Hola, Dios, gracias, gracias, gracias, gracias a ustedes llegue a más de los 300 reviews, Muchas, muchas gracias. He intentado que este capitulo sea de su agrado, sera un capitulo de transicion, asi que espero no les aburra. Gracias por todos, gracias pro sus comentarios.


-9-

Comienza.


¡No, no puede ser! – se retorció al escuchar los gritos despavoridos de un hombre. Miró alrededor, todo estaba oscuro. —¡Déjame, déjame verle!

Era una sensación desolada. Alguien lloraba.

¡Mi hijo, mi pobrecito hijo! – quejó una mujer con una voz desgarrada. Se estremeció cuando la voz se acercaba. ¿Por qué? ¿Por qué no podía abrir los ojos?

Señora, cálmese por favor… - esa voz, él la conocía muy bien. De hecho, aquella voz, la cual quedaría tatuada en su mente por el más fierro hierro, le había dejado sentir calidez. —Lo único que pudimos recuperar fueron sus…

¡No, quiero su cuerpo! – gritó la mujer.

No pudimos recuperarlo, él… murió aplastado…

Mi pobre hijo…

La voz de un padre lleno de tristeza le hizo recordar al suyo. Pobre del Colmillo Blanco, pobre de la Aldea de la hoja.

¡Kakashi, Kakashi-kun! – era una niña. Conocía a esa niña…

Rin… - susurró.

¡Abre los ojos Kakashi-kun!

Cedió, y la luz del sol le bañó las pupilas. Se encontraba en un lugar, donde había cinco personas, tres los cuales ya conocía y dos, quienes ya adultos tenían en la cara una mueca de dolor inminente.

Uchiha-san… - masculló Kakashi.

¡Oh, Kakashi-kun, tu fuiste el ultimo…! – la dama se abalanzó contra él y se prensó de sus hombros, llorando como una magdalena.

¿El ultimo? – sintió un mareo.

¡Por que, Kakashi-kun, por que no hiciste nada!

Kakashi, abre los ojos.

¡Ya están abiertos! –gritó Kakashi, aunque le gustaría que estuvieran cerrados.

¡Murió, murió mi hijo…! ¡¿Cuáles fueron sus palabras?! ¡¿Cuál fue su última voluntad?! – pidió saber la mujer.

¡¿Qué es lo que tienes en el ojo?! – observó a un hombre alto y de manos grandes. —¡Sharingan!

¡Fue un regalo, fue un regalo…! – sollozó.

Kakashi… - lo llamó su maestro.

Minato-sensei…- murmuró Hatake.

Ya, Kakashi-kun, abre tus ojos…

¡Obito, Obito Uchiha ha muerto! – una voz, igual a la de un pregonero emergió de los alrededores, con eco y fuerza. —Sus compañeros no pudieron salvarlo, el regalo en el ojo de Kakashi Hatake ¿La ultima voluntad?

¡Obito! – Kakashi reaccionó y la señora se apartó de él. Cayó de rodillas y cubrió su rostro. —¡Basta, no hagan esto… no me hagan recordar su rostro! – gritó Kakashi, con la voz de un niño desprotegido.

Kakashi… - una voz lejana.

¡Mi pobre hijo! – gritó la madre.

Despierta ya… - la voz de nuevo.

¡Kakashi-kun, Obito está muerto! – Rin, oh, su compañera…

Ya es muy tarde… - el eco de esa voz era familiar.

Lamento no haber llegado a tiempo… - Minato miró el cielo.

Despierta ya, Kakashi, anda, que se te hará tarde… - un niño despeinado, con cara de sosiego recogió los googles que estaban en una lapida, se los colocó, el resplandor del sol ilumino su único ojo… y sonrió. —Anda, abre los ojos…

Como una lluvia de estrellas y una fuente de mil colores, la visualización de este muchacho se convirtió en un espejo de resplandor, una cara diferente a la que antes había visto… Tan vivo, tan joven… tan él… la luz se colaba alrededor de su silueta y los googles resplandecieron por los destellos.

Rio risueño y enseñó una perfecto sonrisa, con calidez.

Pero en cambio… Kakashi sintió un vuelco en el estomago, una cuerda apretándole la garganta y la necesidad intrínseca de…

—Obito… - musitó.

Sintió algo mojado que le acariciaba la mejilla. Kakashi abrió los ojos y encontró a un singular perrito.

—¿Soñando de nuevo con Obito?

—Pakkun… - se limpio la saliva del perro. —Mira, me has dejado llena de saliva las mejillas.

—Esa no es mi saliva…

—Oh…

Llorar… Frágil en la oscuridad de los recuerdos.


—¡Katon Goukakyu no jutsu! – una flamita de paneas diez centímetros de radio emergió de la boca del pequeñín. Exasperado, volvió a intentarlo, escupiendo el fuego cada vez más en decadencia.

