POV Hermione

- Es la cosa más horripilante que he visto en mi vida - exclamó una chica de Beauxbatons situada en la mesa de atrás.

Nick Casi Decapitado parecía estar divirtiéndose al ver las reacciones ante su reciente ocurrencia. Aunque a su favor había que decir que no había sido del todo culpa suya. Aquella mañana algunos estudiantes de Durmstrang a modo de broma le habían retado a unirse a su desayuno, y Sir Nicholas, como a él le gustaba que le llamasen, lejos de tomarse como la ofensa que aquel grupo de chicos pretendían que fuera, había desempolvado su humor más perverso y cogido una tostada de encima de la mesa. En el momento en que abrió la boca y se la tragó se oyó caer el trozo debajo de los asientos. La primera vez había provocado algunas risas, pero ahora todos le miraban con expresión seria, incluidos los que inicialmente le habían incitado a ello. El fantasma parecía haberse vuelto ajeno a todo y a todos y seguía comiendo parte de lo que había en la mesa mientras los trozos seguían cayendo justo debajo. Al final, fue el propio Dumbledore el que intervino dando por terminado aquel grotesco espectáculo y suponíamos que alguna lección a los alumnos implicados. Cuando estos empezaron a soltar una retahíla de disculpas, algunos incluso en búlgaro, la mayoría dejamos de mirar.

Al poco, ya me había levantado y estaba caminando hacía el primer piso acompañada por mi escolta habitual, Harry Potter y Ron Weasly. Había pensado que todo sería más sencillo, que podría pasar de ser amiga a ser tan sólo amistosa con ellos, pero parecían que ambos se habían puesto de acuerdo en hacérmelo difícil. Convencidos de que nada había sucedido durante las vacaciones de Pascua, habían achacado todos y cada uno de mis silencios y ausencias, a la presión ante los artículos de Rita Skeeter. Si hubieran consultado mi lista mental de preocupaciones, no podrían haber encontrado algo que estuviera más abajo. Repasando los puntos mejor posicionados estaban las múltiples averiguaciones sobre mi verdadera familia, con confirmación sobre un árbol genealógico incluida, y si el hecho de que hubiéramos herido a mi falso padre muggle con una puñalada nos traería algún tipo de consecuencia. Y sobre todas ellas, estaba el asunto de Winry. Por muchas vueltas que le diese no lograba encontrar un sentido a su ausencia, pero estaba casi segura que no había sido por voluntad propia. Era extraño como se podía echar de menos tanto a alguien con la que apenas había convivido unos días. Habían pasado ya más de tres semanas de su desaparición y seguía sin tener ningún tipo de noticia. Sumida en mi melancolía habitual apenas me di cuenta que estábamos en la puerta de una de las aulas del primer piso.

- Transformaciones. No hemos acabado la semana y ya me siento agotado -dijo Ron a mis espaldas. Aunque estoy seguro que no todos en este grupo parecen compartir mi opinión.

Le ignoré. Tal y como había estado haciendo en cada una de las ocasiones en las que había intentado provocarme en las últimas semanas. Como otras tantas veces mi silencio no sirvió de mucho, y en seguida saltó Harry augurando la respuesta que al parecer esperaban de mi.

- Vamos Ron, sabes que a Hermione le gusta mucho Transformaciones. Y tal vez nos enseñe algún hechizo que pueda ser útil.

- Dudo mucho que en tu tercera prueba vayan a pedirte que transformes una rata en una copa.

- ¿Y si el trofeo tiene algún tipo de conjuro?

Una sensación de vacío me acompañaba siempre que se sucedían esas conversaciones, como si echara de menos intervenir de alguna forma que ya no podía recordar. No era extraño después de haber borrado todos mis recuerdos acerca de Harry y de todo lo que podía ser importante o constituir una debilidad para él gracias al uso de una Poción Desmemorizante. Con lo único que conseguía conectar últimamente, era con la figura de los fantasmas del castillo, con la salvedad de que yo no atravesaba paredes. Pero si que vagaba sin rumbo entre dos mundos sin pertenecer a ninguno de ellos. Y aunque ya no podía saber porque había tomado aquella decisión una fría calma me invadía cuando intentaba recordarlo como si me estuviera confirmando que había hecho lo correcto. Deseché aquellos pensamientos en cuanto la profesora Mcgonagall entró en el aula y empezó a decirnos que ese día practicaríamos un nuevo hechizo a la par que hacía que multitud de libros empezaran a flotar sobre nuestras cabezas. El hechizo Snufflifors, debía permitirnos convertir cualquiera de esos libros en ratones. Una visión nada agradable de multitud de ratones cayendo desde el techo me invadió, y a juzgar por la cara de Parvati Patil y Lavender Brown no fui la única en plantearme aquella posibilidad. Aunque si algo había aprendido aquellas semanas era que fingir concentración me libraba de preguntas y miradas incómodas, así que me sumergí de lleno en la clase ahogando un poco mi ansiedad hasta el final de la misma.

Después de una aburrida clase de Historia y una más que accidentada clase de Encantamientos, llegamos por fin a la última hora de aquel viernes. Dado que las lecciones de Historia de la Magia las impartía el fantasma del profesor Binns, no podías esperarte grandes sorpresas. Sin embargo, durante la clase del profesor Flitwick, habíamos tenido que practicar el encantamiento repulsor, lo contrario al encantamiento convocador de la semana anterior. Debido a la posibilidad de que ocurriera algún percance desagradable, el profesor nos había entregado a cada uno una pila de cojines convencido de que con ello no nos haríamos daño. No contó con el entusiasmo de Harry que pensaba que le sería útil para el torneo, ni con la pésima puntería de Neville. La clase se dio por finalizada cuando fue el propio profesor Flitwick el que acabó siendo lanzado por los aires. Muchos de mis compañeros de Gryffindor seguían comentándolo cuando llegamos a las Mazmorras y otros tantos sólo dejaron de hacerlo cuando el tono de las voces que teníamos justo delante se hizo mucho más alto.

- Esta vez se ha vuelto loco, pero loco de verdad. Nos ha puesto una poción muy complicada y nos iba echando de la clase si no le gustaba los pasos que íbamos siguiendo. Al parecer lleva así toda la mañana. Yo he podido estar hasta casi completar mi poción, pero al final también me ha mandado a recoger mis cosas.

El que se quejaba en voz alta no era otro que Michael Corner, un estudiante de nuestro curso con el pelo oscuro y que pertenecía a la casan Ravenclaw. Además, era el chico con el que Ginny Weasly llevaba viéndose en secreto durante semanas. Había sido una de las primeras cosas que me había contado nada más pisar la Sala Común después de las vacaciones, y aunque había intentado reaccionar de la mejor forma posible, pronto se había alejado frustrada ante la poca emoción que al parece yo había mostrado.

- Bueno no resulta ninguna novedad que Snape esté de mal humor, ¿verdad? -bromeó Ron.

- Puede que a ti no te importe Weasly, pero algunos de nosotros si que nos preocupamos por nuestras calificaciones.

Fingí seguir escuchando lo que sin duda parecía estar a punto de derivar en una discusión, pero mi mente estaba un poco más lejos, en concreto unos ocho o diez pasos más adelante, donde un grupo de Slytherin acababa de doblar la esquina en dirección al aula. Un poco alejado de aquel grupo inicial estaba Draco Malfoy, él único que sabía todo lo que me había sucedido durante los últimos meses. Ron se había referido a él una vez como un ricachón arrogante y malcriado de Slytherin y muchos de los que estuvieran viendo como ponía en ridículo a Neville Longbottom una vez más habrían estado de acuerdo con su definición. Un tiempo atrás yo tampoco se la habría discutido pensé mientras acariciaba la pulsera que se enroscaba alrededor de mi muñeca. El recordatorio de lo mucho que había avanzado mi búsqueda en los últimos meses, desde que escribiera el nombre en el pergamino y de que empezase a vislumbrar que era una Rossier. Entender lo que todo ello significaba me estaba costando un poco más. En aquellos momentos había pensado que Malfoy solo estaría allí para decirme cosas acerca de la familia y la reputación que se suponía, debía proteger. Y aunque no se había cansado de hacerlo, también me había tendido la mano en los momentos en que la había necesitado, sosteniéndome en secreto cuando todo se estaba derrumbando a mi alrededor. Y por mucho que en su momento me hubiese empeñado en negar que fuera así, ahora no quería pensar en cómo hubiesen sido las cosas si no hubiera estado presente.

