Éste iba a ser el capítulo final, pero me di cuenta de que quedaban muchas cosas aún.

Me imagino que esto era lo que estaban esperando así que… a leer que ya casi acabamos.

Mil gracias otra vez a Shizenai por seguir leyendo.


10. Noche 21

Tres días enteros pasaron sin que Jaime volviera a tener contacto con alguien. Uno de los carceleros le llevaba los alimentos tres veces al día, pero el hombre parecía tan mudo como sordo y se negaba a contestar cualquiera de las preguntas que él le hacía.

Pocos minutos después de que Brienne saliera para su entrevista con la reina un par de chiquillas se habían presentado con órdenes de llevarse a las niñas. Apenas le concedieron unos segundos para despedirse y verlas por lo que bien podía ser la última vez en su vida.

Durante el resto del día tuvo la esperanza de que también le permitieran una última conversación con su mujer, pero al caer la noche tuvo que abandonar esa esperanza y conformarse con el sutil aroma que su piel le había dejado impregnado en esa última noche juntos.

Tampoco Tyrion cruzó su puerta tratando de distraerlo con una partida de algún molesto juego en el que nueve de cada diez veces él le ganaría escandalosamente. Ni siquiera Anya acudió a importunarlo con su incansable retahíla de preguntas sobre su vida. Nadie le dirigió la palabra ni le ofreció explicación alguna. Por primera vez, desde su regreso a Desembarco del Rey, se sintió verdaderamente angustiado. Pasaba horas imaginando a Brienne haciendo cualquier tipo de estupidez y terminando en uno de los calabozos más oscuros y fríos de la Fortaleza.

¡Moza estúpida! Había creído que por sus hijas mostraría prudencia y permanecería lejos de poninte hasta que, pasado un tiempo, cuando las cosas estuvieran seguras, pudiera dirigirse a Tarth. Pero la muy necia había hecho los más insensato y se había ofrecido voluntariamente a la boca del lobo... o a la del dragón para ser más exactos. La expresión resuelta de su pecoso rostro y sus palabras firmes asegurándole que lo sacaría de ahí lo hacían temblar. Sabía que Tyrion haría lo necesario por proteger a las niñas y, por lo que había escuchado sobre Daenerys Targaryen, dudaba mucho que la vida de sus hijas estuviera en peligro... desgraciadamente no podía sentirse tranquilo sobre su mujer.

Cuando todavía seguía envuelto en sus oscuros pensamientos y ya que se había hecho a la idea de no recibir visitas, Tyrion cruzó la puerta con un gesto sereno que hubiera podido engañar a cualquiera que no lo hubiera conocido en pañales.

–¿Mi familia está bien? –preguntó poniéndose de pie y acercándose a él sin darle tiempo siquiera a poner los dos pies dentro de la habitación.

–Ellas están bien. Las tres –hizo una pausa larga mientras se rascaba el muñón de la nariz con aparente despreocupación–. Mañana a primera hora tendrás tu audiencia con la reina –le soltó al fin con el mismo tono desapasionado con el que le daría el menú para el desayuno.

Y con la misma indiferencia Jaime asintió.

–Supongo entonces que viniste a despedirte –concluyó, visiblemente más relajado mientras se acomodaba otra vez en la cama.

—No. Solamente quería que los supieras por mí —hizo una pausa larga con la mirada fija en el piso, luego, lentamente levantó el rostro y los miró a los ojos antes de continuar—. También vine a pedirte… como un favor personal… si es que crees que aún me debes algo… por favor, por el bien de tu familia olvida por una vez tu maldito orgullo.

Lo miró fijamente a los ojos, pocas veces en su vida se había dirigido a él con tanta seriedad.

Por toda respuesta, Jaime soltó una de sus despectivas sonrisas a medias. No iba a suplicar por su vida, no fingiría un arrepentimiento que estaba muy lejos de sentir, no por Aerys al menos. Era capaz de humillarse por Brienne y sus hijas, pero estando ellas a salvo no pediría una clemencia que, estaba seguro, en caso de serle concedida se traduciría en una condena de cadena perpetua en algún calabozo oscuro y húmedo o, en el mejor de los casos, en esa misma habitación, sin mayor libertad que la de pasear su mirada por el limitado paisaje de sus ventanas. No, prefería una muerte limpia y rápida. Brienne sufriría un tiempo, pero al final se repondría y seguiría adelante por sus hijas; de lo contrario, sabiéndolo vivo, pasaría cada momento pensando en la forma de liberarlo.