Eran cerca de las ocho de la noche y ya habían pasado dos semanas desde que Sasuke y Sanosuke se habían separado de Sai. Desde una roca lejana se encontraba Sasuke, mirando atento como su hijo desgastaba su chakra en un intento por igualar la enorme flama que Sasuke le había mostrado ese día.

El verlo intentar aquella hazaña le hacia recordad los viejos años, cuando siendo un niño, su padre le había mostrado esa técnica característica del clan Uchiha, jutsu el cual tardó semanas de perfeccionar, pero que al final su trabajo cosechó frutos cuando la enorme flama evaporizó la superficie del lago.

Todavía no abandonaban el valle, pues, aparte de esa fosa, sobresalían cañones escabroso y pequeñas islas de bosque donde los Uchihas podían practicar acciones evasivas, trepar arboles, jutsus de transformación y sustitución. Sanosuke había mostrado una característica muy útil. Sabía, al parecer por herencia, como controlar el chakra.

A pesar del que el Sharingan no se asomaba eso no le preocupaba mucho a Sasuke. Además, Sanosuke aprendió a esconderse satisfactoriamente y a sustituir su cuerpo. Al principio fue un martirio, puesto que entrenar no era parte de la vida diaria del niño. Sasuke trató de no presionarlo, pero le era imposible… estaba muy preocupado por lo que pudiera pasar y era claro que un aprendizaje rápido era mucho más efectivo.

Escuchó gritar a Sanosuke una vez más y un pequeño resplandor. Esa era prueba de que estaba agotando su chakra. El niño se sentó respirando agitadamente. La piedra en donde estaba le daba una vista panorámica de una enorme cascada, Sasuke le había dicho que su flama como mínimo debía llegar a esa cascada y que se daría cuenta que su jutsu era perfecto cuando el calor del fuego evaporara el agua que tempestuosa caía al fondo.

Sanosuke se limpio el sudor de la cara y se levantó… hizo de nuevo los sellos y nombró el jutsu. Esta vez una flama mediana salió con velocidad de su pecho y desapareció por la fría brisa de la cascada.

—Wow… - jadeo. —Casi salía…

—Suficiente por hoy, Sanosuke. – Sasuke cayó detrás de él. —Es tarde, busquemos la cena y vallamos a dormir.

—Sí, oto-san…

Inconscientemente Sasuke sonreía de orgullo cada vez que el pequeño lo llamaba así. Esta era muestra de que la confianza y el cariño empezaban a nacer en ambos pelinegros. Algo así, como una conexión entre padre e hijo.

—Aun te falta para perfeccionar el jutsu. – le informó Sasuke. El niño asintió cansado.

—Sí… - pasó saliva. —Oto-san… ¿Usted es muy fuerte verdad? – como respuesta Sasuke se detuvo y lo miró por encima del hombro.

—¿Ajá?

—¿Crees que yo llegue a ser tan fuerte como tú?

—Puede ser… ¿Por qué quieres ser fuerte? – cuestionó. Él se había hecho fuerte por venganza, pero el caso era muy, muy diferente con su hijo.

—Para rescatar a mi mamá… - contestó limpiamente. Eso conmovió a Sasuke.

—Ya veo… - miró de improviso las estrella y luego al niño.

—¿Y oto-san, por que te hiciste fuerte? – el pequeño miró con curiosidad a Sasuke. El Uchiha no contestó en los primeros segundos. Parecía pensar… —¿Oto-san?

—Por que tenía una meta… - le confesó.

—¿Qué clase de meta?

—Pelear contra alguien muy fuerte… - vacios, así eran sus ojos.

—¿Y quien era esa persona?

—Mmm… - ¿Por qué tenía que ser tan curioso? —No importa quien haya sido… murió hace mucho tiempo.

Oh, Itachi, si tan sólo lo hubiera entendido antes.

—¿Usted lo derrotó?

—Sí…

—Vaya… ¿Aquella persona era muy fuerte?

—Sí…

—¿Qué tan fuerte?

—Eso no importa, Sanosuke… - le dijo irritado. Su hijo logró captar ese tono de voz en él.

—Oh, bueno… si ya pasó no creo que importe, ¿No?

—Hmp.

—¿Qué comeremos hoy? – aun así, no parecía perder el entusiasmo.

—Serpiente…

—¿Serpiente? – hizo una cara de asco.

—Sí… son muy nutritivas. – parecía que se lo decía con sarcasmo.

—¿De verdad? – arrugó los ojos.

—Je, sí… de verdad.

—Oh… me muero por comerlas.

Eso sí había sido sarcasmo.


Resopló con el aire frio en la nariz. Los latidos de su corazón eran cada vez más quietos, como si estuviera muriendo congelado y la sangre dejase de fluir. Una leve risa lo hizo entender que no estaba solo y que debía ser precavido ahora por dos… él y su acompañante.

