Yo no inventé YGO ni sus respectivos personajes


El ardiente dolor de los músculos entumeciéndose debido a la presión ejercida por las descargas eléctricas era la diaria tortura que el joven recibía, con sus ojos apuntando al reloj, viendo como las manitas se movían lentamente, haciendo que su respiración se retuviera en su garganta, con las quejas constantes que se guardaba para obedecer completamente a su jefe, que sus órdenes se tornaban cada vez más y más pesadas.

La bipolaridad de este era desesperante, le gritaba al muchacho cuando este no había hecho absolutamente nada, solamente lo que se le había pedido.

A veces, el joven deseaba terminar con estos tres días, pero sabiendo esto, tendría que toparse con una nueva locura, que lo llegaría a marear terriblemente como lo lograría una montaña rusa. Sin duda, estaba contra la espada y la pared.

Los únicos días que podían llamarse tranquilos, eran los sábados y domingos. A pesar de que sabía que la razón era que el jefe que le tocaba esos días no era un desquiciado, bipolar o torturador. Sí pensaba en su hermano, se desmotivaría. Sólo saber que Yuugi no le hablaría, o le sonreiría como solía hacer para recibirlo, le daban ganas de morirse. En cambio, pensaba en Seto Kaiba, aquel castaño de ojos azules con la respiración calmada cuando dormía, pareciendo un niño pequeño que soñaba con un jardín lleno de flores. Era la imagen que había creado de él con simplemente haber visto su figura inconsciente, ya que se veía como una persona totalmente distinta.

Quería sacudir su cabeza para quitar esas ideas de las pocas que le quedaban y lo mantenían cuerdo, aun así, eran las que lo mantenían distraído del dolor y la presión. Seto Kaiba era como un rompecabezas difícil de armar, poco a poco iba uniendo las piezas para descubrir su persona, resultaba un juego interesante, no es que se sentía interesado por el ojiazul, sino su vida personal y su forma de manejarla, Atem lo miraba con curiosidad, como si fuera un mito por descubrir.

What are you thinking!?— La voz aguda y con leves gruñidos invadía los oídos del muchacho que se encontraba en el mundo virtual, en un duelo con espadas virtual. Pegasus pareció haber gritado impulsivamente, pues siempre que utilizaba otro idioma para dirigirse a su sirviente, era por su descontrol emocional. Atem, por supuesto, vagamente comprendía lo que decía, aunque poco a poco iba aprendiendo el idioma.

Pegasus al parecer le había gritado debido a que estaba cavilando demasiado, se distrajo por culpa de la imagen de aquel castaño de ojos azules, provocó que el joven sea atacado directamente sintiendo agudamente la punta de la espada que le hizo recibir un choque eléctrico mucho más doloroso que las otras veces.

Un cartel con una campana sonando dolorosamente aparece frente a él, indicándole que había perdido. Recibió otra fuerte carga eléctrica que le hizo sentir como su corazón se escapaba de su pecho, y su lengua escapaba de su boca al gritar fuertemente hasta quedarse sin voz.

Nunca había perdido, jamás había sentido la derrota golpearlo con tanto impacto. Admitía que era la primera vez que se distraía de esta manera, no habría perdón por quedarse perdido en sus extraños pensamientos, esos que involucraban a Seto Kaiba.

Cerrando sus ojos, quedando inconsciente a causa del fuerte dolor, parpadeó para revelar el escenario que tenía desde el principio, antes de encontrarse en aquel ambiente preparado para que peleara con la espada en mano. Todo había desaparecido, las espadas, su oponente; ahora sólo estaba en una aburrida sala de pruebas, esperando que su jefe aparezca furioso frente a él.

Así fue, Pegasus se mostraba cada vez más molesto ante el joven de ojos amatistas, aun cuando le confiaba demasiadas cosas. A veces simplemente lo llamaba a su despacho para que se sentara a oír un discurso largo acerca de cómo sus empleados eran unos inútiles y en toda su infancia había sido un pequeño soñador que hasta ahora seguía luchando por conseguir lo que deseaba sin detenerse a escuchar sobre las opiniones de los demás.

Atem apoyaba todo ese discurso, excepto por el hecho de que el niño de cabellos plateados de ese pasado seguramente no aprobaría que en un futuro tendría a un grupo de personas bajo su poder, explotadas y careciendo de libertad. A ningún niño sano le gustaría pensar en la tortura y el dolor causado por uno mismo, sin embargo, a medida que se iba creciendo, experiencias los podía llegar a volver perversos, convirtiéndose voluntariamente en la oscuridad misma para sobrevivir y/o soportarse a uno mismo con la carga de los pecados presentes, buscando la indulgencia.

Quizás estaba juzgando antes de tiempo, pero esa bipolaridad de Pegasus, la manera en cómo se presentaba tan amable y sereno para luego tornarse alguien impaciente y prepotente que nada más mostraba su verdadero ser que gritaba algo que estaba sumamente escondido en la más profundo de su corazón infantil y descontrolado. ¿Pegasus estaba enfermo? No lo sabía, ni tampoco quería enterarse, sin embargo, no le era conveniente estar bajo las manos de alguien que no sabía ni cuidar de sí mismo.

Los castigos tampoco eran como los de Gozaburo, o incluso los de Seto Kaiba, aun así, ese descontrol causaba tremendos escalofríos, junto con las insoportables descargas eléctricas que cada día se volvían más dolorosamente fuertes.

Así como se peguntaba por Seto y sí alguien alguna vez lo amó, pasaba por su cabeza la misma duda con respecto a Pegasus. Hasta que llegó esa noche en que el hombre lo llamó en un estado depresivo y hundido en los efectos del alcohol. El olor a vino sobresalía en todo su discurso, volviendo a Atem incapaz de concentrarse, cuando este hablaba de una mujer, bellísima, que ya no se encontraba en ningún lugar para ser vista; entonces, fue ahí cuando prestó atención.

Cyndia Pegasus, la mujer de su vida según mencionaba, su esposa, hermosamente rubia de ojos azules y brillantes, capaces de hacer aparecer la madurez del joven que la conoció cuando sólo eran unos niños. Ellos se enamoraron, se casaron y al poco tiempo se separaron. Ninguno lo decidió, nadie esperaba que eso sucediera, tampoco se perdió el amor. De hecho, la forma en la que Pegasus contaba la historia con su voz quebrada y arrastrando sus palabras, revelaba el profundo dolor que tenía de haber vivido la muerte de su único y verdadero amor.

Atem ahora comprendía esos sollozos y gritos que escuchaba en la noche, veces que se tentaba de levantarse de la cama e investigar de donde provenían, pero sólo tuvo que ser paciente para darse cuenta de que pertenecían a su propio jefe, Pegasus, quien lloraba cada día por su difunta esposa.

—¿Hacia dónde fue el alma de mi esposa al morir? ¡Tú pudiste hablar con ellas! – Pegasus comenzó a decir, apoyando bruscamente la copa sobre la mesa, creando un sonido que asustaba y hacía creer que esta se rompería en cualquier momento, Atem se desconcentró debido a tal violenta acción y las palabras que se tornaban confusas.

Pues, bien, entendía ahora la pregunta que le había hecho días atrás. Pero, jamás mencionó haber podido hablar con las almas. Eso era una locura, totalmente imposible e irreal.

Pegasus definitivamente, estaba desesperado, estaba enfermo.

—¿¡Para qué te he metido en el mundo virtual!? ¡Se suponía que debías comunicarte con ella! —Gritó golpeando nuevamente la mesa nada más que con sus puños, dejando salpicar un poco de vino debido a la brusca sacudida. Atem alzó sus cejas, viendo la mirada fija de su jefe con sus ojos llorosos y mejillas rojas, mostrando que este estaba a punto de culminar en su borrachera. Esperaba en cualquier momento que el hombre frente a él simplemente cerrara sus ojos denotando inconsciencia.

Aun así, al esperar, pensaba detenidamente sobre lo que éste le preguntaba. ¿Pegasus acaso tenía la idea de comunicarse con los muertos a través de un mundo virtual? Está bien que fue capaz de hacer que todo lo ficticio se volviera real, sin embargo, la comunicación con aquellos que ya no estaban era una locura, sin duda.

Atem podía entender la desesperación del hombre, que lo llevó a contratar tantos sirvientes como fuera posible para no dejarlo solo con su depresión, que pudiera manejar sus computadoras, los sistemas y demás tecnologías para cumplir esa fantasía frustrada.

