Capítulo 10. Mascarada

París, 1832

Una mañana poco después de Navidad, los amigos salían del café Musain cuando a Bahorel le impactó una bola de nieve en pleno rostro. Era temprano y la nieve aún no estaba muy pisoteada, y unos niños habían organizado una batalla en medio de la calle.

―¡Perdón, señor! ―le dijo a Bahorel su pequeño agresor.

Pero se estaba riendo y tuvieron la sensación de que lo había hecho más bien a propósito. Bahorel se secó la cara, miró al mocoso muy serio hasta que éste dejó de sonreír y, cuando echó a correr, lo persiguió.

Consiguió así que los dos ejércitos chillones en miniatura se aliaran para derrotarlo a él. Jean Prouvaire y Grantaire fueron los primeros en acudir valientemente en su auxilio, seguidos por la mayoría de sus amigos que, inspirados por tal demostración de coraje y fraternidad, se pusieron a amontonar nieve y a correr de un lado a otro. Los transeúntes los miraban al pasar y meneaban las cabezas pensando que no se los distinguía de los que tenían diez años.

Probablemente lo mismo pensaran Enjolras y Feuilly, que se habían quedado mirando desde la puerta. Sus amigos se cansaron de llamarlos y, como los dos se obstinaban en ignorarlos, los bombardearon sin piedad hasta que no les quedó más remedio que contraatacar.

Hasta Combeferre, tan sereno y grave, se había unido al juego sin pensárselo mucho, aunque más que a otra cosa se dedicaba a recoger a los niños cuando resbalaban. Los niños lo adoraban. Courfeyrac había ido a visitar a su amigo cuando estaba de interno en Necker. En el hospicio, Combeferre no iba a ninguna parte sin que le pisara los talones un séquito de cinco o seis chiquillos flacos que se peleaban por su atención y que lloraban a moco tendido cuando se iba.

La que lloraba ahora era una niñita que encontraba muy trágico haber aterrizado en un charco y haberse ensuciado el vestido. Combeferre la había puesto de pie e intentaba consolarla cuando, de repente, se vio emboscado por un montón de mocosos que conocían el arte de la guerra mejor que él.

Courfeyrac lo tuvo que sacar del apuro, aunque la indignidad tenía mal arreglo.

―Desde luego ―dijo sacudiéndole la nieve del pelo― sólo a ti se te ocurre confraternizar con el enemigo.

A su alrededor todo eran carreras, gritos belicosos y algún chillido agonizante. Más niños habían aparecido de debajo de las piedras y ahora Jean Prouvaire estaba rodeado, Bossuet acababa tener un encuentro de lo más indecoroso con un muñeco de nieve y Enjolras y Grantaire estaban parados en un escalón y enzarzados en su guerra civil particular.

Courfeyrac observaba todo aquello sin disimular la sonrisa pero, cuando volvió a mirar a Combeferre y vio sus ojos fijos en él, su sonrisa vaciló.

Sucede siempre en un instante. En realidad, un instante es suficiente para que el corazón se salte un latido.

También fue suficiente para que dos idiotas despistados en mitad de la línea de fuego acabasen acribillados a bolazos.

Combeferre acabó con las gafas rotas (otra vez), casi todos cogieron frío y, por la tarde, Joly agonizaba.

•••

Aquel invierno fue particularmente frío y pronto hubo escasez de carbón y de leña, que a mediados de enero ya habían duplicado su precio. En las puertas de las casas se oía a las comadres quejarse, y la guardia municipal patrullaba las calles deteniendo a los que desbarataban andamios y vallas públicas para hacerlos combustible. Murieron de frío muchas personas y, como sucede casi siempre, fueron los ancianos y los niños los peor parados.

Hacía ya cinco años que duraba la racha de malas cosechas, y el precio de los alimentos también se incrementaba. Y si bien era difícil que alguien muriera literalmente de hambre, no era menos cierto que París, bajo la lustrosa superficie de las grandes avenidas, de los jardines públicos y de los palacetes privados, estaba flaca y macilenta y tenía muchas veces en los ojos la mirada vidriosa del perro que retrae los labios aunque ya no tenga dientes. París no se moriría de hambre pero tenía que roer, igual que los marinos de Magallanes, hasta el cuero de los mástiles.

Atravesaba Francia un océano que seguía siendo pacífico pero que, a veces, se picaba inesperadamente. Algunos, hartos de flotar en la calma chicha, veían o querían ver en el horizonte los rayos que preceden al trueno de los tambores y de los cañones.

