Diez
Alice sintió el frío al instante. Era como si hubiera abierto la ventana para permitir que el aire frío de la noche entrara en la habitación. Sin decir una palabra, Jasper se levantó y la colocó a ella en el suelo, poniendo distancia entre ellos.
Ella se quedó donde la había dejado sintiéndose aturdida. Sabía que no tendría que haberlo dicho. No sabía por qué lo había hecho.
–¿Qué has dicho? –le preguntó Jasper.
Y ella reconoció aquella voz. Tan terriblemente distante. Tan poco amistosa. Así era como le había hablado cuando se acercó a él por primera vez en el palacio de Santina. Tenía la mirada igual de fría y remota y estaba tan quieto que parecía hecho de piedra, tan inaccesible como si llevara puesta una armadura en lugar de vaqueros.
Volvía a ser un desconocido. Sintió una punzada en el corazón, y no supo qué hacer para que no le doliera.
–Sabes perfectamente lo que he dicho –respondió, incapaz de hablar con tono ligero–. Si te sirve de algo, te diré que no era mi intención decirlo –se encogió de hombros, sintiéndose indefensa e impotente–. Se me ha escapado.
Como las lágrimas. Se pasó la mano por la cara sin saber cómo procesar el hecho de haberse venido abajo de aquel modo, de sollozar por primera vez desde que podía recordar.
–Tenemos un acuerdo muy claro –aseguró Jasper.
Y hubo algo en su voz que la hizo quedarse muy quieta. Demasiado quieta. Los ojos de Jasper echaban chispas. Su boca era una línea recta.
–Soy perfectamente consciente de lo que he comprado. Tú deberías serlo también de lo que has vendido.
Alice sintió como si le hubiera dado una patada directa al estómago. Durante un instante no supo si sería capaz de hablar. Parecía como si se hubiera quedado sin respiración. Se dio cuenta de que le temblaban las manos cuando las bajó para alisar la falda del vestido, y de pronto odió haberse puesto tan elegante y creer en la magia y en los milagros.
Tener esperanza.
Estaba furiosa consigo mismo. Y algo oscuro y muy parecido a la
desesperanza empezó a crecer dentro de ella.
–Si vas a llamarme prostituta, Jasper, no lo disimules con eufemismos –afirmó tratando de disimular el dolor, el impacto y la ira.
–Te vendiste por dinero –insistió él con aquel tono suyo insultantemente dulce, alzando una de sus aristocráticas cejas.
Alice tragó saliva y fingió que no le afectaba.
–¿No me está permitido amarte? –preguntó en voz baja–. No recuerdo haber firmado nada que me lo impida.
El rostro de Jasper se oscureció y los ojos se le volvieron todavía más fríos, algo que Alice no creía posible. Estaba dividida entre el deseo de abrazarle para así hacerle entrar de algún modo en calor y las ganas de huir de aquella situación. De él. De su ilimitada estupidez en lo que a aquel hombre se refería.
–¿Crees que no sé lo que está pasando aquí? –inquirió Jasper–. No quiero actuaciones de este tipo, Alice. Ya te lo dije.
–¿Crees que estoy actuando? –le preguntó ella sin entender nada. Y sin saber si quería entenderlo–. ¿Por qué crees que iba a hacerlo?
–Sé lo que firmé, y no tiene nada que ver con las lágrimas ni con declaraciones de amor –le espetó Jasper con crueldad–. No funcionaría,
¿me has entendido? No puedes manipularme con fantasías sentimentales. Te he comprado. No se me olvida y tú tampoco deberías olvidarlo.
Cada palabra era como un golpe, y más doloroso todavía tras el encantamiento sensual en el que había estado viviendo las últimas semanas. Alice estaba tan mareada por el dolor que se preguntó si no se derrumbaría allí mismo.
Pero no lo hizo.