Nada iba a suceder, de eso estaba seguro. Debía decírselo. —Cyndia murió, Pegasus, yo no puedo comunicarme con ella y tú tampoco. Aun así, debes seguir adelante, creo que eso es lo que ella hubiera querido. — El silencio fue su única respuesta ante su intento por consolar y a la vez, avivar el razonamiento del mismo hombre que ahora nada más lo miraba sin más.

Un chasquido resonó por todo el despacho, un picor conocido sentía en su mejilla, sorprendido al ver que fue abofeteado por su jefe alcoholizado, que jamás le había levantado la mano a pesar de sus inestabilidades.

Quizás Pegasus no estaba dispuesto a aceptar la realidad, esa fantasía, tal deseo era lo único que lo mantenía cuerdo, irónicamente. Sin embargo, Atem no podía apoyarlo con una idea así.

Pero él no estaba sobre sus zapatos, y por su propio bien, decidió cerrar la boca.


El día con Pegasus había terminado, la limusina lo trasladaba hacia la mansión donde todo había comenzado, llevándolo al castigo interminable, la tortura insoportable bajo el nombre de Gozaburo Kaiba, con su olor a cigarro y esa sonrisa tan repugnante como la primera vez que lo vio.

No se volvió a encontrar con Seto Kaiba, a quien vería en dos días. No sabía por qué necesitaba ver aquel rostro, era como una especie de pilar que lo mantenía fuerte ante todas las ocasiones, sobre todo ante su enfrentamiento con Gozaburo, viendo nada más como compartían el mismo enemigo.

El simple hecho de comprenderse con alguien, lo hacía sentirse seguro, especialmente cuando con su hermano se estaba sintiendo bastante alejado.

Temblaba ante la idea de perderlo, de recibir esa mirada que carecía de cariño y afecto, el apoyo que ahora añoraba.

Estaba en ese rincón, bajo el olor a metal de la cadena que apretaba cada vez más su muñeca, el hambre que golpeaba contra las paredes del estómago con su fuerte rugido que resonaba por el despacho desvergonzadamente, las risas burlonas del hombre que lo observaba, fingiendo que leía papeles supuestamente de su trabajo, cuando solamente saboreaba cada segundo de sufrimiento de este sirviente que le tocaba tener por dos días.

De nuevo se atrevió a quemarlo con el cigarro, era ya como una parte de la rutina, pero ahora, además, lo obligaba a lastimarse a sí mismo. Que, por alguna razón, para Atem no era tan difícil, y sería menos complicado sí tuviera que hacerlo a solas, sin embargo, tenía que quemarse frente a ese hombre, cortarse lentamente sus brazos mostrando como su sangre recorría su pálida piel y caía sobre el suelo de madera, aquella sangre que después era obligado a limpiar.

Resistía lo más que podía sus gemidos de dolor, pero el jefe no soportaba el silencio, por lo tanto, utilizaba la cadena para tirar de él y golpearlo hasta sacarle una confesión de que estaba sintiendo el más intenso dolor, dejando que el hombre de traje se regocijara con aquel sufrimiento.

Atem sentía cómo las lágrimas se acumulaban en sus ojos mientras pensaba en el odio hacia sí mismo, en la furia y angustia que Yuugi podría sentir; parpadeaba para espantar las mismas, no iba a llorar sobre su sangre derramada, frente a los dientes espantosos del hombre mayor que no dejaba de mostrarlos ante cada quejido. Si, Atem se odiaba a sí mismo, pero el odio hacia Gozaburo era muchísimo mayor.

Se quedaba en el mismo rincón con sus brazos sangrando y su pecho ardiendo terriblemente por las quemaduras, ignorando el hambre y sed que tanto lo atormentaban, pensando en la peor tortura que podría darle al desgraciado que le arruinaba la vida. Sólo quería que el mañana llegara, que esos dos días de pura tortura acabaran y podría quedar en la paz del sábado y el domingo.

Nunca creyó que los días con Seto Kaiba serían de paz, pero no iba a negar que era en lo único en lo que pensaba en esta semana.

Se preguntaba a sí mismo, sí Seto lo dejaría dormir de nuevo, aunque ahora el solo pensar en recostarse causaba que todo su cuerpo ardiera dolorosamente. Estaba sensible ante todo tacto, nada ni nadie podría tocarlo sin causarle dolor. Incluso su ropa ya lo estaba molestando.

En momentos así, sólo quería morir.

El sol se escondía por segunda vez, sabiendo que el siguiente día sería el que marcaría su libertad por solamente dos días, irónicamente. También había perdido la cuenta de cuantas semanas le quedaban para terminar con este cambio de jefes que ya lo estaba volviendo loco. Aun así, no se arrepentía, con la falta de cordura todavía recordaba el motivo de su presencia frente a dos jefes que tan inestable lo dejaban.

Ya no pasaba las noches con sus ojos cerrados, contemplaba la luz de luna que resaltaba sobre la ventana, las pocas estrellas sobre el cielo oscuro, cuando cambiaba de color al acercarse la mañana, apareciendo el sol nuevamente.

Es como si el tiempo pasara con demasiada rapidez en esas noches, aunque a veces, se sentían tan lentos, pero la tranquilidad de estar solo y en silencio, sin ser observado por ese hombre mayor, lo dejaba calmado por ese poco tiempo.

Sin saber por qué, esperaba ansiosamente la llegada del castaño, como sí este fuera una especie de rescatista. De todas maneras, jamás se hizo presente, provocando una carcajada burlona del mismo padre del joven. —Quizás ya se olvidó de ti. — Murmuró con sorna, haciendo gruñir al pequeño de cabellos tricolor.

Era un estúpido por confiar en Seto, por esperar a su entrada tan decidida y que le causaba una extraña sensación de protección ante la triste soledad que sentía en todos estos días.

Estaba por darse por vencido, pensando en cerrarle la puerta la esperanza, cuando la puerta del despacho se abrió mostrando a dos guardias de traje y lentes negros que Atem podía reconocer vagamente, sabiendo que trabajaban para Seto Kaiba.

Seto mandó a dos hombres para que lo llevaran, era obvio, no iba a ir él todo el tiempo a buscarlo, ¿o sí? Era tonto de su parte pensar algo así.

Gozaburo hizo una mueca que denotaba frustración, y Atem no pudo evitar dibujar una media sonrisa en su rostro, con la extraña necesidad de estirar la lengua burlonamente, pero se resistió a la tentación, sobre todo porque estos guardias lo tomaron de los brazos, llevándolo sin nada de suavidad hasta fuera del despacho.

Atem pensaba que sería llevado directamente hacia Seto Kaiba, sin embargo, se notó sorprendido cuando fue lanzado bruscamente al suelo de su propia habitación vacía, haciéndolo rebotar con el suelo duramente frío y de madera perfectamente lustrada.

No pensó en ningún momento en buscar con la mirada a su hermano, sino preguntarse a sí mismo. ¿Por qué Seto lo dejó con nada más que su voluntad y dolor acumulado por toda la semana que había vivido? Cuando aclaró firmemente que tenía que cuidar de él para que este no fuera insuficiente para su trabajo.

Atem quiso reír, sí no fuera que estaba más concentrado en el ardor que hacía temblar todo su cuerpo, causando que le costara levantarse del suelo. Se sentía ridículo al preguntarse cosas sin sentido. ¿Esperaba ser cuidado por Seto nuevamente? Qué estupidez.

De todas maneras, no podía evitar preguntarse cuál era el objetivo de Seto; se lo preguntaba una y otra vez.

Ordenó con fastidio a Isono y Fuguta que se encargaran de llevar a Atem a su habitación. Pensaba antes en la misma decisión, de sí debía irlo a buscar por su cuenta y llevarlo a su despacho o algún otro lugar seguro para cuidar de él. Aun así, sacudía violentamente esas ideas de su cabeza y trataba de mantener distancia sobre el mismo que no salía de su mente para nada.

No olvidaba lo que pasó con Mai, estaba profundamente agradecido de que esta no se diera cuenta de lo que murmuró con tanto deseo inconsciente. Pero ya no más, no sabía qué tipo de efecto tenía Atem sobre él y por qué pasó todo eso, sólo estaba seguro de que no dejaría que se vuelva a entrometer en su vida y acciones.