Suspiró con arrepentimiento… ¿Para que lo dejó venir? Si de por si estás actividades requerían una paciencia y destreza precisa y, aunque sabía de antemano que en actividades físicas él era muy bueno… no le quitaba que a veces podía ser muy escandaloso.

Cuando estuvo a unos escasos centímetros de su hombro levantó un poco la mano, indicándole que no se moviera por que podía espantar a la presa. El aludido asintió.

Con una leve charla de señas con las manos el acompañante comprendió que debía rodear a cuyo ciervo habrían de atrapar. Escondidos y listos para atrapar al animal cuando era debido, los cazadores se posicionaron en sus respectivos lugares.

Agazapados como ruines fieras esperaron a que el ciervo se distrajera y bajara confiado sus orejas para que extendiera la cabeza hacia abajo y tomar finamente el agua que brotaba de cierto manantial.

Esperaron pacientes…

El momento llegó. Pero algo salió mal… una enorme fiera salió de la nada y espantando al asustadizo cervatillo los ninjas montaron en cólera ya frustrados.

—¡Ah, no puede ser! – emergió un joven de cabello lacio y largo. Se sobaba la frente en un intento por calmarse.

—¿Qué fue esa cosa? – preguntó su compañero de caza.

—No sé… paso muy rápido… Amm, parecía un lobo. – suspiró.

—¿Un lobo? ¿No es muy rápido para un lobo?

—¡Exacto! – salieron, tranquilamente por las ramas de los arboles dos jóvenes montados en un enorme perro.

—¡Por dios, pero si es Kiba-kun! – gritó un joven de cejas abundantes.

—¿Tú? – miró a quien le acompañaban. —¿Y este también?

—Hola. – saludó Sai, algo nervioso al ser victima de la intensa mirada de cuyo joven el destino es la razón de por que tenemos cabello en la cabeza.

—Es mera coincidencia, ¿No creen? – dijo Kiba, sonriendo. —Que nos encontremos en este lugar.

—El destino quizá… - compuso el joven.

—¿Nunca cambiaras esa frialdad… ni por que ya han pasado los años, Neji?

—Ni por que ya han pasado los años… Inuzuka Kiba.


Un escalofrío recorrió su espalda con un febril entumecimiento. Sintió nauseas con sólo abrir los ojos y que un pequeño rayo de luz le hiciera contacto en su frente. Elevó la vista para ver la luz emergente de una pequeña rendija. Tenía ya mucho tiempo en ese lugar y si a eso le sumamos su estado nos da: Dolor, desesperación, soledad…

Cerró los ojos con cansancio. Últimamente, debido a la constante fiebre no descansaba bien, dormía mucho, pero apenas su cuerpo podía recuperarse los malditos guardias entraban bajo las órdenes de su líder y la molestaban con estúpidas preguntas y cosas por el estilo.

Suspiró, ¿Cuánto más estaría ella encerrada en esa cárcel? Miró con una lastimera expresión la oscuridad y el moho que crecía asqueroso en esa verdosa pared. Después dirigió su mirada a las cadenas que la condenaban a permanecer ahí. Miró con desagrado su prisión.

Recostó la cabeza de nuevo y respiró quedito, para intentar dormir de nuevo. Ocasionalmente era lo único que le funcionaba.

—Sakura-san… - la voz de un hombre la despertó de su sosiego. Miró por encima del hombro. Ahí estaba un Anbu. Un enviado especial al que le había asignado atender a la mujer.

Hace años, cuando Sakura todavía no se volvía parte de la rebelión, atendía a los Anbus que salían heridos de misiones de nivel S. ese joven en especial había sido atendido por ella. El muchacho se había salvado de una herida mortal gracias a que Sakura lo atendió de inmediato. Muy agradecido con ella le prometió que le regresaría el favor.

Eran en momentos como estos cuando aquellos viejos favores cobraban vida y se hacían presentes.

El muchacho llegaba cada dos días a su celda. Traía consigo un botiquín de primero auxilios. Debido a que últimamente Sakura había estado muy decaída y de mal en peor. Vomitaba mucho, caía en fiebre constantemente y estaba muy pálida, la falta de sol podría ser la causante.

—Sakura-san, vengo a ver como se encuentra… - el muchacho mostró el botiquín, para indicarle a Sakura el por que de su visita, últimamente la chica tampoco escuchaba mucho.

Ella intentó enderezarse para decirle sus síntomas o dolencias, pero se quedó tendida, sin poder levantarse.

—Ayúdame a sentarme, por favor… - pidió en su susurro.

—Hai. – el muchacho con mascara de Anbu le cogió de la espalda con una mano y la ayuda a enderezarse. —¿Cómo están sus brazos?

