Capítulo 9
A la mañana siguiente, Malfoy estaba ya abajo con la señora Granger preparando el desayuno cuando Hermione siquiera se había levantado aún. Desperezándose y colocándose sus chanclas, ella cruzaba los dedos para que el chico no mencionara nada del día anterior, ni lo ocurrido por la noche ni tampoco de madrugada. Bajó las escaleras, temiendo lo que podría encontrar abajo, y al alcanzar la cocina lo único que vio fue a Malfoy sacando varios tarros de mermelada y mantequilla del frigorífico mientras su madre hacía café, té y tostadas.
–Buenos días –saludó Hermione, rascándose los ojos para ver a través de la claridad de la luz del sol–.
–Buenos días, cariño, hoy se te han pegado las sabanas –dijo su madre, poniendo un plato frente al taburete en el que Hermione se había sentado, frente a la isleta–. Draco ha estado ayudándome un poco, ya sabes, quería dejarte dormir un poco más. ¿No es un encanto? –preguntó retóricamente ella, con una sonrisa–.
–Si, un verdadero encanto –ironizó con un deje de broma en su tono–.
–Si lo prefieres puedes no desayunar de lo que he ayudado a preparar. A este paso, llevarías ya casi doce horas sin comer –replicó el chico–.
–Hoy vamos a hacer día familiar –informó su madre a Hermione, mientras sacaba los huevos revueltos de la sartén–. Papá ha ido al garaje a sacar el Scrabble, lo vamos a pasar genial. Draco nunca ha jugado –le explicó, como si ella se hubiera convertido en una experta en Draco Malfoy–.
–Lo había imaginado –contestó, y sirviéndose mantequilla en su tostada le dio un generoso mordisco–. ¿Crees que sobrevivirás jugando a un juego de muggles, o te dará un sarpullido?
–Si así fuera ya tendría erupciones por toda la cara –le recordó el episodio del día anterior con Sarah. Hermione se puso roja y no dijo nada más–.
–Aquí está –dijo su padre, que en ese momento entraba por la puerta de la cocina. Traía la edición más vieja de Scrabble que Hermione había conocido jamás en persona, cubierta con un poco de polvo, pero como nueva–. Lo limpiaré para jugar esta tarde. Pero ahora, poneos el traje de baño, porque pasaremos la mañana en la playa.
–Genial –aceptó la chica de buen grado–.
Empezar el día con una buena dosis de sol y agua salada era justo lo que podía mejorar el día de Hermione.
Una mañana de sábado en la playa no descartaba lo que iba a ocurrir la semana siguiente: debido a que la fiesta sería orientada al mundo mágico, los señores Granger declinaron la invitación al compromiso de su hija en pos de que los numerosos magos y brujas asistentes no relacionaran a los Malfoy con muggles, y Hermione, el día antes de su partida a la playa, había ido con su madre a comprar un vestido. No había sido fácil, puesto que a ella no le gustaban los vestidos ni los colores demasiado femeninos, y su madre trayéndolos de cinco en cinco con las perchas en su hombro no la ayudaban demasiado a aclarar sus ideas sobre lo que realmente le apetecía llevar. Ya le habían dicho que no era necesario un traje de baile, así que se decantó por un vestido de color plateado, de encaje hasta el suelo y que se ajustaba a la perfección a su cintura y sus caderas. Un color muy de Slytherin, sin destacar demasiado. Unos tacones de sandalia y un conjunto de collar y pendientes con una perla completaban aquel sencillo conjunto. Aún no sabía cómo iban a marcharse de la playa (Hermione suponía que el señor Malfoy movería hilos para viajar en chimenea hasta la mansión Malfoy), pero la cercanía del señalado día la ponía un poco nerviosa.
Así fue que Hermione cogió su toalla de playa, unas gafas de sol y un sombrero, lo metió todo en su bolsa de rafia y esperó a sus padres, junto a Malfoy, en la puerta. Poco después salió la señora Granger, con una gran cesta de comida, y el señor Granger con dos sillas y una sombrilla colgando de su hombro. Hermione cogió otra de las sillas que descansaban en el quicio de la puerta, y Malfoy la restante.
–¿Vamos a nuestra zona de siempre, mama? –preguntó Hermione, mirándola con interés–.
–Sí, cariño, allí casi nunca hay nadie. Lo mejor que pudo hacer nuestra zona Residencial fue alquilar ese tramo de la playa para nosotros, ¿No crees, Edgar?
–Sin duda, uno puede disfrutar del mejor clima de toda Inglaterra sin tener que aguantar a los extranjeros –confesó el hombre–.
–Los extranjeros, como tú los llamas, papá, son los que dan dinero a la costa de Brighton –le recordó Hermione–.
–Lo sé, pero que estén aquí no significa que me guste verlos tan apelotonados –rebatió–. Yo prefiero la tranquilidad. Cuando compramos esta casa, nunca había nadie en la playa.