No se distraería con aquel joven tan insignificante, acabaría arruinando todo lo que había logrado hasta ahora, todo por un chico que con su testarudez pudo generar cierto encanto interesante que creaba un gusto amargo en la garganta de Seto, quien desesperado arañaba sus propios brazos resistiendo el deseo de ir a verlo.

¿Deseo? No, ese no era el sentimiento, sólo era algo parecido a la preocupación que ya debía olvidar.

Atem no existía para él, ni jamás deberá existir.

De hecho, la única solución sería dejar que este se ocupara solo de sus heridas, y sí acababa muriéndose con el tiempo como un animal herido y abandonado, entonces mejor.

Sintió un nudo en su garganta al pensar fríamente en eso, que deshizo inmediatamente para evitar todo tipo de arrepentimientos que fueran a surgir y arruinar su decisión. Atem no era parte de él, ni significaba nada. No supo por qué, ni quería saber la razón de su figura creándose en su imaginación, con gemidos y jadeos que surgían de su boca y besos que entregaba al mismo que su mente le mostraba.

No era real, ni esa vehemencia, ni lo que había visto al cerrar los ojos. El cansancio sólo jugaba con él.

De todas maneras, tomó la decisión de ir a verlo, no porque fuera su deseo, sino para ponerse a prueba a sí mismo, a su propia frialdad. Caminando furiosamente por los pasillos, apretando sus puños e ignorando a quien podría mirarlo, aunque a estas horas de la mañana los sirvientes recién se estarían duchando.

Atem, en cambio, era quien vivía diferente al resto, debido a la decisión que tomó por sí mismo, que Seto ponía en duda la voluntad de los demás, resaltando la valentía del mismo joven a quien detestaba ahora con toda su alma. Como le había dicho al principio, esa testarudez no lo llevaría lejos, estaba firmando su propia sentencia de muerte, ponía cara de que no se daba cuenta o simplemente no le importaba.

Seto reprimía su preocupación por él, esperando que desaparezca completamente al no saber de dónde provenía semejante sentimiento. Ninguno de los dos tenía nada que ver con el otro, y al poner su presencia ante la mirada color amatista confirmaría su teoría; ellos dos no tienen nada de qué hablar.

Volvería a ser Kaiba, él no era Seto, hace años que había dejado de serlo.


Abriendo la puerta del aposento la madera rechinaba ruidosamente al ser movida aplicando lentitud, el joven tembloroso se volteaba bruscamente para ver quien osaba a presentarse ante su figura totalmente vulnerable y humillante. Seto Kaiba, por supuesto, con el brillo azul que quemaba sobre las heridas y sangre seca sobre la piel pálida del muchacho.

Seto ya no sabía hacia donde iba dirigida su furia, pues todo el odio que podía sentir hacia ese sirviente se había desvanecido por unos segundos, denotando preocupación que se sumaba a los latidos de su corazón agitado, con los recuerdos de su infancia repleta de maltrato, la asquerosa imagen de su padre disfrutando del sufrimiento ajeno se formaba en su mente confundida.

De inmediato supo lo que Gozaburo lo obligó a hacer, sí no se equivocaba, suponía que Atem se había tenido que lastimar a sí mismo, pues su brazo cortado lo demostraba. O quizás, el mismo era un suicida.

Sea como sea, tenía que apartar esa comprensión y angustia que sentía al mirar al joven herido, y volverse más cruel que el hombre con quien acababa de tratar.

Atem estaba sentado en su cama con sus brazos estirados, temblando terriblemente, una excusa razonable sería el clima frío presente en las mañanas, la falta de alimentación y el cansancio que invadía su ser. Seto lo tenía en cuenta; Kaiba no.

—¿Se puede saber qué estás haciendo? – Kaiba preguntó haciendo un esfuerzo por levantar la voz sin sentir la culpa acumularse molestamente en su garganta. Atem no se movió ante la presión, sólo parpadeaba cansadamente. —No es momento de holgazanear, límpiate esa sangre y ponte a trabajar. — Añadió más firmeza a su voz, apartando su mirada para no ver el rostro incrédulo de su sirviente.

—Necesito dormir…— Murmuró débilmente.

Kaiba cerró sus ojos con fuerza, apretando sus labios y arañando sus brazos disimuladamente al tenerlos cruzados. Suspiró, preparándose para dejar salir un volumen más alto. — ¡Pues, qué pena! — Aquella agresividad y prepotencia resonó por toda la habitación, logrando que Atem lo mirara con sus ojos abiertos como platos, confundido ante el gran cambio de actitud de Seto.

Era indescifrable, sin duda, y el mismo tampoco le garantizaba que se preocuparía por él todo el tiempo. Sin embargo, no pudo evitar sentirse sorprendido de que Seto demostrara tanta indiferencia cuando últimamente se mostraba como una persona totalmente distinta. ¿Qué pasó mientras él estaba ausente?

—Oh, ¿A dónde se fue el Seto que me dejaba dormir en su cama y me daba de comer? — Se atrevió a decir con sorna, por supuesto, no quería ser consentido nuevamente, sólo quería que lo dejara dormir, aunque sea en el mismo suelo.

Kaiba se acercó con pisadas fuertes, hasta tener poca distancia entre ambos, sentía la tentación de traer su rostro con el del pequeño sentado frente a él, pero sacudió ese pensamiento inútil de su cabeza para atreverse a tomarlo del brazo herido y obligarlo a levantarse de la cama.

Los fuertes gemidos de dolor de Atem le causaban un molesto ardor en su pecho, sintiendo casi el mismo sufrimiento del sirviente, parpadeando para ahuyentar las pocas lagrimas que se atrevían a escapar de sus ojos. No demostraría remordimiento alguno de apretar esa herida que vagamente sanaba y hacerlo resistir las suplicas entre sus dientes.

—No me llames Seto. ¿Me entendiste? — Kaiba presionó el brazo, recibiendo nada más que un quejido de esos labios tan finos de su sirviente, quien, a pesar de su dolor, le devolvía la mirada llena de odio.

Volvieron a los primeros días, eso, de alguna forma, aliviaba a Seto Kaiba, al ignorar también la punzada que sintió en su pecho.

Atem cerró sus ojos, tragando esta posible desesperanza que sentía. Recordaba en el lugar en donde estaban y con quien trataba, entonces se limitó a comprender que detrás de ese azul había algo más que frialdad. ¿Por qué trataba de convencerse a sí mismo de que Seto… Kaiba era una persona diferente?

El ardor en su brazo generaba el crecimiento de su odio hacia el castaño, transmitiendo la misma furia que recibía, intentando ignorar esa molestia que ocasionaba que la sangre volviera a salir, quizás no con tanta intensidad, pero un poco como para manchar los dedos del castaño quien pareció no darse cuenta.

En momentos así, consideraba a Kaiba como alguien bipolar, sin embargo, sabía que esa no era la situación del ojiazul. Kaiba cambiaba de personalidad voluntariamente, debido a la obligación y presión que recibía de parte de la cabeza de todo esto. Al menos, esa era la conclusión a la que Atem había llegado.

De todas formas, tenía demasiadas teorías con respecto a ese ser que estaba frente a él lastimando cada vez más su brazo. Pensando en mil maneras de odiarlo, y una de perdonarlo.

Un recuerdo se le vino a la mente, y era el de la promesa que Seto le había hecho de no lastimarlo de nuevo. Ahora mismo, la estaba rompiendo. Quiso hacer mención de este hecho, pero una parte de su mente le pidió que no, que se hiciera el tonto.

¿Por qué aceptó ignorarlo? No lo sabía.

—Basta, trabajaré, pero suéltame, por favor. — Atem dejó salir aquellas palabras con un volumen muy bajo, que se sintió avergonzado de haber sonado tan sumiso y miedoso. —¿Qué tengo que hacer? — Se atrevió a preguntar con su mirada agachada, sintiendo como Kaiba dejaba de apretar su herida para soltarlo completamente.

Kaiba lo miraba sorprendido, viendo una actitud de parte de Atem que jamás había visto ni supo que iba a presenciar alguna vez. Por alguna razón, lo hacía sentirse decepcionado, pues imaginó que Atem lucharía por liberarse y saber el motivo de su repentino cambio de actitud. Aunque también parecía estar cavilando demasiado, sintió curiosidad por saber qué era lo que ocupaba la mente de Atem en estos momentos.

