Glitter Freezer
Disclaimer: Haikyuu pertenece a Furudate Haruichi
Anteriormente: El gimnasio está inutilizable por un desperfecto con las tuberías, y Hanamaki, quien ha terminado con su novia, le dejó a Oikawa sus entradas para una cena en un restaurant francés. Bokuto revolotea de la alegría.
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Para compensar todo el ocio deportivo de la semana, el acondicionamiento físico del sábado fue brutal. Quiero decir, brutal nivel matadero. En momentos como este, pienso en hacerme vegetariano, por solidarizar con alguna causa antes de mi muerte. Y luego pienso, que quiero devorarme una barbacoa apenas resucite. Se agota el oxígeno en mi cerebro y desvarío.
Mis brazos están deshechos, soy incapaz de levantar cualquier pesa. Ya no puedo más. El capitán no puede más. El líbero no puede. Nadie puede, nos morimos todos. El ayudante nos sobreexplota y grita y asesina. Es el fin.
Excepto, Aguante Infinito Bokuto.
Sus brazos son anchos y musculados. Sus bíceps, los tríceps, palpitan: Bokuto está vivo y ya va por su décima serie de flexiones suspendido en la barra, con descansos que no duran más de una centésima de segundo. Frota sus manos, me guiña un ojo, salta, se cuelga de la barra, y comienza. Sube y baja, sube y baja, no se detiene, sube y baja.
Mierda… ¡me guiñó un ojo! El muy cabrón.
Corrí al baño a echarme un chorro de agua helada. Bokuto subía y bajaba, subía y bajaba, en mis pensamientos.
Luego de aquella noche de la que me invento los detalles que se me escaparon, Bokuto y yo hemos empezado a forjar una relación pausada. Eso es lo que he estado pensando. Sin demasiadas caricias, y con nuestros dedos que apenas se tocan, no puedo dejar de comparar a aquel Bokuto con el que me mando mensajes de textos, versus el Bokuto lleno de estamina del gimnasio. Su naturaleza dual me es difícil de entender así que paso de las explicaciones, por mi bien.
Ojalá yo tuviera algo de aquello. De su complejidad, quiero decir. Y pensar que mi primera impresión de él fue que era una persona simple ¡ya quisiera! Me gustaría, por ejemplo, no tener que correr al baño a serenarme, y sentar la cabeza en lo que deberían ser mis prioridades.
—121 x 121—me reta el reflejo del espejo mientras me echo agua. Y luego de hacer unas cuentas con mis dedos, le respondo—: ¿14641?
Las matemáticas enfrían más que el agua, es así.
El entrenador Kobayashi llegó a la sala de máquinas casi para el final del entrenamiento del infierno. Su rostro mucho más arrugado que lo habitual no auguraba buenas noticias, y un aura negra y oscura como la perdición inexorable de las almas descarriadas se ha impregnado en la atmósfera recién creada. No había que ser adivino o entendido en psicología para intuir que el apocalipsis zombie se acercaba.
Nunca me ha gustado cómo todo el rollo zombie desplazó el tópico de las invasiones alienígenas, ni mucho menos que esta se haya inmiscuido en mi deporte favorito.
Sonreí. Hajime me habría pegado una patada en los huevos de intuir el rumbo por el que corrían mis pensamientos. Ese tipo de cosas le desquician, y ¡a saber! Hajime es un troglodita.
—Kawaii-kun siéntate —Bokuto me jaló de la sudadera obligándome a tomar asiento en el suelo.
Resultó que el gimnasio no estaría disponible hasta de regreso de las vacaciones de invierno, si todo marchaba bien. Pero nada marcha bien si el tiempo apremia, es ley. La avería de la cañería dañó no solo la infraestructura, sino también el sistema eléctrico, y la inversión sería considerable tanto en dinero como en tiempo. El gimnasio dos estaba ocupado casi todos los días, y había que encajar las actividades diarias que se realizaban allí con los otros deportes que ocupaban el gimnasio uno. La prioridad, para nuestra desgracia, eran los cursos y talleres deportivos, no las selecciones universitarias.
Así con las prioridades. Yo que hasta entonces creía que todo el tema de la avería era provechoso, porque me permitió pasar más tiempo con Bokuto, me invadió un acceso de impotencia al conocer la solución que ofreció la oficina de deporte: cada selección debía buscar recintos externos a la universidad donde entrenar, y la oficina costearía los arriendos o parte de ellos.
Parte de ellos ¡joder! Peor que una verdadera patada de Hajime en los huevos.
—¡Y una mierda! —explotó el líbero—. Universidad de la reputa, con lo que gasto en matrícula todos los años y… ¿la solución es busquen un gimnasio y ya veremos si lo financiamos? ¡Anda a parir madres!
—Entonces hay que conseguirse un gimnasio que no cobre demasiado—interrumpió el capitán siempre conciliador—, puedo formar una delegación para buscar-
—No hace falta —interrumpió a su vez el entrenado Kobayashi—, ya lo hice yo. Hay un polideportivo a diez minutos en auto de aquí… diez, quince, algo así. El problema es la cantidad de horas y el horario mismo. Están acostumbrados a entrenar cuatro horas diarias, tres los que vienen de otros campus, pero en el polideportivo nos prestan las canchas por dos horas.