–Lo recuerdo, querido –concordó la señora Granger–. Hermione lo pasaba muy bien jugando con la arena, y podíamos estar más tranquilos.
Pronto llegaron a la zona de la que los Granger les habían hablado: Era cierto que estaba más despoblada que la avenida principal del paseo marítimo, pero algunos de sus vecinos estaban ya tumbados al sol, poniéndose rojos o vigilando a sus hijos. Hermione dejó en la arena la butaca y su propia bolsa, y ayudó a su padre a colocar la sombrilla. Una vez estuvo todo dispuesto, Hermione se quitó sus pantalones cortos y su camiseta, y se aventuró al mar.
–¿Vienes, Malfoy? –inquirió, insegura de cómo tratar al chico después de lo ocurrido el día anterior–.
–Claro, no me lo perdería por nada –aceptó él con tono irónico–.
–Vamos, no es Génova, pero el agua no está tan mal. Y no hay algas –añadió con una sonrisa–.
–Ya lo veo –dijo el chico, mirando a los niños jugar con el agua y salpicar por doquier. Al llegar a la orilla del mar, vio con desagrado que estaba lleno de conchas, caracolas y piedras–. ¿Y dónde está la arena?
–Un poco más adelante, no te preocupes –le aseguró ella, que ya había entrado hasta las rodillas–. Oye, Malfoy. Ahora que estamos solos, quería preguntarte…
–¿…si? –preguntó el chico distraído, concentrado en no cortarse los pies con las conchas marinas–.
–¿Estás nervioso por la fiesta de compromiso?
–¿Nervioso? –inquirió–. ¿Acaso no viste como son las fiestas habitualmente en mi casa, Granger? Para mí solo es una fiesta más. No debes preocuparte, todo va a salir de perlas.
–¿Cómo puedes estar tan seguro? –preguntó inquieta, sentándose en la arena y dejando que el agua cubriera su cuerpo–. Podrían salir mal mil cosas.
–Pero no van a salir mal –la tranquilizó. Tomó sus manos y la hizo levantar, caminando con ella hacia el mar–. Vamos a ir tal que así, cogidos de una mano –levantó la mano que la tenía sujeta, hasta la altura de sus hombros, e hizo como que la conducía–, hasta la escalera de piedra del jardín. Entonces todo pasará tan rápido que ni te enterarás. Te lo prometo.
–Está bien –aceptó ella. El chico no soltó su mano, y ella tampoco quería que lo hiciera, así que no dijo nada y fue bajándola poco a poco, hasta quedar sumergida en el agua–.
–¿Te apetece nadar un poco? –sugirió el chico, mirándola con una ceja alzada y su característica media sonrisa–. Te echo una carrera hasta la marca –señaló a lo lejos la boya amarilla–.
–Eso está hecho –aceptó Hermione el reto.
Se prepararon para nadar, y a la señal de unos niños que estaban observando la carrera, ambos salieron rápido de sus lugares, nadando sin parar. Hermione se sintió volar en el agua, por primera vez desde hacía ya un año. Echaba de menos su casita de Brighton, y el agua del océano, y sobre todo echaba de menos nadar. En menos de lo que ella pensaba llegó hasta la boya amarilla, justo dos segundos antes que Draco. Él, exhausto pero sonriente, la miró de hito en hito.
–Eres… eres rápida –dijo entrecortadamente–.
–Y tú también… –respondió ella, recuperando el aliento–.
–Nunca pensé que fueras buena nadando, con el respeto que te da el mar –confesó el chico, colocándose junto a ella–.
–Durante mucho tiempo hice natación en el colegio –dijo ella, mirando al muchacho acercarse–.
–Los muggles hacéis muchas cosas en el colegio –se sorprendió el chico. Ya a su lado, y viendo que tenía dificultad para agarrarse a la cuerda y descansar, aupó a Hermione con un brazo en su cintura, hasta que ella se agarró correctamente. Ella sintió un escalofrío–.
–Mi madre nos hace señales desde la orilla, creo que es hora de comer –indicó–.
–¿Una carrera de vuelta? –sugirió el chico, pero ella ya se había lanzado con la corriente, absolutamente relajada y dejándose llevar por las olas y la marea. El muchacho se tomó la libertad de observar su vientre plano y su rostro brillante en la lejanía, antes de volver nadando con ella hasta la orilla–.
–Hermione, es la hora de comer –avisó su madre, aunque ella ya había llegado a su sombrilla y se secaba el cabello–. He traído ensalada de pollo, sándwiches de aguacate y pavo y macedonia de frutas –nombró la mujer. Hermione cogió un sándwich de la cesta, y Malfoy agarró un cuenco de ensalada y un tenedor–. Veo que habéis hecho ejercicio.
–Su hija es muy rápida, señora Granger, no he sido capaz de alcanzarla –confesó el muchacho–.