Sacudió su cabeza. Mejor era olvidar esa curiosidad.

—Cuidarás de Mokuba. – Dijo con firmeza, confundido en cierta forma ya que podría haberle dado una tarea mucho más complicada, sin embargo, cuidar de Mokuba no fue la gran cosa anteriormente, además que era una fuerte demostración de confianza que Seto tenía hacia su sirviente.

Pero ya lo dijo, ya dio su orden y no debía retractarse o perdería autoridad.

Atem sólo asintió moviendo levemente su cabeza, con un suspiro deprimente se dirigió hasta la puerta de la habitación. Seto estaba atónito por lo que veía, esa imagen de debilidad jamás la había tratado con Atem.

Estaba por pasar su mano por su rostro, al acercar sus dedos notó un color rojo. Se sintió temblar al ver aquel color ensuciando sus manos, no cabía duda de que era sangre. Siendo la misma mano con la que apretó la herida de su sirviente, supo de inmediato que no sólo era sangre, sino la de Atem.

De nuevo la culpa recorría todo su cuerpo, creando molestos escalofríos que lo paralizaban. Era seguro que Atem la pasó terriblemente con Pegasus, pero muchísimo peor con Gozaburo, y ahora su intención era que estos dos días en que se mantenía lejos de sus horribles pesadillas, se convertirían también en los peores de su vida.

Seto sacudió su cabeza de nuevo, ya demostró que era la autoridad a la que él debía obedecer, le enseñó lo que es el dolor recibido por sus propias manos; no necesitaba seguir, ni darle más sufrimiento del que ya recibió. ¿No?

Apretó sus puños fuertemente, arrepentido de sus sentimientos y deseando desvanecerlos completamente, para volverse en aquella persona fría que tanto necesitaba ser.

Era imposible, su corazón seguía latiendo con una mezcla de ansiedad y angustia.

Caminaba débilmente hacia las duchas, sintiendo su brazo arder y palpitar con insistencia, haciendo que no olvidara esa mirada profunda de ojos azules que le deseaba la muerte. Seguía pensando en él, no podía evitarlo, le causaba rabia tenerlo todos estos días ocupando su mente cuando una estrategia es lo que debería estar pensando. Ya que, sentía que nada de esto iba a terminar al menos que él moviera sus manos y pies, poniéndose en marcha con algún plan.

Miraba hacia el suelo, conociendo perfectamente el camino, agachaba su cabeza inconscientemente deseando que nadie lo mirara. Pues estaba en un estado muy humillante.

Su mala suerte apareció, aunque él no se había dado cuenta, mientras llegaba a la sala con duchas una multitud lo rodeaba, entre las personas que lo empujaban sin pensar ni mirar, estaba su hermano Yuugi, quien fue el único que levantó su mirada para ver de pies a cabeza al muchacho de cabello tricolor con sus brazos sangrando, su ropa rota y su cuello marcado con quemaduras.

Yuugi temblaba ante la imagen, hizo lo mejor que pudo para quedarse quieto y observar mejor a su hermano que se iba alejando dándole a espalda. Tenía su cabeza agachada, algo que él jamás hacía. Entonces, se dio cuenta de que Atem estaba terriblemente mal.

Alzó sus manos para sacudirlas en cuanto estuviera preparado, y abrió su boca comenzando a crear un grito que llamaría la atención de cualquiera que estuviera presente. Sin embargo, sólo quería llamar la atención de una sola persona.

Estaba por decir el nombre de su hermano con el volumen más alto que podía dar. —¡Yuugi! – Pero una voz firme y grave lo detuvo, atrayendo al mismo, causando que ignorara su objetivo. Yuugi se volteó con desesperación, pensando que sería uno de los guardias o jefes que los estaban observando, y no llegó a ver a nadie conocido, excepto por…

Keith, quien posicionado cómodamente al lado de la pared donde se apoyaba, con sus brazos cruzados y una media sonrisa, lo miraba fijamente haciendo un gesto para que el pequeño se acercara. Yuugi, sin poder decir no, le daba la espalda a Atem y caminaba rápidamente hacia el hombre que lo llamaba, sin saber el motivo de este pero sorprendido e interesado ya que el mismo nunca se había dirigido a él sin dar información importante. Aunque, Atem pareció enojarse bastante ante el pequeño rumor que había soplado Keith en casi toda la mansión, a pesar de que la información era veraz.

—No te preocupes por tu hermano, él tiene otras cosas que hacer. Ya es diferente a nosotros. — Keith comenzó a decir sin borrar su sonrisa. Yuugi alzó las cejas confundido y preocupado.

—¿A qué te refieres?

—¿No te hablaron de los sirvientes de prestigio? — Yuugi pronto recordó lo que Bakura le había explicado en sus primeros días. Nunca se imaginó que Atem podría ser uno de ellos, pues poco hacía lo que le pedían, era obvio que no haría más de lo que ya le ordenaban.

Aunque tenía sentido, Atem se mantenía alejado de él porque ahora tenía dos jefes con los cuales tratar, por más que fuera por tiempo limitado, es posible que Atem haya ganado el respeto de esos hombres. Sonaba descabellado.

—Escuché por ahí que a Pegasus le gusta mucho su talento. Él es quien mejor habló de tu hermano. — Keith añadió con una leve risa.

—¿Cómo sabes eso? ¿Dónde lo escuchaste? — Yuugi se sintió querer saltar encima del hombre que tenía en frente, hablando de su hermano sin emitir más información que era obvio que el pequeño de cabello tricolor necesitaba para creer en ella. Además, ¿era bueno o malo que Atem sea considerado un sirviente talentoso y obediente?

—La última vez que ese hombre pisó la mansión, me atreví a meter mi oído en las conversaciones ajenas. — Pegasus había considerado pasar por la mansión cuando devolvió al respectivo sirviente a su lugar de trabajo que le correspondía, hablando con Gozaburo del buen rendimiento que Atem estaba teniendo.

Por supuesto, Pegasus estaba un poco disgustado con el sirviente de lengua larga, sin embargo, no perdía oportunidad para hablar bien de él, asegurándose de poder tenerlo bajo su poder nuevamente. Ya que le era bastante útil.

—¿Y qué escuchaste? — Yuugi preguntó inmediatamente al recibir nada más que silencio.

—Sólo eso, que tu hermanito será el favorito de todos ahora. Irá de aquí para allá, muy distinto a nosotros. — Keith pareció divagar un poco al final, desviando su mirada hacia cualquier otro lado, como sí realmente estuviera pensativo al respecto.

Yuugi simplemente no comprendía lo que Keith quería decir, ¿qué significaba que Atem sea el favorito? ¿Estaría más tiempo lejos de él? ¿Sería tratado bien o peor que antes?

Todas las nuevas noticias y rumores sólo le caían terriblemente mal, no quería saber más al respecto. Necesitaba ver a su hermano. En cuanto se dio la vuelta para encontrar a quien tanto anhelaba ver, sólo tenía frente a él a una mujer en camisa blanca y corbata negra, minifalda del mismo color y un cabello rubio que cubría sus hombros.

—Basta de charla, señores, y a trabajar. — Mai tenía un pequeño látigo en su mano que logró hacer un agudo ruido al impactar fuertemente contra una de las paredes para asustar a los sirvientes que enfrentaba. El único que se sobresaltó fue Yuugi, pero Keith llevaba una sonrisa llena de … ¿satisfacción? Y relajadamente se alejaba de donde se mantenía apoyado, para caminar hasta su lugar de trabajo.

Yuugi lo miraba con curiosidad, sin embargo, un golpe recibido en su hombro por el látigo lo obligó a dejar de distraerse y ocuparse de lo que se le ordenaba.

Con decepción, esperaba nada más poder ver a su hermano cuando el sol se ocultara.

Atem se encontraba sintiendo el frío de la ducha cubrir sus heridas, generando el conocido sentimiento de presión sobre ellas. Se abrazaba a sí mismo buscando consuelo, agachando su cabeza mientras la lluvia helada recorría su nuca. El pensamiento constante que le decía que no había final lo acorralaba, creando la imagen de Yuugi mirándolo con recelo, presentándole el sentimiento de culpa que parecía jamás dejarlo en paz.

Quería poder explicarle todo a su hermano, aunque sabía que no sería conveniente, pero quería recuperar esa mirada cálida que antes recibía, pues era lo único que podía mantenerlo fuerte en estos momentos.