—¡DOS HORAS! —gritamos varios. Bokuto se puso de pie.
El entrenador Kobayashi elevó la voz:
—Si entrenamos de lunes a sábado, podríamos cubrir las horas que practican a la semana, sin contar el acondicionamiento físico. Pero está el tema del horario, que va de 21:30 a 23:30.
Se formó el caos.
—¡Pero eso es muy tarde!
—¡Hay quienes vivimos en los suburbios!
—Joder, qué putada.
Mis ojos iban desde mis compañeros horrorizados, hasta el ansioso y cascarrabias entrenador. El ayudante se mordía los nudillos.
—Lo sé, ya lo sé —el entrenador se llevó una mano a la sien—. Es el único horario que autorizan en deportes porque, al ser tan tarde, sale más barato el arriendo. Vengo de hablar con ellos y dicen que podrían contratar un servicio de transporte que los llevase de vuelta a casa, pero que somos mucho, y que habría que darle prioridad a los titulares, al menos hasta después del campeonato.
Yo sabía que cuando decía «hablar», el entrenador realmente quería decir «pelear hasta la muerte», pero eso no hizo que me sientiera mejor o parecido.
A mi lado, Bokuto se había vuelto blanco. Le jalé del bordillo del pantaloncillo pero permaneció de pie. Sus puños se habían cerrado, y sus piernas tiritaban como la jalea.
—¿De eso se trata?
—¿Salven a los titulares y el resto meh?
—¡Qué fuerte!
Bokuto tardó en reaccionar. Le dio un puñetazo a la pared quebrando la baldosa, y cayó un silencio sepulcral cuando dejó la habitación.
—¡Boku-chan!
Quise seguirlo, pero el capitán, quien estaba sentado a mi otro lado, me jaló de la sudadera con fuerza, obligándome a permanecer sentado.
—Pero… ¿y si reunimos nosotros el dinero? —sugirió el capitán.
—No pierdas tu tiempo en eso. El asunto es que somos treinta y pico. Eso son cuatro o cinco furgonetas si vamos apretados. Y tampoco sugieras la idea de que algunos puedan irse solos a casa a esa hora.
—Pero podríamos —interrumpí yo.
—La universidad no autoriza tal cosa. Dice que es demasiado peligroso.
—La universidad no tiene por qué enterarse —insistí.
—Es una orden.
—¡Vaya mierda!
Volvió a armarse el caos, y vi cómo varios de los que no eran titulares seguían el mismo camino de Bokuto hacia los vestuarios. Fulminé con la mirada al entrenador antes de soltarme del agarre del capitán para seguir al resto.
Pero Bokuto ya había dejado el vestuario cuando llegué. Al asomarme a la ventana, lo vi atravesar a paso resuelto la cancha sintética. Ni siquiera se había molestado en abrir su paraguas.
Joder con la cañería, ya te digo vecino.
—¡Eh! ¡Boku-chan! ¡Boku-chan!
Pero por más que corrí, no logré alcanzarlo. Y al teléfono tampoco se ponía. Acepté mi derrota a regañadientes por dos segundos. Luego abrí el paraguas, y volví a casa pateando todo lo que se me cruzó. Cuando llegué al piso seguía pateando lo que tenía en frente. El desánimo se convirtió en frustración, la frustración en rabieta, y aquí estoy.
Lancé mis tenis de deporte por los aires y estas chocaron con el techo. Lamenté el minimalismo en el que vivíamos. ¿Dónde estaban los jarrones de flores? ¿La vajilla fina? ¿Y las copas de cristal? No había nada ¡nada! que tirar. El kotatsu, claro. Azoté mi cuerpo con fuerza por las paredes del pasillo mientras daba patadas a diestra y siniestra, y Hajime, alertado por el ruido, asomó sus greñas desde su pieza.
—¡¿Qué está mal contigo, idiota?!
Yo, que ya había llegado hasta el kotatsu, no pude callármelo:
—¡Conmigo nada! ¡Los que están mal esos capullos soplapollas subnormales de Koba-sensei y la oficina de los cojones de deporte de la reputa madre! ¡Qué putada, ya te digo! ¡Qué gran putada! —una patada al kotatsu— ¡Son tres putos furgones! —y tres patadas más— ¡QUE CON BOKU-CHAN NOS QUEDAMOS HASTA LAS ONCE PRACTICANDO LOS SERVICIOS Y NADIE DICE NADA! ¡MARICONES RECULIAOS! ¡VAYA COÑAZ…!
Podría seguir echando la mierda pura por una hora más. El problema fue que se lo grité a Hajime, que había pateado las paredes, y peor, el kotatsu.
Ni me dio tiempo a reaccionar.
La sien de Hajime salpicada de mi saliva explotó, y el aura maligna del entrenador Kobayashi fue traspasada a Hajime, el silenciador. Para cuando lo entendí, era muy tarde: su puño de acero me había dado de lleno en la nariz. O su cabeza, a saber. Se me cortó la respiración, aparecieron puntitos en mi visión, y sangre caliente resbalaba a borbotones por el mentón hasta la camisa.
Seguramente fue su cabeza.
—¡Te dije que en la nariz no! ¡Siempre! ¡La puta nariz!
No logré enfocarlo, pero sentí como Hajime me agarraba del cuello de la camisa y me zarandeaba por los aires.
