CAMBIOS
Por Catumy
Capitulo 10
Kagome arrojó al suelo el lápiz que, inútilmente, había intentado manejar con su mano derecha. Pero el vendaje de yeso no le facilitaba la tarea en absoluto. Con un suspiro de resignación, cerró el cuaderno en el que intentaba resolver unos problemas de matemáticas diciéndose a sí misma que quizás más tarde intentaría escribir con la izquierda. Aunque la verdad era que no tenía la más mínima intención de hacerlo.
Movió la mano derecha hasta dejarla a la altura de sus ojos. El yeso, blanco en su día, estaba completamente cubierto de firmas y dibujos de sus compañeros de clase los cuales, acostumbrados a sus enfermedades y lesiones, no hicieron demasiadas preguntas acerca de cómo se había fracturado los dedos. Su vista se quedó fija en la dedicatoria que Hojo le había escrito: "Me alegro de que esta vez puedas recuperarte junto a tus amigos". Sonrió con tristeza.
Pero Hojo se equivocaba, ella no estaba recuperándose junto a sus amigos. Sus amigos, sus verdaderos amigos, estaban quinientos años atrás en el tiempo. Había pasado tanto tiempo en el Sengoku que hasta sus amigas de toda la vida era casi como extrañas para ella. Y ahora que tenía la oportunidad de recuperar el tiempo perdido, no hacía más que añorar su otra vida. Deseaba regresar al pasado.
Una pequeña lágrima se asomó a sus ojos. ¿Acaso no era eso lo que ella deseaba? Una vida normal, con sus amigos de siempre, sus estudios, su familia… No estar jugándose la vida diariamente, marcharse de casa sin saber si esa iba a ser la última vez que podría ver a su madre… ¿No era ella la que siempre decía que quería recuperar su antiguo estilo de vida? Y, ahora que lo tenía, no lo deseaba. Lo único en lo que pensaba era en meterse dentro del pozo y reanudar la búsqueda de los fragmentos. Con sus amigos. Con… Inuyasha.
Se levantó de la silla y fue a tumbarse en la cama, cuidando de no aplastar a Buyo, que dormía plácidamente sobre las sábanas. Desde que se despidió de Inuyasha, doce días antes, no había dejado de pensar en él ni un momento. Imaginaba que debería estar haciendo en su ausencia. ¿Estaría buscando más fragmentos? Era algo poco probable teniendo en cuenta que ella era la única que podía detectarlos. ¿Discutiría continuamente con Shippo y le golpearía por la más mínima nimiedad? Eso era más que probable. Sintiéndose culpable, no pudo evitar una sonrisa. Pobre Shippo. No tenía nada que hacer frente a Inuyasha.
Pero había sido ella la que le había pedido que se marchara. En aquel momento creyó que sería una buena idea, que la distancia la ayudaría a pensar pero… cada día que pasaba era un tormento. Saber que podría verle con un pequeño salto a través del tiempo y que por su cobardía lo había alejado… A demás, con cada día que iba pasando, su ansiedad aumentaba progresivamente. Y si seguía a ese ritmo, probablemente el día en que él fuera a buscarla, se le tiraría encima y le cubriría el rostro de besos ¿Cómo era posible tener tantas ganas de ver a alguien?
Cerró los ojos y se concentró en la imagen que dibujó su mente. Podía ver con claridad las doradas orbes que la miraban con fijeza, la sonrisa arrogante y peligrosa, las garras afiladas… Podía ver ese par de orejas plateadas coronando una cabellera del mismo color y el llamativo traje rojo de Inuyasha. Abrió los ojos, asustada. Por un momento le había parecido que estaba siendo observada. Corrió hacia la ventana con la esperanza de encontrar al dueño de sus pensamientos pero no vio nada fuera de lo normal. Su imaginación debía haberle jugado una mala pasada.
Entonces algo llamó su atención. El árbol del tiempo. Sin saber muy bien por que, dejó la ventana y salió corriendo escaleras abajo, ignorando a su madre que la reprendía por no tener cuidado al bajar de aquella manera tan alocada. Se calzó los primero zapatos que encontró y salió al exterior de la casa.
