Aprendiendo al estilo Jasper

Parecía que Jasper se había ido a hablar con Peter hacia semanas. Pero solo había pasado un día desde que encontré la nota y descubrí el secreto de mi antiguo yo.

Era otra vez hora de ir al colegio y, por primera vez en un tiempo, tenía muchos deseos de ir. Más bien de salir de mi casa, de distraerme de la espera y la ansiedad. Que mi amor no estuviera cerca me ponía nerviosa.

Nunca tuve ansias de ir al colegio, más que nada porque me parecía una cárcel. Literalmente. Su infraestructura estaba diseñada igual que un presidio: galerías de aulas rodeando un único patio central, de modo que quien se parase en medio del patio, vería todo lo que ocurre en el recinto. Como el interior era totalmente techado, al salir, al mediodía, me sentía un vampiro, la luz del sol me dañaba. Había una sola puerta de entrada, que en las mañanas se solía atascar de gente. Y esa mañana no era la excepción a la regla. Una pequeña multitud de gente se agolpaba ahí. Vi con desapruebo como los alumnos mayores aplastaban sin escrúpulos a los de primer año. Después de batallar un poco finalmente me encontré pisando las grises baldosas del patio. Atravesé de manera transversal el edificio hasta llegar a mi sala, escondida en un rincón cerca de los baños. Este medio escondrijo nos permitía a mis compañeros y a mi escapar de la vigilancia de los profesores. Podía estar sucediendo una fiesta ahí dentro y nadie se enteraría.

-Del mismo modo un asesino podría colarse por la ventana y tampoco se enteraría nadie…- pensé riéndome.

En cuanto entre al salón unos pocos pares de ojos me miraron sorprendidos. Usualmente llegaba siempre tarde. Que puedo decir, me gusta demasiado dormir…

Ignoré las burlas de mis compañeros de clase y me senté en mi banco, que estaba helado.

-Te caíste de la cama??- me pregunto Tatiana. Ella si llegaba todos los días de madrugada.

-No…. Solo me dieron ganas de llegar temprano hoy…

De puro aburrimiento por haber llegado temprano me puse a observar a mi amiga. Tatiana tenía una carpeta color negro, con fotos de cada uno de los libros en ella. El fanatismo entre nosotras era habitual, pero al ver los nombres de cada Cullen en pareja, uno junto al otro, rodeados de un corazón, mire con mucha atención. Después de revisar los libros y comprobar que Jasper en realidad nunca había estado ahí era muy extraño pensar por qué mis amigas también sabían de él. Me pregunté si ella recordaría a "Javier"…. Tal vez así como había aparecido Jasper en sus mentes antes, se les había borrado de la cabeza a mis mejores amigas. En la carpeta de Tatiana no aparecía su nombre, y pasados unos minutos tampoco menciono a Javier…ni ella ni Melanie mas tarde.

La mañana continúo muy normalmente. Hasta la última hora, la de historia.

En el aire se respiraba el aburrimiento propio de haber pasado cuatro horas en el recinto. Generalmente la última hora era muy poco merecedora de atención, los directivos sabían que ningún alumno se la tomaba en serio, por lo que trataban de poner las materias más pesadas, como física y matemática, en las horas medias. Esta clase era una excepción a la regla, tanto por no ser precisamente ligera, como por haberse ganado ese año la atención de la gran mayoría de las alumnas.

-Su profesor de historia renunció al cargo, le dieron un mejor puesto en un colegio privado- Anunció Mariana, nuestra preceptora.

Se escuchó un potente lamento por parte de mis compañeras de curso. Se quejaban, decepcionadas, del cambio de profesor. Elías Rück se había ganado fama por su figura claramente extranjera. La carne es débil. Era alto, rubio con ojos de un azul imposible. A mí también me gustaba, pero por su manera de dar la clase, si saltabas la pared de su belleza física, encontrabas a un verdadero apasionado de su materia.

Mariana pidió con un leve gritito silencio para presentar al nuevo regente de las horas de historia. Por mi cabeza pasaron cientos de imágenes, mujeres estiradas, viejos medio sordos, hombres amargados por divorcios, al tratar de prever quién sería. El nuevo profesor o profesora se mantenía oculto a mi vista detrás de una columna cercana al salón. Mariana le llamó con un gesto suave de las manos.

Me quede anonadada por un segundo. Quien entro por la puerta, con gráciles movimientos, no era en absoluto ninguno de los especímenes que me había imaginado.

Era alto, muy alto. Su melena rubia se asemejaba a la de un león, caía elegantemente formando unas suaves ondas, que iban en una gama descendiente: del castaño muy claro al color dorado de la miel. La juventud brillaba en su semblante y se reflejaba en su atuendo. Una camisa color azul cerúleo arremangada hasta los codos, dejando ver su piel de una blancura imposible, un jean oscuro y zapatos negros. No aparentaba tener más de veinte años. Solo sus ojos, de un color azul tan intenso que dé a ratos parecía negro, delataban todo lo que había visto. Había en ellos una sabiduría que a simple vista no se percibía, un dejo de melancolía que no se ocultaba por la evidente alegría recién adquirida. Cosas que solo una persona que lo conociera bien notaria.

Se detuvo en el centro exacto del pizarrón verde y recorrió los rostros de sus alumnos con la vista. Dejándome para el final. Cuando nuestros ojos se encontraron sonrió un poco. Se estaba divirtiendo horrores con mi reacción.

-Chicos, él es Javier Wagner- dijo Mariana

-Buenos días…- la voz del hombre era tan parecida a una suave melodía que automáticamente me relajé. O tal vez fue su poder.