–A ella le encantaba nadar cuando era pequeña. Recuerdo una vez, cuando era pequeñita, que se tiró al agua con tantas ganas que se le escurrió el bañadorcito…
–…mamá –pidió Hermione, avergonzada–.
–Oh, hija, si solo tenías cinco años. Era una monada –aseguró al chico–.
–La creo, la creo –le contestó el rubio, comiéndose su ensalada con una risita–.
–Draco, hijo –se dirigió el señor Granger al rubio. Éste se dio la vuelta para quedar frente a él, sentado en su silla de playa–. Después de comer vamos a irnos a casa. ¿Te gustaría que te enseñase a conducir?
–¿A mí? –inquirió sorprendido–. Claro, me encantaría, señor Granger.
–¿Te encantaría? –se escandalizó Hermione–. ¿Quién eres tú, y donde has escondido al verdadero Malfoy?
–Poder ir rápido a algún sitio sin tener que usar la magia es genial –le dijo rotundamente–. Puedes tardar menos tiempo, sin perder unos minutos de paz yendo por la carretera, sin que nadie te moleste.
–Has captado a la primera las delicias de conducir –aceptó el señor Granger–.
–Hermione y yo podemos preparar la merienda mientras tanto –propuso la señora Granger, y Hermione suspiró, derrotada–.
–o–
–¿Estás listo?
–Sí, listo –afirmó Malfoy–.
Estaba sentado en el asiento del piloto del Ford Mondeo de la señora Granger, con el señor Granger sentado en el asiento del copiloto. Con las manos en el volante, la palanca de cambios estaba ya situada en la primera marcha, y solo quedaba arrancar.
–Ahora, dale la vuelta suavemente a la llave del coche, hasta que oigas que el motor hace chispa –le explicó el hombre. El chico hizo lo que el padre de Hermione le había indicado, y el coche se encendió con un ronroneo–. Así es. Bien hecho, ahora pisa suavemente el acelerador para avanzar hasta la esquina.
El chico se concentró al máximo, y pisó el acelerador con la punta de su pie. El coche avanzó a veinte por hora por la intransitada carretera de la calle residencial.
–Está bien, ahora, levanta el pie, pisa el embrague, cambia a segunda marcha y retoma el acelerador. Como lo hemos ensayado –pidió el hombre. Malfoy, sorprendentemente, lo hizo bien a la primera y con rapidez, dejando impresionado al señor Granger–. Se te da genial, chico, casi como si hubieras nacido para esto.
–¿De verdad lo cree? –preguntó él–.
–Sí, desde luego –le aseguró, abriendo la ventanilla–. Da un par de vueltas y te enseñaré a aparcar el coche, pero lo tienes todo a tu favor. ¿Crees que sacarás el permiso de conducir?
–Espero que sí, me gustaría seguir conduciendo –aseguró el muchacho–.
Hermione y su madre observaban a los dos hombres en el coche de ella. Hermione esperaba ver como Malfoy daba latigazos con el freno, o como el coche se le paraba, pero para desdicha de ella conducir se le daba endemoniadamente bien. No sabía por qué, pero aquello la hacía resoplar, de malas pulgas.
–Al parecer a Draco conducir se le da muy bien –comentaba su madre, mientras limpiaba fruta bajo el fregadero–.
–Sí, ya he podido comprobarlo –espetó–.
–¿Por qué estás molesta, cielo? Draco es un chico encantador, y tienes que reconocer que es mejor de lo que pensabas en un principio –la animó su madre–.
–Sí, bueno, es… es buen chico, quiero decir, ha cambiado su actitud para mejor –se explicó ella, mientras repartía la masa de galletas en la placa de horno–. Pero no sé si lo hace porque tenemos que casarnos, o porque de verdad le apetece ser amable.
–Juraría que él casi no piensa en vuestro matrimonio obligado –se arriesgó a decir la mujer, mirando de reojo a su hija–. Y sin embargo tú lo tienes siempre muy presente.
–Bueno, no tengo más remedio, mi vida rueda alrededor de ese eje desde hace medio mes –se lamentó–.
–¿No será que Draco ha empezado a gustarte un poco…? –se atrevió a preguntar la señora Granger, sacando la bandeja de galletas del horno y metiendo la siguiente tanda–.
–¿A mí? Ni hablar, yo… –intentó excusarse ella, pero no encontró palabras para explicar por qué no le gustaba–.
–Tal vez estés tan insegura porque temes que él solo esté haciendo un papel hasta que todo pase, porque has comenzado a cogerle cariño –reflexionó por ella su madre–.
Hermione no pudo replicar a ese comentario, pues Malfoy y el señor Granger caminaban hacia la cocina, con Malfoy zarandeando las llaves del coche desde la puerta. Hermione les saludó y la señora Granger le dio un beso de bienvenida a su marido.
–Las galletas estarán enseguida –anunció–. Hemos estado viendo como practicabas, Draco, y realmente se te da muy bien. Desde que mi marido estrelló su coche casi no dejo que coja el mío –bromeó la mujer–.