Kagome se estremeció. Esa necesidad de urgencia, las prisas por bajar a ver lo que el árbol ocultaba entre sus ramas ¿Tenían que ver con el Sengoku? Quizás ambas épocas hubieran vuelto a conectarse y ella, sin ser consciente de ellos, lo había notado. Se acercó con cuidado, pero sin dejar de escudriñar las ramas del viejo árbol, buscando un resplandor plateado entre el follaje. Pero no había nada.
Estaba a punto de darse por vencida cuando un trocito de corteza del árbol fue a parar sobre su cabeza. Y ella comprendió. Lo que fuera que la estaba llamando con urgencia no estaba a los pies del árbol, sino entre sus ramas. Y para verlo con sus propios ojos tendría que subir.
Con gran esfuerzo comenzó a trepar en dirección a la rama donde Inuyasha acostumbraba a sentarse cuando estaba en ese tiempo. La escayola entorpecía sus movimientos enormemente pero no estaba dispuesta a rendirse. Allí arriba había algo que la estaba llamando. Realizó un último esfuerzo para levantar su cuerpo hasta alcanzar su destino. Una vez arriba no pudo reprimir una sonrisa.
Allí, en la corteza del árbol, había unas marcas alargadas, como de garras. Las contó. Doce. Doce marcas… Con la yema de los dedos acarició cada una de ellas sintiéndolas cálidas contra su piel. Y tuvo la certeza de quien las había provocado y también el por que. Alguien estaba contando los días que llevaba lejos del Sengoku… Y ese alguien solo podía ser una persona. Inuyasha. La echaba de menos…
En un impulso, abrazó el tronco del enorme árbol, sintiéndose reconfortada de inmediato. Cerró los ojos y sintió como si unos fuertes brazos le devolvieran el gesto. No importaba la distancia ni los años que los separaran. Pasara lo que pasara, Inuyasha siempre estaría a su lado.
-.-.-.-.-
Inuyasha clavó una de sus garras en el árbol y dibujó una línea recta. Había pasado otro día… quedaban dieciocho. Se maldijo mentalmente por haber aceptado mantenerse al margen de Kagome durante un mes entero. Claro que, aquel día, no tenía la más remota idea de que fuera a ser tan difícil el permanecer separado de ella. Se había acostumbrado a su presencia, a su amistad, a su continua palabrería e incluso a sus osuwaris. Tenía que reconocérselo a sí mismo, la extrañaba muchísimo.
Mientras que Miroku y Sango habían aceptado que Kagome se quedara en su tiempo para recuperarse de sus heridas, Shippo estaba furioso por ello. Desde el día en que la muchacha partió, el pequeño cachorro no le había vuelto a dirigir la palabra, y no paraba de soltar indirectas cuando sabía que el hanyou no podía tomar represalias contra él. Como la tarde anterior, cuando habían cenado unos peces insípidos y había dejado caer un comentario del tipo 'Si Kagome estuviera aquí podríamos comer en condiciones. Lástima que algunos sean tan estúpidos como para lastimarla'. Y él, ante la mirada interrogante de Sango y Miroku, no podía hacer nada salvo morderse la lengua y contener el puño. No deseaba tener que responder a un interrogatorio, y mucho menos exponerse a las miradas acusadoras de sus compañeros. Bastante tenía con la culpa que sentía.
Volvió a clavar la garra sobre la marca que acababa de realizar y la repasó, haciéndola más profunda. Fue en ese instante cuando sintió una especie de calidez extendiéndose a través de su mano y por todo el cuerpo. Fue a apartarse pero le detuvo la sensación de estar siendo abrazado. Se quedó muy quieto y pudo reconocer el aroma de Kagome en el aire. Sonrió y pasó sus brazos alrededor del grueso tronco, abrazándolo con fuerza.
