Disclaimer: Los personajes que reconozcan le pertenecen a Marvel y a Disney.


Notas: ¡Saludos! Por fin acabé… Por Yggdrasil, fue difícil.

Únicamente quiero aclarar que en este capítulo retrocedemos en el tiempo algunos (muchos) siglos… Para por fin conocer el cómo y porqué del abandono. Comienza poco después de lo ocurrido en "Los traumas de nuestra niñez II". Espero no confundir… pero si hay dudas pueden preguntarme.

Ahora si, a leer.


10. Los traumas de quienes nunca fueron niños en realidad.

El ave era hermosa, pequeña, esbelta, blanco plumaje. Su canto no era comparable con nada, suave, melódico, apaciguaba la intranquilidad que le quemaba el pecho. El pájaro, cuyo nombre desconocía, extendió sus diminutas alas y emprendió el vuelo. El ave era libre. Cuánta fragilidad, cuán insignificante era su existencia y aun así, libre. Al perderlo de vista entre la luz dorada del sol asgardiano - que como cada mañana a esa hora parecía reposar entre las cumbres de las dos montañas, allá, muy lejos en el horizonte-, los celos aparecieron para acompañar a la intranquilidad. ¿Por qué un simple pájaro merecía más libertad? ¿Por qué esa criatura podía ir y venir según su criterio? Qué sencilla resultaba su vida.

Cerró los ojos y suspiró por la nariz, girando con lentitud la cabeza. La vista del Reino Dorado desde ese ventanal era amplia y permitía observar su celestial belleza, pero en ese momento el esplendor de Asgard no le significaba nada. Es más, una intrascendental ave posada sobre la rama de un árbol había significado más que los enormes, frescos y coloridos jardines; las suntuosas construcciones, o las supuestas serenidad y perfección. Ahora que el animal se había marchado no valía la pena seguir mirando hacia las afueras del palacio por la enorme ventana de esa estancia.

Clavó la mirada en Odín, sin dejar de ignorar lo que decía. No era necesario continuar escuchando el discurso, la idea principal había sido resumida en una sola frese al principio de su conversación, "Es tu deber controlarte", el resto era palabrería inútil destinada a aminorar el hecho de que el Padre de Todo la consideraba un monstruo. Reprimió el impulso titánico de interrumpir al rey para pedirle, exigirle, que la transformara en aquel pájaro. Anhelaba libertad, y no tanto con respecto a los demás sino más bien de sí misma. Era perpetua la sensación de que existía algo en ella, algo raro y quizá peligroso, con lo cual vivía en constante lucha, una pelea por el poder de su mente y su cuerpo. Quería por al menos un día, liberarse de esa batalla interna, quería ser normal, sino como un humano, como cualquier otro infante asgardiano. Deseaba ser como Sif, ¿a ella qué le preocupaba? Nada excepto su rubio cabello rizado. Sofisticada y respetada como Idunn, que solamente debía cuidar las manzanas doradas y hasta para eso era asistida por decenas de guardias y guerreros.

Pero no, Aiden había nacido "hija de nadie", con quién sabe qué demonios adentro, poco más que una plebeya; torpe sin habilidades en el combate –así que podía olvidarse de la idea de convertirse en Valquiria. Su única habilidad residía en la hechicería. Sin embargo, al momento que Odín estuvo al tanto de dicha aptitud, le prohibió desarrollarla más allá de los conocimientos generales y la curación. Falta gravísima era inmiscuirse en otro tipo de magia, no obstante eso no evitaba que Loki le instruyera de vez en cuando en alguna otra rama de la hechicería.

Sin despegar los ojos del Padre de Todo, quien le hablaba con la mirada perdida en algún punto del horizonte, y manteniendo el mismo semblante concentrado, Aiden suspiró mentalmente.

Loki y la hechicería eran las dos razones por las cuales valía la pena seguir en Asgard. Las risas con Loki y sus travesuras, el poder verter en él todas sus quejas, miedos, tristezas y escasas alegrías, y que el niño pelinegro le tuviera la confianza como para hacer lo mismo con ella. Cabalgar junto a Loki por las tardes, lenta, pacíficamente, en un silencio cálido, justo como el sol en su agonía de esas horas; o galopar, a velocidades peligrosas para ella, provocándole a Loki ataques de histeria mientras intentaba alcanzarla, y ella riendo hasta las lágrimas exigiéndole a su caballo aumentar la velocidad, con el viento en la cara, en su cabello, llevándose momentáneamente las preocupaciones de ambos. En otras ocasiones, en sus habitaciones o en los jardines del palacio, era la magia motivo de cólera en ella y risas en él, porque a Loki le parecía hilarante llevar a cabo el encantamiento de las arañas o el de las serpientes. Los ojos brillantes de orgullo y felicidad del niño cuando Aiden por fin lograba algún conjuro, de esos que, se suponía, ella no sabía nada; siempre que lo conseguía volvía instantáneamente sus ojos a Loki para que éste le indicara asintiendo, que lo había hecho bien, entonces ella dejaba de sentirse una inútil y se decía a si misma que, después de todo, si tenía un algo por lo cual sentirse orgullosa, una razón para no sentirse inferior frente al resto de los niños del palacio. Esos eran motivos suficientes para soportar las que ella llamaba Platicas Matutinas de la Angustia.

Aún recordaba la primera de ellas.

En el gran comedor, sin terminar de asimilar la noticia de que iba a permanecer en Asgard y que sería educada como la hija de un noble, Aiden no tenía apetito. Estaba ansiosa. Las cosas parecían mejorar, mejorarían sin duda. El Padre de Todo había accedido a las peticiones de su esposa. Todo se lo debía a Frigga, su vida iba a cambiar y se lo debía a la reina.

Loki le sonreía tímidamente desde la mesa de la familia real. Fue el primero en enterarse, su madre se lo comunicó, y por mucho que intentó esconder su felicidad, la reina lo advirtió y valiéndose de ello le pidió que se hiciera cargo de introducir y enseñarle a la humana todo lo que sabía sobre la vida en Asgard. Aiden había visitado en muchas ocasiones el reino pero nunca permaneció en él más que unos días, así que limitados conocimientos poseía sobre la forma de vida y las costumbres asgardianas. Loki aceptó sin titubear. Sin embargo no podía dejar de preocuparse por la reacción que tendrían los amigos de Thor cuando se enteraran, por cuál sería su posición: ¿Cuidaría su frágil situación y seguiría fingiendo indiferencia o tendría el valor para unírsele a Aiden en su constante lucha contra los cinco idiotas más grandes del reino? Se decidió por la segunda opción. De cualquier forma ellos nunca iban a considerarlo su igual, cuanto menos su amigo, sufría los acosos de esas bestias desde hacía un tiempo y no veía cuánta diferencia podría haber si demostraba su aprecio por la humana. ¿Para qué soportar la tolerancia hipócrita de un montón de imbéciles inspirada únicamente por el respeto –y miedo- que le tenían a su hermano mayor, si podía disfrutar de una amistad verdadera por parte de Aiden?

Una vez hecha su elección, el niño pelinegro se sintió más que contento. Tendría una amiga, alguien que de verdad quería estar a su lado, y la iba a tener todos los días, aprenderían juntos, jugarían juntos. La vida dejaría de ser tan patética.

En esas seguía Loki mientras esperaba a que el desayuno terminara. Y terminó. Indispuesto a someterse a más protocolos, se despidió de su familia y salió disparado en dirección a Aiden –todavía sentada-, y con toda la gentileza que le permitía la emoción, la llevó por todo el comedor del brazo.

Loki –le susurró tirando un poco de su brazo–, el comedor está lleno.

¿Y? ¿Cuál es el problema? – replicó.

Déjame ser más clara. Tus amados amigos están en el comedor.

Loki se detuvo de golpe bajo el arco de la puerta, e inclinó su cabeza para verla por encima del hombro.

He decidido que no me importa.

Aiden sonrió. Lo correcto era decirle que no, que tenía que importarle, pero al abrir la boca Loki ya había dado media vuelta y la encaraba con la sonrisa ladeada, señal de amistad, complicidad… si a Loki no le importaba tampoco a ella.

Ahora vamos –dijo extendiendo su mano sin dejar de sonreír.

Ella no alcanzó a rosar la piel de Loki siquiera. Odín, que se acercaba a la salida con Frigga y el resto de su comitiva matutina, habló con voz potente.

¡Loki, Aiden! –e inclinando su cabeza les indicó que fueran hasta él.

¡Ah! Por todos los demonios de Muspelheim, ¿qué hice ahora?

La niña entristeció al ver como el brillo de felicidad en los ojos de Loki desaparecía, como su pecho subía y bajaba rápidamente, y sus labios dejaban de curvarse en esa sonrisa encantadora y se fruncían con frustración. Aiden nada odiaba más que ver a Loki perder la tranquilidad, la felicidad, de esa forma. Le era enfadosa la facilidad con que Odín conseguía arrancarle al menor de sus hijos la estabilidad emocional que tan difícilmente conseguía.

Mientras caminaban hacia el Padre de Todo, Aiden no observaba al rey, porque de hacerlo vería la frialdad en sus ojos, y no era correcto mirar al Padre de Todo de esa forma.

Qué sorpresa no se llevarían ambos cuando Odín habló.

Loki, tendrás que esperar, antes debo mantener una conversación con Aiden –sentenció.

Los niños abrieron los ojos tanto como pudieron.

― P-Padre de Todo, ¿he cometido alguna falta acaso? –preguntó ella con un hilo de voz.

No –respondió–. Pero existen cuestiones que debemos tratar ahora que vives en Asgard.

Así fue como Odín la llevó por el palacio. Mientras caminaban él hablaba. Siempre hablaba. ¿De qué hablaba? Aiden a este punto ya no recordaba nada de lo dicho esa primera vez, ni de muchas otras. Pero si recordaba lo que sentía: angustia, tristeza, inferioridad, intranquilidad. También recordaba que Odín nunca mencionaba a su padre, y rara vez mencionaba a su madre. Ni una sola pista de su origen, nunca nada más que la historia fría y reducida de siempre. Ella no preguntaría, por Yggdrasil que no lo haría.

En este preciso instante el tema era el control. El Padre de Todo había pronunciado tanto la dichosa palabra que ya no tenía sentido. Como si necesitara que le recordara algo que hacía casi inconscientemente. Todas las mañanas era lo mismo, ¡solo era una niña, por qué diantres tenía que convivir con temas tan problemáticos tan temprano todos los días!

Afortunadamente estaba a punto de acabarse. La última parte del discurso de Odín vino mientras ella se calmaba diciendo para sí que era un precio aceptable por tener la oportunidad de aprender hechicería y, más importante todavía, estar con sus amigos, específica y especialmente, con Loki.