Levantó un poco las extremidades, tenía quemaduras por fricción y moretones, sin contar con extrañas erupciones, que podían ser causadas por hongos en las cadenas.

—Aquí tengo desinfectante, déjeme ponerle…- con un aspersor pequeño remojó sus muñecas. Le ocasionó ardor a la joven, pero resistió con un leve quejido.

Después de desinfectar aquí se dedico a inspeccionar los moretones y los rasguños en su cuerpo. Sakura no parecía corresponder a los comentarios del joven, se sentía y estaba ausente.

—Sakura-san… voy a vendarle las muñecas. Así evitara lastimarse con los grilletes.

—Mmm, sí… - musitó. Tenía la mirada perdida. El muchacho frunció el ceño con pena hacia la muchacha.

—Sakura-san, ¿Puedo hacerle una pregunta?

Sakura le volteo el rostro.

—No… no más preguntas. – estaba molesta.

—No es… sobre Uchiha… quería saber como se sentía usted.

—¿Cómo parezco?

—Si quiere, puedo conseguirle algo más cómodo, puedo apostar que una frazada y una cama de piedra no son exactamente lo que necesita, su salud esta delicada y…

—Sé como estoy… no necesito que un amateur me lo diga. Claro, me gustaría algo mejor, es más, me conformaría con dormir en el fango, siempre y cuando sea fuera de aquí.

—Ya veo… intentare conseguirle algo mejor.

—No te esfuerces, quizás lo que harán después conmigo sea matarme…

—Oh, Sakura-san… - intentaba reconfortarle.

—Creo que será mejor que te vayas a descansar, joven Anbu, estar mucho tiempo aquí dentro levantaría sospechas falsas.

—Pero…

—Vete… quiero dormir un poco.

—Mmm, de acuerdo… - sacó una pastilla del botiquín y un termo con agua. —Tome, es contra la fiebre…

Sakura asintió, tomo la medicina y en cuestión de minutos el sueño volvió a apoderarse de su cuerpo.


Una forma muy eficiente para lograr la comunicación perfecta es el aislamiento y compartir tiempo de calidad con la persona con la que quieres formar vínculos. Al menos, eso era lo que le habían dicho aquella vez, cuando descubrió junto con su huésped que la única manera de poder avanzar a un nuevo nivel era olvidando sus diferencias y peleando juntos.

Desgraciadamente, después de que terminó la lucha en binas, se dio cuenta que las promesas etéreas son eso, etéreas, por lo que tuvo que someter su cuerpo y mente a un nuevo entrenamiento, en donde podría soportar, no sólo el poder de su huésped, sino también su presencia, fundiéndose como una sola entidad.

Era un entrenamiento duro, inhumano y lleno de peripecias y desventuras.

Pero por ahí dicen que lo que no te mata te hace más fuerte, y eso estaba por verse.

Una enorme explosión sacudió los alrededores. La jungla se tambaleo ante la presencia de una bestia todopoderosa. Los habitantes cercanos a la explosión se asomaban por entre las ventanas de sus casas, curiosas; pues el miedo había pasado de moda ahí al comprobar que la practica de esas inmensas técnicas estaban bajo control… Al menos eso les había asegurado.

Con una nueva sacudida el rugir de un imperioso monstruo los asustó. De nuevo la atmosfera volvía a colorearse de rojo. Si a lo lejos parecía peligroso de cerca era un infierno.

—¡Una más! – se escuchó la voz de un anciano poco convencional.

La tierra se sacudió bajo dos zarpas ensangrentadas. Con el zarandeo de un toro de rodeo, se encontraba a plena luz del día el rey de todas las criaturas con colas. Tenía un humor de los mil diablos, y en un estado prácticamente pequeño, el rugir del bijuu interno era tan temible que los pájaros huían desesperados sobre el área.

—¡Aun no, aun no! – gritó una anciana esta vez.

Pues aunque la bestia que tenían enfrente no les escuchara, sí lo hacia la persona que estaba dentro de ese endemoniado cuerpo.

Las sacudidas de sus colas estremecieron a los jóvenes arboles que comenzaban a brotar en la tierra fértil. El demonio estaba airado, como si estuviera sosteniendo una especia de exorcismo.

—No sé lo que está pasando dentro de la cabeza de ese muchacho, pero no se ve para nada amigable… - susurró la anciana, mientras se sentaba junto a su marido a tomar una taza de té.

—Podrá controlarlo, de eso estoy seguro, es sólo que el Kyuubi es muy orgulloso. Intenta poner a prueba al chico…

—Zorros, son toda una algarabía.

—Pero Naruto no se lo está poniendo fácil… - le murmuró el sapo viejo, Fukasaku.

—¿Cuánto tiempo llevan así? – preguntó la querida Shima, impaciente por el entrenamiento aparentemente eterno.

—Mmm… ya casi van a cumplir un año… esto sí que se está tardando.

