¡Cap. Cap.!
¡Muchas gracias por los reviews! Vuelvo a decir que sus opiniones en este fic son muy importantes para mí, ayúdenme a ver si voy bien encaminada, o simplemente me termino de descarriar.
Gracias a Natty, Potterden, Delivery (te haces querer, nena), andiwill…, Anatripotter, Helen, Silvers (love you. Adoro tu percepción. Por favor, sigue diciéndome qué tal ves todo, tanto si es bueno como si es malo) y Georgina. ¡Gracias de todo corazón!
Y a un review anónimo que me llegó por ahí… sólo diré que la venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena. Jejejeje =)
Y capítulo. Lamento que pese a ser un Hanny, no hay mucho contacto entre ellos (no como a ustedes les gustaría, lo sé! Jajaja) Espero no se aburran con lo que viene a continuación. Habrá contacto, no crean! (la cosa está, en que no será como creo, ustedes quieren..)
Mejor dejo que lean.
Ilusión
Capítulo X
Antes de cualquier revelación o mentira que pudiese decirle, necesitaba expulsar varias preguntas que le corroían el cerebro. Y pese a aquel deseo, creía fielmente que no podría hablar, sentía el corazón en la boca; mas cuando la abrió y dejó libre su primera gran interrogante, su voz apenas vaciló un segundo, haciendo vibrar la primera sílaba.
- ¿Có… cómo está Teddy?
A Ginevra le atacó un insoportable sentimiento de vergüenza. Ella, quien tanto adoraba a Teddy, poco había tenido contacto con él desde su retorno a Inglaterra. Debía solucionarlo, podría sacarlo a pasear con Rose y con Victoire.
- Él está bien, muy bien. Es un niño sano y muy, muy inteligente.
- ¿Es feliz? – ella asintió con la cabeza. Harry sonrió, abiertamente y con genuina sinceridad, y Ginny percibió un sutil estado de satisfacción y bienestar, que no pudo hacer nada más que sonreír de igual manera. – En un año recibirá su carta de Hogwarts – continuó Harry.
- Sí – era fascinante verlo a los ojos, con un brillo muy diferente, cuando empezó a hablar de Teddy.
- ¿Controla por completo su metamorfosis?
- Sí, bueno… mi madre dice que cuando se exalta demasiado, su cabello tiende a cambiar de color y hasta de forma. A veces parece un cantante de Rock en miniatura, y otras un chico de los setenta, con un enorme afro en la cabeza. – Harry volvió a sonreír, en esa ocasión hasta rió un poco. Después neutralizó su expresión, frunciendo el entrecejo.
- Tu madre… ¿pero tú no convives con él?
- Sí, pero… hace poco más de un mes que regresé a Londres.
- ¿Dónde estabas?
- En Estados Unidos, Massachusetts.
- ¿Por cuánto tiempo?
- Siete años.
Harry casi se ahogó con su propia saliva. Carraspeó, incómodo.
- ¿Por qué…? – respiró. - ¿Por qué te fuiste por tanto tiempo? – y justo hace siete años.
- Yo… – volvía a pensar en las razones de su partida. Consideraba que aquella decisión tomada iba mucho más allá que los deseos de estudiar en el extranjero. Necesitaba un cambio y aquello había sido un hermoso impulso, una decisión exaltada que le clamaba desde los más hondo y recóndito de su alma, ser llevada a cabo. – No lo sé. Creo que sentía que… alguna cosa, no sé, me gritaba a hacerlo. Yo sentía que algo me faltaba… es decir, un cambio, nuevos rumbos. Cuando acabó la guerra, estuve en estado de detención por un tiempo. No sé cómo explicarlo; sentía que el tiempo pasaba y algo importante se me había ido de las manos. No sabría decir qué es ese "algo importante", realmente… – miró a Harry, él la observa en silencio, con una atención exuberante que le hizo exhalar a profundidad. – Y… bien, me fui. Quería llegar hacia algún destino que me diese lo que sentía que me faltaba.
- ¿Lo encontraste? ¿Encontraste lo que te faltaba?
Ginny se lo pensó bien. Había dado pie con bola a sus deseos de irse de Londres, aún cuando no podía definir el origen de aquellas pretensiones. Fueron siete años, exactamente, y muy provechosos; estudió, se ilusionó, conoció gente nueva, salió decepcionada en varias circunstancias, y se enamoró perdidamente, después de todo.
Como una vez mencionó a Luna y a Hermione; después de conocer a David, todo en su mundo comenzó a encajar en el sitio correspondiente, engranando adecuada y armoniosamente.
- Sí – dijo. Y no supo por qué, de pronto, no estuvo tan segura con esa respuesta.
Harry sentía a su corazón empequeñecido y encerrado en un puño, cinco dedos que poco a poco se cernía más sobre él, apretándolo hasta el insoportable sufrimiento. Tragó en seco. Ginevra se había ido poco después de su huída, y regresado casi al mismo tiempo. ¿Qué conclusiones podría sacar de ese utópico hecho?
- ¿Y qué era? – interrogó él, bajito.
- ¿Qué cosa? – preguntó ella, en el mismo tono, como si elevar el volumen de voz estuviese prohibido.