La puerta del aula se abrió a golpe de un movimiento hecho desde dentro y me apresuré como muchos otros a entrar en ella. Nada más hacerlo un escalofrío me invadió y no fue solo porque estuviéramos en uno de los lugares más fríos de todo el castillo. El profesor Snape me estaba observando fijamente y por un momento pensé que me vería arrastrada a un pozo oscuro y sin fondo. Por suerte al poco rompió todo contacto visual, y empezó a escribir instrucciones en la pizarra mientras todos terminaban de agruparse en la entrada. Las habituales mesas de trabajo compartido habían sido sustituidas por varias filas de mesas consecutivas, unas pegadas con otras, y cada una de ellas contaba con caldero y multitud utensilios. Muchos se miraron sin saber muy bien que hacer y ni siquiera los de Slytherin parecían estar dispuestos a dar el primer paso.

- Disculpe señor pero, ¿qué se supone que haremos hoy? -se aventuró a preguntar Seamus Finnigan.

- No se haga usted el tonto conmigo señor Finnigan, estoy seguro que ya habrá sido advertido sobre la naturaleza de la lección de hoy. Los quejidos del señor Corner y su posterior conversación atravesaban perfectamente las paredes.

En ese momento más de uno de mis compañeros de Gryffindor que había apoyado rotundamente la teoría de que el profesor Snape estaba loco tragó saliva con dificultad.

- En la clase de hoy prepararán de forma individual una Poción Agudizadora del Ingenio. Como su nombre indica esta poción permite que aquel que la ingiera se vuelva más listo durante unas horas, algo que sería francamente recomendable para muchos de ustedes.

Su mirada se concentró primero en Neville que se apresuró a agachar la cabeza y después en Harry que aguantó desafiante hasta que Snape decidió continuar hablando.

- Las instrucciones para su preparación se encuentran en la página ciento cuarenta y nueve de su libro de texto y dado que esta es su última clase antes del fin de semana, les alegrará saber que no hay límite de tiempo. Pueden comenzar.

Me situé delante de mi puesto y consulté la página del libro. La poción sólo tenía tres ingredientes, pero sólo uno de ellos estaba entre los habituales que solíamos usar en clase, la raíz de jengibre, que ya estaba encima de la mesa. Dejé el caldero calentarse y me apresuré a ir al diminuto dispensario situado al fondo de la clase. No tardé en hacerme con un frasco de contenido de amarillo, bilis de armadillo para ser exactos. Contuve la sensación de asco que se había instalado en la boca de mi estómago mientras alzaba la vista en busca del último de los ingredientes. Me subí a la escalera de madera que se encontraba apoyada contra una de las estanterías, tratando de ignorar la multitud de animales disecados que ocupaban gran parte de los botes. Al final lo encontré, una fila entera llena de botes con escarabajos. Solo había un problema, estaban todos vivos y no paraban de moverse dentro de cada uno de los tarros de cristal. Tuve que llevarme la boca para no vomitar al imaginar lo que tenía que hacer con cada uno de ellos para poder completar la poción de Snape. Estaba claro que lo había hecho a propósito.

Cogí el bote y cuando estaba bajando me percaté que desde el otro lado de la clase, Pansy Parkinson señaló algo en mi dirección provocando la risa inmediata del grupo que la rodeaba. ¿Cómo reaccionarían cuando se descubriera todo? ¿Seguirían mirándome de la misma forma? ¿Insultándose por los pasillos? No tenía sentido fingir que no me importaba. Como si hubiera percibido mi angustia Malfoy, que estaba dándole la espalda al grupo en su camino al dispensario, hizo un movimiento de cabeza y nuestras miradas se encontraron. Fue algo efímero, apenas unos segundos, pero me hizo sentir un cosquilleo, una sensación a la que ya debía estar habituada pero que nunca dejaba de sorprenderme. Salí de mi ensimismamiento cuando alguien un poco más abajo me insto a terminar mi recorrido. Terminé de bajar aquella escalera y me dirigí, ya provista con mis ingredientes asquerosos, al puesto de preparación.

Leí con cuidado los pasos a seguir antes de tocar nada más, parecía seguir la dinámica habitual, verter un ingrediente cuando el agua estuviera hirviendo, después otro, remover en el sentido de las agujas del reloj, esperar a que la mezcla adquiera un color u otro y como paso final dejar reposar unas horas. El libro indicaba que la dificultad era moderada, y no había ninguna advertencia adicional ni allí ni en las notas que Snape había incluido en la pizarra. Aun así, sospechaba que podía guardarnos alguna sorpresa además de los escarabajos y los tonos exactos que debía ir tomando la poción descritos en sus notas. Aprovechando que el resto de mis compañeros seguían haciéndose con sus ingredientes seguí pensando donde podía encontrarse la dificultad en todo aquello, hasta que escuché una voz a mis espaldas que me hizo pegar un respingo.

- No ha puesto los tiempos -dijo Malfoy. En ese momento hice acopio de toda mi fuerza de voluntad para no girarme.

- ¿Qué quieres decir? -le preguntó Goyle.

- Tan sólo pensaba en voz alta -respondió mientras caminaba en dirección a su fila.

Le vi alejarse y sentarse al final de mi fila, unos tres puestos más allá del mío y fue entonces cuando caí en lo que quería decir. Snape no había hecho referencia en ningún momento a los tiempos que nos llevaría pasar de un paso a otro, y tampoco el libro. Con las ideas claras me apresuré a preparar todos los ingredientes mientras intentaba calcular el tiempo que me quedaba hasta que el agua del caldero empezara a hervir y comenzase la cuenta atrás. Empecé no por lo más sencillo, pero si por lo menos asqueroso, separar y cortar las raíces del jengibre que teníamos encima de la mesa, y desechar el resto de la planta. También repartí la bilis de armadillo en diferentes recipientes de medición y saqué mi varita mientras intentaba armarme de valor. Cuando estaba a punto de abrir el frasco de escarabajos, me encontré con la figura de Snape justo delante de mi. Tragué saliva y alcé la cabeza a tiempo para escuchar.

- Nada de varitas.

- Pero…

- Nada de varitas -sentenció Snape-. Y debería empezar a verter la raíz de jengibre si no quiere ser suspendida nada más empezar.

La guardé con cuidado y me apresuré a hacer lo que me había dicho, empecé a remover esperando que el caldero reflejase un color verde a la par que pensaba en cómo iba a lidiar con todos aquellos bichos sin la ayuda de un hechizo inmovilizador. El sonido de algo haciéndose añicos y los chillidos de algunas al verse rodeadas por los escarabajos que había tirado Neville me dieron una idea de cómo no había que hacerlo. Cuando la mezcla cogió un color verde lima añadí un poco de bilis de armadillo y me concentré en lidiar con lo que tenía delante. Desenrosqué un poco la tapa, y cogí aire mientras intentaba no gritar ante el contacto con los escarabajos y cuando tenía uno sujeto por las patas volví a cerrar. El maldito bicho no paraba de moverse, haciendo que la sensación fuera muy desagradable. Lo coloqué dentro del mortero, me imaginé que era Rita Skeeter y lo aplasté. Cuando había acabado con otros tres, me fijé en que mi caldera desprendía un vapor azul, y me apresuré a echar todos ellos. No fue hasta después de revisar bien las instrucciones y asegurarme que no tendría que utilizar más escarabajos que fui capaz de relajarme un poco.

Fue entonces cuando levanté la vista, y me di cuenta que muchos de mis compañeros se encontraban lidiando con los escarabajos, y unos pocos como Lavender Brown o Padma Patil ya habían abandonado el aula. Un poco más lejos el caldero de Seamus echaba humo. Parecía que había colocado los escarabajos en un caldero más pequeño aunque más que machacarlos parecía que quería chamuscarlos. Nada apuntaba a que aquello fuera a salir bien. Al resto no le iba mucho mejor. Ron maldecía sin cesar y Harry no paraba de remover el contenido de su caldero con tanto ímpetu que como tuviera un descuido acabaría por derramar todo su contenido. Aquella tarea no entendía de casas porque a los alumnos de Slytherin no les iba mucho mejor. Blaise Zabini suspiraba sobre su caldero, como si esperase un milagro que arreglase su contenido. E incluso Nott que solía ser de lo más aplicados en aquella clase estudiaba el contenido de su poción con ojo crítico. Viendo que todos estaban concentrados en lo suyo y que Snape había empezado a examinar las filas de detrás, me permití mirar a Malfoy. Él estaba demasiado concentrado agitando un frasco con la bilis de armadillo como para percatarse.