Nadie contestó al saludo. La mitad del curso, el lado femenino, se había quedado con la boca abierta, extasiadas ante ese ser tan parecido a un ángel. Y la mitad masculina también se había quedado sin habla. Por el rabillo del ojo divise cómo mi compañero Víctor meneaba la cabeza, alternando entre el hombre y el rostro estupefacto de Gabriela, su novia.

Unos pocos segundos pasaron antes que la fuerte viveza femenina cambiara el entorno de sorpresa a coquetería.

-Buenos días- dijeron, en un perfecto coro de sopranos. No pude evitar resoplar de celos al percibir el intento de seducción que escondían esas dos simples palabras. Empeño que solo una mujer podría entender.

Jasper se sentó en el escritorio y firmo el libro de asistencia de los profesores, como si hubiera dado clases de secundaria toda su vida. Acto seguido se puso de pié y abrió la boca para comenzar su clase. Una tosecilla le interrumpió.

-Ejem…Sr, necesita algo más?- dijo suavemente Mariana.

-No, gracias por todo. Llámeme Javier por favor- sonrió. Casi sentí pena por el ataque que seguramente le estaría dando a mi preceptora producto del dulzor en la voz de Jasper.

La mujer se retiro torpemente, murmurando algo para sus adentros. Mientras Jasper recomenzaba su intento de hablar.

-Bueno, a partir de hoy soy el suplente de historia. Esto será solo hasta que el colegio consiga un profesor más adecuado- un nuevo murmullo de tristeza se produjo- puesto que yo solo llevo pocos meses ejerciendo la profesión. El tema en el cual se habían quedado fue la restauración de la paz luego de los enfrentamientos entre unitarios y federales, ¿verdad?

Una nueva interrupción a Jasper vino de una de mis compañeras. Amalia Serrano.

-Ejem, ¿profesor?- dijo levantando la mano- disculpe, pero acostumbramos a presentarnos mutuamente cuando cambiamos de tutor en alguna materia- alcé una ceja ante esta mentirota- ¿Podría decirnos algo de usted?

-Podría-concedió Jasper-… ¿pero, qué quisieran saber?

- Por ejemplo, su edad….- aventuró Amalia esperanzada.

-Su estado civil…- Murmuró Gabriela, para desconcierto de Víctor.

Jasper se rio muy por lo bajo, haciendo que su pecho y su melena se agitaran al compás.

-No me parece realmente necesario que les otorgue esa información, sin embargo lo haré como un regalo de inicio de clases- Hizo una breve pausa para cruzar miradas conmigo- tengo 23 años y estoy comprometido con la mujer más maravillosa que puede existir.

Le sonreí discretamente, para que nadie se diera cuenta que el mensaje estaba destinado a mí. Por descontado seguíamos comprometidos. Nada en el mundo haría a Jasper ceder en ese aspecto. Yo le pertenecía desde antes de haber nacido siquiera. Adoraba esa manera suya de pensar. Mis compañeras intercambiaron una secreta decepción mediante miradas. Tuve ganas de reírme arrogantemente, pero no lo hice.

-Ahora que me eh presentado y cumplido sus exigencias, volvamos al tema que nos compete…- dijo seriamente Jasper.

A continuación comenzó a relatar con verdadera maestría los sucesos referidos a la restauración de la paz en el país. Se explayó incluso un poco más adelante, dando innumerables detalles. Como esa parte del programa se refería al contexto mundial de la situación pudo dar su propia impresión de los hechos. Obviamente él había estado ahí para verlos.

No tuve tiempo ni deseos de contemplar la reacción de las otras mujeres ahí presentes. Me encontraba absorta en la explicación. Aunque, debo decirlo, más aun en la música embriagadora de su voz, que parecía seguir una partitura en lugar de sus ideas, cada palabra estaba perfectamente en armonía con las anteriores. Mientras daba la clase se paseaba por el salón con grácil andar, de modo que todos puedan oírlo (la acústica no había sido el fuerte de los arquitectos encargados del edificio) y al pasar junto al banco que compartíamos Tatiana y yo sentí como su mano se movía con rapidez vampírica sobre mi cabeza. Una especie de caricia clandestina que hizo que mi estomago se llenara de mariposas y mi corazón bailara de alegría. Jasper detuvo su andar felino un momento cuando, contagiado por mi júbilo, sintió la urgencia de reír. Pero supo disimularlo con una leve tosecilla y levantando un libro que se había caído al suelo. Lo curioso del asunto fue que con este simple movimiento, hecho con velocidad humana por supuesto, se produjo una reacción en cadena. De manera consecutiva, empezando por mi vecina Amalia, todas y cada una de las chicas de mi clase se voltearon con los ojos clavados específicamente en la retaguardia de mi Jasper. Donde se detuvieron sin pestañear durante todos los cinco segundos durante los cuales estuvo inclinado.

- Si serán pesadas… horda de babosas…- dije sin darme cuenta del tono, creí que lo había dicho para mis adentros, cuando en realidad lo dije a media voz. Lo suficientemente alto como para que las personas que me rodeaban me oyeran. Jasper incluido.

- Disculpe, ¿qué dijo señorita?- dijo con severidad.

Le miré entre sorprendida, desconcertada y a medio reírme. Pero no dije una palabra. Él se dedico a observarme unos momentos más y continúo como si nada hubiera pasado.

Momentos después el timbre de salida sonó y Jasper saludo fugazmente a los alumnos mientras guardaba un libro en su maletín. Me demoré apropósito haciendo como que buscaba un lápiz perdido, esperando que todos salieran para hablar con mi profesor.

- Si crees que estas castigada por lo que dijiste no es así Karina, puedes irte- y agrego mas suavemente- te veré en tu casa.

Y a continuación salió sin más, dejándome con miles de preguntas en la boca y la gran noticia dando vueltas en mi cabeza.