Disclaimer: sorpresa, no me pertenecen los derechos de ná de esto. ¿A que no os lo esperabais?


En el Capitolio se respiraba una atmósfera de gran excitación, especialmente en torno a la estación de tren a la cual debían llegar todos los tributos. La gente daba saltitos emocionados, y se caían desde sus elevados zapatos de plataforma a causa de ello. Volaban zapatos de tacón de aguja por doquier desde que la secretaria del Presi había puesto de moda lanzarlos a la cabeza de cualquier persona aleatoria (o a quien te cayera mal si eras capaz de disimular). Los supuestos Vigilantes de la Paz estaban más preocupados vigilando que nadie les rompiera una uña, más que impidiendo alborotos. Así que, a medida que los pobres e inocentes tributos (sí, claro…) fueron bajando de sus respectivos medios de transporte, se vieron acosados y manoseados sin miramientos por señores y señoras marujas de edad indefinida del Capitolio, que son una terrorífica especie aparte de los seres humanos normales. Homo marujonis, les llaman los científicos.

Puede ser que alguno de nuestros tributos lo disfrutara, por qué no, oye, que hay gente para todo. Pero en general, viendo como las pervertidas miradas del público les desnudaban mentalmente y a saber qué otras indecencias les estaban pasando por la cabeza, los tributos se sintieron bastante aliviados cuando llegaron al Centro de Renovación. O al menos, hasta que empezaron a torturarles sus equipos de preparación.

Los gritos de dolor y sufrimiento variaban entre una amplia gama, desde el clásico grito inarticulado y visceral, ideal para todas las ocasiones, hasta el más sofisticado grito con mensaje, del tipo:

- ¡Noooooooo, mis pelos de las piernas noooo! ¡No me los quitéis, que me dan calor en invierno! ¡NOOOOOOO!

Y nuestro tributo del distrito 7, Gocho Miseria, estaba disfrutando del espectáculo. Le sonaba como música celestial para sus oídos, o, en su caso, música infernal, que le iba más. Y no sólo porque el sufrimiento de los demás contribuyera a la misteriosa misión que lo había llevado hasta allí (que también), sino porque Gocho era así, un chaval malo maloso. Un villano carismático, ya sabéis. Así estaba, sonriendo feliz y lanzando sus males de ojo rutinarios por doquier, hasta que una vocecita temerosa dijo:

- Oye, Gochito querido, mira…eh, esto…te tenemos que quitar esa bonita perilla roja que tienes, ¿eh? Es que no se lleva nada esta temporada…

Ante lo cual, Gocho se giró en dirección al emisor de la voz y le echó una intensa mirada desde debajo de sus pobladísimas cejas negras (en las que, por qué no decirlo, podría haberse desarrollado una civilización propia, de lo densas que eran), rivalizando con el mismísimo Presi. Pero al estilista le pagaban para algo, y parece que no era muy bueno interpretando las señales sutiles que le hacían sus compañeros (consistentes en huir por patas, básicamente), así que siguió con su discurso, el muy imprudente:

- Y ya que estamos hablando del tema, te voy a tener que quitar esa capucha que llevas siempre, porque nos gusta que a nuestros tributos se les vea bien la cara y tal… seguro que lo entiendes, ¿no, Gochito de mi alma?

La mano del estilista ya avanzaba hacia la preciada capucha del chubasquero de Gocho, envalentonada por la aparente falta de respuesta del muchacho (si dejamos la mirada a un lado). Y éste, ante tamaña impertinencia, ante tan grande insulto a su estilo y sobretodo, ante un apelativo tan rematadamente cursi, no pudo menos que exclamar:

-¡Mardisión gitana pá ti!

Dicho esto, ejecutó unos movimientos extraños con las manos, dio saltos a la pata coja por toda la habitación, recitó la lista de preposiciones al derecho y al revés y sacrificó a un par de becarios que pasaban por allí (porque como se ve, esto de la magia negra es un trabajo muy esforzado). Esta humilde autora no sabe si la maldición realmente funcionó, o es que el estilista entró en shock por la impresión que le causó tanto preparativo, pero el caso es que cayó al suelo, empezó a convulsionar y a murmurar entre dientes el número pi con todos sus decimales. Efectos extraños que tienen las maldiciones, oiga. En cualquier caso, Gocho observó complacido lo que había causado, le dio unas pataditas al estilista por pura maldad, y se fue a dar una vuelta por el lugar, viendo que ningún otro equipo de preparación se atrevía a intentar adecentarle. No sin antes guardar productos de belleza varios que se encontró por ahí en los numerosos bolsillos ocultos de su chubasquero (porque oye, nunca se sabe). Si os preguntáis porqué este niño viste con un chubasquero con capucha, y porqué tiene perilla a pesar de tener 14 años, la respuesta es: ¡MUAJAJAJAJÁ, nunca lo sabréis! O por lo menos no hasta dentro de algunos capítulos, que eso de contarlo todo de buenas a primeras no está nada bien.