Un vapor de un color extraño desvió de nuevo mi atención hacia mi caldero y me apresuré a echar más bilis de armadillo para compensarlo. Repasé las instrucciones del libro, el siguiente paso era remover la mezcla en el sentido de las agujas del reloj hasta que esta adquiriese un tono rojizo. Justo cuando me disponía a hacerlo me fijé en la pizarra y solté la vara de cristal con la que pensaba ponerme a remover. Leí varias veces la misma línea del libro y la inscripción de la pieza pero nada cambió, ambas instrucciones se contradecían entre sí. Mire a mi alrededor pero todo el resto seguía sumido en una batalla personal contra el contenido de su caldero, y ya cuando iba a girarme para ver qué hacía con el mío reparé en un par de ojos azules que me observaban desde detrás. Si la memoria no me fallaba se trataba de Greengrass una alumna de mi curso que estaba en Slytherin. Esta a punto de ignorarla cuando vi que tenía sus dedos justo en el mismo paso en el que yo me había quedado y lejos de transmitir desprecio, su mirada era interrogante. Estaba claro que ninguna de las dos teníamos idea de qué hacer.

- Granger, Greengrass, ¿Están intentando comunicarse mentalmente por alguna razón que al resto nos es desconocida? -se burló Snape desde el fondo de la clase.

- No señor… -respondió ella en voz baja.

Conocía bien ese tono así como la expresión en su cara que lo acompañaba. Ambos destilaban culpabilidad por haber intentado hablar con una sangresucia. Pero yo no soy como todos piensan, pensé mientras intentaba calmarme antes de responder.

- ¿Y bien? -insistió Snape.

Definitivamente ese hombre había decidido hacernos pagar por todos los problemas que hubiera tenido en su vida en el transcurso de una sola clase.

- Sólo nos preguntábamos acerca de las instrucciones señor, en concreto…

- Creo que están muy claras señorita Granger… -me interrumpió-…. Por favor prosigan con la elaboración.

Solté un suspiro de resignación mientras miraba como mi caldero empezaba a echar burbujas. Me aparté un poco intentando a la vez pensar y alejar mi pelo de todos aquellos vapores. Ya me costaba bastante manejarlo en los días normales, no necesitaba añadir más dificultad a aquella tarea. No me resultaba placentero dudar de lo que estaba escrito en un libro, pero intuía como algo bastante probable que el profesor Snape tenía más conocimiento sobre Pociones que aquel que hubiese escrito ese libro. Miré mi reloj, ya no faltaba mucho para que la clase finalizase. Sería muy fácil, un ingrediente a destiempo como parte de aquella mezcla y podría irme de allí. Pero eso no era lo que habría hecho meses atrás y al menos en clase me había propuesto seguir actuando como lo habría hecho entonces, algo que me ayudaba a no afrontar que tal vez la Hermione que todos conocían se había ido del todo.

Miré las instrucciones oficiales una vez más y cerré el libro de golpe para ponerme a dar vueltas a aquella masa burbujeante en el sentido contrario a las agujas del reloj. Contuve la respiración hasta después de un par de vueltas, cuando ya empezó a adquirir un tono verde lima, tal y como marcaba la pizarra. Después de añadir de nuevo el jengibre y la bilis y darle no pocas vueltas por fin el contenido del caldero empezó a acercarse al tono esperado. En ese momento sonó la campana que indicaba el final de la clase.

- Aquellos cuyo contenido del caldero no sea de un tono púrpura pueden abandonar el aula. No valoraré pociones incompletas por lo que no recibirán más puntuación que sus compañeros que la han abandonado previamente.

- Si lo llego a saber empiezo antes el fin de semana -se quejó Ron por lo bajo.

Aun así muchos se apresuraron a recoger sus cosas deseosos de ponerle fin a las clases y las tareas por esa semana. La chica Greengrass se quedó mirándome unos instantes como si quisiera decirme algo, pero al final también salió del aula como los demás.

- Señor, ¿qué ocurre si es de un tono lavanda? -preguntó Nott desde el otro lado de la clase.

- ¿Qué pone en la pizarra señor Nott? -le contestó Snape con malicia.

- Se que pone púrpura no lavanda pero no lo entiendo. He seguido todas y cada una de las instrucciones del libro al puede de la letra.

- Tal vez no debería dar por válido absolutamente todo lo que está escrito en ellos señor Nott. Podría aprender de la señorita Granger, ella también dudó pero al final se decidió a aplicar un buen criterio.

- No voy a dejar que alguien de su clase me imparta lecciones.

Después de soltar aquello, lanzó una mirada despectiva a mi dirección. Le ignoré, no iba a darle el gusto de entrar en su juego. Lo que no pude obviar fue el hecho de que Malfoy tenía la mano agarrotada contra la vara y estaba removiendo su caldero con tanta fuerza que parecía estar a punto de echar a perder su trabajo de elaboración de toda la hora anterior.

- Puede tomárselo usted como quiera señor Nott. El resultado será el mismo. Y ahora háganos a todos el favor de abandonar el aula.

- Por supuesto. No quiero seguir viendo como el jefe de la casa Slytherin defiende a una sangresucia.

Snape abrió la boca para contestar, pero el sonido de un fuerte golpe encima de la mesa silenció cualesquiera que fueran a ser sus palabras. El sonido lo había hecho Malfoy que se había girado en dirección a Nott y tenía las manos aferradas contra el filo de la mesa que tenía justo detrás.

- Pero, ¿qué demonios te pasa? -le reprendió Nott. Desde luego no se esperaba esa reacción, bueno ni él ni ninguno de los que estábamos allí.

- Te estás poniendo en ridículo -le contestó. Su tono de voz sonaba contenido pero el subir y bajar de su pecho le delataba. Estaba a punto de perder los estribos.

- ¿Me pongo en ridículo por defender mis creencias?

- No. Pero si que has conseguido que te saque de tus casillas un simple ejercicio de clase.

- ¿Ah si? Pues yo no creo que sea el único que esta fuera de si.

- Suficiente -dijo Snape poniendo fin a aquella discusión-. Les insto a ambos a controlar su temperamento y mantener a raya sus emociones si no quieren acabar como esos Gryffindor idiotas de los que tanto se burlan.

Aquellas palabras así como la mirada de advertencia del profesor Snape no hicieron que el ambiente del aula fuera menos tenso pero si que bastaron para que Nott se decidiese a recoger sus cosas y marcharse de allí. Malfoy por su parte volvió a mirar al frente, ignorándole por completo. Yo miré a ambos lados, nerviosa. Sentía que debía decir algo pero no sabía el qué.

- Profesor, gracias por…

- Solo quedan ustedes dos… -me interrumpió sin tan siquiera mirarme-… Que decepcionante.

- Es lo que tiene estar rodeado de compañeros mediocres… -puntualizó Malfoy-… Y ahora, ¿qué quiere que hagamos?

- Deberán ustedes completar la poción si no quieren acabar teniendo la misma puntuación que el resto de sus compañeros.

Vi como Malfoy se debatía entre protestar o no ante la propuesta de Snape pero antes de que pudiera hacerlo, la puerta del aula se abrió con un fuerte estruendo.

- Ha aparecido otra señal Severus, y conoces tan bien como yo su significado.

Parecía que los que estábamos en esa sala habíamos sido víctima de un Petrificus Totalus, los tres nos habíamos quedado mirando en dirección a la puerta incapaces de pronunciar palabra. El que acababa de entrar no era otro que Igor Karkarov, el director del instituto Durmstrang, y tal y como había averiguado hacía pocas semanas aquel que dio gustosamente el nombre de mi abuelo, Evan Rossier, con tal de alejarse de los barrotes de Azkaban. Hubiese mantenido una mirada fija de odio contra él si no hubiera sido porque la forma en que se agarraba el antebrazo izquierdo desvió mi atención. Algo de color negro asomaba por debajo de su manga. No fue la única en darme cuenta puesto que Snape se encaminó a su dirección y lo primero que hizo fue bajarle la manga de la túnica hasta la altura de la muñeca.

- Te veo muy alterado Igor. Hablemos fuera.

- Pero…

- Hablemos fuera …-insistió mientras le empujaba fuera del aula-… En cuanto a ustedes, todavía les quedan por seguir dos pasaos más antes de completar la poción. Estaré en mi despacho. Cuando crean que han terminado háganmelo saber.

Sin decir nada más, se encaminó fuera del aula y cerró con un fuerte portazo. Nada más hacerlo, solté un suspiro de alivio y me dejé caer contra el borde de la mesa. Él no paraba de pasarse la mano por el pelo colocándoselo hacía atrás, y cuando por fin nos miramos, ambos estallamos en una sonora carcajada.

- ¿Qué demonios ha sido eso? -pregunté entre risas.