Cuando el Padre de Todo la dejó, al igual que cada mañana desde hacía dos años (asgardianos), su vida -la vida real, la vida que si tenía derecho de ser llamada vida-, empezó. Se paró de su asiento, en el cual llevaba un largo rato sentada, pensando en que prefería tener Las Pláticas Matutinas de la Angustia mientras caminaban a tomarlas estando sentada.

Sin querer perder más tiempo, recogió con sus manos algo de la tela de su vestido para reducir las posibilidades de tropezarse, y se apresuró por los pasillos hacia el dormitorio del menor de los príncipes.

El niño, en lo que los midgardianos podrían considerar 12 años, jugaba con sus pies, la espalda recargada sobre la puerta de su habitación y la mirada fija en el suelo.

―Si sabes que eres torpe, ¿por qué te empeñas en correr de esa forma? —Soltó Loki lo suficientemente alto para que ella lo escuchara.

Aiden logró llegar hasta él sin caer, muy cansada sin embargo.

―Porque si no entonces tú y tu mal genio me atosigarían por llegar tarde.

―Me he dado por vencido con tu puntualidad. En los años que llevas viviendo aquí no he conseguido que llegues temprano a ningún lugar nunca.

― Pero no es mi culpa, Loki –chilló Aiden. Loki volteó a verla con sorna.

―Lo sea o no, nos ha retrasado otra vez.

La niña suspiró pesadamente, resignada. Loki, el príncipe de Asgard, y su obsesión con la puntualidad. Ella simple y sencillamente no quería lidiar con esa faceta de su amigo, no ahora, nunca, en realidad… pero ahora menos que nunca. En cambio quería pensar en los planes que tenían –que Loki tenía- de viajar a Midgard. La Tierra, de momento, no se le antojaba como lugar de recreación. Necesitaba olvidarse de lo que el rey y sus hermosísimos sermones le habían provocado y su reino natal en nada le iba a ayudar.

―Loki, tal vez deberíamos posponer el viaje –se aventuró a decir.

― ¿Qué? ¡No! Es el único día que tenemos libre en mucho tiempo.

―¿Eso importa…? –Por favor, pensó, nos vamos a fugar quién sabe cómo a un planeta a años luz de Asgard, solos, somos menores, y le preocupa faltar a las lecciones o a la cena.

Loki tenía conflictos.

―Por supuesto que importa, tonta. No quiero problemas con los instructores, mucho menos con mi padre –explicó Loki, exasperado.

―Más problemas de los que de hecho vamos a tener, no lo creo –indicó alzando las cejas.

Loki hizo un mohín de disgusto. —Apenas ayer estabas entusiasmada con la idea, ¿por qué quieres posponerlo ahora?

―Hoy no me siento muy bien –respondió en un susurro y casi sin pensar.

Al instante supo que había cometido un error y suspiró fastidiada. Debió suponer que sus palabras le ocasionarían a Loki uno de sus ya bien conocidos ataques de pánico. Era increíble que el mismo niño capaz de soportar los regaños que Odín profería con ese vozarrón suyo, fuera el mismo que se alarmaba en exceso con una simple frase dicha con el tono de voz más patético del universo. Pero si, era el mismo, y no otro, el desquiciado que la miraba de pies a cabeza con el ceño fruncido, a nada de tomarla en brazos -como lo hiciera algunos años atrás- para llevarla a la Cámara de Sanación.

―¿Cómo…? Aiden, no te puedo dejar un instante sola porque… ¿Dónde…? Tenemos que…

―Loki, Loki. Oye, de nuevo estás perdiendo la cabeza por una insignificancia –lo interrumpió atrapando el rostro de él con sus manos, obligándolo a mirarla a los ojos – Tranquilízate, ¿sí? Respira, Loki. Te estás poniendo morado. No es nada físico, es sólo que… con la conversación de esta mañana con tu padre… eso de ir a Midgard… —lo soltó.

Continuar se volvió imposible con los ojos de Loki tan fijos en ella. Resplandecían, las esmeraldas que Loki tenía por ojos, suplicaban y exigían.

―¡Ahhg! De acuerdo, iremos hoy —se rindió para no seguir pensando en lo que estaba pensando—. Anda, cuéntame tu plan.

―Nada complicado, lo de siempre, hay que escabullirnos – dijo caminando y haciéndole una seña con la mano a Aiden para que le siguiera.

―Heimdall —refutó.

―Magia.

―No podemos utilizar el Bifrost —insistió ella.

―Magia —repitió divertido.

―Es magia avanzada y no creo que tu instructor te dé lecciones de cómo engañar a Heimdall y viajar a reinos lejanos. Por otro lado, yo ni siquiera… —Loki chasqueó los dedos e hizo aparecer un libro en sus manos. No era cualquier clase de libro, era EL libro de hechicería. Su rostro era la viva imagen del triunfo—. ¿De dónde has robado ese libro?

―No es mi culpa que la biblioteca no sea vigilada como debería. ¿Sabes? Estuve deambulando por los estantes y llegué a la conclusión de que si los asgardianos (a excepción de mí, claro está) tuvieran un poco más de cerebro, ese sería el lugar más peligroso de Asgard.

―Loki – comenzó a reprenderlo. Él se encogió de hombros, más divertido que antes.

―Nada puedes hacer, ya lo he tomado.

―No funcionará —aseveró Aiden—. Se necesita un gran hechicero y tú no lo eres, Odinson.

―Aún no —aclaró apuntándola con el dedo índice izquierdo—. Tal vez yo solo no pueda ocultarnos de Heimdall y transportarnos hasta la Tierra, pero seguro que ambos podemos, ¿qué dices?

―Yo no tengo conocimientos en esa clase de magia – dijo dudosa.

―Pues mala alumna mía has sido.

―¿Mala alumna? Pero si las bobadas que me has enseñado no sirven para otra cosa que hacer travesuras – replicó con molestia.

―Eres una malagradecida —dijo fingiéndose herido—. Pero incluso así creo que tienes potencial, y con mi ayuda podremos llegar a Midgard, además, todo está en el libro.

Aiden puso los ojos en blanco. Ante la necedad de Loki, de nada iba a servirle continuar objetando su plan. Así era él: necio, testarudo como ninguno. Y últimamente su obstinación le estaba dando fama de manipulador y mentiroso. Cuando Loki Odinson creía firmemente que algo, lo que fuera, debía hacerse, nada lo distraía de ello.

El resto del camino lo hicieron en silencio, ella siguiéndolo. Se dejó guiar, sin saber por qué se dirigían a aquella parte del palacio.

―¿Qué hacemos aquí? —preguntó cuando Loki se detuvo frente a una puerta.

―Necesitamos que alguien nos cubra mientras escapamos y alguien que de razón de nosotros cuando noten nuestra ausencia…para que no enloquezcan pensando lo peor.

Loki llamó a la puerta tres veces. En seguida del último golpe, salió una niña, quizá un par de años menor que Aiden y Loki, grandes ojos azules, de una muy larga cabellera castaña. La pequeña les sonreía afablemente mientras salía de su habitación.

―¿Lista? —preguntó Loki, ansioso.

―Si —respondió con firmeza.

El pelinegro desvió su mirada a Aiden, quien fruncía el ceño, confundida.

―Ah, sí. Ella llegó hace una semana de Vanaheim. Mi madre le encargó a Thor cuidar de ella pero ha demostrado tener cerebro y me prefiere a mí. Es de confiar —se encogió de hombros.

―Vaya bicho más raro, mira que gustar de tu compañía – exclamó Aiden, examinando a la menor todavía con el ceño fruncido, antes de empezar a caminar nuevamente siguiendo a Loki.

―Eso no te deja en una buena posición.

―A mí no me queda de otra más que soportarte, hijo de Odín – Aiden soltó una risa a un volumen demasiado alto –. Pero esta gusarapa ha decidido seguirte por propia convicción.

Loki rodó los ojos. Que Aiden ni creyera que le iba a seguir el jueguito esta vez… siempre, de una forma u otra, terminaba llorando. Su amiga podía ser muy valiente en algunos –muchos- aspectos, pero Loki tenía la habilidad de provocarle el llanto con una facilidad hasta ridícula.

―No soy un bicho —soltó de repente la niña, molesta.

―Seguro que no —concedió Aiden con sarcasmo y le extendió la mano—. Aiden.

La menor dudó un instante antes de estrechar su mano y relajar sus facciones. —Sigyn— dijo sonriendo.

El gesto irónico: una ceja levantada, media sonrisa torcida y una mano en la cintura, se esfumó de prisa. Paró en seco, provocando que Sigyn hiciera lo mismo y soltó la mano de la princesa. Tremenda falta había cometido y no sabía si lo que le preocupaba era eso, lo que pasaría si el Padre de Todo se enteraba, o el por fin conocerla.

―Princesa —dijo haciendo una reverencia.

Alzó la cabeza buscando a Loki. El muy descarado reposaba la espalda en un muro, algunos metros delante de donde estaban ellas, la ausencia de sonrisa le hacía parecer más divertido. Aiden se dirigió hacia él, con una de esas miradas de "mejor que no te alcance", que Loki advirtió justo a tiempo para abandonar su posición y retroceder.

―Loki Odinson, tenías planeado usar a una princesa, a la princesa con conflictos familiares, y encima permitiste que le llamara bicho y la tratara como a cualquiera… ¿Sabes cuántos problemas voy a tener cuando tu padre se entere? —reprochó colérica.

―No es mi culpa que no la reconocieras —Loki dejó de retroceder permitiendo que la distancia entre ambos fuera mínima y agregó en voz muy baja—: Mírala, ésta de princesa no tiene nada… No dirá una palabra si se lo pido. Y no voy a usarla, no la estoy obligando y tampoco es una gran misión la que tiene que hacer.

―Loki, es de la realeza.

―Extranjera.

―Más grave todavía. Es invitada en tu reino, Príncipe Loki —dijo enfatizando las dos últimas palabras.

―Nadie la invitó. Viene huyendo de su horrible familia y de su patético reino. No es una invitada, Aiden. Es una refugiada.

―Loki —susurró escandalizada. El niño supo que había tocado una fibra sensible en su amiga.

―No, contigo es diferente…

―Basta, déjalo así. Simplemente prométeme que no te aprovecharas de su más que evidente idolatría por ti —pidió ella mirando a Sigyn, quien no se había movido de su lugar y los observaba curiosa—. Prométeme que no le harás daño.

Loki arqueó ligeramente las cejas. ¿Por qué Aiden estaba tan preocupada por un miembro de la nobleza si por lo general los odiaba a todos? Tal vez se debía al hecho de que sentía empatía por la princesa cuya familia era una caos, o quizá…

―¿Sabes algo que yo no? —inquirió.

―No. Solo prométemelo.

―Lo… lo prometo.


Cruzaron el portal juntos, no obstante, ahora, en lo que efectivamente parecía ser Midgard, estaba solo.

