¡Hola! Como siempre, empezaré disculpándome por el retraso. Soy lenta, lo sé, no lo puedo evitar. Particularmente para este capítulo, tuve un bloqueo terrible. Simplemente no podía escribir nada que me convenciera. Al final, después de varios intentos infructuosos, pude escribir algo que me dejó satisfecha. Muchas gracias a todos por sus comentarios, por agregarme a sus alertas y por sus mensajes privados. Disculparme también por no poder responder siempre.
Notas importantes: uso de personajes de la obra Saint Seiya, The Lost Canvas. Los personajes del universo de Saint Seiya no me pertenecen, todo el crédito a su genio creador Kurumada-sama y a la grandiosa Teshirogi-sama.
Una vez más, no sé cuánto tiempo tardaré en actualizar. Sí les puedo decir que en este momento estoy escribiendo lo que será el capítulo 11, que ya lleva un buen tramo avanzado. Si no surge ningún inconveniente, no debería tardar tanto para publicar el nuevo capítulo. ¡Gracias por su paciencia y apoyo constante!
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"Antes que todas las cosas, en un comienzo, fue el infinito Caos. Después Gea, la de amplio pecho, sede siempre segura de todos los inmortales que habitan la nevada cumbre del Olimpo. En el fondo de Gea, de anchos caminos, existió el tenebroso Tártaro"
La Teogonía, Hesíodo.
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Escena 10. Athánatos Gaia
– ¡Ya es suficiente! – la voz de Saori retumbó en el templo de Aries, mientras Seiya retrocedía, desubicado con la reciente actitud de la diosa.
Luego de que Saori despertara de su pesadilla, había estado terriblemente inquieta. Y sus guardianes no sabían si todo había sido por causa del tormento al que se hubiera visto sometida, o, a su encuentro con Hestia, en sueños. Pero la diosa de la sabiduría estaba decidida a partir en búsqueda de la Madre Tierra, ella sola. Los dorados habrían querido replicar, pero el gesto negativo que Shaka les dedicó con la cabeza, con aquellos místicos ojos abiertos, los había silenciado. Aioria fue el primero en pensar que el de Virgo sabía algo que ellos no.
Pero los guardianes de bronce no iban a aceptar la decisión de su diosa tan fácilmente. Habían replicado, insistido, pero Saori no daba su brazo a torcer. Pronto, los muchachos se rindieron, todos, excepto, claro está, Seiya. El Pegaso, indignado, le había levantado a la voz a su protegida, negándose a dejarla partir sola.
– En verdad, agradezco que siempre se preocupen por mí – la mirada de la diosa se suavizó, dándose cuenta entonces de que la tensión le estaba ganando la partida – También sé que, a pesar de mi posición, nunca he sido digna de su confianza – Aioria iba a replicar, pero la mujer le hizo un gesto con la mano para detenerlo – Las palabras de Saga, sus palabras eran ciertas. No tengo el poder para enfrentarme a Zeus o Hera, soy una diosa olímpica, pero mi cosmos no está al nivel de los demás dioses. Y la razón es… – en ese momento, a Saori le falló la voz.
– Desde la época del mito, – explicó Shaka – a Atena le fue encomendada la protección de la Tierra. Y, para poder cumplir con su deber, ella decidió bajar del Olimpo. Pero entonces… – miró de reojo a su señora. Saori asintió y ella misma decidió continuar:
– Entre más tiempo pase lejos del Olimpo, más se debilitarán mis poderes. La magnitud de mi cosmos, no es la misma que tenía cuando gané la lucha por Atenas contra Poseidón. Sería una ilusa si creyera que puedo hacerle frente a los dioses más poderosos en este momento – hizo una pausa – Además, pondría en riesgo sus vidas.
– El deber de un caballero, es dar la vida por aquel a quien protegen – dijo Aldebarán, con voz calmada – Y más que un deber, es un honor, dar la vida por nuestra diosa.
– Y el deber, no, más que el deber, el honor más grande que puede tener un dios es proteger a quienes lo siguen; – respondió Saori, con una pequeña sonrisa – estar al frente, comandando a sus guerreros. No quiero volver a quedarme rezagada. No quiero que el temor, la impotencia, se reflejen en mi rostro, como aquel día, cuando nos atacaron y Milo…
– Milo está bien – afirmó el de Virgo. Sus compañeros lo miraron, sorprendidos con tal afirmación – Es un caballero dorado. No será derrotado fácilmente. Jamás dejará que su otro yo lo venza, de eso pueden estar seguros.
– ¿Su otro yo? – murmuró Aioria, para sí mismo. Y no era el único que se había quedado confundido, pues incluso Atena lo miró, si comprender a qué se refería.
– Lamento si fui demasiado dura – se disculpó la diosa – Agradezco su preocupación, pero esto es algo que sólo yo puedo hacer. De otra forma, no seré capaz de hacer frente a la batalla que está por venir. Además, no estaré sola, Niké estará a mi lado, como ha sido siempre, desde la época del mito.
– Cuídese mucho, señorita Atena – dijo Aldebarán.
– Así lo haré – se volteó hacia los jóvenes de bronce – Muchachos, ya saben lo que tienen que hacer – Ikki y Shun asintieron – Y recuerden, no se dejen llevar por las provocaciones de Zeus o Hera.
Saori abandonó el templo de Aries sin mirar atrás. Estaba decidida a encontrar a Gea. Tenía que devolverle el favor a Hestia, porque de no ser por ella, en ese momento, estaría muerta.
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Palacio submarino de Poseidón.
Finalmente, el plazo se había cumplido. Era el momento de comunicar a Hera y Zeus una decisión que estaba tomada, incluso desde antes de que se llevara a cabo el Concejo Olímpico. Poseidón suspiró, cansado; a pesar de que sólo se tratara de "entregar un mensaje", el dios estaba seguro de que las cosas no serían tan simples como parecían. Sólo esperaba que ninguno de sus guerreros sucumbiera ante las provocaciones de Zeus o Hera.
Sorrento y Kanon ya se encontraban listos para partir. El primero viajaría a Asgard, para ver a Hera. El segundo, se encaminaría al Olimpo para dar la respuesta de Poseidón a Zeus. Los mensajes iban escritos en griego antiguo, en un sobre dorado con el sello de Poseidón resguardándolos.
– Sé que no tengo por qué repetir esto otra vez, pero, Sorrento, Kanon, limítense a llevar el mensaje y regresar – dijo Poseidón, con voz severa – No queremos vernos envueltos en ninguna disputa innecesaria antes de tiempo. Recuérdenlo…
– Sólo debemos intervenir en esta guerra si es necesario – dijo Sorrento – A sus órdenes, emperador – el protegido por la Sirena salió primero de la habitación, pero Kanon se había quedado de pie ante su señor.
– ¿Algún problema, Kanon?
– En realidad, he estado pensando en esa extraña conexión que tienen usted e Hilda de Polaris – respondió Dragón Marino – Sé que no es de mi incumbencia, pero… he estado teniendo unas extrañas visiones y, en realidad, creo que no soy el único. El mismo Isaac se veía inquieto hace unos días. Es como si en el pasado hubiéramos sostenido una batalla con la tierra congelada de Asgard, como si yo hubiera estado ahí, pero…
– Si así fuera – continuó Poseidón – entonces quizás sería un recuerdo "fuera de lugar", tomando en cuenta lo que conocemos de tu pasado – el hombre asintió – Kanon, quizás esta guerra te dé la oportunidad para conocer un poco más. Quizás todos tengamos esa oportunidad. Por ahora, deja de darle vueltas al asunto, tienes trabajo que hacer.
Kanon asintió y, dedicándole una leve inclinación de cabeza al emperador, se retiró de la habitación. Con miles de dudas. Ya no estaba tan seguro de conocerse a sí mismo, de saber quién era. Pero, decidiendo que sus recuerdos no eran lo más importante en ese momento, sacudió la cabeza para apartar aquellos pensamientos de su mente. Se colocó el casco y desapareció del palacio.
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Asgard. Palacio de Hera.