Transcurrió un instante y luego otro y ella permaneció allí, tambaleándose pero de pie. No sabía si eso era bueno. Tal vez fuera mejor rendirse. Dejar que pasara aquella tormenta y empezar de nuevo por la mañana. Para entonces ya habría recuperado su actitud desenfadada y podría lidiar con Jasper como normalmente hacía. Podría arreglarlo todo con una sonrisa y una carcajada.
Pero no fue capaz de apartar la vista. No fue capaz de rendirse. Ya no. Había demasiadas cosas en juego. Había vislumbrado lo que podrían haber sido Jasper y ella y lo quería. Que Dios le ayudara, lo quería. Lo quería todo de él.
–Debo haberte entendido mal –dijo haciendo un esfuerzo por mantener la voz tranquila, como si las palabras de Jasper no la hubieran
destrozado–. Creí que habíamos firmado un contrato que nos Benjamineficiaba a ambos. Un matrimonio.
–Sí, un matrimonio –Jasper la miró con ojos más fríos que nunca–. Y qué matrimonio. Soy una criatura tan horrible que me he visto obligado a comprarme una mujer que ha caído en mis brazos por su irresponsabilidad financiera. Qué maravillosa unión. Qué afortunados somos.
–¿Y todo esto porque te he dicho que te quiero? –le preguntó
Alice en voz baja–. Me parece un poco extremo, ¿a ti no?
–No quiero tu amor.
Sus palabras fueron como un latigazo. Alice tuvo que hacer un esfuerzo por no dar un respingo.
Jasper se le acercó un poco más, como cerniéndose sobre ella, y a Alice se le pasó por la cabeza que tendría que haberle tenido miedo. Pero no se lo tenía. Y lo que era más triste todavía: incluso en ese instante deseaba echarle los brazos al cuello y abrazarle.
–Quiero tu cuerpo –continuó él con tono duro–. Quiero herederos. Puedes guardarte el resto.
Entonces se dio la vuelta y cruzó la alfombra persa que tenía bajo los pies para dirigirse hacia la puerta. Como si hubiera dicho todo lo que tenía que decir, pensó horrorizada. Y sintió que algo se rompía en su interior y se hacía pedazos.
Pensó en su autocrática actitud el día de la boda, en lo mucho que le había costado a ella contenerse para no reaccionar como quería hacerlo. Trató de imaginarse una vida entera así, sonriendo año tras año cuando en realidad deseaba gritar. Se preguntó cómo serían las cosas cuando fuera mayor, cuando ya no tuviera aquel cuerpo, cuando lo hubiera perdido por los embarazos y por la ley de la gravedad. Pensó en lo que sería amar a aquel hombre así, desesperadamente, y saber que nunca sería correspondida.
No podía hacerlo. No ahora que le conocía íntimamente y le había visto sonreír, le había escuchado reírse, ahora que sabía que había algo más tras aquella seriedad y su aire frío y amenazante. Ahora le conocía demasiado.
–No –dijo. Y su voz resonó por la estancia.
–Esto no es un debate –le espetó Jasper con su tono arrogante, girándose para mirarla con gesto intimidatorio–. Ni siquiera es una discusión.
–Puedes decir todo lo que quieras –insistió ella–. No va a funcionar.
–Pero nuestro acuerdo...
–No me importa –Alice se encogió de hombros cuando Jasper dejó de hablar y se la quedó mirando como si le hubiera sorprendido. Sintió un nuevo calor en su interior que fue como electricidad en las venas. Era ira. Por fin–. Sé que tú también sientes algo por mí. No puedes fingir que no está pasando solo porque no se ajusta a la estrecha definición de lo que se supone que deBenjamin ser las cosas entre nosotros.
–Lo que siento por ti no es ni más ni menos que lujuria –le soltó Jasper con firmeza–. Y una gran sensación de alivio por no haber tenido que perder el tiempo persiguiéndote en el modo habitual, algo que tendría que haber hecho si no hubieras estado tan desesperada o no fueras tan desvergonzada. Eres una comodidad, Alice. Nada más.