- Lo que necesitabas y encontraste, ¿qué era? – Harry no estaba tan seguro de querer escuchar la respuesta.
La mujer arrugó el ceño. ¿Quién iba a entrevistar a quién? No quería tocar temas personales con él. ¿Descarada, podrían llamarla? Pues ella pretendía hincarle los dientes a todo su pasado, y si era posible, a todos sus secretos. ¿No podría revelarle algo también? Algo que, a fin de cuentas, no era un secreto.
¿Quién era ese hombre, además de Harry Potter? Nunca fueron amigos, nunca fueron nada más que conocidos y compañeros de casa y del equipo de Quiddicth, en donde conversaban lo necesario para las jugadas en los partidos.
Se vio obligada a confesar. ¿Qué confianza podría tenerle él, si ella no podía darle una simple respuesta? ¿Cómo pensar en hacerlo abrirse, si ni amigos eran? Debía empezar por ahí.
Abrió la boca cuando él alzó una mano.
- Aguarda un minuto – se levantó y regresó a la cocina. Ginny suspiró, aliviada. Por alguna desconocida razón, no quería hablarle a Harry sobre David.
Aprovechó aquellos minutos lejos de su mirada, y anotó algo en la libreta. Cuando Harry volvió a su sitio, tenía sujetas un par de tazas.
- Chocolate – le dijo – hace un día fresco, rayando a lo frío.
Y Ginny seguía transpirando. Se preguntó si su camisa color crema mostraría areolas de sudor en sus axilas si alzaba los brazos unos centímetros. Qué vergüenza.
Aceptó la taza y la dejó a un lado, no quería ser grosera. Adoraba el chocolate, y quizá sólo le diese un sorbito pequeño.
- Gracias – dijo. Harry tomó de su taza y después la dejó en la mesa, volviendo a estudiarla atentamente. – Y bien, esto… ¿Podemos empezar? – alzó su libreta y pluma de la suerte.
- Creí que ya habíamos empezado – medio sonrió al verla arrugar levemente su nariz.
- No estamos…
- ¿Qué quieres saber? – Ginevra agradeció el que se olvidara de su anterior pregunta.
- Todo, ¡todo! – sorprendió a ambos con tan efusiva respuesta. – Digo, lo siento… sólo… – Harry volvió a reír, demasiado natural, y Ginny se felicitó por ello.
Después de tanto ahogo reflejado en su mirada, escucharlo reír era bonito.
- Siempre adoré tu efusividad – continuaba sonriendo y viéndola sin parpadear. Ginny se ruborizó, y pensó que algo había entendido mal.
- ¿Mi…? – Harry notó su error. Sacudió la cabeza y terminó de tomarse el chocolate, la bebida le quemó un poco la lengua, quizá como castigo por su estupidez.
Debía tener cuidado.
-Tu primera pregunta – dijo. Dejó la taza y con un dedo señaló su libreta. - ¿Cuál es tu primera pregunta?
Ginny miró su primera hoja, antes en blanco. Sólo tenía anotado lo que hacía un momento apuntó. Sabía que debió preparar un cuestionario, pero era tanto lo que quería saber, que a la final, ninguna pregunta fue capaz de formar. Lo quería todo, tal como dijo. Así de simple y complicado era a la vez.
- Yo quiero… – sacudió su pluma de la suerte, solo para hacer tiempo. – Yo…
- ¿No preparaste tus preguntas?
- Tengo demasiadas. Se trata de ti, no puedo limitarme a unas cuantas, cuando quiero saberlo todo.
- Así que no tienes preguntas.
- ¡Tengo muchas!
- Quieres más que simples respuestas.
Ginevra abrió la boca, después la volvió a cerrar.
- Me dijiste que podía decirte lo que quisiera, ¿recuerdas?
- Y mentirme si querías – dejó la libreta y la pluma. Cruzó los brazos sobre su pecho, encarándolo. – Me diste la oportunidad de escucharte y estoy aquí por ello. Prometí no decir nada, y yo siempre cumplo mis promesas.
- ¿Cómo empezar?
- Pues, ¡por el principio! Es por donde mejor se comienza.
- Lo viste en una película.
- Lo leí en un libro – Harry volvió a reír.
- De acuerdo – se quitó los lentes y se restregó los ojos con el dedo índice y pulgar de una mano. – Bien – volvió a colocarse los anteojos.
- ¡Oh! Aguarda – se giró hacia el respaldar y buscó algo en su bolso. – Tus lentes – tendió sus gafas redondas a través de la mesa. – Se cayeron la primera vez que chocamos.
Harry alargó un brazo y sujetó sus antiguas gafas, apenas rozando los dedos de Ginny.
- Gracias – apenas curvó su boca en algo similar a una sonrisa. Se quitó los lentes viejos de Dalton y regresó a los suyos.
- Mejor – reveló Ginny, sin saber desde cuándo extrañaba la antigua imagen de Harry.