Nadie sabía, pero no se podía negar que había a veces soplos de viento, y se diría que los Jacques Bonhomme de París vociferaban menos y susurraban más al oído del vecino.

Una noche, yendo Courfeyrac, Combeferre y Enjolras de camino a las tabernas de la calle Charonne, un diablillo harapiento se le colgó a Combeferre del abrigo. Buscaba sin duda hacerse con el dinero o el reloj si era afortunado, y mientras tanto decía muy afectado:

―¡Parad, parad, buen señor! ¿Queréis que os lustre los zapatos? ¿Queréis que os enseñe un sitio donde hay muchachas muy alegres? No tiene farol en la puerta pero yo sé donde está. ¡Y hay lumbre y todo! ¡Qué hambre tengo, monsieur! Mi madre no hace más que hervir el mismo hueso. ¡Oíd como me rugen las tripas! Hacen como un cañón... ¡BURRUM!

Combeferre se detuvo y se registró los bolsillos, se agachó para estar a la altura del chiquillo y le presentó una moneda de dos francos. Los ojos del niño se abrieron como platos. Tenía la carita sucia.

―Le llevarás este dinero a tu madre ―le dijo Combeferre muy serio.

―Sí, señor.

―¿Se lo vas a llevar enseguida?

―Enseguida, señor. ¡Qué contenta se va a poner! Que Dios os bendiga, os lo digo de su parte. En cuanto a mí, os bendigo, os corono, os canonizo. ¡Hala! ―El chiquillo atrapó la moneda, se acordó de hacer una reverencia sacando mucho el pie por detrás y salió disparado por un callejón sin adoquinar.

Una niña no mucho mayor que pasaba cargando una saca de pan se había detenido a mirar.

―Ése no tiene madre ni padre ―los avisó con un mohín de disgusto―. Lo ha engañado a usted.

Courfeyrac se echó a reír.

―¡Buena la has hecho, Sor Étienne!

Aquel era el dinero que llevaban para pagar el vino en la taberna a la que iban; con vino, a los parroquianos se les afinaba el oído.

Pero Combeferre se encogió de hombros.

―Mejor le vienen ―dijo―. Así no tendrá que tentar los bolsillos ajenos.

Pero todos sabían que volvería a las andadas en cuanto se comiera los dos francos o antes.

Enjolras se había cruzado de brazos.

―Está muy bien, pero nadie debería recibir por caridad aquello a lo que tiene derecho.

―Tienen derecho pero no pan, y no se comen los derechos ―dijo Combeferre.

―Dales limosna y se la comerán para vivir otro día ―expuso Enjolras con dureza―; pídeles que coman hierba y te colgarán de las farolas.

―Ojalá no haya que llegar a eso de nuevo.

―Entonces nos quedaremos como estamos, y no tenemos dos francos para cada uno ni dos francos duran todo el invierno. ¿Y no hablabais de eso hace tiempo en el parque? La historia del globo está puntuada por catástrofes o revoluciones...

―Y parecía que no estaba prestando atención ―comentó Courfeyrac fingiéndose muy sorprendido.

Enjolras le puso una mano en el hombro y, volviéndose hacia Combeferre, le dijo:

Mon cher ami, la historia del hombre no es diferente.

No discutieron más pero cuando, cerca de la calle Charonne, una prostituta les salió al paso y se echó zalamera y suplicante a los brazos de Enjolras, él le cogió la mano y puso en ella el dinero que llevaba, y le dijo que se fuera a casa con sus hijos.

Aquella noche hubo poco vino para convidar a la parroquia (el que pudo pagar Courfeyrac con lo que llevaba en el bolsillo) y no cenaron.

En París, se habían acostumbrado a vivir más o menos modestamente para no insultar la pobreza del pueblo. A Courfeyrac le gustaba el teatro, se permitiría visitar al sastre de vez en cuando y había comprobado que las queridas lo querían más cuando les podía regalar sombreros de Les Deux Magots y llevarlas a los cafés con baile, pero era raro que sus amigos se permitieran algún exceso. Combeferre sólo gastaba en libros, y como los libros los gastaba en una noche, sus amigos le decían que era un manirroto con un agujero en el bolsillo. A Enjolras, su padre le seguía girando religiosamente una suma que no era ni tan alta como para permitir que un joven se dedicase a la vida ociosa y licenciosa de la tan mal afamada juventud parisiense, ni tan baja como para tener que andar con agujeros en los codos y saltándose las comidas. De todas maneras, Enjolras se empecinaba en hacer las dos cosas. Por no tener, muchas veces no tenía ni lumbre. No se sabía si su Patria lo calentaría por las noches.