–La verdad es que me gusta conducir un trasto de estos –aceptó el chico–. Me hace sentir libre.
–Me gusta tu forma de pensar –añadió el señor Granger–. Hermione no quiere aprender a conducir, le dan miedo los coches.
–Prefiero ir en tren, o en avión, en algún sitio donde no sea yo quien tenga el control del aparato –resumió ella, comiéndose una galleta y quemándose la lengua–. No creo que sea capaz de controlar algo así nunca.
–Bueno, siempre puedo ir a recogerte en coche cuando lo necesites, ¿Verdad? –se animó el chico. La señora Granger dedicó a su hija su más elocuente sonrisa, y ella la fulminó con una mirada amenazadora, tras la cual la mujer soltó una risita–.
–Claro, si alguna vez consigues que los señores Malfoy te dejen comprar uno, estaré encantada de que vengas algún día a por mí –le retó–.
Tras esta breve pero divertida conversación, en la que la madre de Hermione dio por confirmadas sus sospechas, el señor Granger se levantó, comiéndose su última galleta, y fue al salón a preparar el juego.
–El tablero está listo, podéis venir cuando queráis –anunció el señor Granger. Pronto la poca merienda restante fue trasladada a la sala, donde se colocó estratégicamente en la mesa para no estorbar la fluidez del juego, y todos se sentaron alrededor–. Tiraremos un dado, para ver quien comienza, e iremos contrarios a las agujas del reloj. ¿Sabes cómo se juega? –le preguntó al chico, que se había sentado frente a Hermione–.
–Sí, se repartirán fichas con letras, y tendremos que formar palabras en el tablero, pudiéndose cruzar entre ellas como un crucigrama –resumió la explicación que Hermione le había dado previamente–.
–Así es, cariño –le animó la señora Granger, que ya volvía del piso superior con un diccionario en sus manos. Se sentaron todos y tras un breve revuelo tirando dados, se determinó que el primero en dictaminar una palabra sería el señor Granger–.
Las fichas fueron repartidas, y Draco miraba las mismas con atención, buscando alguna buena combinación, mientras el padre de Hermione ya iba ordenando sus fichas. Al alzar la vista, observó como el hombre colocaba en el tablero la palabra "late" *.
–Buen comienzo, cariño –le felicitó su mujer, apuntando los puntos en la libreta que traía consigo–. Draco, tu turno.
Draco, al momento y bajo la atónita mirada de los presentes, sin ningún pudor colocó en el tablero la palabra "Muggle".
–No puedes estar yendo en serio, Malfoy –se molestó Hermione, mirándole con el ceño fruncido–.
–¿Y por qué no? Tus padres son muggles –señaló con una mano, mientras la señora Granger observaba divertida la escena–. Es evidente que existen, porque están aquí sentados con nosotros. Por tanto, la palabra Muggle existe.
–Paradójicamente, la palabra muggle no existe en el mundo de los muggles –replicó Hermione, buscando en el diccionario–. No, esa palabra no existe.
–Cielos –se quejó el rubio, descartando sus fichas–. Espero sobrevivir a esta partida.
–Oh, lo harás, seguro –le aseguró la chica con una sonrisa–. Te toca, mamá.
Su madre escogió astutamente sus fichas, y compuso la palabra "Grass" * cruzada con la palabra de su marido y ocupando un cubo de bonus. Sonrió satisfecha y escribió su puntuación en la libreta. Al momento, y sin importarle si tenía una combinación mejor para colocar, en su turno Hermione puso la palabra "Snake" *.
–Vaya, y esa palabra sí existe, claro –dijo Malfoy–.
–Slytherin era demasiado arriesgada –se mofó ella, sonriente. El chico le devolvió media sonrisa socarrona–.
–Esto no se queda aquí –le advirtió–. Señor Granger…
El hombre escribió la palabra "chest" * con rapidez, especialmente orgulloso de haber sido el primero en colocar una palabra con una letra comodín, la CH. Su mujer le felicitó y Hermione le sonrió, y con esto llegó el turno de Malfoy.
–Ten cuidado, Malfoy, asegúrate de que tu palabra existe o perderás la partida –le advirtió Hermione–. Ya sabes, los Slytherins haríais cualquier trata para…
–Esta es mi palabra –dijo el chico, colocando únicamente tres letras tras la palabra del señor Granger. Ponía, ahora, "Chestnut" *–.
–¡Vaya! –se impresionó el señor Granger, apurando a su mujer para que lo apuntara–. Palabra doble, letra doble y además, letra comodín. Definitivamente te guardabas lo mejor para el final, ¿Eh, muchacho?
–¿Castaña? –repitió la chica, mirando la palabra como si fuera un elefante rosa en medio de la habitación–.