Ella se dijo que no importaba lo que le estuviera diciendo, que la estaba rechazando deliberadamente. Que no tendría que dolerle si no lo permitía. Pero se sintió mareada y con ganas de vomitar.
–Sé que eso no es verdad –confiaba en que no lo fuera. Así que enderezó la espalda y le miró a los ojos.
–Y dime, Alice, ¿qué es lo que amas? –le preguntó Jasper.
Ella no pudo evitar dar un respingo al escuchar su voz. Era como una cuchilla suave y mortal que la atravesaba con cada palabra.
–¿Es esta cara? Sé perfectamente lo bella que es. Lo arrebatadora. ¿O es el monstruo que hay debajo? ¿Es eso lo que amas? ¿O se trata más bien de mi tremendamente atractiva cuenta bancaria?
–Basta –le pidió Alice sintiendo dolor por él.
Jasper se le acercó como si no pudiera evitar hacerlo.
–Siendo realista, ¿qué crees que puede sentir en mi posición un hombre por la mujer a la que ha comprado, por una mujer que se le presentó diciendo que estaba buscando un hombre rico con el que casarse? –Jasper agitó la mano en el aire con gesto impaciente–. Podría haber sido cualquiera de los que estaban en el salón de baile. Me tocó a mí por casualidad. Espero que me perdones si la palabra «amor» no me viene a la cabeza.
A Jasper le pareció que Alice se balanceaba ligeramente sobre los pies y se le sonrojaban las mejillas, pero no retrocedió. No se vino abajo. Cuadró los hombros y él volvió a fijarse en su hermoso cuerpo lleno de curvas.
Pero aquel era su trabajo, ¿verdad?, pensó con cinismo. Ser siempre deseable. Llamar constantemente su atención.
Alice alzó la barbilla como si le hubiera oído. Como si estuviera dispuesta a pelearse con él, con los puños si fuera necesario. No sabía si la odiaba o si la admiraba por aquel coraje. Solo sabía que no podía soportar la tormenta que se estaba desencadenando en su interior, y todo era culpa de Alice. Todo.
Él sabía desde el principio que nada de todo aquello era justo para ella, pero la deseaba. Y esas eran las consecuencias.
–Eres un cobarde, Jasper –le dijo tras un instante soltándole las palabras como si no pudiera contenerlas.
Y su tormenta interior se transformó en algo líquido y peligroso y, durante un instante, solo sintió una inmensa furia.
–Dilo otra vez, por favor –la invitó sin reconocer su propia voz.
–Un cobarde –repitió Alice remarcando cada sílaba y alzando la barbilla en gesto desafiante.
–Claro que lo soy –reconoció él dejando escapar algo parecido a una carcajada amarga–. Por eso he recibido la Cruz de la Victoria. Condecoran con la máxima distinción del país al mayor de los cobardes, naturalmente.
Si el tono sarcástico le afectó, no lo demostró. Y si estaba impresionada por el gran honor que había recibido, tampoco. Tenía los ojos azules más oscuros que nunca y, a pesar de estar furioso, una parte de él odio aquello. Quería que volvieran a brillarle los ojos.
–Te escondes en este lugar remoto, deambulando por ahí con un fardo a la espalda del tamaño de las montañas –aseguró Alice con tono firme–. Quieres ser el monstruo del lugar. Quieres ahogarte en tu propia pena. Aquí puedes quedarte sentado en tu vieja mansión y rumiar sobre lo desgraciado que eres sin tener que ponerte a prueba.
–Porque tú, por supuesto, nunca has visto esas cicatrices, ni mucho menos lo que hay debajo de ellas –el tono de Jasper era más sarcástico todavía que antes–. Debes ser una santa, Alice. Estoy seguro de que tu bondad no tiene nada que ver con lo rico que soy.