—Naruto dijo que la vez que luchó contra Madara todo había salido a pedid de boca… o bueno, al menos eso creo.

—Yo creo que esa fue una ocasión especial. El Kyuubi sabía que Madara tenía la capacidad extraordinaria de controlarlo…

—¡Ja! – se burló Shima. —Entonces lo hizo por cobarde…

—Te va oír… - le dijo algo apenado Fukasaku.

—¿Y qué? No me preocupa un zorro roñoso y gruñón…

Entonces una corriente de aire los volcó de donde estaban sentados. Los dos sapos se levantaron abrumados y miraron al bijuu a medio convertir. Tenía una sonrisa burlona en la quijada y los ojos con sorna.

—¡¿Tienes algo que decirme, zorro inútil?! – desafío la esposa del viejo sapo.

—Shima, ya, no molestes a Naruto… distraes su concentración.

—¡Él empezó! – reclamó.

—Sí pero… - escucharon una carcajada pequeña, más bien parecía un gruñido. Shima lo miró fulminante.

—¡Se ríe de mí el muy grosero!

Fukasaku suspiró. No tenía remedio.

El zorro ignoró a la anciana y volvió a rugir y reparar como un caballo salvaje.

Shima lo miró molesta.

—Espero que Naruto-chan le de una lección…

—Shima, ¿Por qué no te sientas a tomar té?


—¡Katon, Goukakyu no jutsu! – la llamarada evaporó momentáneamente la gran cascada que fluía con avidez. Una niebla espesa se forma entre aquel valle. Los ojos rojos de un hombre que apreciaban el evento desde una altura prudente resplandecieron con cierto orgullo.

Cuando la neblina espabiló observó la silueta del niño que se encontraba parado en una pared de 90º grados. Se sostenía con las plantas de sus pies y parecía tener pequeñas yagas en los labios y sudor en su frente.

Sasuke tomó dos kunai que traía en su cintura y lanzó las armas en un golpe certero. El niño reaccionó apresuradamente, rápidamente localizando los tiros mortales. Saltó y esquivo ambos. Pero quedó en el aire y con su experiencia previa, mientras caía estiró las manos mientras se pavoneaba en la caía logró posar las manos en la piedra áspera.

Y al momento la fuerza con la que caía se iba reduciendo, hasta parar completamente y adherirse por completo a la pared.

Respiró con cansancio y su pecho se alzaba frenéticamente. Sentir el aire arremolinarse en su garganta y los latidos de su corazón resonaban hartamente en su pecho.

—Todavía falta para el ocaso… - Sasuke estaba detrás de él. Sanosuke miró con lentitud sobre su hombro.

—Lo… lo sien-to… - parecía que vocalizaba. —Estoy… algo cansado.

—Mmm… - Sasuke miró el cielo. Estaba muy azul. —Es medio día… - luego miró al pequeño. —Está bien, creo que es hora de almorzar.

Pareció observar el panorama, parpadeo un poco y después miró a Sanosuke.

—¿Qué se te antoja?

—Lo que sea…

—Bien… ¿Ves allá arriba?

—¿Arriba? – Sanosuke localizó entre un pilar de roca un niño de halcón. —Es un nido…

—Yo iré por el agua y algunas frutas… quiero que consigas huevos y si es posible el halcón.

El halcón… bueno, juzguen ustedes. Un halcón puede volar, un niño no… el halcón es el ave más rápida del mundo, capaz de volar a más de 80 km/hr, bien, eso seria interesante.

Sanosuke respiró y tomó valor.

—De acuerdo… - aceptó.

Cerró los ojitos y juntando un poco de chakra en sus manos y pies e intentó subir. Lo hacia muy lentamente, prueba de que estaba cansado. Respiraba agitadamente y con pesar. Todavía su corazón se revolvía entre su pecho. Iba a la mitad del risco y cuando estaba por tomar una rama de árbol para seguir subiendo el destino se le negó.

La rama se rompió al no poder soportar su peso y Sanosuke perdió el equilibrio, cayendo sin escalas hacia el fondo.

—¡Oto-san!- gritó con poco aliento. Pidiendo su ayuda… que fue correspondida.

Sasuke apareció en pleno aire y lo sujeto con firmeza mientras que, haciendo muestras de sus años de experiencia, paró la caía con sólo posar su mano en la piedra.

—¿Estás bien? – había preocupación en su voz. —Sanosuke… ¿Estás bien?

—S-Sí… - gimió.

—Mejor, déjalo, hijo… estás muy cansado.

—N-no… no es cierto, aun puedo… subir.

—Por supuesto que no. – su Sharingan comprobó el bajo nivel de energía que había en sus venas. —Vamos… - se impulsó y cayó de pie. Sacudió un poco su cabeza y dejó al niño en el suelo.