Ya no le cabía ninguna duda de que ella también le estaba extrañando y que, en su tiempo, pensaba en él. Tuvo la tentación de olvidarse de todo, de la promesa de dejarla recuperarse antes de ir a buscarla para saltar al pozo y devolverle ese abrazo en persona pero recordó un problema que le había obligado a mantener las distancias con ella desde algún tiempo atrás. Antes de nada, tenía que encontrar una solución. No podía arriesgarse de nuevo y perder el control con ella.
Pero, de momento, se quedaría un rato más disfrutando de aquella agradable sensación de cosquilleo que recorría su espina dorsal. Solo un rato más.
-.-.-.-.-
Los días fueron pasando lentamente en ambos mundos. Tanto Kagome como Inuyasha acudieron a su cita diaria puntualmente, no importara que lloviera a cántaros o que luciera un sol de espanto. Cada tarde, encaramados al árbol del tiempo, contemplaban como el sol se ocultaba y disfrutaban de la presencia del otro, aunque ésta no fuera física. Para ambos jóvenes, esos breves 'encuentros', significaron un leve paliativo de su larga separación.
Durante todo ese tiempo, Inuyasha aprovechó para ordenar sus ideas. Sabía que estaba comenzando a sentir algo por Kagome, algo que creía que nunca sentiría por nadie… hasta entonces. Kagome, de alguna forma, había conseguido meterse bajo su piel. Tanto que había estado contando los días que quedaban para reencontrarse con ella. Él, que siempre había presumido de no tener que depender de nadie… Ahora dependía de Kagome, quisiera o no. Y eso, aunque no le molestaba, le hacía sentirse extraño consigo mismo.
Y, por otra parte, estaba ese extraño comportamiento del que hacía gala cuando se encontraba cerca de ella… ¿Por qué se comportaba así? La había acariciado de forma poco adecuada, la había deseado, había lamido su piel e incluso la había besado en una ocasión… Por no hablar de la ocasión en que estuvo a punto de clavarle sus colmillos, la noche de la boda de Sango y Miroku, cuando ambos conversaban en el tejado de la casa de Kaede o cuando ella descubrió la erección más dolorosa que había tenido en todos sus años de vida ¿Por qué se descontrolaba de esa forma ante Kagome?
Quería estar con ella… pero temía lastimarla. Y esa sensación de perder el control… era exactamente lo que sentía momentos antes de que su parte de youkai le dominara en las batallas. Y eso era una mala señal. Estaba seguro de ello.
-.-.-.-.-
Por fin llegó el día en que Kagome, supuestamente, iba a regresar al Sengoku. En el pueblo de Kaede, todos los aldeanos se afanaban en preparar una fiesta para celebrar su regreso. Shippo le había pedido a la anciana sacerdotisa que le cepillara el cabello y el pelaje de su hermosa cola para lucir bien frente a la muchacha. Sango y Miroku estaban ansiosos por mostrarle a su amiga lo rápidamente que el vientre de la exterminadora estaba creciendo… Todos esperaban, expectantes, el momento en que Inuyasha saliera de la cabaña de Kaede y se dirigiera al pozo devora huesos a buscar a Kagome.
El hanyou, sentado en la oscuridad, podía escuchar perfectamente el ajetreo de los aldeanos, así como oler el festín que preparaban. ¿Todo eso para celebrar el regreso de Kagome? Esa maldita jovencita, al parecer, también había conseguido que todo el mundo en el pueblo la adorara, a pesar del poco tiempo que pasaban allí.
- ¡Keh! Ya pueden preparar lo que les dé la gana, Kagome solamente vendrá al pueblo cuando yo haya terminado con ella…
Se puso de pie de un salto, furioso consigo mismo no solo por haber pensado algo así, sino por haberlo dicho en voz alta. Afortunadamente, no había nadie lo suficientemente cerca como para haberle escuchado. Se pasó las garras por el cabello, tratando de despejar su cabeza pero no funcionó. Kagome ocupaba todos sus pensamientos… incluso los más lujuriosos. ¡Se estaba volviendo como Miroku!