El palacio de la diosa madre se encontraba custodiado por su guardia real, compuesta por sus cuatro Poetisas, y las fuerzas de Odín, sus nueve generales, los más poderosos desde la época mitológica. Los generales eran como sombras, pues nadie en el palacio los había visto nunca, a excepción de Odín, que cada noche se reunía con ellos para darles sus órdenes.
Y, como Hera lo había predicho, ese día llegaría la "tan esperada" respuesta por parte de Atena y Poseidón, con respecto a la guerra venidera.
– Personalmente, no comprendo por qué tanto drama, señora Hera – comentó Odín, sentado en su trono de oro, al lado de Hera – Usted conoce muy bien cuál será la respuesta de Atena y Poseidón.
– Por supuesto que la conozco, gran Odín, – la diosa sonrió – pero un pacto entre dioses es algo que jamás debe romperse. Aun sabiendo cuál será su respuesta, es mi deber recibir ese mensaje, así como es deber de mi hermano y de la pequeña Atena entregar esa respuesta. Además, las cosas se pondrán interesantes cuando el mensajero de Atena llegue.
En ese momento, Artemisa entró en la habitación principal. Los dioses se quedaron en silencio, y la diosa de la caza dijo:
– El mensajero de Poseidón ha llegado, mi señora.
– Haz que pase – Artemisa se volteó e hizo una seña a Sorrento para que entrara – Sorrento de Sirena, enviado de Poseidón.
El Oceánida le dedicó a Hera y Odín una leve inclinación de cabeza, colocando en manos de Hera el sobre sellado, con el mensaje.
– ¿Puedo suponer que seremos aliados, acaso? – preguntó la diosa madre. Sorrento sonrió.
– La respuesta a esa pregunta, usted la conoce mejor que nadie, señora Hera – Hera rió suavemente – Ahora, si me disculpa, me retiro.
– ¿Será mucho pedir que nos dejes escuchar la hermosa melodía de tu flauta? – preguntó Hera.
Sorrento lo meditó por unos instantes, para luego sacar su flauta y comenzar a tocar. Hera, Odín y Artemisa cerraron sus ojos y se dejaron envolver por aquella hermosa tonada. El canto de la sirena los hipnotizaba, arrastrándolos a un mundo de sueños. Entonces el oceánida pudo ver "más allá". Una presencia oscura que se ocultaba en la mente de la diosa madre. Una presencia que, intuyó, tenía mucho que ver con lo que estaba sucediendo en el mundo. Pero, antes de que Sorrento pudiera ver algo más, una voz irrumpió en la estancia:
– ¡Ya basta de tantas tonterías! – Sorrento dejó de tocar y se volteó. Ares entró, abriendo de golpe las puertas – Lo siento, mensajero, no tengo un oído tan refinado como para apreciar tu música.
– Eso es lógico. ¿Cómo podría un bárbaro como tú apreciar esta melodía? – espetó Sorrento, con tono burlón.
– ¡Maldito! – Ares sujetó a Sorrento por el cuello, pero el Oceánida le estrujó el brazo, logrando que lo soltara – Viniste a entregar un mensaje, ¿no? Si ya lo hiciste, ¡lárgate, basura!
– ¡Ares! – exclamó Hera, interrumpiendo lo que prometía convertirse en una fiera batalla – No creo haberte llamado, ¿qué estás haciendo aquí? – se volvió hacia Sorrento – Lamento esto, puedes marcharte y dale mis saludos a mi hermano Poseidón.
– Claro, señora, así lo haré – y dicho esto, Sorrento se marchó, dejando a un enfadado Ares, que juró internamente vengarse de él, en el campo de batalla.
– Pero qué humor – replicó Ares – Sólo venía a decirte que el mensajero de Atena está en la entrada del palacio.
– ¿En la entrada? ¿Por qué no lo escoltaste hasta aquí?
– No soy un mayordomo – dijo – Además, estoy seguro de que la pequeña Esmeralda preferiría ser quien lo escolte – Ares desapareció de la estancia, riendo malignamente, mientras Artemisa le dedicaba un gesto reprobatorio.
– Ares es una verdadera pesadilla – dijo la diosa de la caza.
– Tal vez, pero es una de nuestras mejores armas en la batalla – respondió Hera – No te preocupes por él.
Mientras tanto, Ikki permanecía en la entrada de los dominios de la diosa madre. Suspiraba inquieto por décima vez. Había algo en ese sitio que le molestaba, un aroma que se le hacía familiar, una presencia inquietante. Todos los indicios apuntaban a una única persona, pero él estaba consciente de que no era posible. Quería irse de ese lugar lo más pronto posible. Lo perturbaba y ya estaba perdiendo su, de por sí poca, paciencia.
Mientras se perdía en sus pensamientos, las puertas del complejo de abrieron. El Fénix levantó la mirada, pero no estaba preparado para lo que sus ojos le mostrarían.
– No… No puede ser…
Ante él se encontraba la única mujer a quien había amado en toda su vida. Sus ojos, aquellos ojos que lo habían enamorado en la isla de la Reina Muerte, aún tenían ese brillo hipnotizante. Desconcertado, el caballero no podía apartar sus ojos de la mujer que ahora vestía la armadura del tigre blanco.
– Mensajero de Atena, bienvenido a Juno – habló Esmeralda, con voz suave – Sígueme, te conduciré ante mi señora.
"Mi señora". Estas dos palabras hicieron eco en la mente de Ikki, quien sujetó a la rubia de la muñeca, cuando notó que esta se volteaba para emprender su camino hacia el palacio de Hera. Pronto Esmeralda se encontró rodeada por los fuertes brazos del Fénix, que aspiró el suave aroma del cabello de la chica.
– Esmeralda…
La aludida colocó sus manos sobre el pecho del Fénix, empujándolo unos metros lejos de ella. Ikki, consciente de lo que sus impulsos lo habían llevado a hacer, se recompuso y siguió a la mujer. Sacudió la cabeza, forzándose a volver a la realidad. Ella no podía ser Esmeralda. Simplemente era alguien que se parecía mucho a ella, eso era todo. O al menos eso era de lo que trataba de convencerse el caballero.
Caminaron un par de minutos en silencio. Tiempo durante el cual Ikki se dedicó a examinar la estructura. No se parecía en nada a una fortaleza de guerra, era más bien un palacio de placer, demasiado ostentoso para tratarse de la "base" de una de las fuerzas opositoras de aquella guerra.
En cuanto Ikki apareció, Hera se puso de pie y extendió sus brazos, a modo de bienvenida. Entonces, dijo:
– Tú debes ser el caballero Fénix, Ikki – el aludido no respondió – Las memorias de esta niña – señaló a Esmeralda, que se había quedado custodiando las puertas de la habitación – me han enseñado mucho sobre ti. El entrenamiento infernal que tuviste te convirtió en un hombre frío, rencoroso, pero a la vez de dio poder, un poder que muchos caballeros no poseen. La perfecta máquina asesina – hizo una pausa, para evaluar el efecto de sus palabras en el joven. Pero Ikki se mantenía impasible – A excepción de una pequeña debilidad. En aquel infierno, tú, conociste el amor.
– No he venido aquí para que una diosa me relate el pasado que ya conozco – la interrumpió bruscamente Ikki – Este es el mensaje de Atena – le entregó un sobre blanco, con el sello de Atena en él – ahora, me marcho – dio media vuelta, encaminándose a la salida.
– Sé lo que piensas – intervino Odín – Quieres convencerte a ti mismo de que esa chica no es la mujer que amabas. Convencerte de que está muerta y que no existe forma de que ella haya regresado a este mundo. Pero debes entender, joven caballero, que para un dios no hay imposible.
Ikki simplemente ignoró las palabras del dios nórdico y continuó su camino.
– Puedes seguir engañándote a ti mismo, caballero, – añadió Hera – pero llegará el día en el que ustedes se encuentren en el campo de batalla. Y entonces, aquel que dude, perecerá. Si tienes la frialdad suficiente, matarás a esa mujer, o más bien, ¿morirás a manos de la persona amada?
Cuando Hera se dio cuenta, tenía a Ikki justo enfrente de ella, con el pecho a centímetros de su rostro. Se dio cuenta de que aquel golpe no la había impactado porque Esmeralda había sujetado el brazo del caballero justo a tiempo. Ikki frunció el ceño y miró a la rubia, enfadado por la intromisión. Levantó el puño que tenía libre, pero nuevamente fue interceptado por Esmeralda. La mujer aplicó más fuerza en su agarre y mandó a volar a Ikki, causando que se estrellara contra una pared.