Saliendo de la ducha y cambiándose de ropa por una limpia y en buen estado, recordaba que su tarea era la de cuidar a Mokuba, alguien que pareció confiarle algunas cosas y su personalidad parecida a la de Yuugi le daba cierta calma. Era como refugiarse en viejos recuerdos que el pequeño de cabellos alborotados le estaba entregando.

A pesar del repentino comportamiento agresivo de Kaiba que lo dejó algo aturdido, estaba agradecido de que le haya dado la misma tarea ni lo obligara a forzar su cuerpo debilitado. En cierta manera, esa era la pauta que tenía para pensar que quizás Seto no sea como Gozaburo.

No sabía por qué necesitaba creer algo así, simplemente quería poder agradecerle por haber cuidado de él sin sentirse patético o arrepentido. Veía algo que tenía en común con el ojiazul, no sabía exactamente qué era, por eso necesitaba conocerlo mejor.

¿Necesitaba? Que curiosa palabra, esos sentimientos tan confusos que recorrían su corazón lo distraían del dolor de estar alejado de su hermano. Por eso, no quería detener el fuerte latido que lo mantenía vivo.

Kaiba estaba fuera de sí, no había nada en lo que pudiera pensar claramente, ni siquiera en su trabajo. Se miraba en el espejo del baño, sin lograr admirar su reflejo, sin saber a quién estaba viendo. Consiguió lavarse las manos sucias con la sangre de Atem, no es como sí la mancha fuera grande, pero lo hacía sentirse inseguro y culpable.

Tenía que desvanecer todos esos sentimientos relacionados con su sirviente y por lo menos despertar uno solo, que era el odio.

No tenía razones para odiarlo, más que irónicamente hacerlo sentir lo contrario. Una extraña sensación de confianza y seguridad que creaba a la preocupación y latidos que golpeaban constantemente su pecho como si fuera a saltar de su cuerpo.

Quizás todo esto tenía que ver con haberlo traído a esta mansión, su consciencia le estaba jugando una mala pasada debido a que ahora tortura a dos personas que trajo bajo su propia voluntad, habiendo tenido la oportunidad de no aceptar darles la entrevista de trabajo cuando esta sucedió.

En cambio, se descontroló, dejando de hacer las preguntas, comenzaba a golpear a los mellizos como sí no hubiera un mañana, como sí estos dos fueran su padre, como si fueran él mismo hace unos años. El Seto Kaiba que permitió que alejaran a su hermanito menor, el Seto Kaiba que dejó que su madre muriera.

El que la mató.

Seto Kaiba era un asesino, eso era lo que quería escribir en letras grandes encima del espejo con su propia sangre. Apretó su puño con fuerza, preparándose para impactarlo contra su propio reflejo, hasta que unos ruidosos golpes en la puerta de su habitación llamaron su atención.

Con un suspiro, esperó al menos un minuto a que la persona del otro lado de la puerta dejara de insistir y le permitiera estar solo. Aun así, los golpes volvieron a sonar, rompiendo con la paciencia de Kaiba, logrando que éste se acercara a la misma y la abriera para revelar a una mujer sonriente con curvas perfectas, su camisa ajustada y ligeramente desabotonada para mostrar un escote provocativo; Seto, no se sentía atraído para nada.

Mirar a Mai era como revivir ese vergonzoso momento en el que se imaginaba a Atem entre sus brazos completamente desnudo.

Sacudió la imagen de su mente, se concentró en esa mirada atenta a sus expresiones, buscando devorárselo completamente, con un objetivo desconocido.

No volvería a los viejos tiempos, donde fue engañado y traicionado por su belleza.

—¿Se puede saber qué quieres ahora? — Kaiba la atendió bruscamente, aun sosteniendo la puerta y posicionándose en el marco para que esta no pasara.

—Tengo tiempo libre. — Mai respondió, inclinando su cabeza dejando que su lacio cabello cayera un poco más por sus hombros.

—Eso no es cierto, y no creo que en diez minutos pueda satisfacer tus necesidades Mai. Creo que ya jamás podré hacerlo. — Kaiba dejó salir aquellas palabras, yendo a lo directo y deseando que con eso la mujer se sintiera ofendida y rechazada. Pero Mai era tan insistente como Atem.

—Seto, no soy una mujer necesitada, sí quiero tener sexo, puedo conseguirlo enseguida. Pero tú no sabes lo que quiero yo, por eso sigues equivocándote. — Kaiba arqueó sus cejas, dejando que la mujer continuara hablando. —Te quiero a ti. — Fue lo único que murmuró, con un movimiento exagerado de labios mientras enredada el cuello del ojiazul con sus brazos, quedando con poca distancia que romper.

Kaiba apretó sus labios, cerrando sus ojos por unos segundos al no resistir la presencia de la mujer. No, ella estaba equivocada, él ya no se sentía de la misma manera que antes y Mai tampoco lo quería tanto como decía.

Algo buscaba, no sabía qué, pero no lo iba a encontrar.

—Vete. —Fue lo que Kaiba dijo con firmeza, sin atreverse a empujarla, porque sí lo hacía, lo haría con mucha violencia.

Mai sólo dejó salir un par de risitas, pegando su cuerpo contra el de Kaiba, quien se mantuvo tenso en su lugar. Recorría sus manos por el abdomen del hombre que tenía entre sus brazos, pasando su lengua por sus labios, dedicándose a su objetivo que era seducirlo, y no iba a mentir, que ella también se sentía tan atraída como antes. Seto era guapo, a pesar de su actitud llena de arrogancia y agresividad.

Kaiba apretaba los puños, sintiendo la hebilla de su cinturón siendo removida, notando la falta de discreción que Mai estaba teniendo en estos momentos.

Atem caminaba hacia la dirección de la habitación de Kaiba, pensando que allí estaría Mokuba esperándolo como la última vez. Kaiba nunca le había dicho dónde estaría la habitación del pequeño, por lo tanto, se arriesgaba a ir al único lugar que tenía seguro que era el correcto.

Escuchando risitas por los pasillos, que sonaban conocidos y seductores. Una mujer estaba cerca, pero no la vería, no quería ver a nadie a la cara, sin importar quien sea. Tenía un trabajo que hacer, y su única motivación era cumplirlo.

Más cerca estaba de la habitación de Kaiba, más fuerte escuchaba los suspiros y risitas que resonaban por sus oídos. Frente a sus ojos, la puerta del lugar a donde quería llegar estaba abierta y sólo notaba la figura de dos personas probablemente abrazadas. Aunque la mujer frente a él tomaba la iniciativa de todo y no parecían estar haciendo mucho. Sin embargo, sus cuerpos estaban demasiado pegados.

Reconocía ese cabello rubio que cubría la delgada espalda de la mujer y esas piernas tan largas y perfectas. Por arriba de la cabeza de esta, estaba el rostro de Seto Kaiba visible, mirándola fijamente con sus labios apretados. No sabía sí estaba incomodo o algo, pero esa mujer parecía ser cercana a él para tenerla abrazada y no hacerle nada.

Era, en definitiva, la supervisora con Seto Kaiba, explicaba la repentina aparición de esta con un cargo importante y actitudes prepotentes. ¿Así que Kaiba tenía pareja?

No supo por qué le molestaba el hecho de ver a Kaiba con sus ojos penetrando a la mujer que unía su cuerpo con el suyo, sin haber notado la presencia del pequeño sirviente que con confusión los observaba.

No estaba molesto, quizás incomodo o inseguro. Era extraño pensar que Kaiba podía tener a alguien que lo amara.

Atem pensó inmediatamente en Mokuba, pero no era lo mismo, esta era una mujer que lo abrazaba, acariciaba y posiblemente ya lo haya besado. ¿Por qué pensaba en algo así? ¿Por qué le importaba que esta persona sea capaz de estar tan cerca de Seto Kaiba? No sólo cerca, sino de una forma tan íntima y cariñosa.

¿Cómo se sentía eso?

Llevó su mano a su pecho, con sus latidos decepcionados.

¿Decepción? Otro extraño sentimiento que acababa de nacer con esa escena. Sacudió su cabeza y caminó hacia adelante, tomando valor para interrumpir el momento sabiendo que esto podría molestar a Kaiba, pero no le importaba. Tenía un trabajo que hacer.