- ¿Inuyasha? – Se oyó la voz de Sango al otro lado de la estera que hacía las veces de puerta - ¿No va siendo hora de que vayas a buscar a Kagome?
Él se maldijo por su mala suerte. Precisamente en el momento en que más descontrolado estaba su cuerpo, A Sango se le ocurría que ya era hora de que se pusiera en movimiento. Miró hacia abajo, donde un trozo de su propia carne se empeñaba en mostrarse al mundo en todo su esplendor. Gruñendo, se acomodó la ropa e intentó ocupar su mente en cosas lo más alejadas posible de la muchacha a la que llevaba un mes sin ver.
Pasó más de media hora hasta que decidió que su cuerpo estaba lo bastante tranquilo, aunque no del todo, para salir a la vista de todos.
En cuanto puso un pie en el exterior de la cabaña, sintió decenas de ojos clavados en él. Personas que le miraban con esperanza en lugar de con el miedo que habían sentido años atrás. Ahora él ya no era el malvado hanyou que deseaba robar la perla de Shikon. Ahora era Inuyasha. El compañero de Kagome. Quien mantenía la aldea libre de demonios y protegía a la sacerdotisa que tenía que reunir los fragmentos de la perla para terminar con las penurias de toda la región. Ahora todos le apreciaban… ¿era eso también obra de Kagome?
Sin mirar a nadie en especial, comenzó a caminar en dirección al pozo devora huesos, nervioso porque todo el mundo permaneciera callado a su paso. No se oía nada, ni tan siquiera a los animales. Todos estaban concentrados en cada uno de sus movimientos, lo que consiguió ponerle más que nervioso. Cuando sintió que el tic de su ceja se incrementaba peligrosamente, sintió deseos de correr pero se abstuvo de hacerlo. No quería que todo el mundo pensara que estaba desesperado por ir a buscar a Kagome como si fuera… como si estuviera… ¡Demonios! No quería que hablaran sobre él, eso era todo.
Pero en cuanto salió del campo visual de los aldeanos, echó a correr por entre los árboles con toda la velocidad que le dieron sus piernas. Tuvo suerte de escuchar la vocecilla que le llamaba desde algún punto cercano al suelo.
- ¡Señor Inuyasha!
Se detuvo en seco. Myoga. Si ese diminuto youkai lo buscaba significaba dos cosas. La primera era que no había ningún peligro en los alrededores, eso era seguro. La segunda era que probablemente la pulga tuviera algo importante que decirle. El anciano dio un par de saltos hasta posarse en la mano que el hanyou tenía extendida.
- Lo que sea que tengas que decirme hazlo deprisa o espera hasta que regrese.
- Señor Inuyasha ¿A dónde va con tanta prisa?
- A buscar a Kagome – murmuró él entre dientes. Sabía que Myoga no se burlaría de él ni de su estado de agitación, pero seguía sin gustarle el tener que abrirse a él.
El viejo Myoga posó sus patas sobre la palma de la mano de Inuyasha, sintiendo la sangre caliente del hanyou fluir muy cerca de la superficie. Y de pronto algo extraño cruzó por su mente, dejándolo preocupado.
- Señor Inuyasha… me temía que este momento pudiera llegar…
- ¿De qué estás hablando? – las sombrías palabras del viejo no le habían gustado en absoluto.
Myoga seguía absorto en la piel del hanyou, concentrado en el palpitar que sentía a sus pies. Esa sangre caliente que estaba a pocos milímetros… Un solo picotazo le separaba de la dulzura de la sangre mezclada del hanyou… ¡Y como le encantaba la textura que tenía la sangre de su señor! Sin poder contenerse, le dio un picotazo a Inuyasha, y succionó esa sangre que había conseguido llevarlo a un estado de trance. Pero apenas había probado unas gotas cuando una enorme garra cayó sobre él, dejándolo medio aplastado.
- ¡Ya te advertí que no me hicieras perder el tiempo! – dejó que la pulga cayera al suelo y se preparó para continuar con su camino pero, de nuevo, la voz de Myoga le interrumpió.
