Isabella pasó la mayor parte de la noche en la habitación de su hermana, y por la mañana tuvo el placer de poder enviar una respuesta satisfactoria a las múltiples preguntas que ya muy temprano venía recibiendo, a través de una sirvienta de Mc. Carty; y también a las que más tarde recibía de las dos elegantes damas de compañía de las hermanas. A pesar de la mejoría, Isabella pidió que se mandase una nota a Longbourn, pues quería que su madre viniese a visitar a Rosalie para que ella misma juzgase la situación. La nota fue despachada inmediatamente y la respuesta a su contenido fue cumplimentada con la misma rapidez. La señora Swan, acompañada de sus dos hijas menores, llegó a Netherfield poco después del desayuno de la familia.
Si hubiese encontrado a Rosalie en peligro aparente, la señora Swan se habría disgustado mucho; pero quedándose satisfecha al ver que la enfermedad no era alarmante, no tenía ningún deseo de que se recobrase pronto, ya que su cura significaría marcharse de Netherfield. Por este motivo se negó a atender la petición de su hija de que se la llevase a casa, cosa que el médico, que había llegado casi al mismo tiempo, tampoco juzgó prudente. Después de estar sentadas un rato con Rosalie, apareció la señorita Mc. Carty y las invitó a pasar al comedor. La madre y las tres hijas la siguieron. Mc. Carty las recibió y les preguntó por Rosalie con la esperanza de que la señora Swan no hubiese encontrado a su hija peor de lo que esperaba.
––Pues verdaderamente, la he encontrado muy mal ––respondió la señora Swan––. Tan mal que no es posible llevarla a casa. El doctor Jones dice que no debemos pensar en trasladarla. Tendremos que abusar un poco más de su amabilidad.
––¡Trasladarla! ––exclamó Mc. Carty––. ¡Ni pensarlo! Estoy seguro de que mi hermana también se opondrá a que se vaya a casa.
––Puede usted confiar, señora ––repuso la señorita Mc. Carty con fría cortesía––, en que a la señorita Swan no le ha de faltar nada mientras esté con nosotros.
––Estoy segura ––añadió–– de que, a no ser por tan buenos amigos, no sé qué habría sido de ella, porque está muy enferma y sufre mucho; aunque eso sí, con la mayor paciencia del mundo, como hace siempre, porque tiene el carácter más dulce que conozco. Muchas veces les digo a mis otras hijas que no valen nada a su lado. ¡Qué bonita habitación es ésta, señor Mc. Carty, y qué encantadora vista tiene a los senderos de jardín! Nunca he visto un lugar en todo el país comparable a Netherfield. Espero que no pensará dejarlo repentinamente, aunque lo haya alquilado por poco tiempo
––Yo todo lo hago repentinamente ––respondió Mc. Carty––. Así que si decidiese dejar Netherfield, probablemente me iría en cinco minutos. Pero, por ahora, me encuentro bien aquí
––Eso es exactamente lo que yo me esperaba de usted ––dijo Isabella.
––Empieza usted a comprenderme, ¿no es así? ––exclamó Mc. Carty volviéndose hacia ella.
––¡Oh, sí! Le comprendo perfectamente.
––Desearía tomarlo como un cumplido; pero me temo que el que se me conozca fácilmente es lamentable.
––Es como es. Ello no significa necesariamente que un carácter profundo y complejo sea más o menos estimable que el suyo.
––Bella ––exclamó su madre––, recuerda dónde estás y deja de comportarte con esa conducta intolerable a la que nos tienes acostumbrados en casa.
––No sabía que se dedicase usted a estudiar el carácter de las personas ––prosiguió Mc. Carty inmediatamente––. Debe ser un estudio apasionante.
––Sí; y los caracteres complejos son los más apasionantes de todos. Por lo menos, tienen esa ventaja.
––El campo ––dijo Cullen–– no puede proporcionar muchos sujetos para tal estudio. En un pueblo se mueve uno en una sociedad invariable y muy limitada.
––Pero la gente cambia tanto, que siempre hay en ellos algo nuevo que observar.
––Ya lo creo que sí ––exclamó la señora Swan, ofendida por la manera en la que había hablado de la gente del campo––; le aseguro que eso ocurre lo mismo en el campo que en la ciudad.
Todo el mundo se quedó sorprendido. Cullen la miró un momento y luego se volvió sin decir nada.
La señora Swan creyó que había obtenido una victoria aplastante sobre él y continuó triunfante:
––Por mi parte no creo que Londres tenga ninguna ventaja sobre el campo, a no ser por las tiendas y los lugares públicos. El campo es mucho más agradable. ¿No es así, señor Mc. Carty?
––Cuando estoy en el campo ––contestó–– no deseo irme, y cuando estoy en la ciudad me pasa lo mismo. Cada uno tiene sus ventajas y yo me encuentro igualmente a gusto en los dos sitios.
––Claro, porque usted tiene muy buen carácter. En cambio ese caballero ––dijo mirando a Cullen –no parece que tenga muy buena opinión del campo.
––Mamá, estás muy equivocada ––intervino Isabella sonrojándose por la imprudencia de su madre––, interpretas mal al señor Cullen. Él sólo quería decir que en el campo no se encuentra tanta variedad de gente como en la ciudad. Lo que debes reconocer que es cierto.