–Bueno, es el color de tus ojos –se excusó, y Hermione se puso roja de vergüenza, por haber oído semejante comentario delante de sus padres–. No veo que hay de malo, simplemente te he mirado, y me ha salido sola. Ha sido como magia –se burló, parafraseando a Hermione, que había soltado una expresión parecida en su viaje a Génova–.
–Ya, claro… Magia.
Tras unas rondas más, Malfoy se declaró ganador de la partida, el tablero se recogió, y ya iba la señora Granger a cocinar la cena, mientras el señor Granger encendía el televisor, que Draco y Hermione intuían que iban a compartir un incómodo silencio hasta que todo estuviera listo para cenar. Contra todo pronóstico, un búho negro entró por la ventana de la cocina, asustando a la señora Granger, y se posó en la encimera, frente a su dueño, mirándolo con emoción. El chico se acercó sonriendo, acariciándole las plumas en cuanto lo tuvo a su alcance.
–Seguro que es una carta de mamá –le dijo a Hermione–. ¿Me has echado de menos, Ónice? Sube al dormitorio, allí está Pawney. Podrás descansar un poco y beber agua –el ave, aunque a regañadientes, tras verse despojado de su misiva alzó el vuelo y subió obediente donde le esperaba la nerviosa lechuza de Hermione–.
–¿Qué, que dice? –preguntó inquieta Hermione–.
–Lo sabré cuando lo lea –le reprendió por su impaciencia. Abrió el sobre y comenzó a leer–.
Mi queridísimo hijo:
Tu padre y yo te echamos mucho de menos, esperamos que lo estés pasando bien en Brighton y que tu estancia esté siendo cómoda. Los señores Granger estarán cuidando excepcionalmente de ti, estoy segura, pero sabes que el corazón de tu pobre madre sufre por tenerte lejos de ella. A veces me cuesta mucho asimilar que te has hecho mayor.
Pasado mañana será la fiesta de compromiso, a la que tanto tú como Hermione debéis dar el visto bueno antes de la ceremonia en sí. Ya sabes lo que hemos hablado de ello. Hermione puede quedarse en su casa o venir a la nuestra y hospedarse aquí hasta que pase todo el jaleo, y así de paso podríamos detallar algunos pormenores de la futura Boda, a la que tu padre y yo hemos puesto fecha en dos semanas. También queremos, si puedes, que nos mandes en la carta de respuesta una confirmación de Asistencia de los señores Granger, para saber que las fechas no se pisan con otros compromisos.
Papá irá a recogeros a ti y a Hermione mañana a primera hora, y dejará a Hermione donde ella lo prefiera. Iréis en traslador, así que recuerda que debéis ser puntuales.
Mi amor, te quiero mucho, cuídate.
Narcisa Malfoy.
–Así que ya está –dijo Hermione, mientras ponía la mesa–. Ya ha comenzado todo, oficialmente pasado mañana estaremos prometidos.
–Ya estamos prometidos, Granger –le recordó–. La ceremonia es un mero formalismo.
–Ya lo sé, pero… –Hermione se mordió el labio, y Malfoy notó su inseguridad–. ¿Y si esto es demasiado para mí, o para ti?
–No es demasiado para ninguno de nosotros –dijo el chico, y posó sus manos en sus brazos, desde atrás, en un abrazo tranquilizador–. Va a salir todo a pedir de boca. ¿Quieres dejar de estar tan alterada?
–Sí, es verdad, lo siento –se disculpó Hermione–.
–Bueno, ¿Querrás que te dejemos en casa, o vendrás a la mansión con nosotros?
–Tengo que ir a casa a por todas mis cosas, y prepararme para la fiesta –le explicó. La mesa ya estaba dispuesta, y el pescado a la plancha casi hecho, y Malfoy y Hermione se sentaron en la mesa–. Así que preferiría ir a mi casa primero.
–No hay ningún problema –concretó el chico–, siempre y cuando no vengas con tu vestido de noche en tren.
–Y cómo quieres entonces que vaya, ¿Montada en una escoba? –ironizó con una ceja alzada–.
–Yo iré a tu casa a por ti, si lo prefieres así –se ofreció el muchacho–. Estaré en tu casa por la mañana, llegarías a la hora del almuerzo y te prepararías en casa para la fiesta.
–¿Es que ya os vais, cariño? –preguntó la señora Granger a Hermione–.
–Sí, mamá. Draco ha recibido carta de su madre, mañana vendrá el señor Malfoy a recogernos –le explicó–.
–Bien, pero prométeme que tendrás cuidado sola en casa –le dijo su padre, que se había incorporado del sofá y se sentaba a la mesa con el resto–.
–Te lo prometo, papá –aceptó con una sonrisa.
–Se me ocurre una idea –dijo entonces Malfoy, mirando a Hermione con una sonrisa–. Podríamos pasar la última noche cenando en la playa. Como un picnic.