El caso es que en sus vagabundeos por el Centro de Renovación, acabó inevitablemente encontrándose a otros tributos. Y la primera afortunada que tuvo la suerte de encontrarse fue su compañera de distrito, Kristen. Cosa lógica, porque estaba en la habitación de al lado. En la Cosecha no se había fijado mucho en ella, básicamente porque estaba muy centrado en presentarse voluntario como primer paso para cumplir su misteriosa misión (que tampoco revelaré ahora, porque soy mala), pero ahora tuvo el placer de comprobar que la chica estaba reduciendo a lágrimas a todo su equipo de preparación.

- ¿Pero tú quién te crees que eres, una gurú de la moda? ¿No sabes que rosa y rojo, color de piojo? No tienes ningún estilo, cariño- le dijo a la peluquera que la peinaba, que tenía la piel teñida de rosa claro y el pelo rojo como un tomate. La aludida se echó a llorar desconsoladamente y más tarde se entregó al alcohol para olvidar sus penas. No es que nadie notara la diferencia, que esto es el Capitolio al fin y al cabo.

El chico que le estaba haciendo la manicura intentó reconfortar a su compañera, pero también fue metafóricamente fulminado por las palabras "Y tú, simplemente, eres más feo que pegarle a un padre, nene".

El caso es que el equipo, una auténtica panda de sensibleros por lo que se ve, echó a correr desesperadamente para no volver nunca. Dejando a Kristen en pelotas, a medio peinar, con la manicura mal hecha y el maquillaje sólo en una mitad de la cara. Un auténtico espectáculo, vamos. Y la chica, reparando de pronto en el extraño niño que había en la puerta, se giró hacia él y le dijo con desparpajo:

- ¿Y tú qué miras? ¿Te gusta lo que ves, o qué?

- Pues no. Eres paliducha, tienes el pelo muy lacio, y los estilistas no te han hecho ningún favor. Y estás más plana que una tabla, niña.

Ella, lejos de ofenderse, reconoció para sus adentros a Gocho como un digno adversario. Aun así, porque estaba en su naturaleza, le dijo:

- Pues tampoco es que tú seas un sex symbol, chaval. Gocho te llamabas, ¿no? Vaya nombre más feo. Qué pasa, ¿tus padres no te querían?

- No es que Kristen sea un nombre muy bonito, que digamos.

Sin previo aviso, ella le tiró unas tijeras que había por allí a la cara, gritando:

- ¡NUNCA, JAMÁS DIGAS MI NOMBRE COMPLETO! ¡ES KRIS, ME LLAMO KRIS!

Él las esquivó por los pelos, y antes de marcharse a seguir con sus andanzas, le dijo:

- Mira chica, me gusta lo que has hecho antes con esos estilistas, tienes estilo. Así que no te maldeciré por lo de las tijeras. De momento. Podrías incluso llegar a servir bien a mi Príncipe Amado de las Sombras…

Acto seguido, Gocho se dio la vuelta y se fue, con su chubasquero revoloteando tras él (habría quedado más dramático con una capa negra cual ala de cuervo, pero qué le vamos a hacer). Cuando Kris asomó la cabeza al pasillo para preguntarle qué leches quería decir con eso, ya había desaparecido. ¿Magia negra? ¿Andaba rápido? ¿Quién sabe? Como tampoco Kris sabía si acababa de ganar un nuevo amigo o un enemigo encarnizado. Ni le importaba demasiado, ella estaba allí para pasar por el filo de su hacha a todo el que se le pusiera por delante, y venía bastante segura de su supervivencia.

Este no era el caso de otra pobre tributo desdichada que había por allí cerca. Bonifacia se llamaba, aunque la gente que no la odiaba o la ignoraba (porque amigos no tenía) la llamaba Boni. O más comúnmente, "eh, tú, mira, ahí viene la tía esa rara". Boni tenía la intención de no sobrevivir por ningún medio a los Juegos, porque le parecía que ya era hora de morirse. Y mira que lo había intentado ella veces, eh, pero nada, oiga, que no había manera. Así que venía a los Juegos, hasta se había ofrecido voluntaria, a ver si ellos conseguían lo que ella no había podido. De momento iba bastante bien encaminada hacia su propósito, porque con su pinta de emo, pálida y delgaducha y con el pelo negro por la cara al más puro estilo de película de miedo, no iba a conseguir muchos patrocinadores. Y teniendo en cuenta el trabajo que estaba haciendo su equipo de preparación, la situación no iba a mejorar mucho.