Evidentemente, no se trataba del Harry que recordaba. Aquel hombre frente a ella estaba hecho un lío por todos lados; tenía la cara peluda, el cabello muy reseco, estaba demasiado magro y las ojeras se marcaban bajo sus ojos de modo neurálgico. Claro estaba, que Harry nunca fue un Adonis en su adolescencia, pero era simpático, de buen ver, con una sonrisa bonita y unos lindos ojos. Y verlo con las gafas que desde siempre utilizó, le resultó encantador. Siempre le gustaron los hombres con gafas; adoraba que David las utilizara.
- Bien – suspiró ella, cogiendo su pluma. Se enderezó en la silla y acercó su libreta. – Hay que empezar.
- Por el principio.
- Exactamente – sonrió, volviendo a anotar algo. – ¿Sabes? Se cuentan muchas historias de ti. Incluso alguien publicó un pequeño libro con tu biografía.
- ¿Quién?
- No recuerdo al autor, apenas lo ojeé. Lo dejé cuando noté que no todo podía ser cierto – levantó la cara y lo miró. – Tomó como base las cosas que se han dicho de ti, artículos de periódico, y una que otra palabra de algún conocido tuyo. Así han hecho todos los que quieren dar a conocer la historia del héroe del mundo mágico, agarran supuestos y les dan continuación. Muchas cosas son mentiras, lo sé. Aquí, tienes la oportunidad de dar a conocer la real y única versión de los hechos. Nadia dudaría de tu palabra, porque es tu historia.
- Pero nadie la sabrá. ¿No era ese el acuerdo? ¡Nadie lo sabrá!
- Sí, pero… – suspiró. – Si me dejas tomar ciertas cosas, y plasmarlas en un…
- No puedes sacar a relucir nada sin mi consentimiento, ¡es mi vida! ¡Lo prometiste!
- ¡Ya lo sé! – levantó las manos. – Sólo quiero darte a entender un punto. Hay cosas que igual, todo el mundo sabe, y otras que piensan que pasó, cuando no fue así.
- ¿Cómo cuales?
- Muchas, ¿una simple? Decían que tus tíos te encerraron en una mazmorra, y que solo comías gusarapos de lodo.
- Eso es estúpido, mis tíos ni siquiera tenían mazmorra. – Aunque pensó que, de haberla ellos tenido, quizá se la hubiesen preparado como habitación. – Y no comía gusarapos – pero a veces no le daban la cena, y se dormía con la panza chillando.
- Dime qué es y qué no es. Si al terminar, aún te rehúsas a que publique algo, lo respetaré.
- Quieres todo, entonces.
- Ya te lo dije.
- Desde el comienzo.
- Es lo ideal.
Harry la miró ceñudo. No era algo difícil de entender lo que ella quería y trataba de explicarle.
- Así que… – descansó los brazos sobre la mesa y apoyó su espalda en la silla. – Comenzamos bajo una alacena…
- Ya va, aguarda… inicia por cómo llegaste a…
- Si quieres mi versión te contaré lo que recuerdo, cuando empecé a usar mi razón, a entender lo que me ocurría y pasaba a mi alrededor.
Ginevra alzó la pluma, después colocó la punta sobre el papel. Se inclinó un poco hacia adelante, y lo observó a los ojos, vigilante; pues no solo le interesaban las palabras, sino cada una de sus reacciones al decirlas.
- Está bien. Estamos bajo la alacena…
Su taza de chocolate se enfrió y debía salir a comprar otra libreta. Le dolía la muñeca y los dedos que apretaban. Le saldría el callito de escritor en su dedo medio de tanto afincarlo contra la pluma al garabatear, y el hombro le fastidiaría al mantenerlo por tanto tiempo en una misma posición.
Llegaría agotada a casa, pero estaba fascinada.
Harry le contaba detalles sobre su vida de niño que le dejaban con una atadura demoníaca en la boca del estómago y una aguda emanación de tristeza en su pecho. Hablaba sin parar, desahogándose sin planearlo, y Ginevra se vio apurando la mano para que ninguna palabra se le escapase.
¿Cuántos días necesitaría para escucharlo? ¿Cuántas semanas? ¿Podrían ser meses?
Le habló de aquella famosa alacena bajo la escalera, de los zapatazos de su primo en los escalones para despertarlo, y de los castigos aplicados por sus tíos al creer las palabras de Dudley de que fue él quien rompió el carísimo jarrón de Petunia, quién dañó la pantalla del televisor, quién llenó la alfombra de lodo y quién se comió las galletas de merienda…
- Me dejaban sin comida por todo un día, hasta que, una noche, la comida llegó a mí – contó. – No me leían cuentos para dormir, ni me dejaban ver las películas, pero supe quien era Santa Claus al ver los regalos de mi primo en Navidad – Harry se enderezó en la silla. – "Fuiste un niño bueno, Dudley querido, y Santa premia a los niños buenos con muchos, muchos juguetes", decía mi tía. Me hacían colgar un calcetín cerca de la chimenea, pero siempre que revisaba, no encontraba nada. "Y así es como se trata a los niños malos" – Harry rió amargamente. – ¡Crueldad! ¿No crees? Llegué a pensar que tenían razón, que era un niño malo. La noche después de navidad, me habían castigado porque Dudley me culpó de haber roto su estúpido robot nuevo. Apenas y desayuné un poco de avena que me dio Petunia, quizá por alguna pizca de benevolencia de su parte, pero no almorcé ni cené. Tenía tanta hambre que pensé en masticar las pequeñas figuritas de madera que me dejaron tener. Quería ir a la cocina, pero la puerta estaba cerrada con llave. Tenía tanta hambre… y deseé poder salir de ahí y comer cualquier cosa. Lo deseé mucho, con todas mis fuerzas, y la puerta se abrió. Recuerdo que escuché el click del seguro y creí que era uno de mis tíos, o mi primo. Cuando salí, no había nadie en el pasillo y solo se escuchaban los ronquidos del tío Vernon llegar desde arriba. La luz de la cocina estaba encendida, y cuando fui hasta allá, había un par de platos repletos de comida. La cena y el postre; "Come la cena, guarda el postre para después. ¡Feliz Navidad!", decía una nota con un dibujito. Esa noche comí todo hasta reventar, y por algún milagro, no me dio indigestión. Dudley, por el contrario, estuvo vomitando y con dolor durante varios días. Santa premia a los niños buenos, y así es como trata a los niños malos – sonrió, Ginny lo imitó. – Desde ahí empecé a creer realmente en Santa, y en la magia.