El fresco aroma del bosque inundó sus fosas nasales. El agradable olor a tierra y madera mojadas, el sonido de la naturaleza en calma, grillos cantando cerca y lejos, el ruido de pequeños animales nocturnos escabulléndose y el viento soplando suavemente. Tal vez se debía a todo eso o a la gravedad, obviamente menor que la de Asgard, lo que le hacía sentir tan extensa libertad, ligero, casi inmaterial. Ya sabía porque Aiden se cansaba con tanta facilidad en Asgard, era ya un prodigio que pudiera habitar en el Reino Dorado. Para ser una humana (no del todo, se obligó a recordar) soportaba casi satisfactoriamente las condiciones de Asgard.

Midgard parecía ser un buen sitio, se ajustaba a su estándar de un lugar agradable. Si, le faltaba el brillo, el esplendor dorado de su reino, pero estaba bastante bien para un planeta y una raza relativamente jóvenes. Lo consideró un mundo sencillo, fácil, donde la existencia seguramente era cómoda. Claro, qué iba a saber Loki de la vida en Midgard si nunca antes había estado allí.

En esas estaba al oír el sonido de lo que percibió como un grito que venía desde lejos, se sobresaltó. Llevaba un rato ensimismado en sus pensamientos, olvidándose de su amiga, el grito le ayudó a regresar a la situación actual. Súbitamente la preocupación, vieja amiga suya, le azotó el cerebro con crueldad innecesaria, más como una forma de reproche por haberla olvidado. Siendo fiel a su costumbre, pensó lo peor.

― ¿Aiden? —lanzó la pregunta con voz firme pero no hubo respuesta.

De repente tanta oscuridad, tanta calma, le aterró. Quizá las criaturas salvajes de Midgard no fueran ni la mitad de peligrosas que las asgardianas, pero por supuesto podían hacerle daño a alguien como Aiden.

Giró la cabeza buscando la fuente del sonido estremecedor, pero la luz de la luna midgardiana era insuficiente para distinguir algo más que los contornos de los árboles y demás vegetación. Escuchó como, en algún lugar no muy lejos de él, la quietud del bosque era perturbada, pero no le era posible reconocer por qué o por quién.

―¡Corre, Loki! —el grito más que ser de angustia o desesperación, sonaba a diversión.

Al dar la vuelta y ver de qué se trataba, se encontró con Aiden, que corría en su dirección. Lo agarró del brazo forzándolo a avanzar, no sin cierta reticencia.

―Aiden, que… —El niño dejó inconclusa su oración al distinguir la figura de un animal de proporciones considerables, dirigiéndose a gran velocidad hacia ellos. Comenzó a correr y Aiden tuvo que soltarle el brazo y deslizar su mano hasta la de él para sujetarse, ya que los papeles se invirtieron: ahora era Loki quien la obligaba a ir más rápido.

―No, no en esa dirección, sigue andando de frente —le ordenó la niña cuando él trató de seguir lo que parecía ser un sendero.

―¿Qué, piensas correr hasta cansar a esa bestia? … Yo puedo hacerlo pero dudo que tú puedas.

―Vamos hacia el lago, a Elvi no le gusta el agua —Loki se habría parado en seco de no ser por la criatura que les perseguía.

―¡¿Qué?! ¿Nombraste a esa cosa?

―No es una cosa —aseveró Aiden, esquivando una roca enorme—. Es un lobo. El mejor que conozco, de hecho.

―Debes estar bromeando… Espera, vamos a un lago y a tu bestia no le gusta el agua… Por Odín, no pensarás en…

―Si, exactamente eso que tienes en mente.

El tiempo entre la respuesta de la niña y su propia caída en el agua congelante del lago, duró nada para Loki. No bien se decidió a dejar de correr para enfrentarse a la bestia midgardiana, que si bien era rápida no significaría reto alguno para él, cuando perdió el equilibrio ante la inclinación precipitada del terreno y cayó de sentón, empezando a resbalar por la ladera.

―¡Suéltame, Loki! —gritó Aiden, que no resbalaba ridículamente como él, sino que corría inclinada, detrás, jalada por Loki. La soltó pero ya era tarde, Aiden cayó de bruces al suelo, rodó el resto de la pendiente y se sumergió en el agua poco antes que él.

El agua helada lo aturdió y tardó unos segundos en reaccionar. Emergió a la superficie con alteración, tomando grandes bocanadas de aire. Quería asesinar a Aiden cuando empezó a escuchar su risa. Comenzaba a temer por ella pero ahora sentía unas ganas inmensas de ahogarle él mismo.

― ¿Qué es tan gracioso? – alargó Loki.

― Tu cara, eso es – respondió Aiden para explotar en carcajadas nuevamente. Luego alzó la mirada para ver a Elvi dando media vuelta y alejándose –. Te dije que no le gusta el agua –.

―Y no lo culpo –Loki nadó hasta una orilla con pendiente suave y salió del agua –. Vámonos antes de que vuelva –.

― No volverá, tiene asuntos de Lobo por resolver, Loki. No puede quedarse a jugar toda la noche – habló la infante, como quien está seguro de que lo que dice es completamente obvio.

Loki la observó salir del agua, con incredulidad. No importaba las muchas veces que presenciara las extravagancias de su amiga, nunca dejaría de sentirse azorado. Pensó que era así como funcionaba su relación: cuando ella no estaba impresionada, o hasta preocupada, por el comportamiento de él, era al contrario; eso les impedía cruzar la delgada línea de la locura.

―Siempre he sabido que tienes aire en el lugar que se supone debería estar tu cerebro, y también sé que, aparte de mí, tienes los mismos amigos que una roca, pero ¿un lobo como compañero de juegos?

―¿Y si te dijera que hasta es más agradable que tú?

―Eres la única persona que conozco que cree que los animales salvajes pueden ser sus amigos – dijo Loki con una mirada cansina.

―Loki, tu más que nadie, deberías evitar hablar así de los animales, sobre todo de los lobos, y ya en el tema, de las serpientes —Aiden lo miró a los ojos, muy seria.

―Lo estás haciendo de nuevo —él habló con voz muy suave, ella ladeó la cabeza, sin comprender—. Estás siendo demasiado enigmática, diciendo cosas que me hacen sospechar tu conocimiento en asuntos que yo no tengo y, presiento, tú tampoco deberías tener.

Efectivamente no debía poseer esos conocimientos. Había conseguido, en un breve momento de dominio sobre esa mala magia en su interior, tener acceso al Libro de los Mitos, el compendio de pergaminos escritos por las Norns que narraban el destino de cada ser que existió, existe y existirá –escrito con un estilo metafórico y difícil de entender. Relatos sobre eventos casi irreversibles-, el verdadero, el que estaba resguardado en algún rincón del universo y al que ella tuvo libre acceso por unos minutos. No lo leyó todo, se limitó a buscar su nombre, pero éste no apareció ni una sola vez, y a excepción de una página en la que se narraba la devastación a manos de un ser extraño, producto de la unión de dos especies –eso le sonó mucho a sí misma, por lo cual, alarmada, con ayuda de esa misma magia exuberante, arrancó la hoja y la guardó-, no había nada que le hablara de su origen. Pero entonces leyó lo que se contaba sobre Loki, no las versiones resumidas y censuradas que se hallaban en los libros que ya también había leído (a pesar de que no debía), sino una descripción completa, aunque confusa, de las hazañas del príncipe de Asgard. No es que lo hubiera entendido todo a la perfección, eso era casi imposible, pero entendió los puntos importantes. Lo esencial.

―No me pidas que te haga parte de esos conocimientos. Te enterarás a su debido tiempo.

La observó fijamente unos segundos y enseguida asintió.

― Bien y ahora ¿a dónde vamos?

―A buscarnos algunos otros problemas —contestó Aiden, sonriente—. Por cierto, sí tengo amigos a aparte de ti… Thor y Balder…

― Ellos entran en la misma clasificación que el lobo.

Ese fue el primero de muchos viajes a Midgard, gran parte de ellos sin el permiso de Odín. Loki era inmune a la frialdad de su padre, a su lejanía, a su ojo recriminatorio fijo en él, a la culpa y el rencor, siempre y cuando Aiden estuviera ahí, a su lado, a veces compartiendo castigo también con Sigyn o con Thor y Balder, a veces. Siempre que ella estaba allí mientras el Padre de Todo daba su discurso sobre la obediencia, los peligros de viajar a mundos sin supervisión,y un sin fin de motivos, Loki no veía roto su, ya de por si frágil, equilibrio emocional, se sentía bastante bien de hecho, libre de remordimientos, sin el deseo imposible de volver en el tiempo para corregir los errores. Por el contrario, estaba convencido de que si le dieran la oportunidad de arreglar lo hecho, no lo haría, no quería, le gustaban las cosas tal y como se habían dado. El tiempo pasado con Aiden en Midgard, aun si se encontraban Thor o alguno de los otros, era perfecto y ni Odín con todas sus miradas de decepción lo iban a hacer cambiar de parecer.

Aiden, por su parte, hacía uso de lo aprendido de Loki y enmascaraba su regocijo a la perfección, mordiéndose los labios para que la sonrisa no se le escapara. No podía negar que la primera vez si tuvo miedo, pero no por lo que pudiera pasarle a ella sino a Loki. Sin embargo, en cuanto supo que a Loki nada que le afectaba la reprimenda de el Padre de Todo, lo único que experimentaba al ser regañada era una alegría casi indecente, porque no podía esperar a que el teatro que montaba Odín se acabara y así poder ir a encerrarse con Loki en sus aposentos para reírse a carcajadas.

Corrían hasta la habitación de cualquiera de los dos, Loki atendiendo a su educación, la dejaba pasar primero y luego cerraba la puerta tras de sí, únicamente para recargarse sobre ella y deslizarse hasta el suelo, atacado no: muerto de risa. Entretanto Aiden se dejaba caer sobre la cama para reventar en carcajadas cómodamente. De vez en cuando uno de los dos pronunciaba entre toda esa alegría inapropiada el nombre del vigilante de Asgard, como un intento por detenerse pero lo que conseguían era renovar sus fuerzas para más.

Ni siquiera ellos mismos sabían porque encontraban aquello tan hilarante, simplemente lo era y ya. Reían hasta que era doloroso. Reían hasta cansarse y cuando ya no podían continuar, alguno decía lo que ambos ya sabían, algo en lo que no dejaban de pensar mientras se carcajeaban: "Somos unos monstruos, las peores criaturas en todo este terrible reino, Loki" Y volvían a estallar en risotadas.

Minutos -u horas ¿quién podría saberlo?- más tarde, cuando en definitiva ya no podían más, se dejaban caer sobre la cama y ambos buscaban el lugar que consideraban, les pertenecía. Aiden se acurrucaba junto a Loki, apoyando su cabeza en el hombro de él, y el moreno, a su vez, pasaba su brazo por debajo de la cabeza de ella y la estrechaba por los hombros. Aiden se sentía segura, completa, y la sensación de inferioridad y soledad le eran indiferentes, las percibía como sensaciones lejanas, sentidas en otra vida que no era esta, no podía ser esta. Pero lo era, y por ser esa misma vida, tenía que recordar su mantra: control. Entonces debía separarse de Loki y éste comprendía el porqué.