Esmeralda caminó con paso firme hasta Ikki, que, sorprendido con la fuerza del ataque, intentaba ponerse de pie. La rubia lo sujetó por el cuello y estrelló su cuerpo nuevamente contra la pared. Su tierna mirada ahora reflejaba odio y furia. El Fénix sabía que con un golpe podía apartarla, pero no se atrevía. No mientras esa mujer se pareciera tanto a Esmeralda.
– Déjame contarte una pequeña historia, antes de que te vayas, Fénix – dijo – Una vez una joven fue vendida a un malvado hombre al que todos conocían como Guilty. El hombre era extremadamente cruel y la chica se la pasaba llorando todo el tiempo. Hasta que un día, un aprendiz de caballero llegó a la isla donde vivían Guilty y la chica. El chico era bastante arrogante y se enfrentaba al hombre, como si no le temiera. Pero el hombre no tenía compasión y los entrenamientos se volvían cada vez más crueles. Las heridas del chico eran cada vez peores, así, una noche, la niña se acercó a él para curar sus heridas.
– Cállate…
– Poco a poco, los chicos se hicieron amigos – continuó, poniendo más fuerza en su agarre al cuello de Ikki – Y, sin darse cuenta, se enamoraron. ¿Puedes imaginarte lo felices que eran? Encontraron el amor en aquella maldita isla demoniaca. Pero, no todo era color de rosa. No, porque llegó el día de la prueba final para el muchacho; si la superaba, podría convertirse en un caballero. El combate era brutal, el hombre insistía "tienes que matarme", pero el muchacho no se atrevía, ¿por qué? Bueno, quizás aún quedaba algo de bondad en él, o era ¿lástima, quizás? No lo sé. Pero sus dudas le jugaron en contra.
– Cállate de una vez, o sino…
– Deja de interrumpirme, Fénix – replicó, con odio – Como iba diciendo, el joven dudó en aquella batalla. Le había llegado la hora, estaba malherido y el hombre más que dispuesto a acabar con su vida, pero ¡oh, sorpresa! El golpe mortal jamás llegó, ¿por qué? ¡Porque la chica se interpuso! – Ikki notó que unas traicioneras lágrimas se acumulaban en los ojos de la rubia – Lo amaba tanto que no habría soportado verlo morir ante sus ojos. Así, el muchacho, encolerizado, arremetió contra el hombre, su maestro, y le quitó la vida. Sin embargo, ya era demasiado tarde, la chica estaba muerta.
– Gran Hera, esto es… – murmuró Odín, al notar el gesto de desesperación que se había dibujado en el rostro del Fénix – demasiado cruel, ¿no lo cree? – pero la diosa no respondió. Simplemente contemplaba con una sonrisa cínica la escena.
– Todos aquellos sueños de una vida junto al muchacho que amaba, ¡rotos! – continuó una encolerizada Esmeralda – El amor y la duda mataron a la pobre e inocente chica que tan sólo quería ser feliz, ¿no te parece injusto, Fénix? Si el muchacho no hubiera dudado en aquel entonces, ¡oh, qué felices habrían sido! ¿Entiendes? ¡Él la mató!
– ¡No! – gritó Ikki, desesperado – ¡Nunca quise que..! ¡Jamás quise que murieras, Esmeralda! – aferró sus manos a los hombros de la chica y la zarandeó, consiguiendo que el agarre cediera un poco – ¡No tenías que salvarme! ¡Jamás te lo pedí!
– ¡Te amaba, maldita sea! ¡Yo te amaba! – exclamó ella, con lágrimas en los ojos – Pero eso es historia pasada – soltó el cuello de caballero – Se me ha dado una nueva oportunidad, junto a la futura gobernante del mundo, la gran Hera. Iré hasta la cima con ella, Hera me dará el lugar que verdaderamente merezco.
– Debes estar bromeando – rió Ikki – Tú no puedes ser Esmeralda. La Esmeralda que conozco jamás tendría tales delirios de grandeza. ¡Deja de usar su cuerpo, impostora! – ahora el tocó a la rubia reír.
– Ikki, la Esmeralda que conocías murió aquel día, a manos de Guilty. La Esmeralda que tienes ante ti, daría su vida por su señora, al igual que tú darías la vida por Atena. Todos esos recuerdos del pasado, no significan nada para mí. Ahora, ¡fuera de mi vista! – la rubia salió de la habitación con paso firme.
– Así que fuiste tú, ¡Hera!
Pero, antes de que Ikki pudiera abalanzarse nuevamente sobre la diosa, Marin apareció ante él.
– Es suficiente, Fénix – la pelirroja se volteó hacia Hera – Mi señora, escoltaré a este hombre fuera del palacio.
– Gracias Marin, puedes llevártelo.
– Así que tú también eres una traidora – espetó el Fénix, que no estaba dispuesto a obedecer órdenes de nadie en ese palacio – Ya he tenido suficiente de este maldito lugar.
Marin caminó tras él, para asegurarse de que no intentaba regresar y atacar a su señora. Pero, en realidad, esas no eran sus verdaderas intenciones. Porque, cuando llegaron a las puertas que flanqueaban la fortaleza, Marin colocó su mano en el hombro del caballero, deteniéndolo, antes de que se marchara, para decirle:
– Esta no será una batalla justa. Hera utilizará más que fuerza física para acabar con Atena.
– ¿Pero qué estas…? ¿Acaso tú…?
– Tienen que ser fuertes en cuerpo y espíritu.
Y sin decir más, la ex amazona cerró las puertas.
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Delfos, Grecia.
Después de unas tres horas de viaje, finalmente se encontraba en Delfos. Había viajado como cualquier turista que toma el transporte público en Atenas para dirigirse a la ciudad de los Oráculos. Aún le costaba creer que aquel lugar, conocido desde épocas antiguas como el santuario de Apolo, pudiera en verdad albergar el majestuoso espíritu de la Madre Tierra, de "el origen del mundo". Pero es que, como bien había dicho Hestia: "ella es la tierra, la que todo lo ve, la que todo lo escucha, la que todo lo sabe, la que está en todas partes".
Con tales palabras en mente, Saori se alejó del grupo de turistas australianos que viajaban a su lado, para internarse en la parte más rural de la ciudad. Vestida de forma sencilla, con un pantalón de mezclilla azul, una blusa blanca de botones al frente y botas negras, con el cabello recogido en una coleta alta y lentes oscuros, esperaba que nadie reconociera a la nieta de Mitsumasa Kido. Algunos lugareños volteaban a verla, pero parecían más preocupados por el sitio al que se dirigía que por conocer su identidad.
Vinieron a su mente, entonces, las palabras de Hestia:
"Más allá del Templo de Apolo, de las ruinas del Oráculo, encontrarás una pequeña aldea, un lugar del cual los lugareños huyen. La aldea de Tellus, abandonada en el siglo V, es hogar de bandidos y fugitivos. Pero, notarás Atena, que la gente no huye de ese lugar precisamente por miedo a los ladrones, no, las personas en Delfos, le temen a la maldición de Tellus, una leyenda tan antigua como la existencia de los Olímpicos.
Se dice en Delfos, que Tellus, tal y como lo dice su nombre, es el mismísimo seno de la Madre Tierra. Es el sitio donde la gran Gea depositó toda su cólera, su rencor, su dolor. Es por eso que la gente dice que el lugar está maldito y atrae a los villanos. Muchos de los peores criminales que ha conocido la historia fueron confinados a Tellus, donde perecieron, dejando también parte de su odio, fortaleciendo la llamada "maldición de Gea".
¿Conoces la leyenda de "las tres puertas del Tártaro"? ¿No? Pues verás, se dice que existen tres entradas a los dominios de los muertos: la primera se encuentra en la ciudad costera de Cumas, en Italia; la segunda, la entrada secreta que nadie más que Hades conoce y la tercera, en la aldea abandonada de Tellus, ya que se cree que el Tártaro es el vientre de Gea. Esto ha servido para justificar los continuos terremotos que han azotado especialmente esta zona de Delfos por milenios.