—¡Y TÚ NO PUEDES LLAMAR A LA DESTRUCCIÓN CADA VEZ QUE LAS COSAS NO VAN BIEN CONTIGO!
—Mira quien habla. Qué carácter.
Gotas de sangre se colaban en mi boca.
Sin soltarme del abrigo, Hajime me arrastró hasta la mitad del baño que contenía el lavamanos. Limpió mi nariz, buscó algodón en el botiquín médico, y colocó mi mano sobre el tabique para que yo ejerciera presión sobre ella. Conocíamos bien el procedimiento. Luego me llevó hasta la otra mitad del baño para que me sentara en el excusado y respirara un poco.
No creo que Hajime se enorgullece de estos arrebatos que le dan, pero hay que decir, que solo los tiene conmigo. Hace tiempo que no pasaba que me volvía tan loco. Y si yo me vuelvo loco, él se convierte en un dragón. Ya se me había olvidado.
—¿Mejor? —preguntó. Levanté un pulgar como respuesta—. A lo mejor se me pasó la mano, lo siento. A qué se debe todo esto.
Ya más calmado, le expliqué lo del gimnasio y tal. Hajime guardó silencio, intentando entenderlo.
—Es una putada —reconoció—, pero a ti no te afecta realmente. Eres seleccionado. Cuál es el problema entonces.
—Boku-chan no es titular.
—Boku-chan no es titular —repitió pensativo—. ¿Me estás diciendo que todo el follón que te montaste es por Bokuto-san? Serás imbécil ¿por qué te preocupa tanto este sujeto?
No sé por qué lo dije de este modo, pero lo dije de este modo:
—Porque me gusta, joder.
Hajime perdió el equilibrio y cayó al suelo.
—No te creo. ¿Tú y…?
Sus ojos grises pedían que lo desmintiera, o le iba a estallar un fusible en la cabeza. Lo siento, Iwa-chan, a mí también me gustaría que las cosas fueran de otro modo.
—Síp, yo y él.
Le estalló el fusible.
—¿E-Estas seguro?
—¡Qué clase de pregunta es esa!
—Qué fuerte —Una extraña sonrisa se apoderó de sus labios—. No podías enamorarte de otro que no fuera tu clon de cabello blanco. Serás narcisista.
—¡Iwa-chan! ¡Te abro mi corazón y me sueltas esa burrada! ¿Entiendes lo aterrador que es? Es… ¡Boku-chan!
—Qué te digo. Siempre fuiste muy gay para tus cosas, por una razón Hanamaki y Matsukawa pensaban lo que pensaban. No digo que me lo esperaba, pero tampoco me sorprende demasiado.
No le iba a refutar nada.
—Gracias Hajime-kun —dije con mi voz de chica.
Y ante todos mis pronósticos, Hajime estalló en una carcajada. Respiré aliviado, al parecer no había cambiado nada entre nosotros.
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·
—Siento lo del otro día —se disculpó Bokuto por teléfono—. Hablé con Kuroo y me echó la madre por huir así. Pero me prestó unas ropas suyas para el gran día.
—¿El gran día?
—¡Navidad! Es que… no te vayas a reír, pero siempre la he pasado solo, viendo películas con mi hermana Rino-chan. Me hace ilusión el asunto del restorán francés.
—Tu voz suena algo ronca, ¿enfermaste?
—Algo así, pero no me retes tú también.
Me reí junto con él.
—Nos vemos, Boku-chan.
—Sueña conmigo.
No pude evitar sentirme intranquilo cuando colgó el teléfono.
Hajime dijo que no le interesaban los detalles de mi relación con Bokuto. Esto es algo que siempre pide cada vez que empiezo a salir con alguien, y que yo desobedezco sin que pueda evitarlo. Y apenas dejó de sangrarme la nariz, le expliqué a Hajime el momento en que surgieron los sentimientos, lo hice responsable emocional porque fueron sus jugosos y venenosos labios los que despertaron sentimientos tan irracionales, y sin obviar nada, también le hablé lo que ocurrió luego de haberlo abandonado en la disco House, o la filosofía de los neumáticos de Bokuto.
Hajime, después del puñetazo en el estómago que me dio por decir aquello de sus labios, solo escuchó. Y cuando terminé de hablar, dijo:
—No es una de tus ridículas bromas ¿cierto?
—¡Te digo que te estoy abriendo mi corazón!
—Perdón. Es que contigo nunca se sabe. Respeto sus inclinaciones sexuales, pero no tienes que se tan gráfico.
Esos fueron los únicos comentarios que hizo al respecto.
Hajime no veía mi relación. No me lo dijo, solo lo supe. Y yo tampoco me atreví a preguntárselo, hasta que hablé con Bokuto por teléfono. Me inquietaban varias cosas que se podían extraer de la conversación y el contexto.
Primero, Kuroo.
Segundo, el resfrío.
Tercero, Bokuto.
Cuarto, Kuroo otra vez.
¿Por qué Bokuto tuvo que correr hasta Kuroo?
Luego de aquella conversación, cerré tras de mí el ventanal que da al bacón y me agarré al brazo de Iwaizumi, quien estaba en el kotatsu con su computadora portátil. Ya necesitaba saber lo que pensaba mi amigo. Qué relajación: Hajime es tan calientito.