- ¿Qué edad tenías?
- Seis años. Sé que mis poderes debieron activarse desde hace mucho, leí que un mago puede manifestarlos desde el primer año de nacido, pero fue a partir de ese momento en el cual las cosas en mí empezaron a cambiar de verdad. Ocurrían hechos que no podía explicarme. Cuando me enojaba, en ocasiones, estallaban artefactos en la casa. No podía creer que era yo el causante de todo aquello, pero mis tíos me veían con horror y me mandaban a la alacena sin darme la oportunidad de nada. Era todo muy confuso, no sabía qué ocurría. Lo soporté hasta que supe la verdad, cuando Hagrid llegó con mi carta de Hogwarts. Desde ese momento, Santa Claus y toda la magia estuvieron a tan solo un par de pasos.
Ginevra escribió y escribió. Levantó la vista para verlo, y notó que se había perdido en algún recuerdo.
Dejó la pluma y estiró los brazos. Estaba cansada. Miró su libreta, la cantidad de hojas llenas, y una ancha sonrisa se dibujó en su boca, marcándole las mejillas. Volvió a mirar a Harry, quien pareció regresar al presente, y la observaba diligentemente.
- ¿Suficiente por hoy? – dijo él.
- Sí – asintió, era hora de irse a casa. – ¿Cuánto tiempo llevamos?
- Unas tres horas, creo – Ginny miró su reloj.
- Serán las cinco de la tarde.
- Continuaremos después – Harry se levantó y tomó las tazas. – No bebiste tu chocolate – apuntó.
- Lo siento – cerró su libreta y tomó su bolso. – No estaba para ingerir nada – se acomodó el pelo rojo y lo miró, de pie ahora cerca de ella, con las dos tazas como un mesero de cafetería. – Realmente me intrigas – se levantó, quedando cerquita, y le quitó las tazas de las manos. – Te agradezco mucho la oportunidad que me das al escucharte – caminó hasta la cocina y dejó las tazas en el fregadero.
- No tienes que hacer nada de eso.
- Solo para ayudar.
- ¡Deja eso, Ginny! – llegó a ella y la alejó de la cocina. – Ya ha sido suficiente.
- ¡De acuerdo! – respondió, con la misma nota odiosa.
- Lo siento, pero no me gusta que toquen mis cosas – absurda línea, pues nada de eso era suyo, solo lo que secreta y celosamente guardaba en el baúl de la habitación. – No toques nada, nada mío. ¿Está bien?
- Está bien, está bien – fue hacia su abrigo. – Me voy.
Harry sentía el terrible y arrebatador impulso de gritarle que se quedara, que siguiera junto a él. Se mordió la lengua antes de cometer alguna insensatez.
- Bien – la vio colocarse el abrigo.
- ¿Mañana a la misma hora?
- Yo… – iniciaría su tratamiento con Dalton, y no sabría cómo estaría reaccionando. – Pasado mañana.
- ¿Por qué esperar tanto?
- No es tanto, Ginny. Sólo que mañana… no podré.
- Bien, pasado mañana – no iba a insistirle. – Quisiera… – volvió a hurgar en su bolso y sacó una hoja de papel doblada; le arrancó un pedazo y anotó algo en ella. – quisiera dejarte mi número. Cualquier cosa que necesites, no dudes en llamarme, por favor.
- No creo que…
- Sólo acéptalo – Harry tomó el papel.
- Gracias – ella sonrió. Ajustó su bolso bajo el brazo y pasó junto a él hacia la puerta. La abrió y le dio paso; su cercanía era tormentosa y excitante. ¿Cómo podía controlarse tanto? ¿Cómo no podía saltar sobre su boca y acallar la tempestad que atenazaba a todo su interior desde que se cruzó con ella? – Ginny – ella giró bajo el umbral. Sus ojos castaños irradiaban vida y franqueza; se veía una mujer feliz, exitosa y dada para adelante… tenía todo aquello que siempre quiso para ella, una buena vida. – Eres feliz, ¿verdad?