––Ciertamente, querida, nadie dijo lo contrario, pero eso de que no hay mucha gente en esta vecindad, creo que hay pocas tan grandes como la nuestra. Yo he llegado a cenar con veinticuatro familias.
Nada, si no fuese su consideración por Isabella, podría haber hecho contenerse a Mc. Carty. Su hermana fue menos delicada, y miró a Cullen con una sonrisa muy expresiva. Isabella quiso decir algo para cambiar de conversación y le preguntó a su madre si Jessica Stanley había estado en Longbourn desde que ella se había ido.
––Sí, nos visitó ayer con su padre. ¡Qué hombre tan agradable es sir William! ¿Verdad, señor Mc. Carty? ¡Tan distinguido, tan gentil y tan sencillo! Siempre tiene una palabra agradable para todo el mundo. Esa es la idea que yo tengo de lo que es la buena educación; esas personas que se creen muy importantes y nunca abren la boca, no tienen idea de educación.
––¿Cenó Jessica con vosotros?
––No, se fue a casa. Creo que la necesitaban para hacer el pastel de carne. Lo que es yo, señor Mc. Carty, siempre tengo sirvientes que saben hacer su trabajo. Mis hijas están educadas de otro modo. Pero cada cual que se juzgue a sí mismo. Las Stanley son muy buenas chicas, se lo aseguro. ¡Es una pena que no sean bonitas! No es que crea que Jessica sea muy fea; en fin, sea como sea, es muy amiga nuestra.
––Parece una joven muy agradable ––dijo Mc. Carty.
––¡Oh! sí, pero debe admitir que es bastante feúcha. La misma lady Stanley lo dice muchas veces, y me envidia por la belleza de Rosalie. No me gusta alabar a mis propias hijas, pero la verdad es que no se encuentra a menudo a alguien tan guapa como Rosalie. Yo no puedo ser imparcial, claro; pero es que lo dice todo el mundo. Cuando sólo tenía quince años, había un caballero que vivía en casa de mi hermano Gardiner en la ciudad, y que estaba tan enamorado de Rosalie que mi cuñada aseguraba que se declararía antes de que nos fuéramos. Pero no lo hizo. Probablemente pensó que era demasiado joven. Sin embargo, le escribió unos versos, y bien bonitos que eran.
––Y así terminó su amor ––dijo Isabella con impaciencia––. Creo que ha habido muchos que lo
vencieron de la misma forma. Me pregunto quién sería el primero en descubrir la eficacia de la poesía para acabar con el amor.
––Yo siempre he considerado que la poesía es el alimento del amor ––dijo Cullen.
––De un gran amor, sólido y fuerte, puede. Todo nutre a lo que ya es fuerte de por sí. Pero si es solo una inclinación ligera, sin ninguna base, un buen soneto la acabaría matando de hambre.
Cullen se limitó a sonreír. Siguió un silencio general que hizo temer a Isabella que su madre volviese a hablar de nuevo. La señora Swan lo deseaba, pero no sabía qué decir, hasta que después de una pequeña pausa empezó a reiterar su agradecimiento al señor Mc. Carty por su amabilidad con Rosalie y se disculpó por las molestias que también pudiera estar causando Bella. El señor Mc. Carty fue cortés en su respuesta, y obligó a su hermana menor a ser cortés y a decir lo que la ocasión requería. Ella hizo su papel, aunque con poca gracia, pero la señora Swan, quedó satisfecha y poco después pidió su carruaje. Al oír esto, la más joven de sus hijas se adelantó para decir algo. Las dos muchachitas habían estado cuchicheando durante toda la visita, y el resultado de ello fue que la más joven debía recordarle al señor Mc. Carty que cuando vino al campo por primera vez había prometido dar un baile en Netherfield. Angela era fuerte, muy crecida para tener quince años, tenía buena figura y un carácter muy alegre.
Era la favorita de su madre que por el amor que le tenía la había presentado en sociedad a una edad muy temprana. Era muy impulsiva y se daba mucha importancia, lo que había aumentado con las atenciones que recibía de los oficiales, a lo que las cenas de su tía y sus modales sencillos contribuían. Por lo tanto, era la más adecuada para dirigirse a Mc. Carty y recordarle su promesa; añadiendo que sería una vergüenza ante el mundo si no lo mantenía. Su respuesta a este repentino ataque fue encantadora a los oídos de la señora Swan.
––Le aseguro que estoy dispuesto a mantener mi compromiso, en cuanto su hermana esté bien;
usted misma, si gusta, podrá señalar la fecha del baile: No querrá estar bailando mientras su hermana está enferma.
Angela se dio por satisfecha:
––¡Oh! sí, será mucho mejor esperar a que Rosalie esté bien; y para entonces lo más seguro es que el capitán Carter estará de nuevo en Meryton. Y cuando usted haya dado su baile ––agregó––, insistiré para que den también uno ellos. Le diré al coronel Forster que sería lamentable que no lo hiciese.
Por fin la señora Swan y sus hijas se fueron, e Isabella volvió al instante con Rosalie, dejando que las dos damas y el señor Cullen hiciesen sus comentarios acerca de su comportamiento y el de su familia.
Sin embargo, Cullen no pudo compartir con los demás la censura hacia Isabella, a pesar de la agudeza de la señorita Mc. Carty al hacer chistes sobre ojos bonitos.