Ahora, escucha bien, Atena: este lugar hará que tus miedos se vuelvan más profundos. Puede incluso que se materialicen ante ti, recuerda que nadie estará cerca para ayudarte, así que debes mantenerte siempre en calma, controla tus emociones, para que no puedan ser usadas en tu contra."
Saori entonces regresó a la "realidad" cuando sintió que alguien halaba de la manga de su blusa. Se volteó y se encontró con una pequeña niña, de unos seis años. Su rostro estaba surcado por el miedo y negaba incesantemente con la cabeza, señalando con el dedo índice el camino hacia Tellus, que la mujer estaba a punto de seguir.
– Equidna, es suficiente – una mujer apareció y, separando a la niña de Saori, la tomó en sus brazos – Disculpe, señorita, pero perdió a su padre a manos de unos ladrones que se ocultaban en Tellus.
– Ah, no se preocupe, yo sólo…
– Usted no es de por aquí, ¿cierto? – habló la mujer. Saori negó con la cabeza – Claro que no, usted ha de ser una turista. De, ¿Atenas, quizás? – Saori la miró, sorprendida – Bueno, últimamente muchos atenienses han venido a Delfos con la absurda idea de recuperar el Tesoro de Gea.
– ¿El tesoro de Gea?
– Es una vieja leyenda. Hace cien años, un hombre logró salir con vida de Tellus. Estaba muy malherido, vivo de milagro. Pero, pronto los médicos se dieron cuenta de que la estancia de aquel hombre, ateniense por cierto, en Tellus, había terminado por volverlo loco. Cuando por fin pudo moverse y hablar, comenzó a contar un relato por demás absurdo.
– ¿Podría contarme más acerca de eso? – preguntó Saori. Sorprendida por el interés de la joven, la mujer se animó a continuar:
– A ver, déjeme recordar cuáles fueron sus palabras exactamente. ¡Ah sí! – hizo una pausa para bajar a la niña que tenía entre sus brazos, que se alejó corriendo – "En medio de la oscuridad, mis pies me llevaron hacia una inmensa cascada, sólo sentí que caía y caía, supe entonces que la hora de mi muerte había llegado, así que simplemente cerré mis ojos e hice mis últimas oraciones. Pero, ¡oh! Grande fue mi sorpresa cuando noté que había caído sobre un suave pasto, verde como ninguno, un bosque, el paraíso para mí y, entonces, una vasija de barro cayó ante mí. Me acerqué y miré en su interior. Allí había…"
– "Joyas… Y, por su magnificencia, bien podrían haber sido usadas por la imponente Madre de la Tierra, Gaia. Poco creativo en ese entonces, le llamé 'el tesoro de Gea'. Y, entonces, una sombra me envolvió. Y ya no vi nada más" – Saori se quitó los lentes oscuros y miró con gesto desafiante a la mujer – Los lugareños jamás se acercan a más de cien metros de este lugar, ¿quién eres?
– Hacen bien en llamarte la diosa de la sabiduría, Atena – la niña volvió a acercarse a ella y se convirtió en una amenazante serpiente, que se enredó en el cuello de la mujer – ¿Has venido aquí, Saori Kido, siguiendo los pasos de tu bisabuelo, el hombre de la leyenda?
– ¿Cómo dices?
– Contrario a lo que muchos piensan – continuó la misteriosa mujer – la familia Kido tiene sus orígenes en Atenas. Hijo de pastores, un joven partió a Japón, en busca de aventuras. Allí, conoció a una mujer de apellido Kido. Adoptó el apellido de su mujer y todos sus hijos llevaron el nombre de "Kido". Tuvieron sólo un hijo varón, que estaba siendo criado para ser la siguiente cabeza de la familia. Pero, sus progenitores fallecieron, así que sus hijos decidieron regresar a la tierra de su padre. Así, el padre de Mitsumasa, que era un arqueólogo de renombre, vino siguiendo los rastros dispersos del mito de Gea. Y, finalmente, antes de morir, la Madre Tierra lo honró y se presentó ante él.
– No puede ser… Entonces…
– ¡Exacto! Tu bisabuelo es "el hombre de la leyenda", Saori Kido. Ahora, será mejor que te vayas. Tienes un largo camino por recorrer si es que quieres encontrarte con Athánatos Gea – y desapareció.
– ¡Espera! – exclamó Saori.
La joven suspiró profundamente antes de voltearse y contemplar el camino por el cual debía transitar. Con decisión, comenzó a avanzar. Hacia aquel lugar, donde el camino se volvía más complicado, donde el bosque verde era remplazado por vegetación seca y sin vida, y caminos llenos de polvo, que ocultaban las huellas de quienes llegaron ahí antes que ella. El camino pronto comenzaba a ascender. Alambres de púas destrozados estaban dispersos por la tierra. Supuso que habían sido un intento del gobierno de Delfos para alejar a los curiosos de ese peligroso sitio. Intento, por demás infructuoso.
Unas escaleras improvisadas la llevaron aún más arriba. La vegetación seguía siendo la misma, muerta y tétrica. Las ramas secas rasgaban su ropa y maltrataban su blanca piel, pero en ese momento poco le importaba. Le preocupaba más la presencia oscura que inundaba el lugar, esa que poco a poco la iba dejando sin fuerzas y le dificultaba respirar.
Las pocas casas que había, estaban en deplorable estado. Las paredes manchadas de sangre la dejaron helada. Era como si aquella aldea hubiera sufrido la "cólera de los dioses". Como si, al igual que en la leyenda, Gea hubiera dejado caer su mano poderosa para acabar con todo rastro de vida y luz en esa pequeña tierra. Saori siguió andando sin rumbo fijo, mirando a todos lados, nerviosa cada vez que escuchaba el sonido del viento, o alguna rama seca romperse bajo sus pies. El miedo comenzaba a invadirla y le estaba jugando una mala pasada. Escuchaba susurros y el sonido de pasos acercándose velozmente hacia ella. Quiso retroceder, pero una voz la hizo temblar:
– ¡Alto ahí, mujer!
Saori parpadeó un par de veces. Frente a ella aparecieron dos altas figuras, envueltas por el polvo de la tierra. Cuando este se disipó, la mujer se dio cuenta de que se trataba de dos hombres de inmensa estatura. Tenían cuerpos fornidos cubiertos por armaduras, que estaban manchadas de sangre. Llevaban los cabellos rebeldes sueltos y desgreñados. Barba y bigote descuidados también. Uno moreno, el otro pelirrojo. Sus ojos amarillentos resplandecían entre toda aquella oscuridad.
– En territorio de bandidos y asesinos – dijo el gigantesco hombre de cabello rojo – ¿qué puede estar haciendo una frágil mujer? ¿Ignoras acaso las advertencias de los lugareños, imprudente? ¿Acaso no sabes en qué lugar te encuentras?
El inmenso hombre de cabello negro sujetó a Saori por la parte trasera de la blusa, levantándola del suelo con gran facilidad. La chica, demasiado asustada para reaccionar, miraba con terror a los gigantes.
– Alpo, esta mujer – dijo el pelirrojo – Hay algo extraño con ella. El mortífero aliento del Tártaro no la ha matado aún, además…
– ¿Has dicho… Tártaro? – balbuceó Saori, con dificultad. Los gigantes se voltearon hacia ella – ¿E-Es acaso e-este… el llamado v-vientre d-de Gea?
El hombre llamado Alpo soltó a Saori, haciéndola caer violentamente al suelo. La chica se incorporó lentamente, dolorida por el golpe, y miró expectante a las dos amenazantes figuras que yacían ante ella.
– No parece que lleve nada de valor, Éurito, vamos a matarla de una vez – espetó el moreno – Después, colgaremos su cuerpo en la entrada de Tellus, como advertencia ante cualquier otro que ose desafiar a los héroes de la Gigantomaquia.
¿Alpo? ¿Éurito? ¿Gigantomaquia? ¿El Tártaro? Todo esto le sonaba familiar a Saori, tal y como se lo había contado Hestia. No podía dejar que la mataran, tenía que alcanzar a Gea, en lo profundo de aquella tierra de perdición, aunque fuera lo último que hiciera. Y estaba segura de que aquellos gigantes eran la clave para encontrarla. Decidida, se puso de pie y apretó los puños.