El dinero que les sobraba, lo gastaban en pagar a los impresores, a los informadores y, últimamente, a los armeros.

•••

Comenzaba el mes de febrero y París se preparaba para celebrar el Carnaval. Los amigos solían celebrarlo en las plazas pero, aquel año, Sand les consiguió invitaciones para el baile de máscaras que se celebraba en la Ópera.

Cuando vino a traerles aquel regalo, Sand se convirtió en la adorada musa de todos ellos. Jean Prouvaire, radiante de alegría, saltó como una cabra por todo el café, y Courfeyrac cogió a la joven por la cintura y la levantó en el aire diciéndole mil cumplidos y no creyendo exagerar con ninguno.

Más tarde, mientras estaban sentados bebiendo un champán barato que habían pedido para conmemorar la ocasión, Courfeyrac preguntó a la audiencia:

―¿Y de qué vais a ir disfrazados?

―Yo, de Mondor ―dijo Bossuet.

―¡Está muy visto! ―se quejó Jean Prouvaire―. Habrá por lo menos veinte Mondors. ¿Cómo te reconoceremos?

―¡Ah! Pues de eso se trata, no me reconoceréis.

―¡Uuuh! ―opinó Jean Prouvaire, y sus amigos en pleno secundaron la moción.

―¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!

―¿Y tú, Prouvaire?

―No os lo diré ―dijo el poeta con aire misterioso―. Me tendréis que encontrar.

―¡Qué bien pensado! ―dijo Bahorel.

Bossuet dio un puñetazo en la mesa.

―¿Y eso sí os parece bien?

―¡Uuuuuh!

Enjolras no dijo nada cuando le preguntaron. Sus amigos, que se estaban sugiriendo máscaras unos a otros en mayor o menor grado de mofa, le propusieron unas cuantas, pero ninguna de ellas parecía convencerlo.

―Deberías ser Alejandro ―le dijo Sand con la sonrisa petulante que lucía cuando creía saber algo que para el resto del mundo era un misterio. Lo que venía a ser más o menos siempre.

Enjolras le devolvió una mirada algo irritada que ella ignoró con gran habilidad. Courfeyrac creyó entender el motivo de aquel pequeño desencuentro: Alexandre era sólo uno de la larga lista de nombres de pila de Enjolras, y el que menos le gustaba. Courfeyrac hasta encontraba un poco sorprendente que Sand lo conociera por aquel nombre, ya que Enjolras no lo usaba nunca y firmaba sólo como Julien.

―O Aníbal ―siguió Sand como si nada―. Aunque eres muy rubio para eso.

Grantaire, amargado y ausente, apuró de un trago el contenido de su copa. Cuando, más tarde, en un arranque de inspirado atrevimiento, se le ocurrió sugerirle a Enjolras que fuese de Apolo, Enjolras le sugirió a él que fuese de barrica borgoñona.

Grantaire se echó a reír.

―Pues no sé cómo me las arreglaré para sentarme pero, como tengo pies incansables, lo pensaré. Quizá encuentre alguna botella espumosa de champán que me haga juego.

―El champán es una cosa muy burguesa, las botellas ésas son duras de descorchar ―le advirtió Bossuet.

―Oye, que hay señoras presentes ―le regañó Joly.

―Pero si ya soy muy feo ―dijo Grantaire, que aquella noche era una fuente inagotable de buen humor que los desplantes de Enjolras no agriaban―. Un chichón o un ojo morado no se notarán.

―Pues a mí me parecería una pena tremenda ―le dijo Sand tendiendo su copa para que alguien se la volviese a llenar y haciendo como que no notaba que los amigos se peleaban por aquel honor―. Vuestros ojos son de lo más bonito que hay.

Hubo un pequeño ataque colectivo de celos. Enjolras no prestaba atención; tenía una forma muy decidida de no prestar atención.

―Señora, sois tan buena que casi os veo la aureola alrededor de la linda cabeza ―dijo Grantaire disimulando muy mal la timidez que le acababa de sobrevenir; a las mejillas le había trepado un rubor distinto al del vino―. Si no me hubierais dejado de tutear, sería una barrica borgoñona feliz.