Era curioso, pero saber que finalmente se enfrentaría a su juez, lejos de provocarle ansiedad lo hacía sentir en paz.

Por detrás de las cortinas Daenerys Targaryen tenía una vista perfecta del acusado. Uno de los hombres a los que había aprendido a odiar y despreciar antes incluso de poder pronunciar su nombre: Jaime Lannister, el Matarreyes, el asesino de su padre.

Curiosamente no parecía alterado ni inquieto; de hecho, le sonreía tranquilizadoramente a su esposa, que estaba a unos cuantos pasos de distancia y que a diferencia suya, parecía nerviosa y derrotada. Al verlos juntos nadie podría creer la estrecha relación que tenían. Una relación que a diferencia de muchas otras estaba basada en una confianza total.

Tyrion Lannister, su Mano y hermano del acusado, permanecía con una expresión serena y confiada, o por lo menos, eso aparentaba. Daenerys había decidido no dejarse influir por el parentesco entre el asesino de su padre y uno de sus más leales y útiles servidores. Cada persona era la única responsable de sus actos presentes y pasados y nadie debía pagar por errores ajenos. Centro entonces su atención en la esposa del Matarreyes y en las pequeñas que, arropadas en un par de canastas, se encontraban a su lado. Ni siquiera ellas debían pagar culpas ajenas.

Deseaba tanto odiar a ese hombre y en ese momento no podía siquiera dar por válidas las aseveraciones de muchos de sus allegados que tachaban al mayor de los Lannister de engreído y prepotente. Viéndolo de lejos su gesto parecía casi amistoso, Daenerys casi podía imaginarlo sentado frente al fuego compartiendo alguna anécdota con sus amigos.

Suspiró con resignación, a pesar de todo lo que había pasado seguía sin resultarle agradable o por lo menos fácil quitarle la vida a un hombre, sin importar cuánto lo mereciera. Quizás si el hombre suplicaba clemencia ella podría llegar a compadecerse de su mujer y de sus hijas. Tal vez si se mostraba arrepentido...

Dio la vuelta al salón para hacer su entrada con toda la pompa que la ocasión ameritaba. Se había vestido con uno de sus mejores vestidos y de su cuello y muñecas colgaban costosos collares y brazaletes cubiertos de piedras preciosas. Se había encargado de que su doncella le aceitara y perfumara el cabello para hacerlo brillar tanto como una cascada de plata sobre sus hombros, con el cabello suelto y los ojos de color violeta iluminados por el sol de mediodía nadie podría dudar ni por un segundo a qué familia pertenecía.

Permitió que los guardias le abrieran las puertas y entró detrás de sus escoltas. Observó a Lannister, esta vez de espaldas, y notó como se erguía desde el mismo momento en que las puertas se abrieron. Sin proponérselo ella hizo lo mismo, era una mujer pequeña y prácticamente cualquier hombre la superaba en altura, pero jamás había permitido que eso la amilanara. Evidentemente no iba a permitírselo a Lannister en ese momento.

Pasó a su lado sin mirarlo y sintió la mirada del hombre clavada en su nuca. No se dio la vuela hasta que estuvo frente al trono, con el Matarreyes a varios metros de distancia de ella. Entonces giró lentamente con altivez, con la misma altivez con que el hombre la observaba. En ese momento entendió porque todos lo calificaban de de los guardias que lo vigilaban se vio obligado a darle un golpe para hacerlo inclinarse y presentar, de manera forzada, sus respetos.

Ordenó a los guardias que lo acercaran a ella y conforme lo hacían notó como se intensificaba su gesto de arrogancia hasta parecer que era él quien controlaba la situación y le estaba concediendo un favor con su mera presencia.