- Osea, chicos, qué pelo tan poco chic y qué cuerpo escombro que tiene esta niña, de verdad- dijo el Peluquero Anónimo Nº1.

- La gente no se da cuenta, osea, pero los pobres estilistas sufrimos mucho viendo a esta gente de los distritos, que ni conocen la depilación láser ni nada. Tenemos nuestro corazoncito, ¿a que sí, compis?- comentó el estilista, que era un tipo solidario y comprometido. Una vez hasta había donado un montón de rizadores de pestañas a los distritos, porque sí, él conocía los problemas de la gente de a pie y sabía qué hacer para solucionarlos. Claro que sí.

- ¡Sííííí!- exclamó el Resto Indefinido del Equipo de Preparación.

- Y bien, ¿qué creéis que podemos hacerle a esta pobre, siendo del distrito 5?- preguntó el Peluquero Anónimo Nº 327,2.

- ¿Eso era como de la energía y la electricidad y cosas de esas de pobres, no?- inquirió el Manicurista Indeterminado Nº 45.

- ¡Síííííí!- respondió de nuevo el Resto Indefinido del Equipo de Preparación, con mucha entrega.

- Pues entonces, se me está ocurriendo una buenísima idea, chicos. ¡Vas a quedar fabulosa, cari!- soltó el estilista. Y él, junto con todo su equipo de preparación, se abalanzó sobre la chica con sonrisas de depredador hambriento.

Hubo un momento en que Boni se emocionó, cuando le metieron los dedos en el enchufe. Pero era una falsa alarma, no querían matarla, sólo pretendían dejarle un bonito peinado estilo electrocución, tal y como ellos creían que seguro que estaba de moda en el distrito. Así de originales y cachondos son los del Capitolio. El caso es que, tras un arduo proceso y muchas exclamaciones de "aaaayyyyy, qué cuca está quedando", Boni se vio vestida con una especie de traje hecho de cables, que despedían chispitas por doquier, y con el pelo de punta. No es que le importara el destrozo que le habían hecho, porque todo ello le facilitaba el camino a la ansiada muerte. Y hablando de eso, ya que el traje lanzaba chispas a diestro y siniestro, decidió aprovecharlas para provocar un buen incendio por ahí, a ver si se moría de una vez. Era una chica de recursos.

En su favor hay que decir que la lio buena, quemando parte del Centro de Renovación, al equipo de preparación huido de Kristen, a unos cuantos paparazzi que pululaban por allí en busca de exclusivas sobre los tributos, y a un tacón olvidado de Mari Puri (¡oh, tragedia!). Pero ella quedó inconsciente por los gases inhalados, con tan mala suerte (según ella) de caer desvanecida en los brazos de un bombero buenorro que por allí apareció. Típico de su suerte. En definitiva, así fue como consiguió sobrevivir, ilesa, al caos y la destrucción.

Al final, queridos lectores, el incendio se apagó, no os preocupéis. Puede que los bomberos tuvieran parte del mérito en esto, sí, pero algunos testigos de ese fatídico momento juraron y perjuraron durante los años posteriores que habían visto una especie de inmensa bola rodante con forma vagamente humana y que llama a la que pasaba por encima, llama que apagaba. Naturalmente, todo el mundo pasó de ellos y el asunto fue olvidándose, pero yo, como todopoderosa autora que soy, os digo que la bola sí era una persona. Y hasta tenía nombre. Y distrito incluso. Y sobre todo tenía grasa, mucha grasa. Puesto que la bola humana era Salchichonio Pirindolo, del distrito 5, y ferviente admirador de las pipas Tijuana para más señas.

Este joven de hueso ancho, como le decía siempre su madre, acabó de rodar por la escena, se sacudió las cenizas de encima con un meneo sabrosón (que dejó traumatizada a toda persona en una radio de 30 metros, aparte de provocar un ligero seísmo) y siguió andando tan contento, en busca de algo que hacer. Aún quedaba bastante tiempo para el Desfile de los Tributos, y él creía que ya estaba más que guapo y listo para desfilar (lo cierto es que ni su equipo de preparación ni su estilista habían querido acercarse a él, porque apreciaban su vida y no querían morir aplastados). Así que se aburría, se aburría mucho. Y no había nadie a la vista a quien impresionar con sus lorzas, o pegar en su defecto. Cierto es que vio a un chaval más o menos de su misma edad con una asombrosa perilla y un pintoresco chubasquero, pero el susodicho tenía demasiada cara de loco (por no mencionar que iba gritando maldiciones y sacrificando a todo lo que se le ponía por delante) como para meterse con él. Tenéis que saber que Salchichonio era un hombre de principios, aunque uno de los cuales fuera meterse sólo con los más débiles (porque no todo el mundo nace para héroe noble y justo, oiga).