– No esperará tranquilamente mi muerte – espetó – He venido aquí para cumplir una misión importante: encontrar a la Madre Tierra. Y no planeo irme hasta verla.
– ¿La Madre Tierra? – se burló Alpo – Mujer, ¿tienes idea de dónde te encuentras? Esta es Tellus, tierra de villanos y asesinos. Los peores criminales del mundo se han ocultado aquí desde tiempos inmemoriales. A este sitio, le llamamos el Tártaro, porque es un verdadero infierno en la tierra. Además, nos llamamos a nosotros mismos "héroes de la Gigantomaquia", porque somos los hombres más poderosos en Tellus, todo aquel que entre, debe estar dispuesto a servirnos, o sino, morirá. Es así de simple, así que no te hagas ideas equivocadas, pequeña ingenua.
– Ustedes no son hombres ordinarios, – dijo Saori, con voz temblorosa, perdiendo el poco valor y la esperanza que le quedaban – de eso estoy segura. Sé que la Madre Tierra se encuentra aquí, en algún lugar de esta aldea, y no me iré hasta encontrarla.
Los hombres comenzaron a reír estrepitosamente. Sus carcajadas retumbaban y hacían temblar la tierra bajo los pies de la joven diosa. Cuando finalmente Alpo y Éurito recuperaron la compostura, el primero sujetó a Saori en su mano derecha, como si de una muñeca se tratara y la elevó, hasta que estuvo a la altura de su rostro. Alpo la miró a los ojos, llenos de miedo. Pero, detrás de ese miedo, pudo descubrir algo más:
– Esos ojos… no puede ser… – se volteó hacia su compañero, que lo miraba expectante – Tenemos que matar a esta mujer, ahora mismo.
– ¿Cómo? Alpo, ¿qué te pasa? ¿Por qué de pronto…?
– Ella es… la luz que trae la confusión…
La mujer parpadeó, confundida, pero no tuvo tiempo para meditar las palabras del hombre, impregnadas con el miedo; porque Alpo había comenzado a ejercer fuerza sobre su pequeño cuerpo. El agarre alrededor de su cintura se volvía cada vez más brusco, dejándola sin aire. Podía escuchar el sonido de sus huesos apunto de romperse bajo las manos del gigantesco personaje que la apresaba. Cerró los ojos y dejó de luchar.
¿Acaso este es mi final? ¿Así es como voy a morir? ¿Qué será de la tierra si me rindo ahora? No puedo rendirme, todavía debe haber algo que pueda hacer. Pero, me siento tan débil que apenas puedo permanecer consciente. Esta vez no hay nadie que pueda salvarme. ¿Qué haré? Tengo que salvarme, tengo que encontrar a Gea, no puedo rendirme aquí, ¿qué puedo hacer? ¡Gea, Gea! Muéstrame una luz.
– ¿Pero qué…? – exclamó Éurito. Saori empezó a caer nuevamente, pero una luz la envolvió y alguien la sujetó en sus brazos, impidiendo la estrepitosa caída.
– No es el momento de rendirse, mi señora – le dijo una suave y gentil voz femenina.
La chica abrió lentamente sus ojos. Entonces, se encontró con una joven un poco más baja que ella. Tenía los ojos de un tono café rojizo, a juego con su cabello, del mismo tono. Vestía una túnica impecablemente blanca. Pero lo que más sorprendió a Saori, fueron las hermosas alas blancas que salían de su espalda. La joven le sonrió y Saori supo entonces de quién se trataba:
– Niké…
Pero, antes de que alguna pudiera decir algo más, Niké se elevó en el cielo, esquivando la monstruosa patada que Alpo acababa de arrojarles. Ambos gigantes comenzaron entonces a atacarlas a gran velocidad, pero Niké era capaz de esquivar todos los ataques, gracias a sus extraordinarias habilidades.
– Estos… estos hombres…
– Gigantes – respondió Niké, esquivando un nuevo ataque – Alpo y Éurito, hijos de Gea. De la primera generación de Gigantes que peleó en la Gigantomaquia. Ya verá – Niké les arrojó un par de hojas de laurel que, rozando las piernas de los gigantes, revelaron su verdadera forma.
Sus fuertes piernas se convirtieron en un par de monstruosas serpientes. Sus armaduras desaparecieron, dejando sus torsos desnudos y sus cuerpos vulnerables. Sin embargo, su piel era más dura que el diamante, piel que sólo podía ser atravesada por el poder divino. Éurito tomó una piedra y la levantó sobre su cabeza. La piedra voló hacia donde estaban Niké y Atena. La diosa de la victoria la esquivó, pero no notó que Alpo arrojaba otra piedra, que dejó atrapada una de sus alas. Niké no pudo evitar el soltar a Atena y cayó lejos de ella.
– Eres una insolente, Niké – espetó Alpo, con furia – Has cometido un gran pecado contra la Tierra y ahora lo pagarás – el gigante levantó el puño, dispuesto a acabar con la diosa, pero Saori corrió hacia ella y se interpuso. Atena cerró los ojos, esperando lo peor, pero una voz hizo que su atacante se detuviera:
– Oh, miren nada más a quién tenemos aquí. La pequeña Atena, regresa a la Tierra. Me sorprende que hayas encontrado este lugar, conocido por pocos.
– Honorable madre – dijo Éurito. Los gigantes se separaron de las diosas y recuperaron su apariencia "humana" – No me diga que…
– Dejen de Atena se acerque hasta donde estoy.
Atena miró a su alrededor, tratando de distinguir el lugar del cual venía la voz. Se fijó entonces que Niké había desaparecido, dando lugar a su báculo. Se acercó y lo tomó, asiéndolo firmemente.
– Pero madre, ella es…
– ¿Han visto eso? Niké no tiene el poder suficiente para permanecer en su forma original. Ustedes saben muy bien lo que eso significa. Atena no tiene la fuerza para desafiarme, sólo quiero hablar con ella, así que háganse a un lado, que ella podrá encontrar el camino por sí sola.
– ¡Gran Gea! – exclamó Atena – ¡Gran Gea!
– Ya has escuchado, Atena, sigue adelante – le dijo Alpo – Y recuerda esto: las leyendas siempre, siempre, tienen una base real. Además, lo has escuchado de labios de la misma Equidna.
Atena comprendió al instante que el gigante se refería a la mujer con la que se había encontrado antes de entrar en Tellus y corrió apresuradamente por el camino que contaba la leyenda. Sus pies la llevaron hasta la mítica cascada. Sin pensárselo, sujetó con fuerza a Niké, convertida en báculo y se arrojó cascada abajo. Miró hacia abajo mientras caía, dándose cuenta de que terminaría estrellándose contra las rocas. Pero, recordando la historia del antepasado de su abuelo, cerró los ojos y confió.
Empapada, llegó al final de la cascada. Salió del agua, ilesa y se encontró con el bosque. Verde y brillante vegetación, aire puro. Tan diferente a Tellus. Ahora, lo único que faltaba…
– La vasija…
Sí. La mítica vasija de la leyenda. Llena de joyas, justo como lo describía la historia.
– ¿Qué lugar es este?
– Tellus – respondió una firme voz femenina – Más allá del vientre dolorido de la Madre Tierra, yace luz. Como una fogata que se impone entre las tinieblas. Has venido hasta aquí, arriesgando tu vida, que es la luz de la humanidad, Atena, ¿por qué? Si es por poder, sabes mejor que nadie cuál es la solución, ¿cierto, pequeña? Eres hija de Zeus, el dios avaricioso que siempre quiso más y más poder. ¿Eso quieres? ¿Más poder? ¿Quieres rivalizar con tu padre y tu madrastra? ¿Es tu deseo hacerte con el control del mundo, en lugar de tu padre?
– Si mis motivos fueran tan vacíos, no habría venido hasta aquí, arriesgando mi vida – respondió – Habría dejado que otros pelearan mis batallas por mí. Si simplemente quisiera poder, lo habría obtenido ya de Hilda, la "manzana de la discordia" en esta absurda guerra.