–¡Qué idea tan espléndida! –exclamó la señora Granger por ella–. Aún nos quedan algunos sándwiches del almuerzo, y en un santiamén podemos hacer todo lo demás. Además, esta noche es casi luna llena, y la playa va a estar preciosa.
–Bueno, ya que la idea ha sido de Malf… de Draco –se corrigió a tiempo– y como es el último día que pasaremos en la plata… No veo por qué no.
–Espera, creo que hay algo en la despensa que os gustará –dijo entonces la señora Granger–.
Mientras Draco le dedicaba a Hermione una mirada inquisitiva, a la que ella contestó con un mudo "no tengo ni idea de lo que está hablando" la señora volvió con una caja con seis pequeñas botellas dentro, y las dejó encima de la encimera de la cocina.
–¿Eso es…?
–Cerveza de mantequilla –terminó por ella su madre–. La trajiste el año pasado, antes de todo lo ocurrido, y la guardé con las botellas de vino de papá.
–No sabía que habías traído al mundo muggle productos de nuestro mundo. De hecho, casi podría jurar que hacerlo es ilegal –insinuó Malfoy–.
–Y lo es, pero tener como amigos a numerosos funcionarios del Ministerio de Magia tiene que tener alguna ventaja –presumió con una sonrisa radiante–.
El picnic fue planeado, la cesta de comida preparada y solo quedaba que tanto Draco como Hermione se vistieran para la ocasión. Con la idea de un bañador y ropa cómoda, Hermione subió a su dormitorio, mientras su madre terminaba la cena para ella y su marido, y una vez más en aquel viaje se vio mirando en su armario escasamente equipado, pensando en qué demonios podía ponerse para una situación semejante. Pasó por alto todos los vestidos y las faldas cortas, pues sabía bien que haría frío junto a la brisa del mar, y fue directa a aquellos vestidos que llegaban a sus tobillos. Allí encontró uno, que ella compró cuando tenía quince años, que siempre le había gustado. Mirándolo con desconfianza, trató de ponérselo para ver si cabía…
…y entró, aunque con ciertas "dificultades": La pubertad se había portado muy bien con ella, al menos dos tallas mejor que cuando tenía la edad en la que compró el vestido, y sus pechos se veían agradablemente apretados en el escote de su vestido, de color malva y ajustado solo hasta la cintura. El resto del vestido, de gasa, caía hasta sus pies vaporosamente. Como ella sabía que, pasara lo que pasase, solo iba a mojarse las rodillas como mucho, optó por ponerse la parte inferior de su bikini únicamente, y se moldeó un poco el pelo con los dedos de paso.
¿Por qué sentía como si su corazón fuera a desprenderse de ella y a comenzar una vida aparte? Tan solo era un picnic. Bajo la luz de la luna. En una playa, en la que a esas horas solo estarían ellos dos… Bueno, tal vez parecía una cita, pero no lo era. Ella lo sabía, y él también.
Porque él lo sabía, ¿Verdad?
Aquella idea fue inmediatamente sustituida por otras menos halagüeñas: ¿Y si ella en realidad deseaba que fuera una cita? O peor aún, ¿Y si él no deseaba en absoluto que lo fuera? Tal vez su madre tuviera razón, y el motivo por el que desconfiaba tanto de Draco era porque ella no dejaba de pensar que se comportaba de forma amable solo por conveniencia. Sin querer, todas las confusas e intensas imágenes de la noche anterior entraron en sus pensamientos sin permiso con una rapidez demasiado abrumadora: los besos y caricias por todos los rincones de su estremecido cuerpo que habían sido explorados por Draco ardían como si el recuerdo de sus labios estuviera en llamas. Con un escalofrío en su espalda y tratando de esconder el sofoco entre sus piernas, bajó las escaleras con prisa, no queriendo hacer esperar a Draco.
–Ya estoy lista –se anunció a sí misma. Su madre había preparado su cesta de picnic, y buscaba un par de vasos para meterlos en ella y cerrarla por completo–. Mamá, ¡Todo tiene una pinta excelente!
–No tanto como tú, cielo. ¡Estás guapísima! ¿No era ese tu vestido favorito, hace un par de años?
–Pues si –admitió, con una sonrisa ruborizada. Su madre se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla–.
–Estás preciosa, hija. Vaya, ahí baja Draco –notó la mujer. Las escaleras sonaban amortiguadamente bajo los pies de Draco, que llegaba con una camiseta negra y pantalones a juego–.
–Ya estoy listo, ¿Nos vamos? –inquirió, preguntando más por Hermione que por la señora Granger y sus preparativos–.
–Claro, vámonos –aceptó la chica–.
El muchacho cogió la cesta antes que Hermione, que le miró una vez más con sorna, y saliendo por la puerta del patio trasero, llegaron prontamente a la playa que los vecinos habían alquilado para ellos. Allí no había nadie, las ventanas estaban todas cerradas para evitar que se colase la arena, y las cortinas de todas se hallaban cerradas para evitar que se colase la luz de la luna. Hermione respiró hondo una vez más, despidiéndose del olor a salitre y del sonido de las olas rompiendo en la orilla. Al girarse para ver mejor a Malfoy, éste ya estaba sacando la manta y los utensilios, deseoso de sentarse y descansar un poco de tantas emociones.