Él me hizo una señal para que me callara, todavía luciendo el rastro de una sonrisa cuando se llevó los dedos a los labios para que guardara silencio. Sacó su varita y fue en dirección a la puerta.

- Colloportus… -susurró haciendo que la puerta se sellara sola-… Muffliato.

Me quedé esperando para ver el efecto del segundo hechizo pero nada sucedió. Aun así Malfoy parecía bastante satisfecho mientras miraba a la puerta de madera. Guardó su varita y se dejó caer contra el respaldo hasta acabar sentado en el suelo.

- ¿Qué es ese hechizo? Muffliato. No creo haberlo visto en ningún libro -le dije mientras me acercaba.

- Ni lo verás. Es un hechizo inventado, aunque el mérito no es mío. Me lo enseñó Snape en segundo año.

- ¿Qué hace?

- Permitir que tengamos una conversación decente después de semanas.

Me sentí culpable de inmediato. En parte era cosa mía que no hubiésemos podido reunirnos tal y como habíamos planeado en el tren de regreso de las vacaciones de Pascua. Harry y Ron me seguían a todos lados, incluso en las horas libres entre clase y clase, y cuando por fin se iban a practicar hechizos y maleficios para la Tercera Prueba, Viktor Krum se convertía en mi sombra. Ni siquiera cuando salía de la biblioteca, a veces a altas horas de la noche, me dejaba que fuera a la Sala Común de Gryffindor sola. Tanta caballerosidad nórdica estaba empezando a colmar mi paciencia.

- Sabes que esto sería mucho más fácil si revelases ahora mismo quien eres, ¿verdad? Si es verdad que atraerías otra clase de problemas pero nadie nos miraría raro si nos pillasen hablando.

- Malfoy por favor, no digas esas cosas a la ligera. Y menos aquí -le respondía mientras miraba nerviosa hacia la puerta.

- Tranquila. El Muffliato hará que cualquiera que pase por el pasillo escuche tan sólo un molesto zumbido. Por eso es tan útil.

Sólo entonces conseguí relajarme y sentarme junto a él. Nos encontrábamos hombro con hombro, ambos con las piernas apuntando al centro de la clase. No creía haberme sentado de una forma tan relajada en semanas.

- No pienso revelar nada hasta que no encuentre a Winry. Necesito un testigo.

- ¿Y yo qué soy? ¿El vecino de al lado? -me preguntó llevándose la mano al pecho y fingiendo estar ofendido.

- Ya sabes a lo que me refiero. No quiero que nadie dude de que estoy diciendo al verdad.

- Muchos querrán estar imaginándoselo, créeme. Vas a hacer temblar los cimientos de este colegio cuando se enteren.

- Me alegra ver lo mucho que te divierte todo esto -le respondí sarcástica mientras le daba un pequeño puñetazo en el brazo.

- Me divertiría ver la cara de Potter cuando se entere. Créeme, pagaría parte de mi herencia por verlo. Y te estoy hablando de una cantidad considerable de galeones.

- No hace falta que me restriegues que eres rico, ¿vale? Es de sobra conocido.

- De acuerdo, de acuerdo. Pero hablando ya en serio, me gustaría que todo esto acabase. Y pronto. Estoy empezando a cansarme de tener que ir de puntillas cuando algo te sucede, de no poder intervenir.

Entonces yo tenía razón en lo que había sucedido hoy. A él le suponía tanto esfuerzo como a mi él no poder responder a todos esos ataques. Una cosa es que yo me sintiera inútil ante todo lo que estaba pasando y otra cosa era hacérselo sentir también a él, por lo que en seguida me apresuré a quitarle importancia.

- No tienes de que preocuparte. No tiene sentido que me ofenda por algo que no tiene nada que ver conmigo. Además, seguro que tienes asuntos más importantes que atender.

- Mmm, a ver déjame pensar. No participo en ningún Torneo en el que corra un peligro mortal, tengo todas las asignaturas del año bajo control y he aclarado las cosas con Colette. No, la verdad es que no tengo nada más de lo que ocuparme.

Una fría punzada me atravesó el pecho y una sensación incómoda se instaló en la boca de mi estómago. Aun con lo confundida que estaba, como si estuviera a la deriva en medio de un mar embravecido, sentía que él era mi puerto seguro, mi refugio. Pero ahora parecía que iba a tener que compartirlo con alguien, alguien que si que podía dirigirse a él en público sin que nadie levantase la cabeza para mirar mejor. Al instante me sentí culpable por pensar así, era como si mi parte más egoísta hubiese decidido despertar de pronto.

- Deberíamos terminar la poción antes de que Snape vuelva -dije mientras me levantaba apresuraba a levantarme.

Él no me siguió, sino que se quedó unos instantes mirándome desde abajo.

- ¿Qué ocurre?

- ¿Te has hecho algo en el pelo? Está diferente.

- Es lo que ocurre cuando lo expones a un montón de vapores -dije mientras me colocaba tras un muro de pura ironía.

- No es solo eso…- dijo mientras se levantaba-… Te lo has colocado de otra manera y lo tienes más liso, ¿verdad? Me he fijado en qué no dejabas de intentar colocar unos mechones en su nuevo sitio.

- Esta bien… -me rendí-… estoy siguiendo algunos consejos que me dejó Winry, ¿contento? Además, ¿a qué viene este repentino interés por mi pelo?

- Porque me distrae.

- ¿Te distrae? ¿Cómo que te distrae? La verdad, no entiendo como el estado de mi pelo afecta a tu vida Malfoy.

Eso último sonó un poco más rudo de lo que pretendía. Todavía seguía molesta por la mención de Colette, ¿cómo podía si quiera mantener conversación con alguien que consideraba que ver a un fantasma comer una tostada como lo más asqueroso que había visto en su vida? Aunque bueno, seguro que en sus encuentros no se paraban a hablar demasiado. Desterré cualquier imagen de ambos en mi cabeza y para cuando levanté la vista tenía a Malfoy justo delante de mi.

- Como no puedo acercarme y preguntarte que tal, tengo que fijarme más. Se que las cosas han cambiado pero es justo ahora cuando no puedes derrumbarte.

- No es que hayan cambiado, es que están del revés. Todos los días me despierto y tengo que quedarme acostada unos minutos solo intentando recordar que es real. Además, sigo sin saber que tiene que ver esto con mi...

Me quedé muda cuando estiró el brazo hacía mi y colocó su mano contra la parte derecha de mi cara. Contuve la respiración y parecía que él también hacía lo propio mientras me acariciaba, no se si consciente o no, la mejilla con el pulgar. De repente noté esa zona de piel mucho más sensible que las demás. No sé cuanto tiempo pasó hasta que Malfoy deslizó su mano un poco más arriba y me quitó con cuidado una de las horquillas que llevaba en ese lado del pelo.

- Si la pones un poco más adelante, podrás controlar ese mechón rebelde que invade tu cara cada dos por tres -dijo mientras la colocaba con cuidado.

- Gracias… -respondí con dificultad-… ¿Terminamos la poción?

Me encaminé hacia mi puesto sin esperar una respuesta por su parte y por una vez agradecí que el agua en las Mazmorras saliese helada. Sentí alivio nada más notar el contacto del agua y como toda la sangre que había subido hacía mi cara bajaba de golpe. Cuando volví al puesto Malfoy estaba añadiendo la raíz de jengibre a ambos calderos. Nada más inclinarme para comprobar que la mezcla empezaba a coger el color adecuado noté la diferencia, ya no había mechones molestos de por medio.

- Es mucho más cómodo colocado así. Tu madre te ha enseñado unas cuantas cosas.

Mi intento de volver a la normalidad después de lo sucedido fue recibido por una carcajada. Me quedé mirándole con una expresión interrogante hasta que por fin se explicó.

- No fue por mi madre por lo que lo aprendí.

- ¿Entonces quién?

La expresión de su cara me dio la respuesta que necesitaba y la visión de un presumido Lucius Malfoy colocándose el pelo delante de un espejo, me hizo reír de nuevo. Él no tardó en unirse y en esas estábamos cuando escuchamos un sonido al otro lado de la puerta. Parecía que alguien estaba intentando abrirla desde el otro lado. Durante unos momentos vacilé, no quería que aquel momento, él único en el que había podido hablar con total libertad después de semanas, acabara. No quería volver al autocontrol, quería dejarme ir, quería seguir diciendo lo primero que se me pasara por la cabeza sin tener que meditar cada palabra. Pero la expresión de Malfoy era clara y antes de que yo pudiera hacer o decir nada más, hizo un movimiento de varita y la puerta se abrió. Viktor Krum estaba justo al otro lado, respaldado por las figura de Crabbe y Goyle, formando un trío de lo más peculiar. En cualquier otro momento, me hubiese reído.