Estaba a veinte pasos de distancia cuando la pedantería de su mirada se transformó en curiosidad. Al cerrar más la distancia y cuando finalmente se convenció de que sus ojos no lo engañaban, fue furia pura la que despidieron sus ojos.

–¿Por qué? –le preguntó con los dientes y el puño apretado.

Tyrion soltó un suspiro de cansancio, pero el resto de los presentes, incluida Lady Brienne, compartían la misma mirada de confusión.

–Porque necesitaba conocerlo. Conocerlo de verdad, no a través de los ojos de un hermano que lo idolatró de niño ni por las palabras de hombres que han padecido las humillaciones de su familia por años. Quería conocerlo de forma natural, no deseaba escuchar la historia que le contaría a su juez o al verdugo, quería escuchar la verdad sin justificaciones absurdas ni alardes y la única forma de lograr eso era llevarle a alguien tan simple que lo hiciera creer que hablaba consigo mismo.

—Tú lo sabías —dijo, dirigiéndose a su hermano con un tono amargo.

—¿Saber qué? —quiso saber Brienne.

—Hice lo que necesitaba hacerse —contestó Tyrion pragmático.

—¿Qué está pasando aquí? —volvió a preguntar Brienne con el ceño fruncido y el feo rostro deformado a causa de la inquietud.

—Nuestra querida reina ha estado honrándome con sus visitas desde mi llegada aquí. Sólo que para guardar las apariencias decidió hacerlo disfrazada como una sencilla chiquilla de servicio —le explicó finalmente Jaime antes de dirigirles a Daenerys y a Tyrion una profunda mirada de desprecio—. Bien, Su Majestad —de algún modo aquellas palabras sonaron a insulto en su boca—, espero haberle brindado un buen espectáculo. Si se divirtió con las pequeñas desventuras de mi vida me sentiré honrado por haber prestado nuevamente mis servicios a la casa Targaryen; aun sin haber estado consiente de ello —le dijo haciendo una dramática reverencia que le valió un gesto de reproche de su hermano.

—Le aseguro, ser Jaime, que las desventuras de su vida son muchas cosas menos pequeñas —le sonrió despreocupadamente antes de girarse, volver a ocupar su lugar en el trono y alisarse la falda antes de continuar—. No era mi intención reírme de su situación. Sinceramente no creí que mi papel de Anya se prolongaría más allá de aquella primera noche. Había escuchado tantos rumores sobre su relación con su hermana, sobre su matrimonio sorpresivo con Lady Brienne... pensé que con la primera prueba a la que lo sometíera tendría bastante para quedar satisfecha y mandarlo al verdugo sin mayor remordimiento, pero...

—Pero Su Alteza fracaso al tratar de seducirme —concluyó el hombre con una sonrisa satisfecha.

Lady Brienne incluso llegó al extremo de mirarla ofendida y, muy a pesar suyo, Daenerys sintió que un leve rubor empezaba a teñir sus mejillas.

—Lady Brienne, su marido dejó muy claro que en su cama no desea a más mujer que a usted, puede estar tranquila — le dijo en tono conciliador.

—Estoy tranquila. Confío plenamente en él, no es usted la primera mujer que trata de meterse en su cama —aseguró Brienne con fastidiosa seguridad.

Daenerys contempló al dispar matrimonio con una mezcla de sentimientos entre los que se empeñaba en sobresalir la envidia. Él observaba a su mujer con esa media sonrisa satisfecha y con los ojos verdes brillando de orgullo. Cualquiera habría encontrado motivo de asombro en la absoluta seguridad de una mujer tan poco agraciada sobre la fidelidad de su marido, cuando otras tantas, hermosas y atractivas, no apostarían un cabello de sus cabezas sobre la lealtad de los suyos.

—Imaginé que cedería a sus instintos más básicos y trataría de aprovecharse de la humilde sirvienta que se le ofrecía en charola de plata. Lejos de eso comenzó a relatarme una historia de amor y aventuras tan increíble que me hizo regresar una y otra vez hasta llegar al final.

—Un final que usted escribirá con su puño y letra —concluyó Jaime.

—Así es. Sin embargo, antes de llegar a eso necesito hacerle una última pregunta, y ésa debo hacerla sin engaños; mirándolo a los ojos como Daenerys Targarien, como la hija de aquel rey al que juró proteger y asesinó cobardemente.