–Esto es precioso –se asombró Hermione–. Jamás se me habría ocurrido hacer un picnic a esta hora, en un sitio como este.
–Se ve que no eres fan del romanticismo entonces –contestó él, sintiendo como la brisa hacía ondear hacia atrás su rubio cabello–. Siéntate, está todo listo. ¿Cerveza de mantequilla? –ofreció. Abriendo la cesta, sin embargo, sacó una botella de vino blanco, muy fría y con dos copas de plástico junto a ella–. O tal vez prefieras esto que ha metido tu madre sin que tú lo vieras.
–¿Cómo puede ser posible que sea mi propia madre quien me induzca a beber alcohol? –se lamentó cansinamente ella. Sin embargo, se sentó y cogió un vaso, siendo rápidamente llenado por el muchacho. Ella bebió la mitad de un trago, estaba muy nerviosa. ¿Cómo debía comportarse con él después de todo por lo que habían pasado juntos en menos de dos días?
–Tu madre es una mujer lista. Sabe que estás nerviosa y trata de relajarte… como mejor se le da –explicó suavemente el muchacho–.
–¡¿Cómo?! ¿Ner–nerviosa? –preguntó tontamente ella, tartamudeando. El chico volvió a rellenar su copa, que estaba a la mitad, para guardar la botella–.
–Claro, por la fiesta de mañana. En mi respuesta les escribí a mis padres que los tuyos no acudirían, así que imagino que esta es su manera de apoyarte en la distancia –dedujo el muchacho–.
–Ah, te refieres a eso –se alivió. Dejó el vaso en el suelo y miró al cielo, a la brillante luna a la que tan solo le faltaba una pequeña rodaja para estar completamente llena y amarilla, reinando el cosmos–.
–¿A qué si no me iba a referir, Granger? ¿a qué sospecha que nos llevamos mejor de lo que parece? Eso lo vería hasta el más tonto. Bueno –añadió, bebiéndose su copa de dos tragos–. Menos tu amiga Sarah.
–Me temo que después de lo de anoche ya no seamos amigas nunca más –bromeó ella, sintiendo como su cuerpo poco a poco se iba relajando–.
–Se llevó un buen disgusto cuando se enteró de nuestro compromiso. Casi parecía afectada de corazón –comentó él, siguiendo el juego irónico de la chica. Se arrimó un poco más a ella, apreciando su vestido–. Me gusta lo que llevas.
–Es una prenda muy vieja. Me he puesto lo primero que he cogido del armario –disimuló. Bebió otro sorbo para evitar seguir hablando, pero aquello fue un error–.
–Claro, pero habrás pasado mirándolo todo al menos quince minutos antes de decidirte por este –se mofó el muchacho. Hermione se puso roja como un tomate, evidenciando que era más que cierto–. Ya veo.
–Oye, yo solo quería estar guapa en mi última noche…
–¿Juntos?
–En la playa –terminó, frunciendo el ceño–. Las mujeres podemos ponernos guapas para nosotras mismas además de para vosotros.
–Y no lo pongo en duda, pero a ti eso no te hace ninguna falta. Así estás bien –aceptó el chico, afirmando con su mirada lo que ya pensaba de por sí–.
Ella sintió de nuevo aquel impulso, aquel instinto que la llevaba a pensar en que solo necesitaba su cuerpo desnudo contra el de Draco Malfoy, donde fuera y como fuese. Mirando sus ojos cristalinos, su respiración se agitó de tal modo que el mismo Malfoy pudo notar cómo ella perdía el control de sus movimientos, y le atrajo hasta ella con la mano en la nuca del muchacho. Fundió rápidamente sus labios con los de él, buscando el hondo contacto. Malfoy la miró con asombro solo por unos segundos, para terminar, disfrutando del beso más aún que ella. Pero sabía que ella no iba a traspasar ese límite.
De eso ya se encargaba él.
Tumbado encima de ella, aprovechó una de sus manos para perfilar todo su cuerpo por encima de su ropa. Notó sus pechos especialmente firmes, sus caderas dispuestas y su cinturita arqueada de impaciencia. Aquel vestido era una pesadilla para él, que pretendía acariciar cada centímetro de la piel que hubiera en sus bronceadas piernas, y sin dudarlo desató el cordón que lo ataba al cuello, para llevarse la agradable sorpresa de que Hermione no llevaba nada debajo que ocultara sus pechos de su vista.