- Herr-mione. No has aparecido en la biblioteca, estaba prreocupado.

Le miré confusa sin hacerme la idea de que creía que podía pasarme estando allí dentro. Me costaba mucho adivinar por donde iban a ir sus pensamientos.

- Me han dicho que podía encontrarrr-te aquí, aunque no esperaba que fuese con él.

Intenté que mi voz sonara normal, tranquila. Como si nada hubiese sucedido durante todo eso tiempo. Y por supuesto, evité mirar a Malfoy al responder.

- No ha sido algo planeado. El profesor Snape se ha ausentado y nos ha dejado solos terminando la poción.

- ¿Planeado? ¿Cómo ibas a planear quedarrr-te aquí un viernes por la tarde?

- Quiere decir que no ha sido por voluntad propia. Snape nos ha obligado. Cabeza hueca.

Eso último lo dijo por lo bajo pero no pasó desapercibido a los oídos de Viktor que se acercó a grandes zancadas hacia donde estábamos. Me apresuré a detenerlo antes de que todo empeorase todavía más.

- Basta. Ya me queda poco para terminar… -dije mientras me interponía entre los dos-… Pero ahora tienes que dejarme concentrarme o todo mi esfuerzo se quedará en nada. Puedes venir cuando termine.

- O puedo esperar aquí.

Su cara no dejaba lugar a dudas, pensaba quedarse hasta que terminase la condenada poción. Solté un suspiro de resignación antes de volver a mi puesto a esperar a darle vueltas a la poción y esperar que se volviera naranja.

- Crabbe, Goyle. No os quedéis como tontos en la puerta. ¡Entrad! -ordenó Malfoy.

Ambos le hicieron caso de inmediato, enrareciendo todavía más el ambiente del aula. Por alguna razón que desconocía empezaron a contarle a Malfoy algunas cosas que no esperarías de un par de matones. Crabbe le habló de sus progresos en clase de Herbología y Goyle hizo lo propio con pociones. Al parecer no haber sido de los primeros en marcharse era un motivo de gran orgullo. Malfoy les escuchó sin pronunciar palabra y les dio algunos nombres de personas a las que podían pedirle la tarea. Después de escucharles un rato, y aunque no me agradaba la idea de que Crabbe y Goyle fueran amenazando a otros para así poder copiarles, si que percibí como Malfoy de una forma u otra estaba intentando ayudarlos. Parecía preocuparse más por ellos de lo que quería aparentar, sobre todo por Goyle y me pregunté si sería porque les consideraba más amigos que matones a su servicio. No me permití divagar mucho más sobre ello, más que nada porque Viktor estaba sentado a mi lado en silencio, observando con detenimiento todos mis movimientos. Era algo francamente molesto, pero no tanto como cuando le dio por hablar.

- ¿Qué poción es?

- Una poción Agudizadora del Ingenio.

- ¿No es muy difícil? Estoy seguro que en Durmstrang no la prepararíamos hasta sexto año.

- En Durmstrang no es el profesor Snape el que imparte pociones.

- Cierrr-to… -Se quedó un instante pensativo, como dudando qué decir a continuación. Al poco, volvió a hablar-…¿Te apetece pasear luego por el Lago?

- La verdad es que no.

Me sentía mal por responderle tan fríamente, pero ya me estaba costando bastante guardar la compostura, como para encima mostrarme ocurrente ante un tema de conversación tan absurdo.

- Disculpa Viktor, estoy agotada. Ha sido una semana muy dura.

- Ultimamente todas lo son.

No, pensé mientras todo mi cuerpo se ponía de pronto en alerta. Ya tenía suficiente con que estuviéramos todos en las Mazmorras. bajo ningún concepto pensaba retomar una de nuestras habituales discusiones en presencia de Malfoy. Era más de lo que podía soportar. La expresión de mi cara debió de ser tan cristalina como las aguas del Lago Negro porque en seguida Viktor pareció darse cuenta de donde estábamos y cambió totalmente de registro.

- Te he trrr-aído una cosa. Un regalo.

- Oh, por favor -susurró Malfoy por lo bajo.

Viktor deslizó su silla hacia atrás dispuesto a levantarse pero le contuve poniéndole la mano en la rodilla.

- Sólo me queda meter esto en un frasco y nos iremos. Así que no montes una escena durante ese tiempo. ¿Crees que serás capaz? -le amenacé mientras acercaba un frasco de cristal con mi nombre al caldero.

- Estás enfadada, ¿verdad?

- No contigo.

Bueno, aquello no era del todo cierto. Pero dado que mi enfado podía repartirse a partes iguales con el mundo, me parecía injusto verter toda mi frustración con él. En su lugar, empecé a verter el contenido del caldero en el frasco.

- El regalo, es un libro. Sobre Bulgaria, para cuando vengas verano.

Nada más oír aquello una sensación de pánico me invadió y el pulso me tembló lo suficiente como para que parte del líquido caliente se derramase sobre mi mano. Solté una palabrota mientras dejaba el frasco encima de la mesa y Viktor iba a por un paño. Mientras se alejaba busqué la mirada de Malfoy, sólo para encontrarme con un muro de hielo impenetrable, acompañado de una certeza todavía más fría. Ya lo sabía. Lo sabía. Sabía que Viktor me había invitado a visitarle a Bulgaria en verano. Y yo me había resistido a darle una respuesta definitiva, porque me hacía sentir segura saber que al menos una de las cosas que me afectaban estaba en mis manos. Había guardado aquel secreto y acababa de estallarme en la cara. Lo más probable es que estuviera pensando en todos los momentos en que podría habérselo dicho y no lo había hecho. Y maldita sea. Yo estaba pensando en lo mismo. Mi cara debía ser la culpabilidad personificada. Me vi obligada a dejar de mirarle cuando Viktor me colocó el paño de agua fría sobre mi mano.

- Herr-mione. Crrr-eo que debemos ir a la enfermería.

Quería decirle que mis ojos no estaban llorosos por la quemadura, que no era el escozor de la poción lo que me oprimía la garganta impidiéndome pronunciar palabra, ni lo que hacía que mi rostro reflejase dolor.

- ¿Por qué no vas a avisar a la señora Promfey? Yo mientras puedo ir a llevarle el frasco a Snape e ir después a la enfermería -le dije a la desesperada.

Quería que se fuese, que desapareciese de mi vista el tiempo suficiente como para poder darle una explicación a Malfoy. Cuando se fuera Viktor me acercaría y me lo llevaría hacia el lado de la clase que estuviera un poco más apartado y podríamos hablar en privado. Si, eso era. Así conseguiría aclararlo todo y más les valdría a Crabbe y a Goyle no interponerse en mi camino.

- Yo lo llevaré -dijo de pronto Malfoy.

- ¿Qué? -respondí confundida mientras daba un paso hacia él. Él hizo exactamente el mismo movimiento, como un espejo, salvo que el suyo fue hacia atrás.

- Te lo agrrr-adezco -dijo Viktor.

Quería decirle que eso no era lo que tenía en mente, pero no tuve oportunidad. En lugar de eso, me quedé allí, como convertida en piedra y sin poder hablar, como una muñeca rota a la que empujaba la corriente. Me dejé arrastrar cabizbaja primero fuera del aula y después por los pasillos hasta llegar a la enfermería. Y así permanecí sin emitir ningún sonido mientras la señora Promfey me aplicaba un ungüento en las manos. Para cuando terminó, mi mano estaba intacta. Como si nada hubiera pasado. Pero si que había pasado. Había pasado de todo. Y el miedo se había encargado de silenciar mis palabras. Me clavé las uñas en las palmas de la mano y el dolor me ayudó a aclararme las ideas.

- Me he dejado el libro de pociones.

- Te acompaño -se apresuró a ofrecerse.

- No es necesario.

- Insisto.

- Puede ir a buscar un libro yo sola Viktor… -le respondí. Esta vez casi gritándole. Él se quedo en el sitio, con expresión seria y sin duda esperando algún tipo de explicación a aquel estallido repentino. No se la di. -… Y después me iré a mi habitación, a descansar. Como ya te he dicho ha sido una semana muy larga.