—Qué te pasa ahora —ladró liberándose de mi agarre.
Calientito, sí. Pero con un corazón frío como el hielo de Plutón planeta-por-siempre.
—Iwa-chan, ¿qué opinas? ¿Es viable? ¿O piensas que es un capricho de los míos?
Como me quedó mirando con cara de no-entiendo-una-mierda, le expliqué que me refería a mí y a Bokuto. Hajime siguió escribiendo en su ordenador.
—Esa no es la pregunta que deberías hacerte. «¿Quiero que sea viable?» es otra más adecuada.
—¡Claro que quiero! —contesté ofendido—. Pero Boku-chan… no lo sé. Sigo teniendo esta desagradable sensación de que algo esconde que es evidente, pero que soy incapaz de reconocer por mis medios.
Me molesta, me da miedo, me preocupa. Me molesta especialmente la posibilidad de que solo Kuroo sepa tratar con Bokuto.
—Pregúntaselo.
—¡No quiero preguntárselo! ¿Por qué no confía en mí y me lo cuenta por iniciativa propia? Quiero que comparta sus problemas conmigo. Anda Iwa-chan, convéncelo.
—No puedes esperar que Bokuto-san te cuente toda su vida así sin más. Es un rasgo de la confianza: que se da con el tiempo. Pregúntale cómo está, y si te dice que todo esta okey, entonces créele aunque sepas que miente, pero procura estar cerca para prestarle de su apoyo en todo momento de manera incondicional. En algún momento, terminará contándote la verdad. Pero paciencia.
—Es el peor consejo que en la vida me has dado. ¡Me decepcionas!
—¡Es el mejor consejo que he dado en la puta vida!
Hajime se mordió el puño para no golpearme porque mi nariz seguía hinchada. Pero el idiota me leyó bien. Siempre lo hace el desgraciado:
—En realidad, lo que te preocupa es que tú no le gustes a Bokuto. Es eso ¿cierto?
Mis labios se alargaron. Me sentí desinflado.
Bokuto es demasiado amigo de Kuroo. Valoro mi tiempo, y malgastarlo pensando en todo el rollo de Kuroo es una porquería. Pero, solo una cosa: Bokuto no tenía por qué correr hasta ese disque felino roñoso si le surgía algún problema. Para eso estoy yo, que sé de abrazos, de cariños, y de besos. Y él debería saber que yo sé de esas tres cosas. Y más si me daba la oportunidad, pero no me la daba.
Y trajes elegantes no tendré a por montones, pero tengo. Hajime también. Y para qué hablar de Takahiro. No, Kuroo era un innecesario.
—Quiero ser lo más importante para Boku-chan —dije.
Hajime me revolvió el cabello sin decir nada. Siguió escribiendo en su ordenador. A veces, se mordía el labio, como hace la gente que mira de soslayo a quienes le preocupan. Hajime siempre ha sido bueno con las miradas.
La llamada telefónica que tuve con Bokuto fue nuestro único contacto hasta navidad.
El programa de entrenamiento de vóley se llevó a cabo tal como se informó que se realizaría, y por desgracia, Bokuto no contaba entre los privilegiados. De lunes a sábado, los titulares debíamos reunirnos fuera de la universidad, donde las furgonetas contratadas por la oficina de deporte nos aguardaban para llevarnos al gimnasio que nos recibiría. Y luego, terminado el entrenamiento, nos dejaba a cada uno en la puerta de nuestras respectivas casas.
Era increíble la cantidad de chicos que vivían en los suburbios. El capitán, el líbero, y yo, éramos los únicos que vivíamos en ubicaciones más centrales, cercanas a nuestras respectivas casas de estudio. Afortunadamente, a mí eran al primero que iban a dejar, así que tenía que mamarme nada más que veinte minutos de viaje. Desafortunadamente, todos conocieron la pocilga a la que debo llamar hogar.
—¿De verdad vives en este callejón —preguntó el capitán al ver a las putas de la esquina.
—Ah, son buena gente —respondí sin más—, excepto cuando se roban a los clientes entre ellas, pero tengo entendido que llegaron a un acuerdo verbal.
—Chico Kawaii, qué valor —dijo el líbero. Con el tiempo, el apodo fue adquirió por todos en el equipo.
Yo me cansé de batallar.
—Nos vemos mañana.
Me bajé del auto y me encaminé rápido hasta el edificio. Las putas tanto me daban que hicieran la calle, los traficantes son los que me preocupan más. Saludé a Carmín Electra y a Golosa con la mano, y decliné caballerosamente la rebaja que me propusieron.
—Es que Oikawa-kun es un chico bien —escuché que dijo Carmín Electra.
¡Ja! Supieras cómo de bien, querida Carmín Electra.
Ya que las prácticas se habían restringido a dos horas diarias, estas se volvieron el doble de intensivas, y para el final de la semana, le tuve que pedir a Hajime que me vendase los dedos.
Pero lo peor de este horario, es que arruina todo mi día. Hacer hora hasta tan tarde no es bueno. Y nunca sé qué comer antes ni después. Hajime tampoco lo sabe. Y no quería llamar a Bokuto y preguntarle, sería desconsiderado de mi parte.
—¿Y qué está haciendo Bokuto? —me preguntó Hajime mientras me vendaba—. ¿Practica por su cuenta?