Aunque… lo había olvidado. Es como sí su objetivo ahora solo fuera interrumpir el momento de ellos dos. El pequeño se posicionó al lado de la mujer, con su mirada directa y penetrante hacia el ojiazul que en el momento que éste apareció, notó su existencia.

Su rostro denotaba sorpresa y algo parecido al alivio. A Atem no le importaba lo que podía sentir, sólo quería que esos dos se separaran.

No, sólo quería trabajar. Distraerse de la gran herida que tenía en su corazón, que por alguna razón ardía bastante ahora mismo.

Mai se volteó a mirar al sirviente, con sus labios fruncidos, soltando lentamente al castaño pegado a ella. —¿Se puede saber qué quieres? Deberías estar trabajando. — Mai fue la primera en romper el hielo. Atem y Seto se miraban fijamente, sin decirse nada realmente.

—Él vino a trabajar. — Seto respondió por el pequeño sirviente. Mai arquea las cejas.

—¿A tu habitación? — La rubia se cruzó de brazos, alejándose completamente del ojiazul que ahora no dejaba de mirar al joven de cabello tricolor como sí algo lo estuviera hipnotizando.

Atem por alguna razón sintió que sonreía internamente.

—No es de tu incumbencia, yo estoy a cargo de él. — Ahora sí se dedicó a fijarse en la mujer que con incredulidad atendía a sus palabras.

—Yo superviso las actividades de los sirvientes. — La mujer se atrevió a levantar la voz.

Atem se sentía sorprendido de que siempre es quien presencia las discusiones de los demás, sin decir palabra alguna, y resulta que él es la razón de esas peleas.

—En este caso, el único que debería supervisarlo soy yo, así que no te metas. — Seto tomó del brazo a Atem y lo llevó a sus espaldas, ejerciendo fuerza terriblemente dolorosa para el sirviente, pero éste no lo tuvo en cuenta, ni siquiera sabía que lo había tomado del brazo.

Mai dejó salir una risa incrédula. —¿Ahora es un sirviente de prestigio? — Atem estaba por abrir la boca de curiosidad, sintiendo la necesidad de preguntar, pero sabiamente decidió callarse, sobre todo porque el dolor en el apretón que se estaba haciendo sobre su brazo lo distraía más que la discusión importante que presenciaba.

Seto pareció mantener el silencio por unos segundos, suspirando fuertemente. —Así es. — Fue el punto final de la conversación. Pues, Mai miró al ojiazul y luego al pequeño de ojos amatistas para entonces voltearse dramáticamente y alejarse de los dos.

En cuanto ambos estuvieron solos, el primero en moverse fue Atem, quien tiró de su propio brazo para que el mayor lo soltara. Tuvo un resultado exitoso.

—¿Dónde está Mokuba? — No era la verdadera pregunta que quería hacer, pero era la que debía, o si no llegarían a una discusión con resultados para nada satisfactorios.

Kaiba no se volteó a mirarlo, tenía sus puños apretados, sin sentir el calor de la suave piel de Atem entre sus dedos. Se sintió completamente confundido al darse cuenta de que lo había tomado, de una forma tan posesiva y que se sintió demasiado… bien. No sabía por qué.

—En su habitación, yo te llevaré. — Ninguno de los dos volvió a dirigir palabra, aunque la curiosidad rodaba por la lengua de Atem, éste no quiso hablar del asunto que creaba un nudo molesto en su pecho, como cierta inseguridad. ¿Por qué le inquietaba tanto pensar en ellos dos? No era su asunto.

Kaiba, aun así, tenía esa actitud protectora, posesiva, prepotente; no tenía nombre exacto la forma de tratar con Atem. Sin embargo, el muchacho de ojos amatistas lo tomaba como algo soportable, por más que la confusión lo invadía más que el dolor causado por los látigos. Sabía que algo volaba por la mente de Seto, y quería descubrirlo, pues no le convencía la idea de que Seto era un torturador, después de todo lo que vio y averiguó de él.


El tiempo pasó con absoluta rapidez, Atem regresó a las manos de sus otros jefes, diferentes y posiblemente distantes a lo que era Seto Kaiba.

Pegasus era un jefe muy inestable, cuyos trabajos eran cada vez más insoportables y dolorosos. Atem ya no llevaba la cuenta de los días, la descarga eléctrica le hacía olvidar su propio nombre por unos cuantos segundos.

El cambio de jefes era como pasar por un bosque oscuro, las hojas volaban y no sabía cuales iban a golpear su cara. Gozaburo, era como una tormenta; el cielo se oscurecía y los truenos invadían sus oídos, la lluvia comenzaba a caer en los peores momentos, añadiendo granizo más tarde.

Atem sentía que no aguantaba, su cabeza dolía y latía, ya ni siquiera tenía ánimos de gritar o quejarse; era completamente sumiso, sin esperar al final de la tortura.

Y finalmente, había llegado.

Kaiba caminaba por un solo lugar en su habitación. Veía en su agenda los días contados, sabiendo que éste sería el último. Las semanas dolorosas para su sirviente, acabarían.

¿Por qué lo pensaba así? ¿Por qué le importaba?

La ansiedad se estrellaba en las paredes de su garganta, dándole la necesidad de gritar que le trajeran a su sirviente de nuevo. Pensando que sería la última semana, y Gozaburo posiblemente preparara la peor tortura.

¿Qué más podía hacerle? Todo lo que vivió de pequeño, lo volvió a ver con Atem. Las quemaduras, los cortes, las autolesiones; todo estaba ahí. ¿Lo obligaría a suicidarse? ¿A matar a alguien? Eso era lo único que faltaba.

Podía odiarlo, podría haber deseado que desaparezca por la confusión que le hacía sentir, pero no quería que Atem viviera el sufrimiento de matar a su propio ser querido, o a acabar con su vida cuando tenía que cuidar de alguien que lo necesitaba. Esas obligaciones, eran terribles. No se las deseaba a nadie.

Las horas pasaban, segundos, minutos, todo era demasiado lento. El odio, la preocupación, la culpa se sumaban a su estómago generándole insoportables nauseas. ¿Todo se calmaría cuando por fin podría ver a su sirviente?

Pues, probablemente sí. Cuando Atem estaba con él, nada más sentía la rabia de la confusión en su corazón, pero la ansiedad y el nerviosismo desaparecía.

Se recostaba en su cama y no podía dormir, las pesadillas al soñar despierto lo atormentaban bastante, aun veía la sangre en sus dedos a pesar de haberla limpiado hace bastante tiempo. Lo extraño era que cuando Atem estaba con él, sabiendo que dormía en su habitación, es ahí cuando Seto podía cerrar los ojos y sumirse al sueño.

No sabía la razón, como con otras tantas cosas que sucedían con Atem presente.

Atem, Atem, Atem.

Ese nombre no dejaba de sonar, de escribirse en su frente como algo que debía recordar siempre, que tenía que existir en su vida. ¿Qué significaba? ¿Qué tenía que ver con él?

No le hacía ni bien ni mal, sólo le hacía sentir nuevamente. Jamás había tenido esta mezcla de sentimientos, la sola existencia de una persona le dio un giro inesperado a su vida. ¿Qué eran estos latidos? ¿Qué era esta calma al sentir el aroma natural que el joven siempre llevaba?

Creía saber el nombre de esta emoción, sin embargo, no quería formar las letras para darse cuenta de la razón. Mordía su labio al no querer decirlo, apretaba sus ojos con la palma de sus manos para no mirar al techo y ver líneas imaginarias que escribían aquella palabra.

La alarma sonó ruidosamente, marcando la hora en la que debería supuestamente levantarse de la cama e ir a buscar a Atem, quien se encontraba ahora con Gozaburo.

No, no iba a ir a buscarlo. Que los guardias lo llevaran a su habitación, y listo. No se ocuparía más de ese sirviente. Al menos ahora tenía la calma de que ya estaría bajo su control todas las semanas. ¿Verdad?

¿Atem estaba siquiera vivo?

Sí no lo estaba, ya le avisarían.

Ya le avisarían….

El silencio lo invadió, no podía quedarse calmado fríamente con ese pensamiento. Se sintió saltar de la cama para ponerse de pie, como si tuviera un resorte en la espalda, e ir hacia el despacho de Gozaburo. Con pisadas rápidas, apuradas, el sudor cayendo por su frente, las manos frías apretadas en un puño. Tragaba saliva al sentirse arrepentido por dirigirse hacia ese lugar en busca de la seguridad de aquella persona.

