le ocurriese algo.

—Espero que no. —Edward se puso de pie y la ayudó a levantarse—. Prométeme que no te moverás de aquí.

—Te la prometo.

Edward le puso la mano en la nuca y le dio un beso rápido.

—Cuando venga a buscarte, tienes que estar preparada.

—Lo estaré. —Bella le acarició el brazo—. Prométeme que tendrás cuidado.

—Cariño, siempre tengo cuidado.

Cuando Edward se apartó, Bella le apretó el brazo.

—Prométeme que volverás.

Edward le tomó la mano y se la besó.

—Haré todo la que pueda —aseguró.

Había solamente dos reglas vitales en todo conflicto, dos principios de guerra que Edward seguía: ganar a cualquier precio y descartar el fracaso co mo opción. Edward se había encontrado en demasiados conflictos para no creer en esos dos principios más que nunca.

Se hincó al lado del arroyo que bajaba por la ladera de la colina y re cogió un poco de barro con los dedos. Se lo esparció por la frente, el con torno de los ojos, las mejillas y la barbilla. También se embadurnó con él los brazos y las manos.

La música procedente de la playa enmudeció y Edward echó una ojeada a través del follaje. Era noche cerrada, así que no contaba con buena visibili dad. Un poco más abajo de donde se encontraba, a la izquierda, vislumbró los destellos de una fogata. Por encima del sonido de las olas, se oían los ruidos y las fanfarronadas típicos de una borrachera. La música latina volvió a sonar. Era el tipo de música con la que Edward se había criado, la música que le traía recuerdos de botellas vacías y de ceniceros que se estrellaban contra la pared.

Edward avanzó hasta la primera hilera de árboles y se convirtió en una sombra más. Tres de los chicos malos estaban sentados frente al fuego bebiendo mientras que el cuarto estaba repantigado en una de las sillas, apa rentemente sin sentido. No veía a Baby, pero la cuerda con que la habían sujetado se encontraba atada todavía a la pata de la silla. Edward se agazapó detrás de una palmera y escuchó, observó y esperó.

Los tres tipos que se encontraban frente a la hoguera eran iguales a to dos los hombres que se reunían para emborracharse. Se quejaban de sus mujeres y de sus novias, y se quejaban de su trabajo. Se quejaban de lo pe sado que era recoger la droga y transportarla a los barcos a tiempo, como si trabajaran para la oficina de correos.

Cuanto más tiempo pasaba escuchando, más bebían y más escandalo sos se ponían. Hablaron acerca de la muerte de Jacob Black y de la re compensa que su jefe ofrecía por la cabeza del hombre que la había mata do. Quinientos mil pesos. Era una pena que nadie tuviera la más remota idea de quién era ese gringo ni de dónde se había metido.

Edward se volvió hacia el lugar donde estaba Bella. La distinguió en la os curidad, sentada, con los codos sobre las rodillas, observando la playa con los prismáticos. El vestido era un lago azul en su regazo y la luna acaricia ba sus largas piernas y sus labios carnosos. Centró de nuevo su atención en la playa, pero sus pensamientos no se encontraban por completo en el tra bajo. Levantó la mano y se la acercó a la nariz. Todavía estaba allí, entre sus dedos. El olor de Bella Swan. El aroma de su sexo. Lo inhaló con fuerza y sintió que su cuerpo reaccionaba. El deseo se le despertó en la entrepier na y la polla se le puso dura debajo de los téjanos. Cerró los ojos y se ima ginó que la besaba allí. Allí, entre los muslos, donde ella estaba mojada y lo deseaba. Lo deseaba a él.

Si alguien le hubiese dicho que algún día él tendría una relación sexual con Bella Swan mientras unos traficantes de droga se montaban una fiesta no muy lejos, se habría partido de risa. Edward se había considerado siem pre un chico afortunado, pues había sobrevivido a muchas circunstancias extremas, pero nunca habría pensado que lo fuese tanto.

Desde el día que había requisado el Dora Mae, Edward se la había imaginado desnuda debajo de su cuerpo. Se la había imaginado como la culminación de la fantasía de cualquier hombre. Había imaginado que Edward Masen hijo de un inmigrante cubano alcohólico, follaba con una supermodelo.

Edward cerró el puño y bajó la mano. Había sido poco previsor. Lo ha bían pillado con la guardia baja, la cual no era frecuente. No tenía ninguna sensación de triunfo masculino. No tenía ninguna prisa por contárselo los colegas. Sólo sabía que se había dejado arrastrar por la lascivia en cir cunstancias extremadamente peligrosas. Había ido demasiado lejos y, si se presentaba una nueva oportunidad, volvería a hacerlo, una y otra vez.

Edward se quedó sentado en las sombras durante media hora más y lue go desanduvo el camino entre los árboles y arbustos y se dirigió a un pun to donde la isla se curvaba y la playa se perdía de vista. Si había algo en lo que Edward siempre había confiado, era su instinto; pero últimamente su ins tinto estaba fallando. Le había fallado durante la operación en Nassau y le había fallado respecto a Bella también. O quizá no era que su instinto le fallase, sino que él no lo escuchaba.

Las olas le lamieron la punta de las botas cuando se agachó para sacar el cuchillo de la caña de la bota. En el caso de Bella, la última posibilidad parecía la acertada. La deseaba y, por mucho que se dijera a sí mismo que eso podía conducirlo a la muerte, no prestaba atención.