Me alejé de allí a grandes pasos, sin esperar a que me contestara. Me sentía como si me encontrase en lo alto de una montaña y notaba que me falta el aire, se hacía difícil respirar, pero me forcé a seguir caminando cada vez más deprisa en dirección a las Mazmorras. Nada más abrir la puerta grité su nombre, sin importarme las consecuencias, pero no había nadie allí para escucharlo. Me quedé parada unos segundos hasta que caí en la cuenta de que lo más probable es que no volviera. El miedo a empeorar las cosas había desaparecido, y en su lugar se había colocado una fría certeza, una que me decía que había hecho algo muchísimo peor, no decir nada en absoluto. Me encaminé hacia mi sitio, donde sólo quedaba mi libro al lado de un caldero ya vacío. Lo cogí, me di la vuelta para salir del aula, y entonces lo vi. El frasco con mi nombre estaba hecho añicos en la basura. En ese momento me di cuenta de dos cosas, la primera, no iría a Bulgaria. Ni aquel verano ni ningún otro. La segunda, le había hecho daño a Malfoy. Y le conocía lo suficiente como para saber que aunque me dirigiera en ese momento a su ventana a pedirle perdón, él me dejaría fuera y yo moriría congelada. Miré hacia abajo. Por alguna razón me había rodeado con los brazos, como si me hubiera construido yo misma una prisión y quisiera encerrarme dentro de ella. Fue entonces cuando empecé a llorar.

POV Lafford

Un más que oportuno ataque de tos me invadió por tercera vez en lo que llevaba allí, librándome una vez más de dar respuesta a las preguntas incómodas que no habían parado de formularme desde que me habían traído de vuelta al Ministerio. Sentía como mi cuerpo se doblaba con cada sacudida, los ojos se me humedecían y mi boca se abría de forma instintiva en busca de aire. Desde el punto de vista médico, resultaba fascinante lo que una sola noche en Azkaban podía causar en el cuerpo de una persona, aunque la persona que tenía justo en frente no parecía compartir mi opinión.

- Su cliente parece ser propenso a sufrir ataques de tos ante las preguntas incómodas -puntualizó el funcionario.

Ese hombre bien entrado en la cuarentena parecía tener la capacidad de hacer que los que entrábamos en su despacho perdiésemos la noción de cuanto tiempo llevábamos allí dentro. No se cansaba de hacer preguntas y cada vez que detectaba cualquier resquicio que pudiera considerar como dudoso en las respuestas que recibía, movía ligeramente su bigote. Parecía querer compensar con él, la poca cantidad de pelo que le quedaba sobre su cabeza, aunque si alguien se hubiera molestado en preguntarme, le habría dicho que parecía que tenía un arbusto en medio de la cara. Esa respuesta le hubiera sido sin duda más útil que toda la sarta de mentiras que mi abogado le llevaba soltando toda la tarde. No estaba dispuesto a tener a un representante que librase mis batallas, y menos cuando estas eran dialécticas, pero Lucius no me había dejado opción. Según él, para evitar cualquier otro acto impulsivo como el que me había metido en aquella situación.

- Mi cliente goza de una salud delicada. Y la estancia en Azkaban solo ha contribuido a empeorarla.

- Yo veo a un joven perfectamente sano.

Sonreí ante aquel cumplido inesperado y me paré a contemplar mis manos. Sin duda no había rastro del paso del tiempo en ellas. Si no fuera porque ese hombre quería empapelarme hasta el cuello, me hubiese divertido viendo su reacción al decirle que le doblaba en edad.

- No sería el primer inquilino de Azkaban que ingresa sano y sale con múltiples complicaciones -insistió mi abogado.

- Tal vez esos inquilinos como usted los llama deberían habérselo pensado mejor antes de hacer algo que les condujera a prisión en primer lugar. Yo prefiero pensar que son criminales y que están mejor tras esos muros que entre nosotros.

- ¿Y qué hay de la presunción de inocencia? Las acusaciones contra mi cliente carecen de fundamento, su caso hace aguas. Mi cliente no conoce los matices del idioma y pensó que sus compañeros, que por cierto entraron en una propiedad privada sin una orden de registro específica, querían llevarse las pocas posesiones que esta buen hombre atesoraba de su estancia en América. ¿Cómo reaccionaria usted si el primer día en un país extranjero un funcionario amenaza con llevarse todas sus posesiones?

Bueno, bueno. Aquello empezaba a ponerse interesante. Y tenía que reconocer que aquel hombre se estaba ganando cada uno de los galeones que costaban sus honorarios. Debía acordarme de su nombre para poder darle las gracias si conseguía sacarme de allí.

- Señor Greengrass, si el baúl hubiese contenido posesiones dentro de lo normal su cliente ya habría salido por la puerta del Ministerio hace horas y a estas alturas ya estaría cenando con mi familia. Pero el informe del señor Weasly es claro, "elevada sospecha de posesión de objetos oscuros"

- Oh por favor, lo dice como si el baúl de mi cliente hubiese estado lleno de huevos de Basilisco. El señor Weasly apenas pudo inspeccionar su contenido y después de tantas horas de trabajo pude haberse confundido con facilidad. Además, le repito que no había orden de registro específica en la propiedad del señor Lucius Malfoy por lo que cualquier elemento sustraído durante el supuesto registro carece de valor legal.

- ¿Y qué hay de la inusitada cantidad de galeones que contenía dicho baúl? No puede ignorar los cargos de tráfico de capitales.

- Y no lo hacemos. Pero mi cliente me ha explicado sus motivos y son razonables. Y no hay ningún delito que impida el transporte de una fortuna.

- Si cuando se hace fuera de los mecanismos oficiales.

- Le afirmo que ese no ha sido nunca el objetivo de mi cliente. Y él mismo me ha asegurado que pretende regularizar su situación en cuando pueda acercarse a Gringotts, cosa que no sucederá si usted se empeña en que ambos permanezcamos encerrados en esta diminuta oficina.

No tardé en desconectar de toda aquella batalla dialéctica sin sentido y en su lugar me dediqué a mirar el lugar donde me encontraba. Se trataba de un despacho circular con impolutos azulejos oscuros, excepto en un parte, abajo, a la izquierda, una grieta rompía la armonía circular. Muchos dirían que afeaba el conjunto final, pero a mi siempre me habían gustado, al fin y al cabo eran líneas que dejaban entrever lugares secretos de nuestra historia personal. En los primeros momentos de un trauma, el cuerpo actúa caótico, desorganizado y tu mente cree que el dolor no terminará nunca, pero no es así. Es en ese momento es cuando cómo médico, ya seas mago o no-maj, debes comenzar el trabajo sucio de buscar y poner fin al caos que tienes ante tus ojos. Todo ese trabajo deja cicatrices, y ya sean visibles o estén escondidas bajo la piel, son la señal de que tu cuerpo ha luchado y ha vencido al dolor.

La conversación a mi alrededor había subido de tono, pero me negué a intervenir. No quería echar a perder los esfuerzos de mi abogado por sacarme de todo aquel lío. Pensé en Hermione, mi ahijada, una palabra que todavía se me antojaba extraña. Era alguien francamente joven, pero no por ellos frágil es más parecía estar ya curtida por sus propias batallas. Habían pasado más de tres semanas, tiempo suficiente para que te den el alta en un hospital si una herida no ha afectado a ningún órgano vital. A estas alturas debía ser casi como una vieja herida que se cierra dejando sólo una cicatriz. Las viejas heridas tienen un poder especial, están allí para enseñarnos que comportamientos no debemos repetir. Pero no todo el mundo recuerda lo que hizo mal, y cuando eso sucede, entonces es síntoma de que estamos ante algo que se debe aprender una y otra vez. Y esa era la lección que pretendía hacer entender a los Granger en cuanto tuviera oportunidad. Ese pensamiento me tranquilizó lo suficiente para mantener una actitud calmada y colaborativa hasta que todo se aclaró. Ni siquiera pestañeé cuando se me impuso una sanción de mil galeones y hasta conseguí no reírme cuando me dijeron que estarían pendientes de mis movimientos. Para cuando salimos de la décima planta, Lucius ya había pagado la totalidad de la multa y pudimos abandonar el Ministerio sin ningún peso o remordimiento a nuestras espaldas.

Al día siguiente me levanté temprano, y para cuando daban las nueve en punto ya estaba en el extremo del Callejón Diagon esperando a que abriera Gringotts. Para ser una mañana de finales de abril, una brisa fría se deslizaba desde las tiendas de abajo, congelando a todo aquel que pillase a su paso. Me subí la solapa de mi abrigo de cuero y me paré a observar a los duendes que flanqueaban las puertas macizas del principal banco de los magos. Sin duda parecían querer dotarles de una apariencia imponente con tanta oro y plata adornando su uniforme, pero no parecían portar nada que les protegiese de encantamientos y objetos oscuros. Los duendes parecían demasiado confiados en la inviolavilidad de la institución que preservaban. No tardaron en hacerme pasar, y una vez en el salón principal, me vi flanqueado con multitud de duendes sentados sobre altos taburetes con libros de cuentas, plumas y dinero mágico. Ninguno parecía detenerse a admirar el reluciente suelo de mármol o las imponentes lámparas de araña que se encontraban sobre sus cabezas, y estaban demasiado concentrados examinando las monedas con sus codiciosas manos como para fijarse cuando alguien pasaba por su lado. Me entretuve escuchando la conversación de dos de ellos, en la que preveían que el mercado de pociones mantendría la tendencia alcista que llevaba arrastrando, según ellos, desde las últimas jornadas y ambos ya habían empezado a frotarse las manos pensando en su elevada comisión. Cuando se percataron de que estaba escuchando se alejaron a la par que me lanzaban miradas de sospecha.