Ella rió y dejó que él le besara la mano. Cuando el champán se les subió a la cabeza y empezaron a cantar, Grantaire sacó a la joven a bailar. Era buen bailarín y se las arregló para sortear hábilmente las mesas y las sillas entre giro y giro. Sand reía mucho pero bailaba como una dama, sin las torpezas de las alegres modistillas. Jean Prouvaire, que tenía los pies inquietos, cogió a Courfeyrac de las manos y se lo llevó con él.

―Baila conmigo, señor de Courfeyrac.

―Con mucho gusto, señor de Prouvaire.

Y chocaron las cabezas al hacer los dos la reverencia que corresponde al hombre de la pareja de baile.

Bahorel se rió tanto que casi se cayó de la silla y Feuilly se llevó una mano a la cara. Se moría de vergüenza ajena pero, después de dos o tres copas, sus amigos consiguieron que hasta él bailara un poco, y a Enjolras lo arrojaron a los brazos de Sand en un cambio de parejas improvisado antes de tiempo. Querían ver si, puestos a seguir con los clásicos, lo convertían en Marco Antonio por una noche, y si así, su Cleopatra se olvidaba del dichoso pianista polaco.

Pero no pudo ser.

•••

―Temo que Feuilly no quiera venir ―dijo Courfeyrac a Enjolras más tarde, mientras caminaban hacia sus casas bajo la helada de febrero―. Le gustan tan poco las fiestas de sociedad... Pero sería una lástima si no estuviéramos todos porque va a ser una noche que, a lo mejor, no se repite nunca. Si no quiere, ¿crees que tú lo podrás convencer?

Enjolras sonrió muy sutilmente.

―Pues claro.

El caso fue que no se repitió nunca, pero ¿qué iban a saber entonces?

―Vaya trucos sabes hacer ―le dijo Combeferre cuando se quedaron solos para recorrer el resto del camino.

―No me ha quedado más remedio ―se defendió Courfeyrac―. Temía que estuviera tramando poner alguna excusa para no asistir.

―Si no quiere, no lo tenemos que obligar.

―Yo no lo obligo a nada, pero si puedo ablandarle el corazoncito en beneficio de la juventud, no pecaré por omisión.

―¿De la juventud?

―No vamos a ser jóvenes toda la vida. A nuestro Julien, la juventud le llegó tan tarde... Y, a este paso, se le va a ir muy pronto.

―Dale su espacio ―dijo Combeferre con aire pensativo―. Dale tiempo.

Pero Courfeyrac negó decididamente con la cabeza.

―Veinticinco años es tiempo más que suficiente, ¿no te parece? Soy Oberón, y te digo que voy a arreglar este asunto.

Combeferre no dijo nada. La verdad era que Courfeyrac nunca le había preguntado si Sand le gustaba para su amigo. Quizá le pareciera muy atrevida.

―Y tú, ¿de qué te vas a disfrazar? ―le preguntó Courfeyrac.

―No te lo diré ―dijo Combeferre sonriendo―. Como hemos quedado, tendrás que encontrarme.

―Te reconoceré a una milla aunque vayas de Mondor tú también.

•••

Pero Combeferre no se fue de Mondor sino de Céfiro, y Courfeyrac, que fiel a su palabra fue de Oberón, lo reconoció al instante entre la muchedumbre que abarrotaba el salón de baile de la Ópera. Pensó que nunca lo había visto más encantador que aquella noche, y una punzadita de añoranza le vino al corazón. Pero Courfeyrac sonrió a pesar de ella, y vestido con su sonrisa fue como acudió a su encuentro.

―¡Ya me parece que huele a primavera! ―dijo dando una vuelta completa en torno a su amigo, y al finalizar hizo una reverencia de noventa grados.

―Pero no seas bruto. ¿No sabes que los reyes no se inclinan?

―¿Ni siquiera ante los dioses?

―¿Quién? ¿Un pobre soplo como yo?

Alerta como un vigía de fragata, Courfeyrac divisó una bandeja con copas de champán y se hizo con dos antes de que se perdiera entre la marea humana. Divisó también a una joven que iba disfrazada de Locura y que adornaba el brazo nada menos que de monsieur Louis Véron, el administrador de la ópera. Menuda pieza había cazado la señorita, lo que no impidió que notara a Courfeyrac entre la gente y le regalara un guiño sobre el hombro del caballero.