Cuando los pies de Sanosuke se apoyaron en un monte plano cayó de sentón y respiró apresuradamente. Estaba agotadísimo, y Sasuke lo sabía. Llevaban ya mucho tiempo entrenando, tres semanas aproximadamente y Sanosuke había mostrado una sorprendente mejora. Era casi excelso… de hecho, quizás un prodigio.

Uchiha se sentía mal por obligar constantemente al pequeño, pero no le quedaba de otra, debía saber al menos defenderse y saberle dar una paliza a alguien. Claro, sabia que si las sospechas que Sai y él habían establecido eran ciertas, Sanosuke tendría que tener un entrenamiento mínimo de tres años más para poder sobrevivir en el campo de batalla.

Resistiendo con el pulso de la vida y sus responsabilidades, le pidió al niño que no se alejara de la protección del valle. Iría solamente por comida.

Sanosuke entendió los términos y se acostó en tronco hueco, seco y acogedor. Esperaría a su padre mientras descansaba el excesivo entrenamiento.

Sasuke no tardó mucho en regresar. Traía consigo codornices que había cazado. Algunas raíces y hongos comestibles; y claro, plantas medicinales.

Mientras las codornices se asaban, Sasuke prosiguió a preparar un ungüento para Sanosuke. Tenía raspones por todos lados y quemaduras en la boca.

—Estoy bien, oto-san, no hay necesidad de… ¡Auch!

Soltó de improvisto cuando Sasuke aplicó a sus heridas la pomada.

—Bien, ahora acerca la cabeza.

El pequeño obedeció y Sasuke colocó pomada en sus labios. Cuando el niño sintió el ardor una lágrima de cocodrilo se asomó por su tierna carita.

—Arde… - se quejó.

—Se quitara, no te preocupes… - le sonrió de lado. El niño imitó la acción de su padre.

Una vez que acabó de colocarle la pomada, le dijo que se sentara a descansar un rato, mientras la comida era preparada tan rápido como se pueden invocar el jutsu de fuego. ¿Cómo cocinar con chakra de fuego? Bueno, Sasuke ya conocía ese truco, tenía experiencia viviendo y cocinando de manera rápida.

El pequeño quedó maravillado al ver la maestría con la que vivía su padre, sin lugar a dudas estaba inspirado a ser como él.

—¿Sucede algo? – le preguntó Sasuke al ver que el niño no le quitaba la vista de encima.

El niño negó con la cabeza y siguió sonriendo.


Con la vista apoyada en el cielo y el pensamiento en el pasado, descendió desde las montañas hasta una aldea pobre y polvorienta. Arrastraba una capa vieja y rasgada, mojada por la neblina y el lodo que se entremezclaba con el agua de los manantiales. Un parche en ojo y un gorro sospechoso, hacían que el hombre pareció un pirata terrestre o si no un hombre misterioso que si bien no era un asesino, era un indigente o un hombre que fingía ser algo que no era.

Entró a una taberna e inmediatamente fue el centro de atención. Hombres robustos y bigotones se fijaron en su delgadez y fachada pálida. Otros en su forma de vestir, y una dama, la desdichada mesera de ese bar lleno de brabucones se atrevió a mirarle con algo de curiosidad.

Se sentó en una mesa y la joven se le acercó. Extendió una carta carcomida.

—No quiero nada de menú, gracias, sólo quiero leche.

—De acuer-

—¡¿Qué no quiere nada?! – un hombre, de delantal engrasado y con una barba larga se acercó a él con un machete en mano. Mascaba tabaco y el desagradable olor se colaba por todas partes.

—Forastero… Aquí no se puede beber sin comer primero. – agregó otro tipo, menos rechoncho que el hombre del delantal.

—No tengo hambre… sólo quiero leche. – abogó tranquilamente el recién bajado de las montañas.

—Sólo los niños chillones deben leche… - se burlaron. —Estás muy flaco, hombre, anda, pide algo de comer…

—No gracias…

—Insisto. – la orden era clara. Aquel hombre quería hacerlo comer… y claro, sin omitir que se burlaban de él por su repentina llegada.

—He dicho, que no… Sólo deme leche para beber.

—Ah… yo te daré esa leche… - su voz sonaba a amenaza, se puso alerta. De un golpe volteo la mesa, cayeron al suelo una servilleta y un par de cubiertos.

El hombre del delantal miró despectivamente a su cliente de capucha.

—Ahora, dinos… - lo tomó del cuello. —¿Quién eres? ¿Para quién trabajas? ¿Y a que has venido a esta taberna? – por el tono de voz claramente podríamos intuir que esos hombres escondían algo y que la palabra "Quiero un vaso de leche", probablemente eran claves de alguna estúpida conspiración de cualquier mafiecilla de ligas menores.

—No te incumbe… mantecón. – respondió, sin inmutarse.

