Capitulo 9:

Inuyasha se durmió en la silla al lado de la cama de Kagome, con la mano de la chica apretada fuertemente en la suya. Sango apareció más tarde con un cuenco de sopa, pero al verlo dormir, pensó que lo mejor sería dejarlo descansar. Lo cubrió con una colcha sobrante y luego se llevó el cuenco, cerrando la puerta a su espalda.
-¿Qué sucede?-preguntó Miroku cuando la vio aparecer en la cocina con el cuenco lleno-. ¿Inuyasha no quiere comer?
-No es eso-respondió Sango mientras dejaba el cuenco en la mesa y se sentaba en una silla cerca del chico-. Se ha quedado dormido sentado en una silla, junto a la cama, y sujetando la mano de Kagome. Parecía preocupado.
-Ese chico se está enamorando, y muy pronto la maldición se romperá-exclamó Miroku lleno de júbilo, mientras sonreía.
-Seguro que sí-respondió Sango con otra sonrisa.

Inuyasha abrió lentamente los ojos. Se había hecho de noche y tenía hambre. Miró a la cama con los ojos entrecerrados, y vio a Kagome, que no se había movido. Suspiró preocupado mientras se ponía de pie.
Se inclinó sobre la joven un momento, para observar más de cerca su rostro, más pálido de lo normal. A pesar del tono blanquecino de su piel y de la luz de la luna que la iluminaba como un ángel, seguía siendo tan hermosa como la noche en que la había capturado.
No, tenía que sacarse esos pensamientos de la cabeza. Ella era hermosa tal vez, pero no debía enamorarse de un ángel que pronto escaparía de sus manos como la nieve se derretía entre sus dedos. Kagome lo dejaría al igual que Kikyo.
Se alejó de la cama con frialdad y abrió la puerta para salir al pasillo. Entonces, un gemido lo hizo volverse con agilidad y correr hacia la cama. Kagome se había movido.
La observó en silencio mientras se arrodillaba en el suelo y le acariciaba la frente. El miedo lo embargó al notar que estaba ardiendo en fiebre y que las mejillas se le estaban poniendo rojas.
-¡Sango!-su grito se escuchó por todo el castillo. Su voz era atronadora y sonó como el rugido de una bestia.
A los pocos segundos aparecieron Sango y Miroku, con la respiración agitada después de subir corriendo las escaleras. Ambos jóvenes observaron con satisfacción como Inuyasha acariciaba la frente de Kagome y le apretaba la mano con fuerza.
-Tiene fiebre-les explicó con voz preocupada-. ¿Podéis traerme unos paños y agua fría?
-En seguida-exclamó Sango, que salió corriendo en dirección a las escaleras.
Miroku observó a su amigo con atención. Estaba tenso y muy preocupado, reacciones poco comunes en él. No cabía duda de que Kagome, ese dulce ángel que había caído del cielo, lo estaba ayudando a volverse humano y a recuperar sentimientos y reacciones olvidadas.
-Oye-dijo Miroku con cautela-. ¿No estarás enamorado?
Inuyasha lo miró con ojos asesinos. El fuego ardía en su mirada ambarina.
-Por supuesto que no-respondió volviendo la mirada hacia Kagome-. Nunca volveré a enamorarme.
-¿Ni siquiera de Kagome?
-Ni siquiera de ella.
Miroku guardó silencio y no volvió a hablar. Estaba seguro de que muy pronto Inuyasha cambiaría de opinión. Solo tenía miedo, nada más.
Sango apareció pocos minutos después con una palangana de agua fría y varios paños. Inuyasha los cogió con rapidez y empapó uno con el líquido. Luego lo escurrió y lo depositó en la frente de Kagome.
A lo largo de la noche Inuyasha se entretuvo cambiando los paños para que la fiebre disminuyera, pero parecían no tener efecto. Finalmente, cuando ya salía el sol, la temperatura de la joven comenzó a disminuir e Inuyasha se tranquilizó.
Suspiró aliviado mientras se recostaba en el suelo, sobre la alfombra negra donde había estado sentado toda la noche, cuando no se encontraba en la silla que había a su lado. Se durmió casi al instante, tranquilo y aliviado de que todo fuera mejorando.
Kagome abrió los ojos lentamente. La cabeza le dolía y se sentía mareada. Intentó incorporarse, pero el cansancio la retuvo contra el cálido colchón sobre el que estaba tumbada. Escrutó a su alrededor, intentando reconocer el lugar donde se hallaba.