―¿No era ésa tu Laure? ―observó Combeferre cuando la muchacha se hubo perdido entre la multitud. Por doquier los rodeaban máscaras misteriosas, sedas, tules y plumas de brillantes colores.

―¿Cuándo ha sido mía? ―suspiró Courfeyrac―. Ya ves que es demasiado suya como para ser de nadie. Si acaso, será del César. ¿Sabes que, una vez, pensé en casarme con ella?

―No lo sabía.

―Las cosas que se le ocurren a uno...

―¿Se lo pediste?

Courfeyrac negó con la mirada perdida en el baile de burbujas de su copa.

―Se me pasó la borrachera.

El caso, pensó Courfeyrac mientras probaba el champán, era que aquella vez había comprendido que, si quisiera, podría presentarse ante su familia del brazo de una actriz de mala reputación, con el corazón helado y prendada de su herencia...

Pero no contigo.

...pero no con él, que tenía un alma noble y un corazón sincero, que lo había amado siempre y que lo amaría mientras viviera.

La añoranza venía obstinada tras sus pasos, pero Courfeyrac no estaba dispuesto a consentirlo. No aquella noche ni con su amigo a su lado, alegre como pocas veces y encantador como nunca. Si acaso, ya se lamentaría mañana. Eso le dijo a la añoranza, que recogió sus miserias y se fue volando.

―Ven ―dijo Courfeyrac sonriendo―. Busquemos a nuestros amigos. Pontmercy me dio su palabra de que no faltaría, y no hay que hacerle un feo a monsieur le baron.

Se fueron juntos a buscar al resto de la cuadrilla. ¿Quién sabía detrás de qué máscaras podían estar?

¿Y cuál no fue su sorpresa cuando, al divisar a su generosa anfitriona, Courfeyrac se encontró frente a la mismísima Titania? Sobre aquellos zapatos de fantasía imposiblemente altos y tan diferentes de las botas de charol que solía lucir cuando vestía de hombre, Sand era casi tan alta como él.

―¡Oh, no! ¡Oh, sí! Estoy confuso ―dijo Courfeyrac―. ¿No es una coincidencia maravillosa? Yo me casaría contigo, mi reina, pero me conformaré con ser tu esposo por una noche. ¿Bailas conmigo?

―Con gusto ―sonrió Sand aceptando su mano.

Pero, a medio camino de la pista de baila, se encontraron frente a frente con otro Oberón que venía directamente hacia ellos y que, cuando se vio ante su doble, se detuvo en seco.

―¡Oh, no!

―¡Oh, no, no, no!

―¿Courfeyrac?

Courfeyrac dio un paso atrás.

―¿Prouvaire?

Titania se echó a reír encantada, mirando alternativamente a sus dos esposos que estaban mirándose como bobos.

―¡Qué fatalidad! ¿Con quién bailaré ahora?

―Conmigo.

―De ningún modo. Baila conmigo.

―¡Atrás, impostor!

―Oh, bien, disculpadme mientras lo decidís ―dijo Sand, que se recogió la falda multicolor para ir a recibir al ave Fénix que bajaba en ese momento la escalinata.

Courfeyrac, mudo de asombro, no notó que estaba conteniendo el aliento hasta que el viento del oeste le puso la mano en el hombro.

―Eso es obra tuya ―le susurró Combeferre en tono de complicidad.

―Sí, mira lo que he hecho... ―murmuró Courfeyrac. La verdad era que, aunque se tratara de un Fénix un tanto sombrío, todo el mundo lo estaba mirando.

Sand, que tenía cierta experiencia en abandonar esposos con dos palmos de narices, le concedió al Fénix el primer baile, y también el segundo y el tercero. Courfeyrac hinchó el pecho con orgullo al ver lo bien que su amigo se desenvolvía en la pista de baile. Enjolras no tenía madre, así que nadie lo había enseñado a bailar. Courfeyrac tuvo que remediar aquella calamidad, y así era como él le devolvía el favor. ¡Pues vaya!

Cuando, después de nada menos que tres bailes, Enjolras voló libre y se unió a sus amigos, Courfeyrac quitó el brazo de los hombros de Marius, al que custodiaba por si le volvía a venir la idea de escapar de aquella vorágine, tomó a Enjolras de la mano y lo hizo dar una vuelta completa antes de que él pudiera empezar a resistirse. De todas maneras, Enjolras no lo hizo. ¿Acaso no era carnaval? Y si existía una noche en la que uno pudiera comportarse de forma alocada y licenciosa impunemente, era aquella.