—¡¿Mantecón?! ¡Ah, este se esta buscando una cita con mi puño!

—¡Dale una paliza! – gritó otro hombre.

Y el "mantecón" le hizo caso. Abalanzó u puño en contra del encapuchado, acertó un golpe y sonrió estúpidamente hay creerle roto el cuello. Pero no supo que se equivoco, pues cuando revisó el cuerpo sólo era un muñeco de paja con la capa sobrepuesta.

Sintió un metal frio en el cuello. Miró de reojo y observó a aquel hombre amenazándolo con un kunai.

—No sé que es lo que se traen entre manos… pero no tolerare que una bola de gordos me diga lo que tenga que hacer.

—¡¿Bola de gordos?! – el hombre del delantal intentó removérsele, pero no lo logró. Lo tomaron del brazo y le dieron una vuelta dolorosa, azotándolo contra el piso y dejándolo anonadado.

El otro hombre que habló hace rato intentó golpearle, pero tampoco alcanzó a acercar un golpe. Le propinaron un puñetazo y una patada tan fuerte que lo mandó a volar.

El hombre del delantal se levantó airado e intentó envestir a aquel hombre encapuchado. Mas la imagen de aquel hombre de parche en ojo se desvaneció en el aire y a cambio de eso sintió que le abofeteaban en la cara, le sacaban el aire de una estocada y era alzado del cuello sin esfuerzo.

—¿Qui-en eres? – le preguntó con ahogo.

—Hatake Kakashi.

—¡¿Hatake?! – abrió los ojos con gran impacto.

Kakashi lo lazó contra unas mesas y se acercó a la barra, donde estaba la chica.

—Dame leche… - se cortó un dedo y después de una seria de dedos un sello negro apareció en el piso. Una nube de humo y enseguida se escucharon los jadeos de feroces fieras.

Un equipo de perros bien entrenados y con aspecto peligroso murmuraban entre ellos pequeños ladridos y sacaban la lengua con desgane.

La mesera los miró maravillada.

—Usted es un ninja… - susurró.

—Y ellos también… ¿Puedes darle leche? Les gusta mucho.

—Y yo te dejare tocar mis almohadillas. – dijo el perrito Pakkun.

La muchacha se escandalizó, los otros hombres se alejaron con el rabo entre las patas y Kakashi, sólo rio divertido. El viaje acababa de comenzar.


Si fuese sus huesos madera estarían en este momento calcinados. Con las manos juntas en la posición del ermitaño, los ojos cerrados y concentrados hasta el límite, Naruto se encontraba en un infierno literal.

Poderosas corrientes rojas de fuego calcinaban todo lo que estaba a su alrededor, el poderoso Zorro demonio se abalanzaba de un lado para otro, como un animal desbocado e iracundo, que trata de matar con la única justificación de parar su ira.

Naruto debía sobre el lomo del demonio. Era como si el mismo juego de Gamabunta regresara a su realidad, sólo que con ahora no era un sapo gigante, sino un peligroso, malhumorado y enojado zorro.

Tenía que quitárselo de encima, pero Naruto estaba firmemente adherido con la ayuda de su chakra y todo su espíritu. Debía someter al Kyuubi con todo lo que pudiera, y la única manera era demostrando lo digno que era. No podía caer y tampoco dejarse dominar por su chakra.

Todo el mundo interno de Naruto estaba quemándose en fuego carmesí. El barandal de aquel sello se había roto hacia mucho tiempo. El zorro podía andar libre en su subconsciente y definitivamente, si se le apetecía, tomar posesión del cuerpo de Naruto y mangonearlo a su gusto.

Naruto debía resistir ahí y con su chakra propio hacerle frente al fulgor del zorro. Y aunque sonase algo completamente increíble, Naruto había estado haciendo eso durante casi un año. Su energía estaba al límite, si no era cuidadoso administrando su chakra por su cuerpo, y así mismo administrando el chakra Natural, probablemente su cuerpo explotaría.

Era una prueba sumamente peligrosa. Ahora, como no contaba con la ayuda del sello que Minato le había proporcionado todo era mucho más difícil.

Afortunadamente, estaban con el Fukasaku y Shima, quienes usaban grasa de sapo para ayudarlo a despertar y avivarse cuando fuese necesario.

Les contare, mas posiblemente lo tomen como una exageración, que Naruto había gastado casi todas las reservas de grasa de sapo de la aldea.

Era algo sumamente peligroso y hacia apenas dos semanas que había dejado de depender de la grasa de sapo para intentar dominar a Kyuubi por sus medios. Naruto contaba además, con la recién habilidad de convertir pequeñas posiciones del chakra del zorro en una fuente de energía natural. Una técnica ermitaña muy, pero muy antigua, que consistía en convertir parte del chakra de un enemigo en natural.