No se preguntaba por qué, sólo actuaba ante sus necesidades.

Aunque quería negarlo, su necesidad era asegurarse de que ese sirviente estaba bien.

Abriendo la puerta bruscamente, escuchando el ruido de esta golpearse, veía como el hombre de traje con sonrisa repugnante lo recibía, con un joven de cabellos tricolores despeinados, ojeras y el labio sangrando. Se abrazaba a sí mismo en su cuerpo delgado, la espalda encorvada, como sí ya no pudiera vivir más.

Sintió lastima, preocupación, lo que sea, pero quería tomar a ese joven entre sus brazos y llevarlo a una cama para que descansara. —De ahora en adelante, es todo tuyo. Aunque sí te arrepientes de tenerlo de nuevo…— Gozaburo comenzó a decir, sin embargo, Seto se atrevió a interrumpirlo.

—Me lo llevo, gracias. — Se acercó lentamente hacia Atem, como sí en cuanto fuera a tocarlo este se quebrará en miles de pedazos. No iba a tratarlo mal, no hoy.

Lo llevó oyendo las silenciosas risas de su padre detrás de su espalda, sin importarle la imagen que daba el tener el pequeño cuerpo entre sus brazos, con moretones, sangre y sudor. La delgadez era notable, el joven necesitaba descanso, comida y un baño.

Ignoró su confusión, su odio y rabia por lo que éste le hacía sentir. Sólo importaba la seguridad de la persona que tenía a su cargo.

Dejándolo descansar en su cama nuevamente, como la primera semana. El muchacho se había quedado dormido antes de acostarse, cuando estaba en los brazos del ojiazul, pareció relajarse y dejarse caer en el sueño. Aun así, a Seto no le molestó, simplemente lo dejó acomodarse en su almohada. Notándose agotado, necesitado de descanso.

Pasaba el tiempo, las horas, anochecía y Atem no despertaba. Era distinto a las otras veces, pues tres semanas ya habían pasado y el joven quizás se dio cuenta de eso, por eso descansaba como si no hubiera un mañana. Tal vez no quería despertar.

Ni siquiera abrió los ojos cuando era la hora de dormir para todos, Seto no tenía cama, excepto por alguna habitación vacía que había en la mansión, el tema era que el castaño no quería alejarse del sirviente descansando en su lugar. No le importaba quedarse sin dormir.

Era sorprendente para él la voluntad que tenía de sentarse en el sillón, observando al joven en su cama, sin ninguna dificultad. Como sí su vida dependiera del descanso de Atem.

En medio de la madrugada, el silencio de la noche fue interrumpido cuando sollozos sobresaltaron al ojiazul. No decían nada, eran sólo lágrimas y pedidos de auxilio silenciosos. Sabía que no eran suyos, ni de nadie más que del sirviente que tenía en su cama.

Se levantó lentamente del sillón para acercarse al joven, quien al parecer estaba dormido aún, pero con lágrimas cayendo de sus ojos de todas maneras. Lloraba y no paraba, Seto no supo qué hacer. Decidió darle la espalda fingiendo indiferencia, tal y como sucedió cuando él era pequeño.

Él también lloraba en las noches, con su padre cerca, pero nadie atendió a su llamado de auxilio. ¿Por qué él debería hacer lo mismo con Atem? Sólo estaba teniendo una pesadilla, ellas… no son reales.

—Quiero… ir… a casa. — Entre sollozos Atem logró decir aquello, a pesar de que estaba dormido, sus pedidos eran genuinos. Seto recordó a sí mismo, pidiendo la presencia de su madre, de alguien, alguna salvación que lo sacara de su dolor.

Apretó los puños sin poder darle la espalda a quien sufría. El pequeño cuerpo temblaba entre las sabanas, mojando la almohada con sus lágrimas. Seto mordía su labio inferior ante la idea que se le venía a la cabeza, caminó alrededor de la cama, pasando su mano por el espacio vacío donde entraría perfectamente su cuerpo.

Lo haría, pero no lo volvería hacer.

Se apoyó en el borde de la cama, aun vacilando. Acomodaba su cuerpo en ese pequeño espacio que Atem había dejado, dándole la posibilidad de acostarse a su lado. Seto resistió inconscientemente la respiración, con los nervios saliendo por su garganta con leves gruñidos por su incomodidad.

Nunca había estado cerca de nadie, nunca tuvo la intención de abrazar a alguien para consolarlo, excepto por Mokuba. En cambio, ahora, veía a un Atem tan vulnerable, pequeño y tembloroso, que su cuerpo inevitablemente se acercó más al suyo, estirando sus brazos para envolverlo en un ligero abrazo y calmar sus sollozos.

Rogaba por que Atem no se despertara, seguía llorando, pero no abría los ojos ni se movía. Su cuerpo se relajaba lentamente hasta quedar en completo silencio.

Seto sintió que cumplió con su objetivo, teniendo la calidez rodeando su cuerpo y el cabello suave cosquilleando su mentón. No quiso soltarlo a pesar de que éste se calmó, y cuando tuvo la oportunidad de salir, el pequeño se aferró a su pecho, como si fuera una almohada.

El castaño se quería castigar a sí mismo por sentirse cómodo en la posición en la que estaba, sus latidos golpeaban tan fuerte que creía que el sonido despertaría al sirviente, sin embargo, no sólo dormía relajadamente, sino que el ojiazul también consiguió cerrar los ojos y soñar profundamente.


Atem había tenido pesadillas que le generaban un fuerte dolor de cabeza al despertar, sin embargo, sentía también que había dormido bien. No recordaba que pasó o qué debía hacer. A quién le debía servir ahora mismo, era su pregunta al despertar.

Abriendo lentamente sus ojos escuchando el canto de los pájaros, sentía la cálida y suave respiración de alguien, el cobertor era muy cálido y cómodo, y la almohada simplemente relajante, que bajaba y subía. ¿Qué tipo de almohada era?

Poco a poco veía todo a su alrededor, las sabanas, la almohada, el sol que salía por la ventana; Seto durmiendo a su lado.

¿Seto?

Tenía su pálido rostro frente suyo, con sus suaves suspiros golpeando su nariz, su aroma invadía su ser y sus ojos cerrados denotaban que estaba descansando. De nuevo esa bella imagen del joven relajado permitiéndose descansar de la tortura que le tocaba vivir. Su corazón latía fuertemente al tenerlo tan cerca y descubriendo que sus manos estaban apoyadas en su pecho como sí lo estuviera sosteniendo, además, los brazos del mayor rodeaban su cintura, cubriéndolo mejor que una sábana.

Era cómodo, tan cómodo que no podía permitirse sentirlo.

Cerró los puños y con fuerza lo empujó, atreviéndose a despertarlo por el fuerte impacto de su espalda contra el suelo, escuchando el gemido de sorpresa que dejó salir el joven ojiazul.

Seto sintió un fuerte golpe despertarlo, aturdiéndolo más que cualquier pesadilla. Abrió sus ojos bruscamente buscando al culpable del empujón que recibió. Supo de inmediato que alguien lo tiró de la cama. ¿Mokuba? No, él no tenía tanta fuerza.

Alguien lo atacó.

Se levantó del suelo lo mejor que pudo, resistiendo el leve dolor en su espalda y observando que cerca suyo estaba su sirviente, Atem arrodillado en la cama con su rostro teñido de rojo y una intensa cara de susto.

Pero, esas mejillas rojas jamás las había visto, y ese tono le dejaba un aspecto muy interesante. ¿Qué le pasaba?

Ah, ahora recordaba que lo dejó dormir en su cama, y además… Él durmió con su sirviente. Sí se estuviera viendo en un espejo, quizás tendría el mismo tono de rojo en su rostro.

—¿Por qué? ¿¡Por qué!? ¿¡Qué hiciste!? ¿¡Qué hicimos!? ¿¡Qué!?— Atem gritó histéricamente, con su voz temblorosa. Se movía hacia atrás casi cayendo de la cama, pero rápidamente recuperó el balance.

Seto arqueó las cejas. —Cálmate, tenías pesadillas y yo hice lo primero que se me ocurrió para calmarte. No podía dormir contigo llorando todo el tiempo. — El ojiazul apartó su mirada y se ocupó de responder secamente.