Le tomó por sorpresa la pregunta, y se confundió con la respuesta que llegó a su cabeza apenas terminó de escucharla. ¿Era feliz? sí, lo era. ¿Por qué titubeaba?
Las palabras que debía y creía querer pronunciar, no terminaban de hilarse. Las vocales y consonantes parecían flotar perdidas en su mente.
- Lo soy – respondió al fin, en un susurro. – ¿Por qué…?
- Nada – negó con la cabeza. – Es bueno saber de ti después de tanto. Quisiera que para la próxima, me hablaras más de Ron y Hermione. Y Teddy, quiero escuchar más de Teddy. Y pues, de tu familia – ella asintió con la cabeza.
- Sí.
- Gracias – volvían a tenerse cerca, frente a frente. Un paso más, otro pequeño, y sus torsos estarían pegados como tantas otras veces lo habían estado, con y sin ropa de por medio.
- Voy a… – no tenía por qué sentir lo que sentía en la base de su estómago. Debía largarse, porque con cada segundo que pasaba, comenzaban a crecer furtivamente ciertos deseos inexplicables, como el querer abrazarlo y no alejarse de él.
- Una cosa más.
- ¿Qué?
- No respondiste mi primera pregunta.
- ¿Qué era…?
- ¿Qué era lo que necesitabas y encontraste?
- Me enamoré – algo desagradable estalló en su abdomen. Aquella respuesta le había dejado un mal sabor en el paladar, no sabía si por habérsele dicho a Harry, o por alguna otra cuestión referente a David y la relación. – Debo irme. – dio la vuelta y se marchó, dando rápidos pasos. Las ansías por estar cerca de él competían contra aquellas que, desesperadas, le gritaban que se apartara.
Sólo cuando la vio descender las escaleras, Harry lanzó la puerta, ocasionando un estrepitoso ruido que logró escucharse en los apartamentos contiguos y hasta llegó a oídos de Ginny; ella, en lugar de volverse, bajó como quien huye de un colacuerno húngaro, el cual a punto estaba de engullirla.
El chicle que había mantenido pegado a la mejilla, se deslizó pesadamente por su garganta.
O O O O
Llegó a casa esperando no encontrar a David, cuando horas atrás su único deseo era verlo y disculparse. Se sentía confundida, a la deriva por cosas que empezaba a sentir y que no concebía en lo más mínimo.
- Contrólate – arrojó el abrigo y se lanzó al sofá. Se estaba embrollando solita, ¿cuál era su problema? Su deseo de no mencionarle a Harry nada de David, más que el hecho de que creyese que lo que había necesitado era el amor de un hombre para sentirse completa.
Pero así había sido. No mentía al decir que desde que David llegó, el vacío existencial que había sentido empezó a humear hasta desvanecerse. Quería amar, porque sentía dentro de sí, que tenía mucho que dar. Y quería ser amada de vuelta, que le diesen todo lo que ella estaba dispuesta a entregar, olvidando la maldita frase que exponía que todo lo que concedes, ha de ser sin esperar nada a cambio. ¡Por favor! Si ella amaba con locura, debía ser amada de igual forma. Y con David lo tenía. Entonces, ¿por qué tan maldito disgusto?
Pensó en Harry, ¿qué tenía que ver en todo eso? ¿Qué importancia y deuda personal tenía para con el hombre, si nunca había sentido nada por él?
¿De verdad, Ginny? – se hizo bola, desconcertada. Con un resoplido se levantó del sofá y fue hasta su bolso, sacando su agenda y de ella, la fotografía. – ¿Por qué no te la mostré? – Aquella foto le gritaba algo, le daba una revelación que sentía, movería todo su mundo.
Dio un respingo cuando escuchó la puerta. Guardó la foto rápidamente, doblando por accidente una de sus esquinas.
- Ginny – se dio vuelta y vio a David, siempre tan lindo, siempre tan dispuesto a todo con ella – ¿todo bien?
- Sí – se echó el pelo hacia atrás.
- ¿Recién llegas? – señaló su ropa de trabajo.
- Sí, estaba con Hermione, pasamos la tarde juntas.
- ¿Cómo te sientes?
- Bien, ¿por qué…?
- Esta mañana estabas un poco… – levantó su mano derecha y con el índice dando vueltas, se señaló la oreja. – Cu cú… - ella rió.
- Sí, lo siento. No sé qué me pasaba.
- ¿Tus días?
- Probablemente estoy cerca, así que no te metas mucho conmigo – rió otro poco, él se acercó y la abrazó contra su pecho.
- ¿Hay algo que te molesta? – negó con la cabeza. – ¿Segura?
- Sí – le rodeó el cuello y dio un suave beso. Necesitaba sacarse a Harry de la mente, junto con la bendita fotografía, y toda la desgraciada confusión que le inquietaba.
Temprano en la mañana, Ginevra creyó que todo desconcierto de su mente, había sido mal infundado por su inconsciente. El sorpresivo regreso de Harry le había emocionado y alterado a la vez, y eso, sumando el hecho de la gran historia que estaba desarrollando, le había trastornado la psiquis hasta tal punto de hacerla cuestionar su relación. No debía enloquecer, su vida giraba con armonía y no podía arruinarlo por turbaciones imaginarias. Necesitaba separar su trabajo de toda cuestión personal.