Lo malo de todo era que el Kyuubi se había dado cuenta de ello, y por lo tanto, comenzó a utilizar algo que realmente se rehusaba a usar. La apelación.

—¡Basta ya Naruto, antes de que explotes! – le gritaba. —Está más que claro que eres sólo una pulga más de mi pelaje. – se sacudió violentamente. Naruto no cayó. —¡Date por vencido, jamás podrás ganarme! ¡Soy eterno muchacho, nunca me agoto!

Naruto sonrió de lado entre su estado de concentración.

—Nada… es eterno. – dijo.

El Kyuubi sólo rugió y se sacudió más fuerte. Naruto sonrió de nuevo, estaba debilitando a su enemigo, bueno, tal vez físicamente seguía, siendo un dínamo, pero ahora la mentalidad del Kyuubi comenzaba a hacerse cada vez más débil. Se cansaba, y Naruto debía aprovechar ese tipo de oportunidades.

Después de todo, esto apenas comenzaba…


Sakura. – Ino se acercó a ella, le acaricio la mejilla. Sakura había pasado los últimos días postrada en una cama. Desde que Naruto, Yamato y Kakashi le habían traído aquella noche de tormenta, Sakura llegó con gritando. Le gritaba a Sasuke; le imploraba que volviera, que no le abandonara…

Tantas promesas… todo un engaño. Al menos, así lo había entendido Sakura. Y por ese motivo se había pasado acostada en su cama horas, días…

Sus amigos estaban preocupados por ella, la visitaban e intentaban convencerla de que asistiera a un hospital, que monitoreara su embarazo; pero por sobre todo, que no se abandonara a si misma, pues podría dañar al bebé.

El bebé. Era lo único que le hacia comer, lo único que la obligaba a respirar, a no salir corriendo de la aldea a buscar a Sasuke… de no morir en el intento.

Sakura, por favor, respóndeme…

¿Qué? - cuestionó, girando su rostro, demacrada.

Vamos, salgamos a comer… No debes pasártela así…

No tengo hambre…- posó la mano en el vientre.

Sakura, piensa en tu hijo.

Ella no contestó.

¿Por qué hizo eso?

¿El que?

¿Por que me ilusionó y luego me traicionó? ¿Por qué me sacó de la aldea sólo para dejarme después? – lagrimas salieron de sus ojos.

Ino no quiso arriesgarse a decir algo. Después de todo no conocía muy bien la relación que sostenían Sasuke y ella. Lagrimas… más lagrimas.

Sakura cubrió su rostro y se hizo un ovillo debajo de las mantas. Ino la miró con dolor. No le gustaba verla sufrir así. No pudo evitarlo…

Se abalanzó contra su figura cubierta por la sabana y la abrazó de una manera maternal. Sakura dejo de gimotear ante el contacto. Se sintió adormilada…

Entonces un calorcito le tocó los parpados. Asomó la cabeza y observó a Ino derramando gotas de angustia. Lloraba, tenía pena y dolor por ella.

Ino…- musitó.

Vamos, Sakura… no llores más…

Ino… - le tembló la voz. La abrazó.

No llores… o me harás llorar, frentona.

Ambas amigas lloraron juntas esa tarde. Pero eso no fue suficiente, pues Sakura, en vez de mejorar, empeoró.

—¿Por qué lloras, Ino? – la voz masculina de su acompañante le sorprendió. Estaba sentada, bajo un naranjo, con las piernas flexionadas y la barbilla sobre sus rodillas.

—Estaba… pensando en tonterías. – se limpio las lagrimas.

—¿En cuales? – le volvió a cuestionar.

—Pensaba…

—¿…En Sakura?

—Me conoces muy bien, Shikamaru…

—Cómo no hacerlo, hemos sido amigos por tanto… que me parece molesto.

—Tonto. – le lanzó una naranja y Shikamaru no la esquivó, le rebotó en la cabeza. —Gracias… - ahora ya no lloraba.

—Debes superarlo, Ino, Sakura ya no está con nosotros.

—Lo sé, eso lo sé…- cerró los ojos. —Pero, es que… no sé, cada vez que pienso en ella siento algo en mi pecho… Es una sensación tan… - suspiró. —Olvídalo…

—Tsk. – Shikamaru se acercó y se arrodillo junto a ella. —Tranquila… - le tocó la cabeza con cariño y después le besó la frente. Ino sólo sonrió con un leve rubor.

Ambos suspiraron al mismo tiempo.

—¡Vaya, los enamorados siempre son muy tiernos en esta época del año!

Shikamaru reconoció esa voz inmediatamente. Se volteo.

—Temari.

Continuara…

Bien, quizas este capitulo estuvo más corto, sí, lo sé... pero es que necesitaba para la historia la transicion. Espero que comenten y digan lo que quieran. Tambien que el capitulo haya sido de su agrado.

¿Merece un comentario?

Yume no Kaze.