- Señor Rossier, sentimos haberle hecho esperar.

Bajé la vista sólo para encontrarme con un duende de escasa estatura, orejas pronunciadas y ojos negros como el carbón. Su mirada era casi tan desagradable como las que sus compañeros me habían otorgado antes, algo que resultaba irónico dado que iba a dejar una considerable fortuna en ese banco. Antes de que pudiera si quiera pronunciar palabra, el duende volvió a hablar.

- Nuestro rompemaldiciones no destaca por su puntualidad.

Tal y como su nombre indicaba un rompe maldición es el encargado de acabar con cualquier tipo de hechizo, maldición o embrujo de algún lugar. Lo normal es que estuvieran en Egipto o alguno otro lugar lejano, despejando el acceso a pirámides o tumbas y trayendo de vuelta suculentos nuevos tesoros para el banco. Como si le hubieran convocado, una voz atropellada resonó a sus espaldas.

- Me temo que hoy ha madrugado mucho más que yo señor Rossier. Siento la espera.

Él que hablaba era un joven alto, pálido y con una abundante mata de pelo rojo que entendía la mano para saludarme. Mientras se la estrechaba, me fije en qué un pendiente con forma de colmillo sobresalía de una de sus orejas y a juzgar por su apariencia parecía que esa mañana se hubiera vestido para acudir a un concierto de rock en lugar de para ir a trabajar. Me cayó bien de inmediato y eso solo complicaba las cosas.

- Bil Weasly, estaré encantado de ayudarle a acceder a su cámara.

- ¿Weasly? -pregunté al instante.

- Si, si. Si ha pasado por el Ministerio puede que se haya cruzado con mi padre, Arthur Weasly, trabaja en el departamento de Seguridad Mágica, o con mi hermano Percy, que está en el departamento de Cooperación Mágica Internacional.

Parecía como si alguien me hubiese condenado a encontrarme una y otra vez con los miembros de aquella familia. Me planteé suspender mis planes, dejarle simplemente hacer su trabajo y acceder a mi cámara, comportarme como cualquier cliente normal que quería salvaguardar su fortuna. Pero el tiempo jugaba en mi contra, y no sabía cuando se me presentaría otra oportunidad como aquella. Así que les seguí y oculté mis intenciones bajo un trato y una sonrisa cordial.

Unas horas después salí de allí con una cantidad considerablemente más pequeña de dinero en los bolsillos. En su lugar, tenía una mano dolorida en la que pronto empezarían a formarse ampollas si no aplicaba una pasta contra quemaduras y unas cuantos arañazos. Poco me parecía después de haber sometido a la maldición Imperius a dos empleados del banco y haberme colado en la bóveda de los Lestrange. No había tardado en dejar inconsciente al joven Weasly una vez que hubo terminó de quitar todos los hechizos que protegían mi cámara, no podía arriesgarme a que mostrase resistencia a la maldición y decidiera actuar por su cuente. Pero el duende, al que había bautizado como Ragnok el Horroroso, había sido peligrado y no había dejado de recordarme con cada una de sus acciones que aplicar un conjuro sobre cualquier criatura siempre conllevaba un componente de incertidumbre que no podías controlar. Por su culpa habíamos salido disparados de la vagoneta que tenía que conducirnos de vuelta a la superficie, y habíamos tardado un tiempo considerable en recorrer a pie el laberinto de piedra que formaba la compleja estructura de las bóvedas. Llegué a la Mansión Malfoy agotado por el esfuerzo que me había supuesto caminar por estrechos y empinados pasillos y agradecí que todos estuvieran demasiado ocupados como para percatarse de mi regreso. Nada más entrar en la habitación en la que los Malfoy habían tenido la cordialidad de permitir que me alojara, me encontré con el reflejo en el espejo y me di cuenta del poco tiempo que me quedaba en realidad. En este se encontraban reflejados una serpiente y una lechuza muerta. Por un momento pensé que podría tratarse de una profecía que debía interpretar, hasta que deslicé la mirada por la habitación y me di cuenta que la escena del espejo era totalmente real.

- Han llegado hace una hora más o menos -dijo una aguda voz que provenía del extremo de la ventana.

No era otra que Winry, la elfina doméstica de Jane-Anne y ahora de Hermione, que se encontraba sentada encima del baúl de su antigua señora. Casi en la misma posición que la había dejado. No parecía estar incómoda ante la presencia de una pequeña serpiente marrón encima de la moqueta.

- ¿Alguien más sabe qué están aquí?

- No. Winry pensó que era más apropiado esperar a que el señor Lafford volviera de su visita a Gringotts -me respondió con un tono en apariencia inocente-. Al principio ha llegado la lechuza con la serpiente entre sus garras, y nada más aterrizar la serpiente ha mordido a la lechuza.

Aquella elfina era mucho más lista de lo que quería aparentar. No me extrañaba que Jane-Anne hubiese confiado en ella para que guardara algunos de sus secretos. Por respeto a su memoria, no consideraba apropiado mentirle en aquella cuestión aunque tampoco iba a revelarle toda la verdad.

- Winry se pregunta por el resultado de su visita.

- Ha ido más o menos según lo esperado. He conseguido abrir mi cámara y depositar todos los galeones en ella -dije mientras sentía todavía más el escozor de mi mano-. Con respecto a la cámara de los Rossier, parece que va a ser más complicado. Los duendes no están a favor de que las bóvedas se hereden y han pasado más de diez años por lo que han considerado que ha pasado tiempo suficiente como para hacerse con todo su contenido.

- Pero hasta Winry sabe que su contenido no les pertenece. Todo lo que hay en ella es propiedad de la señorita.

- Comparto tu opinión. Pero parece que vamos a tener que recorrer un camino más largo del qué esperábamos para que eso suceda. Por suerte, mientras eso ocurre podrá disponer del resto de galeones.

La elfina me miró con expresión disgustada, no conforme con el curso de los acontecimientos que se sucedían a su alrededor. Algo me impulsó a acercarme y tranquilizarla antes de hacer frente a la situación que se sucedía en aquella estancia.

- Se que esto no es lo que querías. Pero conseguiremos recuperar todo lo que un día fue de los Rossier, Hermione, tú y yo. No dejaremos que el nombre de esta familia caiga en el olvido. Ahora debo encargarme de otro asunto, y para ello debo pedirte que abandones la habitación un instante.

- ¿Tiene algo que ver con la señorita? -preguntó reacia a irse.

- Te aseguro que todas de mis acciones tienen como objetivo prevenir que algo malo le suceda. Es lo único que puedo decirte.

Vi como la elfina se debatía entre obedecer y no mis órdenes. Pasaron unos momentos antes de que se bajase del baúl y estirase con cuidado la funda de almohada que le hacía de vestido. Los elfos domésticos normalmente lucían harapos que se hacían ellos mismos, a pocos magos les importaba como vistiera el servicio mientras hicieran lo que les mandaban, pero aquella tela parecía adaptarse bastante bien al diminuto cuerpo de Winry, y ahora sabía porqué. Se lo había hecho la propia Hermione, y aunque no fuera una obra de costura demasiado buena, la elfina parecía particularmente orgullosa de su nuevo uniforme. Eso me recordó que debía preguntarle algo antes de que se marchara.

- Winry, ¿recuerdas si Jane-Anne cosía?

- ¿Coser señor? Winry no lo cree posible. Winry cree que si a la señora le hubiera dado por coser o tejer se acordaría.

- Gracias, eso es todo. Debo pedirte que no reveles nada de lo que ha sucedido en esta habitación, ¿de acuerdo? No quiero tener que borrarte los recuerdos.

- Winry lo hará, pero sólo porque no quiere poner en peligro a la señorita.