Ella era bastante más baja que su prisionero, pero a pesar de eso, cuando estuvo frente a él se esforzó en hacer que su tono de voz, su porte y su gesto le dejaran bien claro quien ostentaba el poder en ese momento. Desafortunadamente, el hombre no parecía del tipo que se amilanaba con facilidad por lo que, lejos de achicarse, soltó una risa cansada y con la mirada recorrió el cuarto con aburrimiento.

—Quieres saber los motivos perversos y mezquinos que tuve para matar a tu padre. Quieres matarme sin perder la aura de santidad que crees tener. ¡Solamente hazlo! Lo hice porque quería el poder para mí o para mi padre, porque tu padre me humillaba a mí y a mi familia… porque estaba aburrido… ¡Elige el motivo que más te agrade pero acaba con esto de una vez! —le gritó, perdiendo tan peligrosamente los estribos que uno de los guardias le clavó amenazadoramente la punta de la lanza en las costillas.

Cerca de él escuchó a Tyrion suspirar con cansancio. Daenerys no retrocedió; ni siquiera parpadeó por su exabrupto.

—Solamente quiero saber la verdad —le explicó sin perder la calma.

Seguramente el estaba a punto de soltar otro comentario astuto e inútil, pero entonces sus ojos por puro magnetismo se posaron en los de su esposa y en ellos podía leerse tan claramente la suplica muda, la tristeza infinita de quien se lo ha jugado todo por una causa que está a punto de perder para siempre, que el hombre apretó los labios y mostró algo de autocontrol.

Por una vez, fue él quien retrocedió y bajó los ojos frente a Daenerys.

—Créeme pequeña, tú no quieres la verdad —declaró con un tono mucho más suave.

—Tal vez no —suspiró ella, y por un momento le resultó imposible no volver a sentirse como la sencilla Anya—. Pero la necesito.

El mayor de los Lannister miró hacia el techo como si esperara. encontrar la respuesta a su dilema en él. Al cabo de un rato bajó el rostro y clavando sus brillantes ojos verdes en ella la estudió con calma, como si se tratara de un caballo enclenque al que no podía confiársele una carga muy pesada. Finalmente suspiró con cansancio, giró el rostro hacia su mujer hasta que ella asintió imperceptiblemente; entonces regresó su atención a ella y empezó a hablar.

—Si su majestad quiere compartir viejos recuerdos, quizás se sentiría más cómoda en un ambiente más íntimo... —sugirió Jaime, señalando con discreción al par de guardias que lo custodiaban y a otra media docena que vigilaba las puertas y la espalda de su reina.

Daenerys confiaba totalmente en los hombres que integraban su guardia personal, pero una vocecita dentro de su cabeza le advertía que lo que estaba a punto de escuchar podría resultarle incómodo a alguien. Sin saber exactamente si lo hacía por su propio bien o por mostrar simpatía a la familia de Lannister, accedió a trasladarse al pequeño salón que se encontraba detrás del trono y desde el cual, minutos antes ella había observado a su prisionero.

Esperó hasta que los guardias se marcharon antes de sentarse y pedirle a Tyrion y Lady Brienne que tomaran asiento. Deliberadamente dejó a Lannister de pie frente a ella. Antes de que él pudiera empezar a hablar una de las pequeñas reclamó la atención de su madre, quien con presteza la acomodó entre sus brazos para comenzar a mecerla con movimientos rítmicos hasta que la niña volvió a cerrar los ojos pacíficamente.

Con la mirada fija en su mujer y su hija, ser Jaime retomó la palabra con un tono bajo y grave que sirvió para adormilar aún más a la chiquilla en brazos de Brienne.

—Seguramente su alteza sabe que su padre era conocido como el Rey Loco...

Sí, ella lo sabía. Sabía también de ciertas peculiaridades de su padre. Había escuchado de la paranoia que lo acompañó durante sus últimos días. Conocía muchas historias sobre su padre, pero al escuchar las palabras de Jaime entendió que la mayoría de ellas habían sido endulzadas ya sea por el temor o la piedad que ella inspiraba en los labios de quien le hablaba. Jaime Lannister no le temía y estaba lo suficientemente furioso con ella como para sentir pena.