―¿No puedes hacer algo? Me refiero a que si no hay algún hechizo… No puedes pasar el resto de tu vida de esa forma —le dijo él en una de esas ocasiones.

Loki nunca había presenciado eso que a ella le avergonzaba tanto, que provocaba que Odín la solicitara cada mañana. A excepción de esas extrañas oportunidades que había tenido de presenciar la incineración de alguna rama o un libro, objetos pequeños, nada muy grave, a manos de Aiden. Pero eso no decía nada, la única forma de que pudiera convocar el fuego tan rápido y sin asistencia de la magia, era… era una idea que Loki pensaba ridícula, imposible. ¿Aiden, uno de esos monstruos…? No, era inadmisible, tonto. Debía aceptar que era rara, que estaba medio loca, que nunca encajaba en ningún lugar y que le despertaba a algunas personas una mezcla de desconcierto e irritación, que estos la tomaban de arlequín, como una especie de animal de entretenimiento, y aquellos la tomaban por nada… Si, así como suena: nada. Consideraban a Aiden tan inferior que ni reparaban en su existencia. Pero de allí a que ella fuera… fuera un… eso… No, era largo el camino, muy largo.

Fue así como, con la idea que deseaba evitar alojada en el subconsciente, el príncipe se dio a la tarea de buscar la manera de que su amiga pudiera tener una vida un poco más normal. Encontró la solución en un viejo libro de magia y en un mineral cristalizado. Su instructor, el cual le tenía un poco –solo un poco- de estima por sus grandes capacidades para la magia, le ayudaría a encantar la piedra, lo único que tenía que hacer era conseguirla. Fue fácil cuando encontró un anciano en Midgard que le intercambió el rubí por oro. La piedra fue hechizada, Loki mandó a hacer un dije con ella y se lo entregó a Aiden una tarde en la Tierra.

―Supongo que eso servirá —le dijo Loki encogiéndose de hombros—. Procura no perderlo como es tu costumbre.

No, ella no lo perdería. Pero la efectividad del objeto habría de deteriorarse con los años hasta desvanecerse por completo. No obstante, mientras Loki y Aiden eran jóvenes, fue de gran ayuda. Especialmente por cómo se estaban dando las cosas mientras crecían.

Puede ser que Loki, siendo ya adulto, se hubiera olvidado de muchos acontecimientos en su vida: se trataba de un ser cuya existencia se extendía por cientos y cientos de años, sería imposible que incluso él pudiera recordarlo todo. Pero si había algo que el Dios del Engaño nunca olvidaría sería el día que conoció la más sobrevalorada y absurda forma del amor.

Ese día el lugar midgardiano que Aiden había elegido era menos frío en relación a los anteriores. Loki no supo si era debido a eso o a la nostalgia en cada gesto y palabra de ella, la libertad que demostraba con cada uno de sus pasos, la musicalidad de su voz, los ojos avellana que observaban a las aves con añoranza. O quizá fue el viento desflorando a los árboles, llevándose las rosadas flores según la dirección que se le antojaba, haciéndolas caer sobre sus cabezas, en la cabeza de ella, adornando hermosamente su enmarañado cabello castaño y acariciando la piel de su rostro, mientras ella misma extendía los brazos hacia los lados para atrapar algunas de aquellas flores en la palma de su mano. Fuera lo que fuera, le hizo abrir los ojos: lo que tenían ya no era una simple e inocente amistad, ya no eran más unos niños.

Loki debió notar eso antes, como Aiden. Ella supo que la niñez se había acabado cuando los abusos dejaron de ser tan constantes, cuando Sif, Volstagg, Fandral, Hogun –quien solo presenciaba-, e Idunn dejaron de encontrar divertido molestarla a ella y a Loki durante sus prácticas de hechicería, lo que resultaba un alivio: otra bromita más y todos sufrirían la suerte de Sif, pero Aiden no se conformaría con sus cabellos, les cortaría la cabeza.

No era una exageración, por supuesto que no. Lo que la detenía no era su conciencia sino el miedo al castigo que sufriría, ciertamente no valía la pena arriesgar tanto por el quinteto de imbéciles. Eso sí, nunca los perdonaría, ni siquiera porque los abusos empezaban a cesar. Los iba a odiar por y para siempre. Estaba segura de que ellos también la detestarían. Porque podría ser que el maltrato físico se hubiera terminado pero el psicológico jamás, el apodo cruel con que la llamaban habría de permanecer. En su memoria latía el recuerdo de Sif negándole su participación en un juego: "No. La bastarda humana fuera de mi equipo o yo me retiro". Nunca iba a borrar de su memoria la amarga sensación de humillación mezclada con el asco que sentía de sí misma al no ser capaz de estar a la altura de los otros. No les iba a perdonar el trato de animal de trabajo y/o diversión, que le dieron por mucho tiempo. Ni les iba a perdonar el desprecio con que siempre trataron a Loki, sus muecas de disgusto, de fastidio cuando Thor insistía en incluir a su hermano en los juegos y otros entretenimientos, ¡ah, eso menos que nada!

Loki aún tenía en su antebrazo la cicatriz del último intento de Volstagg por ridiculizar su fuerza. Loki aún se aislaba en sus pensamientos, con la mirada perdida en un punto inexistente en el horizonte. Aiden luchaba, con un nudo en la garganta, contra el llanto, pero siempre perdía. Cedía ante la única manera de desahogar su frustración y la impotencia, y permitía que las lágrimas y los sollozos desesperanzados salieran, porque esa era la única forma de demostrarle a Loki de qué forma y hasta donde llegaba su unión, su amistad, el cariño que le tenía. Joven como era, inexperta, simple, insegura, con todo eso ella ya sabía lo que sentía por el príncipe. Lo tenía bien claro, a sus 16 años (138 según los midgardianos), parada a la mitad de ese enorme jardín en Midgard, con los ojos bien fijos en el abstraído Loki; ignorando el, por demás, maravilloso paisaje que ofrecían los árboles perdiendo sus flores, llorando en silencio, ella ya sabía cuánto quería al más joven de los hijos de Odín.

—Loki, me prometiste no volver a pensar en esos retrasados, ¿recuerdas? —le habló caminando hacia él.

Loki salió de su ensimismamiento y le dedicó una sutil sonrisa. Luego, extendió su mano para limpiar las lágrimas en el rostro de la castaña. —No pensaba en ellos, Aid —indicó sentándose a la sombra de un cerezo e invitándola con un gesto a hacer lo mismo—. Más bien en nosotros.

―¿Qué travesura tienes planeada para nosotros? —inquirió ella, sabiendo que siempre que Loki decía nosotros era porque alguna broma se traía entre manos. — Tal vez por eso nos odian, ¿no crees?

― Ellos comenzaron. Las travesuras son respuestas a sus despectivos tratos —Loki se recostó y acomodó su cabeza en el regazo de Aiden—. No me refería a eso… me refiero a que —suspiró—no somos más unos niños.

―¿Alguna vez fuimos niños, Loki? Porque no recuerdo haberme sentido jamás como una —dijo haciendo una mueca—. En todo caso, creo que te demoraste bastante en notarlo, mi querido amigo. Tenemos 16, hace mucho que dejamos de ser niños.

― Creo que me negaba a verlo. Supongo que el hecho de que dejaran de convertirte en un ciervo fue una señal muy clara que me perdí.

Ella sacó la lengua e hizo un mohín de reproche. Le irritaba que le recordaran semejante barbarie por parte de los engendros del Lobo de Hel. Era impresionante a qué niveles llegaban sus ansias por hacer de su vida un infierno, si hasta obligaron a Sif a aprender el hechizo luego de que no pudieran engañar a Loki una segunda vez. Si, Loki tuvo el honor, como ellos mismos dijeron, de inaugurar el juego Cazando a la Cierva Bastarda.

Allí estaban ambos, en una de las terrazas del palacio, enajenados en sus respectivas tareas, cuando los pelmazos amigos de Thor y el mismo príncipe rubio junto con Balder llegaron.

Apuesto mi espada a que no puedes convertir a tu amiga en un ciervo le retó Sif por fin, después de una larga sesión de burlas acerca de lo inferior y afeminada que era la magia.

Aiden dejó de ignorarlos y clavó su mirada en Sif y luego en Loki. Él rodó los ojos, más por cuál había sido el reto que por su evidente intención de menospreciar y dudar de sus habilidades.

Es por eso que los antiguos dioses no te concedieron el don para la hechicería, Sif: Por todas las idioteces que tu bruto cerebro concebiría como "buenas ideas".

Aiden soltó una risita que por mucho que intentó no pudo contener. La respuesta de Sif fue voltear para fulminarla con la mirada, no lo verbalizó pero obviamente quiso decirle –Aiden casi pudo oírla a pesar de eso-: "Cállate, huérfana inmunda". La "huérfana" no le dio la satisfacción de retroceder intimidada, eso nunca había sido una opción, por el contrario: se mantuvo firme, apretó los puños que desprendían el característico brillo plateado de su magia, y levantó la barbilla.

Sif llevó su mirada a las manos de la otra y sonrió con picardía.

¿Qué vas a hacer, midgadiana? ¿Curarme el dolor de cabeza? se burló.

No, pero ya que hablas de esa parte de tu cuerpo, ¿qué te parecería un aneurisma? respondió Aiden para sorpresa de todos. Ella no se intimidaba pero tampoco respondía a los insultos.

Déjala, Aiden. Si lo haces tendrás problemas terció Loki para luego agregar, dirigiéndose a Sif: Podría convertir al reino entero en simios si quisiera.

Pruébalo le volvió a retar, enderezando más su postura.

Loki estiró el brazo y apuntándola empezó a decir algo entre dientes. Creyó que eso iba a ser interesante, satisfactorio, porque él no sería quien la liberara del hechizo… todavía mejor: no habría represarías en su contra, la muy bruta se lo había pedido y tenía testigos de ello, tenía a Balder que era el "Señor Justicia y Verdad". Balder no iba a mentir y Odín tendría que creerle, por una vez en su vida, a Loki. Era perfecto.

Oye, Balder, ¿no deberíamos detener esto? le preguntó Thor al castaño.

¿Deberíamos? devolvió la pregunta retóricamente. Lady Sif lo pidió… Deja esa cara, Volstagg el aludido le miraba estupefacto. Loki también merece justicia.

No obstante había algo que le preocupaba al mayor de todos y se lo dejó saber a Thor y a Volstagg: Fandral e Idunn sonreían complacidos ante lo que veían. Los mejores amigos de Sif -los fieles e inseparables amigos de Sif- se hallaban frente a la humillación más grande que podría sufrir la orgullosa futura guerrera, y sonreían. Balder estudió a Sif y a Loki, este último a punto de lanzar el rayo que la convertiría en un animal. También le prestó atención a Aiden, que permanecía impasible atrás de Sif… detrás de Sif… de Sif. Para cuando Balder descubrió el verdadero plan ya era muy tarde para la humana.