–¡No me importa tu dinero! –exclamó alzando las manos–. ¡No me importa nada de todo esto! Solo me importas tú...
–Ahórrate el drama –le espetó Jasper. No recordaba haberse acercado, pero allí estaba cerniéndose sobre ella, tan cerca que podía aspirar su delicado aroma y ver cómo respiraba. Su cuerpo solo sabía que la deseaba. Que él la deseaba. Incluso en esas circunstancias. Debería odiarse por su debilidad–. No voy a creer nada que salga de
tu boca. Puedes hacer lo que te digo o puedes marcharte, Alice. Esas son tus opciones. Esto no es una relación. Tú no eres mi amante. Como mucho eres una empleada.
–Me estás tratando como si fuera una yegua de cría –murmuró ella palideciendo.
–Ojalá fueras una yegua de cría –afirmó Jasper con maldad–. Me has costado mucho dinero y no me has dado nada a cambio.
Alice palideció todavía más y Jasper supo que estaba siendo un malnacido. Pero no podía parar. La rabia que sentía dentro crecía más y más. Las palabras que Alice no tendría que haber dicho nunca, las palabras que él no podía aceptar ni creer resonaban en su cabeza.
«Te amo».
Eran palabras terribles como una maldición.
Todas las personas a las que él había amado estaban muertas. Y él era el único denominador común vivo. Sabía lo que eso significaba. Siempre lo había sabido.
–Eres un mentiroso –susurró–. He visto tu cara esta noche mientras bailábamos. He visto lo que sentías. ¿Por qué te da miedo admitirlo?
No le daba miedo, pensó conteniendo la ira y guardándose toda aquella fealdad dentro. Estaba vacío. ¿Por qué Alice no se daba cuenta? Toda su vida había estado vacío. Las cicatrices eran el reflejo de lo que era, de lo que siempre había sido.
–Jasper –dijo ella acercándose y poniéndole la mano en el brazo–. Podemos hacer que este matrimonio sea lo que queramos que sea. Podemos...
–No te equivoques, Alice –le dijo con frialdad, con amargura, porque provocaba en él ganas de creer. Maldita fuera–. Esto no es una unión entre iguales. De hecho no es una unión.
–¡Pero podría serlo! –exclamó ella.
Jasper se quedó mirando durante un instante la pasión de su rostro, la salvaje determinación de sus ojos oscuros. Durante un instante estuvo a punto de flaquear. Quería hacerlo, lo deseaba con intensidad. Pero se contuvo.
–¿Para qué? –preguntó quitándole la mano del brazo–. Ya te he dicho lo que quiero de ti, Alice. Y tú lo has firmado. No sé ni por qué estamos hablando de esto siquiera.
–Porque yo quiero más –afirmó ella con voz un tanto ronca y con tristeza en los ojos.
Tristeza y aquel atisbo de esperanza abatida que era lo más
destructivo de todo. Jasper lamentó poder verlo. Era demasiado tentador. Ella era demasiado tentadora.
–Y creo que en el fondo tú también. Lo sé.
–No sabes nada de mí –la corrigió Jasper sintiendo cómo la sangre se le agolpaba en las venas–. En cambio yo sé demasiado sobre ti. ¿Qué clase de compañera crees que podrías ser, Alice? Has contraído una deuda de más de cincuenta mil libras en dos meses. Tienes el dinero justo para vivir. No tienes estudios ni educación, no eres más que una bravucona. ¿Qué me puedes ofrecer?
Se hizo el silencio en la biblioteca. Jasper no la escuchó ni respirar. Alice se llevó la mano al escote como si le doliera. Tenía los ojos húmedos, pero no le caían las lágrimas. Tras toda una vida odiándose a sí mismo, Jasper no recordaba haber vivido un momento en el que se odiara más que en ese.
–Felicidades –le dijo ella con voz apagada–. Creo que por fin has conseguido que te deteste.