Ahora que ya había estado con ella, sabía sin sombra de duda que ha bía sido un error, y no por la amenaza física que conllevaba. Hacer el amor con Bella Swan no había sido lo espectacular que se había imaginado. No había sido lo lascivo que podían ser mil fantasías sexuales diferentes. No, ha bía sido mejor. Mucho mejor. Estar con ella, mirarla a la cara mientras pe netraba su húmedo y cálido cuerpo, lo había hecho atisbar algo mucho más fuerte que el sexo. Algo más fuerte que el deseo que nacía en la entrepier na y marcaba el ritmo y la profundidad. Poseerla hasta el punto de que ella no supiese dónde empezaba él y dónde terminaba ella le había hecho en trever la que podía ser su vida junto a ella. Y, durante unos instantes, se ha bía prestado a eso. Había permitido que ese sentimiento se le instalara en el pecho, le quitara el aliento y le robara la razón.

Pero no había sido más que un destello. Una fantasía, después de to do. En la vida real, Edward no era un chico «para siempre» y Bella no era el ti po de mujer que se quedaría con alguien como él, un hombre que no po día garantizar que estaría allí al día siguiente.

Edward se adentró en el agua y apartó esos pensamientos de su mente. Bella era una civil, exactamente igual que cualquier otro civil. Y ése era su trabajo, exactamente igual que tantos otros que había realizado. Los años de disciplina le habían enseñado a distanciarse de todo excepto de la necesario. Cuando las olas le llegaron al pecho, Edward se colocó el cuchillo entre los dientes para no perderlo y empezó a nadar. Recorrió unos ciento cincuenta metros procurando que lo único que emergiese del agua fuera su cabeza a la altura de los ojos. No provocó la más mínima perturbación en la superficie mientras nadaba paralelamente a la costa.

En la distancia, el Dora Mae semejaba una enorme ballena embarrancada, un desecho triste, patético. Cuanto más se acercaba, más se parecía esa silueta a un yate, pero no por ello resultaba menos triste o patético. La planeadora se encontraba fondeada unos seis metros a la izquierda del ya te, pero sobresalía tan poco del agua que Edward no la habría visto si no hubiera sabido dónde se encontraba.

La lancha se mecía suavemente sobre las olas cuando Edward la alcanzó y subió a ella. Se sacó el cuchillo de la boca y esperó unos momentos a que la vista se le acostumbrara a la luz del interior del casco. Había tres barri les de plástico en el lado de estribor, junto a la que parecía ser una caja de municiones del ejército. Edward echó un vistazo a la playa y divisó a los cua tro hombres. Entonces levantó la tapa.

Bingo. Un alijo de todo tipo de armas. A la luz de la luna, Edward distin guió varias ametralladoras MP4, pero no encontró munición. Había apro ximadamente una docena de cartuchos de dinamita y de cabezas detonadoras, pero sonrió cuando su mano topó con algo.

«Hola», susurró mientras sacaba una de sus armas favoritas: un rifle ca libre 50 con mira telescópica. En cuanto terminó el entrenamiento en las Fuerzas Especiales de la Marina y obtuvo su título, lo enviaron a entrenar se como francotirador en Fort Bragg.

Edward había pasado meses escondido entre las malas hierbas de Caroli na del Norte disparando a blancos de papel y vehículos de mentira mien tras las pulgas se cebaban en sus pantorrillas y muñecas. Unos cuantos años después había puesto en práctica ese entrenamiento en la operación Tor menta del Desierto, donde abatió objetivos necesarios y aprendió muchas cosas sobre la vida y la muerte.

Entonces era sólo un niño.

Era imposible adivinar para qué querían esos chicos de la playa un ar ma capaz de abrir un boquete considerable desde una distancia de dos ki lómetros y medio. Edward hizo un rápido inventario de la que tenía y de lo que no tenía. No tenía munición para las MP4, y se imaginó que esos hombres la habían gastado toda disparando contra los árboles. No tenía detonante para la dinamita, pero en la caja encontró balas del calibre 50.

Después de echar un rápido vistazo a la playa, se deslizó por la borda de la lancha y, sosteniendo el rifle y la munición por encima de su cabeza, nadóhasta el Dora Mae. El interior del yate estaba oscuro como una tumba, excepto por los pocos rayos de luz que se filtraban por las ventanas. El hecho de que el barco hubiese sido saqueado y que todo se encontrara desparramado por todas partes no mejoraba precisamente las cosas. Se enca minó al camarote y, en el trayecto, notó que sus botas pisaban cristales. Tar dó menos de un minuto en encontrar lo que estaba buscando. Se guardó media docena de condones en el bolsillo, abrió varios de ellos y cubrió el rifle con el látex. Luego metió las balas en el último condón y lo ató. De nuevo, abandonó el yate.

Mientras se sumergía en el mar y se dirigía de nuevo hacia la lancha rá pida, Edward sintió alivio. De nuevo, se encontraba en territorio familiar. Las cosas, definitivamente, empezaban a mejorar. Todo lo que le quedaba por hacer era arrancar a Baby Doll Swan de debajo de una silla vigilada por un traficante de drogas inconsciente, llevar a Bella y al perro a la lancha sin que los malos se dieran cuenta y poner rumbo a las Bahamas. Sería un juego de niños.