Poco antes de que el rayo de Loki la tocara, Sif se agachó y el rayo siguió de largo para impactarse contra Aiden.

No musitó Loki.

Se sintió como un estúpido. Acababa de ser engañado por los retrasados más notables de Asgard. Estaba tan emocionado por vengarse definitivamente de Sif que ni se le pasó por la mente un posible truco. Qué idiota había sido, era tan obvio. Loki reparó en su amiga convertida en esa cierva esbelta y joven, listo para deshacerse del hechizo, hasta que la voz de Sif sonó.

¡Cacen a la Cierva Bastarda! – gritó ella, desenvainando su espada y corriendo detrás de Aiden, quien nada más de oír gritar a la asgardiana chiflada, se echó a correr.

Recostado sobre el césped, con la cabeza apoyada en el regazo de Aiden, Loki rió ante el recuerdo. Por supuesto que en aquel entonces, nada que había tenido de divertido ir corriendo detrás de la horda de bestias que se hacían llamar asgardianos. No había gozo en las burlas de Fandral e Idunn sobre sus fallidos intentos por alcanzarlos. No era una agradable sensación la de estar decepcionado de que su propio hermano le traicionara de esa forma –ya luego Thor le explicaría que no estaba de acuerdo, mucho menos contento, con ese cruel juego. No, desde luego que nada de eso era motivo de alegría en ese entonces, cuando con tanto trabajo conseguía liberar a Aiden –que lo lograba una vez que los otros ya estaban cansados-, y la escuchaba llorar por todo un día, tiritando, sin que Loki pudiera saber si lo hacía de miedo o de rabia.

Lo hacía por ambas: miedo de esos asgardianos, de no conocerles un límite, de saber que en cualquier momento la iban a matar así, sin más. Rabia, furia de no poder hacer nada. ¿Qué iba a hacer si solamente era una chiquilla huérfana de madre y abandonada por su padre? Si no era otra cosa que una carga, una intrusa; la vergüenza de un reino y el estorbo de otro.

Por suerte para ambos, la última vez que la habían transformado distaba en el tiempo. Seguían sin quererla pero al menos ya tenía una preocupación menos.

En eso pensaban ambos al momento que Loki se incorporó y empezó a caminar por el lugar. Su nariz había captado un aroma hermoso, dulce, desconocido para él hasta entonces. Aiden le siguió sin saber que era lo que Loki pretendía.

―¿Pasa algo? —inquirió ella, parada detrás de Loki quien ya se había detenido frente a un arbusto alto.

―¿Cuál es el nombre de estas flores? —preguntó para asombro de Aiden. Loki no era amante de las flores, no como para buscarlas y preguntar por ellas. Pero no lo culpaba, esas eran flores de un aroma exquisito.

―Se llaman Jazmines. El propietario de este jardín debe ser un hombre poderoso, estas flores no crecen naturalmente por aquí, les gustan los climas más cálidos. No cualquiera puede darse el lujo de traer flores de lugares lejanos y mantenerlas como si estuvieran en su lugar de origen.

El comentario de su amiga volvió a alborotarle los pensamientos acerca del estado actual de su relación. En un momento de extrema valentía, porque si, eso era por mucho lo más valeroso que había hecho en toda su vida; con los sentimientos repentinamente más nítidos que nunca, decidió que era tiempo de hablar. Giró sobre sus talones para verla directamente a los ojos.

A ella le sorprendió ver los ojos de Loki tan cristalinos, tan profundos. Le extrañó y le perturbó que se le acercara tanto. Era poca la diferencia de estaturas, pero Aiden se sintió mucho más bajita que él en ese preciso momento.

―Creo que soy bastante como el hombre encargado de cuidar de estas flores —expresó Loki por fin.

―¿Ahora eres jardinero?

Tal vez no estaba bien que quisiera zafarse de esa incómoda situación con su barato sentido del humor, pero su corazón lo sentía latir tan fuerte que apostaba lo que fuera a que él podía oírlo, a que Heimdall podía oírlo.

Loki rió muy ligeramente y se le acercó más. —Me refiero a que logré cuidar y mantener la flor que me fue encomendada hace siete años como si estuviera en su lugar de origen… Sigue teniendo el mismo encanto soberbio de cuando llegó.

―Dejamos de hablar de flores, ¿verdad? – Aiden necesitaba asegurarse aunque ya lo sabía.

―De cierta forma —respondió misterioso.

―No estarás hablando de mí… Porque eso de encanto soberbio no es una buena forma de describirme. Tú siempre dices que soy más bien… —El dedo índice de Loki se posó sobre sus labios haciéndola detener su disertación. Alabó el momento en que a su amigo se le ocurrió regalarle el dije porque el control yacía aplastado en el rincón más oscuro de su mente.

―Eres una bruja s, Aid. Pero te conozco demasiado como para saber que muy en el fondo eres una… - Loki no supo de qué manera continuar esa oración. Ya no era una niña, pero ¿eso significaba que era una mujer? Si lo era, no ayudaba en nada, porque al fin de cuentas Loki era un joven con pensamientos propios de un muchacho de su edad—. Una persona fascinante —Loki retiró su dedo de los labios de ella y la envolvió en un fuerte abrazo que la hizo tensarse todavía más—. Tengo planes para nosotros, Aid.

Quedó paralizada entre los brazos de Loki. Pestañeó velozmente y tragó saliva. Quieta y silenciosa, sopesó las palabras de Loki: "Tengo planes para nosotros". Planes… ¿Planes?... ¡Si, planes! ¿Pero qué planes? Los que fueran. En los albores de su amor joven, Aiden accedería a cualquiera de las intenciones de Loki.

―Princesa de Asgard, me gusta el titulo —Lo dijo porque necesitaba darle a entender a Loki (y a si misma) que ya sabía de qué se trataba el asunto, y porque ya no valía la pena seguir rechazando el tema.

―¿Princesa? ¿No crees que vas un poco rápido? —inquirió Loki, animado, apretándola contra si un poco más fuerte.

―Ya sabes lo que se dice de mí: arpía codiciosa.

El silencio vino y se acomodó plácidamente entre ellos. Las cavilaciones de ambos convergieron en un punto: había que decir lo que debía decirse. Uno fue más valiente, animándose a liberar la frase.

― Creo que estoy enamorado de ti —le susurró al oído.

Aiden no se desplomó nada más porque Loki se aferraba a ella con fuerza. Sus ojos se humedecieron en el acto. Se sentía amada. Amada por Loki. El amante más extraño que el universo pudiera haberle brindado, sí, pero no lo quería de otra forma, lo quería tal y como era. Lo quería porque era la única persona en la que podía confiar y que confiaba en ella. Porque eran afines, porque con el terrible desprecio que les tenían casi todos, era obvio que se quisieran entre ellos y se entregaran todo el amor, inclusive más, que les hacía falta.

―Y yo de ti, Loki.

La respuesta, la frese que es por poco juramento, le ardió a Loki en los oídos, en el cerebro, en el corazón. Todo lo inundó. Así fue como el príncipe asgardiano conoció el amor romántico. La más sobrevalorada y absurda forma del amor.


―No puedes hacerles esto —reclamó la reina a su esposo, siguiéndolo desde la puerta hasta el ventanal en el extremo opuesto.

―Tengo que hacerlo. Tú no comprendes la magnitud del problema – repuso Odín sin mirarla, estrujando a Gungnir con ambas manos.

― No puede ser cierto que una vez más tú, el Padre de Todo, atiendas las visiones de un grupo de ancianos dementes cuya lealtad ciertamente es dudosa. Lo que te han dicho no forma parte del Libro de los Mitos, puede ser una mentira o una equivocación.

―No son únicamente las profecías de los adivinos lo que me hace tomar esta decisión, es la lógica, el sentido común.

Frigga atacó a su esposo con la mirada y apretó los puños sintiéndose impotente.

―Puede resultar contraproducente —alegó—. Loki te ama pero nunca ha recibido de ti el apoyo o el amor que desea y merece. Tu relación con él es delicada aunque no lo parezca, esta decisión tuya puede romperla definitivamente.

―Por eso Loki no puede saber que ha sido mi elección, sino la de ella. Así la borrará de su corazón al sentirse traicionado y olvidado.

La reina sacudió la cabeza, incrédula ante las aberraciones que profería Odín.

―¿Qué pasará con ella? ¿La abandonarás a su suerte en Midgard? ¿La dejarás para morir? —inquirió con amargura.

―No. Lo que ella posee en ningún otro puede residir sin alertar a Surtur. Ella vivirá en la Tierra, oculta, lejos del peligro que su trastornado padre representa. Aquí tienes otro buen motivo: si se queda en Asgard, a la larga puede convertirse en una muchacha soberbia. Tenemos que dejarla volver a su reino, que aprenda a vivir la vida de humanos, le forjará un carácter dócil ante nosotros…

― Escúchate, Odín —le reprobó, con una calma en su rostro y en su voz que el Padre de Todo, en sus años a lado de Frigga, conocía como la manifestación más clara de su ira—. Aiden no es un objeto o un arma. No es justo para ella la forma en que la ves… Sé que no habrá manera de alejar esa idea de tu cabeza y que la llevarás a cabo en contra de todo, sólo espero que cuando tus errores te golpeen la cara, tengas la fuerza para admitirlos y enmendarlos —finalizó proféticamente, dio la vuelta y salió del salón.

Odín sabía que Frigga era una mujer sabia, y por lo mismo una pálida incertidumbre le hormigueó en el cerebro a partir de entonces. De cualquier forma, no podía sentarse y esperar a ver si su esposa tenía razón, debía proceder en el momento. Estaba seguro de que sería mejor si lo hacía de una vez, cuando el amor entre su hijo y la hija de… del Señor del Fuego, apenas había sido confesado y era inocente, mientras todavía no maduraba. Les dolería menos, creyó Odín… Pero inclusive el Padre de Todo podía llegar a equivocarse.


Habían pasado tres semanas en las cuales las cosas no cambiaron mucho. Nada de hecho a ojos de los demás. Como siempre, eran Loki y Aiden contra el mundo. El mismo par de raros, con pasatiempos raros, con su misma relación rara. La Hija de Nadie y el Embaucador haciendo truquitos ridículos por los rincones del palacio, con sus mismas travesuras tontas que alborotaban los establos y destrozaban la cocina. Escapándose al bosque porque nadie les soportaba en Gladheim. Burlándose durante las lecciones de las burradas que decía Thor, que a pesar de ser mayor, ellos ya lo habían alcanzado. Las mismas risas con voz de urraca de Aiden por los comentarios de Loki acerca del escaso busto de Idunn o la postura varonil de Sif. Los cuchicheos entre ellos, frente a la puerta de la biblioteca, esperando a Thor; Loki con cara de fastidio y Aiden de camaradería, él pidiendo que le explicara cómo había aceptado aquello mientras ella corría hacia Thor, le abrazaba por la cintura, como era su costumbre con él y con Balder, y luego le informaba, entre bromas, que debía quedarse para que ellos le explicaran el tema del que había tratado la lección de ese día. Thor, con su sonrisa más grande, aceptaba. No por el hecho de en serio deseara entender el tema, sino por el hecho de verse incluido en las actividades de ese singular par.