– Hace ya mucho tiempo que dejaste el Olimpo, renaciendo en este planeta cada vez que tu poder se necesitaba – respondió la voz – En un principio, te bastabas tú para ganar las batallas, pero tú misma te diste cuenta de que las cosas no siempre serían así. Te convertiste en una figura de culto. Los hombres luchaban a tu lado, por protegerte. Comenzaste a depender de los mortales, que desarrollaron una fuerza comparable a la de los dioses. Tus enemigos temblaban, pues tus ejércitos eran poderosos. Pero, ante todo, siempre fuiste noble, acudiendo al diálogo, antes que la violencia.
El tiempo siguió su curso y tu vida siguió el mismo círculo vicioso. Renacer, luchar y descansar. Una diosa encarnada en el cuerpo de una mujer mortal. Ignorando los constantes llamados de Zeus, pues tu orgullo no te lo permitía. Habías hecho de la tierra tu hogar, tu reino. Pero sabías muy bien que rencarnar constantemente te estaba afectando. Comenzabas a perder el esplendor y la fuerza de tu cosmos.
Y tú, como Saori Kido, te diste cuenta de eso cuando tu cuerpo tembló ante la presencia de dos mortales, gemelos. Unos gemelos peculiares que siempre causaron caos en tu santuario, desde hace años, desde la primera vez que rencarnaste. Pero, no debes avergonzarte, Atena, porque esos gemelos no son mortales ordinarios. Ellos son la mejor representación de Caos, malditos por causa del Cielo.
– No puede ser, entonces… Kanon y Saga…
– Son mis amados hijos, primogénitos. Pero, no estás aquí para que te cuente esa historia, ¿verdad? Dime, Atena, ¿por qué has venido a verme, a mí, Athánatos Gaia?
– Nadie más que la Madre Tierra podría conocerme tan bien – dijo – La historia de mi vida como diosa, la ha descrito a la perfección, porque es usted la que todo lo sabe. Es cierto que no tengo el poder para hacer frente a las amenazas que han caído sobre la tierra. Digo "amenazas", aunque se trate de mi padre y de mi madrastra, porque eso es lo que son. "De la cabeza de Zeus, para ser venerada", es lo que escuché desde mi nacimiento, pero, ¿quién puede venerar a una diosa que no es capaz de protegerse a sí misma?
– Atena, ¿acaso has abandonado tu gran orgullo de diosa, por el amor que le tienes a la tierra? – la diosa notó un ligero dejo de sorpresa en la voz que le hablaba – ¿Por qué estar en medio? ¿No sería más conveniente para ti ser una espectadora y juzgar luego por ti misma quién tiene la razón?
– Hasta yo puedo darme cuenta de lo inútil que es esta batalla – replicó – Desde la época del mito, mi padre ha perseguido a diosas y mortales. Desde la época del mito, muchos dioses han intentado remover a Zeus de su puesto en lo más alto del Olimpo. Los celos de Hera no son una novedad para nadie, entonces, ¿por qué iniciar una guerra en esta era, por motivos tan triviales? – Gea comenzó a reír.
– Eres lista, pequeña. ¿Te das cuenta de lo que acabas de decir? Acabas de dejar sin fundamentos a los dos dioses más poderosos e influyentes del Olimpo. En efecto, tiene sentido que te preguntes, ¿por qué precisamente en esta era? ¿Por qué en la Tierra? Gente inocente sufrirá, desde luego, así ha sido siempre. Entonces, ¿por qué ahora y no antes? ¿Qué es lo que mueve a ambos bandos? ¿Ambición? Tal vez, ¿quién puede saberlo? Es increíble hasta dónde puede llegar la estupidez – Gea volvió a reír.
– Me parece difícil creer que los motivos de esta guerra sean tan simples como los celos o el poder. Además, involucrar a la tierra de Asgard, ¿para qué?
– Asgard es la tierra donde los mitos se entretejen, Atena. Recuérdalo – tal aseveración dejó a la diosa confundida – No te preocupes, no es algo que necesites comprender, aún. Ahora que lo recuerdo, hace tiempo que no tenía una charla tan interesante. Nadie busca ya a la Madre Tierra. Les parece tan obvia mi presencia que no se toman el tiempo para dejarse llevar, para regresar a las entrañas de su madre. Pero, tú eres diferente, siempre lo has sido. Por eso, te mostraré algo que nadie ha visto en un largo, largo, tiempo.
La vasija empezó a resquebrajarse ante la mirada sorprendida de Atena. Las hojas de los árboles comenzaron a danzar con el viento. Una elegante figura se materializó enfrente de la diosa de la sabiduría. Su imponente presencia hizo a Atena caer de rodillas en el pasto. Cabello verde y ojos penetrantes de un color casi indescriptible, – entre verde y azulado – detrás de una mirada severa. No era otra que la Madre Tierra, como los antiguos solían representarla. Una apariencia que no era del todo de su agrado.
Ante la mirada atenta de Atena, Gea se dejó caer en el pasto, al lado de la joven. Miró hacia el cielo, acostumbrándose a la luz de Hiperión sobre su piel. Sus ojos se perdieron en los orbes de Atena y rió.
– Tienes los ojos de Zeus. Te has quedado sin habla, igual que aquel mortal que visitó estos dominios, hace ya un buen tiempo. Pero, tú eres una diosa, Atena, dime de una vez, por qué has venido. ¿Qué desea una olímpica de Gea, la titánide olvidada?
– He venido hasta usted siguiendo el rastro de las leyendas. He venido para hacer el pacto Magna Mater – terminó Atena, con gesto seguro. Gea la miró por unos minutos, antes de volver a hablar:
– Magna Mater. Atena, ¿sabes quién fue la última deidad en hacer ese pacto conmigo? – la aludida negó con la cabeza – Perséfone – respondió Gea – Conoces su historia, ¿cierto? Quiso poder, lo tuvo, lo perdió y ahora difícilmente puede valerse por sí misma. ¿No te asusta sufrir el mismo destino que Perséfone? Sé que Poseidón te raptó y te quiso como esposa una vez.
– No le temo al pacto. Si le temiera, no habría venido hasta aquí.
– Te ves bastante decidida – dijo Gea – Pues, bien, ¿conoces los detalles del Magna Mater? – Atena asintió – Te devolveré lo que el Cielo te ha quitado. Volverás a ser Palas Atenea, la luz de la confusión. Y, a cambio, cuando hayas logrado tu objetivo, todo lo que has ganado, regresará a mí. Renacerás como una mujer ordinaria, mortal, indefensa. Te olvidarás de todo lo acontecido durante el tiempo que dure el pacto. Aun así, ¿estás de acuerdo?
– Lo estoy – y al no ver Gea atisbo de duda en Atena, se acercó a ella y la abrazó
– Ahora, regresa a las entrañas de la Tierra – Atena se sumergió en un profundo sueño al instante – Renace, no de la cabeza de Zeus, sino del vientre de la Tierra.
Atena se fundió con el cuerpo de Gea. Una luz cegadora envolvió el bosque. La diosa de la sabiduría abrió sus ojos, encontrándose nuevamente en la entrada de la siniestra aldea Tellus. Pudo ver en su brazo izquierdo la palabra "Gaia", escrita en griego antiguo. El símbolo de su pacto con la titánide madre. Notó entonces que los lugareños empezaban a congregarse a su lado, observándola, asustados.
– Pobre chica, espero que no le hayan hecho daño – decían.
– Si le sucedió algo, será su culpa, jamás debió separarse del guía. No hay nada que ver en Tellus, el Oráculo de Delfos, del dios Apolo es nuestro orgullo. Nadie debería venir a Tellus – murmuraban otros.
De repente, una fuerte brisa sopló.
– ¿Qué estamos haciendo aquí? – se decían unos a otros los lugareños, como desorientados. Entre la multitud confundida que se alejaba, Saori creyó reconocer a la mujer con quien se había encontrado, antes de entrar en la villa.
La mujer se quitó la capucha, dejando ver unos aterradores ojos oscuros. Avanzó hacia una aturdida Atena que, se dio cuenta de que sus huellas no se marcaban en el denso polvo. En cambio, dejaba una marca, como si se arrastrara. Se quitó completamente la capa, dejando ver su verdadera forma. Hermoso torso de mujer, cuerpo de serpiente.