Cualquier otro mago se hubiera sentido molesto al oír a un elfo doméstico hablarle prácticamente como un igual, y cualquier elfo habría esperado recibir como mínimo una amenaza o paliza después de aquello. Por suerte para ambos, yo no era su dueño y tenía la mente un poco más abierta de lo que la podían tener algunos de mis colegas. Aun así atreverse si quiera a decirlo demostraba hasta que punto la elfina estaba dispuesta a arriesgarse por la seguridad de su familia. Cuando estuve seguro de que cerraba la puerta tras de sí y no se quedaba escuchando al otro lado, saqué lo que había estado guardando en el bolsillo de mi chaqueta. Varios trozos de pergamino con diminutas aberturas y unidos por un trozo de hilo que terminaba en un pequeño dedal. Escritos en cada una de ellos sólo había lo que podía describirse como joyas de magia oscura, instrucciones para una poción de la resurrección y varios encantamientos fortificantes que servirían para mantener con vida a cualquiera al borde de la muerte. Y aunque haber confiado en Bellatrix Lestrange para que lo guardase en su cámara, había sido arriesgado ahora se demostraba como una jugada maestra. Trece años muerta y Jane-Anne todavía era capaz de darme lecciones. Cogí otro trozo de pergamino y garabateé unas líneas antes de guardar tanto eso como el conjunto de pergaminos dentro de un sobre con múltiples encantamientos de sellado y protección y un hechizo Flagrate. Si alguien que no fuera el destinatario intentaba abrir el sobre, todo lo allí escrito empezaría a arder.

- Se suponía que tenías que volver junto con esa lechuza -le espeté a la serpiente aun sabiendo que no me entendería.

Asesinar estaba en su naturaleza, no tenía sentido reprocharle haber seguido sus instintos. Aunque eso me complicase todavía más las cosas. La serpiente se retorció un poco cuando le abrí la boca y deposité un ratón muerto y el sobre dentro, pero se controló lo suficiente para no morderme. Busqué las fuerzas de donde no las tenía, y conjuré un pequeño cofre donde deposité a la serpiente hinchada. Unos pasos al otro lado del pasillo me hicieron darme cuenta que no estaría mucho más a solas, por lo que me apresuré a dar un par de golpes al cofre con mi varita y finalmente lo hice desaparecer.

POV Pettigrew

Tierra, barro y piedras. Elementos entre los que siempre me había sentido cómodo desde niño, hasta alcanzar mi versión de animago. Llevaba meses cavando un pasadizo aprovechando mi forma de rata, avanzando un poco más día a día, en los pocos momentos en los que estaba libre de cuidar al Señor Oscuro. Pero cada vez me costaba más justificar mis ausencias, mi señor empezaba a recuperar fuerzas y hasta había sido capaz de lanzar una maldición imperdonable, aunque por suerte para mi, no sin esfuerzo. Escuché como algo se deslizaba por encima de mi cabeza y entonces lo supe, era Nagini la serpiente del Señor, recorriendo un camino en mi busca. Odiaba a esa serpiente por ser tan astuta y por hacerle creer que estaba intentando escapar. Aunque fuera verdad. Había suplicado a mi Señor que me dejara ir incluso a por el chico, pero ya estaba advertido, y no me permitió salir. Avancé lo más rápido que pude por aquel túnel y volví al almacén con tiempo suficiente como para fingir que estaba trabajando en la Poción del Renacimiento que el Señor necesitaba, y que no sabía cómo arreglar.

Nada más volver a mi forma humana, un objeto encima de una de las mesas llamó la atención. Me acerqué a él con manos temblorosas casi sin poder creerme que fuera real, dentro una serpiente adormilada e hinchada intentaba salir de allí sin éxito. Fuera lo que fuera lo que portaba dentro de su estómago estaba empezando a pasarle factura. Sin pensármelo la abrí en dos y saqué un sobre de color marfil. Estaba impoluto a pesar de estar rodeado de ácidos, jugos y vísceras. Cuando acababa de empezar a examinar su contenido Nagini apareció, sólo para indicarme con la cabeza que la siguiera. Mi señor quería verme. Entré en el salón despacio, arrastrando los pies y notando el crujido de cada una de las desgastadas tablas de madera a cada paso. Nada más hacerlo una voz gélida y penetrante invadió toda la estancia.

- Colagusano. ¿Te has divertido escarbando en la tierra?

- No mi señor, yo sólo intentaba… -dije mientras me apresuraba a arrodillarme ante él.

- ¡Sé lo que digo, Colagusano! Lamentas haber vuelto conmigo y estás pensando en cómo escapar. Te doy asco Colagusano, y no crees que pueda lograr volver, ¡lo sé!

El aspecto que lucía ante mis ojos era muy distinto al que había tenido antaño. A base de no pocas pociones había conseguido recuperar un cuerpo casi humano, de complexión huesuda y tamaño poco más grande que la de un bebé. Su cara se asemejaba a la de una calavera sin fosas nasales, y sus uñas largas se aferraban con fuerza a los brazos del sillón donde le había depositado horas atrás. A pesar de que la chimenea estaba encendida, no podía dejar de sentir frío estando en aquella habitación.

- ¡No! Mi Señor… La devoción hacia usted es lo que me trajo aquí en primer lugar.

- Tu devoción no es otra cosa que cobardía. Ahora que estas pensando en un nuevo lugar a donde ir, tus esfuerzos por terminar la poción están decayendo.

- Eso nunca mi señor -le respondí arrodillado y alzando el sobre entre mis manos-… Yo sólo, es qué no soy lo suficientemente hábil. Soy medio ignorante de hecho, no sé ni cómo pude acabar Hogwarts.

- No necesito más excusas, ¿¡qué es eso qué llevas en la mano!? Te advierto qué como hayas puesto en peligro la posición de Crouch con tus inútiles lamentos…

- ¡No es eso mi Señor!… -exclamé desesperado por explicarme-…No es a él a quién le escrito, si no a otra persona. Alguien de confianza mi señor, que estoy seguro que no ha revelado nuestros planes. Con Lafford mi señor. Me puse en contacto con Lafford.

Le vi incorporarse con su varita entre las manos anormalmente largas en comparación con el resto del cuerpo, lo que junto con su sombra reflejada en la pared le confería el aspecto parecido al de una araña. Sólo que las arañas no eran ni la mitad de aterradoras de lo que era mi señor en aquellos instantes. Me apresuré a responder encogiéndome cada vez más. Sabía que era cuestión de un momento que los Crucios cayeran sobre mí como otras tantas veces.

- Usé un medio seguro, una serpiente que le llevó el mensaje. Y ahora él ha contestado mi señor. Con instrucciones, ¡muy precisas! acerca de como finalizar la poción, así como indicaciones para mantenerlo con vida, todo unido por un hilo en torno a un objeto redondo y hueco.

Intenté contener el alivio que sentía al ver que por fin sería capaz de elaborar aquella poción como era debido y que no caería sobre mí toda la rabia del Señor Oscuro por echar a perder su plan de resurrección. Pero no lo conseguí y acabé tirado en el suelo después de que rebotasen contra mí varios rayos salidos de su varita que impactaron contra mi cuerpo como latigazos. Sólo después de eso mi Señor se tranquilizó.

Saqué con cuidado el contenido del sobre para así poder mostrárselo. Los trozos de pergamino de diversos tamaños parecían bailar alrededor de un hilo que acababa en un objeto metálico, como si fuera una pequeña campana hueca cubierta de muescas. No tenía ni idea de que podía ser aquel objeto pero mi Señor, parecía haberse quedado todavía más blanco al ver todo aquello y no tardó en alargar su mano para examinarlo por si mismo.

- Es un instrumento de costura, un dedal… -dijo mientras sujetaba lo que yo había pensado que era una campana hueca entre sus largos dedos. De pronto, como si se hubiera dado cuenta de mi presencia cerró la mano con fuerza y volvió a hablar-… No es nada que te interese. ¿Lafford decía algo más?

- Sólo una breve nota, sólo tres palabras en realidad "Las he encontrado"

Fue entonces cuando lo vi, sus ojos habitualmente vacíos e inyectados en sangre se mostraron de un azul oscuro, penetrante, igual que el mar en una noche de tormenta. Fue algo tan breve que creía habérmelo imaginado. Cuando se dio la vuelta en dirección a la chimenea, comprendí que me estaba dando permiso para irme. No me quedaba demasiado tiempo para ordeñar a Nagini y mezclar su veneno con la sangre de unicornio que le mantenía con vida.


Hola! Si has llegado hasta aquí, MUCHAS GRACIAS por leerme! :D

Como siempre si te ha gustado este capítulo, puedes dejarme un Review y si acabas de llegar a esta historia y dentro de poco descubres que te gusta, puedes darle a Favoritos. ¡Me harías muy feliz!