― Thor es caso perdido —decía Loki una vez solos.

Una vez solos los acercamientos empezaban, las manos entrelazadas primero, la avidez de las miradas. Luego los abrazos y las caricias inocentes. Unos dedos largos jugando con algún mechón castaño, dos pulgares sobre las mejillas pálidas o las manos enredadas en el cabello azabache. Y justo cuando sus labios estaban a punto de juntarse, algo venía para arruinarles el momento.

Así pasaron tres semanas, más felices que nunca, tanto que hasta daba miedo, porque parecía endemoniadamente fácil… era muy fácil.

Pero por qué preocuparse con cuestiones como esas. Para qué pensar en el futuro si podían disfrutar del presente.

Eso traía Loki en mente cuando se puso de pie y caminó hasta donde Aiden se encontraba sentada. El aire distraído y confundido de la joven encantaba al pelinegro, el pensamiento de que entre tanto atavío, esa era la única joya que verdaderamente estaba destinada a resaltar su belleza, se rehusaba a darle paz. No era el vestido marrón con pedrería en los mismos tonos esparcida a lo largo y ancho de la prenda, no era su piel inmaculada o el color cereza de sus gruesos labios, no era su cabello castaño recogido en un rodete con algunos mechones ondulados escapándose y rozando su frente con delicadeza; no eran sus acuosos ojos avellana. No, nada de eso era lo que le hacía verse hermosa, era su talante lejano y melancólico lo que lograba el encanto de ella.

―Das lástima ahí sentada —le dijo, tomando su mano, obligándola a pararse y caminar.

―Sabes que no soy muy buena bailarina —le recordó Aiden, empezando a sentirse incomoda.

―Es un riesgo que correré —Loki se detuvo, le puso una mano en la cintura, la otra la entrelazó con la de Aiden y ella ocupó su mano libre para posarla sobre el hombro izquierdo de Loki—. Siete de los nueve reinos están hoy en esta fiesta y no sería bien visto que uno de los príncipes del reino anfitrión se quedara sentado.

―Hay como mil muchachas… —observó, señalando a la multitud de chicas rezagadas en espera de alguien que las invitara a bailar.

―Tú y yo sabemos que no me interesa bailar con nadie más.

―Pero de darán cuenta, Loki. Tu padre… —No es que odiara tanto bailar, es que odiaba que la miraran como lo estaban haciendo, como si estuviera siendo el centro de atención… Odiaba eso.

―¿Tú crees que no lo sabe ya? No es idiota.

Aiden suspiró y sonrió. A Loki no le importaba, a ella tampoco entonces. Aferrada a él, hizo lo mejor que pudo con el baile. No despegó los ojos de los de él, más convencida que nunca de que Loki tenía unos hermosos ojos verdes, enigmáticos, profundos.

―Cierra los ojos —le ordenó. Ella dudo un instante antes de obedecer—. No los abras hasta que yo te diga.

De repente la música se detuvo, el ruido de las conversaciones, las risas, el calor del salón, todo se esfumó. En su lugar estaba el frio, el viento corriendo a través de sus mechones rebeldes, el silencio, la paz.

― Ábrelos.

Ya conocía el lugar. El favorito de Loki desde esa tarde cuando se confesaron su amor. El lugar de los jazmines, le llamaba él. Continuaron bailando, ella apoyó su frente en el hombro de Loki y comenzó a relajar la tensión que verse expuesta ante tanta gente le había provocado.

Quizá si alguien les hubiera dicho que a la mañana siguiente ella ya no estaría, no hubiesen concluido la velada de la forma en que lo hicieron. Fue un comentario el que desató todo, unas cuantas palabras que auxiliaron a Odín con su plan de separarlos. Una simple observación agrietó el hielo para que, con el más ligero movimiento, ambos se sumergieran en las congeladas aguas de la ira. Fue un mero recordatorio de la situación inferior de ella, de las reacciones que habrían de estallar por la relación que mantenían y de la que aspiraban a tener. Fue una simple aclaración del futuro enrevesado que aguardaba por ellos. Fue la legendaria capacidad de él para provocarle el llanto. La respuesta iracunda de Aiden, que no podía dejar de pensar que a pesar de todo, él continuaba avergonzándose, en cierta forma, de ella. Fue rápido, amargo, por poco involuntario. Él siendo atacado de vuelta, con la verdad de que nadie lo quería aunque era un príncipe y todos deberían amarlo, las crueles palabras diciéndole que su padre no lo amaba como a su hermano mayor, dando la garantía de que nunca lo haría por el sólo hecho de ser él.

Con el orgullo herido, ambos partieron del lugar midgardiano, que ya le causaba repugnancia a Loki –y lo odiaría en lo posterior. Cada quien por su lado, sin decirse adiós por última vez, sin concederse el honor o la caridad de una mirada. Cada cual a sus aposentos, queriendo olvidar entre la suavidad de las sabanas lo ocurrido, únicamente para revolverse en la cama sin poder conciliar, aunque fuera, un remedo de sueño.

La madrugada fue fría pero Aiden se rehusó a moverse para cubrirse con las cobijas, las cuales colgaban a los pies de la cama. Hecha un ovillo, no se molestó en cambiar su atuendo de fiesta por algo más cómodo, si acaso de quitó las zapatillas. Tiritaba con leve intensidad y sin llorar más, porque no estaba triste sino enojada. Sin embargo no era un enfado tan grande. Se trataba de una estúpida pelea más, como muchas otras que ya habían tenido antes gracias a la canalla habilidad de Loki para sacarle de sus casillas en los momentos y por las razones menos apropiadas.

Como cada vez, no transcurrió un largo tiempo antes de que Aiden perdonara y olvidara su discusión con el joven príncipe. Ni mucho tiempo más antes de que por fin se incorporara en la cama y se dijera que las cosas volverían a la normalidad por la mañana.

Unos golpes firmes en la puerta le sacaron de sus pensamientos, para que así pudiera oír la voz de un guardia.

―El rey solicita su presencia en el Salón del Trono.

La joven hizo una mueca de disgusto antes de contestar amablemente que en un instante estaba allá. Con ganas de mandarle decir a El Padre de Todo que se fuera a Hel, ¿Qué no dormía? Bueno, si no, entonces que dejara dormir a los demás. De camino al Salón rumiaba un sin fin de apelativos insolentes contra Odín. Recalcitrante rey era ese que le sacaba de sus aposentos a horas estúpidas nada más para reprenderle por haberse fugado con Loki en medio de la celebración. Aiden no sabía qué le sorprendía si lo hacían todo el tiempo. Era indudable que para eso la requería, ¿con qué otra excusa habría de llamarla sino para soltarle la perorata de la obediencia y los riesgos? Cuando estuvo en el lugar le extrañó la ausencia de Loki, siempre los regañaban juntos.

La clarividencia de que se jactaba frente a su amigo –porque él no podía mentirle sin que ella lo descubriera- fue lo que le permitió comprender la gravedad de la situación: estaba sola con el Padre de Todo, sin guardias, sin Frigga, sin concejeros… sin Loki. La insolencia le escapó del cuerpo y se instaló en ella un miedo lacerante. El ojo de Odín, de frialdad inclemente, estaba de momento cubierto por el brillo de la compasión, su mirar era suave, casi delicado. Su ojo, colmado de una piedad que nunca le vio, era heraldo de tragedias.

Odín no recurrió a ningún sermón de apertura, le dijo lo que quería de un golpe, una sola estocada a muerte para que no sufriera de más. El Padre de Todo no dio razones concretas. Le enredó el cerebro con motivos remotos, promesas imposibles, argumentos con palabras espantosas que hacían de consuelo tosco. Corto periodo de tiempo, aseguró el rey, "estarás de vuelta en Asgard antes de lo que crees". Una vida normal entre los suyos, un regreso triunfal cuando alcanzara un objetivo incierto, no del todo transparente sino simples insinuaciones sobre existencias humildes y cualidades compasivas. Lo que si recalcó imperiosamente fue la importancia de abandonar el Reino Dorado de inmediato.

Bajó la cabeza, llorando desde el comienzo, escéptica. Tanto para terminar sin nada. Felicidad para concluir más desdichada que nunca. Ella no quería una vida normal, quería una vida junto a Loki, con todas las rarezas que ésta implicara. Apretando el rubí del dije, pidió a Odín cambiar su decisión, rogándole aunque fuera solo una prórroga. La contundente respuesta negativa le hizo levantar la cabeza para observarlo con la mirada fría, las facciones tensas, el cuerpo sin responderle de otra manera, un nudo en la garganta que le asfixiaba a muerte. Colisionó contra el suelo de manera tan violenta, tan cruel.

Luego, Aiden pidió las razones por las cuales debía marcharse tan pronto, por qué no podía despedirse aunque fuera de Loki. Odín le soltó otro sermón lioso, del cual sólo pudo entender acerca de un bienestar para ambos: Loki debía aprender a ser un príncipe en serio; ella a ser humana, convivir y sentir afinidad con los de su raza. Le intentó convencer de que si se iba de una vez la separación sería menos dolorosa. No lo sería. Debían estar separados para crecer de la forma correcta, dijo, tenían que atender a sus propios destinos y estando juntos, únicamente los interrumpían.

Era batalla… no, no sólo batalla sino guerra perdida. Aiden, inconscientemente, sabía que lo del "corto periodo de tiempo" era mentira, ya lo sabía a pesar de no notarlo en el momento.

Al momento que empezó a escuchar el creciente sonido del Bifrost abriéndose, algo se activó en ella. Algo agobiante, que la torturaría por mucho tiempo: comenzó a extrañarlo.


Abrió despacio los ojos. Pestañeando rápidamente, se sacudió la modorra restante e incorporándose en la cama, apoyado sobre los codos, se quedó pensado en trivialidades un rato. Luego, de súbito, se paró de un brinco y se vistió con prisa.

Siempre que peleaban era lo mismo, se sentía ansioso por arreglar los errores y que todo volviera a la normalidad. Aquélla mañana no era la excepción. Corrió hasta el Gran Comedor, ignorando algunos saludos hipócritas. Al entrar y caminar hasta su lugar, la buscó con la mirada. No la encontró. Ya sentado volvió a recorrer el lugar entero con los ojos, alzando e inclinando la cabeza. No la encontró. Acabado el desayuno, le preguntó a su madre acerca del paradero de Aiden, la reina se tensó y evitó verlo a los ojos.

―Se ha ido, Loki —murmuró—. En la madrugada.