– Tú eres… Equidna, Drakaina Delphyne.
– Antes de marcharte, feliz por haber encontrado a mi madre, – dijo, volviendo a colocarse la capa – debes hacerte estas preguntas, Atena. La primera, ¿por qué te fue tan fácil encontrar a la Madre Tierra, cuando muchos han muerto en el intento? La segunda, ¿cuál es el verdadero origen de esta guerra? La tercera ¿Quién "mueve los hilos"? – y, sin decir nada másEquidna se internó en Tellus.
– ¿Quién mueve los hilos? ¿Quién puede tener tanto poder como para manipular a Zeus y Hera?
– Vamos a casa.
Niké volvía a materializarse ante Atena. Y tomando en brazos a su señora, voló en dirección al Santuario, a gran velocidad. Atena miró hacia abajo, hacia Tellus y sonriendo sinceramente, dio gracias a la Tierra.
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Observatorio privado de Zeus.
– Parece que estás en perfectas condiciones, Kardia, no esperaba menos de ti – dijo Zeus, con una sonrisa – ¿Qué sucedió con el caballero de Escorpio?
– La verdad es que… ni yo mismo lo sé – respondió, apesadumbrado – Todo se volvió muy confuso cuando esa voz comenzó a hablarnos. Cuando me di cuenta, había regresado a mi dormitorio. Camus me dijo que estuve durmiendo por… tres días, entonces yo…
– No pienses más en eso – comentó el dios – Tengo una nueva misión para ti – Kardia lo miró, con atención – Necesito que vayas al Tíbet y busques a un viejo conocido del maestro de Libra. Su nombre es Chi You.
– ¿Algo más que deba saber sobre él, mi Señor?
– En cuanto llegues a la provincia de Kham, pregunta por el "Emperador de Jade", los lugareños sabrán llevarte hasta él.
Kardia asintió y haciendo una reverencia, se retiró. Una vez fuera del observatorio de Zeus, el peli azul lanzó un profundo suspiro. No estaba seguro de que Zeus se hubiera dado cuenta de que mentía con respecto a Milo, pero, a la vez, nada le aseguraba que el dios no supiera todo lo que le había sucedido cuando se encontró con su madre.
Flashback
No estaba muy seguro de dónde había terminado luego de que sus poderes chocaran con los de su "otro yo", el caballero de Escorpio de aquella era, ese hombre llamado Milo. En cuanto se encontró cara a cara con él, tuvo dos sensaciones, la primera, era que lo conocía desde hacía tiempo, sentía un vínculo profundo con aquel joven, tan orgulloso como él; la segunda, no le parecía que ese hombre o los guerreros del Santuario fueran sus enemigos.
Luego de que aquel resplandor lo envolviera, Kardia entró en un estado de inconsciencia, extraño, que no le impedía percibir el viento a su alrededor, el grácil correr del agua o la melodiosa voz de una mujer. El guerrero abrió los ojos de golpe y se encontró con la amable mirada de una hermosa dama, que le sonreía. Aún debilitado, se incorporó y se colocó en guardia.
– ¿Dónde estoy?
– El Olimpo. Más allá de los dominios de Zeus – respondió la misteriosa mujer – Este es el palacio que el dios de dioses le regaló a su hermana mayor, Hestia.
Hestia. Ese nombre hizo eco en la mente de Kardia que, sintiendo un fuerte dolor en la testa, cayó de rodillas al pasto. Las memorias lo invadieron, como una línea de tiempo: vio a Hestia sentada en el Concejo Olímpico, a Hestia en su palacio en el Cielo, conversando con una misteriosa voz, Hestia encinta, Hestia con dos pequeños niños, prácticamente idénticos, de cabellos azulados y ojos turquesa. Dos niños que… se le hacían terriblemente familiares. Entonces, la oscuridad llegó y su corazón dolió, como si le arrancaran un pedazo.
Sin contenerse, las lágrimas rodaron por sus mejillas, cuando la mujer lo abrazó contra su cálido pecho. Él correspondió el gesto y de sus labios se escapó, en un susurro:
– Madre…
– Kardia, me alegra tanto que me hayas recordado. Es tal y como dice la maldición.
– ¿Maldición? – se separó de Hestia – ¿A qué te refieres?
– Escúchame, Kardia, ahora no tengo tiempo para explicarlo, pero una cosa es segura, todo esto estaba destinado a suceder. El que te encontraras con tu hermano Milo, tu encuentro conmigo, que Zeus te resucitara para pelear en esta guerra. Pero, estoy segura de que tú sabrás qué es lo mejor. Tienes que regresar y cumplir con tu papel en esta guerra. Todos somos actores, que danzamos bajo la mirada atenta de una fuerza superior que manipula los designios del Cielo.
– Espera un momento, no entiendo lo que dices…
Hestia cubrió al peli azul con sus llamas sagradas y su cuerpo comenzó a desaparecer de la mansión. El joven intentaba luchar contra el fuego, pero era imposible, era una batalla perdida.
– Con el poder de Loki sobre ti, no sé cuánto recordarás de esta conversación, pero recuerda, Kardia, siempre deja que la luz de Antares te guíe.
Flashback End
– ¿Qué rayos está sucediendo? – se preguntaba el Arcángel de Antares – ¿Por qué regresé?
– Es lo mismo que yo quisiera saber – Kardia se sobresaltó al escuchar una voz a sus espaldas. De entre las sombras apareció una figura un poco más baja que él, con una máscara cubriendo su rostro – Es bueno saber que no soy el único que piensa que algo no está bien aquí.
– Ah, eres tú Regulus – dijo Kardia, sin muchos ánimos, cuando el otro se quitó máscara, dejando ver su joven rostro – Entonces, ¿también tienes deseos de enfrentarte a tu sucesor, ese tal Aioria? Escuché que es tan impulsivo como tú – Regulus frunció el ceño.
– Estoy hablando en serio, Kardia.
– ¿Quién dijo que yo no?
– Algo no está bien y lo sabes. Nosotros, que peleamos del lado de Atena en la anterior guerra santa, ¿por qué estamos ahora en su contra?
– No creo que debas hablar tan a la ligera de esos temas por aquí – habló el otro, enseñando su Aguja Escarlata – Recuerda que las paredes tienen oídos.
– Voy a fingir que no escuché su absurda conversación – espetó una tercera figura, más imponente, que se presentó ante ellos – Ahora, será mejor que dejen de perder el tiempo y sigan sus órdenes. Kardia, te enviaron al Tíbet, ¿cierto? – asintió – Entonces, ¿qué estás haciendo aquí? ¡Vete! – el peli azul se ganó un golpe en la cabeza, cortesía del antiguo caballero de Tauro, Aldebarán, anteriormente llamado Hasgado – Y tu, Regulus, volviste a escaparte, ¿verdad? Te dieron órdenes de vigilar el palacio de Hestia, ¿qué haces revoloteando por los jardines?
– Sí, sí, ya voy – se quejaba el menor, que era arrastrado por Aldebarán – Pero Aldebarán, no sabes lo aburrido que es vigilar a una diosa que no hace más que meditar. Preferiría que me enviaran al frente de batalla, o, no sé, a hacer algo más interesante.
– Un momento – los otros dos arcángeles se voltearon, al escuchar la voz sorprendida de Kardia – dijiste, ¿vigilar a Hestia? – Regulus asintió – ¿Por qué querría Zeus vigilar a la que considera como "su más amada hermana"? – el jovencito se encogió de hombros.
– Hestia es una mujer peligrosa – dijo Aldebarán – Es todo un enigma. Nadie conoce sus intenciones, nadie sabe de qué lado está. Siempre ha permanecido imparcial, pero ¿qué pasaría si intentara aliarse con Atena? Eso sí que sería un problema para nuestro señor Zeus.
– Tonterías – escupió el de Antares, dándoles la espalda, dispuesto a partir finalmente.
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Santuario de Atena.
Al caer la noche del segundo día, luego de la partida de Atena, Mu pudo reconocer al instante el cosmos que acababa de caer en el exterior de su templo, así que se apresuró a la entrada. Allí se encontraba Saori, con sus ropas rasgadas y el báculo de Niké, que había abandonado el Santuario a pocas horas de la partida de la diosa, convertido en un fino colgante, con el símbolo de la diosa de la victoria. Pero, su señora no estaba sola. Un misterioso personaje la cargaba en sus brazos. Se trataba de un hombre de apariencia cansada. Tenía el cabello, bigote y barba de color castaño y vestía una túnica blanca bastante sencilla.