Pero aún se preguntaba ¿qué demonios tenía que ver la historia de Harry con su relación con David? El hecho de estarlo conociendo realmente, después de tantos años, no debería darle razones para disputar sobre algo de lo que sí estaba objetivamente segura. Harry no podía meterse en su vida de aquella manera, consiente o no… ¡Pero solo le había hecho una pregunta! Nada más. ¿Eso era meterse en su vida? Más bien, era ella quien lo buscó desesperada.
Debía detener ese fatídico malestar, esa punzante sensación de estar desmenuzando algo que aún no entendía, pero que estaba ahí y le correspondía y, más que desmenuzarla, debía esclarecerla.
- Basta, Harry – tomó la almohada de David y la apretó contra su cara. Él se había ido temprano, pendiente de unos asuntos en el trabajo. Algo le había comentado sobre unos productos en particular, pero no lograba recordar qué.
Respiró hondo, el aroma del champú de su novio la relajó. Debía bañarse e ir a El profeta, redactar los necios artículos que mandaba su jefe, y hacer de cuenta que no tenía un gran chisme cocinándose a fuego lento en una hornilla.
Se levantó, se duchó rápidamente y desayunó. No volvería a ver a Harry hasta el día siguiente, y esperaba que para entonces, sus estimuladas emociones pararan con los briosos saltitos en su interior.
O O O O
Harry despertó agitado, con las imágenes de una espantosa pesadilla aún frente a él. Manoteó el aire, buscando desvanecerlas. Se restregó los ojos y trató de parar las lágrimas. Dolía, aún cuando supuso que pasaría, aún cuando deseó que ella rehiciera su vida como debía, dolía saberla enamorada de otro. Porque eso había dicho, que se había enamorado, que amaba a otro hombre, que todo el amor que debía ser para él, era dado a otro en bandeja de plata…
Se veía venir, ¿verdad? – se frotó la cara con sus manos. Sentía nauseas ante la rabia del momento, ante la herida nunca cicatrizada que le brotaba del pecho… - Se veía venir. ¿Qué esperabas?
Unos golpes en la puerta y un grito ronco le indicaron la llegada de Scraut. Dalton los esperaba, iniciaría con su "tratamiento".
Se duchó en tres minutos y desayunó un bien elaborado emparedado en pan de centeno que el viejo le había comprado. Scraut lo miraba masticar por inercia y tragar como reflejo.
- ¿Nervioso? – Harry se alzó de hombros. – Tienes mala cara.
- Siempre tengo mala cara.
- Sí, pero esta vez es diferente. ¿Ocurrió algo?
- Que toda mi vida es una jodida mierdera de ogro.
- Eso lo sabes desde hace mucho. ¿Pero pasó algo que…?
- ¡Una mierda! – palmeó la mesa. – ¿Sabe? No debería quejarme, ¿verdad? Menos cuando vuelvo a verla. Estoy así, así de cerca de ella, ¿me comprende? Unos pasos y podría acariciarla. No, no debería quejarme. La amo. Pero ella ama a otro… ¡está enamorada de otro! ¿Puede creerlo? ¡Claro que sí! No recuerda su amor por mí, me encargué de que cada evidencia de lo mejor que me pasó en la vida, se borrara… me fui, ella hizo lo mismo. ¡Y se enamoró! ¡Algo le faltaba! ¡Y se enamoró!
- ¿Acaso bebiste alcohol? ¡Lo tienes prohibido!
- Da su amor a un hombre que no soy yo, cuando todo me pertenece. ¿Lo comprende? ¡Es mío! Y ella se lo da a otro… ella… – calló y se tapó la cara. – Me volveré loco.
- Creo que ya lo estás. ¿De qué estás hablando?
Harry descubrió la mirada y observó a Scraut. Le empezaba a tener aprecio al viejo, mas aún no pretendía verlo como una especie de confidente.
- Nada, olvídelo.
- ¿Otra de tus novelas?
- Algo así – tomó el diminuto trozo de pan que aún quedaba y se lo tragó de un bocado. Quizá Scraut sospechaba algo, Harry lo creía, y que solo se estaba haciendo el tonto.
Ese viejo lo había descubierto en Tristan y le había hecho regresar a Londres. No era estúpido, algo debía saber.
- Quiero indagar más en el asunto, porque parece historia jugosa, pero Dalton espera. – Le apuró con el vaso de jugo de fresa natural.
Scraut estaba azorado y Harry se vio obligado a trotar varias cuadras para no perderle el paso. Desaparecieron en una esquina solitaria y pronto estuvieron en casa de Dalton.
Todo seguía igual. Harry miró el enorme y estrafalario pulpo mecánico que se levantaba en medio del laboratorio. Smith había preparado una cómoda silla junto a ella, reclinable y cubierta con una sábana suave. Tenía todos los implementos ya listos para su uso.
- ¿Preparado?
- Empecemos de una vez.
Un pinchazo en su brazo derecho y pronto vio la sangre correr a través de un delgado tubito de plástico; era como una pequeña manguera que se conectaba a la pecera transparente, donde el líquido turquesa bailaba en hondas marinas. Harry detalló como su sangre se mezclaba con aquel brebaje desconocido, descolorando el turquesa al entrar en contacto con el rojo intenso con estelas negras que manchaba de su ADN.