―¿A dónde se ha ido? —preguntó tranquilo el muchacho.

―A Midgard —fue la escueta respuesta de el Padre de Todo, que los escuchaba.

―¿A Midgard? ¿Para qué la has enviado a Midgard, padre?

―No la he enviado, Loki. Irse ha sido su decisión.

El joven arrugó el entrecejo y un poco la nariz. —¿Por qué iría sin mí a la Tierra?

El rey supo que había llegado el momento de soltarle la vil mentira a su hijo.

―El día de hoy, por la madrugada, Aiden acudió a mí para solicitar su regreso a Midgard. Sus razones no fueron claras. Únicamente insistió en no ser perturbada por ningún asgardiano de nuevo.

Loki atinó a articular una sola pregunta. —¿Eso me incluye a mí?

―Sí. Me ha pedido que impida que aun tú vuelvas a cruzarte en su existencia. Supongo que desea tener una vida normal, lejos de Asgard.

Eso fue todo. Loki se puso de pie violentamente y se echó a correr hacia el Bifrost. Olvidando cualquier formalidad –o amabilidad- le exigió a Heimdall abrir el Bifrost para enviarle donde Aiden.

―¡¿CÓMO QUE NO?! —le gritó al vigilante cuando este se negó.

―La joven midgardiana me rogó no revelarle su paradero a nadie.

―¿La obedecerás a ella y no a mí, el príncipe de Asgard? —dijo a modo de intimidación, caminando hacia él.

―Se lo juré en nombre de mi honor, Príncipe Loki.

― Tu honor me tiene sin cuidado, Heimdall. ABRE EL MALDITO BIFROST.

―Es imposible. Su padre estaba presente, lo juré por mi honor con el Padre de Todo como testigo —manifestó el vigilante.

Loki volvió al palacio. Más furioso y frustrado que antes. Abrió y cerró la puerta de su habitación con brusquedad. No necesitaba de esos idiotas para encontrarla, lo haría el mismo. Y cuando la localizara iba a saber lo que es en serio una pelea. Lo iba a escuchar, ahora sí que le había colmado la paciencia, ¡qué insolencia! ¿Pero qué clase de berrinche era ese? Loki no le iba a soportar semejantes desplantes.

Al tener listo el hechizo cerró los ojos, listo para soltar el regaño en cuanto la tuviera enfrente. Pero las cosas no sucedieron como esperaba. Al abrir los ojos seguía estando en su habitación. Dos, tres, cuatro intentos fallidos le hicieron saber la cruda verdad: Aiden no deseaba y no podía ser encontrada, estaba utilizando algún hechizo de protección. La experta en defensa se protegía como ninguna.

Se dejó caer sobre su cama. Todavía tenso por el fracaso y la ira. ¿Tanto le había molestado la pelea de la noche anterior? Aiden estaba exagerando la situación.

Ya más tranquilo fue a la entrada del palacio y allí se plantó a esperarla. Iba a volver, su enojo –como el de él- se disiparía y regresaría a Asgard para que todo fuera como antes. Y allí iba a estar Loki, esperándola para arreglar las cosas.

Ese primer día no se movió del lugar ni para comer. Aguardó hasta bien entrada la noche, cuando su madre lo obligó a ir a su habitación y ya allí cenar algo.

La reina lo vio y lamentó todo.

Observó a distancia las impaciencias de los primeros días, los enfados todavía infantiles de su hijo por la tardanza de aquélla que no volvería. Asistió a las tardes ligeramente melancólicas que sufría el joven a medida que perdía viveza por empezar a darse cuenta de la realidad, al sentirse confundido por las señales inequívocas de su no-retorno; cuando empezó a darse cuenta de que esa pelea no era la causa de su ausencia, pero sin entender tampoco qué otra razón tendría ella para no haber regresado ya.

Presenció, impotente y culpable, el llanto silencioso de Loki. Su encolerizada negativa a dejar su posición al pie de la gran puerta. Contempló, con su corazón de madre hecho pedazos, a su amado hijo menor temblando mientras mascullaba oraciones para que alguna de las antiguas deidades le concediera el favor de verla llegar. Con lágrimas en los ojos vio cómo su hijo se desmoronaba de a poco, como clavaba su mirada en el horizonte, sabiendo que la recordaba y le dolía.

Irritable, odiándolos a todos, con la sensación de abandono cruzándole el corazón de lado a lado, ciego por el despecho, sintiéndose abandonado, desesperanzado y un poco asqueado, empezó a pensar lo peor, a creer en las intrigas de que se hablaba en todo el palacio: que la midgardiana le había dejado porque no le quería, que lo único que en realidad buscaba era escalar de posición y una vez que lo logró, se marchó… un sinfín de infames rumores que herían más a Loki.

Así, luego de un año, Frigga vio como el joven optaba por la alternativa más sana para entonces: borrarla de su corazón y esconderla en un rincón apartado y oscuro de su memoria. Tuvo un último ataque de llanto colérico que lo depuró todo… a la mañana siguiente apareció en el comedor con un aura más serena, el rostro impávido ante cualquier suceso; taciturno como nunca, engreído, con la índole despreciativa y austera con que se le conocería para siempre. Insultando en palabras, que con su voz hasta sonaban elegantes, a todo aquel que osara mencionar a la humana.

El príncipe pelinegro se refugió en las aventuras de su hermano y sus amigos, en la atenta pero tediosa compañía de Sigyn, porque la princesa nada tenía de la infame midgardiana; pero también porque la promesa que le había hecho era lo único que sobrevivía al abandono. Loki cuidaría de Sigyn y no se aprovecharía ni ignoraría más su idolatría, su lealtad… y con el tiempo quizá hasta llegara a quererla.

Aquel fue el trauma por la separación que sufrió él. Corrosivo y devastador pero rápido, relativamente breve. Pero Aiden no tuvo tan buen juicio.

Ella no sufrió unos cuantos años –ya fueran terrestres o asgardianos-, no padeció lustros o decenas de años. No. Aiden asistió el acto donde su amor, sus ilusiones y sueños entraron en un largo, perpetuo, estado de agonía.

A diferencia de Loki, fue cayendo en la devastadora realidad de no volverse a ver nunca, muy despacio. La caída la frenaron las palabras de Odín, a las que se aferraba a pesar de saber que no eran ciertas, nada más porque necesitaba con urgencia algo para sostener su frágil mundo.

De regreso al hogar midgardiano, cerca de la costa oeste de lo que hoy en día es Irlanda, con una mujer de la servidumbre asgardiana como única compañía y siendo ella quien viajaba regularmente al Reino Dorado para llevarle una manzana dorada entre otros enceres, con la orden estricta de no hablarle a la humana de Asgard o ninguno de sus habitantes.

Exiliada como se sentía, acudía cada noche a donde las runas del Bifrost marcaban el terreno, apabullada por la sensación de estar quebrando las órdenes de Odín. Pero de una forma u otra siempre terminaba venciendo sus temores y se recostaba sobre el suelo marcado, con la ingenua idea de que en cualquier momento Heimdall abriría el puente, permitiéndole regresar a Asgard. Rogaba a los dioses más antiguos poder tener una oportunidad, una y solo esa, de ver a Loki, de hablarle, de explicarle. Cada noche se acostaba bocarriba, observando el cielo cuando estaba despejado, perdiéndose en su negrura basta, interminable, viendo las estrellas y preguntándose cuál de ellas sería Asgard.

Sobrellevó soberbiamente bien los primeros años, aguantando el llanto porque dejarlo correr era resignarse y no, mil veces no. Aiden se negaba por completo a darse por vencida. Se repetía con vehemencia que Odín debía cumplir su promesa. El rey le prometió regresar, Él tenía que serle fiel a su palabra. Él no podía hacerle eso.

Se extraviaba por horas viendo las estrellas. "Regresaré". De tanto verlas empezó a ser consiente de un hecho escandaloso: la distancia era monstruosa, imposible. "Volveré pronto". El tiempo estaba pasando y no se detendría. "Este no puede ser el final". Y entonces… entonces ocurrió, las lágrimas salieron desesperadas, los sollozos interrumpidos por suspiros profundos y desesperanzados escaparon incontenibles. Contemplando las estrellas, Aiden aceptó que no volvería nunca al Reino Dorado. Apretando los puños, con la vista borrosa por las lágrimas, Aiden se sometió a la triste verdad de una vida lejos de Loki. Por mucho que ansiara estar con el príncipe, nunca iba a poder. Estaba atascada en Midgard, purgando una falta que ahora era muy clara: Odín no la echó de su reino por su bien, lo hizo por Loki. Ella era una plebeya hija de nadie y Loki un posible rey. Estando juntos únicamente se interrumpían entre sí sus destinos, eso había dicho el Padre de Todo. Ella era eso: una interrupción, una equivocación. Lo entendía y tenía sentido.


Balder no tuvo problema alguno en encontrar la residencia de la joven, era la única edificación cerca del lugar del Bifrost y era la única que no tenía la entera apariencia de hogar midgardiano sino más bien como la más humilde de las casas en Asgard. Aun así, el edificio era grande y ostentoso, comparado con los de los humanos normales.

Le recibió Maire, la asgardiana que cuidaba de Aiden, que de verle dio un brinquito y ahogó un grito. Siguiéndola por un pasillo hasta la estancia, Balder preguntó la fecha terrestre, le tenía intrigado que en tan poco tiempo los humanos hubiesen cambiado tanto. La mujer acostumbrada a ser pasada por alto por las personas que la consideraban una sirvienta más, antes de satisfacer la duda del noble asgardiano, dijo que cualquiera que fuera la fecha no le iba a servir de mucho saberlo ya que difería mucho de la de Asgard.

—15 de Julio de 1702, señor —le respondió finalmente.

—No ha pasado mucho tiempo desde mi última vez en Midgard, pero las cosas están muy cambiadas —agregó Balder.

—Eso dice usted, señor. La señorita Aiden y yo no lo consideramos así. En este reino hasta los segundos son eternos —finalizó mientras se detenía sobre una puerta y la abría para él.

La vio de espaldas, parándose de puntitas para alcanzar el último libro de un enorme estante. Oyó la puerta abriéndose, todavía sin voltear a ver de quién se trataba y guardando el libro en un baúl, interrogó a Maire.

—¿Cuáles fueron sus caras, Maire? A que no se esperaban esa, se creen tan importantes, creen que estoy a su entera disposición. Anda, dime cuál fue la cara que puso esa bruja y su repulsivo marido… —la chica perdió la capacidad para hablar en cuanto dio media vuelta y se encontró con un joven de cabello gris. Lo hubiera corrido a patadas a no ser porque las ropas que llevaba no eran las acostumbradas en esa época ni en ese lugar. Eran ropas… asgardianas.

—¿No me reconoces? – inquirió Balder, sonriendo—. Supongo que es el cabello, es la consecuencia de… —calló de repente al recordar que nada podía decir acerca del responsable del color inusual (para un joven) de su cabello—. Es una larga historia. Pero mírate, tú no cambias nada… Soy Balder, Aiden.