—No estoy seguro. Sé que algunos no seleccionados se integraron a las prácticas del equipo femenino, quienes usan el gimnasio uno. Pero por el horario de las clases de Boku-chan, no sé qué tan bien le acomoda.
—¿Cómo sientes tus dedos ahora?
—Mejor, gracias.
—Por cierto… —Hajime rascó su cabeza y desvió la mirada— contraté un servicio de televisión pagada e internet. No es el gran plan pero…
—¡QUÉ! —Sácate las babuchas galácticas ¡televisión pagada! ¡finalmente! Y lo dice así, tan como si nada—. Pero ¿qué mierda hacemos aquí en el kotatsu? ¡Vamos a ver los Alienígenas Ancestrales!
Corrí hasta la habitación de Hajime, y me zambullí en su futón. 100 canales ¡100 canales! Nacionales e internacionales. Me hice con el control para hacer zapping.
—Son como 70 en realidad. Hay canales que se salta.
¡Tanto da, Iwa-chan!
De deporte, de música, de películas; programas de cocina, de bizarros casos médicos, de la vida de famosos que en mi puta vida había visto. No podía ser coincidencia que Hajime hubiese contratado el servicio en este momento. Por un momento, los problemas se desdibujaron ante mis ojos y mi cerebro se embotó con las señales de que eran transmitidas al codificador. Iwa-chan, siempre buscando modos para calmarme, que no sobre piense.
Y Hajime llegó al cabo con dos latas de café helado.
—¿Y eso? —pregunté asombrado—. Vaya Iwa-chan, el amor te ha transformado en alguien preocupado y atento. Dale mis felicitaciones a Yoko-chan
Hajime no respondió. Sus mejillas se ruborizaron de forma muy casual mientras pasaba sobre mí y se encajaba al rincón del futón.
¿Qué puedo decir de Hajime? Me gusta verlo sonrojado. Que me vende los dedos, y me convide café enlatado. La tal Yoko es una perra afortunada. Si Hajime se ha fijado en esta chica, seguramente ella vale la pena.
¿Si yo me he fijado en Bokuto? ¿Qué se puede concluir de aquello?
Mejor sigamos en la tele.
No vimos ningún programa en concreto. Nos la pasamos haciendo un zapping eterno mientras manteníamos una conversación de las nuestras. Trivialidades varias. Y de paso, entre pregunta y pregunta, le sonsaqué a Hajime que pasaría la navidad en casa de la chica que seguía negándose a etiquetar de novia. Una cena y ya, sí claro. Le recomendé llevar un cepillo de dientes para el otro día, y que lo mejor para retrasar la eyaculación eran las multiplicaciones con tres dígitos.
Hajime se armó de paciencia.
—Mierda, no me hables de matemáticas. Quiero, por una vez, dejar de pensar en ellas.
—¿Por qué? ¿Ya sabes cómo te fue en tu examen?
—Los resultados estarán pasadas las fiestas de año nuevo.
—Me lo vas a agradecer después —le dije tratando de sonar serio—. Por una razón a los hombres nos va mejor en mates. Incluso tú que eres un desastre, tienes el potencial de ser bueno. Si la naturaleza lo tiene todo pensado.
Eso de que los hombres sean buenos en mates y las mujeres en arte no sé qué tan cierto sea. De hecho, seguro que no. A Issei estuvieron a punto de convencerlos los del club de arte, porque tiene un manejo de los colores que te cagas. Y mientras lo pensaba, recordé a Bokuto, quien parece que estudiaba algo más humanista que científico, que me entraron unas ganas terribles de tenerlo a mi lado en lugar de a Hajime.
—Debería llamarlo ¿cierto? —pregunté.
—¿Y por qué no lo has hecho?
Me encogí de hombros. Quería que Bokuto me buscase a mí. No yo a él.
—No puedes ser tan orgulloso, Oikawa —espetó Hajime—. Hay un matiz entre la persistencia y la insistencia.
En navidad, sería yo quien estaría sobre él, no al revés. Mientras los días pasaban, más soñaba, más lo deseaba.
Entonces tachán: llegó el día.
—Recuerda, multiplicaciones de tres dígitos —era ya la quinta vez que se lo decía. Más a mí que a él.
—Sí, como sea —gruñó.
Arreglé las cejas de Hajime con el pulgar. Un caso perdido. Le desee suerte antes de tomar caminos distintos. Él a casa de Yoko. Yo a mi cita sexy con Bokuto, en un restaurant francés.
Como habían anunciado aguanieve, salí con el paraguas francés en mano para no estropear mi atuendo francés. Iba ataviado con un abrigo ulster grueso y largo que me llegaba hasta las rodillas, y una bufanda azul que según mi hermana, es el mejor color para resaltar mis aburridos ojos.
Ojos café, media cosa. Pero mi hermana dice que su forma es muy hermosa. Lo dice porque tenemos los mismos ojos.
Levanté la mirada al cielo. Estaba encapotado pero no llovía. Hice girar el paraguas a mi costado hasta que pude abordar un taxi.
Bokuto ya estaba allí cuando me apeé. Me quedé un momento en la acera contraria por el gusto de contemplarlo a la distancia.
¿Es Bokuto una persona atractiva? Hasta ahora, ni me lo había cuestionado.