Viéndola enrojecer violentamente, ella recuperó un poco de sí misma y su pudor acudió en su ayuda. Por todas y cada una de sus reacciones, Malfoy ya había deducido que Hermione nunca había estado antes con un hombre, y realmente no deseaba que ella se sintiera bajo ningún sentido presionada por nadie (el inclusive) a tolerar lo que no quisiera hacer. De este modo, se lo hizo entender acariciándola suavemente, casi torturando sus ansiosos deseos de tenerle cerca, y cuando ella no pudo más, retiró la camiseta negra de Draco, viendo de nuevo sus músculos acariciados por la luz del astro.
Pronto, él mismo tuvo demasiado calor como para mantenerse mucho tiempo con ella en aquel lugar, donde nadie podía interrumpir nada, y se incorporó del cuerpo de la chica. Se desabotonó el pantalón, los bajó y se dio media vuelta, caminando hacia el agua del mar. Ella, sin perder un segundo, retiró su vestido, y cuando salió de aquella carpa rusa encontró al muchacho con el agua hasta más arriba de la cintura, sumergido en el agua. Tras dudar tan solo un instante, se levantó y, a pesar de que mantuvo las braguitas de su bikini, también caminó con decisión hacia el mar.
Cuando llegó a la orilla, Malfoy ya estaba sumergido hasta más arriba de la cintura. Cogiendo impulso, Hermione corrió y saltó al agua. Estaba tan fría que por el cuerpo de ambos se clavaban mil cuchillas con cada movimiento realizado, pero pronto se olvidaron de aquello al sentir la calidez de sus cuerpos, uno junto al otro. El ojigris regaba besos allá donde sus labios podían rozar la piel de la chica, y ella se dejaba llevar, por unos instantes. Retomó su anterior tarea de impedirle respirar, y sin darse mucha cuenta aupó su cuerpo en el agua, y tal como había hecho alguna vez, estrechó sus piernas alrededor de su cintura.
Notando que algo estaba fuera de contexto, sintió la dureza del muchacho pegada a sus nalgas, y con una mirada asustada buscó sus ojos. El muchacho, que ya esperaba algo así, la agarró tiernamente por su cintura y la bajó de su abrazo, dejándola con los pies enterrados en la arena, y con las olas despeinando su cabello.
–No es el momento –dijo Malfoy simplemente–. No estás preparada para algo así.
–…lo siento –se disculpó ella–. No quería que pensaras que…
–No debes darme explicaciones –la cortó él, reconfortándola con sus manos en sus brazos–. Vamos fuera, tenemos un picnic que comernos.
Hermione le vio salir del agua a nado, y después a pie. Le observó vestirse, y le observó secarse. No había rastro de enfado en él. ¿Es que no le había ofendido o molestado? Aquello resultaba tan impropio de Draco Malfoy, que realmente se planteó el que el chico pasara de ella y solo estuviera divirtiéndose antes del inevitable acontecimiento. Al principio se sintió confusa y enfadada, pero al poco terminó pensándolo mejor. ¿Qué más daba? Él no estaba obligado a nada más, solo a fingir, y porque a su familia le convenía que eso fuera de este modo.
Ya sintiéndose estúpida por pensar que la situación podía ser distinta, salió del agua y se abrigó con su toalla, consciente de que de cintura para arriba había estado desnuda en un sitio público. Malfoy ya había sacado las cervezas de mantequilla, y las había descorchado, colocándolas en la tapa de la cesta, que hacía de mesita improvisada.
Tal vez ella debía relajarse también y tomárselo todo con un poco menos de seriedad.
–o–
Llegó el esperado día de la vuelta a casa. Hermione llevaba un vestido amarillo, un sombrero de paja y la maleta colgando de su mano, nerviosa. Por fin, después de tanto conocer a las familias del otro, después de todos los intensos y confusos sentimientos que ambos habían despertado sin querer en el otro, y después de sentir que se podrían adaptar a la nueva situación hasta que todo terminase, llegaba el momento en el que comenzaría todo. Hermione hacía un esfuerzo sobrehumano para no morderse las uñas, que tenía apretadas en sus puños (todo lo que la maleta le permitía al menos). Sin embargo (y esto la llenaba de fastidio) Malfoy parecía de lo más tranquilo, con sus dos maletas hechas un pequeño bolsillo y en su puño, esperando la señal que daría paso a la llegada y aterrizaje de su padre.
–…Y no dejes que la señora Paltridge entre en casa cuando te pida algo desde la puerta, ya sabes que tiene tendencia a hacer que desaparezcan nuestras cucharas –le recordó su padre–.
–Sí, papá.
–Y cielo, procura no dejar nada abierto antes de ir a dormir, Londres es peligroso de noche –le pidió su madre–.
–Tranquila, mamá, volvéis al final de la semana. No es el fin del mundo –le recordó. Entonces, los señores Granger la abrazaron y Hermione, a pesar de que rodó los ojos, aceptó su varazo con cariño–.
Entonces se oyó un chasquido y dos zapatos sonando amortizadamente en el suelo. El señor Malfoy acababa de llegar. Hermione y Malfoy volvían a casa.