- ¿Cuánto debo esperar?
- Aceleré el proceso, media hora y lo programaré para que esto regrese a tu cuerpo – Dalton señaló la pecera, aún la admiraba como un padre a su primer hijo.
Scraut se paró junto a él con curiosidad comedida.
Harry recostó la cabeza y cerró los ojos, pensando en Ginny, pensando en aquel amor del cual era dueño, y tratando de imaginarse al sujeto que tan bien debía de disfrutarlo.
Su Ginny siempre apasionada, siempre cálida y entrañable… si aquella cosa conectada a su brazo a través de una delgada aguja funcionaba, ¿qué haría?
- No vayas a dormirte – dijo Dalton. Harry abrió los ojos.
- No – miró el techo, pensativo. Se preguntó si, pese a su "olvido", Ginevra sentiría alguna conexión con él, más allá de lo normal. Alguna unión, o sentimiento, que naciese en su pecho más allá de la razón, y le hiciera sentirse diferente cuando estaban cerca.
Debía prestarle más atención. Trataría de no atorarse en sus propios sentimientos y deseos, y entregaría todos sus sentidos a estudiar aquel menudo cuerpo de mujer que en el pasado tantas veces lo había doblegado, tantas veces se le había entregado y llevado al confín del placer, haciéndole expulsar todas su preocupaciones, todos sus males y todos sus dolores.
Y si algo siente por mí, ¿qué haré? De pendejo maricón sería no aprovechar, ¿verdad?
Rió alto, Dalton y Scraut lo miraron.
- ¿Esa cosa es realmente segura? – preguntó Scraut.
- Sí, sí. Harry, muchacho, ¿todo bien?
- Sí – respondió, aún riendo. – ¿Falta mucho?
- Quince minutos – dijo Dalton. Harry volvió a reír, por alguna ocurrencia masculina de su mente. El científico frunció el ceño. – Después dice que nosotros somos los dementes – habló a Scraut. – ¡Jóvenes!
O O O O
Más de veinticuatro horas parecieron no ser suficientes. No era correcto no dejar de pensar en él, fuese o no fuese por su maldita historia.
Estaba desesperada por un nuevo reencuentro, por de nuevo estar sentada en su mesa y verle a los ojos, pese a todo el padecimiento en ellos… y quería escucharlo reír, porque eso le gustó mucho.
Contaba los minutos sin darse cuenta, y pese a que se obligó a tranquilizarse, sus terminaciones nerviosas no paraban de enviar relumbrones por todo su cuerpo, exaltándola, estimulando a la impaciencia e inquietándose como nunca por la ausencia de una persona.
Necesitaba verlo, seguir con su relato y ¡listo! Todo se calmaría. Harry Potter no podía tenerla así.
David le había escrito un mensaje, invitándola a comer.
Almorzaré con Hermione, mi vida. Nos vemos en casa.
Su pulgar presionó la tecla siguiente, decidido.
Send.
Se levantó del escritorio y tomó sus pertenencias. Cruzó los pasillos y antes de tomar el ascensor, se desvió hacia el baño. Sus extremidades se movían exageradamente; sacaba el estuche de maquillaje y aplicaba su usual brillo labial con prisa, se peinaba el pelo con los dedos y sonreía para chequearse los dientes. Había comido una barra de chocolate después de su taquito. Todo en orden. Dejaría el abrigo en la oficina.
Salió de la imprenta y sus piernas continuaron con sus rematados movimientos; daba largos pasos, saltando uno que otro charco de agua que había quedado como señal de la corta lluvia de esa mañana. No fue capaz de bajar su ritmo sino hasta que estuvo frente al edificio. Exhaló una bocanada de aire y la expulsó en un resoplido, su pecho sonó como una motocicleta siendo arrancada del pavimento.
Volvió a respirar y subió las escaleras de entrada. Para esa ocasión, si notó el funcionamiento del ascensor. Llegó en un abrir y cerrar de ojos a la puerta de Harry. ¿Debía sacar su nueva cámara y tomarle una fotografía?
La guarida no tan oculta del niño que vivió… hombre, hombre que vivió. – Tocó dos veces, Harry abrió de inmediato.
Ginny lo miró como a un desconocido al cual reconoció como si lo hubiese tenido a su lado toda la vida. Estaba sudando, varias gotitas le perlaban la frente, haciéndole brillar la cicatriz, y su camisa ancha, descolorida por tantas lavadas, se le humedecía en el pecho y las axilas.
- ¡Dios! ¿Estás bien? – el moreno movió la cabeza de un lado a otro, sin negar ni afirmar nada. Parecía un descarriado. – Harry, ¿qué pasa? – pasó deprisa, preocupada. Harry se apartó hacia atrás, evitando su cercanía.
- Iba a llamarte. Hoy no… ¡Dios! Hace frío, ¿verdad? – se abrazó a sí mismo.
- ¿Qué te ocurre? – dejó el bolso sin notar que lo arrojaba al suelo. – ¿Qué tienes? – Tras los lentes, sus ojos la veían como a una alucinación.