—¡No te creo! ¡No te…! — Atem se interrumpió a sí mismo, sintiéndose completamente mareado, dejándose caer sobre la almohada, con la debilidad en todo su cuerpo.

Seto inmediatamente se acercó a él para ver qué le pasaba. Atem jadeaba ligeramente y su histeria parecía haber bajado, sin embargo, estaba más pálida, el rojo en sus mejillas disminuyó.

El ojiazul apoyó su mano en la frente del joven de cabello tricolor y la sintió hervir. Estaba teniendo fiebre.

Lo que me faltaba. — Seto dijo en su cabeza. Tenía que cuidar de él, si o si, Gozaburo sólo dejaría que trabajara en esas condiciones. Nadie debía enterarse de que tenía a Atem en su habitación, pero no podía encontrar alguna excusa.

Mientras nadie preguntara, mejor. No iba a salir de su habitación al menos que sea absolutamente necesario, tenía a Mai como supervisora, ese era el único beneficio de su existencia.

Trajo un trapo húmedo para apoyarlo en la frente del muchacho, que sólo abría la boca para jadear, su nerviosismo había desaparecido, estaba nada más tenso y agotado, su cuerpo le devolvía todo el estrés y esfuerzo que había vivido en estas tres semanas.

Seto tragó saliva, sintiendo la culpa crecer en su pecho.

En silencio, se ocupaba de pasar el trapo por su frente y nuca, intentando bajar la fiebre del muchacho. Más tarde mandaría que le prepararan té y algo para que Atem pudiera comer, estaba delgado, llevando dos días sin alimentarse.

Al menos tenía una botella de agua, no le molestaba dársela a su sirviente que necesitaba hidratarse bastante. Lo ayudó a que bebiera y se sorprendió de que éste no se resistía.

Normalmente, Atem discutía cuando se trataba de ser cuidado por él, y no lo culpaba. Sin embargo, ahora necesitaba que confiara, que se dejara cuidar, pues todo su cuerpo hervía, su palidez era intensa y la delgadez denotaba que necesitaba alimento.

Estaba totalmente descuidado, y era su culpa.

Ese pensamiento lo apuñaló fuertemente en el pecho, pero sacudió su cabeza y lo apartó. Se concentró en ayudar al joven a sentarse y que bebiera del agua. —¿Qué sientes? — Seto se atrevió a preguntar.

Atem parpadeaba lentamente como si pensara en la respuesta. Sus ojos amatistas débiles se enfrentaron a los azules.

—Mareos, calor, dolor de cabeza y…— Suspiró, su voz salía con dificultad, es como sí le costara pensar siquiera en lo que fuera a decir. —Mucha confusión. — Esto último lo dijo con seguridad, como sí hablara de algo en particular. Seto creyó haber entendido lo que decía, pero era una locura relacionarlo con sus sentimientos. —Seto, ¿eres tú? — Esa pregunta lo tomó por sorpresa. ¿Acaso era tonto? Por supuesto que era él, al mismo a quien empujó de la cama.

Además, le había dicho explícitamente que no le dijera Seto sino Kaiba. ¿La fiebre lo estaba haciendo delirar?... Eso era un consuelo.

De pronto, sintió que algo lo tiraba hacia abajo, justo haciéndolo chocar con el rostro del joven de cabello tricolor. Sus labios impactando con los suyos, sintiendo el calor de la fiebre y su respiración compartiéndose intensamente. Las pequeñas manos de Atem tomaban su camisa para atraerlo y mantenerlo cerca.

Seto quiso alejarse, empujarlo, rechazar esta acción tan sorprendente y confusa. ¿Por qué su sirviente lo estaba besando? Definitivamente era un delirio por la fiebre. Tenía que serlo.

Aun así, el ojiazul no supo por qué le correspondió. Cerró sus ojos y con sus manos tomó su rostro, besándolo apasionadamente y quizás… con un poco de violencia, mordiendo su labio inferior, sintiendo sus propias manos temblar como sí le temiera a quien tenía en frente, a estos sentimientos tan desconocidos que sacudían todo su cuerpo.

Temblaba terriblemente, estaba agitado, nervioso, pero no paraba de besar y saborear esos labios que le correspondían inconscientemente. Sabía que Atem estaba delirando por la fiebre, que tal vez esta acción no tenga ningún sentido y ojalá que lo olvidara en cuanto se duerma de nuevo.

Sin embargo, Seto estaba consciente, más o menos. No había excusa para lo que estaba haciendo, podría simplemente haberlo rechazado y no lo hizo. Esos labios delgados fueron tan tentadores como lo imaginaba, todo era real, pronto en cuanto lo soltara el arrepentimiento caería como una fuerte lluvia.

Se separaron unos segundos para tomar aire. Seto apoyó levemente su frente en la del pequeño, sintiendo el intenso calor sobre su piel. Las pequeñas manos de Atem encontraban su lugar en los hombros del mayor. —No…— Comenzó a murmurar, jadeando entre la pesadez de la fiebre y la falta de aire por el beso que no detuvieron. Al escuchar esa palabra salir de la boca del pequeño, Seto supo que éste se estaba arrepintiendo. —No me siento…— Pero luego añadió esas palabras. —No me siento muy bien. — Fue lo que dijo después de desmayarse de nuevo.

El corazón de Seto se detuvo al tener a su sirviente inconsciente en sus brazos. Estaba sudando bastante, pero respiraba. Estaba aliviado de que el joven respirara bien, sólo necesitaba ayudarlo a bajar la fiebre y en cuanto se despertara, lo haría tomar agua y comer.

No volvería a dejarse llevar por… lo que sea que estuviera sintiendo.

¿Besarlo? ¿A él? ¿Su sirviente? ¿Un hombre?

¿Qué rayos le pasaba? Se estaba volviendo loco, metiéndose en un juego de seducción en el cual no quería caer. No sabía lo que Atem quería, a dónde quería llegar con sus delirios. Sí es que de verdad era eso, entonces, lo ignoraría.

Sea como sea, en esta mansión, en esta vida no había espacio para los sentimientos. No iba a aceptar que su corazón latía intensamente por ese joven, que él pequeño se notaba tan bello con sus ojos débiles pero brillantes enfrentando los suyos, que sus labios eran perfectos y su rostro tan suave.

No iba a recordar lo que acababa de suceder, de hecho, no había pasado nada.

Seto Kaiba no besó a su sirviente.


Adelanto del próximo capitulo

Seto acariciaba suavemente su mejilla, con una mirada llena de dulzura, algo que jamás había visto y raramente estaba disfrutando. No supo por qué quería que siguiera dedicando sus ojos a los suyos de esa forma.

—Bésame. — Sus labios formaron tal palabra vergonzosa que quiso eliminar inmediatamente pero su rostro demostraba tanto disfrute que nadie le creería lo arrepentido que estaba.

El castaño se inclinó, rozando su nariz con la suya, apoyando su cuerpo sobre el suyo tan pequeño, el colchón hundiéndose ante el peso de ambos. —Todo se acabó. — Murmuró el ojiazul, haciendo latir con fuerza el corazón de Atem.

—Lo sé. — Respondió rodeando su cuello con sus brazos.

—Gozaburo está muerto. —

—Lo sé. —

—Somos libres y yo…— Atem esperó con ansias las palabras del castaño, sabiendo lo que significaban.

—Te gusto, lo sé. — Dijo por él, con una risita que invadía con mariposas el estómago de Seto Kaiba.

Sus labios se unieron profundamente, sintiendo la cálida saliva mojar ambas bocas sin remordimiento alguno. La noticia fue repentina, pero estaban más que agradecidos de haber acabado de esta manera.


El beso de Kaiba y Atem: TOTALMENTE IMPROVISADO, no debería confesar esto, pero no tenía planeado hacer que se besaran taaaan pronto. Sin embargo, una amiga practicamente me suplicó el beso entre ambos, y luego de pensar y re pensar... Que decidí ponerlo y ver qué pasaba, experimentar un poco con los sentimientos confundidos de los dos. Y debo decir que me estoy divirtiendo bastante con eso . Lo sé, soy cruel.


Gracias, muchisimas gracias a mi Beta reader! a mi aibou, a Shamtal y a los lectores que no dejan de apoyarme! Muchas gracias!

¡Nos estamos leyendo el próximo viernes!