–Eso me importa tan poco como el amor –le espetó Jasper soltando una breve carcajada–. Si no te gusta, ya sabes dónde está la puerta. Ya la has cruzado con anterioridad. Ya te dicho que eres libre para marcharte si quieres. Yo no haré nada para impedírtelo.
Alice estaba muy recta, con gesto orgulloso aunque con la cabeza ligeramente agachada, como si esa fuera la única tristeza que estaba dispuesta a mostrar. Pero él no podía dejarse influir. Alice tenía que entenderlo. Tenía que ver la clase de hombre que era, que siempre había sido. Tenía que ver al monstruo.
El momento se alargó y ella siguió sin hacer nada más que quedarse allí de pie, como si por fin la hubiera dejado sin palabras. Jasper se dijo que aquello era una especie de victoria. Quería tocarla. Quería consolarla y abrazarla y evitar que dijera aquellas palabras terribles y destructivas. Quería volver donde estaban antes de que las hubiera pronunciado. Pero sabía que no podía desear todo aquello.
Se apartó de ella bruscamente y se dirigió hacia la puerta que estaba al fondo de la estancia.
–Por fin he entendido lo que intentabas decirme desde el principio –le dijo Alice a su espalda.
Jasper no se dio la vuelta. Sabía que si lo hacía no podría volver a girarse. Así de débil era.
–Bien –gruñó–. Ya era hora.
Escuchó el frufrú de la tela de su vestido y cerró brevemente los
ojos, como si eso pudiera hacerle fuerte, mientras ella se le acercaba hasta situarse a su lado. Tenía los ojos muy abiertos y Jasper se arrepintió de las cosas que le había dicho tanto como se arrepentía de haber sucumbido al deseo de casarse con ella en un principio.
¿Qué esperaba? ¿Que podría llevarla a su castillo y convertir el acuerdo mercenario que tenían en una especie de cuento de hadas?
¿Cómo había podido ser tan estúpido?
Pero era Alice. Era maravillosa. Le tomaba el pelo como si no hubiera nada roto ni nada aterrador en él. Y le miraba como si fuera solo un hombre. No sabía cómo podría haberse resistido a ella.
Solo sabía que debería haberlo hecho.
–Entiendo que no son las cicatrices de la piel lo que te convierte en un tullido –aseguró Alice mirándole–. Es la fealdad que tienes dentro –extendió la mano y se la puso en el pecho, donde tendría que tener el corazón–. Es como si fueras uno de tus fantasmas, Jasper – sacudió la cabeza–. Te estás envenenando por dentro.
A él le pareció que había dicho su nombre, pero no emitió ningún sonido. Entonces Alice se alejó sin mirar atrás y él se mintió diciéndose que eso era exactamente lo que quería.
Alice no se lo pensó. No tenía que hacerlo. No podía quedarse allí, no había esperanza. Si algo había aprendido en la vida era que cuando un hombre decía quién era, lo que quería y lo que podía dar, una mujer inteligente le creía y actuaba en consecuencia.
Y ella tenía que dejar de comportarse como una estúpida.
Sacó una bolsa pequeña del armario y metió en ella lo básico. Una muda de ropa. Unos cuantos objetos de aseo. El ordenador portátil y el móvil.
No se escabulló por las escaleras ni esperó a la noche. Se dirigió a la cocina, localizó al chofer de Jasper y le pidió que la llevara a la ciudad. No miró atrás cuando el coche avanzó por el sendero de entrada. Lo único que hizo fue mirar hacia delante y decirse una y otra vez que estaba bien.
O mejor dicho, pensó luchando contra aquella profunda ola de desesperación que amenazaba con tragársela, iba a estar bien. No tenía opción.
Sobreviviría, se dijo cuando el coche la dejó en la pequeña aldea que era lo más parecido a la civilización que había en aquel lugar remoto.
Sobreviviría. Siempre lo hacía.