Iba vestido de negro, sin corbata. Recostado sobre la pared, refugiado bajo la mampara, leía un libro de bolsillo con expresión de concentrado. Su cabello bicolor peinado hacia atrás, marcaba la línea de sus pómulos. Y sus orejas descubiertas, he pensado, que me apetecía mordérselas.
Inspiré hondo. Tendría que empezar desde ya con las matemáticas, quien lo diría.
Me di un golpe en la cabeza y crucé la calle.
—¡Chico Kawaii! —Bokuto agitó sus manos en el aire al verme corrió a mi encuentro. Casi me caí al suelo cuando brincó sobre mí.
—Boku-chan, que pesas —dije apenas.
Bokuto pasó su nariz por mi mejilla antes de bajarse.
—Gracias por invitarme a cenar, Chico Kawaii.
—¿Por qué no entraste? Podrías haber esperado adentro. Seguramente tienen una recepción y tal.
—Es más emocionante si lo descubrimos al mismo tiempo.
Me lo voy a comer a besos.
111 x 111. Hice cuentas con los dedos. 12321.
Abrí la puerta del recinto para que pasara. Me quedé a cuadros.
El clase alta de Takahiro no había reparado en gastos. Yo carecía de cultura como para siquiera imaginarme un sitio así.
Elegante y sobrio. Un amplio vestíbulo de baldosas ajedrezadas flanqueada por columnas de mármol nos dirigían hasta un mesón de madera vitrificada donde aguardaba una doncella ataviada con un traje más fino que los nuestros. Las paredes pintadas de un color borgoña, tenían aspecto de terciopelo, y una luz tenue y cálida caía de una gran araña de cristal a saber de hace cuántos siglos.
Bokuto jaló del puño de mi abrigo y me señaló las molduras. Tenían un diseño floreado muy complejo.
—Buenas noches —saludé nervioso a la doncella—. ¿Hice una reservación a nombre de Hanamaki Takahiro? —dije entregando el sobre con las entradas. No pude evitar que mi afirmación sonara a pregunta.
Ella nos dedicó una sonrisa antes de verificar el nombre en una lista.
—Hanamaki Takahigo e ¿Ishida Osen? —leyó la doncella con acento francés. Levantó la cabeza, escudriñó a Bokuto, volvió la vista a la lista, y enrojeció.
Osen es nombre de mujer.
Bokuto no es mujer.
—Estamos aún en trámites para cambiar el nombre —solté—. ¿Nunca ha oído de un gay atrapado en el cuerpo de una lesbiana? Espero que esto no suponga un problema para ustedes.
La doncella sacudió la cabeza con vigor, y sus mejillas estallaron en llamas.
—¡Paga nada! Trés bien, si me pegmiten sus abgigos… Messieurs, mademoiselle… ¿Monsieur o mademoiselle?
—Dígame Koutarou, por favor —dijo Bokuto quien me miraba con un rostro de «no te inventes cosas por favor»—. Pero tanto da.
—Koutagou, bien sûr.
Ella sonrió nerviosa y escribió el nombre de Bokuto en su lista. Bokuto me dio un codazo en el costado apenas ella, todavía abochornada por la situación, se giró para colgar nuestros abrigos en el armario que había tras el mesón.
Yo no sé por qué lo dije. Estaba nervioso.
Nos condujeron al comedor. Siguiendo con la estética del vestíbulo, se trataba de un lugar distinguido, que a juzgar por el diseño de las mesas y las sillas, los colores y el alfombrado, me recordaba sutilmente, a las fotografías que vi en mis libros de historia cuando hablaban de la Francia de a principios de siglo.
—Te refieres a la Belle Époque —dijo Bokuto cuando ya estábamos sentados en nuestra mesa—. Ahora que lo mencionas…
Y observó a su alrededor para convencerse.
—Eres una persona muy culta, Boku-chan.
—No realmente. En preparatoria hice un trabajo de la Belle Époque. ¿Sabías que el neumático fue inventado en ese tiempo? La burguesía adquiría relevancia en el plano social, y la opinión de quienes tenía dinero empezaba a pesar mucho más que de aquellos con títulos y apellidos rancios. Seguramente, la gente que está aquí hoy, se ha comprado su apellido con el dinero.
—Boku-chan ¿eres un snob?
—¡Gahh! ¿Por qué dirías algo como eso? ¡Por Dios no!
El mozo llegó justo en aquel momento. Estaba diciendo puros desatinos. ¡Qué pasa conmigo!
Pasa que estás nervioso, idiotaoikawa. Es lo que seguramente me habría dicho Hajime.
—Muy buenas noches, señores —saludó el mozo. Llevaba una pequeña libreta consigo—. ¿Hanamaki Takahiro y… Koutarou?
Asentimos. El mozo no tenía acento francés. Tenía acento de la región de Kanto. Qué cosas.
—Según el registro —continuó—, han optado por nuestro menú navideño número tres. Lo repetiré para verificar que es lo que desean y que todo se encuentra en orden. Una vichyssoise y una salade niçoise de entrée servido con un Oporto Ruby de Apéritif. Seguido de un coq au vin en un lecho de berros y zanahorias, y Magret de canard au four con papas noisette, acompañado con un Syrah selección para el primer plato, y un Malbec selección para el segundo. Y de postres, profiteroles, crema tártara, y café francés. ¿Está todo correcto?