Aiden se asió a la tela de su vestido, bloqueada, sin una sola palabra. Incrédula. Luego le miró a los ojos y se sorprendió todavía más al darse cuenta de que efectivamente eran los negros ojos de Balder. Con un nudo en la garganta, se lanzó a los brazos de él.

—¿Cómo…?

—La reina me ha permitido venir.

La pregunta que profirió ella fue inevitable, ambos lo sabían. —¿Podré regresar?

La muchacha no requirió de más respuesta que la sombra que cubrió la mirada de Balder. Había sido estúpido preguntarlo.

—Lo lamento.

Aiden se encogió de hombros para aminorar la culpa de él.

—Lo sabía, es sólo que necesitaba asegurarme. Por lo menos cuéntame cómo está todo en Asgard.

Él supo que con "cómo está todo en Asgard", iba implícito un "cómo está Loki". Eso le hizo preguntarse si había sido buena idea visitarla. Tenía prohibido hablar de cualquier cosa que tuviera que ver con Asgard, más aún, de cualquier cosa que tuviera que ver con Loki. Balder huyó de la mirada de Aiden y su pregunta, comenzó a recorrer la habitación y a hablar de otros asuntos. Eso le dejó claro a Aiden que su amigo no iba a hablar de Loki. Ella tampoco debería, se arrepentiría más tarde.

—¿Por qué los baúles? ¿Viajarás?

Aiden suspiró resignada y negó sacudiendo la cabeza.

—No, me voy de este lugar… Para siempre.

Balder paró en seco y reparó en las lágrimas de ella.

—Hay sobre ti un hechizo que te hace imposible de localizar, ¿cómo sabré donde estarás la próxima vez? Este es tu hogar, aquí lo tienes todo, es tu única conexión con Asgard —Balder trató, pero la conocía lo suficiente para saber que no iba a cambiar su forma de pensar.

—Es por eso que me tengo que ir, Balder. Ya no puedo con los recuerdos, con mis absurdas esperanzas. Son siglos los que llevo aquí, añorando una vida que no podré tener… Ahora sé que eso no sucederá y necesito empezar a olvidar —dijo plantándose frente a una ventana, mirando al horizonte con los ojos temblorosos.

Balder, el Señor de la Justicia y la Verdad, no comprendía al Padre de Todo y su decisión de mantenerlos separados, ¿qué era tan importante para causarles tanto dolor? Era injusto, pensó él. Tal vez Loki no fuera de su agrado, y si, casi lo mata, pero por eso último ya había pagado y lo primero no era motivo para desearle males. No merecía aquello.

—Desearía poder hacer algo —fue lo todo lo que pudo decir.

—Entonces al menos dime cómo está él. Por favor, te lo suplico —Aiden de le acercó, mirándolo de tal forma que le desgarraba, y tomó sus manos—. Hazle saber que…

—No puedo. La reina estaba preocupada por ti y se ha arriesgado encubriendo mi viaje hasta acá. Si Odín se entera ambos tendremos serios problemas, puedo agravar más la situación si accedo a tu petición.

Aiden lo soltó y se secó las lágrimas con el dorso de la mano. —Comprendo. Si puedes, agradécele a Frigga su preocupación… Otra cosa, lleva a Maire de regreso a Asgard. Estaba esperando su próximo viaje, pero ahora puede irse contigo. Odín me dijo que me enviaba a la Tierra para vivir como los humanos y eso planeo hacer, pero no quiero arrastrar a Maire a mis proyectos, además ella añora Asgard… Quién no…

La joven llamó a Maire y esta apareció en un instante.

—Hoy te irás con Balder… No, no me discutas, ya lo habíamos platicado. Ve con tu familia, Maire. Vive tu vida.

—Dime que por lo menos me dejarás venir a entregarle las manzanas doradas, para saber que usted está bien.

—Eso no lo decido yo —respondió—, depende de Odín. Pero si accede te veré aquí en las fechas de siempre.

Los acompañó solamente hasta la puerta principal, no iba a poder con la tentación de entrar en el puente.

—Lamento todo lo que ha tenido que pasar, señorita Aiden.

—Yo lo lamento más. Anda, vete…


A última hora decidió viajar únicamente con una pequeña valija con lo más necesario. Cambió sus ropas por algo más sencillo, luego, a mitad de la estancia, cerró los ojos y al abrirlos se encontraba en el muelle. Una vez en el barco, se esforzó por ignorar las habladurías que desató el viajar sola y subió a cubierta.

El viento soplaba fuertemente, aumentándole la tristeza. En un instante en que la aflicción se le tornó insoportable, pensó en lanzarse al mar. No lo hizo porque eso significaba ir a Hel, ya era suficientemente patética como para también formar parte de los muertos deshonrosos. Volviendo su atención al cielo, los recuerdos la aterraron nuevamente.

Quería olvidar, pero no era empresa fácil. Habrían de pasar otros tantos años para que lograra encerrar a Loki, a Asgard, todo aquello que significó su vida en el pasado, en una jaula para que ya no pudieran hacerle daño. Dejó de utilizar magia y la relegó para emergencias solamente. Se cambió el nombre decenas de veces y se inventó en varias ocasiones una vida. Viajaba constantemente y se desprendía de las personas con las que formaba lazos rápidamente, para que no supieran de su maldición de casi inmoral.

Sobrellevó su soledad como mejor pudo. El tiempo escondió la herida. Al principio la convivencia con los humanos le ablandó el corazón endurecido, y un tanto amargado, por los maltratos de aquellos monstruos asgardianos. Por un tiempo de veras se sintió como humana. Sin embargo, paradójicamente, la coexistencia con los humanos le dejó notar las diferencias. Presenciar guerras, genocidios, crimines imperdonables, la asqueó. Le desencantó la condición humana y empezó a sentir que tampoco pertenecía a ese lugar. Comenzó sintiendo afinidad con esa raza, pero ahora se le estaba desarrollando un sentimiento peligroso de aversión contra ellos.

Entonces llegó Frank Hardy. Él y su emoción inconmensurable, sus ánimos contagiosos y una inocencia y bondad de corazón como hacía mucho no se la conocía a un hombre. Aiden volvió a la Tierra, amando la vida porque era imposible no hacerlo con Frank como compañero de apartamento. Llegó a quererlo en serio. Dispuesta a dejar su inmortalidad para envejecer y morir felizmente a su lado, se dispuso a dejar de comer las manzanas de Idunn. Hardy no lo sabía, pero Aiden ya les tenía un futuro.

Adoró su espíritu pacífico, su torpeza nata –más grande que la suya misma-, sus pláticas que nadie entendía, y sus berrinches infantiles. Ya no pensaba tan seguido en Asgard. Solapó su obsesión con el cine de arte y el amor idolatra que le tenía a Regina Spektor. Le encantaron sus ataques de locura espontanea que le arrancaban risas como las de hacía mucho tiempo; pero también sus melancolías taciturnas mirando por la ventana. No volvió a llorar por el príncipe Asgardiano. Le fascinaba que le llamara "petite lapine" y otros tantos nombres cariñosos con su francés impecable. Su actividad favorita era pasear por las calles de París al atardecer, contándose todo sobre sus vidas, ella los muchos viajes que había hecho por todo el mundo y su prolongada estancia en Inglaterra antes de tomar la decisión de partir a Francia y estudiar Historia; él sobre su alocada adolescencia en América, sobre las fiestas y problemas que había tenido. La vida a lado del hijo menor de Odín parecía más un sueño que un recuerdo.

Durante el viaje por Europa y parte de América que realizaron al terminar la universidad, se mostró sorprendida por los lugares que visitaron, a pesar de haber estado allí sabría dios cuántas veces. No fingió asombro, estaba verdaderamente encantada, porque con la actitud de Frank hasta una roca en medio del camino hubiese sido una maravilla para Aiden. Ya no había tiempo para pensar en aquella vida que no había podido ser la suya.

Para cuando lo conoció había vuelto a adoptar su nombre real, con un apellido común, y su verdadero lugar de origen, Irlanda. Así no tuvo que mentirle, más bien ocultarle la verdad. Eran amigos pero Aiden sabía que no por mucho tiempo, estaba segura de que su relación evolucionaría.

La vida en la Tierra tuvo el dulce sabor que buscó siempre. ¿Aún recodaba a Loki? Por supuesto… de vez en cuando. Su recuerdo ya no le dolía, se convenció de que así habían tenido que ser las cosas, de que no podía hacer nada por cambiarlas. Cuando lo recordaba lo hacía con sensata nostalgia y mucha amabilidad, deseándole felicidad porque la merecía inmensamente.

De esa forma creyó que pasaría el resto de su vida: sin Loki. Pero ya no le entristecía, comprendía que así tenían que ser. Pronto, esperaba, el efecto de las manzanas de iría y empezaría a envejecer como cualquier humano. Aiden se sentía en el ocaso de su vida, uno agradable y apacible, y estaba contenta.

El sufrimiento había quedado en el pasado. Loki –de cierta forma- igual. Sus sentimientos por el eran solo memorias, hermosas memorias, pero no más que eso al fin y al cabo…

Eso hasta que vio al sujeto en la pantalla de esa laptop, y su mundo se desmoronó inevitablemente.

Tanta fue la impresión que cuando Tony Stark le dijo que Loki había partido junto a Thor, rumbo a Asgard, olvidó y desobedeció el mandato de Odín, viajando al Reino Dorado.

Thor le contó todo. La interrupción, el viaje a Jotunheim, su exilio, la verdad sobre Loki, el reinado de éste… Su caída del puente, el ejército chitauri, la influencia de Thanos, los deseos de venganza de su hermano. Todo salió de la boca de Thor con una fluidez que cualquiera hubiese pensando imposible.

Luego Odín.

El rey le permitió su permanencia temporal en Asgard, para que pudiera cerciorarse de que se hiciera justicia. El Padre de Todo vio aquella como la forma más contundente y final de mostrarle a Loki que la midgardiana ya no le quería, es más, le odiaba.

Pero Odín se equivocaba una vez más.


Este ha sido el capítulo más largo que haya escrito jamás. Por lo mismo puede ser que existan muchos errores, les pido me los hagan saber.

Ya el próximo regresamos a donde nos quedamos en el cap anterior xD. Es sólo que necesitaba aclarar de una vez las cosas y si no lo hacía de una vez, no lo iba a hacer nunca.

No quise poner mucho de la vida de Aid en la Tierra, ya sabremos qué tanto hizo cuando se vea de nuevo con Tony.

Bueno, los agradecimientos infinitos:

Himmelstrasse : Me alegra mucho saber que te ha gustado :D. Habrá arrumacos (y más) en el próximo cap xD. Todavía falta para la cuestión de los detalles técnicos de la unión humana-gigante.

Glasersomys: Gracias por leer y todavía más por comentar. Me anima mucho:D