Imaginar a su padre preparando y ordenando la destrucción de la ciudad más grande de poniente, cual sea que fuera la razón que tuvo para hacerlo le provocaba nauseas. Creía lo que acababa de escuchar, no sólo porque Tyrion lo había comprobado relacionando la historia de su hermano con las vasijas de Fuego Valyrio que sirvieron en la batalla del Aguas Negras y que irónicamente habían salvado a la ciudad, sino porque había aprendido que entre los muchos defectos del Matarreyes no se hallaba el de mentir.

Tras un largo silencio, la niña que permanecía en su canastilla emitió unos suaves gorjeos que poco a poco fueron tornándose en un llanto melódico y dulce. Sin notarlo siquiera Daenerys se acercó y la tomó en sus brazos, tratando de imitar la forma natural con que Brienne había mecido a su otra hija. Cuando la bebita dejó de llorar y la miró fijamente dando un suspiro, ella volvió a la realidad.

—¿Qué espera que haga ahora? —le preguntó mientras acariciaba el rubio cabello de la pequeñita.

—Probablemente lo mismo que planeaba hacer antes de saber todo esto. Lo único que pido es que respete la vida de mi familia. Ni Brienne ni mis hijas merecen pagar por las decisiones que tomé. Conmigo puede hacer lo que guste y, por supuesto, después de la agradable temporada que pasé al lado de su padre podrá imaginar que estoy preparado para cualquier cosa. Pero, por favor —la humildad en su voz era tan genuina como el sol de mediodía—, permita que mi mujer y mis hijas partan en el primer barco rumbo a Tarth.

—¡No! —gritó la mujer que de inmediato se colocó frente a su marido con una de las niñas en brazos—. No voy a volver a separarme de mi marido. Cualquiera que sea el destino que decida para él, yo lo compartiré —aseguró con una extraña mezcla de súplica y amenaza que logró conmoverla.

—No seas idiota, moza —le rogó Lannister al oído—. Vete con las niñas y olvídate de todo esto.

Pero Lady Brienne no dio muestras de haberlo escuchado, se mantuvo frente al hombre sirviéndole de escudo.

—¿Y qué hay de sus hijas, Lady Brienne? ¿También pretende que ellas compartan el destino de su padre? —la niña que ella sostenía en los brazos abrió los ojos como si de alguna forma intuyera que su futuro estaba por ser decidido.

—Ellas no tienen nada que ver con esto. Sé que usted no es una mujer cruel y no las castigara a ellas para saciar su sed de venganza. Permita que ellas lleguen a salvo a Tarth con su abuelo y si no es capaz de entender que Jaime hizo lo único que podía hacerse, entonces haga con nosotros lo que le parezca.

Daenerys suspiró antes de girarse para poner en su sitio a la pequeña. La miró por ultima vez cuando la niña se rehusó a soltar el dedo índice de su mano que le apretaba fuertemente con el diminuto puño. No, por supuesto que no sería capaz de dañar a esas niñas. Admiraba el coraje y fuerza de su madre, la lealtad y falta de apego al oropel de su padre. Sobretodo apreciaba la devoción, amor y confianza ciega que ambos se profesaban mutuamente. Pero ella ya no era una chiquilla asustada y sus decisiones no podían basarse en sentimentalismos absurdos.

Con un movimiento rápido se soltó de la mano de la niña y se alejó de ella.

—Lord Tyrion, encárguese de que el prisionero regrese a sus habitaciones —ordenó dándoles la espalda con brusquedad—. Lady Brienne y sus hijas pueden permanecer con él hasta que tome una decisión.

Pasó horas en sus habitaciones tratando en vano de encontrar la decisión correcta. Quería ser justa, pero tenía que asegurar su reino. Deseaba vengar la muerte de su padre y los años que vivió exiliada y de la caridad de los demás, pero también sentía la necesidad de honrar al hombre que había salvado miles de vidas en un mismo día. ¿Cómo reconciliar todo eso en una sola acción? ¿Cómo ser justa sin parecer débil? ¿Cómo podría mantener unida a la familia del hombre que de una forma u otra había terminado con la suya?