El santo de Aries se preparó para atacar, pero con sólo una mirada, el misterioso hombre logró que el caballero quedara de rodillas.
– Qué impetuosos son los jóvenes de esta época. ¿Verdad, señorita Atena?
La mujer abrió lentamente los ojos y sonrió, al encontrarse con el rostro alegre de aquel que las había llevado a ella y a Niké, a salvo, de regreso al Santuario. Ante la atónita mirada de Mu, que se había quedado sin habla, Atena se incorporó, dedicándole una leve inclinación de cabeza al extraño.
– Muchas gracias, honorable Prometeo.
– ¿Prometeo?
– Así es. Él es quien me condujo segura hasta las entrañas de la Madre Tierra. También, guio nuestro camino de regreso.
– Te la debía, ahora me voy – dijo – Y recuerda lo que te dije, no es del poder militar al cual debes temerle.
Y Prometeo desapareció, en una nube de polvo.
– Señorita Atena… – empezó Mu – Me alegra ver que regresó sana y salva. Estábamos muy preocupados por usted.
– Mu, ¿hay algo que deba saber? – preguntó la diosa, al notar la mirada perdida de su guardián.
– Sobre lo que dijo el señor Prometeo… verá… Cuando Ikki regresó del palacio de Hestia, parecía bastante alterado por algo – Atena lo observó con atención – No dijo mucho, tan sólo se limitó a repetir, "Esmeralda, ¿por qué tú…?".
– ¿Esmeralda? – Atena abrió los ojos, sorprendida – No, no puede ser – y comenzó a ascender las escaleras del templo de Aries – No es posible, Hera, ¿tú también vas a jugar con nosotros de esta forma?
Sin comprender las palabras de la diosa, Mu la siguió.
– No es al poder militar al que debemos temerle – repitió Atena, mientras ascendía hacia Tauro.
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Palacio Valhala, Asgard.
Habitación de Alberich.
No era la primera noche que esa voz asaltaba sus sueños y lo hacía sobresaltar. Era como si su pasado lo persiguiera, para recordarle que no era merecedor de esa segunda oportunidad. Harto de removerse entre las sábanas, Alberich se incorporó y tomó la botella de vodka que descansaba sobre su mesa de lectura. Se sirvió un trago y se sentó en un sofá junto a la ventana, de espaldas a la puerta.
"¿Qué es lo que te pasa?
¿Cuándo te volviste tan débil?
Tú, que una vez arrancó el casco de Odín de su orgullosa testa, que una vez osó montar al salvaje Sleipnir. ¿Acaso olvidaste quién eres? ¿No lo recuerdas?
Hubo una época en la cual las sombras cubrieron a Odín. Él, joven e ingenuo en ese momento, sucumbió y casi lleva a esta tierra a la perdición. La oscuridad nos cubrió y en ese momento, un héroe emergió. Un hechicero que había pasado toda su vida en las sombras de la historia. Cuyos logros fueron opacados por la hazaña de unificación llevada a cabo por Odín. ¿Te suena familiar?
No, seguro que no. Eres muy ingenuo aún para recordarlo. Pero, seguro que sí recordarás tus delirios de grandeza, aquellos que te llevaron a traicionar a tu señora, deseando hacerte con el control de esta tierra congelada. No te preocupes, no te juzgo, la verdad es que ser el soberano es lo que mereces. Sólo aguarda, muchacho, el calor de la batalla, el olor de la sangre, traerá a ti esas memorias perdidas.
¿Quién soy, te preguntas? Pues, tú lo sabes, sólo que no lo recuerdas. Pero no tienes que esforzarte, los recuerdos vendrán, joven. Los recuerdos volverán a ti.
En este mundo corrupto al que un corrupto Odín ha regresado, en una época en la cual Odín se alía con quienes fueran sus enemigos, sin importarle el destino de sus descendientes, brillará la luz del señor de los Nibelungos."
– "El señor de los Nibelungos" – repitió el guerrero.
– El señor de los Nibelungos, mejor conocido como Alberich, el grandioso hechicero de la época del mito, involucrado en la creación de los nueves lugares en los que se divide el universo nórdico. El "rey de los Elfos", señor de gran belleza y experto joyero. También conocido como el ancestro de los grandes dioses principales.
Alberich suspiró.
– Andvari, ¿es que acaso no has aprendido a tocar la puerta antes de entrar?
– Estás actuando raro, hermano – dijo la chica, colocándose detrás del sofá – Apenas y duermes, no dejas tus libros, ya no quieres entrenar conmigo, ni siquiera me escuchas tocar. Actúas como un extraño con todos y… estás teniendo unas extrañas pesadillas, de las cuales no le has hablado a nadie – Alberich estrujó el vaso de cristal, rompiéndolo.
– Andvari…
La chica se acercó para limpiar con su bata los restos de sangre. Cuando lo hubo hecho, se sentó al lado del sofá, apoyando su cabeza en el regazo de su hermano. Alberich se sorprendió, pero pronto sus rasgos se suavizaron y comenzó a deslizar sus dedos por el sedoso cabello de la joven. Andvari se relajó y cerró los ojos.
– Sabía que lo único que te hacía falta era mi compañía – el chico frunció levemente el ceño, antes de decir:
– ¿A qué te refieres?
– Tu cosmos. Se siente más tranquilo ahora – respondió – Antes, cuando entré, parecía perturbado, fuera de control. Y últimamente, he notado que es frecuente. No comprendo por qué; siempre has tenido un control admirable de tu cosmos.
– Será acaso, ¿por qué ya estoy muerto? – espetó, con una fría risotada – Esta es tan sólo una vida prestada, para cumplir con los caprichos de una diosa egoísta. Pronto regresaré al sitio al que verdaderamente pertenezco.
– Alberich… tú… ¿por qué crees que nuestros padres te dieron ese nombre? Alberich, un nombre que inspira respeto y orgullo – el aludido se encogió de hombros – Bueno, pues yo creo que ese nombre refleja tu verdadero ser – la chica se puso de pie – Ahora, creo que deberías dejar de beber y volver a dormir. Algo me dice que mañana será un día… interesante.
– Sonaste exactamente igual a nuestra madre – los hermanos se sonrieron.
– Buenas noches, hermano.
Andvari cerró las puertas de la habitación tras ella, dejando la estancia de nuevo en completo silencio. El joven se incorporó y alcanzó un viejo libro que yacía olvidado bajo una montaña de pergaminos que había estado elaborando desde que regresó a la vida. El libro tenía el emblema de la familia de los Alberich, algo gastado y apunto de desaparecer. Lo abrió y se perdió entre sus páginas.
– Mi verdadero ser, ¿eh?
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Me quedó bastante extenso y presiento que los demás serán así, considerando el rumbo que han tomado los acontecimientos. Cambiando un poco de tema, no he tenido demasiado tiempo para dedicarlo a mi blog, así que les dejaré unas cuantas referencias rápidas que servirán de apoyo al capítulo y, en cuanto logre acomodarme con mi trabajo y la universidad, pondré la información más detallada en el blog.
Equidna, en la mitología griega, era una ninfa monstruosa, considerada por algunos como descendiente de Tártaro y Gea. Era un ser llamado Drakaina Delphyne, que significa "vientre de dragona".
Alpo y Éurito, son los nombres de dos gigantes, de la primera generación. Los gigantes suelen ser descritos como seres humanoides con serpientes en vez de piernas.
En la mitología griega, suele decirse que el Tártaro es el mismo vientre de Gea, donde Urano escondió a cíclopes y hecatónquiros, provocándole a Gea un gran dolor.
Tellus o Terra Mater eran los nombres por los cuales se le conocía a Gea, en su equivalente romano. Cabe destacar que los romanos no distinguían una titánide Tierra de una diosa del grano.
De nuevo, el capítulo 11 va ya más allá de la mitad, así que espero no tardar tanto para publicarlo. ¡Gracias a todos por su fidelidad y paciencia!