Así que siguió rondando por el lugar, contoneando sus lorzas con la gracia y el arte natural que le caracterizaban. Poco a poco fue encontrándose con otra gente y pudo observar cómo los demás tributos se recuperaban del susto, con variable grado de éxito. Había una chica agitando los brazos cual junco al viento e "intentando metabolizar el CO2 producido por el incendio como buena planta que soy", según sus propias palabras, a la cual intentó comerse porque oye, en el fondo era un tipo sano al que le gustaba hacer dieta y las ensaladitas ligeras de vegetales y tal (aunque éstos tuvieran una sospechosa apariencia marcadamente humana). No lo consiguió porque la niña-vegetal se lanzó a una huida desesperada ante la visión de Salchichonio, exclamando que de pronto en esa sala ya no había suficiente CO2 que metabolizar. También se encontró al rato con una especie de oso albino acompañado de una niña canija con la cual estaba manteniendo una interesante conversación sobre bazookas y cosas que explotaban, conversación a la que no se unió porque él era más de espadas láser. Más tarde tuvo la fantástica oportunidad de observar de cerca cómo a los tributos del distrito 1 les habían echado por encima un batiburrillo de objetos varios considerados lujosos (no se sabe según qué criterio) y los pobres no se podían ni mover de su carro.

Ya se acercaba la hora del desfile, los tributos iban ocupando sus respectivos carros, y el pobre Salchichonio aún estaba aburrido. Se dirigió a su carro sólo para encontrarse con que su compañera de distrito llevaba un traje muy raro de cables y para colmo, aún estaba desmayada. Intentó volverse a bajar para seguir dando una vuelta por ahí a ver qué encontraba, pero ya no pudo porque los organizadores le dijeron que iba a empezar el desfile. Así que, entre crujidos (porque el carro no estaba diseñado para soportar sus kilitos de más), él y su compañera se situaron los quintos en la fila. Decidió sentarse sobre la chica a ver si se despertaba, porque había observado que solía tener ese efecto en la gente inconsciente, y lo había atribuido a lo abrumadas que se sentían esas personas por entrar en contacto con su belleza y su salero (el hecho de que reaccionaran a la falta de oxígeno al verse aplastados no le parecía relevante, él era un muchacho inteligente, sin duda).

Las grandes puertas por las que debía salir el desfile ya se estaban abriendo, la emoción empezaba a embargar a Salchichonio (y la confusión a Bonifacia, despertarse como ella lo hizo debe ser perturbador), y ya salía el carro del distrito 1 cuando de los tributos más adelantados surgió una exclamación asombrada:

- ¡Pero qué *** es eso!


Notas de la autora: sep, yo también me estoy preguntando cómo es posible que pueda haber peluqueros decimales. Misterios de la vida. Y os pediría perdón por el cliffhanger con que os dejo, ¡pero es que soy mala! :D En cualquier caso, como siempre, agradezco los reviews con vuestras opiniones (especialmente los de los locos implicados en la creación de estos pequeños monstruitos llamados tributos, a ver si os está gustando cómo los escribo). Y si por lo que sea os sentís inclinados a no dejar un comentario, recordad que puede ser que Gocho esté por ahí para echaros una mardisión gitana de las suyas…xD Esto no es una amenaza, eh, que conste.

En fin, este capítulo me ha costado sangre, sudor, y lágrimas porque estaba bloqueada, así que espero que os haya gustado, ya me diréis. Sólo nos quedan por conocer 4 tributos, y en cuanto los presente haré una encuesta a ver quién va siendo el favorito de entre todos, así que aprovechad ahora si no habéis votado aún en la encuesta sobre la Arena. ¡Votad, insensatos! :D

Y ahora, llega la Hora de las Menciones Especiales (*introdúzcase música de cabecera aquí*).

Este capítulo va dedicado a varias personitas muy especiales (o espaciales) que han cumplido años más o menos recientemente y se han quedado sin el fabuloso regalo de mi actualización. ¡Y también a las que cumplen años hoy! ¡FELICIDADES! Ya sabéis quiénes sois, perras. ¡Espero no ganarme ningún abrazo por esto! xD

¡Hasta la próxima actualización!