- Eres tú, ¿ver… verdad? Te… temo que ya… ya… ya me volví… – empezó a tartamudear.
- Tienes fiebre – caminó hacia él y le tomó las mejillas, él la miró con los ojos bien abiertos. – ¡Ardes!
- Sí – murmuró. – Ardo… y… y du…ele mucho. Tú no… no estás aquí, digo…
- Te llevaré a la cama.
- ¡La cama! – bramó como un borracho. Ginny saltó del susto. – Sí, vamos a la cama. La cama… nos gusta la cama, ¿verdad, tesoro? Te gusta llevarme a la cama, mimarme en la cama...
- Estás delirando – le tomó un brazo y lo guió hacia la puerta de la habitación. Al abrir, solo detalló una vieja cama desatendida con un par de almohadas, una mesita de noche y una lámpara de lectura. Bajo el marco de la ventana, había un enorme y antiguo baúl de madera.
- No mires… es…
- Acuéstate – lo sentó al borde del colchón. – ¿Qué…? – era rarísimo el momento y no sabía qué hacer. Le inquietaba su estado, ¿estaba él enfermo?
Sus ojos se aguaron, apenas tolerando el violento sentimiento de ansiedad y miedo que emergió ante aquella probabilidad. La preocupación parecía abrasarle las vísceras, creyó que vomitaría.
- ¿Qué tienes, Harry? – le ayudó a recostarse. El hombre quedó de lado, acurrucándose como un pequeño después de despertar de una pesadilla.
- No mires el… – chirrió los dientes y cerró los ojos. – No importa… no… no eres tú, ¿verdad?
- Voy a preparar… – iba a alejarse cuando él, con una fuerza inusitada e increíble velocidad, le tomó la mano.
- No – pidió, suplicante. – Ya te has ido mucho… el tiempo no… quédate.
- Voy a ver si hay algo en la cocina que baje la…
- No – le haló el brazo, Ginny se vio obligado a apoyar las rodillas en el suelo, quedando cerca de la orilla de la cama. Lo observó, tenía los ojos cerrados y el pelo azabache se le pegaba a los costados y cubría su frente. Alargó una mano y le quitó los lentes, sólo para que estuviese más cómodo.
- ¿Qué tienes? – preguntó en un balbuceo que creyó, él no escucharía ni entendería. Mas Harry abrió los ojos, clavándole una mirada llena de aprensión e intensidad.
Pese a sus delirios recientes, en aquel segundo parecía realmente cuerdo y racional. Ginny dudó.
- Es mentira – murmuró, demasiado bajo. Ginevra se acercó para poder escucharlo.
- ¿Qué?
- Es mentira.
- ¿Qué cosa? ¿Lo que me has contado? – él rió entre dientes.
- No, tú.
- ¿Qué?
- No estás aquí…
- Es la fiebre, Harry. Estás…
- No estás aquí sin sentir nada… – alargó un brazo y le tocó el cabello. – ¿Verdad? Estás aquí sintiendo mucho.
- ¿Qué estás…?
- ¿Acaso no sientes nada, Ginny? – ella tembló, al percibir las yemas de sus dedos rozando su mejilla. – ¿No lo sientes?
- Harry… ¡Pero qué haces! ¡Acuéstate! – se había erguido hacia ella y le tomaba del cuello, abarcando con su palma la piel blanca, sintiendo su pulso alarmante, excitado hasta lo crítico.
- Me estoy muriendo – musitó, ella negó repetidas veces.
- No, no, Harry… es solo una fiebre… tú no… – calló, él volvía a reír entre dientes.
- No entiendes.
- ¿Qué…?
- ¿No sientes nada?
- ¿Qué debo…? – subió una mano y la colocó arriba de la suya, sobre su cuello, encima de la alocada palpitación.
- Me muero si no… – se cortó en medio de un suspiro. Deslizó la mano hacia su nuca y la atrajo de tal forma que sus frentes terminaron por unirse. – Si dices que no…
- Un día de estos perderé la cabeza – suspiró. Harry respiró hondamente. – No sé qué me pasa contigo, no tengo ni una maldita idea… no sé, Harry, qué es lo que… hace que me sienta… – los labios del hombre se curvaron, perfilando un asomo de sonrisa aliviada. – Harry…
El hombre se desplomó, la cama brincó cuando su peso cayó de costado.
- ¡Harry! – Ginny palmeó sus cachetes, al filo de la histeria. Se había desmayado. – Qué… – apoyó el culo en el piso y llevó las manos a su cara, apretujándose las mejillas, las sentía calientes y transpiradas.
Observó al moreno, inconsciente. Aún sudaba, no obstante, comenzaba a respirar con normalidad.
Se llevó una mano al pecho y desabotonó los dos primeros botones de su camisa; sentía una inoportuna falta de oxigeno entre esas paredes. Exhaló con premura, como si temiese asfixiarse… y buscando acallar sus más recientes y rutilantes amarguras, todas nacidas desde la intercepción con Harry Potter, empezó a llorar.
Quiero sus más sinceras opiniones. Críticas, correcciones ante los errores que tuve, quejas, dudas…
Espero subirles pronto el próximo capítulo.
¡Gracias por estar!