- ¡No puede ir a buscar a Kagome en ese estado!
-.-.-.-.-
Kagome, mientras tanto, trabajaba afanosamente. Apenas había regresado de la consulta del médico, donde le habían retirado la escayola, cuando se puso a preparar la mochila con todas las cosas que pensaba llevarse en su regreso al Sengoku. Libros sobre bebés y su cuidado para Miroku y de preparación al parto para Sango, dulces y lápices de colores para Shippo, variedades de té para Kaede y toneladas de ramen instantáneo para Inuyasha. Eso sin contar sus libros de texto, el botiquín, la ropa y los demás 'trastos inútiles', como los llamaba el hanyou.
Obviamente, apenas podía mover la mochila cuando terminó de cargarla de cosas. La arrastró a duras penas hasta la entrada y se sonrió a sí misma pensando que sería Inuyasha quien cargaría con todo aquello. Después subió de nuevo escaleras arriba para bañarse. Un mes llevando escayola había echo estragos con la suave piel de su brazo y necesitó echar mano de todas sus cremas hidratantes y jabones especiales para dejarla como nueva. Ya lavada, peinada y arreglada, no le quedaba nada más que esperar a que Inuyasha apareciera por la puerta para llevarla con él al Sengoku.
Había pasado un es entero… En esos días, Kagome había disipado casi todas sus dudas con respecto a su relación con el hanyou excepto lo que concernía al extraño comportamiento de Inuyasha los días antes de su partida. Sabía que algo andaba mal en él, pero no se le ocurría nada. Claro que, en la primera ocasión que tuviera para estar a solas con él, tenía toda la intención de preguntarle que era lo que le ocurría.
Por lo demás, todo estaba bien. Ella tenía más que claro que podía confiar en Inuyasha. Que, por más celoso que él estuviera, jamás iba a lastimarla. Sabía que siempre le decía cosas de las que luego se arrepentía pero que solamente era culpa de su estúpido orgullo de hanyou. Y las disculpas que ofrecía le costaban horrores pero que siempre eran sinceras. Lo comprendía todo… Y se moría de ganas de decírselo.
Cuando se cumplió una hora de espera, en la que había mirado el reloj aproximadamente unas cien veces, se percató de lo nerviosa que estaba. Iba a ver de nuevo a sus amigos… Viajaría en el tiempo quinientos años atrás y volvería a aquella vida de la que tanto se había quejado… pero que tanto había echado de menos.
Movió distraídamente los dedos de su mano derecha. No le dolían en absoluto, pero no estaba segura de poder empuñar un arco con normalidad. En caso de una batalla, quizás no pudiera ser de mucha ayuda. Al menos ahora podía manejar un poco más sus poderes espirituales. Ya no sería una carga para nadie. Fuera como fuera, conseguiría que Inuyasha estuviera orgulloso de ella.
Volvió a mirar el reloj ¿Cuándo pensaba ir a buscarla Inuyasha? Miró por la ventana y descubrió que el sol estaba muy alto ya… Su madre finalmente le puso un plato de comida delante diciéndole que a Inuyasha no le importaría esperar unos minutos en caso de que la encontrara comiendo. Kagome se encogió de hombros y comenzó a comer en silencio y sin ganas.
Las horas siguieron pasando y el hanyou seguía sin dar señales de vida ¿Acaso se había olvidado de que ése era el día de su vuelta? Empezó a enfadarse por momentos. Clavó su mirada en el reloj hasta que pasó un cuarto de hora, segundo a segundo. Entonces se levantó de golpe, derribando la silla en la que había estado sentada hasta solo unos segundos antes.
- ¡Inuyasha eres un idiota!
Su madre, su abuelo y Souta se la quedaron mirando como si no la conocieran. Kagome les ignoró a los tres. Estaba realmente furiosa. No podía creerse que la estuviera dejando plantada. ¿Acaso a Inuyasha no le importaba lo más mínimo el haber estado separado de ella durante un mes entero? Más le valía tener una explicación convincente si no quería saborear la tierra. O, mejor todavía, lo haría sentarse tuviera explicación o no. Para que aprendiera a no tenerla esperando durante todo un día.