Salvo zanahorias y café, no entendí nada. Pero los profiteroles eran los dulces favoritos de Takahiro, así que asentí porque qué otra cosa podía hacer. El mozo satisfecho, inclinó la cabeza.
—Excelente elección, caballeros.
Bokuto parecía alucinar en colores.
—No entendí el nombre de ningún plato. Belle Époque o no, me siento de lo más sofisticado. Estoy impresionado. Tu amigo Hanamaki-san fue muy generoso.
—Nah, Makki es un dejado. Seguramente le era doloroso venir a un sitio así. Aunque también estoy impresionado que justamente a mí me haya dejado su reservación.
—¿Por qué?
—Nunca me dio la impresión que le cayese tan bien. Quiero decir, somos amigos y tal, pero siempre he pensado que él y Mattsun son amigos míos porque son amigos de Iwa-chan. Según Iwa-chan, son paranoias mías.
—Pero antes Makki-san no se llevaba con Iwa-chan ¿no? —recordó Bokuto— ¿Puedo saber qué ocurrió?
—Boku-chan, eres una vieja chismosa.
Nos sirvieron la vichyssoise y la salade niçoise que era en realidad una sopa fría y una ensalada, pero decirlo de aquel modo no le hacía justicia ni a la presentación del plato, ni a su sabor. Y mientras comíamos y nos relamíamos, desempolvé aquella vieja historia.
Takahiro, quien era el campeón en deportes en su secundaria, se topó en preparatoria con el invencible Hajime quien es, justamente, invencible si se trata de sacar músculos y demostrar fuerza. Y así como muchos antes y después que él, lo desafió en todos los deportes perdiendo miserablemente en cada uno de ellos.
Fue demasiado para Makki, un chico rico acostumbrado a ver sus caprichos cumplidos.
—Él tiene esta cara de «soy tan serio y todo me importa una rosca», pero no es tan así. Siempre quiere hacer las cosas bien, y en ese entonces tenía una novia chupasangre pegada al brazo quien quería un novio popular. E Iwa-chan es un temperamental que estalla a la mínima provocación, mucho más en ese entonces. La pelea se iba a dar tarde o temprano.
—¡Vaya! Iwa-chan parece tan… no sé. Me daba la impresión que no se dejaba provocar tan fácil.
A Bokuto se le pegan los sobrenombres rápido.
—Todos tienen su lado B, Boku-chan. Por ejemplo, tampoco me imaginaba a Iwa-chan de novio, pero hoy le quitará las bragas a una titi. Y yo, en vez de estar allí para espiar y no perderme su primer encuentro sexual, he decidido que prefiero estar aquí contigo.
—Eso no puede ser un lado B. Iwaizumi-san tiene derecho a arrancar todas las bragas que quiera. Y que tú eligieras no ser voyerista eso definitivamente tampoco cuenta como lado B —y extendió sus manos como si aquel gesto reafirmara lo dicho (lo hacía, qué cosas).
—Bueno, como sea ¿quieres o no saber la historia? Aunque Iwa-chan perdió un diente, la pelea la ganó él. Y entonces, Makki dejó el deporte que practicaba en secundaria, que era atletismo, y se unió a vóley. Por penitencia ¿sabes?
—Por penitencia ¿eh? —Bokuto adoptó una actitud pensativa—. Por cierto, esa Osen-san quien se supone que soy, ¿esa era la novia de Makki? —asentí—. ¿Y tiene cara de gay atrapado en el cuerpo de una lesbiana?
—Lo siento por haber dicho eso. Estaba nervioso. Todavía lo estoy. Es solo…
Que no quiero estropearlo.
—Y qué hay de tus amigos de la prepa ¿Sigues en contacto con ellos?
Bokuto se rascó tras la nuca y observó el contenido de la copa. El mozo había llenado nuestras copas con el Oporto Ruby luego de enseñarnos la botella y la etiqueta. Bokuto aún no lo probaba. Yo ya le hube dicho que estaba bueno.
—Bueno… el pequeño de Komi a veces me pide que le consiga libros cuando se acaban los ejemplares de su biblioteca. Y con Akaashi conversamos y tal cuando podemos. Pero…
Bokuto se bebió el contenido de su copa de un trago.
—¡Vino francés! ¡Qué invento! —Y desde allí en adelante, fue imposible callarlo.
Me habló de todo, partiendo por sus antiguos compañeros de equipo de su preparatoria, Fukurodani. Describió con detalle a cada uno de los 5 otros miembros titulares más el líbero Komi, y las dos mánager: físico, personalidad, habilidades deportivas, comidas favoritas, anécdotas entrañables, ¡todo! Hablaba a velocidad sónica como si se le fuese a ir la vida en ello.
Entonces trajeron el segundo plato, nos sirvieron otro vino, y la verborrea explosiva continuó mientras descendía la botella de alcohol. Interrumpió su monólogo solo un momento para alabar el detalle de los tenedores, y volvió a hablar sobre la Belle Époque.