―¡Mírate, eres un fuego! ―rió Courfeyrac―. Estás tan guapo que voy a tener que pedirte que te vayas.

―Pues me voy.

―¡No! ―dijeron sus amigos, y rodearon a Enjolras para que no escapara.

Bossuet, que en un arranque de rebeldía se había vestido de Mondor, sugirió salir a la terraza a fumar. Joly se quejó de que hacía frío pero Musichetta le puso alrededor del cuello su bufanda de pieles. Bahorel se hizo con una bandeja cargada de copas y Feuilly lo ayudó descargándolo de una, y juntos cruzaron las grandes puertas acristaladas.

En ese momento se les apareció el guardián de la puerta, que no era el can Cerbero ni del todo una barrica borgoñona pero sí Dionisos, tocado de hojas y blandiendo en la mano un racimo de uvas moradas que nadie sabía de dónde habían salido. Cuando vio a Enjolras, se cuadró en la posición de firmes y lo saludó al uso militar romano:

―¡Ave! ―dijo.

Lo declararon el chiste más malo de la noche, pero sólo porque la noche era joven. Y quizá no fuera tan malo cuando hasta a Enjolras se le escapó una sonrisa.

Se sentaron en la balaustrada de piedra y admiraron los jardines jaspeados de luces. En el cielo nocturno navegaban jirones de nubes que, al ocultar la luna menguante, brillaban con bordes azulados y de plata. A petición popular, Jean Prouvaire, el falso Oberón, improvisó unos versos en voz alta. Enjolras y Grantaire se habían sentado juntos y Courfeyrac vio que, por primera vez en mucho tiempo, hablaban sin discutir.

Bajo los ojos de los astros, fumaron, bebieron y comieron las uvas de Dionisos, y embriagado quizá por ellas, Courfeyrac sujetó la mano de Combeferre sin dejar de espiar el frío cielo de invierno. Su mano estaba tibia y le devolvió el apretón afectuosamente, y Courfeyrac la sostuvo hasta que el gentío salió en tropel para admirar los fuegos artificiales.

Eran hermosos en el cielo, pero lo eran más en sus ojos.

•••

El amanecer los encontró a todos juntos.

Al acabar la fiesta, los amigos se fueron a casa de Joly cargados con varias botellas de vinillo espumoso y con los ingredientes para una recena más bien ecléctica, todo afanado descaradamente de las mesas de la fiesta, y al calor del hogar celebraron su propia fiesta. Mucho más exclusiva, se mirase por donde se mirase.

Algunos se habían intercambiado las máscaras y otros ya no las llevaban, tenían brillantina y pintura en la cara y, como uno de los pasatiempos de la noche había consistido en desplumar a Enjolras, la mayoría lucía plumas en el sombrero o en el pelo. De esa guisa fue como se durmieron, hacinados como arenques y borrachos como cubas.

Courfeyrac luchó mucho rato contra el sueño que lo vencía. Quería prolongar la sensación de calidez que lo invadía en aquel momento, rodeado de sus amigos en una noche que no podía haber sido más perfecta.

Estaba recostado sobre el pecho de Combeferre y tenía a Enjolras echado en su regazo. Enjolras solía tener el sueño ligero pero, poco acostumbrado al alcohol, parecía dormir profundamente, y no se despertó cuando Combeferre le apartó delicadamente el cabello del rostro.

Marius miraba por la ventana y suspiraba mucho. Jean Prouvaire se sentaba junto al fuego con un cuaderno y un lápiz mordisqueado, y Grantaire parecía que no encontraba su lugar en el mundo. Había bastante espacio junto a Enjolras pero, cuando le sugirieron que se acostara allí, puso objeciones por no sé qué de la corriente y se fue a vagar errante por el paisaje nocturno del cuarto. Acabó anidando junto a Jean Prouvaire cuando el poeta lo llamó, y al fin se quedó dormido con una pluma roja pegada al pecho.

Courfeyrac lo recordaría sólo vagamente, un pensamiento perdido entre los vapores del vino pero, justo antes de que el sueño lo venciera, tuvo tiempo de pensar algo como esto:

Si llego a saber que la vida iba a ser así, hubiera nacido antes.