Al principio creyó que estaba en su casa, recostada en su pequeña cama de sábanas azules, y que de un momento a otro su padre entraría llamándola para que se levantara. Pero al mirar la estancia comprendió que seguía en el palacio del demonio. Poco a poco los recuerdos de la nevada y de cómo se había perdido le llegaron a la mente. ¿Quién la habría rescatado?
Trato de incorporarse, pero un gemido de dolor se le escapó de los labios. Tenía los músculos agarrotados y le dolían. Al mirar a su izquierda se encontró con unos grandes ojos dorados que la miraban fijamente. Soltó un grito de pavor.
Inuyasha, asustado ante su reacción, se apartó violentamente. Luego, con cierta preocupación, le preguntó:
-¿Te encuentras bien?
Kagome tardó unos segundos en reaccionar y darse cuenta de quien la miraba. Luego, aliviada, dejó escapar un suspiro y sonrió con tristeza.
-Sí. Siento haber gritado.
-No te preocupes.
La puerta se abrió de repente y Miroku irrumpió en la habitación, cayendo de bruces al suelo.
-¿Pero se puede saber que pasa? ¿Qué le has hecho para que grite así?-le preguntó a Inuyasha una vez que se hubo levantado.
-¡Nada!-replicó Inuyasha, comenzando a enfadarse-. ¿Dónde estabas?
-Subía las escaleras para decirte que Sango ordena que bajes a comer algo.
-No pienso moverme de aquí.
-Sabía que responderías eso-respondió Miroku-. Por eso me mandó decirte que si no bajas subirá a buscarte, y eso será peor.
-No puedo creerlo-exclamó con indignación.
Abrió la puerta y se dispuso a marcharse, pero en el último momento se volvió a mirar a Miroku.
-Vigílala bien, ahora vengo.
Salió y Miroku se volvió hacia ella sonriendo.
-Está muy susceptible-explicó-. Lleva toda la noche despierto.
Kagome lo miró asombrada.
-¿Toda la noche? ¿Por qué?
-Por ti-le respondió, mirándola con seriedad-. Ayer te dio fiebre, entonces él se pasó toda la noche poniéndote paños de agua fría sobre la frente.
-No puedo creerlo.
-Ni yo-asintió-. Se está enamorando, pero no quiere aceptarlo. Démosle tiempo.
-Por mí, podemos darle todo el tiempo que necesite-sonrió-. Pero antes de que me haga vieja.
-Por supuesto-Miroku sonrió a su vez.
-¿Puedo preguntarte algo?
-Claro.
-¿Cómo conocisteis a Inuyasha tú y Sango?
Miroku se puso serio de repente, y luego sonrió con tristeza
-Trabajábamos con él en el hogar de Kikyo. Inuyasha no era muy sociable, pero nosotros conseguimos acercarnos a él y ser sus amigos.
Poco a poco confió en nosotros, y nos contó lo que sucedía con Kikyo-se acercó a la ventana-. Cuando se hizo la cicatriz sufrió mucho, y luego, cuando ella lo dejó y le lanzó la maldición, su estado empeoró. No está al tanto de que yo y Sango lo sabemos, pero lloró a solas varias noches seguidas, desahogando su dolor-volvió la mirada hacia Kagome.
-Dios mío-exclamó ella. Las lágrimas se le acumularon en los castaños ojos-. Debía amarla con el alma.
-Cuando decidió alejarse-continuó explicando el chico-, yo y Sango lo acompañamos. Por ello, la maldición también cayó sobre nosotros.
-Pero vosotros no os transformáis en demonios.
-A nosotros nos afecta de forma diferente-respondió-. Estamos condenados a acompañarlo y vivir eternamente junto a él, si tratamos de escapar podríamos morir a causa de unos dolores fuertes que nos recorrerían el cuerpo. Naraku se encargó de que Kikyo nos embrujará a nosotros también por querer irnos con Inuyasha.
-¡Pero eso es terrible!-dijo Kagome con indignación.
-Sí. Pero no nos importa-sonrió-. Queremos a Inuyasha, y estaremos con él hasta la muerte.
-Una gran amistad, sin duda-Kagome esbozó una tímida sonrisa.
Miroku abrió la boca para responder, pero la puerta se abrió y apareció Inuyasha con un aspecto imponente.
-Maldita sea, dile a Sango que no pienso comer nada más-dijo de mal humor, sentándose en la silla junto a la cama.