Cuando una de sus sirvientas se presentó con su cena ella la rechazó. Tenía un fuerte dolor de cabeza y su cuerpo seguía inútilmente tratando de combatir las nauseas que ahora estaban acompañadas por un insistente aroma a carne quemada.

Bebió algo de vino y mandó llamar a Tyrion. Sabía que no recibiría de su parte el más objetivo de los consejos, pero necesitaba hablar con alguien, y además sentía curiosidad por conocer la postura que su Mano tomaría.

Tyrion no tardó en aparecer. Lucía confundido pero se esforzaba en mantener una expresión neutral. Apenas la saludó con una leve inclinación de cabeza y tan pronto sus pequeñas piernas lo llevaron a una de las butacas tomó asiento sin esperar permiso alguno.

Sin duda alguna la vida tenía sus pequeños caprichos, había llegado a considerar al menor de los hermanos Lannister como un amigo, mientras que su odio por el mayor se había mantenido constante durante casi toda su vida.

—No lo sabía. Él no acostumbraba hablar sobre lo sucedido. Siempre asumí que evitaba el tema por… vergüenza o qué sé yo… Ahora sé que guardo silencio por simple orgullo. Sabía que nadie le creería—le explicó, sin que ella tuviera tiempo de hacer pregunta alguna—. ¿Quién creería a un Lannister capaz de actuar por un motivo distinto al ansia de poder, riquezas o venganza? La más grande decepción de Tywin Lannister fue que su hijo mayor mostrara tan poco interés por la riqueza y el poder. Aceptó que Jaime sería capaz de iniciar una guerra y luchar hasta su último aliento para proteger a quienes quiere y que incluso con la cabeza caliente trataría de vengarlos haciendo uso de lo que tuviera a mano, pero sus móviles no serían jamás puramente materiales.

Ella asintió y tomó un lugar a su lado, dejando el vaso con vino muy despacio en la mesa.

—Y ahora, mi señor Mano, ¿cuál es su consejo respecto a este asunto?

—Creo que esta vez no soy la persona adecuada para opinar —contestó tajante—. Usted quería conocerlo personalmente. Saber cómo era, cómo actuaba, saber el porqué de sus decisiones. Ya tiene toda esa información de primera mano. Cualquier decisión que decida tomar es solamente suya.

—Aún creyendo la historia que su hermano acaba de contarnos, subsiste el hecho de que él es el asesino del rey que había jurado proteger —declaró con la vista fija en una gota de vino que se deslizaba perezosamente por su vaso.

—Cierto —dijo Tyrion sin dudarlo. Hizo una pausa prolongada antes de continuar—. Sé lo que yo hubiera hecho de encontrarme en una situación similar a la que enfrentó Jaime. ¿Qué habría hecho su majestad?

Ella se puso de pie y decidió pasar por alto lo que cualquiera habría considerado una impertinencia. Le dio la espalda al hombrecillo mientras sus pensamientos, sin su permiso, se dirigían al día en que su hermano Viserys murió frente a sus ojos. También él estaba fuera de control y ella lo había contemplado sufrir una muerte espantosa con la certeza de que esa era la única forma de frenarlo.

Abrió la ventana tratando en vano de ahuyentar esos malos recuerdos, o por lo menos mantenerlos ocultos.

—¿Se da cuenta, Lord Tyrion, que si decido otorgarle el completo perdón a su hermano, usted perdería Roca Casterly? ¿Sabe que mi imagen se debilitará si dejo libre al asesino de mi padre y hago públicas las razones que tuve para hacerlo?

—Lo entiendo bien. Sé que todos debemos hacer algunos sacrificios en nombre de la justicia —aseguró sonriendo con resignación y acercándose la jarra de vino—.

—Permitamos que su hermano y su esposa descansen por esta noche. Mañana temprano les haré saber mi decisión y espero que todos encontremos la fuerza para vivir con las consecuencias —murmuró enigmática.

Después de todo, solamente había una cosa que Daenerys Targaryen podía hacer.

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