Decidida a enfrentarse al hanyou y a todo el que se atreviera a ponerse en su camino, Kagome se despidió de su familia y arrastró a duras penas la mochila hasta el borde del pozo devora huesos. De momento, su mano estaba respondiendo bien al esfuerzo, lo que la alegró. Iba a necesitar de todas sus facultades físicas para patear ese hermoso trasero con el que Dios había dotado a Inuyasha.
Se mordió un labio ante sus pensamientos ¿hermoso trasero? Si, para que negarlo. Todo en Inuyasha era hermoso, desde sus cabellos hasta la punta de sus pies. Y era absurdo engañarse a sí misma intentando pensar lo contrario. Si ésos eran sus sentimientos, no pensaba ocultarlos por más tiempo. Estaba cansada de tratar de engañarse a sí misma. Amaba a Inuyasha. A pesar de su mal genio, de sus celos, de su orgullo… a pesar de que no se acordara de ir a recogerla y la obligara a arrastrar por ella misma la gigantesca mochila. Lo amaba.
El siguiente movimiento fue todavía más difícil: tenía que tirar la mochila por el hueco del pozo… Cuando finalmente lo consiguió, estaba cubierta de una ligera película de sudor ¿Para eso se había arreglado con tanto esmero? Mandándolo todo al diablo, decidió que dejaría la mochila en el fondo del pozo ya que, hiciera lo que hiciera, era completamente imposible que pudiera subirla hasta el exterior del pozo. Así que Inuyasha tendría que ocuparse de ello en cuanto lograra despegarse del suelo. Lo tenía decidido. Y así lo hizo.
Con un simple salto, se vio envuelta en aquel suave resplandor azulado que tan bien conocía y, un segundo después, ya estaba en el Sengoku. Se agarró a las ramas de las plantas trepadoras que usaba normalmente y subió. Para su sorpresa, su mano herida no la decepcionó en ningún momento. Así, con un último empujón, estuvo fuera.
Con lo que no contaba era con encontrarse a Inuyasha sentado a los pies del pozo. Fue a gritarle algo, a ordenarle que se sentara pero se quedó callada, mirándolo. El hanyou tenía un aspecto sombrío, tan diferente de cómo era normalmente ¿Y si había ocurrido alguna desgracia durante su ausencia? Lentamente, Inuyasha se puso de pie frente a ella, que apenas había acertado a sentarse al borde del pozo.
- ¿Inuyasha? – Susurró ella - ¿va todo bien?
Él no dijo nada. Se acercó un paso y le cogió la mano bruscamente. Después de cerciorarse de que ese extraño vendaje había desaparecido, se acercó la palma de la mano femenina hasta la nariz. Y la olió. Era ella, Kagome había regresado.
- ¿Estás curada del todo?
- Si…
Inuyasha no necesitó saber más. Estiró de la mano que todavía sostenía y abrazó a la muchacha, aspirando con suavidad el perfume de sus cabellos. Kagome… la había extrañado tanto... Acarició los oscuros mechones con su garra, maravillándose de su sedoso tacto. Kagome, una vez recuperada de la sorpresa de verse abrazada tan íntimamente, pasó sus brazos por la espalda del hanyou, palpando la tensión de los músculos que tanto admiraba.
Para Inuyasha ese abrazo podía compensar el mal trago de haber estado un mes entero separado de ella pero… las palabras de Myoga resonaron en su mente… Tenía que mantener las distancias. De modo que, con gran dificultad, se separó de la muchacha.
- Vayamos al pueblo, te han preparado una especie de fiesta. – quiso andar, poner distancia entre ellos, pero Kagome le había sujetado por el cabello.
- Antes tú y yo tenemos cosas de las que hablar.
CONTINUARA
Besos, catumy