-Creo que le haré caso-sonrió mirando a Kagome, y en tono confidencial añadió-: Si no, imagínate lo que podría pasarme.
Kagome soltó una débil carcajada mientras Miroku salía del dormitorio dejándola a solas con Inuyasha.
-¿Cómo estás?-le preguntó él una vez que ella dejó de reír.
-Bien, o eso creo.
-Sango subirá en seguida con algo de comer-añadió Inuyasha, esbozando una ligera sonrisa-. ¿Necesitas algo?
-Nada-sonrió ella-. Gracias.
-¿Gracias por qué?
-Miroku me ha dicho que te quedaste toda la noche cuidándome. Siento mucho lo sucedido.
-No te preocupes, y no tienes nada que agradecer.
Inuyasha dirigió la mirada hacia la ventana, tratando de que Kagome no percibiera su sonrojo. Ella, sin embargo, lo notó.
-¿Cómo llegue aquí?-le preguntó con curiosidad y sintiéndose culpable.
-Bueno, al ver que no volvías de pasear salí a buscarte. Y fue una suerte, porque en menudas condiciones te encontré. Un poco más tarde y hubieras estado muerta.
-Lo siento.
-No te preocupes. Por suerte no ha sido nada grave.
Inuyasha tenía las manos apoyadas en ambas rodillas, apretándolas con nerviosismo. Kagome, por su parte, extendió lentamente el brazo y posó su mano sobre la de Inuyasha.
Él la miró con asombro, y ella le sonrió dulcemente. Inuyasha se sintió dichoso bajo la mirada de aquel ángel. No entendía la razón, pero Kagome lo hacía sentir muy bien. Con solo mirarlo lo hacía sentir especial, le hacía saltar el corazón y que su nerviosismo se pusiera a flor de piel. Con tan solo una sonrisa podía inducirlo a la locura...
Agarró su mano con ternura y la acarició con los dedos. Luego se la llevó a los labios y la besó dulcemente, para después mirarla a los ojos y sonreírle. Ella, con una risita trató de incorporarse, pero un nuevo quejido de dolor se le escapó de los labios.
Inuyasha soltó una corta carcajada y se inclinó sobre la chica, mientras ella lo miraba con alegría reflejada en los ojos. Hacía tiempo que no sentía tanta dicha ni tantos deseos de permanecer allí, junto a la persona que se encontraba a su lado.
Él la miró. Kagome percibió en sus ojos un mar de sentimientos ocultos que se morían por salir al exterior, una serie de reacciones que todavía no se atrevían a salir de su cajita de madera.
Inuyasha se acercó a sus labios lentamente y sus alientos se mezclaron. Kagome sintió que se le encogía el estómago con los nervios, pero deseaba tanto aquel beso...
Inuyasha posó sus labios sobre los de la chica en una tímida caricia, como pidiendo permiso para ir más allá. Y ella, dispuesta a todo, entreabrió los labios para profundizar el beso.
Fueron unos segundos llenos de magia inmersos en la necesidad de apoderarse de los labios del otro. Saborearon la gentileza del beso dado con tanta ternura, mientras rogaban para que aquel momento jamás finalizase.
Y entonces, la puerta se abrió y se separaron violentamente. Sango entró con una enorme sonrisa y una taza de sopa caliente. La dejó sobre una silla que había en un rincón y se marchó de la habitación. Ninguno de los dos se dio cuenta de que Sango tenía aquella alegre expresión en su rostro debido a que había descubierto los labios enrojecidos e hinchados de ambos tras el beso, por lo que averiguó en seguida lo que estaba sucediendo entre ellos.
Inuyasha entrelazó los dedos de su mano con los de Kagome, en un gesto cariñoso e íntimo. Luego volvió a inclinarse sobre ella, y con dulzura, le preguntó:
-¿Dónde estábamos?
-Creo que en esto-respondió ella, mientras lo sujetaba por la nuca y lo acercaba a sus labios.

Tras la puerta, Sango sonreía satisfecha. Miroku se acercó y la vio allí, feliz.
-¿A qué viene esa alegría?
-A nada en particular-sonrió la joven. Luego dio unos pasos y se puso a la altura de Miroku-. Pronto, Miroku, muy pronto.
-Lo se-respondió el chico, y ambos se cogieron de la mano y caminaron en dirección a las escaleras.

Continuara…

Espero que le aya gustado y le dejen comentario a este fics xD aver que le digo a mi amiga