—Yo la describiría como la euforia, y el optimismo, hechos una época de tiempo. Optimismo que el hombre ¡el hombre! a razón de la ciencia, era capaz de resolver todos sus problemas. Y te mencioné lo de los neumáticos, pero fue uno de tantos accidentes fortuitos. El optimismo de la época no permitió los errores, porque todo era una oportunidad nueva. Se ha perdido un poco aquello. Quiero decir, después se sucedieron tantas guerras y crisis y tal ¿sabes? Y quedó demostrado que el hombre no siempre crea, que también destruye, pero, aún y todo… entonces ¡Trainspotting! ¿cierto? Estaba contigo cuando lo compré, ya me lo terminé y…
De momento, eso sobre la Belle Époque. Iba así, saltando de tema en tema. De Trainspotting siguió con la obra de teatro que realizaría su hermana Rino-chan para año nuevo, de una anécdota que involucraba a un tal Kenma, y una excursión escolar a una fábrica de jugos y jaleas.
—Y ¿tú piensas en todo el residuo que producen lugares como eso? Uno no lo sabe hasta que llega allí. Decía un encargado, que el problema es que los residuos eran casi todo agua. Dime ¿cómo te deshaces de tanta agua? La gente de la Belle Époque no pensó que en el futuro, habría que preocuparse de cosas como esas. Cuando la ciudad prospera, también prospera la basugre ¿eh? Así nos va.
Continuó hablando de la Belle Époque bastante rato.
Y pensar… Bokuto nunca me había hablado tanto. ¿Qué le habrá pasado? Se le iba el aire, y aparecían hoyuelos no exactamente en sus mejillas, pero muy cerca. El vino francés es todo un invento. ¿Estará Bokuto ebrio? Había bebido más que yo, pero no como en la disco de House.
A ratos, daba la impresión que me iba a contar algo más, pero se arrepentía casi enseguida, atropellándosele miles de palabras en su lengua, optando por otra nueva historia y un nuevo hilo de conversación. Hasta el infinito.
Su copa de vino subía y bajaba, subía y bajaba. Yo empecé a fijarme en sus labios
123 x 123. Me faltaban dedos. Mis dedos caminaron sobre el brazo de Bokuto. Bokuto se cortó de golpe.
—¿Pasamos a tomarnos la última copa a mi casa? —sugerí dejando mi taza de café a un lado.
—¿Y por qué demonios seguimos aquí todavía? ¡La sobremesa es para las viejas!
Los profiteroles de Makki ni los tocamos.
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·
Debería terminar mi relato aquí. Por mi orgullo, digo.
Llevados apenas 100 metros recorridos en taxi, no puede contenerme más y besé a Bokuto. Ya había empezado a nevar cuando nos apeamos, pero el frío no lo recuerdo.
He de decir, que estaba desquiciado. No sabía qué hacer con mi cuerpo, con su cuerpo, nada. Desnudé a Bokuto antes de quitarme mi propia ropa, y lo lancé contra el futón. Y pensaba…
No pienses más.
Solo quería demostrarle cuán agradecido estaba de que me hubiese hablado, aunque hayan sido incoherencias random, la bella época, y de sus días de la preparatoria. Y que supiera, que yo estaba ahí para él, para escuchar lo que sea.
Pero ¿cómo hacer que entiendas este sentimiento?
¿Cómo demostrarte cuánto te deseo?
Que ardo con solo rozarte, que tus gemidos me vuelven anémico.
O si noto tu piel tensarse bajo mis yemas, o si tus dedos de los pies hacen lo imposible por aferrarse a las sábanas, podría perder la cabeza.
Mierda, esto es demasiado intenso, pienso.
Estás tan duro, joder. Pero hay algo que no va bien.
No te mueves. Tu respiración se acompasa y yo no lo entiendo. Tus dedos no aferran mis cabellos, ni gritas mi nombre, ni gritas nada. Has languidecido, y toda tu dinámica energía que siempre me sorprende, la que te hizo hablar tanto y tan rápido, se evapora con tanta rapidez que te abandona. Nos abandona. Se extingue. Se fue.
Y cuando vuelvo a tus ojos…
¿Por qué cuento esto? Lágrimas ruedan por las mejillas de Bokuto.
—Lo siento —me dice, y su voz quebrada me desarma.
—Qué te pasa, puedes decírmelo.
Tus ojos amarillos imploran lo que no puedo leer. A ti, se te han olvidado las palabras.
—Es solo… y quiero pero… ¡ahh! El sueño ¿sí? No te enojes, por favor.
—No seas ridículo.
Le propongo que cambiemos, que él arriba y yo abajo de nuevo, pero es inútil todo lo que hagamos. Después de unos besos que no acaban, se desploma dormido sobre mi rostro.
Y así fue.
Le puse un pijama mío y luego de arroparlo bien en el futón, me fui con mi almohada a la habitación de Hajime. 100 putos canales, y no se le ocurrió pagar uno porno. Pero están dando E.T. En lo que se ha convertido mi vida ¿eh?
—E.T. Phone. Home. —entonces, también me duermo.
Yo... no se trata que me guste hacer infeliz a los personajes. ¡Pero! El género de la historia es angst. Solo digo.
En otras notas, gracias por leer, seguir, y darle una oportunidad a esta pareja inusual. Al user anónimo Sheere, en algún momento abordaré temáticas familiares, promesa ;) Y al user anónimo Danchen, te lo concedo, los comentarios de Oikawa a veces dañan. Oikawa es un problemático. De los que mandan a volar los kotatsu.
Nos leemos el próximo viernes. Errores notificar. Gracias.
